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Corre el año 1635, y en el palacio Real se celebran grandes fiestas por el nacimiento de la infanta María Antonia Dominica. En una de estas fiestas, don Alfonso de Mieras se encuentra con la mujer más maravillosa que ha conocido en su vida. La joven desaparece, y don Alfonso empieza a buscarla porque la ama profundamente; pero, ¿quién es aquella mujer que se ha apoderado de su espíritu?, ¿dónde puede encontrarla? Si ni siquiera sabe su nombre...
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Seitenzahl: 175
Veröffentlichungsjahr: 2015
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I. La hermosa desconocida
II. La búsqueda
III. La dama de la reina
IV. Inquietudes
V. ¿Quién era Marcos?
VI. De cómo Marcos Gómez encontró a don Alfonso de Mieras
VII. Seguir buscando
VIII. Dos cazadores sin caza
IX. La otra gente de palacio
X. El carnaval
XI. El padre de don Alfonso
XII. En todos los conventos de Madrid
XIII. La Nochebuena
XIV. En un mundo de sueños
XV. Un colgante de piedras azules
XVI. Una vieja y pequeña casa
XVII. Lo que escribió Leonor de Mendoza
XVIII. Prosigue la narración de doña leonor
XIX. El final de la narración
XX. En la iglesia de San Nicolás
XXI. «Ven muerte, tan escondida que no te sienta venir...»
Escribieron y dibujaron...
Concha López Narváez
Francisco Solé
Créditos
A Montserrat Sarto y Carmen Olivares, que tanto han dado a tantos
El salón grande del palacio Real resplandecía de luces y de gozo.
El año de 1635 había comenzado alegremente con el nacimiento de la infantita María Antonia Dominica. Durante un mes entero, todo Madrid estuvo de fiesta: mascaradas y fuegos artificiales, representaciones teatrales y bailes, corridas de toros y juegos de cañas... Pero ahora, mediado ya febrero, los reyes lo celebraban en casa, acompañados por los nobles de la corte.
Clavicordios, laúdes, arpas, violas... La música sonaba suave y solemne al mismo tiempo.
El rey don Felipe IV danzaba ceremonioso; su esposa, doña Isabel de Borbón, ligera y jubilosa.
La reina sonreía, el rey, no; don Felipe nunca sonreía en público. «El rey estatua» le llamaban, a pesar de que nadie ignoraba lo mucho que solía cambiar cuando, disfrazado y a ocultas, abandonaba el palacio para salir de correría.
Quien también sonreía era don Alfonso de Mieras, mirando a doña María de Zúñiga, la bella ahijada del conde-duque de Olivares. Los dos jóvenes esperaban impacientes a que terminase aquella primera pavana para comenzar a danzar.
María y Alfonso aún no estaban prometidos oficialmente; pero todo el mundo lo daba ya por hecho.
Los reyes se movían con ritmo y elegancia: cinco pasos hacia delante, cinco pasos hacia atrás, un giro, una ligera reverencia... Por fin cesó la música, y don Alfonso de Mieras comenzó a caminar hacia doña María de Zúñiga; pero, de repente, se detuvo, sorprendido y admirado: ¿quién era aquella maravillosa mujer que tenía delante? Nunca en toda su vida había visto una figura tan delicada ni unos ojos tan dulces y, al mismo tiempo, tan vivaces. ¿De qué color eran? ¿Verdes, castaños...? ¿Dorados? Sí, eran dorados y luminosos. Y sus labios, ¿cómo podían ser tan naturalmente rojos? Su sonrisa era perfecta; no, perfecta no, uno de sus dientes montaba ligeramente sobre otro... Pero la perfección casi siempre es demasiado fría o demasiado dura, y su sonrisa era tan cálida y radiante...
La música comenzó a sonar de nuevo, y don Alfonso de Mieras, empujado por una misteriosa fuerza, olvidando por completo a doña María de Zúñiga, se inclinó ante la hermosa desconocida y alargó hacia ella un pañuelo primorosamente bordado. La joven lo tomó por una de sus puntas y, así unidos, se deslizaron por el salón entre otras jóvenes parejas sin ver nada ni nadie más que a ellos mismos.
Primero fue una gallarda1, después una danza alemana, luego otra gallarda... La música se detenía unos segundos, después de finalizar una pieza, para volver a sonar enseguida; sin embargo, ellos no lo advertían porque sus ojos estaban entrelazados, y con sus miradas hablaban de cosas hermosas y profundas sin que sus labios pronunciaran una sola palabra.
La música cesó una vez más, y la imponente figura del conde-duque de Olivares se adelantó hacia los reyes. Alfonso de Mieras se distrajo; fue solo un instante; pero, cuando su mirada buscó nuevamente los dorados ojos en los que antes estaba prendida, ya no los halló.
Quien ahora estaba a su lado era María de Zúñiga; sin embargo, don Alfonso se alejó de ella apresuradamente, sin ni siquiera oír lo que le decía. Buscaba a la hermosa desconocida.
Se dirigió, sin encontrarla, hacia un lado y otro del salón, hasta que materialmente tropezó con el joven conde de Luna.
—¿Habéis visto a una dama de hermosísimos ojos, dorados y luminosos, y sonrisa radiante? —le preguntó sin disculparse.
—Hay muchas damas así —respondió el conde entre divertido y perplejo.
—No, no las hay, y si la hubierais visto lo sabríais —dijo don Alfonso, y salió a toda prisa del salón grande, sin tener en cuenta que los reyes aún permanecían en él.
—¿Habéis visto salir a una joven muy hermosa? —preguntó a los miembros de la guardia real que custodiaban las puertas del salón.
—No hemos visto salir a ninguna joven hermosa —le respondieron.
«Debíais de estar dormidos», pensó malhumorado, y se precipitó escaleras abajo.
Atravesó el patio a toda carrera y no se detuvo hasta llegar a la plaza que llamaban de palacio. Pero nada distinguió en la noche que no fueran siluetas de carrozas y sombras de lacayos y cocheros que charlaban junto a ellas.
A palmadas y a gritos pidió impaciente su carruaje.
Marcos, su paje de confianza, se le acercó a todo correr:
—¿Qué os sucede, señor? ¿Os sentís enfermo? —se inquietó el joven.
—¿Hacia dónde ha marchado el coche? —dijo sin responder a su pregunta.
—¿Qué coche, señor?
—El que acaba de partir.
—Yo no he visto partir a ningún coche...
—¡Porque estabas de charla, necio! —casi gritó don Alfonso, y Marcos lo miró con sorpresa, sin entender el repentino malhumor de su señor, que solía ser hombre de buen carácter.
—Pronto, partamos enseguida, que tenemos que encontrarlo —apremió don Alfonso saltando al interior de su coche—. ¡Aprisa! —ordenó luego.
—Pero, ¿hacia dónde, señor? —preguntó el cochero.
—¿Y cómo voy a saberlo? Sois vosotros los que tenéis que saber hacia dónde ha ido ese carruaje.
La voz de don Alfonso sonaba tan airada e impaciente que el cochero, sin más preguntas, partió hacia cualquier parte, conduciendo el tiro de cuatro caballos lo más rápidamente que pudo.
Casi a galope dejaron a un lado el convento de la Encarnación para ir a buscar la plaza de Santo Domingo y meterse luego por la calle larga de San Bernardo.
Don Alfonso, con todos sus sentidos alerta, miraba a un lado y a otro mientras trataba de oír el eco de algún carruaje que no fuera el suyo.
Pero ¡qué oscura y silenciosa estaba la noche! En las calles no había otras luces que las de los faroles de su propio coche. ¿Dónde se había metido la luna...? ¿Y la gente? ¿Es que no había nadie en Madrid? ¿Ni rondadores, ni mesones abiertos, ni siquiera mendigos...?
—¿Ves a alguien? ¿Oyes algo?... ¿Dónde está todo el mundo? —preguntó impaciente a Marcos, que viajaba por fuera del estribo.
—La noche es tan oscura y tan fría... Pero esperad, que me parece que ahora oigo algo...
Don Alfonso se apresuró a sacar medio cuerpo por la ventanilla del coche, y, más o menos a la altura del noviciado de los padres Jesuitas, distinguió una procesión de sombras que se acercaban llevando cirios encendidos en las manos. Sí, y también oía algo.
Eran los hermanos de las ánimas del purgatorio, que marchaban por Madrid, como tantas noches, recitando su lúgubre letanía.
«Piensa, hermano, que tú también has de morir algún día, y acuérdate de las almas de los que sufren entre llamas a causa de sus pecados».
Se encogían los corazones escuchándolos: «... que tú también has de morir algún día...»; pero don Alfonso no pensaba aquella noche en muertes ni tristezas.
—Decidme, hermanos, ¿os habéis cruzado con algún coche? —preguntó después de haberles dado unas monedas.
Los hermanos de la ánimas no se habían cruzado con ningún otro coche y, después de agradecer la limosna, prosiguieron su camino de rezos y penitencia.
Al fin, don Alfonso de Mieras pareció entrar en razón: verdaderamente continuar buscando sería casi lo mismo que pretender hallar una aguja en un pajar. Pero al día siguiente, en cuanto amaneciera, proseguiría la búsqueda de la hermosa desconocida.
—Volvemos a casa, Pedro —dijo al cochero.
* * *
Alfonso de Mieras no conseguía dormir: ¿Quién sería aquella mujer única que se había apoderado de su espíritu? ¿Dónde podría encontrarla? ¿Habría alguien que le diera razón de ella? Pero si ni siquiera sabía su nombre... Y ¿por qué no se lo había preguntado?... Porque no lo había necesitado... Mientras danzaban, solo deseaba sentirla cerca y mirarla. ¡Mirarla...! Nunca había estado tan íntimamente unido a nadie...
¡La amaba! La amaba como nunca creyó amar, era ese ser ideal con el que se sueña sin ni siquiera pensar que existe.
¿Y ella? ¿Lo amaría también? Sí, lo amaba, lo había leído en sus ojos...
Tenía que encontrarla, aunque para eso tuviera que remover todo Madrid... ¿Dónde viviría...?
Se le ocurrió de pronto, y fue como un relámpago de alegría: ¡su bella desconocida tenía que ser una dama de la reina! Una dama nueva... por eso no la conocía. Y nunca había salido de palacio porque vivía en él, de modo que su buen Marcos no pudo ver ningún coche partir porque ninguno había partido. ¡Qué dicha invadió su espíritu!: mañana mismo la encontraría...
Se durmió sonriendo: «Mañana mismo...».
1Gallarda, pavana: Danzas de la época.
La noche transcurrió para Alfonso de Mieras como a salto de mata: durmiéndose y despertándose; soñando y recordando... Pero fue una alegre duermevela.
Apenas apuntó el alba, descorrió los pesados cortinones que protegían su lecho y se precipitó a la ventana: la mañana se anunciaba clara y el viento estaba en calma. Era como una promesa de que el día sería emocionante y dichoso.
En los jardines del palacio de los duques de Medina de Rioseco, que lindaban con los de su casa, despertaban los pájaros con jubilosa algarabía... Qué tranquilo estaba el vecino paseo del Prado sin el bullicio de carruajes y caballos, y ¡qué plácido era el murmullo de las aguas de sus fuentes...!
Se dijo que debería levantarse temprano con más frecuencia.
Enseguida se lavó y perfumó. Luego eligió sus ropas cuidadosamente. Dudaba entre ponerse calzón oscuro o claro; jubón2 bordado o liso.
Se decidió por el calzón oscuro y el jubón liso. Y no se puso golilla3, sino una preciosa valona4 de suave encaje.
El gran espejo, que ocupaba casi todo un testero del dormitorio, le devolvió una sobria y alargada figura. Aunque se preguntaba si no lo sería demasiado. Quería parecer elegante, pero no excesivamente adusto. Quizás con un sombrero de plumas alegres y rizadas podría evitarse la segunda impresión.
Como no estaba seguro, tiró del cordón del llamador para pedir consejo a Marcos. En ese momento, las campanas de los dos monasterios cercanos, el de los Agustinos Recoletos y el de San Jerónimo el Real, comenzaron a llamar a la primera misa.
¡Aún no eran las siete...! Qué sorpresa se llevaría el buen Marcos viéndolo ya preparado. Se aproximó otra vez a la ventana: una silla de manos5 doblaba la calle de las Huertas en dirección al Prado... Madrid comenzaba a despertarse, y don Alfonso, impaciente, volvió a tirar del llamador.
Marcos apareció, soñoliento y apresurado, y miró a su señor con ojos de incredulidad:
—¡Pero si estáis vestido! —exclamó asombrado, pensando en lo difícil que habitualmente le resultaba despertar a su señor, más o menos hacia las diez de la mañana—. ¿Partimos de viaje? ¿Ha sucedido algo durante la noche? ¿Por qué no me llamasteis? —preguntó luego inquieto.
—No, no ha sucedido nada; pero dime, Marcos, ¿te parecen adecuadas estas ropas? ¿Crees que un sombrero de plumas de color azul claro le vendrían bien?
Marcos miró a su señor y enseguida afirmó con la cabeza. No sabía si aquellas ropas eran o no adecuadas porque desconocía hacia dónde pensaba dirigirse don Alfonso; pero, en todo caso, eran sencillamente elegantes, y desde luego un sombrero de plumas azules las complementaría a la perfección.
—Pues entonces, Marcos, prepárame el gabán azul oscuro y luego di que ensillen enseguida el caballo tordo con los mejores arreos. Y otra cosa, haz que le adornen la cola y las crines con cintas de colores... Vamos, ¿qué haces ahí parado? Antes de media hora quiero estar en la calle.
—¿Dentro de media hora...? Si apenas son las siete de la mañana —se asombró Marcos.
—Lo sé...
—Pero, ¿y vuestro desayuno? ¿Os hago servir el chocolate aquí mismo? ¿Dos tazas como siempre? ¿Qué preferís, bizcochos o buñuelos?
—Nada de chocolate, Marcos.
—¿Nada de chocolate?
—Nada de chocolate.
—Ah, ya sé, hoy desayunamos en la calle; preferís los buñuelos que venden en los puestos de Puerta Cerrada —dijo Marcos, y sus ojos se iluminaron.
—Yo no sé dónde desayunaré; pero sí sé que tú desayunarás en casa, como todos los días.
Marcos miró a su señor disgustado y confundido: ¿estaba queriendo decirle que pensaba salir solo?
—¡Ordena que ensillen al tordo de una vez, Marcos! —casi gritó don Alfonso, y su joven paje se apresuró a desaparecer.
Marcos se preguntaba qué sería lo que su señor se traería entre manos. Ningún caballero salía de casa a aquellas horas. Se le ocurrió que quizás estuviera envuelto en algún embrollo. ¿Tendría algo que ver salida tan temprana con la extraña persecución de la noche pasada? ¿Acaso era una cuestión de honor? ¿Una deuda no cobrada? ¿Un duelo?... Eso no quería ni pensarlo... De todas formas, algo raro le ocurría a su señor, y, fuera lo que fuera, él estaba completamente decidido a no abandonarlo; lo seguiría en secreto, costara lo que costara.
Salió don Alfonso de Mieras de su casa al filo de las siete y media, caballero en su caballo, erguido y sonriente, sin poder disimular la excitación que sentía. Madrid casi había despertado del todo, y eran varias las sillas de manos que se dirigían hacia las iglesias del paseo del Prado, además de otros tantos carruajes y alguna piadosa señora que marchaba a pie seguida de su escudero6 y de su dama de compañía. También los mendigos se dirigían a ocupar sus lugares a las puertas de los templos.
Además había otros movimientos en las calles: dulceros, panaderos, aguadores... Lo que no había era ningún caballero vestido de punta en blanco, cabalgando, solo, en un caballo tan hermoso y bien adornado; por eso, todos aquellos con los que se cruzaba se volvían a su paso. Sin embargo, él no lo advertía porque marchaba metido en sí mismo. Su meta era el palacio Real, hacia donde cabalgaba por la calle de Alcalá arriba. En su mente había un único pensamiento: «¡La veré de nuevo!».
Su fiel Marcos lo seguía de lejos, ocultándose de esquina en esquina. Iba embozado hasta los ojos con una capa que no era suya, con la cabeza cubierta por un sombrero que tampoco lo era y que le quedaba demasiado grande.
Temía Marcos que su señor se diera la vuelta y lo descubriese; y también le preocupaba que los comerciantes de la Puerta del Sol, que ya empezaban a levantar sus tenderetes, le tomaran por algún ladronzuelo y se echaran sobre él, aunque de lo que más recelaba era de la ronda de alguaciles7. Seguramente les parecerían sospechosos aquellos saltos suyos, como de liebre, y aquel esconderse de trecho en trecho.
Cuando don Alfonso de Mieras, seguido de Marcos, alcanzó el monasterio de la Encarnación, que era donde las damas de la reina solían acudir para escuchar misa, las campanas daban el segundo toque de la misa de ocho.
Si las damas eran madrugadoras, llegaba justo a tiempo para verlas dirigirse al templo, y si no lo eran, esperaría lo que hiciera falta. No lo fueron, y el sorprendido y oculto paje contempló a su señor cabalgar al paso, marchando una y otra vez desde la plaza exterior del palacio Real hasta la plazuela del monasterio.
Cuando las campanas de la Encarnación llamaron a misa de nueve, algunas de las damas de la reina comenzaron a salir de palacio, y el corazón de Alfonso de Mieras empezó a brincar jubiloso y emocionado. Sin embargo, entre ellas no estaba su hermosa desconocida.
Quizás hubiera dormido mal, pensó, y decidió esperar.
Las campanas de la Encarnación llamaron a misa de diez, y nadie salió de palacio.
Entonces, don Alfonso comenzó a inquietarse. Y de pronto, se le ocurrió pensar que su hermosa dama podía estar encargada de cuidar a la infantita.
Los ojos de Alfonso de Mieras se iluminaron. Cada vez que lo pensaba se sentía más seguro de que tenía que ser eso: su majestad no podía confiar su hija a nadie que no fuera aquella mujer dulcísima.
Pero si ella era una dama de confianza, saldría con menor frecuencia que las demás. Sin embargo, volvería a verla. Si no era aquel mismo día, sería otro.
Cuando al fin se decidió a regresar a casa, la calle Mayor rebullía de coches y de gente. Pero don Alfonso a nadie veía ni oía. Y de repente, comenzó a reír en alta voz y, quitándose su emplumado sombrero, lo agitó en el aire sin ton ni son. Acababa de decidir que, si su dama no salía a la calle, él haría que, al menos, saliera al balcón.
2Jubón: Vestidura ceñida que cubre desde los hombros hasta la cintura.
3Golilla: Adorno hecho de cartón y forrado de tela almidonada que se ponía al rededor del cuello.
4Valona: Cuello grande que llegaba hasta el comienzo de la espalda y de los hombros.
5Silla de mano: Especie de sillón cubierto y con andas en el que eran conducidas algunas personas por sus criados.
6Escudero: En este caso, criado de confianza.
7Alguaciles: Especie de guardias municipales.
Don Alfonso no sabría decir qué fue lo que comió al mediodía: ¿manjar blanco?, ¿perdiz rellena?, ¿pasteles de hojaldre?, ¿frutas confitadas?... Tanto daba. Lo que no hubiera hecho ninguna falta era que su cocinera se afanara tanto en los fogones.
En cuanto se levantó de la mesa, pidió que le prepararan otra vez el caballo.
Ahora su buen Marcos, envuelto como antes en amplísima capa y tocado con enorme sombrero, lo siguió por el Prado hacia la derecha, y lo vio adentrarse por el barrio de los literatos y representantes8, por la calle de Cantarranas, que era donde vivía don Félix Lope de Vega y Carpio.
«¡Válgame Dios!», suspiró Marcos, y se envolvió aún más en su capa, si tal cosa fuera posible. El mozo conocía a muchos de los vecinos de aquella zona porque era muy aficionado a las representaciones, tanto que, a veces, hasta tomaba parte en alguna comedia o entremés, con un papel muy pequeño, por supuesto. Con mucha mayor frecuencia cogía su guitarrilla para acompañar los bailes atrevidos y alegres que tenían lugar entre uno y otro acto.
Por lo menos, una vez a la semana se podía encontrar a Marcos en alguno de los corrales de comedias de Madrid, en el del Príncipe o en el de la Pacheca, según fuera la obra y según quienes fueran los que la representaran.
«¡Válgame Dios...!», volvió a suspirar, «¿Y si ahora saliera el gran Lope y me reconociera?»
—¡Por Santa María! —exclamó aún más asustado cuando vio que su señor tomaba hacia la calle donde tenía sus casas el señor Quevedo9—. Buena cosa sería que don Francisco me descubriera con tal capa y tal sombrero... Nunca más podría yo subir a un tablado, ¡qué digo a un tablado!, me tendría que marchar para siempre de Madrid para no tener que vivir entre burlas.
Pero estuvo de suerte porque esta vez tampoco nadie lo sorprendió, y poco después continuó tras don Alfonso, que entró y salió de cierta casa en la que se contrataban músicos y cantores. El asombrado Marcos se preguntaba de nuevo qué sería lo que su señor se proponía. No lo supo hasta que cayó la tarde.
Al atardecer, Alfonso de Mieras, con ojos ilusionados, paseaba de nuevo por la plazuela de palacio. De cuando en cuando, hacía caracolear alegremente a su hermoso caballo y alzaba la vista hacia las ventanas del segundo piso, que miraban hacia el este.
Cayó la tarde y se encendieron candelabros y velas en las habitaciones reales, se encendió también la luna y llegaron los rondadores que don Alfonso había contratado. Eran al menos veinte, sin contar los acompañantes portadores de cirios y hachones encendidos. En un momento, la plazuela de palacio se inundó de luz y la recién nacida noche nuevamente se convirtió en día.
Comenzó la música: ligera, alegre y revoltosa, amorosa y amable... Guitarras, laúdes, violas, panderos, flautas, castañuelas... Poco a poco, las ventanas de palacio que daban a la plazuela se fueron abriendo, y el corazón de don Alfonso latió jubiloso y emocionado.
El buen Marcos no salía de su asombro: así que era eso, ¡una dama!... Todas aquellas idas y venidas a causa de una mujer... No podía entenderlo; se preguntaba qué diría doña María de Zúñiga. Le estaba pareciendo que don Alfonso había perdido la cabeza.
