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¿Qué pasaría si Caperucita se hartase de ir a la casa de la abuelita? ¿Y si el lobo siguiese su verdadera vocación, que es cantar junto a los músicos de Bremen? ¿Qué ocurriría si los enanitos no fueran a la mina y Blancanieves se fuese de paseo en lugar de esperar a que su madrastra le diese la manzana envenenada? Algunos de los protagonistas de los cuentos clásicos se han cansado de repetir sus historias una y otra y otra vez, y deciden liberarse de sus destinos y cerrar los cuentos en los que solían vivir. Otros simplemente necesitan algún día de descanso para sus propios hobbies o simplemente descansar, pero no abandonan sus escenarios completamente.
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Seitenzahl: 50
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Concha López Narváez y Rafael Salmerón
Escapar de un cuento
Ilustración: Rafael Salmerón
Querido Lector
1. ¿Quién teme al lobo feroz?
2. Cantaré, cantaré y tu casa… alegraré
3. Aiho, aiho… al campo a descansar
4. Y fueron felices
Créditos
¿No te parece que hacer siempre lo mismo, un día y otro y otro, un año y otro año..., puede llegar a ser inaguantable? Pues eso es lo que ocurre en los cuentos.
Ya sabemos que, cada día, los niños tenéis que ir al colegio, y, con frecuencia, los mayores se cansan de trabajar; pero ni en el colegio ni en el trabajo las cosas son siempre exactamente iguales; además, existen vacaciones y días de fiesta. A veces te puedes enfadar, protestar e incluso marcharte de un lugar en el que no estés a gusto y, sobre todo, tu pensamiento es libre... Nadie puede meterse en lo que cada uno piensa.
Pero los personajes de los cuentos no pueden cambiar ni una sola palabra de lo que ya está escrito.
¿Y no pueden hacer nada? Pues hasta ahora no, sin embargo, en esta historia las cosas van a cambiar. Los personajes dicen «¡Basta!», y algunos se rebelan y empiezan a vivir sus propias vidas.
Y algo más, queremos que recuerdes que hay cosas en el mundo que, igual que en los cuentos, son injustas o están mal hechas, pero casi todas se pueden cambiar si hay alguien que se empeña.
Un abrazo de tus amigos escritores.
A nuestros amigos lectores
Era primavera, el sol sonreía en medio del cielo y Caperucita se sentía feliz. Estaba sentada al lado de casa y miraba a su alrededor.
Las primeras flores ya habían nacido y todos los árboles tenían hojas nuevas; las maripositas, pequeñas y rápidas, iban y venían por el aire arriba, por el aire abajo, como si bailaran. Más alto, muchísimo más, volaban los pájaros. ¿Hacia dónde iban? Hacia ningún sitio, estaban jugando, y cantaban de pura alegría.
—¡Qué día tan tranquilo!
—¡Qué día tan alegre!
—¡Qué día tan azul!
Dentro de la casa la madre hacía un bizcocho, y a Caperucita la boca se le hacía agua.
Y entonces su madre la llamó:
—Caperucita, la abuela está enferma.
¡Oh, no, otra vez la abuela! Qué mala salud, la pobre enfermaba todas las semanas. Aunque lo sentía muchísimo, esta vez no quería ir a visitarla.
—Mamá, por favor, me da miedo el bosque, es muy solitario, y el lobo es feroz y quiere comerme. De verdad, esa es su intención.
—No, cariño, no te comerá, puedes ir tranquila, lo dice en el cuento.
—De todas maneras, el lobo me da mucho miedo. De solo mirarlo me tiemblan las piernas; tan negro y peludo, con esos ojazos, con esas orejas, con esas manazas y con esos dientes… Cuando abre la boca, casi me desmayo de la impresión.
—No te comerá —repitió la madre.
—Aunque no me coma, prefiero no verlo. Además, quién sabe si a veces los cuentos cambian de final.
—¿Cambiar los cuentos? ¡Qué barbaridad! —exclamó la madre, y luego añadió—: Escucha, pequeña, de verdad no hay ningún peligro. Además, el lobo está lejos, tiene otros trabajos, ya sabes que el nuestro no es su único cuento. Pero, por si acaso, he puesto en guardia a los leñadores. No lo perderán de vista ni un solo segundo, estarán atentos, me lo han prometido. Anda, vete ya, toma la cestita y ponte la capita roja.
Caperucita odiaba la cesta y odiaba la dichosa capa; pero, en fin, estaba en el cuento y había que ponérsela aunque era primavera, hacía buen tiempo y tenía calor. Además, si alguien la veía, ¿qué iba a pensar?
Así, de buena mañana, Caperucita salió de su casa con capucha y cesta, muerta de vergüenza, sudando como si estuviera dentro de una sauna. ¡Qué hartura de cuento!
De muy mala gana y con pasos lentos se dirigió al bosque. Tenía que cruzarlo, no había más remedio, su abuelita vivía justo al otro lado.
En el bosque, húmedo y oscuro, no había mariposas ni tampoco pájaros, y el día no era alegre, tranquilo ni azul.
Flores sí que había, pero estaban pálidas y eran muy pequeñas. Sin embargo, debía cogerlas… Y no le gustaban, ni tenía ganas, además, sabía que, en cuanto tuviera un ramito hecho, llegaría el lobo.
Y de pronto… ¡cragg! Crujió una ramita y su corazón dio un salto en el pecho. Después pisó una hoja seca. ¡Chas! Qué horror, se tapó la boca para no gritar.
Luego vio una lagartijita, pequeñita y verde, y le pareció un dragón enorme, y un ratón de campo, un monstruo terrible.
Un susto, otro susto… ¡Ya no podía más!
Se sentó al lado de un árbol para coger fuerzas, y entonces escuchó unos pasos: Plof, plof, plof, plof… ¡El lobo, ya llegaba el lobo!, y enseguida se pondría a charlar. Le preguntaría, con voz traicionera, que hacia dónde iba, y ella tendría que decirle que a ver a su abuela porque estaba enferma…
¡Qué miedo! ¡Qué espanto! Oía sus pasos cada vez más claros, cada vez más cerca.
Pero ¿de verdad era el lobo el que se acercaba?
¡Qué lobo más raro! Su sombra era alargada y alta.
Pero ¿de verdad los lobos andaban de pie? ¿De verdad llevaban chaqueta y zapatos?
¡Uy! ¡Uy! ¡Uy! Qué risa y qué chasco, porque no era el lobo.
Entonces, ¿quién era?
Pues alguien que, al verla, dio un salto hacia atrás.
Un chico moreno, de pelo revuelto, la miraba con la boca abierta.
—¿Quién eres? —preguntó asombrado.
—Soy Caperucita, ¿y quién eres tú?
—Yo soy pastor de ovejas, el pastor bromista —le respondió él poniéndose rojo.
—Ah, ese que gritaba pidiendo socorro porque venía el lobo, aunque no era cierto.
—El mismo. Yo lo hacía por broma, pedía socorro con voz de pánico, acudían todos, y cómo me reía… Lo hice varias veces. Hasta que un día el lobo llegó de verdad. Yo pedía ayuda, y entonces, justamente entonces, nadie me creyó. Fue algo espantoso, perdí cuatro ovejas y tuve que huir. Desde aquel día el lobo me aterra.
