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Quique tiene prisa por llegar a casa de la abuela... ¡se lo pasa tan bien allí! La huerta, los encinares, el río..., todo tiene un encanto especial. Y lo mejor es que este año también van a ir sus tíos y sus primos. Le espera un verano apasionante, aunque también va a descubrir que hay cosas de sí mismo que no le gustan nada. Y es que... Quique es un miedoso de primera y lo peor es que se han dado cuenta. ¿Será capaz de superarse y luchar contra ese puñado de miedos que tanto le avergüenzan? Dispone de Juego de Lectura (n.º 106), de la colección Lectura Eficaz.
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Seitenzahl: 82
Veröffentlichungsjahr: 2021
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La autora
Para ti...
1. La casa de la abuela
2. La sorpresa
3. Los primos
4. Un enorme gorila
5. Tres miedos
6. A la vista de todos
7. Poco a poco
8. Pablo
9. El héroe
10. Don Cosme
11. El primer vuelo
12. Otro miedo vencido
13. El tío Pedro
14 La historia del tío Pedro
Taller de lectura
Créditos
•Nació en Sevilla.
•Está casada, tiene cuatro hijos y actualmente vive en Madrid.
•Estudió la carrera de Filosofía y Letras, y se licenció en la especialidad de Historia de América.
•Durante varios años dio clases de Bachillerato y se consagró a la investigación histórica.
•Ahora se dedica exclusivamente a la literatura para niños y jóvenes.
•Ha escrito más de cincuenta libros y recibido numerosos premios.
Tener miedo es algo que no le gusta a nadie, sobre todo si los demás lo notan.
Pues eso es lo que le pasa a Quique, que es un niño asustado y no quiere que los otros lo sepan.
Aventuras, cariño, risas y también lágrimas; y sobre todo una pregunta: ¿es Quique cobarde o es valiente?
Esto es lo que vas a encontrar en este libro. Espero que te guste.
Para Hugo y Pablo, mis nietos, con todo el cariño del mundo.
QUIQUE no podía estarse quieto. La impaciencia le corría por el cuerpo; casi sin darse cuenta se le subió a los labios, y preguntó otra vez:
—¿Falta mucho, papá?
—No, hijo, falta poco; pero lo has preguntado por lo menos diez veces cada cinco minutos. Y, por favor, procura estarte quieto.
Papá tenía razón, y Quique procuró estarse quieto. Pero ¡qué largo le parecía el tiempo! Habían salido de casa muy temprano y ahora el sol ya se estaba apagando.
Quique miró la carretera. «¡Uf, qué lata de viaje!», pensó.
—Mamá.
—¿Qué quieres, Quique? –preguntó mamá.
—Dile a papá que vaya más deprisa.
—¿Por qué no se lo dices tú?
—Porque a ti siempre te hace más caso.
Mamá rió bajito:
—Papá, que dice Quique que vayas más deprisa.
—Mamá, ya vamos casi a cien; díselo a Quique.
Y Quique no insistió. Sabía que papá no pasaría de cien. ¡Qué tortuga de coche!
—¡Quique!
—¿Qué, mamá?
—¿Quieres que juguemos a algo?
Quique encogió los hombros:
—Bueno –dijo sin muchas ganas.
—¿Jugamos a «es hombre o es mujer»?
Quique dijo que sí, porque a eso jugaban siempre que no sabían qué hacer.
—Empieza tú.
—Ya lo tengo pensado –dijo Quique enseguida.
—¿Es hombre o es mujer? –le preguntó mamá.
—Es mujer.
—¿La conocemos mucho?
—¡Muchísimo!
—¿Es de nuestra familia o es una amiga?
—Es de nuestra familia.
—¿Es joven, vieja o mediana?
Quique puso ojos de asombro:
—Pues es que no lo sé.
—¿Cómo es que no lo sabes?
—Es que mirándola por fuera sí que parece vieja; pero luego hace cosas de joven. Entonces yo no sé…
—Pues yo sí… ¡Es la abuela! Y la abuela no es vieja –le interrumpió mamá.
A Quique le brillaron los ojos:
—Sí, es la abuela. Has ganado, mamá.
Quique pensó en la abuela. La abuela no era vieja. Tenía el pelo blanco y arrugas en la cara; pero estaba casi siempre contenta; le gustaba cantar, ir de excursión, comer pipas y ponerse morena.
En las fiestas de agosto se subía en la noria, y aunque todos miraran con ojos de risa, a ella no le importaba.
—Déjalos que se rían, a mí no me hacen daño, y si yo me divierto, que ellos se diviertan mirándome –decía.
La abuela era estupenda, y la iba a ver pronto; por lo menos eso le parecía.
—Papá, ahora sí falta poco, ¿verdad?
—Sí, Quique; ahora sí falta poco. Mira la carretera. ¿No recuerdas el puente y ese río?
Sí los recordaba. De verdad, ahora faltaba poco. Por eso miraba hacia delante con los ojos tan fijos y no se revolvía en el asiento. Sabía que de un momento a otro iba a ver la casa de la abuela en lo alto de un monte.
—¡Allí está! Ya la he visto –gritó con voz entusiasmada.
Allí estaba, tan alta y tan bonita, con sus paredes grises recubiertas de yedra.
La casa de la abuela se parecía a un castillo: era grande y de piedra, tenía una torre con el tejado en punta, igual que el gorro de una bruja, y estaba en la cumbre de un monte, como si vigilara para que en el encinar no se prendiera fuego, para que el río nunca se desbordara o para enseñar caminos a los que iban perdidos.
A Quique volvieron a brillarle los ojos al ver la casa.
—Papá, corre un poquito más.
—Pero si no podemos: estamos empezando a subir por el monte.
Era verdad: subían entre encinas, por una carretera estrecha y retorcida. Olía a matorral y a corteza de árbol. De pronto se les cruzó un conejo.
—Ten cuidado, papá, no vayas a pillarlo. Mira, mamá, mira qué saltos da.
El conejo se ocultó detrás de unas matas.
—Adiós, conejo –le gritó Quique.
Una urraca voló, con vuelos bajos, de una encina a otra. Los miró y graznó en una rama.
—Nos está saludando. ¡Hola, urraca!
Encinas, urracas y conejos. ¡Qué alegría!
Y llegaron por fin. Papá bajó del coche y empujó la vieja cancelona. Quique oyó sus chirridos. No chirriaba porque fuera vieja; era porque estaba contenta, porque él había vuelto, con papá y con mamá, a pasar el verano en casa de la abuela.
Papá subió al coche de nuevo y tocó el claxon varias veces seguidas: quería que la abuela se enterara lo más pronto posible de que ya habían llegado.
El coche iba despacio de la cancela a la casa, porque el jardín estaba descuidado, las flores crecían donde se les antojaba, y ya casi no había senderos. Quique estaba impaciente, pero la vio enseguida. Allí estaba la abuela corriendo por el camino abajo. Papá detuvo el coche, y Quique empezó a correr camino arriba:
—¡Abuela, abuela, abuela!
—¡Quique!
Los besos de la abuela eran largos y hondos. Sabían a cariño.
—Quique, que nos dejas sin besos –dijo mamá, bajándose del coche.
La abuela sonrió:
—Tengo besos de sobra. ¡No ves que os los estoy guardando durante todo el año…!
Al lado de la abuela, Don Cosme esperaba su turno. Don Cosme no era un señor muy serio con sombrero y bigote. Don Cosme era un perro blanco, grandullón y lanudo, que decía «estoy contento» cuando movía el rabo, y entonces el rabo de Don Cosme parecía un molino de viento. Nadie le hacía caso; acabó impacientándose, y por eso ladró, aunque educadamente.
—¡Don Cosme! ¡Hola, hola, Don Cosme! –gritó Quique al oírlo.
Y entonces Garravás dio un salto desde un árbol, porque el grito de Quique lo había asustado.
Garravás era un gatazo negro que siempre iba con prisas y nunca saludaba; además bufaba y sacaba las uñas sin motivo.
—¡Eh, vete, Garravás! –gritó Quique, escondiéndose detrás de Don Cosme.
—¡Quique, nenuco mío! –exclamó Nela saliendo de la casa.
Quique corrió hacia ella y abrazó su cintura.
—Nela, si ya no soy nenuco.
—Es verdad, ya eres casi un hombre –dijo Nela apartándolo un poco–. ¿Sabes qué tenemos de cena? –preguntó luego, volviéndolo a abrazar.
—¿Arroz con leche?
—Pues claro, arroz con leche. ¡Qué iba a hacer yo hoy si sé que a ti te gusta tanto!
—Nela… ¡te quiero mucho!
Nela era pequeña, risueña y corredora; nunca se estaba quieta y siempre iba deprisa a todas partes. Le gustaba guisar, regar las flores, colocar cada cosa en su sitio y mimarlos a todos.
Nela trabajaba en casa de la abuela y se estimaban tanto que si una estaba triste, la otra también lo estaba, y las dos se alegraban por los mismos motivos. La abuela decía que Nela era sus pies y sus manos, y Nela decía que sin la abuela se sentiría perdida.
Para esperar la cena, Quique se sentó en la terraza, al lado de Don Cosme, y de pronto las vio. Eran alegres, charlatanas, menuditas, curiosas… Iban de un lado a otro, subían y bajaban: eran las golondrinas. Se acercaban un momento al tejado y luego se volvían para seguir volando.
Quique sabía por qué: debajo del alero había un pueblo de nidos. Se acercó despacio, escuchó atentamente y oyó un gorjeo suave y menudo. Eran las golondrinas hijas, que se estaban durmiendo. Se alejó de puntillas para no despertarlas.
Volvió a la terraza. Acarició a Don Cosme y se sintió contento: era maravilloso estar en casa de la abuela, tener un perro amigo, cenar arroz con leche y ver las golondrinas jugando con el aire.
EL primer día en casa de la abuela era siempre estupendo; pero aquel año, durante el primer día, sucedió algo mucho más que estupendo.
Ocurrió después de la merienda; de pronto oyeron el teléfono. Era la tía Isabel, que llamaba desde Estados Unidos. La abuela comenzó a hablar con ella:
—Isabel, ¿cómo estás, hija mía? ¿Y Thomas y los niños? ¿Todos bien? Me alegro mucho, hija. Sí, yo también estoy bien; además, ya ha llegado tu hermana…
Al principio parecía que iba a ser una charla corriente, y de pronto la abuela puso cara de asombro y de alegría.
—¿Qué dices, Isabel? ¿Qué venís el domingo? ¡El domingo! ¿Es posible o es que te he oído mal? ¿De verdad? ¡Repítelo, hija mía, no sea que esté soñando…! Pero ¿cómo no me lo has dicho antes? ¿Que era una sorpresa…? ¡Dios mío, qué alegría!
Cuando colgó el teléfono, la abuela tenía los ojos húmedos y brillantes.
—¡Que vienen el domingo! –gritó como si los demás no hubieran comprendido.
Después, todos querían hablar al mismo tiempo:
—¿Que vienen el domingo?
—Pero ¿este domingo?
