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Marta regresa a su casa después de cenar con un grupo de amigas. Desde la cama en la que intenta conciliar el sueño advierte la presencia inquietante de un hombre que, vestido con negras ropas y cubierto el rostro con una máscara, comienza a hacer extraños movimientos... Elena sufre terribles pesadillas que se repiten noche tras noche, amenazando con hacerse realidad... Dos relatos de misterio con bastantes ingredientes de terror que nos harán revivir las siniestras experiencias de sus personajes.
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Seitenzahl: 169
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Para mis amigas del grupo AFALEque, al mismo tiempo, repartena los niños libros y cariño.
ERA tarde y Marta se sentía cansada; pero también contenta. La cena fue excelente y, como siempre, había disfrutado mucho en compañía de sus amigas del colegio.
¿A quién se le ocurrió la feliz idea de reunirse todos los últimos martes de cada mes?
No estaba del todo segura, pero le parecía que a Irene. ¿En la boda de Leticia o en la de Mariela? Daba lo mismo, en una u otra, porque desde entonces habían transcurrido, aproximadamente, cuatro años. ¡Cuatro años ya! Dios mío, cómo pasaba el tiempo.
Había sido un verdadero logro, porque durante cuatro años las cenas de los martes nunca se interrumpieron, con excepción del mes de agosto.
Después de salir del colegio no perdieron el contacto por completo; pero sí se distanciaron bastante, y, sobre todo, no habían vuelto a estar las seis juntas al mismo tiempo. Hasta que comenzaron las bodas. ¡Cómo gozaban en aque-llos encuentros! ¡Cómo se reían recordando pequeñas trastadas y aventuras infantiles! Era increíble de qué manera volvían a sentirse unidas, como si aún continuaran formando parte de aquel singular grupo, al que las otras compañeras llamaban, no muy originalmente, «las seis mosqueteras». «¡Todas para una y una para todas!». Aquella era la respuesta, tampoco muy original, que ellas les daban.
Sí, había sido una excelente idea la de volver a verse, de manera fija y continuada, todos los últimos martes de mes. Lo único malo era que dichos encuentros tuvieran lugar entre semana. Marta e Irene hubieran preferido los viernes o los sábados; pero ellas estaban solteras, mientras que las otras cuatro, casadas ya, dedicaban los fines de semana a sus maridos e hijos.
«¡Las dos!…», suspiró Marta, mirando el reloj mientras metía la llave en la cerradura.
Vivía sola, a nadie preocupaba su retraso; pero era una dormilona empedernida. «¡Mañana no va a haber forma de levantarme!», volvió a lamentarse, mientras encendía la luz del pasillo.
Mañana, había dicho mañana; pero cuando se levantara continuaría siendo hoy. Apenas tenía seis horas para dormir… No quería ni pensarlo.
Pasillo adelante, se le abría la boca y los ojos le lloraban.
Apresuradamente, se quitó la chaqueta y comenzó a desabrocharse la camisa. Estaba deseando meterse en la cama. Se lavaría los dientes y se limpiaría el maquillaje lo más deprisa posible; nada más. La ropa pensaba dejarla en cualquier sitio, ya se ocuparía de ella en otro momento.
Al entrar en el dormitorio, dejó caer las prendas descuidadamente, algunas en el suelo, otras sobre uno de los sillones, y se dirigió al baño. Sin embargo, era ordenada por naturaleza, de modo que, cuando regresó, echó una mirada a su alrededor y se sintió incómoda.
Le molestaba ver las cosas fuera de su sitio. Seguro que no conseguiría dormir y acabaría levantándose para colocarlas; mejor sería hacerlo bien desde el principio.
Con resignación, regresó al cuarto de baño para echar la camisa y la ropa interior en el cesto de la lavadora, y luego, otra vez en el dormitorio, abrió el armario para guardar el pantalón y la chaqueta.
Aunque estaba casi dormida, percibió de inmediato el extraño olor. Se detuvo con sorpresa y olisqueó el aire como un perro de caza.
No se trataba de ningún aroma desagradable, muy al contrario… Solo que aquel no era su olor… ¿O serían imaginaciones suyas? Quizá a aquellas horas de la madrugada, después de haber comido y bebido más de lo normal, tuviera los sentidos un tanto trastornados.
Pero no, siempre tenía un olfato excelente; con sueño o sin él, con comida y bebida o sin ellas. En el armario olía de una manera extraña, a… ¿a qué? No lo sabía, aunque aquel aroma no le resultaba del todo desconocido… Durante unos segundos buceó en sus recuerdos… ¿A qué?, ¿a qué era a lo que olía?… Se encogió de hombros, desconcertada, y de pronto sonrió: «¡La asistenta! ¡Qué bobada!». Ahora recordaba que le había dejado algunas blusas para que las planchara. Se le debía de haber ido la mano con el perfume la mañana anterior. Solía ser una mujer muy discreta en todo, pero cualquiera se podía pasar con la colonia… El caso era que no le parecía que aquel olor fuera el habitual de su asistenta… «¡Habrá cambiado de colonia!», se dijo, enfadada consigo misma por el tiempo que estaba perdiendo en dar vueltas en su cabeza a un asunto tan poco importante. «O habrá cogido la colonia de su marido», susurró mientras se metía en la cama. Pues sí, eso tenía que ser, porque ahora se daba cuenta de que aquel aroma desconocido tenía un sutil y agradable toque masculino.
«¡Enigma resuelto!», pensó mientras apagaba la luz.
Cerró los ojos con fuerza, dispuesta a no desaprovechar ni un minuto de las escasas horas de descanso que tenía por delante; pero, de repente, el deseado sueño parecía haberse evadido.
Dio una vuelta, dio otra, una más… Trató de relajarse, procurando dejar la mente en blanco y los miembros laxos; respiró honda, suave y lentamente… ¡Vaya por Dios!, no conseguía nada.
Los rayos de la luna, que se filtraban por la persiana, fueron a detenerse precisamente en sus pestañas. ¿Serían ellos los que le robaban el sueño?
Pensó en levantarse para oscurecer el dormitorio, pero no, no eran los rayos de la luna, estaba segura, nunca la habían molestado; al contrario, desde niña le gustaba dormir con la ventana abierta, siempre, incluso en invierno. En lo más crudo del invierno se arropaba con varios edredones y se embutía en un pijama acolchado; pero la ventana seguía estando abierta, aunque no de par en par. En los meses más fríos bastaba con una rendija para que entrara el aire. Le agobiaban los lugares completamente cerrados, y también la oscuridad absoluta; para descansar necesitaba aire y algo de luz.
«¡Duerme! Vamos, duérmete; tienes que dormirte ¡ya! Ahora mismo… Si no te duermes enseguida, mañana no vas a poder con tu alma, ni tampoco con tu cuerpo. ¡Duérmete de una dichosa vez!», se ordenó enérgicamente.
Pero, como se sentía más y más nerviosa, volvió a cambiar de táctica y de nuevo procuró relajarse; dejó la mente en blanco, aflojó todos sus músculos e imaginó que estaba tumbada sobre el blando césped de una agradable pradera… En nada, no podía pensar en nada, dentro de ella solo había silencio, un amable y tranquilizador silencio. «Chist, silencio, silencio», se decía a sí misma suavemente y con ritmo, como si estuviera cantándose una nana.
Parecía que, al fin, el sueño se decidía a llegar; sus párpados pesaban y sus ojos empezaban a cerrarse. Justo entonces le pareció oír un ligero ruido. Al principio creyó que estaba dentro de ella misma, que solo se trataba de su imaginación; pero volvió a oírlo casi enseguida; parecía el chirrido de una puerta al abrirse, y no, no estaba dentro de ella, sino fuera, aunque se oía muy cerca.
El sueño, que comenzaba a invadirla, se retiró, inquieto y asombrado, y Marta abrió de par en par los ojos.
A la luz de la luna recorrió la habitación con la mirada, mientras continuaba escuchando, atentamente. No tardó un segundo en darse cuenta, con verdadera angustia, de que la puerta del armario estaba abriéndose. No había ninguna duda. De allí llegaba el inquietante ruido.
En un intento de tranquilizarse, se dijo que quizás lo hubiera dejado mal cerrado; sin embargo, enseguida comenzó a oír un nuevo ruido. Era un roce entre las ropas, un suave pero inequívoco movimiento: alguien estaba dentro del armario, alguien que se disponía a salir.
En un último e instintivo intento de mantener la calma, se le ocurrió pensar que podía ser un gato; le parecía que la vecina del sexto tenía uno. La ventana del dormitorio se quedaba abierta durante todo el día, y la persiana, sin bajar del todo. Los gatos se colaban por cualquier parte, y saltaban y trepaban como lo que eran… Claro que ¿de qué modo podía meterse un gato en un armario cerrado?… ¡La asistenta! Otra vez la asistenta; bien podía habérselo dejado abierto en algún momento, y, precisamente entonces, el animal debía de haber aprovechado para colarse dentro. Después, ella lo habría cerrado de nuevo, y fue así como el pobre gato explorador se convirtió en prisionero…
Pero Marta se daba cuenta de que toda aquella aventura felina no tenía la menor consistencia, y enseguida rechazó la idea por absurda: si, por una extraña casualidad, un gato o un pájaro, por ejemplo, estuvieran dentro del armario, se hallarían tan desesperados que, a la primera ocasión, hubieran escapado, y esa ocasión se les habría presentado en cuanto ella lo abrió.
Pero, además, ni gatos ni pájaros podían hacer girar los pomos de las puertas, y eso era lo que estaba sucediendo. Eso era lo que sus espantados ojos comenzaban a ver.
Justo entonces, la luna, la inoportuna luna, fue a ocultarse por detrás de las nubes y la habitación quedó prácticamente a oscuras. A la escasa luz de las farolas de la calle, Marta solo podía ver una difusa claridad y los contornos de algunos muebles.
Aunque sus ojos casi dejaron de ver, sus oídos no dejaron de oír: la puerta del armario continuaba abriéndose, despacio, y muy suavemente, pero sin detenerse.
Marta se preguntaba con espanto quién sería la persona que estaba dentro del armario, cuáles serían sus intenciones, qué podría ocurrir cuando saliera. ¿Sería un ladrón o algo mucho peor?, ¿cómo habría conseguido entrar en la casa?, ¿y cómo pensaría salir? Y ella, ¿qué debería hacer ella?, ¿cómo podría defenderse?…
¡Defenderse! Esa era su mayor preocupación, ¡la única! Lo demás carecía de importancia. Daba igual cómo hubiese entrado, y lo mismo le daba de qué modo se fuera a marchar. Lo único que importaba era que no le hiciera daño. Porque pensaba con angustia que alguien que se atrevía a entrar en una casa por asalto, pretendiera lo que pretendiera, a la fuerza tenía que ser muy peligroso.
Loca de horror, sintió la tentación de saltar de la cama y huir hacia la puerta de salida del piso. Pero rechazó la idea porque el pasillo era largo, y, si la persona que estaba en el armario lo advertía, tendría tiempo de sobra para impedírselo… Y luego, ¿qué haría esa persona?
Intentar la huida era demasiado peligroso. Además, el cerrojo de la puerta estaba echado, la llave estaba en el bolso, el bolso estaba sobre el tocador, y el tocador se hallaba justo al lado del armario.
También pensó en asomarse al balcón y pedir auxilio; pero ¿a quién? ¿La oiría alguien a aquellas horas? Y si la oían, ¿estarían dispuestos a meterse en un auténtico lío para ayudar a una desconocida? Y aunque estuvieran dispuestos a hacerlo, ¿cómo podrían auxiliarla si la puerta estaba cerrada por dentro? Podrían llamar a la policía, eso sí; pero mientras lo hacían y la policía llegaba, ¿cuánto tiempo habría pasado? Seguramente el suficiente para que el desagradable visitante hiciera lo que se le antojara y luego se marchara con tranquilidad.
Decididamente, tampoco serviría de nada pedir auxilio, y también era peligroso.
Aunque lo más arriesgado de todo era, sin duda, enfrentarse a la persona que estaba saliendo del armario. En plantarle cara no había ni que pensar, por supuesto que no.
Pero entonces, ¿qué solución le quedaba? ¿Qué podía hacer?
Todos estos angustiosos pensamientos, más o menos descabellados, acudían a la mente de la aterrada Marta con la rapidez de los relámpagos, y, con la misma centelleante rapidez, su mente los rechazaba.
Al fin decidió que lo más prudente era no hacer nada y quedarse en la cama, fingiéndose dormida. Quizás de ese modo, el ladrón tendría la posibilidad de huir sin ningún tipo de impedimento. Que se marchara, y lo más pronto posible, eso era todo lo que deseaba.
Abrigaba la esperanza de que la persona que había entrado en su casa lo hubiera hecho con la exclusiva intención de robar. Seguramente ella, con su repentina llegada, interrumpió su faena y le obligó a ocultarse en el armario. Era probable que lo único que el individuo quisiera ahora fuera escapar sin mayores contratiempos.
Pues bien, estaba más que dispuesta a facilitarle el empeño, le daba lo mismo lo que se llevara.
Después de haber tomado la decisión de permanecer acostada, otra vez se preguntó cómo habría llegado el intruso hasta una quinta planta. Tras rechazar otras posibilidades, se dijo que debía de haber entrado por la ventana. Seguramente era uno de esos escaladores de pisos que, según había oído, operaban con inusitada audacia en todas las grandes ciudades, verdaderos atletas de nervios de acero que, aprovechando la oscuridad de la noche, trepaban en pocos minutos hasta los pisos más altos de los más elevados edificios. «Ladrones araña», se llamaban, y de ellos se decía que podían llegar a ser extremadamente peligrosos.
Mientras los pensamientos se atropellaban en su mente, Marta hacía lo posible para controlar los latidos de su corazón, que, enloquecidos, iban a estrellarse contra su pecho con tanta violencia que le parecía que cualquiera podría llegar a oírlos.
La oscuridad no duró más de un minuto, pero a ella se le antojó una eternidad. Poco a poco la luna se fue abriendo paso entre las nubes y sus rayos no tardaron en volver a filtrarse por entre las rendijas de la persiana.
Lo primero que Marta vio fue la mano, aquella mano grande, enguantada y oscura, que se apoyaba en la puerta ya casi abierta del armario.
Los latidos de su corazón cesaron repentinamente en su loca carrera, y también en su mente se paralizaron los pensamientos. Se tapó la boca para detener el grito que amenazaba con estallar en su interior; pero no hubiera hecho falta porque, de haber estallado, ese grito no hubiera tenido voz.
Tras la mano apareció un pie, con calzado también oscuro, que cuidadosamente fue tanteando la distancia que había desde el armario hasta el suelo. Después se dejó ver una oscura y larga pierna, y enseguida apareció el resto del cuerpo del hombre que se escondía en el armario. Porque, por su tamaño y constitución, no había duda alguna de que era un hombre.
Aquel hombre permaneció algún tiempo inmóvil. Era alto y delgado, aunque no flaco. Iba vestido con negras ropas semejantes a las de los ciclistas. Su pantalón y su camiseta eran muy ajustados, y cubría su rostro con una máscara también negra.
De repente comenzó a hacer extraños movimientos con las piernas y los brazos…, igual que si danzara, pero sin desplazarse. A la luz de la luna parecía una siniestra y amenazadora araña que estuviera preparándose para envolver en su sutil tela a cualquier desgraciado insecto.
Durante unos segundos, Marta pensó que el insecto era ella…, pero, haciendo un supremo esfuerzo para calmarse, se dijo que lo único que el hombre pretendía era desentumecer sus miembros antes de salir por la ventana.
Sin embargo, aquel hombre no parecía tener prisa alguna, porque, después de hacer su peculiar gimnasia, permaneció erguido y quieto junto al armario, con la cabeza alta y los brazos cruzados sobre el pecho, como si fuera una estatua. «La propia imagen de la espera», pensó Marta desconcertada.
Era obvio que el hombre araña esperaba, pero ¿a qué?
Lentamente fueron pasando los segundos, los minutos…, ¿cuántos? Marta no sabía si eran muchos o si solo se lo parecía.
Poco a poco, el miedo se le fue convirtiendo en impaciente e insoportable angustia, tan intensa y apremiante que empezó a faltarle la respiración.
Hubiera necesitado sentarse en la cama, para llenar sus pulmones a bocanadas; pero no podía permitírselo, de modo que, con un inmenso esfuerzo, consiguió dominarse nuevamente y, con lentitud, aspiró el aire sin el más mínimo ruido.
«¡Ahora se irá!», se repitió varias veces; pero aquel extraño ser continuaba sin moverse, de pie junto al armario, y Marta se dijo que no podía seguir soportándolo, que el mudo grito que estaba detenido en su garganta acabaría estallando dentro de ella y le haría pedazos el corazón.
Pero, de pronto, el hombre comenzó a marchar, de manera pausada y lenta, rítmica y teatral, como empiezan a caminar cuando bajan del podio en el que han permanecido durante mucho tiempo, completamente inmóviles, esas estatuas humanas, pintadas de blanco, que en plena calle reclaman la atención y la ayuda de los viandantes. Sí, aquel hombre se movía como un mimo, pero esta vez negro.
Marta contempló, con inmenso asombro, pero también con inmenso alivio, cómo se dirigía hacia la ventana.
Delante de la ventana se detuvo y, después de mirar hacia la calle atentamente, como calculando distancias y calibrando dificultades y peligros, se dio la vuelta y, de nuevo, cruzó los brazos ante el pecho, levantó la cabeza y tomó la posición rígida y erguida de las estatuas.
Otra vez el angustiado corazón de Marta volvió a desbocarse; su pobre corazón, que desde que nació siempre fue débil y delicado… Temerosa de que no pudiera resistir tanta tensión, de nuevo hizo lo imposible para proporcionarle algo de calma. Por suerte, sus nervios eran fuertes, y su mente, bastante razonable.
No se le ocultaba que aquella situación era terrible y al mismo tiempo insólita, y por primera vez se le ocurrió pensar que el individuo que, por desdicha, había tomado su casa por asalto podría ser un loco. En tal caso, debía estar preparada para cualquier cosa, porque igualmente podía ser alguien muy violento, o un simple lunático inofensivo. Pero, fuera como fuera, a un loco se le podía manejar utilizando la inteligencia y la astucia. Inteligencia y astucia creía que no le faltaban, y, desde luego, estaba decidida a utilizarlas.
«Mantén la tranquilidad, Marta. Ya verás, todo esto acabará pasando felizmente, y, en caso de necesidad, tú sabrás manejar la situación. Vamos, ten calma… El próximo martes tendrás una magnífica aventura que contar a tus amigas».
Era esto lo que estaba diciéndose a sí misma, o, más exactamente, a su inquieto y asustado corazón, cuando el hombre volvió a moverse, otra vez lenta y rítmicamente, con pasos de mimo o marioneta; pero en esta ocasión derecho hacia su cama.
Nada pudo hacer entonces Marta para que su corazón mantuviera la calma. Lo sentía como un pájaro enjaulado, golpeándose inútilmente contra los barrotes que lo mantenían prisionero, en busca de un hueco por el que escapar.
Cuando el hombre se detuvo a los pies de la cama, el aterrado pájaro cayó sin fuerzas en el fondo de su jaula, y solo un leve aleteo demostraba que seguía con vida. Parecía como si, de pronto, Marta se hubiera quedado sin corazón.
En un intento de protegerlo y animarlo, se oprimió el pecho con las manos y, poco a poco, volvió a sentir sus latidos. Casi inmediatamente se convirtió de nuevo en un pájaro aterrado; pero no, no era un pájaro, sino un caballo sin freno que, habiendo detenido en seco su carrera, después de una corta pausa continuara corriendo enloquecido.
Marta, temerosa de que el hombre advirtiera que estaba despierta, había cerrado fuertemente los ojos. No lo podía ver; pero podía oír con claridad su respiración. Era singular y ruidosa, demasiado ruidosa, como si estuviera enfermo o muy excitado… Aunque no, no era exactamente eso, más bien sonaba como una advertencia: «Aaag…, aaag…, aaag…, aaag…; estoy aquí, recuérdalo, estoy aquí…; aaag…, aaag…, aaag… Te hallas a mi merced y puedo hacer contigo lo que me venga en gana».
Marta se lo imaginaba alargando las manos hacia ella, agitándolas sobre su cuerpo como en una muda amenaza.
«Los ojos, ten cuidado, Marta, no los abras, que crea que aún sigues dormida», se decía a sí misma mientras procuraba que su respiración sonara suave y calmada, como suenan las respiraciones de los que duermen profunda y tranquilamente.
De súbito dejó de oír aquella otra agitada y ruidosa respiración y comenzó a escuchar el rumor de unos pasos que se alejaban.
Entreabrió los ojos con la máxima precaución y descubrió que el hombre recorría el dormitorio con total tranquilidad, de un lado a otro, una y otra vez. No había ninguna duda en relación con lo que estaba haciendo: sencillamente paseaba.
Al miedo y al asombro que hasta entonces había sentido se unió también un cierto sentimiento de irritación, como si de pronto se le ocurriera que aquel tipo estaba, entre otras cosas, burlándose de ella. Entonces comenzó a rechazar la idea de que pudiera ser un loco, porque los locos siempre actúan con lógica, la suya propia, aunque a los demás no se lo parezca. Solo los cuerdos hacen cosas sin sentido para desconcertar a alguien, y eso era, precisamente, lo que parecía que intentaba hacer el extraño individuo.
Pero su irritación fue breve, porque, casi al instante, él se detuvo ante el tocador.
