30. La última campanada - Alfredo Gómez-Cerdá - E-Book

30. La última campanada E-Book

Alfredo Gómez Cerdá

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Después de sacar unas notas pésimas en el instituto, y en contra de la opinión de su familia y de Berta, su novia, Hugo decide dejar de estudiar y comienza a trabajar en el taller de un viejo relojero. Pero el descubrimiento de un reloj con un mensaje en clave pondrá en marcha un inquietante enigma. Parece que algo sorprendente puede suceder en el momento en que los relojes señalen el cambio de año.

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Seitenzahl: 189

Veröffentlichungsjahr: 2022

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A mi madre.A su entusiasmo y a su risa.

20 de diciembre

EL viento del norte, muy frío, barría con fuerza los caminos del parque del Calero –oasis del barrio de la Concepción– y arremolinaba hojas secas y papeles entre los troncos de los árboles desnudos, que parecían espectros ateridos balanceándose de un lado a otro sin cesar. Y, aunque el cielo estaba completamente despejado, el sol no lograba calentar lo suficiente.

Berta sintió un escalofrío y tiró varias veces de su cazadora de plumas, que le daba mucho calor, pero que, por dictado de la moda, era demasiado corta. En esos instantes recordó los consejos que su madre le había dado semanas antes, cuando habían ido a comprarla a unos grandes almacenes.

–Es muy corta –le advirtió su madre.

–Se llevan así –dijo ella–. A mí me gusta.

–Pero si sólo piensas ponerte debajo uno de esos jerséis tan ceñidos que te dejan el ombligo al aire…

–No empieces –cortó Berta–. Ya te he dicho que a mí me gusta.

La madre se encogió de hombros, aunque a la hora de pagar, ya en la caja, cogió la cazadora con ambas manos y la levantó un poco. No pudo evitar un gesto de desaprobación con su cabeza.

–Desde luego, cuando haga frío, se te va a quedar la tripa helada –comentó.

Entonces, en aquellos grandes almacenes, delante de la cajera, Berta fulminó a su madre con una mirada.

Pero ahora, y aunque le fastidiaba mucho, tenía que darle la razón: la verdad es que tenía la tripa como un témpano de hielo, a pesar de que no hacía más que tirar y tirar de la cazadora para que le cubriese bien la cintura. Y encima, Hugo se había empeñado en volver a casa a pie, atravesando el parque, en vez de coger el autobús, con el frío que hacía. ¡Si hasta por la tele habían dicho que se estaban alcanzando las temperaturas más bajas del año!

–Estoy helada –dijo al tiempo que comenzaba a tiritar.

Entonces Hugo la cogió de la mano, comenzó a correr y tiró con fuerza de ella para obligarla también a correr.

–¡Vamos, vamos! –gritó él.

Como dos esforzados atletas atravesaron el parque de un extremo a otro. Al llegar a las primeras casas, se encontraron el semáforo en verde y, sin dejar de correr, cruzaron hacia la avenida Donostiarra, acceso hacia el centro de la ciudad, por encima de uno de los puentes sobre la M-30.

Sólo entonces se detuvieron. Hugo la ciñó por el talle y ella se colgó de su cuello. Al levantar los brazos, su cintura quedó al descubierto, circunstancia que aprovechó él para acariciarla.

–No me extraña que tengas frío, si vas con la chicha al aire.

–¡No empieces tú también –se molestó Berta–, que a veces bien te gusta que vaya así!

–No he dicho nada, no he dicho nada, no he dicho nada…

Hugo temía los arranques de Berta, así que prefirió no insistir en ello. La abrazó con más fuerza y la besó. Luego, abrazados, continuaron andando en dirección a sus casas. Pero Hugo parecía sentirse especialmente contento y caminaba como si estuviera bailando sobre la acera: daba vaivenes de un lado a otro, arrastrando a Berta y riendo sin cesar. Esta actitud sorprendía a la muchacha, que no podía entender a cuento de qué venía aquella euforia. Volvían del instituto, de recoger las notas del primer trimestre, y las de Hugo eran sencillamente desastrosas: todas las asignaturas suspensas.

–Es que ni aposta pueden sacarse unas notas tan malas como las tuyas –le había comentado ella al ver la papeleta con las calificaciones.

Él se limitó a encogerse de hombros.

–Yo no soy como tú. No me interesa estudiar.

–¿Estás seguro de que no te interesa?

–Oye, no me vengas también con rollos, que bastante voy a tener que aguantar en mi casa. Además, ¿tú sabes realmente para qué estudias?

–A mí no me gusta que me suspendan.

–O sea, que tú estudias sólo porque no te gusta que te suspendan.

–No he querido decir eso. Supongo que estudiar me servirá para encontrar más adelante un trabajo, para comprender las cosas, para ser más culta…

–Pues supones mal. Estudiar no te servirá para nada.

–Pero tú, entonces… ¿qué pretendes?

–Sólo vivir. Y, sobre todo, que me dejen vivir en paz.

Berta no pudo evitar una sensación incómoda, pues a su mente acudió de inmediato la idea de que ella misma podía haberse convertido en un obstáculo para Hugo.

–Yo puedo dejarte en paz en cuanto…

Pero Hugo no dejó que terminara.

–No me refiero a nadie en concreto y mucho menos a ti.

–Pues no te entiendo.

–Creo que estoy andando por un camino que alguien, antes que yo, ha trazado. Y a lo mejor a mí no me gusta andar por ese camino. Eso es lo que siento; no puedo evitarlo.

Hugo cambió radicalmente de conversación. Estaba claro que no quería seguir hablando de esos temas. Comenzó a bromear, a contar chistes, a cantar, a bailar, a hacer el oso… Y, como de costumbre, contagió a Berta; sólo por eso ella había accedido a volver a casa atravesando el parque, con el frío que hacía.

–Es una lástima que no esté lloviendo –comentó.

–Lo que faltaba –Berta negó con la cabeza.

–Podría hacerte un numerito que vi el otro día en una peli por la tele. Es una peli muy antigua que le chifla a mi abuela. Se titula Cantando bajo la lluvia. ¿La has visto?

–Me suena.

–Pues está cayendo un chaparrón tremendo y por la calle va un tío, que era un actor muy famoso, pero que no me acuerdo como se llamaba, y de repente le da como un pronto y se pone a bailar. Así, así.

Entonces Hugo se soltó de Berta y comenzó a imitar al actor de la película, aunque de forma bastante cómica. Zapateaba una y otra vez sobre la acera y fingía tener un paraguas entre sus manos. Luego comenzó a subir y a bajar del bordillo, hasta que tropezó con un coche y a punto estuvo de caerse de bruces al suelo. Pero en el último instante se rehízo y continuó su alocado baile ante las miradas –a veces sorprendidas, a veces indiferentes– de los pocos transeúntes que pasaban por la calle.

–¡Es una pena que no me acuerde de la música!

–Estás como una cabra.

Hugo parecía enloquecido, bailando y bailando sin cesar, o más bien, dando saltos como un canguro despistado. No dejaba de mirar a Berta, por lo que iba avanzando por la acera de espaldas. Debido a esta circunstancia no vio a un hombre mayor, de entre sesenta y setenta años, que había salido de un pequeño establecimiento y que permanecía junto a la puerta, con un trozo de cartulina rectangular en sus manos. El encontronazo fue inevitable y, como consecuencia, al hombre se le cayó la cartulina al suelo.

–¡Eh, eh, cuidado! –se quejó el hombre al recibir el impacto del cuerpo de Hugo.

–Perdone –se disculpó de inmediato el muchacho–. No le había visto.

–¡Cómo vas a verme, si caminas de espaldas, como los cangrejos! ¿O acaso estabas emulando a Gene Kelly?

Hugo se quedó mirándole con curiosidad y de pronto tuvo la corazonada de que aquel hombre había visto también la película.

–¿Gene Kelly es el actor de Cantando bajo la lluvia?

–Naturalmente –contestó el hombre.

–Entonces, ¿usted la ha visto también?

–¿Que si la he visto? Quince o veinte veces, por lo menos.

–¿Y se sabe la canción? Me refiero a la canción que baila ese Gene Kelly hecho una sopa.

–La letra no, que el inglés nunca ha sido mi fuerte; pero sí podría tararearla.

Y sin que Hugo se lo pidiera, aquel hombre tarareó durante unos segundos aquella melodía. Mientras le escuchaba, el muchacho afirmaba exageradamente con la cabeza, como ratificando que, en efecto, aquélla era la música de la película. Berta, algo perpleja, asistía a la escena en silencio, mientras en su fuero interno llegaba a la conclusión de que Hugo no era la única persona en la ciudad que estaba como una cabra.

–Yo pensaba que a los jóvenes de ahora no os gustaban esas películas –comentó el hombre al terminar su demostración.

–Si le digo la verdad, de la peli no me enteré mucho. Sólo me llamó la atención la escena esa de la lluvia y Gene Kelly bailando calado hasta los huesos.

Entonces Hugo reparó en la cartulina que estaba en el suelo y se apresuró a recogerla.

–Perdóneme otra vez por el golpe –le dijo al entregarle la cartulina.

–No ha sido nada, ya ves que sigo entero.

Hugo sonrió y el hombre le devolvió la sonrisa. Entonces, el muchacho no pudo evitar leer lo que ponía en aquella cartulina, aunque no concedió ninguna importancia a las tres palabras que aparecían escritas con letras mayúsculas y rotulador negro.

–Bueno… –se encogió de hombros–. Pues nos vamos, que hace mucho frío y ella –señaló a Berta– está helada.

–Hace mucho frío, sí –dijo el hombre–. Adiós, muchachos, que lo paséis bien.

Hugo y Berta continuaron su camino y, cuando se habían alejado por lo menos veinte metros, él volvió la cabeza. Entonces pudo ver cómo aquel hombre pegaba con una cinta adhesiva la cartulina sobre la puerta de aquel pequeño establecimiento. Y sólo en ese instante se dio cuenta de lo que era: un pequeño taller de relojería.

Se despidieron en la misma esquina de siempre, pues, aunque vivían cerca, sus casas estaban en calles diferentes.

–Que te sea leve –se limitó a decirle Berta.

–¿No vas a darme un beso de despedida?

Ella lo besó mecánicamente y se dio la vuelta. Él se quedó mirándola un poco confundido.

–¡Eh, eh! –protestó–. Que yo no te he hecho nada, ¿vale?

–¡Ya lo sé! –gritó Berta, enjugándose dos lágrimas que habían empezado a surcar sus mejillas–. Pero no puedo dejar de pensar en lo que va a pasar en tu casa en cuanto les enseñes a tus padres las notas. Y estoy disgustada.

–Tú no tienes la culpa.

–¿Y qué quieres que le haga? ¡No puedo evitarlo!

Las lágrimas de Berta arreciaron. Hugo hizo intención de acercarse, pero ella no le dio tiempo. Se volvió y se marchó andando muy deprisa. Él la contempló durante un rato y, finalmente, se dirigió hacia su casa. No quería entrar en razonamientos para tratar de averiguar si ella tenía razón o no; prefería dejar la mente en blanco y no pensar en nada, absolutamente en nada. Pero… ¿era posible no pensar absolutamente en nada?

Al cabo de un rato se sorprendió con el pensamiento en el hombre mayor con el que había chocado en medio de la acera, el que le había tarareado la canción que le servía al tal Gene Kelly para montar el numerito bajo la lluvia.

Entró en el portal, atravesó el amplio vestíbulo y se detuvo frente a la puerta de uno de los ascensores. Una parpadeante flechita indicaba que estaba bajando. Permaneció inmóvil hasta que la puerta se abrió.

–Hola, Hugo –le saludó una vecina que vivía dos pisos más arriba.

–Hola.

Ya en el ascensor pulsó el botón de su planta. Se miró en el espejo y creyó distinguir la figura de Gene Kelly: su anorak se había convertido en una gabardina y su pelo alborotado en un sombrero con las alas ligeramente caídas. Sonrió y trató de silbar aquella melodía; pero, aunque lo intentó varias veces, ni siquiera logró conseguir un par de acordes parecidos.

Salió del ascensor y abrió la puerta de su casa. Le llegó el olor de la comida recién hecha. Colgó su anorak en el perchero de la entrada y se asomó al cuarto de estar. Aún nadie se había sentado a la mesa. Al pasar por delante de la cocina oyó hablar a sus padres.

–¡Hola! –gritó sin detenerse.

Podía oír también a Lorena, su hermana, jugando en su cuarto; por tanto, ya estaban todos en casa. Seguro que, como venía ocurriendo durante las últimas semanas, su padre se habría pasado la mañana haciendo entrevistas o llamando a un sitio y a otro para ver si encontraba trabajo, probablemente sin éxito, por lo que su humor no estaría como para tirar cohetes.

Hugo entró en el cuarto de baño y, mientras se lavaba las manos, volvió a mirarse en el espejo; pero ahora no vio a Gene Kelly embutido en su gabardina, sino a un muchacho de dieciséis años al que le gustaría saber con claridad qué pintaba en este mundo, por qué tenía que hacer siempre lo que otras personas deseaban que hiciera, aunque esas personas fueran sus propios padres, y qué demonios iba a depararle ese futuro envuelto en una nebulosa densa e impenetrable.

Cuando salió del aseo, el resto de su familia ya estaba en el cuarto de estar. Su padre terminaba de distribuir los cubiertos y su madre servía el primer plato: una humeante y aromática sopa.

–¡Qué tarde es! –se quejó la madre–. Todos los días lo mismo, luego tendré que salir corriendo para no llegar tarde a la tienda.

–¡Qué bien huele! –Hugo arrugó en un gesto exagerado las aletas de su nariz.

Lorena ya estaba sentada a la mesa y su madre lo hizo en cuanto acabó de servir el último plato. Ella trabajaba como dependienta en una tienda y tenía el horario partido, de mañana y de tarde; por eso le molestaba retrasarse en la comida, y salir de casa prácticamente con la boca llena, como había tenido que hacer en alguna ocasión. Hugo rodeó la mesa en busca de su sitio habitual, pero su padre se interpuso en su camino.

–¿No tienes nada que decirnos?

–¿A qué te refieres? –Hugo se hizo el despistado.

–Se supone que hoy comenzaban las vacaciones de Navidad y os entregaban las notas del primer trimestre en el instituto –añadió el padre.

–¡Ah, sí!

Hugo se metió las manos en los bolsillos del pantalón y las movió como si estuviera buscando algo.

–No son buenas –le advirtió, al tiempo que sacaba de uno de los bolsillos un papel doblado y bastante arrugado.

El padre se quedó un instante mirando aquel papel y el gesto de su cara comenzó a cambiar.

–¡Dices que no son buenas! ¡Que no son buenas! –su rostro, como siempre que se excitaba por algo, comenzó a ponerse colorado; pero a ronchones, como si su epidermis se hubiera plagado de setas de ese color–. Pero ¿cómo tienes la desfachatez de decir que no son buenas? ¿No se te cae la cara de vergüenza?

Hugo permanecía en silencio, como solía hacer en estas situaciones. No era la primera vez que sacaba unas notas como aquéllas y, por supuesto, tampoco era la primera vez que recibía una bronca de su padre, o de su madre, o de ambos a la vez. Se había resignado y pensaba que era mejor no hacer nada: fingía prestar atención, aunque, en el fondo, escuchaba aquellos gritos como quien oye llover.

–¿A qué aspiras en esta vida? Dime: ¿a qué aspiras? –el padre parecía estar a punto de perder el control y, como si fuera una fiera salvaje, daba la sensación de ir a saltar de un momento a otro sobre su presa para devorarla–. ¿Qué quieres? ¿Ser un don nadie? ¿Eso es lo que deseas? ¿No especializarte en nada y malgastar tu vida dando tumbos de un lado a otro, como he tenido que hacer yo? ¿Pasarte largas temporadas sin trabajo, desesperado, y tener que agarrarte a cualquier cosa, incluso a un clavo ardiendo?

–Muchos de los que estudian también están en paro –dijo Hugo, y él mismo se sorprendió de sus palabras, pues se había hecho el firme propósito de no abrir la boca.

–¡Pero al menos tendrán más posibilidades de no ser unos parias!

–No sé lo que significa parias –replicó Hugo.

–¿No lo sabes? ¡Pues te lo voy a decir yo! ¡Un paria es en lo que te vas a convertir como sigas por este camino! ¡Un paria es… es… una mierda! ¡Eso es lo que es!

–Y si yo quiero convertirme en una mierda, ¿qué?

El padre se quedó desconcertado por las palabras de su hijo, sobre todo, porque era la primera vez que éste no se limitaba a aguantar resignado la regañina. Además, no bajaba la vista como en otras ocasiones, sino que le aguantaba la mirada con cierta osadía, como si en ello le fuera un reto, o como si de esta forma encontrase la seguridad que estaba necesitando.

Quizá por eso la discusión fue de las que se convierten en históricas, de esas que, aunque pasen los años, ni padres ni hijos pueden olvidar. Hugo decidió romper su silencio y su sumisión; gritó tanto o más que su padre y, curiosamente, su rostro también se llenó de rosetones colorados: no podían negar que eran padre e hijo.

Viendo el cariz que tomaba la discusión, la madre se decidió a intervenir y premeditadamente adquirió un papel de mediadora y, por tanto, de apaciguadora; pero era tanta la tensión que sus buenas intenciones no lograron el fin apetecido y, sin darse cuenta, ella misma se descubrió gritando también, ora a su marido, ora a su hijo.

Así estuvieron un buen rato, hasta que la madre, harta, golpeó con fuerza la mesa con sus dos puños cerrados; los platos saltaron y el agua de algunos vasos se derramó sobre el mantel.

–¡Me voy a trabajar o llegaré tarde! –gritó.

Su marido la miró algo desconcertado.

–¿Y no vas a comer nada?

–¡No tengo tiempo y, además, se me ha quitado el apetito!

Atacada de los nervios, la madre abandonó el cuarto de estar, se puso el abrigo y la bufanda, cogió el bolso y salió de casa. El portazo hizo temblar las paredes.

–Yo tampoco tengo hambre –dijo Hugo.

Y el muchacho, sin perder el gesto altanero que había mantenido durante la discusión, se marchó a su habitación. Cerró la puerta y se dejó caer de espaldas sobre la cama. En esa postura permaneció toda la tarde, mirando el techo y las paredes de su propio cuarto, que tanto revelaban de sus gustos y de su forma de ser: los carteles con jugadores de fútbol y baloncesto, los banderines y las medallas que había ganado cuando, más pequeño, había practicado kárate en un gimnasio del barrio, las fotografías, algunos libros en la estantería, muchos casetes, juegos de ordenador, un dinosaurio de cartón piedra…

El padre miró a su hija. Lorena tenía una extraña expresión en su rostro, que reflejaba una mezcla de sorpresa, angustia y miedo.

–¿Tú tampoco tienes hambre? –le preguntó el padre, ya más calmado.

Y ella, sin decir nada, se puso a comer, a pesar de que la sopa se había quedado fría.

A última hora de la tarde, Hugo oyó sonar el teléfono y al rato sintió que se abría despacio la puerta de su habitación. Lorena asomó la cabeza y se quedó mirándolo sin atreverse a decir nada.

–¿Qué pasa? –preguntó al fin Hugo.

–Te llaman por teléfono. Es Berta.

–Dile que estoy vivo.

Lorena, que sin duda no esperaba una salida semejante de su hermano, permaneció inmóvil.

–Díselo –añadió Hugo–. Y dile también que mañana la llamaré yo.

Lorena prefirió no preguntar nada más y se dispuso a cumplir el encargo de su hermano.

Hugo no quiso salir de su habitación ni para cenar y, sólo cuando sintió, ya muy tarde, que todos se habían ido a la cama, se desnudó y se acostó también. No tardó en quedarse dormido, y lo hizo con el pensamiento puesto en un trozo de cartulina, la misma que se le había caído a aquel hombre con el que había chocado en plena calle. No podía borrar de su mente las tres palabras que había leído en ella.

21 de diciembre

HUGO se despertó temprano y enseguida se levantó de la cama, pues notaba su cuerpo algo entumecido por la prolongada inmovilidad. Cuando salió del cuarto de baño, se cruzó con su madre por el pasillo.

–Buenos días.

–Buenos días. Estarás muerto de hambre.

Hugo iba a decir que no, pero sus tripas estaban tan vacías que temía que, ante una negativa suya, éstas empezaran a protestar ruidosamente.

–Pues… sí –reconoció.

–En la cocina encontrarás comida. Ayer todos estábamos desganados. Mientras me ducho, caliéntame la leche, por favor.

Hugo comió hasta saciarse y luego no sólo calentó la leche a su madre, sino que le preparó unas tostadas con mantequilla y un poquito de miel, como a ella le gustaban.

Oyó a su madre salir del cuarto de baño y llamar a Lorena, a la que todavía no habían dado las vacaciones, pues en su colegio apuraban hasta el último día, en el que además celebraban una fiesta. Justo cuando entró en la cocina, Hugo le estaba sirviendo el café en una taza de desayuno.

–¡Cuánta amabilidad! –exclamó la madre–. Pero no creas que así nos vas a ablandar. Tu padre se llevó un disgusto tremendo y yo también.

–¿Se ha marchado ya? –preguntó Hugo haciendo un gesto en dirección al dormitorio de sus padres.

–Sí; tenía una entrevista de trabajo muy lejos, fuera de Madrid, en Arganda, o un pueblo de esa zona. Ya sabes cómo es él, para evitar posibles atascos de tráfico se ha levantado antes que las gallinas.

Hugo sujetaba entre sus manos un tazón lleno de leche con cacao. Lo bebía a sorbitos y no dejaba de observar a su madre. Quería decirle algo, pero no sabía cómo. Quizá por eso lo hizo de sopetón.

–Yo también tengo una entrevista de trabajo.

La madre se atragantó con la tostada y a punto estuvo de comenzar a toser; pero, finalmente, un sorbo de café con leche bebido en el momento oportuno consiguió calmarla.

–¿Qué dices? –preguntó al fin.

Hugo se encogió de hombros.

–Ayer lo dijo papá: si no quieres estudiar, ponte a trabajar. ¿Recuerdas?

–Ayer todos estábamos muy excitados en esta casa.

–Pero yo no quiero estudiar.

Y Hugo lo dijo con tanta seguridad y contundencia que parecía no dejar ningún resquicio a la duda. Su madre se le quedó mirando.

–Tienes dieciséis años.

–Papá tenía dieciséis años cuando comenzó a trabajar.

–Papá se ha arrepentido toda la vida de haber colgado los estudios a los dieciséis años. ¿Quieres que te pase lo mismo?

–Yo quiero tener derecho a equivocarme, como él.

La madre negó ostensiblemente con la cabeza, se bebió lo que le quedaba del café con leche de un sorbo, miró el reloj de pared de la cocina y se levantó. Al llegar a la puerta se detuvo un instante, se volvió hacia su hijo y le señaló con el índice de su mano.