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El príncipe Baltasar Carlos fue un príncipe de verdad, hijo de un rey de verdad que se llamaba Felipe IV. Tenía un precioso caballito con el que jugaba sin salir de los jardines de Palacio. Pero una tarde descubrió que una de las puertas estaba abierta, y... su caballito y él la cruzaron. No querían escapar, solo asomarse un momentito, dar dos o tres paseos fuera, mirar a los niños que jugaban en el río y luego regresar. ¡Pero los niños se divertían tanto y él tenía tantas ganas de jugar...! ¿Qué sucedió? Pues que el Príncipe se olvidó de que era príncipe, jugó toda la tarde, y después... Después se perdió.
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Seitenzahl: 69
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Los autores
Para ti…
1. El príncipe Baltasar Carlos
2. La puerta abierta
3. Batallas en el agua
4. Las ropas y el caballo
5. El hijo de la viuda
6. «No pareces un príncipe»
7. Mientras tanto, en Palacio...
8. En casa de la viuda
9. «Tu madre estará desesperada»
10. La vuelta
11. El traje y el sombrero del Príncipe
Y por último
Créditos
Concha y Rafael son madre e hijo desde el 24 de noviembre de 1972. Él nació en Madrid y es ilustrador. Ha ilustrado más de treinta obras, algunas de su madre, y otras de distintos autores. Ella nació en Sevilla, y es licenciada en Historia de América. Durante algún tiempo fue profesora de Bachillerato, y ahora se dedica exclusivamente a la literatura para niños y jóvenes. Ha escrito más de cincuenta libros y recibido numerosos premios. Desde hace, más o menos, dos años, Concha y Rafael se han embarcado en una nueva aventura, la de escribir juntos. Este libro es una muestra de ello.
Cuando te pones delante de un retrato, lo mismo da que sea pintura o fotografía, parece que los ojos de la persona retratada te miran directamente, como si quisieran decirte algo.
De eso trata este libro: hay un niño –un príncipe, montado en su caballito– cuyos ojos nos miran desde un cuadro.
Nos están diciendo que se aburre, porque quiere jugar con otros niños, ser un niño como todos los demás; pero no lo dejan.
Si quieres ayudarle a correr aventuras, a soñar y a divertirse, pasa, por favor, la página, y comienza a leer, porque él solamente puede vivir si tú, leyendo, le das la vida.
Con cariño para María
y Elisa Fernández Bascones,
mis nietas adoptivas.
CONCHA
HACE muchos años, muchos, más de trescientos, había un príncipe en España que se llamaba Baltasar Carlos.
Vivía en el Palacio Real, y su padre era rey y su madre era reina.
El rey se llamaba Felipe IV, y la reina, Isabel.
Verdaderamente, el príncipe Baltasar Carlos era un niño muy guapo y elegante. Tenía el pelo rubio y la piel clara, como su padre, y los ojos alegres y dulces, como su madre.
Además, era listo y bien educado. Por eso todos se sentían muy orgullosos de él. No solo los Reyes, sino también sus profesores, las damas y los caballeros que vivían en Palacio y… ¡el Primer Ministro!
El Primer Ministro era un hombre muy importante y poderoso. Tanto, que se decía en España entera que al rey Felipe IV le parecía bien absolutamente todo lo que él hacía. Se llamaba Gaspar, don Gaspar de Guzmán; pero le gustaba mucho más que le dijeran señor Conde-Duque. Suena un poco raro; sin embargo, era conde y duque al mismo tiempo, y Conde-Duque le llamaba todo el mundo, en España y también en el extranjero.
El señor Conde-Duque era un hombre fuerte y serio. Siempre vestía de oscuro y tenía muy mal genio. Además, le encantaba dar órdenes y trabajaba mucho, casi todo el día.
Había bastante gente que tenía miedo del señor Conde-Duque.
El príncipe Baltasar Carlos lo tenía. Si alguna vez se encontraba con él en los largos pasillos de Palacio, se daba la vuelta, corría a esconderse entre los brazos de su vieja y querida niñera.
Sin embargo, cuando el señor Conde-Duque se cruzaba con el Príncipe, siempre le hacía una reverencia, porque a los príncipes, aunque sean pequeños, todo el mundo debe hacerles reverencias. Por lo menos eso era lo que sucedía hace unos trescientos años. Así que cuando el señor Conde-Duque se cruzaba con el Príncipe, se inclinaba ante él y decía: «Buenos días» o «Buenas tardes, Alteza». Jamás le gritaba: «¡Quítate de en medio, niño!».
Pero a pesar de eso, Baltasar Carlos le tenía miedo. El Primer Ministro le parecía un verdadero ogro. Tenía unos brazos enormes y unas enormes manos. Sus bigotes eran grandes y negros, y grandes y negras eran también sus cejas. Sus ojos miraban como si quemaran, y su voz sonaba como un trueno.
Además, era el señor Conde-Duque el que ordenaba que Baltasar Carlos estudiara horas y horas. «¡Tiene que aprender a ser rey!», decía con su terrible voz de tormenta. También decía que el Príncipe no podía perder el tiempo jugando con otros niños.
Por las tardes, cuando por fin Baltasar Carlos terminaba de estudiar, paseaba por los jardines de Palacio montado en un precioso caballito castaño que tenía las crines rizadas y muy largas, y un lucero blanco en la frente. Era manso y alegre, y también tranquilo y fuerte.
El Príncipe no tenía con quién jugar. Por eso jugaba solo y le decía a su caballo: «¡Arre, arre, Lucero! Corre, caballito valiente, que un dragón de siete cabezas ha secuestrado a una princesa. La ha hecho prisionera y yo voy a salvarla. Después me casaré con ella».
La vida del príncipe Baltasar Carlos era muy aburrida. Todos los días lo mismo: estudiar para ser rey y luego montar en su caballo, sin moverse de los jardines de Palacio.
Únicamente salía algunos sábados, en una carroza dorada, para ir a rezar con su madre, la Reina, a la iglesia de la Virgen de Atocha.
Entonces muchas personas se agolpaban en las calles de Madrid para saludar a la Reina y a su hijo.
A la gente se le alegraban los ojos al contemplar al Príncipe.
La verdad es que daba gloria verlo, tan derecho y formalito, al lado de su madre.
Su pelo rubio brillaba al sol, debajo del sombrero adornado con plumas de avestruz, y su traje, blanco y azul, era muy elegante.
La gente aplaudía y gritaba:
—¡Viva la Reina! ¡Viva el Príncipe!
La Reina sonreía y saludaba levantando la mano.
—¡Saluda! –le decía a su hijo, y él saludaba y también sonreía.
—¡Nos conocen! ¡Todos nos conocen! –decía el Príncipe.
—¡Todos! –aseguraba la Reina.
—Yo no los conozco y ellos me conocen… –se extrañaba Baltasar Carlos.
—¿Cómo no van a conocerte, si eres su príncipe? En Madrid hay muchísimos niños, pero un solo príncipe, por eso te conocen –le explicaba la Reina, y luego añadía–: Fíjate, si un niño cualquiera se perdiera, para llevarlo a su casa habría que preguntarle: «Niño, ¿tú quién eres?» y «¿Dónde vives?». Pero, si por casualidad te perdieras tú, no haría falta que te preguntaran nada. Quien te encontrara, sencillamente haría una reverencia y, en un momento, te llevaría de vuelta a Palacio. Porque en Madrid todo el mundo sabe quién eres y dónde vives.
UNA tarde de junio, el príncipe Baltasar Carlos montaba solo por los jardines del Palacio Real.
Primero ponía su caballo al paso, después al trote y por último al galope.
Al paso, al trote, al galope; al paso, al trote, al galope… Era divertido; pero lo había hecho por lo menos cien veces.
Apretaba el calor y, además, hace unos trescientos años los trajes de los príncipes no eran demasiado frescos.
En esos momentos, el príncipe Baltasar Carlos llevaba una bonita camisa con cuello y puños de encaje, unos elegantes pantalones de montar y un precioso jubón bordado. El jubón era, más o menos, como una chaqueta. También llevaba sombrero, guantes, botas altas y medias calzas. Las medias calzas se parecían mucho a unos calcetines largos.
La grupa del caballo brillaba de sudor, y el Príncipe estaba a punto de derretirse.
—¡Corre, Lucero, corre! –gritaba Baltasar Carlos, como si, corriendo, su caballo y él pudieran escapar del calor y del aburrimiento.
El Príncipe odiaba aburrirse y, sin embargo, cuando no estudiaba, casi siempre estaba aburrido. El señor Conde-Duque decía que no podía perder su tiempo jugando. Pero, además, ¿con quién iba a jugar, si no tenía hermanos ni amigos?
