A la sombra de Marx - César Rendueles - E-Book

A la sombra de Marx E-Book

César Rendueles

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"Pasados más de ciento cuarenta años de la muerte de Karl Marx, el interés por su obra no parece disminuir. Al contrario, con cada crisis sistémica su legado político e intelectual parece experimentar sucesivos renacimientos. Pero este retorno a Marx –y los marxismos posteriores a él– no está exento de problemas; la producción teórica en torno a la memoria intelectual del trabajo de Marx sobrelleva una pesada carga de disputas y debates de más de una centuria, que no facilita su correcto aterrizaje en estos tiempos de capitalismo extremo y crisis ecológica global. En esta incisiva obra, César Rendueles somete a criba el legado teórico marxista. Con ello, por un lado, identificar sus callejones sin salida y, por otro, defender y desarrollar aquellos elementos analíticos capaces de contribuir al repertorio de ideas que las fuerzas emancipadoras necesitan para combatir la policrisis contemporánea."

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Seitenzahl: 331

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Akal / Ágora/teoría

César Rendueles

A la sombra de Marx

Fragmentos de materialismo accidental

Pasados más de ciento cuarenta años de la muerte de Karl Marx, el interés por su obra no parece disminuir. Al contrario, con cada crisis sistémica su legado político e intelectual parece experimentar sucesivos renacimientos. Pero este retorno a Marx –y los marxismos posteriores a él– no está exento de problemas; la producción teórica en torno a la memoria intelectual del trabajo de Marx sobrelleva una pesada carga de disputas y debates de más de una centuria, que no facilita su correcto aterrizaje en estos tiempos de capitalismo extremo y crisis ecológica global.

En esta incisiva obra, César Rendueles somete a criba el legado teórico marxista. Con ello, por un lado, identificar sus callejones sin salida y, por otro, defender y desarrollar aquellos elementos analíticos capaces de contribuir al repertorio de ideas que las fuerzas emancipadoras necesitan para combatir la policrisis contemporánea.

César Rendueles es científico titular en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Ha sido profesor de sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus ensayos, publicados en una decena de países, destacan Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital (2013), Capitalismo canalla (2015), En bruto. Una reivindicación del materialismo histórico (2016), Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista (2020) y Comuntopía. Comunes, postcapitalismo y transición ecosocial (Akal, 2024).

Diseño interior y de camisa de cubierta

RAG

Motivo de cubierta

Juan Hervás / artbyte.es

Director

José Luis Moreno Pestaña

Queda prohibida la reproducción, plagio, distribución, comunicación pública o cualquier otro modo de explotación –total o parcial, directa o indirecta– de esta obra sin la autorización de los titulares de los derechos de propiedad intelectual o sus cesionarios. La infracción de los derechos acreditados de los titulares o cesionarios puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (artículos 270 y siguientes del Código Penal).

Ninguna parte de este libro puede utilizarse o reproducirse de cualquier manera posible con el fin de entrenar o documentar tecnologías o sistemas de inteligencia artificial.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© César Rendueles, 2025

© Ediciones Akal, S. A., 2025

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

[email protected]

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@AkalEditor

@ediciones_akal

@ediciones_akal

ISBN: 978-84-460-5735-2

Proemio a la colección

Libros para gente con preguntas

Preparando la Enciclopedia, Denis Diderot se intranquilizaba con las entradas consagradas a los oficios. Hijo de cuchillero, sabía que lo que se contase del trabajo dependía mucho de si se conocía o no de primera mano. Diderot se impuso visitar talleres, entrenarse en máquinas, hablar con quienes trabajaban. No bastaba con explicar en la Enciclopedia lo que se sabía, sino que emergiese lo que no se conoce porque quienes lo saben no hablan, no se les escucha y, cuando lo hacen, no se transmite con cuidado lo que nos explican.

Ese gesto de Diderot es el modelo de esta colección.

Buscamos libros escritos por quienes preguntan y se esfuerzan por transmitir con claridad lo que aprenden. Ágora huye del ensayismo de temporada o de la simple exhibición erudita. Existen problemas cotidianos sobre los que necesitamos datos, análisis de estos, estados de la cuestión. Es la obligación de quien escribe: presentar en su complejidad los litigios que determinan nuestro presente y condicionan nuestro futuro.

Porque el objetivo de esta colección es publicar libros para gente que delibera sobre lo que nos ocupa y preocupa. Respetamos el interés especulativo de cualquier esfuerzo intelectual, pero aquí precisamos, pretendemos, ir más allá. Queremos aportar conocimiento, aunque exigiendo el menor coste de acceso; ese esfuerzo de comprensión es, por lo demás, imprescindible: los libros que no exigen al lector se embalan hacia la simplificación. Y con la simplificación no se aprende nada y nada bueno puede hacerse.

En la medida de lo posible, acompañamos a quienes publican, si así lo desean, con una conversación permanente mientras escriben. No somos ni será la única interlocución. El diálogo más importante lo tendrán con quienes sufren la realidad, ya sea que la conversación se establezca con los rastros que dejaron en archivos, ya sea porque vayan a instruirse de voces que tienen experiencia pero no quien las escuche.

Esta colección quiere una Teoría surgida del diálogo con el Ágora. Sabemos que este –el ágora– está distorsionado por capitales y poderes, capaces de producir sin denuedo propaganda expandida por sicofantes de toda laya. El diálogo con el ágora es costoso. Supone buscar nuevas interlocuciones, establecer otras conversaciones. Preguntar sobre aquello de lo que no se habla, a quienes no hablan.

Como hizo Diderot.

José Luis Moreno Pestaña

A un paso nada más del descreimiento

Introducción de A la sombra de Marx, de César Rendueles

(Luis Alegre Zahonero)

En un célebre pasaje del Discurso del método, Descartes se lamenta de que los más excelsos espíritus hayan sostenido opiniones contrarias respecto a todos los asuntos, con el consiguiente desasosiego que esto produce: aunque todas las posiciones hayan sido defendidas por gente docta y de enorme inteligencia, solo puede ser verdadera –como mucho– una de las opiniones en conflicto en cada caso.

Al recorrer las múltiples polémicas sobre la interpretación de los textos de Marx resulta inevitable sentir una frustración parecida. Apenas hay posición, por problemática que sea, que no se haya sostenido con los mejores argumentos y con enorme vehemencia. Ningún punto de vista ha quedado huérfano de representantes de gran inteligencia y arrojo, por estrafalario y dañino que pareciera desde otras miradas de la propia tradición marxista. La mínima inconsistencia de cualquier gigante ha sido señalada con ardor por legiones de gigantes no menores. La tradición marxista constituye así un universo intelectual todo lo rico, diverso y complejo que es capaz de producir el talento humano, uno de los mayores lores teóricos que jamás se hayan producido, pero también uno de los más violentos y conflictivos.

Tal como se señala en la introducción de este libro, transcurridos más de dos siglos desde el nacimiento de Marx, y siendo ya inabarcable la literatura científica y política generada en torno a su obra, no resulta fácil tener algo nuevo que aportar. Sin embargo, A la sombra de Marx ofrece varias cosas de enorme importancia, más que suficientes para justificar esta nueva contribución. De hecho, más que suficientes para celebrarla como un soplo de aire fresco.

En primer lugar, encontramos aquí un pequeño mapa de problemas y posiciones, de enorme utilidad para orientarse en este universo. En el ejercicio de esas discusiones, han confrontado todas las posibilidades a las que la imaginación alcanza. Y César Rendueles las recorre con un nivel de resolución admirable. ¿Cómo piensa Marx la relación entre el desarrollo técnico impulsado por el capitalismo y el futuro socialista?, ¿qué hay de racional y qué de irracional en el despliegue del propio capitalismo?, ¿qué debe superarse y qué conservarse?, ¿qué posición adopta respecto a esa libertad y esa igualdad que resultan compatibles con la explotación humana?, ¿qué significa «alienación»?, ¿en qué consiste la ciencia inaugurada por Marx?, ¿qué posición ocupa el marxismo entre el conjunto de teorías que estudian la desigualdad?, ¿qué función cumple la teoría laboral del valor y qué dificultades presenta?, ¿qué papel metodológico corresponde al «capital en general» en el análisis de las mercancías?, ¿representa el desarrollo de las fuerzas productivas el núcleo último de inteligibilidad de lo histórico?, ¿cómo pensar la relación entre la economía, el Estado y el resto de las instituciones sociales?, ¿qué herramientas serían necesarias para hacer una antropología del mercado?, ¿qué lugar ocupan las valoraciones éticas en el enfoque de Marx sobre los modos de producción y, en concreto, sobre la explotación capitalista?, ¿tienen las explicaciones funcionales un ámbito legítimo de aplicación?, ¿qué relación se da entre los conocimientos cotidianos y los científicos?, ¿qué lugar ocupan las ciencias sociales en el conjunto de los saberes?, ¿cómo se articula en Marx el enfoque individual y el estructural en el análisis de las sociedades?, ¿cómo se ha pensado la relación entre lo cotidiano y lo general, lo local y lo global, la reforma y la revolución?, ¿tiene sentido el marxismo sin vocación internacional?, ¿qué puede aportar esta tradición en el actual escenario de emergencia climática?, ¿cómo afecta a la tradición marxista el problema de la falta de tiempo ante el que nos encontramos?

Esta historia de trabajo intelectual se ha ido produciendo, además, en paralelo a la lucha de organizaciones obreras que trataban de asaltar los cielos o, al menos, de conquistar una distribución menos injusta de los recursos. En este marco, casi cada querella ha producido sus propios conflictos políticos –y viceversa– dando lugar a infinidad de facciones, escisiones, partidos e internacionales. Para bien y para mal, la tradición marxista se ha caracterizado siempre por un marcado racionalismo en el que los desencuentros teóricos se convertían con facilidad en identidades políticas.

En el contexto histórico actual, en el que ganan terreno las más oscuras fuerzas de lo irracional, hay que defender con uñas y dientes un papel protagonista para los saberes fundados. Pero esta apelación a la racionalidad no puede servir de coartada para suprimir y simplificar las complejidades propias de las sociedades pluralistas. Todo lo contrario. El anhelo racional debe consistir ante todo en la aspiración a componer la heterogeneidad más variada, a intervenir en los conflictos de multitud ejes además de la clase, a mantener abierto el mayor espacio para la discrepancia al tiempo que se asegura una libertad igual a todos los individuos (también en un sentido material y político). En esta dirección, no basta con celebrar el marcado racionalismo de la tradición marxista, se debe al mismo tiempo recordar algo tan elemental como decisivo: que la tarea de conocer, armonizar y organizar racionalmente es siempre una tarea a posteriori, que no crea lo que ordena, y que debe, por lo tanto, ser siempre consciente de sus propios límites. Por tentador que resulte apelar a verdades de «la ciencia» para reforzar la propia posición, no se debe perder de vista que las garantías de las ciencias sociales –marxistas o no– están a años luz de las que ofrecen las ciencias naturales y que, por lo tanto, no es nunca admisible el intento de suturar el espacio de lo político con «verdades de la ciencia».

A este respecto, las dolorosas lecciones del siglo XX deberían haber bastado para que ningún proyecto emancipador pretenda dar ese paso de nuevo. Una vez se confía en la existencia de leyes definitivas de lo histórico-social, y se asume que son accesibles con rigor para el conocimiento científico, resulta ya natural que las decisiones correspondan a los depositarios de ese saber, y no a los sujetos ordinarios que confrontamos siempre posiciones más o menos interesadas. En efecto, si el socialismo puede ser «científico», ¿para qué mantener abierto ese lento, precario y engorroso espacio para la confrontación pautada de conflictos diversos?, ¿por qué permitir que haya tanto ruido cuando hay quienes no lo necesitan para saber qué es lo esencial a lo que nos conduce la historia? No es de extrañar que, si se considera alcanzable un saber científico de esa envergadura, estalle de inmediato –entre otros episodios de violencia– una guerra fratricida entre los distintos candidatos a depositarios de ese magnífico saber.

En este sentido, un segundo elemento crucial que nos aporta A la sombra de Marx es un contundente imperativo de prudencia. No se trata de un libro humilde. Lo que hace es demostrar, de un modo implacable, los humildes límites de las ciencias sociales y, por lo tanto, la importancia de asumir esos límites tanto en lo teórico como en lo práctico. Este constituye uno de los grandes caballos de batalla de César Rendueles desde que en 2006 defendiera su tesis doctoral titulada Los límites de las ciencias sociales. Una defensa del eclecticismo metodológico de Karl Marx. En aquella ocasión, demostraba que la práctica teórica de Marx estaba lejos de operar con principios metodológicos unitarios y que no había posibilidad de totalización final. En esta ocasión, a favor de la misma tesis, se apela más bien al carácter irresoluble de polémicas que llevan casi dos siglos abiertas como heridas sangrantes (pensemos, por ejemplo, en el llamado «problema de la transformación de valores en precios»). Se trata de polémicas que, por mucho esfuerzo e inteligencia que se haya volcado en ellas, no han logrado cerrase de modo concluyente. Y, de este modo, más allá de lo que los distintos autores aquí convocados defendieran al respecto, hay un hecho que es muy difícil negar: se trata de polémicas cuyas condiciones de resolución no parecen ser las mismas que las de las ciencias naturales.

Con esto, Rendueles no niega ni mucho menos la condición de «saberes» a la inmensa cantidad de conocimientos generados por las ciencias sociales y, en concreto, a los producidos «a la sombra de Marx». Pero señala los límites epistemológicos que, con carácter insuperable, les corresponden. A partir de aquí, en tercer lugar, el libro introduce otra importante aportación: la apertura de un diálogo con tradiciones teóricas que se han dejado al margen y que, sin embargo, habrían podido enriquecer las herramientas propias. El marxismo ha tendido con frecuencia a aislarse de otras tradiciones teóricas que, lejos de ser meras amenazas, habrían renovado el aire de un modo saludable. A este respecto, cabe destacar el diálogo que Rendueles establece con filosofías de la ciencia no marxistas o con autores colindantes como Karl Polanyi. Además, prestar atención a miradas teóricas circundantes habría facilitado un diálogo más fructífero entre las distintas posturas al interior de la propia tradición marxista. Un exceso de arrogancia ha convertido en muchas ocasiones las polémicas internas en un campo de batalla más que en un espacio de construcción colectiva. ¿Cuánto habría mejorado el marco teórico del que hoy disponemos todos si, por ejemplo, E. P. Thompson hubiera aplicado un elemental principio de caridad en su lectura de Althusser?, ¿cuánto habría ganado la escuela de Thompson y cuánto la de Althusser?

Por otro lado, se trata de un libro extraordinariamente oportuno en el contexto en el que estamos. Las experiencias políticas que surgieron como respuesta, en cierto modo generacional, a la crisis de 2008 dan muestras evidentes de agotamiento, al tiempo que dinámicas fuertemente reaccionarias impregnan cada vez más la atmósfera política y social. Por otro lado, en las últimas décadas hemos asistido a una gran transformación regresiva en la estructura de la distribución de la renta. La creciente concentración de riqueza en cada vez menos manos golpea con dureza a las clases trabajadoras –de un modo muy intenso en el acceso a la vivienda–. En este contexto, entre las generaciones más jóvenes comprometidas con horizontes de emancipación parece estar brotando de nuevo un cierto anhelo de construirse «a la sombra de Marx». Al margen de los restos que el naufragio ha dejado en forma de astillas de organización –hijas de todas las reyertas– surgen energías que, por un lado, no parecen dispuestas a desangrarse por esas heridas pero que, por otro, se reconocen como marxistas en «un lenguaje compartido durante más de un siglo por gentes que sienten algún grado de afinidad política e intereses éticos comunes y que también han atravesado conflictos terribles tanto con las fuerzas de la reacción como entre ellas mismas»[1].

No podrán eludir las discusiones que han atravesado esta tradición. Pero, a este respecto, aún está por decidir lo más importante: la disposición de fondo con la que se abordarán esas discusiones. Una «disposición de fondo» a la que me atrevería a denominar «estética»: ¿hasta qué punto seguirá siendo central la épica de las grandes gestas –teóricas– con héroes clásicos como protagonistas? En la medida en que sea así, me temo que este libro no logrará la influencia que merece. Mientras se mantenga esa exigencia narrativa, la incorporación matizada de todo lo valioso que hay en las distintas miradas no podrá competir con los juicios sumarios al oportunismo filisteo y la canalla pequeñoburguesa. De este modo, se seguirán dilapidando energías a la búsqueda de la lectura «definitiva» de Marx, la que resultaría ser, de una vez por todas, digna de ocupar ese pedestal en el que solo hay sitio para uno.

Si la propuesta de Rendueles puede resultar seductora –y confío en que así sea– no lo será por alimentar grandes epopeyas. Por el contrario, solo lo conseguirá si se parte de la disposición a reconocer belleza también en las cosas fragmentarias y parciales, en lo cotidiano y en lo colectivo. Para hacer propio lo planteado en este libro, es necesario vivir reconciliado con la importancia de recolectar granos, aventarlos, molerlos, amasarlos y hornearlos, que quizá no sea tan apasionante como descubrir continentes, pero desde luego no es menos importante.

En lo que respecta al orden teórico, para hacer propias las tesis de César Rendueles, resulta necesario reconocer de antemano la dignidad de saberes tan injustamente tratados como la cocina. Hace falta mucha ideología para negar su rocosa objetividad; y mucha más para restarles importancia. En todo caso, a quien no le resulte esto evidente, no podrá asumir que la pericia de las ciencias sociales se parece más a esos saberes expertos que a la consistencia de las ciencias naturales.

En lo que respecta a las propuestas de intervención política, A la sombra de Marx también da por supuesto algo de lo más cotidiano y ordinario: la importancia que para los seres vivos tiene, al margen de cualquier otra consideración, existir en vez de no hacerlo. Puede parecer algo trivial, pero en la situación de emergencia climática en la que nos encontramos, apenas hay propuestas políticas que parezcan tenerlo en cuenta, tampoco en los espacios que se reivindican herederos de Marx. Cualquier programa de emancipación de la humanidad se encuentra hoy con el reto de conseguir, antes que nada, ganar tiempo en el que pueda seguir habiendo humanos. Y esto no ayuda a dar brillo a narraciones heroicas.

En este contexto, no es fácil escribir un libro optimista. Y este desde luego no lo es. Todo lo contrario. Sin embargo, está escrito desde una actitud de fondo que es todavía de confianza sincera. Puede que a un paso nada más del descreimiento; a un paso nada más, pero nada menos.

[1]Infra, cap. 1, «Marx ante la crisis ecosocial».

A la sombra de Marx

Fragmentos de materialismo accidental

César Rendueles

No hemos de darle un valor tan alto a unos cuantos textos, a unas cuantas vidas. Somos como niños que repiten de memoria las frases de sus abuelas y tutores y, cuando crecen, las de los hombres de talento y carácter que se cruzan: se afanan en recordar las palabras precisas que estos dicen y después, cuando alcanzan el punto de vista que tenían quienes las pronunciaron, las comprenden y quieren dejarlas marchar, pues en cualquier momento pueden usar palabras igual de buenas cuando se presenta la ocasión. (…) Cuando tenemos una nueva percepción, hemos de deshacernos con agrado de los tesoros acumulados como si fueran basura.

Ralph Waldo Emerson

Presentación

Este libro recoge distintas intervenciones relacionadas con Marx, el marxismo y sus aledaños teóricos. Salvo el primer capítulo, que tiene un carácter introductorio, y el epílogo, que es un texto de intervención, se trata de materiales eminentemente académicos que me han acompañado en los últimos veinticinco años y que he ido relaborando a lo largo del tiempo en distintas publicaciones.

La escritura académica no es en sí misma ni mejor ni peor que otras formas literarias pero se suele dirigir a círculos no siempre reducidos, aunque sí relativamente homogéneos en términos del bagaje intelectual que comparten. En el caso del marxismo las cosas son un poco diferentes: la recepción tan convulsa y marcada por avatares políticos que han tenido los escritos de Marx y sus epígonos ha normalizado las discusiones extremadamente técnicas en entornos muy alejados de las aulas universitarias. De nuevo, no estoy seguro de si eso es bueno o malo, pero confío en que permita que los temas que aquí se abordan tengan algún recorrido más allá del ámbito académico especializado.

Es cierto también que la práctica totalidad de los estudios sobre Marx que se han publicado en las últimas décadas podrían llevar por subtítulo «rascando lo quemado de la olla». No es un problema específico del marxismo. Con el tiempo, la crítica especializada en Kant, Hume, Nietzsche o cualquier autor del canon clásico acaba pareciéndose mucho a una intervención cabalística que intenta encontrar sentidos ocultos en textos sobreinterpretados que probablemente no dan ya más de sí tras miles y miles de lecturas exhaustivas. Este libro, desde luego, no es una excepción. Pero he intentado al menos hacerme cargo de ese callejón sin salida proponiendo interpretaciones que abran el marxismo a miradas teóricas y políticas poco frecuentadas en nuestro campo.

El primer capítulo es una defensa amplia de la actualidad de Marx, tanto teórica como política, y un análisis somero de ciertas limitaciones de su enfoque. Los tres capítulos siguientes, que componen la primera sección, están centrados en algunos problemas filosóficos del marxismo y su relación con las ciencias sociales y las teorías éticas. El capítulo 2 tiene que ver con la ontología social de Marx, el capítulo 3 aborda el papel de la ética en el marxismo y el cuarto se centra en un tipo de explicación habitual entre los herederos de Marx, que ha sido muy criticada, y cuyas fortalezas y debilidades me parece importante evaluar, pues tiene repercusiones para el conjunto de las ciencias humanas. En última instancia los tres capítulos de esta sección están unidos por una reivindicación de lo que podríamos denominar un «marxismo inferencial» ligado, a su vez, a la epistemología general de las ciencias sociales que he defendido en otros lugares.

La segunda sección, en cambio, propone aproximaciones libres –y tal vez un poco más ágiles– a teorías y autores que, a mi juicio y por distintos motivos, han tenido un papel disruptor en la tradición marxista: son mediadores que iluminan usos de la obra de Marx diferentes a los que surgen de las lecturas más pegadas al corpus marxiano. Los dos primeros capítulos, centrados en las ideas de Antonio Gramsci y Karl Polanyi, abordan las consecuencias para el pensamiento contemporáneo de la convergencia de los paradigmas materialista y hermenéutico a principios del siglo XX. Pienso que se trata de una de las herencias más vivas del marxismo y con más repercusiones en el campo tanto de la teoría como de la práctica política. El tercer capítulo de esta segunda sección se acerca a la polémica entre E. P. Thompson y Louis Althusser, introduciendo como mediador a Manuel Sacristán, para reivindicar una perspectiva praxeológica como un marco prometedor para un marxismo capaz de estar a la altura del estado de las ciencias sociales contemporáneas.

El epílogo apunta a la resurrección de algunas polémicas (y algunos errores) del marxismo clásico en el contexto de las guerras climáticas contemporáneas. He intentado subrayar no solo los posibles aportes de la herencia de Marx al ecologismo político sino, sobre todo, la necesidad de aprender de los caminos cegados que el marxismo intentó recorrer en el pasado para tratar de evitarlos en nuestra lucha contra la crisis ecosocial: una batalla en la que no tenemos margen de error y nos lo jugamos todo.

1. A la sombra de Marx

En marzo de 2021, el Ever Given, uno de los portacontenedores más grandes del mundo, encalló en el Canal de Suez a causa de los fuertes vientos y de una concatenación de errores técnicos, y bloqueó completamente el tráfico marítimo en la zona. El incidente duró apenas unos días, pero produjo graves turbulencias económicas: hasta el 12% del comercio mundial y el 30% del comercio marítimo pasa a través del Canal de Suez. Inevitablemente, el accidente dio pie a una avalancha de chistes y memes. Uno de los más celebrados fue la réplica al mensaje de un usuario de la red social Twitter (hoy llamada X) que escribió «Karl Marx no tuvo en cuenta que un puto barco gigante podía frenar el capitalismo en seco». La respuesta, que se hizo viral, fue una supuesta cita de Marx: «Si el tiempo de circulación de mercancías se extiende por alguna razón (por ejemplo, el Canal de Suez queda bloqueado), entonces será necesario obtener capital adicional». En realidad, la frase procedía del segundo volumen de la Guía de El Capital de Marx, de David Harvey (2018), que escogió el ejemplo, eso sí, porque en el Libro III de El Capital Marx habla del Canal de Suez y también de los efectos catastróficos que tendría una interrupción de la circulación global de mercancías. Es, en cualquier caso, una buena muestra de cómo el marxismo ha retornado a nuestras vidas, a veces de formas ambiguas o extravagantes.

Ha sido, sobre todo, un regreso inesperado. Durante los años salvajes de la globalización neoliberal, la herencia de Marx no pasaba por un momento particularmente dulce. Margaret Thatcher lo resumió con su proverbial acidez: «Marks and Spencer han derrotado a Marx and Engels», dijo. Y tenía razón. Incluso entre los críticos del sistema capitalista, la sociedad de mercado parecía un horizonte histórico irrebasable frente al que solo cabía aspirar a un embridamiento pluralista, multicultural y redistribuidor de la globalización. El famoso texto de 1989 Francis Fukuyama (2015) sobre el fin de la historia fue recibido muy despectivamente por la intelligentsia marxista. Pero lo cierto es que, como señaló Perry Anderson (1996) con honestidad y agudeza, Fukuyama supo captar bien el Zeitgeist postmoderno. A principios del siglo XXI, Jacques Attali (2007) comenzaba su biografía de Marx casi pidiendo perdón por dedicar un libro a un pensador al que «casi nadie estudia» y es considerado «responsable de algunos de los mayores crímenes de la Historia».

La crisis económica de 2008 cambió las tornas impulsando un espectacular efecto rebote en la recepción del marxismo. En la Feria del Libro de Madrid de 2012, tal vez a rebufo de las movilizaciones del 15M, el libro más vendido fue una edición ilustrada del Manifiesto comunista. Se llegó a publicar una versión manga de El Capital. Las clases de David Harvey sobre esa obra acumularon cientos de miles de visualizaciones en Youtube. Como colofón, en 2018 se estrenó en los cines de medio mundo una película de gran presupuesto dirigida por Raoul Peck y titulada El joven Marx.

En general, la película de Peck está muy bien resuelta. Tiene alguna escena ridícula, como esa en la que se escucha una especie de música bélica mientras Marx lee tranquilamente (como si en vez de estar tomando notas para Miseria de la filosofía se estuviera preparando para una misión de comando). Pero también logra plantear cuestiones teóricas de largo alcance con mucha naturalidad. Por encima de todo, ofrece la mejor interpretación que conozco de la famosa undécima tesis sobre Feuerbach: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo». Es un lema irritante, al borde de la literatura motivacional, que en la película, muy verosímilmente, Marx pronuncia completamente borracho.

Lo más memorable de El joven Marx es que consigue mostrar con mucha fidelidad lo doméstica y extemporánea que resultó la intervención de Marx y Engels, y lo improbables que fueron sus efectos. El proletariado al que interpelaban no existía, como tampoco el partido cuyo manifiesto escribieron. Se dirigían a minúsculas agrupaciones de trabajadores que se sentían mucho más cercanos al lenguaje religioso de Wilhelm Weitling que a la gran teoría alemana. La película muestra a Proudhon o a los líderes unionistas como políticos hábiles y prudentes, mientras Marx y Engels irrumpían en los movimientos políticos como elefantes en una cacharrería. Y esa es justamente la épica que alimenta el film de Peck. El milagro de que dos jovencísimos pequeñoburgueses con un contacto remoto con las condiciones de vida y las organizaciones de trabajadores consiguieran poner en marcha un movimiento que desbordó completamente la política antagonista de su tiempo y ha inspirado las ambiciones emancipadoras de millones de personas de todo el mundo a lo largo de siglo y medio.

La intervención de Marx fue intempestiva desde el primer momento. Esa sensación que tenemos hoy de que la teoría marxista resulta demasiado antigua y al mismo tiempo desesperadamente contemporánea guarda relación con una tensión que ha contaminado, para bien y para mal, su recepción a lo largo del último siglo y medio. Incluso la mera fijación filológica de la obra de Marx ha estado violentamente sometida a las tormentas de la historia reciente. De hecho, la edición crítica y completa de sus textos en alemán aún está en curso. El Instituto Marx-Engels de Moscú inició el trabajo en 1922, pero Stalin lo paralizó y fusiló a su director. Hubo que esperar a mediados de los años setenta para que en la República Democrática Alemana comenzara un ambicioso proyecto de edición rigurosa de los textos originales de Marx. La implosión del bloque socialista volvió a interrumpir el proceso de publicación, que se reanudó a finales de los años noventa gracias al esfuerzo coordinado de institutos de investigación de Alemania, Holanda y Rusia.

Hay cierta justicia poética en esta recepción tan agitada. La obra de Marx está dirigida a diagnosticar los problemas de la modernidad capitalista y a evaluar la existencia de alternativas emancipadoras realistas. Las violentas luchas políticas que han sacudido la sociedad capitalista desde sus orígenes han afectado al modo en que leemos a Marx y al peso que atribuimos a sus análisis. De hecho, el retorno contemporáneo de Marx es, en el fondo, la revancha del siglo XX. Problemas que imaginábamos superados, como la lucha de clases, han resucitado con fuerza renovada. En Una introducción a Karl Marx, Jon Elster (1991) propone precisamente una aproximación comprensiva a la doctrina marxista articulada en torno a los grandes conflictos históricos que Marx identificó en el capitalismo. Tres contradicciones tanto éticas y políticas como materiales: la alienación, la ineficacia y la explotación. Es una buena guía para evaluar tanto las utilidades contemporáneas de la herencia de Marx como las lagunas que deja su doctrina en la comprensión de nuestra realidad social.

ALIENACIÓN

La principal preocupación crítica del joven Marx, como buen hegeliano, tenía que ver con la alienación, un concepto de origen religioso al que el idealismo alemán dotó de fuertes connotaciones socioculturales. Porque, aunque «alienación» es un término filosófico en realidad describe una experiencia familiar y seguramente imposible de extirpar completamente de nuestras vidas. La alienación es esa sensación de vaciamiento, de «desconectar», de actuar automáticamente que tenemos, por ejemplo, al realizar tareas repetitivas o que nos resultan carentes de sentido. Son esas situaciones que consideramos que no nos definen, que nunca nos vendrían a la cabeza si nos preguntaran «¿quién y cómo eres realmente?». A menudo sentimos como si algún otro las hiciera en vez de nosotros: memorizar una lección sin ningún interés, una reunión social superficial, la disciplina militar… o trabajar en una cadena de montaje. Algunos autores místicos pensaron que esa sensación de extrañamiento, de despersonalización era muy fructífera en términos religiosos y nos acercaba a Dios. En cambio, tras el romanticismo adquirió un tono lúgubre pues, como buenos herederos de Goethe, somos incapaces de renunciar a la intensificación de la experiencia como ideal vital.

Marx se dio cuenta de que en la modernidad capitalista era habitual un tipo de alienación que no era solo un fenómeno psicológico individual sino que tenía raíces estructurales en el salariado y la división del trabajo. Las ciencias cognitivas contemporáneas han proporcionado un amplio sustento a esa tesis. Hacer un trabajo con sentido en el que controlamos todo el proceso de producción es una fuente de satisfacción personal y proporciona una sensación de realización –eso que a veces se ha denominado «estado de flujo»– inimaginable en las tareas mecanizadas y fragmentarias.

Marx aspiraba a encontrar una organización política que permitiera a una sociedad industrial, ilustrada y próspera superar las formas de enajenación características del salariado de un modo no nostálgico, a través de la autorrealización basada en la acción democrática en común. No fue nada concreto respecto a los detalles de este proyecto y cabe pensar que hay una copertenencia entre la sociedad industrial y la alienación que no es sencilla de cuestionar sin plantear algunos cambios muy profundos en nuestras formas de vida, en nuestra experiencia de la historicidad. Precisamente para algunos intérpretes contemporáneos cercanos a la llamada «nueva crítica del valor», como Robert Kurz (20021) o Anselm Jappe (2016), aunque el análisis de la alienación tiene una presencia relativamente marginal en la obra madura de Marx, es el eje que debe guiar su interpretación, en la medida en que convierte el anticapitalismo de Marx en una crítica antropológica de la modernidad capitalista.

No obstante, las cosas son aún más complicadas, pues desde los años setenta la crítica de la alienación se ha ido convirtiendo en un elemento irremplazable de la ideología capitalista contemporánea. Las estrategias gerenciales han experimentado una profunda transformación en los últimos cincuenta años. Han dejado de exaltar exclusivamente el esfuerzo laboral como base de la seguridad vital y la inclusión social para dulcificar la precarización radical a través de la retórica de la reinvención permanente. Son ese tipo de dinámicas las que Michel Foucault (2009) diagnosticó tempranamente con el lema del «empresario de sí» y que han permitido al capitalismo superar la contradicción entre los discursos laborales marcados por la responsabilidad y el ascetismo de origen calvinista y el hedonismo consumista. De hecho, en la época del neoliberalismo se han producido afinidades monstruosas entre los partidarios de la mercantilización y un conjunto de discursos críticos que habían circulado en espacios contraculturales y antagonistas, como señalaron Luc Boltanski y Éve Chiapello en El nuevo espíritu del capitalismo.

Las estrategias contemporáneas de management rechazan ferozmente el modo en que el capitalismo corporativo típico de la postguerra limitaba la creatividad y abogan por formas de empresariado supuestamente antiburocráticas. Laval y Dardot (2013, p. 333) sugieren que, en el fondo, se trata de una forma de ultraalienación: «Las nuevas técnicas de la “empresa de sí” alcanzan, sin duda, el colmo de la alienación al pretender suprimir todo sentimiento de alienación: obedecer al propio deseo y al Otro que habla en voz baja dentro de uno mismo, todo es lo mismo». Tal vez sea así, pero lo cierto es que el management expresivo postmoderno supone un fuerte desafío para las críticas tradicionales de la alienación. ¿Cuál es el antídoto contra la exaltación mercantil de la creatividad? ¿Una enajenación «moderada»? ¿Un retorno neoconservador a las virtudes de la modestia?

INEFICACIA

Como ocurre hoy con la tecnología digital, muy pocos observadores del siglo XIX se resistieron a admirar el dinamismo del sistema industrial. Por eso el Manifiesto comunista es, en buena medida, también el manifiesto de la burguesía, un elogio apasionado de la capacidad del capitalismo para poner en marcha una descomunal máquina de transformación histórica que solo se puede comparar con la revolución neolítica. Marx y Engels (1848) intentaban ser despiadados e irónicos pero les pudo el entusiasmo: «En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo… ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?»

Un problema central del capitalismo, desde el punto de vista de Marx, es la ineficacia, en el sentido de que su organización social –o más bien, su ausencia de ella– nos impide aprovechar las posibilidades históricas que ha sacado a la luz. Un sistema cuyo motor colectivo es el lucro individual está abocado a un brutal despilfarro de recursos y esfuerzos. La ausencia de coordinación política impediría un uso racional de las fuerzas productivas, de forma que lo que intuitivamente deberían ser soluciones –una fuente de prosperidad y bienestar– se convierten regularmente en cataclismos económicos. La expresión sistémica de esos desajustes son las crisis de acumulación, cuando las irracionalidades agregadas colapsan: «En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmada, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo» (Marx y Engels, 1848)

Un asunto más peliagudo es cómo interpretar políticamente esas limitaciones del capitalismo. En primer lugar, la crítica de Marx no implica necesariamente que exista una alternativa mejor. Tal vez el capitalismo sea ineficaz pero los seres humanos no seamos capaces, por razones cognitivas profundas, de una organización social industrial, masiva y compleja mejor que la sociedad de mercado. Esa es la tesis, tan inquietante como lúcida, de Hayek (1990). En segundo lugar, la indefinición institucional de Marx, su renuencia a pronunciarse por un diseño de sociedad postcapitalista dio lugar, ya en el siglo XIX, a una profunda división entre sus herederos.

La tendencia más optimista planteó que el hiperdesarrollo tecnológico del capitalismo estaría sembrando las semillas tanto de su propio colapso como de una sociedad futura que aprovecharía ese brutal despliegue de conocimiento y potencia productiva para fomentar la autorrealización y la solidaridad. Es una corriente que en la actualidad ha sido recuperada por el aceleracionismo, una doctrina filotecnológica que hunde sus raíces en la crítica antiinstitucional radical de los años setenta. Así, Deleuze y Guattari (1985, p. 247) pensaban que el postcapitalismo sería, en realidad, un capitalismo aumentado, liberado de sus propias barreras: «Pero, ¿qué vía revolucionaria, hay alguna? ¿Retirarse del mercado mundial como aconseja Samir Amin (…)? ¿O bien ir en sentido contrario? Es decir, ir aún más lejos en el movimiento del mercado, de la descodificación y de la desterritorialización. Pues tal vez los flujos no están aún bastante desterritorializados, bastante descodificados, desde el punto de una teoría y una práctica de los flujos de alto nivel esquizofrénico. No retirarse del proceso, sino ir más lejos; “acelerar el proceso”, como decía Nietzsche: en verdad, en esta materia todavía no hemos visto nada».

En el campo contrario, ya en el siglo XIX, algunos autores marxistas, como William Morris (2016), alertaron de que el capitalismo no era solo un sistema productivo sino un modo de vida y una cultura muy limitada políticamente: los movimientos emancipatorios no podían esperar gran cosa de la generalización de los valores de clase media. Desde otra perspectiva, los teóricos del imperialismo llegaron a una conclusión similar al plantear que, en realidad, las teorías catastrofistas concedían demasiado al capitalismo al entenderlo como un sistema preñado de positividad. En realidad, el desarrollo del capitalismo histórico a lo largo del siglo XIX estableció los cimientos de una dinámica social profundamente nihilista que se aceleró a medida que se fue integrando la competencia geopolítica entre los Estados y la competencia económica entre las empresas. En palabras de Alex Callinicos (2004, p. 166): «Por un lado, la creciente industrialización de la guerra suponía que las grandes potencias no podían seguir manteniendo su posición sin desarrollar una base económica capitalista; por otro, la aceleración de la concentración de capital provocó que las rivalidades económicas entre empresas traspasasen las fronteras nacionales y se convirtieran en contiendas geopolíticas en las que los combatientes reclamaban el apoyo de sus respectivos países».