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Este es un relato de misterio con bastantes momentos de terror. ¿Qué ocurre en la vieja casa abandonada? ¿Por qué la mecedora se mueve por sí sola? ¿Hay alguien en la antigua habitación de Andrea? ¿Será cierto que el espíritu de la tejedora ha tomado posesión de la casa en la que nació? ¿Qué sucederá cuando descubra que Andrea también se ha instalado en ella...? Un conjunto de misterios inquietantes son, precisamente, el asunto de toda esta historia.
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Seitenzahl: 78
Veröffentlichungsjahr: 2021
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La autora
Para ti...
1. Recuerdos inquietantes
2. El misterio del cuarto cerrado
3. La mecedora de la abuela
4. Volver
5. Una extraña historia
6. Coincidencias
7. El experimento
8. Un largo día
9. Imágenes
10. El irresistible deseo de saber
11. Frente a frente
12. Y al día siguiente
Taller de lectura
Créditos
•Nació en Sevilla. Está casada, tiene cuatro hijos y actualmente vive en Madrid.
•Estudió la carrera de Filosofía y Letras, y se licenció en la especialidad de Historia de América.
•Ha escrito más de veinte libros y varios cuentos y artículos. Le han sido concedidos varios Premios de Literatura Infantil y Juvenil. Entre otros, el Lazarillo 1984; CCEI 1987 y 1990; Lista de Honor del IBBY, fue finalista del Premio Nacional... En 1992 fue nominada para el Premio Andersen.
•Este libro fue incluido en la Lista de Honor de la CCEI en 1995.
¿Por qué a la mayoría de las personas nos gustan las historias de terror?
Seguramente porque, mientras estamos entretenidos con temores de ficción, olvidamos nuestros íntimos y verdaderos terrores.
Sabemos que los peligros literarios no pueden alcanzarnos, por eso el miedo se convierte en placer, porque, si el mal que nos amenaza está entre las páginas de un libro, siempre podrá ser controlado o vencido. De este modo, un relato cumple la función de ser una especie de pararrayos, capaz de neutralizar las descargas negativas de nuestros miedos reales.
Por ello me decido a entregaros esta historia en la que la vida y la muerte, el pasado y el presente se confunden y entretejen. Espero que leyéndola recorráis, gozosamente estremecidos, los senderos de ese bosque de misterios y emociones que suele ser la literatura de terror.
Para Antonio Basanta y Luis Vázquez, editores y amigos, que hacen posible que el verbo confiar pueda ser conjugado en todos sus tiempos.
HABÍA olvidado por completo aquella historia. Esta tarde la recordé de improviso en casa de Isabel Artés al ver que una mecedora se movía por sí misma. Seguramente alguien acababa de levantarse de ella o cualquiera la rozara al pasar. Pero ambos supuestos carecen de importancia, como tampoco importa quién es Isabel Artés ni por qué fui a visitarla.
Lo único que tiene interés de esta visita es la inmediata asociación de ideas que se produjo en mi mente entre ese mueble y aquel otro que cierta tarde, treinta años atrás, también se balanceaba aparentemente por sí mismo. El tiempo retrocedió de golpe y, como si asistiera a la proyección de una vieja película, contemplé en mi memoria imágenes que pertenecían a un pasado muy remoto.
Y esas imágenes eran tan claras y parecían tan vivas que me costó un gran esfuerzo apartarlas de mí cuando Isabel dijo algo que me obligó a retomar la conversación que poco antes habíamos iniciado. Pero ya no pude concentrarme de nuevo, y pasé la mayor parte de la tarde distraída, sin que nada captara mi atención por completo. Mis pensamientos volvían una vez y otra a los lejanos sucesos que los solitarios balanceos de la mecedora me habían hecho recordar.
De tal forma estaba yo ausente de aquella tertulia de amigos que Isabel había organizado, que fue para mí un verdadero alivio cuando terminó.
Ahora, de regreso en casa, el pasado inunda mi mente de antiguas imágenes y olvidadas sensaciones. No hago nada para ahuyentarlo; por el contrario, como estoy sola, ya que mi marido se halla en uno de sus frecuentes viajes, me instalo en el más confortable de los sillones, dejo libres los recuerdos y retrocedo a mi infancia:
Yo tendría, más o menos, diez años. Era una bochornosa tarde del mes de septiembre, y me hallaba leyendo en el cuarto de estar de la casona que teníamos, y aún tenemos, en un pueblo de Extremadura.
Estaba completamente inmersa en la lectura cuando un inesperado y violentísimo trueno hizo que la abandonara.
No soy, ni era entonces, una persona asustadiza; pero el estruendo fue aterrador. Vibraron amenazadoramente los cristales, y, ante el largo retumbar de las paredes, llegué a pensar que la casa iba a venirse abajo.
De modo que dejé el libro en cualquier parte y corrí hacia mi dormitorio porque sabía que allí estaban mi madre y Rosa, la persona que la ayudaba en las tareas domésticas, ordenando la ropa de otoño en el armario.
Sin embargo, cuando llegué, la tormenta había terminado.
Fue algo verdaderamente extraño: un único y enorme trueno, acompañado de lluvia torrencial, y luego todo cesó, tan de súbito como había comenzado.
Empujé la puerta, estupefacta; pero me detuve en el umbral porque desde la calle subía un rumor de voces alteradas y confusas; hasta creí oír algún grito.
Instintivamente miré hacia la ventana y entonces vi que la mecedora, que estaba delante de ella, se movía por sí misma. Sin embargo no di importancia a tal cosa. En un primer momento pensé que el viento la impulsaba; por otra parte, en seguida sobrevino aquel singular y absoluto silencio: ni una voz, ni un ruido, ni un eco a lo lejos. Parecía como si el mundo se hubiera detenido.
Pasados unos instantes de asombro, temí haberme quedado repentina y totalmente sorda; pero tan desagradable impresión duró apenas unos segundos, porque de nuevo escuché aquel extraño clamor que llegaba de la calle.
Como deseaba averiguar qué ocurría, comencé a moverme en dirección a la ventana. Me detuvo un grito de advertencia de mi madre.
La miré sorprendida y sobresaltada, y observé que sus ojos, abiertos de par en par, estaban fijos en la mecedora, que continuaba balanceándose. Mi asombro llegó al máximo cuando se interpuso entre el mueble y yo y agitó los brazos varias veces, rápida y angustiosamente.
Luego se volvió hacia mí. Su mirada estaba sombreada de espanto y en sus labios y sus manos había un continuo e intenso temblor.
Me invadió tal sensación de miedo y desconcierto que huí del dormitorio y corrí a refugiarme en el despacho.
Creo que elegí aquel lugar porque estaba íntimamente relacionado con mi padre, cuya figura significaba para mí seguridad y protección.
Ese día no estaba en casa; pero su sillón era grande y tenía un altísimo respaldo.
En él me encontró mi madre, acurrucada y abrazada a mí misma.
Ella, que estaba muy pálida, se arrodilló a mi lado y comenzó a murmurar una serie de explicaciones que más bien parecían disculpas:
—Siento haberte asustado, hija. Ya sabes el miedo que me dan las tormentas, y aquel trueno… Tembló la casa entera… y luego, la gente gritando en la calle…
—¿Qué pasaba en la calle? Ya había acabado la tormenta cuando la gente gritó –pregunté.
—No lo sé, Andrea.
—¿Y tú por qué gritaste cuando yo iba a acercarme a la ventana?
Al responder, su voz sonó débil e insegura:
—Algo que me pareció ver… Imaginaciones mías.
—¿Qué te pareció ver?
—Bueno, no estoy segura –balbució. Yo insistí, y cuando respondió, sus labios temblaban otra vez–: Una especie de sombra, y como tú te acercabas… Fue algo instintivo, una reacción histérica… Mis nervios, hija, a veces no puedo controlarlos… Por favor, olvídalo, sería la sombra de alguien que pasaba por la calle, o la de la rama de un árbol.
Mi madre era una mujer extremadamente nerviosa, cualquier cosa inesperada la desequilibraba. Por tanto no era extraño que la tormenta la hubiera asustado. Ni tampoco que gritara si creyó ver una sombra junto a la ventana.
También lo hizo el día que Ramón, un chico cuya mente era de niño pequeño y su cuerpo de hombre grande, aplastó su cara de luna oscura contra la cristalera del comedor.
Nos miraba y sonreía mientras alargaba la mano, enseñándonos algo.
Al verlo, mi madre gritó y se levantó derribando la silla.
—Creí que quería hacernos daño, tirarnos una piedra –explicó luego más que avergonzada.
Pobre Ramón, sus ojos de tonto bueno se empañaron de asombro y de tristeza. Cuando abrió su mano, dentro había una naranja dorada. Era la primera del invierno y él deseaba ofrecérmela porque sabía lo mucho que me gustaban.
No fue esa la única vez que los nervios de mi madre se rompieron sin motivo. La vi alterarse muchas veces por cosas absurdas. Por eso acepté sus explicaciones sin mayor dificultad.
Pero aquella noche, cuando nos acostamos juntas en la gran cama de matrimonio (siempre lo hacíamos si papá no estaba en casa), volvió a comportarse de manera sorprendente. De pronto me estrechó contra su cuerpo, con tanta fuerza que llegó a hacerme daño.
—Mamá, ¿qué pasa? –pregunté sin entender su actitud.
—Que te quiero. ¿Es que no puedo abrazar a mi hija?
—Sí, claro –murmuré con asombro.
Por supuesto no era nada nuevo que mi madre me quisiera, pero sí que me abrazara de aquella forma.
Que yo recordara, únicamente hizo algo semejante el día que estuvo a punto de atropellarme un coche. Pero entonces su reacción me pareció natural. Ahora, en cambio, no entendía el motivo de una demostración de cariño tan exagerada.
A la mañana siguiente encontré cerrada con llave la puerta de mi dormitorio.
