Ninfa rota - Alfredo Gómez Cerdá - E-Book

Ninfa rota E-Book

Alfredo Gómez Cerdá

0,0

Beschreibung

XVI Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil, 2019 Premio Fundación Cuatrogatos 2020 Una historia introspectiva sobre el amor adolescente, el dolor, la amistad y los celos. Marina ha descubierto que su corazón ya no le pertenece, ya no es dueña de él. Se ha enamorado de Eugenio, el chico con el que sale, y poco a poco va descubriendo que tampoco es dueña de sus actos. ¿Por qué se va alejando de sus amigos? ¿Por qué Eugenio impone siempre su voluntad? La brusca ruptura de la relación complicará aún más las cosas. ¿Podrá vivir con el corazón devorado por serpientes? ¿Podrá vivir con la certeza de que el tiempo no cura nada, sino que es la perdición de todas las cosas? ¿Podrá encontrar el final de su zozobra?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 193

Veröffentlichungsjahr: 2019

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Alfredo Gómez Cerdá

NINFA ROTA

XVI PREMIO ANAYA DE LITERATURAINFANTIL Y JUVENIL

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

Créditos

A Marina,que me prestó su nombre y me regaló su aliento.

MELIBEA: Madre mía, que me comen este corazón serpientes dentro de mi cuerpo.

La Celestina, Acto décimo.

1

Desde hace tiempo sueño con ninfas y con faunos.

A mi madre le encanta la mitología. Tiene muchos libros sobre el tema. Me ha contado que se aficionó de adolescente. Sus amigas leían novelas, pero ella prefería esas historias increíbles llenas de dioses y personajes legendarios. Cuando yo era pequeña me contaba algunas. Recuerdo que mis padres acababan discutiendo por ese motivo.

—Crono se casó con su hermana Rea. Como sus padres habían predicho que sería destronado por uno de sus hijos, se los comía a todos nada más nacer. Cuando Rea dio a luz a Zeus, lo escondió y le dio a Crono una piedra envuelta en pañales para que la devorase…

—No le cuentes esas cosas a la niña —intervenía mi padre.

—Se trata del nacimiento de Zeus, el dios más importante del Olimpo.

—No es apropiado para su edad.

—Mira, si tú quieres le cuentas la historia de los tres cerditos, de Cenicienta o de Pulgarcito; pero yo le voy a contar la de Zeus, la de los hermanos Apolo y Artemisa, la de Poseidón…

Creo que a pocas niñas les habrán contado sus padres tantas historias como a mí. Mi madre no paraba con la mitología y mi padre, para contrarrestar, me contaba todos los cuentos tradicionales; me contó tantos que yo creo que alguno se lo inventó.

Desde hace tiempo sueño con ninfas y con faunos.

No recuerdo cuándo ocurrió la primera vez. Fue un sueño muy extraño. Siempre me pareció grotesco y repulsivo el aspecto físico de los faunos: humanos, salvo sus extremidades inferiores, que son de cabra. No tenían pies, sino pezuñas. Además, en su frente lucían unos pequeños cuernos. Por el contrario, las ninfas eran doncellas bellísimas que se pasaban el día al aire libre, cantando y bailando, y que por lo general acababan casándose con algún héroe o en el séquito de amantes de algún dios.

Recuerdo que mi madre me decía que las ninfas eran tontas de remate y que lo peor que podría hacer una mujer del siglo XXI era tratar de imitarlas.

Soñé que yo era una ninfa. No estaba danzando entre la espesura de un bosque, ni sentada sobre las rocas de las que manaba una fuente, ni en la orilla del mar… Me encontraba en una habitación cuadrada, vacía y oscura; sin ventanas ni puertas. La luz era muy débil y no se sabía de dónde procedía. Ni siquiera había una silla donde poder sentarse. El lugar era agobiante y me producía una enorme inquietud.

No estaba sola en esa habitación. Frente a mí había un fauno, grande, imponente, con sus patas peludas rematadas con pezuñas; su cabello revuelto y sus barbas salvajes formaban una especie de remolino alrededor de su cara, solo horadado por sus cuernos. No apartaba los ojos de mí y sin embargo, tenía la sensación de que no me miraba o de que, si lo hacía, aquella mirada no se detenía en mi cuerpo.

El Fauno se mueve hacia un lado y luego hacia el otro. Sus movimientos son inseguros, algo torpes, como si el espacio reducido de la habitación le resultase incómodo. La Ninfa no puede disimular un gesto de preocupación.

NINFA: ¿Dónde estamos?

FAUNO: ¿Eso importa?

NINFA: No me gusta este sitio.

FAUNO: Estamos solos, tú y yo. Es lo que deseábamos, ¿no lo recuerdas?

NINFA: ¿Pero qué lugar es este?

FAUNO: Qué más da.

NINFA: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Me has traído tú?

FAUNO: No hagas más preguntas. Solo piensa que estás conmigo.

NINFA: Tengo miedo.

FAUNO: ¿De mí?

La Ninfa no se atreve a responder y baja la cabeza.

FAUNO: ¿Quieres decir que soy yo el causante de tu miedo?

NINFA: No he dicho eso.

FAUNO: Responde: ¿te doy miedo?

NINFA: (Titubea) No.

FAUNO: (Sonríe satisfecho) Yo te protegeré.

NINFA: ¿De quién?

FAUNO: De todos.

NINFA: Nunca he necesitado protección.

FAUNO: Conmigo estarás segura.

NINFA: Nunca me he sentido insegura.

El Fauno da unos pasos hacia la Ninfa.

FAUNO: ¿Me quieres?

NINFA: Sí.

FAUNO: Solo de eso debes sentirte siempre muy segura.

NINFA: Lo estoy.

FAUNO: De lo demás me ocuparé yo.

NINFA: No te entiendo.

FAUNO: No hace falta que me entiendas.

La Ninfa se atreve a mirarle a los ojos. Se da cuenta de que sus cuernos siguen la misma dirección de su mirada.

NINFA: Antes no eras así. ¿Por qué has cambiado?

FAUNO: Te equivocas, no he cambiado nada. Lo que ocurre es que ahora empezamos a conocernos de verdad.

NINFA: Pero yo creía…

FAUNO: ¿No te gusto como soy?

El Fauno da un pasomás hacia la Ninfa, que vuelve a agachar la cabeza abrumada por su imponente presencia.

NINFA: (Susurrando) Sí.

FAUNO: No te oigo.

NINFA: ¡Sí!

FAUNO: Es una suerte para ti poder quererme, haberte enamorado de mí… ¿O no estás enamorada?

NINFA: ¿Cómo puedes dudarlo?

FAUNO: Lo dudaré solo si tú no me lo dices.

NINFA: Yo no lo dudo. Lo estoy.

FAUNO: ¿Es una suerte para ti que lo estés?

NINFA: Sí. ¿Y para ti?

El Fauno no responde y abraza a la Ninfa. Ella se deja abrazar, pero no puede librarse de la inquietud que la embarga. El Fauno lo nota.

FAUNO: ¿Qué te ocurre?

NINFA: (Suplicando) No me hagas daño.

FAUNO: ¿Crees que voy a hacerte daño?

NINFA: Sácame de este lugar, por favor.

FAUNO: Eso es, suplica. Es lo único que te dejaré hacer.

La Ninfa se separa del Fauno y trata de encontrar una salida. Una a una, recorre las cuatro paredes de aquella habitación en penumbra, sin encontrar una puerta, ni siquiera una rendija que la comunique con el exterior. Su angustia va creciendo. Se siente prisionera, aunque aquello no sea una cárcel. Se vuelve hacia el Fauno, pero ha desaparecido.

NINFA: ¿Dónde estás? No me dejes sola, por favor. Este lugar me da miedo.

Su angustia va aumentando. Nota que le falta el aire. Quiere gritar, pero no lo consigue; además, está convencida de que nadie podría escucharla. Salta con los brazos extendidos, queriendo alcanzar el techo, como si allí se encontrase la salvación. Está demasiado alto. De pronto, se da cuenta de que no está pisando el suelo. Flota misteriosamente en el centro de esa habitación, que es un cubo perfecto. Aunque hace ímprobos esfuerzos, no consigue alcanzar ninguna de las caras, a pesar de que cada vez el cubo es más pequeño, como si se estuviera comprimiendo sobre ella.

NINFA: ¿Dónde estás? No has podido desaparecer de improviso. Por favor, vuelve. Sácame de aquí.

La Ninfa comienza a sudar. La angustia le está ahogando. Se lleva las manos al cuello. Abre la boca tratando de encontrar un poco de aire. La desesperación se va apoderando de ella.

NINFA: ¡Socorro! ¡Socorro!

Entonces percibe un instante de lucidez y trata de reaccionar, de aferrarse a algo que, de repente, le parece lo más lógico, lo único con visos de certidumbre.

NINFA: (Habla para sí)Es un sueño. Lo que me está pasando no tiene ningún sentido. Solo es eso: un sueño, una pesadilla… Si abro los ojos me despertaré y me encontraré en mi cama, en mi habitación, en mi casa… Es así, vamos, ¿a qué esperas? Abre los ojos. Despierta de una vez. ¡Despierta!

Cuando al fin pude abrir los ojos, estaba sudando y creo que las pulsaciones de mi corazón se habían duplicado. Agarré el móvil para mirar la hora. Me temblaban las manos. Las cinco y veinte de la madrugada. Mi primer impulso fue encender la lamparita de la mesilla, pero me contuve, pues no quería que el resplandor pudiera despertar a mis padres. Me bastaría la luz de la pantalla del móvil. Me sequé el sudor con las mangas del pijama. Activé la cámara del teléfono y la roté con la intención de descubrir mi rostro en la pantalla, pero faltaba luz. Finalmente me decidí a encender la lamparita de la mesilla.

No encuentro palabras para describir mi cara, pero desde luego no desentonaría en una película de terror. Apagué la luz y permanecí con el móvil entre las manos. Por fortuna mis padres no se despertaron, lo que me permitió evitar dar explicaciones y, sobre todo, aclarar el motivo de mi agitación y del sudor que me bañaba. Me costó mucho trabajo volver a conciliar el sueño. Tenía miedo de que la pesadilla regresase. No quería de ninguna manera volver a sentirme dentro de aquel cubo angustioso, cerrado a cal y canto.

Durante el desayuno, mi madre se me quedó mirando. Conozco de sobra las expresiones de su cara. No dijo nada, pero sé que algo notó, a pesar de que me acababa de duchar y con el agua había tratado de borrar todas las huellas que suele dejar en el rostro una mala noche.

No le dejé que comenzase a hacerme preguntas.

—¿Es verdad que las ninfas eran tontas de remate?

—¿Las ninfas? —se sorprendió un poco por mi salida.

—Recuerdo que tú me contabas que una mujer no debería tratar de imitar a una ninfa.

—Bueno, a mí nunca me han interesado mucho —reconoció después de dar un buen sorbo de café—. Siempre están relacionadas con la naturaleza, y eso las hace interesantes; pero las pobres se pasan la vida semidesnudas, saltando entre los arroyos, cantando, bailando sobre un manto de hojarasca, entregándose al amor con cualquier dios arrogante… ¿A qué mujer inteligente le puede atraer una vida así?

—¿Y los faunos?

—Los faunos pertenecen a la mitología latina y las ninfas a la griega —me explicó—. Pero en la actualidad se confunde todo, se mezcla; no hay rigor.

Mi padre, que hasta ese momento se había mantenido callado, observándonos, se levantó con su taza vacía y abrió la puerta del lavavajillas. Movió la cabeza, negando ostensiblemente.

—No me lo puedo creer —comentó—. Espero que no la hayas convertido en otra obsesa de la mitología.

Mi madre se encogió de hombros, como dando a entender que eso no era lo peor del mundo. Yo aproveché para levantarme y llevar mi taza al lavavajillas.

—También recuerdo todos los cuentos que tú me contabas —le dije a mi padre.

Se nos había hecho un poco tarde, así que los tres salimos pitando. A veces coincido con mi madre al salir de casa por las mañanas. Mi padre suele marcharse un poco antes. Al llegar a la parada del autobús nos separamos. Mientras me dirigía al instituto pensaba que hubiese sido mejor soñar con los tres cerditos, o con la Bella Durmiente, o con Blancanieves… Al menos eran historias mucho más previsibles, de las que ya conocía el final.

Desde hace tiempo sueño con ninfas y con faunos.

Son pesadillas.

¿Por qué se mezclan ninfas y faunos en mis sueños si pertenecen a mitologías diferentes? Aunque, pensándolo bien, no me extraña. La mitología es un verdadero lío.

2

Me he lanzado al agua, aunque tenga muchas posibilidades de ahogarme. O todas. No me queda otro remedio. Me he tirado de cabeza, sí, porque siento que fuera del agua me estoy ahogando y que zambullirme sea tal vez la única posibilidad que me quede.

No sé nadar en este mar, pero ya no hay remedio. Seguiré chapoteando con la única intención de no hundirme.

Me fastidia este sol irresponsable brillando con fuerza a mediados de diciembre. Estoy harta de él. En esta época del año debería estar nublado, lloviendo o nevando; frío, mucho frío. Dicen las noticias que estamos en el año más cálido de la historia. ¡Vaya mierda! Yo no puedo hacer nada, aunque a veces oigo a algunos tipos hablando por televisión y parece que quieran hacerme responsable del cambio climático.

¡Hasta el clima cambia! A veces me gustaría que nada cambiase o, al menos, que no cambiasen las cosas que deseamos que no cambien.

Tengo a mi madre encima. Cree que no la siento, pero me doy cuenta de que no hace más que asomarse a mi habitación. Camina de puntillas por el pasillo y mira por la rendija. «Rendijea». No hace falta que me dé la vuelta para saber lo que está haciendo. La conozco como si fuera mi madre. ¡Ja, ja, ja! Esa es su frase favorita, pero al revés.

Te conozco como si fueras mi hija.

Sería más correcto que dijese que me conoce porque soy su hija. Lo que ocurre es que llega un momento en que los padres dejan de saber quiénes son sus hijos. Viven felices e ignorantes, hasta que de repente ocurre algo y entonces se llevan las manos a la cabeza, que se les ha llenado con los peores fantasmas.

Mis padres no son diferentes del resto. Ellos también pensaban que lo sabían todo de su hija, que me controlaban por completo, que me conocían mejor que nadie. Vamos, lo normal, lo que ha ocurrido desde que el mundo es mundo.

Ley de vida.

La frase en esta ocasión es de mi padre. La suelta cada dos por tres. Según él, todo ocurre porque es ley de vida.

Ellos, en cierto modo, creían que lo sabían todo de mí, que controlaban mis actos, que seguía siendo su niña. Y tiene gracia, porque por otro lado no dejaban de repetirme a todas horas esas frases tan manoseadas: «¡Cómo has crecido! ¡Qué mayor estás! ¡Ya eres toda una mujer!».

¡Toda una mujer! ¿Acaso pensaban que me iba a convertir en un ornitorrinco o en un dragón de Tasmania? Lo dicen sin pensarlo, ya lo sé, porque de lo contrario no tendría sentido que me siguiesen considerando una niña.

Vivo en un piso alto y desde mi habitación veo gran parte de la ciudad. Hay mucha contaminación. La boina de humo. Respiro dentro de esa boina. La culpa la tiene el maldito anticiclón, que no se mueve de aquí, o de las Azores, o de donde coño esté, y que impide que se renueve el aire, viciado por los tubos de escape de los coches y las chimeneas de las calefacciones. A pesar del sol, por la noche hace frío.

Me da risa lo que estoy escribiendo. Parezco la chica del tiempo.

Pero ya es tarde para rectificar. Estoy con el agua al cuello y he decidido que voy a escribir lo que me dé la gana con la esperanza de que las palabras me mantengan a flote.

Si se lo contase a Eugenio me diría que escribir es una pérdida de tiempo y que no sirve para nada. Además, querría leerlo y vería cosas donde no las hay. Eso seguro. Siempre ve cosas donde no las hay. Lo interpretaría al revés. En cuanto leyese las primeras páginas me prohibiría seguir escribiendo; por ese motivo sé que todo esto nunca saldrá de mi habitación, de mí misma. Él nunca se enterará, pero no puedo evitar sentirme mal por hacer algo que sé que no le gustaría.

¿A estas alturas tiene alguna importancia ese detalle?

Yo quiero a Eugenio.

¿Yo quiero a Eugenio?

Yo quiero a Eugenio incluso después de lo que ha ocurrido.

¿Yo quiero a Eugenio incluso después de lo que ha ocurrido?

Me tiembla la mano al escribirlo. ¿Es emoción? ¿O es miedo? ¿Ambas cosas?

¡Eugenio!

Me desconcierta ponerme a escribir sin que él lo sepa, sobre todo porque será forzoso que aparezca en estas páginas.

Ayer le dije a Nerea que quizá debería llamarlo para pedirle permiso.

—Permiso… ¿a ese? —se extrañó.

—Será inevitable que escriba algunas cosas sobre él y...

—¡Ni se te ocurra decirle una palabra a ese pedazo de animal! —No me dejó darle ninguna explicación.

Nerea es mi mejor amiga. Es mucho más que una amiga. Lo ha sido siempre y asegura que lo será durante toda la vida. Yo espero que sea cierto, a pesar de que a Eugenio nunca le haya gustado, de que la odie, de que desatase toda su rabia. A veces teníamos que vernos en secreto, sin que él lo supiese. Decía que ella ejercía una influencia negativa sobre mí. Claro que es mucho peor lo que Nerea pensaba de la influencia que ejercía Eugenio sobre mí.

—¡Te está machacando, aniquilando…! —me solía repetir—. Está destruyendo a la auténtica Marina. Desde que estás con él no eres la misma. ¿Es que no te das cuenta?

Creo que ha llegado el momento de hablar del personaje.

Yo soy Marina.

Marina.

Marina de mar, aunque siempre he vivido tierra adentro. Hasta mi nombre es una pura contradicción.

No añadiré nada más de mí.

¡Por supuesto que no soy la misma desde que conocí a Eugenio! En algunas cosas no puedo estar de acuerdo con Nerea. Todo el mundo se transforma cuando conoce a alguien, cuando comienza una relación. ¿Quién lo duda? Es imposible ser la misma persona antes y después.

—Una relación solo es buena si nos hace crecer por dentro, si nos abre horizontes —me dice—. Así lo entiendo yo.

Creo que Nerea no ha encontrado aún a un chico que le haga sentir lo que Eugenio me hace sentir a mí.

—¿Qué tendrán que ver los horizontes con el amor?

—Te equivocas. —Ella no está de acuerdo—. Yo estaba coladísima por Adrián y él por mí, ¿lo recuerdas? Y, sin embargo, le planté porque me di cuenta de que mi vida no podía detenerse en alguien que se negaba a crecer conmigo. Y eso que Adrián era mil veces mejor que Eugenio.

Nerea es la única persona a la que le consiento decir esas cosas. De su boca no me molestan. Reconozco que incluso me hace pensar a veces. Ella cree que no lo hago, que soy una descerebrada; pero en realidad no puedo dejar de pensar ni un momento.

Nerea es mi única amiga. Antes tenía más, pero…

Es que a Eugenio no le gustaba que…

Reconozco que no podía ni puedo entender su actitud, eso es cierto, pero estoy segura de que sigue habiendo muchas cosas que desconozco. No quería verme con nadie, ni siquiera con mis compañeras de clase, ni siquiera con mis amigas. Lo entendería si hubiese quedado con chicos, pero no hablaba con ninguno.

Me daba pánico pensar que pudiese volver a pelearse.

Un día me preguntó que si yo había besado alguna vez a otro chico.

Le dije la verdad. Antes de conocerlo, había tonteado un poco con Nacho. Nos besamos algunas veces. Por supuesto, él ya no significaba nada para mí.

No sé cómo sucedió, pero al día siguiente Eugenio y Nacho se pegaron. Y menos mal que intervinieron otros para separarlos, porque de lo contrario… Yo solo pude echarme a llorar al ver a Nacho sangrando por la nariz.

Cuando le dije a Nerea que el psicólogo me había recomendado escribir todo lo que me había sucedido, todo lo que sintiese, le pareció genial. Me dijo que lo hiciese en forma de novela, con capítulos y todo eso, y que cuando la terminase sería un éxito. Siempre ha pensado que a mí no se me daba mal escribir.

—Recuerda: espacio, tiempo, personaje, acción.

—¡Bah!

No voy a escribir ninguna novela.

No voy a escribir nada que tenga sentido.

Es verdad que me he lanzado al agua de cabeza, que me estoy mojando, pero no creo que aguante mucho tiempo a flote. Me importa un bledo la recomendación del psicólogo.

Estoy escribiendo en un cuaderno, a mano, con una pluma estilográfica que le he quitado a mi padre. Él no escribe nunca con plumas estilográficas; sin embargo, las colecciona. Tendré que cambiar el cartucho de vez en cuando. Iría más rápido si escribiese en mi portátil, o en mi tablet, pero prefiero no hacerlo. Sé lo que Nerea me va a decir cuando lo vea.

—¿Te das cuenta? Tienes que escribir a mano en un cuaderno porque sigues teniendo miedo de que él pueda verlo. ¡Reconócelo! En el fondo piensas que puede volver a quitarte el portátil cuando le dé la gana y fisgar todo lo que quiera. Es lo que ha estado haciendo.

—Porque no había secretos entre nosotros.

—Querrás decir que tú no tenías secretos con él. Pero ¿acaso podías mirar sus correos?, ¿te dio alguna vez sus contraseñas? No estoy hablando de secretos compartidos; lo que digo es que te controlaba más que la policía a un terrorista.

Creo que Nerea no puede entenderlo y no sería capaz de explicárselo. Fui yo quien quiso darle a Eugenio las contraseñas de todas mis cuentas. Era una forma de demostrarle mi confianza y, con ella, mi amor. Es verdad que él no hizo lo mismo conmigo, pero a mí me daba igual.

No tenía secretos para él.

Necesito volver a escribir esta frase.

No tenía secretos para él.

Sin embargo, él dudaba siempre, desconfiaba de mí, pensaba que le ocultaba algo, que le engañaba. Se lo repetía mil veces, me hizo prometérselo, jurárselo, pero no creo que sirviese de nada.

Yo sé que en el fondo no le gustaba ser así, pero hay algo dentro de él que no puede controlar. Me lo ha tratado de explicar alguna vez, en esos momentos maravillosos que hemos vivido juntos, en los que yo le sentía frágil e inseguro, buscando mi regazo como si fuera un niño pequeño. Ese es el Eugenio que me ha enamorado. Ese es para mí el verdadero Eugenio, el que reconocía sus errores, el que se arrepentía de algo que me había hecho o que me había dicho y se sentía culpable. Entonces lo pasaba mal, muy mal. Hasta le costaba trabajo articular las palabras.

Yo sé que en el fondo no le gustaba ser así, lo sé; quizá sea la única persona que lo sepa. Lo conozco. Pero ya lo he dicho: hay algo dentro de él que no puede controlar, que aflora cada dos por tres, que lo transforma, que lo enloquece.

Yo sé que en el fondo no le gustaba ser así.

Yo sé que en el fondo…

Yo sé…

Nerea se enfadaba más cuando le hablaba de su actitud de arrepentimiento.

—¡Finge! —me gritaba—. ¡Está fingiendo! ¿No te das cuenta?

Sé que Eugenio era sincero y que, a pesar de todo lo que ha sucedido, también me quiere. Muchas de las cosas que ha hecho han sido por el amor que sentía hacia mí.

¿Sentía? ¿O siente?

Controlaba mis cuentas en las redes sociales. Incluso escribía por mí en algunas ocasiones. Yo no ponía nada que pudiera molestarle y hacía oídos sordos a cualquier comentario que pudiera hacer otro chico, aunque fuese conocido, aunque se tratase de un compañero de clase, o de un vecino, o de un amigo del barrio.