Pupila de águila - Alfredo Gómez Cerdá - E-Book

Pupila de águila E-Book

Alfredo Gómez Cerdá

0,0

Beschreibung

Martina es una chica joven que, nacida en un zona montañosa, vive en Madrid por imperativos de su formación de deportista. Se ve sometida a una pequeña operación, lo que la lleva a encontrarse con Igor, un joven que intentó suicidarse y que le recuerda a su hermano, muerto en misteriosas circunstancias.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 248

Veröffentlichungsjahr: 2013

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



PUPILA DE ÁGUILA

ALFREDO GÓMEZ CERDÁ

A Charo, todas y cada una de las palabras de este libro.

«Un pajarillo vino llorando, lo quise consolar, toqué sus ojos con mi pañuelo: pupila de águila, pupila de águila.»

VIOLETA  PARRA

1

MARTINA giró despacio el pomo de la puerta y empujó con suavidad. Asomó la cabeza y miró a un lado y a otro del pasillo. Las visitas se habían marchado y el silencio era casi total. Arrastró su pierna hacia el exterior, apoyándose en el quicio de madera. Sintió un leve pinchazo en el tobillo y no pudo contener una exclamación de dolor.

 —Quejica —se burló Clara, la joven enfermera que la había atendido después de la operación y que en ese momento atravesaba el pasillo con un montón de carpetas en la mano.

—Si te doliese a ti... —se lamentó Martina.

—¿Te ayudo?

—No, gracias. Ya puedo moverme sola. No soy una inválida. Si quieres, hasta te llevo alguna carpeta.

—¡Qué valiente!

—El doctor Fernández me ha dicho que ande. Quiero que mañana me dé de alta.

—¡Qué ganas tienes de perderme de vista!

—A ti no. Eres... la mejor enfermera del mundo.

Clara rió con ganas. Le dio unas cuantas carpetas y la cogió del brazo.

—Tú, no es que seas la mejor paciente del mundo, pero... se te puede soportar.

—Estoy deseando volver a la calle. Sentir de nuevo el aire contaminado, el ruido... No sé, esas cosas.

—Pero si solo llevas tres días aquí...

—¡Tres días! ¡Una eternidad!

—¡Exagerada! ¿Se han ido tus padres ya? 

—En este momento estarán sacando los billetes para el expreso de esta noche.

—¿Se vuelven al pueblo?

—Mi madre quería quedarse unos días más, pero no la he dejado.

—¡Qué mala eres!

—Mis hermanos están solos en el pueblo y yo estoy bien. Podría hasta bailar.

—¡Hala!

—¿Que no?

Martina se volvió de pronto hacia un lado y dejó sobre una mesita las carpetas que llevaba; a continuación tomó a la enfermera por la cintura y, con la pierna a rastras, inició unos pasos de baile.

—¿Te gusta el vals, o prefieres unrock and roll?

—¡Suéltame! —Clara no podía contener la risa—. No seas loca, te vas a hacer daño.

—El Danubio azul—continuó Martina—.«La-la-la-la-lá, la-lá, la-lá...»

De pronto, la última puerta del pasillo, la que dividía los dos pabellones, se entreabrió y por la rendija asomó un rostro anguloso, con unas gafas milagrosamente sujetas en la punta de una nariz descomunal.

—¡Ejem! —carraspeó el rostro anguloso—. ¿Qué sucede aquí?

Clara se separó al momento de Martina, sujetándola siempre del brazo por miedo a que pudiera perder el equilibrio.

—Disculpe, doctor Serrano, es que...

Y aunque lo intentó, adoptando extrañas posturas, no consiguió sujetar las carpetas, que cayeron al suelo con estrépito.

El rostro anguloso abrió unos ojos como platos. Martina se dirigió a él.

—El doctor Fernández me ha dicho que ande. Es parte de mi rehabilitación. Clara me estaba ayudando.

El rostro anguloso volvió a carraspear y desapareció tras la puerta, que volvió a cerrarse lentamente.

Clara arrimó a Martina a la pared.

—Apóyate, no te muevas.

Luego, se agachó y comenzó a recoger las carpetas con rapidez.

—Acabarán echándome del hospital —se quejaba la enfermera.

—A ti no pueden echarte del hospital.

—¿Ah, no? Tú no conoces al doctor Serrano. Es un chinche. Además, no soy fija todavía, y este hospital tiene unas normas muy rígidas. Si no las cumples al pie de la letra, a la calle.

—Se ha creído que me estabas ayudando.

Clara terminó de recoger las carpetas.

—Si hubiese sido otro, pero el doctor Serrano...

—¿Adónde vas?

—Tengo que dejar estas carpetas en la sala de enfermeras.

—Te acompaño.

—¿Quieres ponerme en otro compromiso?

—Seré buena —Martina juntó sus manos, en actitud suplicante—. Por favor, déjame ir contigo.

—Anda, vamos; pero yo llevaré las carpetas. Apóyate en mi hombro.

Atravesaron el pasillo, y al llegar a la puerta que dividía los pabellones se detuvieron un momento. Clara abrió una de las hojas y entró de espaldas.

—Pasa —dijo a Martina—. Yo sujetaré la puerta.

Martina se agarró al marco y traspasó el umbral, golpeándose de refilón con la hoja que permanecía cerrada.

—¡Ay! —exclamó.

—Ten cuidado.

—No te preocupes. Me he golpeado en la pierna buena.

Clara movió la cabeza de un lado a otro, sonrió ampliamente y ofreció a la enferma su hombro de lazarillo. Poco antes de llegar a la sala de enfermeras se cruzaron con el rostro anguloso de nariz descomunal del doctor Serrano.

—Buenas tardes —dijo Clara.

—Buenas noches —contestó el médico, subiéndose con un gesto nervioso las gafas que le resbalaban por la nariz.

—El doctor Fernández me ha dicho que empiece a andar. Clara me está ayudando —añadió Martina, tratando de echar un capote a la enfermera por el incidente anterior.

El doctor Serrano clavó sus ojos en la pierna vendada de Martina.

—¿Qué te pasó? —preguntó el médico.

—Pues... una caída, una mala caída. El doctor Fernández me operó; pero mañana me va a dar de alta.

El doctor Serrano arqueó las cejas, volvió a colocarse las gafas en su sitio y se marchó sin más comentarios.

—Tiene un rostro siniestro —comentó Martina en voz baja—. Yo no me dejaría operar por él.

—¡Tonterías! Es un médico buenísimo.

Poco antes de llegar a la sala de enfermeras, vieron cómo la puerta metálica de uno de los ascensores se abría. Salió primero una enfermera, luego una camilla, empujada por un camillero, y, por último, un médico.

—A la cuatrocientos veinticuatro —dijo la enfermera.

El camillero tomó la dirección de la 424. Clara y Martina se arrimaron a la pared para dejarle pasar. Y aunque la visión apenas duró cuatro o cinco segundos, Martina descubrió sobre la camilla a un muchacho más o menos de su edad, muy pálido, el pelo revuelto, los labios cárdenos... La botella de suero se balanceaba en el gancho de metal sobre la cabecera.

Martina siguió con la mirada la camilla hasta que desapareció tras la puerta de la habitación 424.

—Espérame aquí —le dijo Clara—. Voy a dejar estas carpetas y enseguida te acompaño a tu habitación.

Martina se recostó contra la pared, muy cerca de la puerta de la sala de enfermeras, adónde habían entrado también el médico y la enfermera que acompañaban a la camilla. Martina podía oír lo que se decía en el interior.

—Le he administrado un sedante —decía el médico—. Si por cualquier motivo se despertase, avísenme de inmediato. Pasaré la noche en «urgencias».

—De acuerdo, doctor —respondía una enfermera.

—¡Inmediatamente! —recalcaba el médico—. Ese muchacho ha intentado suicidarse.

Se oyó una exclamación y algún comentario. Si Martina no hubiese estado apoyada en la pared, tal vez se hubiese desplomado al instante. Al oír las últimas palabras del médico, sintió un ahogo en el pecho que apenas le permitía respirar; era una opresión terrible que le ascendía con estremecimiento desde el estómago y que le hacía sudar por todos los poros de su cuerpo.

El médico y la enfermera salieron de la sala y se encaminaron al ascensor.

—Los padres del muchacho están abajo.

—Dígales que su hijo está fuera de peligro. De visitas, nada. Mañana, a primera hora, que pasen mi informe a psiquiatría.

Justo cuando el médico y la enfermera entraron en el ascensor, Clara salió de la sala.

—Vamos, Martina —y la cogió del brazo.

Y Clara, al momento, sintió la crispación de aquel cuerpo, las convulsiones...

—¿Te ocurre algo? ¿Qué tienes?

Pero Martina no podía hablar.

—¡Martina! —Clara puso el dorso de su mano sobre la frente de Martina—. ¡Estás sudando! Vamos, te llevaré a tu habitación.

Martina caminaba como un autómata guiada por Clara, que no acertaba a comprender lo que le había sucedido a aquella muchacha jovial y optimista.

Atravesaron la puerta que dividía los dos pabellones.

—¿Te duele la pierna? —preguntó Clara, nerviosa—. ¿Es eso? Pero... contéstame. Me estás asustando.

Llegaron a la habitación de Martina, y Clara se dispuso a acostarla.

—Avisaré al médico ahora mismo —comentó mientras arreglaba el embozo de la cama.

Martina estaba agarrada con las dos manos al piecero de la cama. Su cuerpo entero comenzó a temblar, agitándose convulsamente, como si de un momento a otro fuese a estallar.

—¡Martina! —gritó Clara al verla, y corrió hacia ella.

Los ojos de la muchacha brillaban intensamente y su mirada, aunque clavada en el rostro de Clara, había perdido toda expresión. Y de pronto, un borbotón de lágrimas estalló en sus ojos y dos torrentes salados se precipitaron por sus mejillas.

—¡Martina!

Y Martina se abrazó a Clara y, aunque la enfermera repetía una y otra vez que iría a buscar a un médico, la muchacha la apretaba con fuerza contra sí y no la dejaba moverse. Y el hombro de Clara se fue humedeciendo con las lágrimas de Martina.

Al cabo de unos minutos, la enfermera fue percibiendo entre sus brazos cómo el cuerpo de la muchacha iba perdiendo rigidez, cómo las convulsiones cesaban, cómo la respiración se acompasaba... Se separó un poco de ella y le cogió la cara entre sus manos.

—Pero... Martina.

Y Martina pudo hablar al fin.

—¿Por qué lo ha hecho? —dijo.

—¿El qué? ¿Quién?

—¿Por qué ha intentado suicidarse?

Y Clara de pronto adivinó los motivos de aquella angustiosa congoja.

—¡Es eso! ¡Pobre Martina! Te ha impresionado ese muchacho.

Esta vez fue la enfermera la que abrazó a Martina. Le habló al oído sin separarse de ella.

—No lo sé, Martina. Si yo lo supiera... Si lo supiera alguien al menos. Cálmate. Por fortuna, ese muchacho está fuera de peligro.

Clara, con suavidad, fue acercando a Martina hacia la cama. Le quitó la bata y la sentó en el colchón. Luego, la cogió por los hombros y consiguió que se tumbase.

—Así me gusta. Tranquilízate.

La cubrió con la sábana y, volviendo la cabeza constantemente, salió de la habitación.

Regresó al cabo de dos minutos con el doctor Serrano, El médico agachó su rostro anguloso de nariz descomunal sobre la enferma. Le puso una mano en la frente y con la otra le buscó el pulso en la muñeca.

—Ya se me ha pasado —musitó Martina.

—De todas formas te daré algo para que duermas mejor,

—No, no hará falta.

—¿Seguro?

—Sí, seguro.

El doctor Serrano aún mantuvo sus dedos sobre la muñeca de Martina. El pulso se iba acompasando poco a poco. Luego, mirando siempre a todas partes, se dirigió hacia la puerta. Clara le acompañó.

—¿Ha cenado ya? —preguntó el médico.

—No, lo hará dentro de un momento.

—Que cene algo frugal: zumos, un caldo...

—Sí, doctor.

—Y si tarda en dormirse, le da el sedante.

Tras la puerta de la habitación desapareció primero el cuerpo, después el rostro y por último la nariz descomunal del doctor Serrano.

Cuando Clara se volvió hacia la enferma la halló tan feliz como en otras ocasiones: sonriente, simpática, alegre...

—¿Ya se ha ido el doctor Jekyll? —bromeó.

—El doctor... Jekyll, como tú dices, me ha ordenado que te dé un sedante si no te duermes pronto.

—Pero si aún no he cenado...

—¿Tienes hambre?

—Me comería..., me comería...

—Lo siento por ti. Esta noche estarás a dieta.

—¿A dieta? ¿Quieres que me muera de hambre?

Clara se encogió de hombros y sonrió. Antes de salir de la habitación se detuvo un instante junto a la puerta entreabierta y asomó la cabeza al exterior. Miró a un lado y a otro para comprobar que nadie estaba cerca. Luego se volvió a Martina.

—Órdenes del doctor Jekyll —le dijo.

—Pues ten cuidado con él; creo que está a punto de convertirse enmisterHyde.

A pesar de que sentía un gran alivio al ver de nuevo a Martina en perfecto estado, Clara no podía apartar de su mente a esa muchacha temblorosa que, minutos antes, se había agitado entre sus brazos poseída por un extraño terror.

En la sala de enfermeras comentó el caso con la enfermera jefe y esta la tranquilizó aún más, asegurándole que la reacción de la muchacha, inmadura todavía, era normal. El hecho de ver a un chico de su edad en esas circunstancias tan dramáticas habría alterado su sistema nervioso.

«Tiene que ser eso», se convenció Clara.

Poco antes de que el turno de tarde acabase, Clara decidió hacer una última visita a Martina. Entró en la habitación, que tenía la luz apagada, y vio que el carrito de la cena permanecía intacto junto a la cama. La muchacha parecía dormida. Se acercó un poco más para comprobarlo y fue entonces cuando descubrió los grandes ojos de Martina, abiertos y ausentes. Encendió la lámpara de la mesilla de noche.

—Creí que estabas dormida.

Ajena a todo, la muchacha canturreaba una canción en voz muy baja. No reaccionó ante la presencia de Clara. Cantaba, y su canción, apenas audible, parecía un profundo lamento.

En mi arbolito brotaron flores negras y moradas.

Porque el correo vino a buscarlo, mis ojos lloraban.

—¡Martina! —Clara la agarró de un brazo y la movió con suavidad.

—Hola, Clara —respondió Martina, esbozando una leve sonrisa.

—No has cenado.

—El caldo estaba muy caliente.

—Ya se ha enfriado. Tómatelo,

—No tengo ganas.

—Entonces tendré que darte el sedante.

—Está bien, tomaré el caldo —y Martina se incorporó un poco en la cama.

Clara le acercó la taza.

—¿Qué cantabas?

—Una canción de Violeta Parra.

—¿Violeta Parra?

—¿No la conoces?

—No.

—Eres muy joven para conocerla.

—¡Pero bueno!... —exclamó la enfermera—. Pues si yo soy joven, tú, mocosa, ¿qué eres?

Martina sonrió.

—Yo me sé de memoria casi todas las canciones de Violeta Parra.

—Tendrás que dejarme algún disco para que yo pueda conocer también a esa señora,

—No, podrías estropearlos.

Martina terminó de beber el caldo y entregó la taza a Clara. Luego se dejó caer en la cama y se tapó con la sábana hasta los hombros.

—¿Tienes sueño? —preguntó la enfermera.

—Sí.

—¿No hará falta el sedante?

—No —respondió Martina con los ojos cerrados, y añadió—: No puedo dejarte esos discos. No se los he dejado a nadie.

—¿Por qué? —preguntó Clara con curiosidad.

—Porque eran de mi hermano mayor.

—¿Solo por eso?

—Sí.

Clara iba a preguntarle por su hermano mayor, del que no tenía ninguna noticia; pero viendo cómo el sueño se apoderaba de Martina, se limitó a recoger el carrito de la cena y a sonreír con dulzura. Antes de marcharse, añadió:

—Mañana procuraré llegar un poco antes. Si el doctor Fernández te da de alta podré despedirme de ti.

Martina no respondió.

La enfermera apagó la luz y salió sin hacer ruido. Entonces Martina abrió los ojos y de nuevo comenzó a canturrear.

Quise curarlo con mi cariño, mas el pajarillo

                                                                       guardó silencio como una tumba hasta que amaneció.

2

LOS ruidos, esos pequeños ruidos que escuchaba siempre antes de dormirse, habían cesado por completo. Todo parecía estar tranquilo en aquella zona del hospital; solo de vez en cuando los pesados zuecos de una enfermera martilleaban el pavimento. ¿Qué hora sería? Volvió la cabeza hacia la ventana. Ya era de noche. Los ruidos de la calle también habían cesado. Apenas un automóvil pasaba de cuando en cuando iluminando levemente la habitación. A Martina le gustaba aquella luz fugaz que la persiana bajada fragmentaba en múltiples cuadritos blancos. Aquellos cuadritos parecían estar vivos, se movían por las paredes, se agrandaban, se encogían... Ejércitos de luciérnagas que, antes de iniciar la batalla, siempre desaparecían misteriosamente.

Se revolvió con cuidado en la cama, agarrándose con ambas manos la pierna operada hasta sacarla fuera del colchón. No sentía dolor, pero temía que un esfuerzo o un golpe pudiese retrasar su recuperación. Y deseaba salir lo antes posible del hospital. Se incorporó despacio y se dejó caer por un lateral hasta que su pie llegó al suelo. Se calzó a tientas las zapatillas y se puso la bata. Luego, caminando con muchas precauciones, se dirigió a la puerta de la habitación.

En el pasillo, el silencio era casi absoluto, solo alterado por una intrascendente conversación que provenía de las escaleras. Se deslizó al exterior y, siempre apoyándose en la pared, se dirigió hacia uno de los extremos, donde una puerta grande de madera dividía los dos pabellones. Era el mismo recorrido que había hecho con Clara horas antes; sin embargo, ahora parecía mucho más largo, a pesar de que su pierna, en franca recuperación, volvía a moverse con relativa facilidad.

Cuando abrió la puerta, pensó en un número que había retenido en su mente durante las últimas horas, pero que ahora se repetía a sí misma una y otra vez, como si temiese olvidarlo de repente: «424».

Parecía increíble, pero no sentía ninguna molestia en su pierna; casi podía caminar con normalidad, como si no hubiese sufrido una operación dos días antes.

Se detuvo delante de la puerta de la habitación 424, miró a derecha e izquierda y, al no ver a nadie por el pasillo, entró lo más rápido que pudo. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por una pequeña lámpara amarillenta situada sobre el cabecero de la cama, en la que yacía aquel muchacho al que horas antes había visto sobre una camilla. La luz le daba un aspecto más mortecino. Su rostro era un contraste de claridad y sombra, palidez y tinieblas.

Martina se acercó a la cama por el lado contrario a donde estaba situado el gancho metálico que sostenía la botella de suero y las gomas que transportaban las gotas de vida a aquel cuerpo inerte. Se inclinó sobre la cama, acercando su rostro al del muchacho hasta percibir su débil respiración.

Comenzó a canturrear, y su voz era confusa y suave, como un susurro.

De pronto, el muchacho abrió los ojos.

—Tú no eres Toni. Lo sé, pero no me importa —le dijo Martina—. Toni era mi hermano mayor.

Durante unos segundos, el muchacho mantuvo los ojos abiertos: su mirada, fundida con la de Martina. Luego, no pudo soportar el peso de sus párpados y volvió a cerrarlos.

—Yo te cuidaré —le dijo Martina, poniéndole una mano sobre la frente—. Sé que estás despierto y puedes escucharme. He venido a cuidarte.

Y volvió a susurrar las notas de una canción imperceptible, sabiendo que aquel muchacho, de quien ignoraba todo, podía escucharla.

3

CLARA dejó la bandeja con la comida sobre la mesilla y se dirigió a la ventana. Descorrió los visillos y tiró con energía de la cinta de la persiana. Una radiante claridad invadió la habitación. Martina, que sin duda sintió sobre todo su cuerpo el impacto de la luz, se revolvió en la cama, protegiéndose los ojos con su antebrazo.

—¿Sabes qué hora es? —preguntó la enfermera con una sonrisa en los labios.

A Martina todo le resultaba familiar, conocido... La voz, la cama, el olor... Sin embargo, su mente, quizá aletargada por un profundo sueño, no era capaz de ordenar aquel extraño rompecabezas.

«Veamos —pensó—. ¿Quién soy yo?»

—¡Martina, despierta de una vez! —Clara la zarandeó con suavidad.

«Me llamo Martina. Y esa voz, esa voz... es de Clara, y esta cama...»

—¡Martina! —repitió Clara.

Martina por fin abrió los ojos, encontrándose el rostro de la enfermera muy cerca del suyo, ese rostro amable, delicado, reconfortante...

—Sigo en el hospital —comentó desalentada.

—Estoy muy enfadada contigo —Clara intentó adoptar una actitud severa—. Ya me han contado que anoche te encontraron caminando por los pasillos.

«¿Caminando por los pasillos? Sí, era cierto... Volvía de la habitación 424, una enfermera me vio y...» Las tinieblas se disipaban y Martina volvía a recordarlo todo. Sonrió a la enfermera.

—Eres muy guapa, Clara.

—No intentes ablandarme con buenas palabras.

—Lo digo en serio. Eres... guapísima.

Clara agarró el embozo de la cama y tiró de él, dejando a la muchacha completamente destapada.

—¡Eh! ¿Qué haces?

—¡Arriba, gandula! Tienes que lavarte un poco antes de comer.

—¿Comer?

—Pues claro. Después te acompañaré a la consulta del doctor Fernández. Recuerda que es posible que te dé de alta.

—Pero... —Martina volvía a estar confusa—. ¿Qué hora es?

—Casi las cuatro de la tarde.

—¡Las cuatro de la tarde! —y saltó de la cama, olvidándose de su pierna enferma—. Pero... ¿cómo he podido dormir tanto?

—Creo que la culpa la tiene ese paseo a medianoche por los pasillos del hospital. Me parece que fue el mismísimo doctor Serrano quien te administró un sedante.

—¿El doctor Jekyll?

—El mismo.

Al llegar a la puerta del servicio se sacó el camisón por la cabeza de un tirón y lo lanzó hacia la cama.

—¿Quieres ayudarme? Es incomodísimo ducharse «a la pata coja».

Con la pierna enferma fuera de la bañera, sujeta por las manos delicadas de Clara, Martina se duchó a toda velocidad, preocupada por el horario de consultas del doctor Fernández.

—Si llego tarde y el doctor Fernández se ha marchado...

—No te preocupes, no llegarás tarde. El doctor estuvo aquí esta mañana, pero, como dormías, prefirió que tú misma pasases por su consulta por la tarde.

—¡Qué rabia!

—El horario coincide con las visitas. Tu tía podrá acompañarte.

Clara ayudó a Martina a secarse. Volvió a sentir entre sus brazos aquel cuerpo de líneas recién estrenadas que deliciosamente dibujaban un contorno de mujer.

«¡Qué hermosa edad!», pensó Clara, recordando los días, no demasiado lejanos, en que ella misma se contemplaba horas y horas en el espejo, observando una transformación casi imperceptible, no por esperada menos sorprendente. Qué distinto al cuerpo que la tarde anterior se había agitado, convulso, entre sus brazos. ¿Qué guardaba dentro aquel cuerpo? ¿Qué pasaba en realidad por la cabeza de aquella jovencita llena de vitalidad que en tres días que llevaba en el hospital había conseguido cautivarla por completo? Sí, aquella muchacha poseía algo especial: una gracia, un magnetismo..., algo que la atraía poderosamente.

—Te echaré de menos —suspiró la enfermera.

—¿Echas de menos a todos los pacientes que dejan el hospital? —preguntó con picardía Martina.

—Es una pregunta malintencionada. No contestaré.

Clara observaba cómo Martina se movía de un lado a otro, buscando su ropa y vistiéndose. Sus movimientos eran seguros, decididos, parecía haberse olvidado por completo de su pierna. Era un buen síntoma. El doctor Fernández le daría de alta y en un par de semanas volvería a correr y saltar como antes.

—Tengo una idea —comentó Martina, al tiempo que cogía la bandeja de la comida y la colocaba sobre la mesa.

—¿Qué idea?

—Podemos vemos cuando yo me vaya del hospital. Podemos... ser amigas. ¿Te importa tener una amiga pequeñaja?

—Oye, que no te saco tantos años.

—Entonces... ¿no te importa?

—Claro que no.

—¡Lo que voy a presumir en el instituto! ¡Diré a mis compañeras que tengo una amiga enfermera! —Martina de repente había recordado algo—. ¡El instituto!

—¿Sacaste los libros de la bolsa?

—No.

Clara sonrió y se encogió de hombros. Se dirigió hacia la puerta.

—Vuelvo enseguida. Come un poco.

Martina empezó a comer.

—¡Está frío! —protestó.

Al cabo de unos diez minutos, Clara regresó a la habitación.

—¿Estás lista?

—Lista.

Tendió a Martina su brazo y la enferma, a pesar de que notaba una gran mejoría en su pierna, se agarró a él.

—Ya casi puedo correr.

—No seas loca. Y aunque el doctor te dé el alta, no cometas imprudencias. ¿Entendido?

—Entendido.

Llegaron a la consulta de traumatología. Allí esperaba Carmen, la tía de Martina, que se entretenía charlando con una señora que llevaba un brazo en cabestrillo.

—Ya ha pegado la hebra —comentó Martina al verla—. No aguanta más de dos minutos sin hablar. Si no tiene a mano a nadie, es capaz de iniciar una conversación con una farola, con un árbol...

—¡Te quejarás de tu tía!...

—No me he quejado.

Carmen, al ver a su sobrina con la enfermera, dejó a la señora del brazo en cabestrillo con la palabra en la boca y se dirigió a su encuentro.    

—Martina, hija, estoy aquí. ¿Qué te ha ocurrido esta noche? Me asusté cuando me dijeron que te habían tenido que dar un calmante. Pero... tienes buen aspecto. ¿Te duele algo? ¿La pierna?... Si me hubiese quedado esta noche... Podría haberme colado por la puerta de atrás, otras lo hacen. ¿De verdad que estás bien? —Martina iba a responder que sí, pero no tuvo tiempo—. ¡Ah! Hablé con tus padres esta mañana. Llegaron bien. No les dije nada del calmante para no asustarlos. Bastante preocupación tienen ya con los dos pequeños. Pero... ¿te encuentras bien?

Esta vez fue Clara quien le impidió responder.

—Me voy —dijo la enfermera—. Tengo que hacer. Ya me contarás.

La señora del brazo en cabestrillo pasó a la consulta. Carmen cogió a su sobrina por el brazo y la llevó hasta la puerta de entrada.

—Nos toca a nosotras. Dios quiera que te den de alta y puedas volver a casa.

La señora del brazo en cabestrillo salió a los pocos minutos y cruzó una sonrisa con Carmen.

—Me tienen que hacer otra radiografía —comentó a modo de despedida.

El doctor Fernández se levantó al ver entrar a Martina. Sonrió ampliamente a la muchacha y le tendió sus brazos.

—Hola, dormilona. Creí que no vendrías. Déjame que te ayude.

—No hace falta. Ya puedo andar sola. No me duele nada.

—¿Seguro?

—Segurísimo.

Y haciendo un alarde innecesario, Martina se soltó del brazo del médico y se sentó en la camilla de un salto,

—Está bien, te creo; pero no vuelvas a hacerlo, ¿de acuerdo?

Carmen movió la cabeza de un lado a otro varias veces.

—¡Loca! ¡Que eres una loca! —dijo—, ¿Quieres estarte quieta y obedecer al doctor?

Martina se tumbó sobre la camilla sin rechistar y el doctor Fernández comenzó a cortar la aparatosa venda que le envolvía el pie y parte de la pantorrilla. Cuando la herida quedó al descubierto la fue revisando cuidadosamente.

—Muy bien —comentó—. Intenta mover el pie.

Martina obedeció al doctor y su pie inició un vacilante movimiento, primero a la izquierda, luego a la derecha.

—¿Te duele?

—Casi nada.

—Me dijiste que practicabas un deporte.

—Atletismo. Corro los cuatrocientos y los ochocientos.

—Eso está bien.

—¿Acaso no podré volver a correr?

—Todo lo contrario. Dentro de quince días podrás volver a entrenar.

—¡Gracias a Dios! —exclamó Carmen, y luego, dirigiéndose a su sobrina—: Y a ver si te sirve de lección, para que no seas tan alocada. Porque una caída como la que tuviste solo te puede ocurrir a ti. Hay que andar con cuidado, mirando donde se pisa, ¿verdad, doctor?

—Sí, sí —asintió indiferente el doctor Fernández mientras colocaba a Martina un vendaje mucho más liviano.

Terminada la operación, Martina se incorporó, esta vez ayudada por el médico, y descendió de la camilla. Sentía su pie más libre, lo movía mejor, y solo cuando intentaba girarlo excesivamente notaba un pequeño dolor en el tobillo.

—Entonces... ¿me puedo ir? —preguntó Martina al doctor Fernández, que ahora se encontraba extendiendo una receta sobre su mesa.

—Sí —respondió el doctor sin alzar la cabeza.

—Quiero decir —insistió Martina— que si me puedo ir a mi casa.

El doctor se levantó con la receta en la mano.

—Por supuesto. No quiero volver a verte hasta dentro de siete días.

Entregó la receta a Carmen y dio un beso a Martina, a modo de despedida.

—Siento perder a una paciente tan simpática.

—Si vuelvo a caerme por las escaleras, le buscaré a usted antes de que me encuentre el doctor Jekyll.

—¿El doctor Jekyll?

—¡Oh! No me haga caso.

El doctor Fernández rió con ganas mientras tía y sobrina abandonaban su consulta.

Regresaron a la habitación. Carmen dejó a su sobrina recogiendo la ropa y ella se marchó a «Administración» para sellar unos documentos.

Martina metió sin cuidado su ropa en la bolsa y la cerró después de sentarse encima, aplastando todo lo que había dentro. Estaba poseída por una agitación, por una impaciencia, por una prisa... Deseaba salir cuanto antes del hospital y volver a sentir la calle; pero algo muy importante tenía que hacer primero: despedirse del muchacho de la habitación 424.

No sabía lo que iba a decirle, pero necesitaba verlo antes de marcharse. Salió de la habitación y dejó la bolsa junto a la puerta. Renqueando atravesó el largo pasillo y llegó a la puerta de separación de los pabellones. Respiró profundamente un par de veces y franqueó el umbral.

Cuando iba a comenzar a andar hacia la habitación 424, vio algo que la detuvo en seco: era un muchacho envuelto en una bata, caminando lentamente, muy despacio, arrastrando los pies, como si le costase un trabajo ímprobo mover sus piernas. Martina volvió a fijarse en aquel rostro, que seguía blanco, y en aquellos ojos, ausentes, perdidos, con bolsas moradas alrededor.

Se acercó y el muchacho la vio. Se detuvo y se quedó mirándola fijamente. Por un instante, las miradas de ambos se fundieron. Martina se acercó más y le saludó efusivamente.

—Hola, me llamo Martina. Iba a hacerte una visita. Esperaba encontrarte en la cama. Me alegra que ya puedas levantarte.

El muchacho no respondió. Martina seguía comportándose con él como la jovencita jovial, desenfadada, optimista.

—Me acaban de dar de alta. ¡Estaba deseando! No te puedes imaginar las ganas que tengo de volver a pisar la calle. Supongo que a ti te sucederá lo mismo. Si quieres, podemos vernos cuando te den de alta a ti. Podemos quedar un día en un sitio determinado... ¿Qué te parece dentro de quince días? A partir de hoy, el segundo jueves, a las seis de la tarde, en... en... la estación del Norte. ¿Te parece bien la estación del Norte? Es lo primero que se me ha ocurrido. Supongo que para entonces los dos ya estaremos recuperados. ¿Quedamos entonces?

El muchacho no respondió. Seguía mirando fijamente a Martina, como una estatua. Sus ojos parecían haber perdido definitivamente toda expresión.

—Bueno —continuó Martina, sin perder su sonrisa—. Dime al menos cómo te llamas.

El muchacho permaneció mudo.

—¡Igor! —alguien gritó de repente ese nombre desde el fondo del pasillo.

Martina levantó la cabeza y descubrió al doctor que había atendido a aquel muchacho la noche anterior. Se dirigía a grandes zancadas hacia ellos.

—Igor, vuelve a tu habitación. Por hoy basta de paseos —dijo el médico.

Martina tendió la mano al muchacho.

—Adiós, Igor.