El último gol - Concha López Narváez - E-Book

El último gol E-Book

Concha López Narváez

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Beschreibung

Los jugadores del Olimpus no pueden contener la alegría: ¡¡¡han quedado finalistas!!! La Copa ya no es un sueño, aunque para ello deben jugar la final con el San Bruno, un equipo de fútbol superior al suyo. Gonzalo, el entrenador, lo tiene muy claro: solo si aúnan fuerzas, si juegan en equipo buscando cada uno el bien general, solo en ese caso, lograrán vencer al fuerte rival. Hugo, Clara, Mario... están muy emocionados. Y también J.M., pero él..., él solo piensa en sí mismo: en meter goles para convertirse en el pichichi del campeonato.

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Seitenzahl: 66

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Concha López Narváez

La autora

•Nació en Sevilla.

•Está casada, tiene cuatro hijos y actualmente vive en Madrid.

•Estudió la carrera de Filosofía y Letras, y se licenció en la especialidad de Historia de América.

•Durante varios años dio clases de Bachillerato y se consagró a la investigación histórica.

•Ahora se dedica exclusivamente a la literatura para niños y jóvenes.

•Ha escrito más de ochenta libros y recibido numerosos premios.

Para ti…

Esta historia está escrita con todo el corazón. Sí, su tema es el fútbol; pero hay en ella muchas más cosas: compañerismo, ayuda, respeto, generosidad…; sobre todo, generosidad.

Estoy deseando que conozcas a Hugo, un niño alegre y al mismo tiempo reflexivo, y a Clara, con su coleta rojiza agitándose en el aire mientras anima a su equipo, y a Mario, que no sabe lo que significa la palabra envidia…

¡Ah!, y de ninguna forma pienses que es un libro solo para chicos; como ya he dicho, en su interior no solo hay balones que van y vienen, también hay sentimientos…, y los sentimientos no son cosa de unos o de otras, sino de personas.

Para mi nieto Hugo, porque sin su ayuda nunca hubiera podido escribir este libro.

Para Mario Barbero Martínez, que se esfuerza en ser un buen jugador y siempre presta sus balones.

Para mi nieto Pablo, que, aunque no le gusta el fútbol, se alegra con la alegría de los demás.

1

La semifinal

GOOOL! ¡Goool! ¡Goool!… ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!… ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!… Casi en el último minuto: ¡tres a dos!

Habían ganado… Ya estaban en la final.

Los jugadores del Olimpus no podían contener la alegría; la emoción era tanta que tenían que dejarla libre, por eso corrían, saltaban, se abrazaban, y reían y lloraban al mismo tiempo.

Todos sentían el mismo entusiasmo. ¡Todos! Incluso aquellos que apenas habían jugado, porque en esos momentos daba igual: eran un equipo, y lo mismo que estaban juntos en la derrota, también lo estaban en la victoria.

«¡Campeones, campeones, oé, oé, oé…!». Aquella era la voz del Olimpus, su única voz. En todos los ojos había el mismo brillo mientras gritaban: «¡Campeones, campeones…!».

¿Campeones?

Bueno, todavía no, pero ya solo faltaba el último partido; la Copa no era un sueño inalcanzable. Aquel año habían echado el resto, y allí estaban. Sí, era posible, esta vez ¡sí!

En las gradas el entusiasmo de las familias era tan grande o aun mayor que el de los propios niños. Los padres, con las sonrisas anchas, se daban golpes afectuosos en la espalda, y las madres y los hermanos reían abiertamente, se besaban y hablaban muy alto:

—Son los mejores.

—Es que no han desaprovechado una.

—La verdad es que se han esforzado al máximo.

—Se han dejado la piel.

—Ha sido emocionante hasta el último momento.

—Sobre todo, en el último minuto…

Tenían razón los padres, las madres y los hermanos; no decían más que la verdad, pero también contaba la suerte, y esta vez la suerte había estado de parte del Olimpus. Y ocurre que, cuando la suerte está de parte de un equipo, no puede estar de parte del otro.

Ese era el motivo por el cual en el campo había otros niños que no saltaban ni corrían ni gritaban, ni tampoco se abrazaban. Sus entristecidos ojos estaban clavados en el césped, y sus brazos caían sin ánimo a uno y otro lado de sus cuerpos.

También ellos se habían esforzado al máximo y habían jugado lo mejor que podían, que era muy bien. Y, sin embargo, habían perdido, y no por tres o cuatro goles, ni siquiera por dos, sino por uno, y en el último minuto; pero daba lo mismo, estaban eliminados. ¡Se acabó! En aquel preciso momento se apagaban sus sueños.

Nadie había tenido la culpa, todos habían estado en su sitio, ninguno se había descuidado. Nadie culpaba a nadie; pero Manu, el portero, sí se sentía culpable. Derrumbado en el césped, quería que la tierra se lo tragara: aquel gol en el último minuto… ¿Qué fue lo que hizo mal? Vio venir el balón, estaba preparado –o eso creía–, se estiró cuanto pudo, pero el balón pasó rozando sus dedos, y no, no consiguió detenerlo… ¿Por qué? ¿En qué había fallado?

—Vamos, Manu, hiciste lo que pudiste; pero ese gol no había quien lo parara –dijo alguien.

Manu negó con la cabeza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas:

—A lo mejor es que no soy tan bueno…

—Sí que lo eres, Manu –aseguraron a la vez varios de sus compañeros.

Y tenían razón: Manu era bueno, muy bueno…

—Ha sido la suerte, Manu, de verdad que ha sido la suerte –dijo un niño arrodillándose a su lado, y su voz sonaba muy sincera.

Aquel niño se llamaba Hugo, y no era de su equipo, sino precisamente el jugador del equipo contrario que había metido el gol que decidió el partido.

—De verdad, tío, ha sido la suerte, vosotros habéis jugado fenomenal –añadió echándose en el suelo junto a él.

Manu sonrió entre lágrimas:

—Gracias –susurró, y de verdad se sintió consolado, porque sabía que Hugo lo decía de corazón. A lo mejor había sido la suerte, la mala suerte…

—Un gol inmenso, Hugo, imposible de parar, enhorabuena… Y tú, Manu, arriba; estas cosas pasan, unas veces se pierde y otras se gana, y además, ¡hemos llegado hasta semifinales! –dijo el entrenador del Albaida alargando la mano a sus jugadores.

Hugo corrió hacia donde estaban los de su equipo. Se sentía contento, muy contento; pero en el fondo se decía que era una pena que, para que unos ganaran, otros tuvieran que perder.

Sus amigos, los ganadores, seguían en medio del campo saltando, abrazándose y gritando: «¡Campeones, campeones…!». El entrenador del equipo contrario empujaba a sus chicos para que, antes de dirigirse a los vestuarios, se acercaran a felicitarlos.

Lo hicieron de uno en uno:

—¡Enhorabuena! ¡Felicidades! –decían mientras les daban la mano.

Cuando Manu, el portero, se acercó a Hugo, ya no lloraba; y no, no le dio la mano, sino un abrazo, un gran abrazo de oso.

Los jugadores del Olimpus todavía permanecieron unos minutos más en el campo, subiendo y bajando las gradas para hablar con sus familias.

Cuando por fin ellos también decidieron retirarse, lo hicieron gritando y cantando:

—¡Campeones, campeones, oé, oé, oé…!

Y el que más y más alto gritaba era Mario, el más pequeño del grupo, no solo por la edad, sino también por la estatura:

—¡Oé, oé, oé…!

—Por favor, Mario… –reían sus compañeros más cercanos tapándose los oídos.

Mario bajaba un poco la voz; pero tan poco que apenas se notaba, y sus ojos brillaban como ascuas.

Y de pronto, J.M., el mayor de la clase, no solo por la edad, sino también por la estatura, el jugador que había marcado los dos primeros goles, se detuvo, dejó caer su manaza sobre el hombro de Mario y dijo:

—Una cosita, Mario, ¿cuántos goles has marcado en toda tu vida?

En un instante, la alegría de Mario desapareció. Sus palabras se quedaron sin sonido y el brillo de sus ojos se apagó como se apaga el sol cuando una nube oscura se le pone delante. Y de repente se sintió tan perdedor como los del equipo contrario, o más, muchísimo más, porque ellos habían perdido, pero podían haber ganado; en cambio, él nunca había metido un gol, ni pensaba que llegara a meterlo.

—¿Cuántos goles has metido en toda tu vida, Mario? –repitió J.M., y su voz sonaba a risas.

Mario no contestó, y en el vestuario el silencio casi se podía cortar.

Y de pronto, Clara, la única chica del equipo, esa pelirroja y pecosa que era tan ágil y rápida como una ardilla, y no solo de cuerpo sino también de mente, se adelantó unos pasos y, mirando fijamente a J.M., le preguntó:

—Y tú, ¿cuántas veces has cateado Matemáticas en toda tu vida?

—¡Eres imbécil! –soltó J.M. rojo de ira.

Clara era casi tan menuda como Mario, y apenas le llegaba al hombro, pero sus ojos relampagueaban de tal modo que J.M. no pudo resistir su mirada.