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"Cómo se desmonta un discurso cultural construido a lo largo de siglos, a través de unas prácticas artísticas que ponen de manifiesto la complejidad y los problemas del ámbito mediterráneo Históricamente el Mediterráneo ha sido un espacio de entendimiento y confrontación donde Occidente y Oriente han participado en proyectos comunes y se han enfrentado política y militarmente. Sin embargo, desde el siglo XVIII las potencias occidentales han conseguido una hegemonía económica, política y cultural que les ha permitido tener un trato de dominio colonial sobre el conjunto de países árabes o musulmanes. Escapar del punto de vista mayoritario, romper con las creencias hegemónicas e intentar construir un discurso propio que dote de personalidad e identidad a un país o a una cultura es una tarea ardua y costosa. Los países árabes han visto secuestrada su voz y su manera de ver el mundo por una concepción generalista e igualatoria que tiende a negar las diferencias, olvidar la pluralidad de voces o sentimientos, y llevarnos a una historia única e indiscutible, a la sombra de Occidente. Este libro tiene un doble objetivo: por un lado, entender cómo se ha ido construyendo un discurso cultural e ideológico colonial en el que ha primado el desinterés y el menosprecio por aquello que no se conoce o se teme; por otro, dar a conocer el conjunto de proyectos, experiencias y discursos poscoloniales que muy diferentes creadores (desde las dos orillas) van elaborando y que nos dan una visión mucho más amplia y compleja de un área geográfica tan importante como es el Mediterráneo."
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Seitenzahl: 404
Veröffentlichungsjahr: 2022
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AKAL
ARTE CONTEMPORÁNEO 42
DIRECTORA
Anna Maria Guasch
Maqueta de portada: Sergio Ramírez
Diseño cubierta: RAG
Imagen de cubierta: Nacho Carbó, Tánger, 2010. Fotografía, 25,5 × 34,5 cm. Reproducida por cortesía del artista.
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
Nota a la edición digital:
Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original..
© José Miguel G. Cortés, 2022
© Ediciones Akal, S. A., 2022
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
facebook.com/EdicionesAkal
@AkalEditor
ISBN: 978-84-460-5245-6
José Miguel G. Cortés
A la sombra de Occidente
Identidad y colonialismo en el Mediterráneo
Históricamente el Mediterráneo ha sido un espacio de entendimiento y confrontación donde Occidente y Oriente han participado en proyectos comunes y se han enfrentado política y militarmente. Sin embargo, desde el siglo xviii las potencias occidentales han conseguido una hegemonía económica, política y cultural que les ha permitido tener un trato de dominio colonial sobre el conjunto de países árabes o musulmanes.
Escapar del punto de vista mayoritario, romper con las creencias hegemónicas e intentar construir un discurso propio que dote de personalidad e identidad a un país o a una cultura es una tarea ardua y costosa. Los países árabes han visto secuestrada su voz y su manera de ver el mundo por una concepción generalista e igualatoria que tiende a negar las diferencias, olvidar la pluralidad de voces o sentimientos, y llevarnos a una historia única e indiscutible, a la sombra de Occidente.
Este libro tiene un doble objetivo: por un lado, entender cómo se ha ido construyendo un discurso cultural e ideológico colonial en el que ha primado el desinterés y el menosprecio por aquello que no se conoce o se teme; por otro, dar a conocer el conjunto de proyectos, experiencias y discursos poscoloniales que muy diferentes creadores (desde las dos orillas) van elaborando y que nos dan una visión mucho más amplia y compleja de un área geográfica tan importante como es el Mediterráneo.
José Miguel G. Cortés, doctor en Filosofía, es profesor titular de Teoría del Arte en la Facultad de Bellas Artes de Valencia desde 1991. Ha sido director del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) entre septiembre de 2014 y septiembre de 2020. Entre sus libros cabe destacar Orden y caos. Un estudio cultural sobre lo monstruoso en el Arte (1997), Políticas del espacio. Arquitectura, género y control social (2006) y Otras ciudades posibles (2012). En Ediciones Akal ha publicado La Ciudad Cautiva. Control y vigilancia en el espacio urbano (2010).
Ha comisariado numerosas exposiciones, entre las que destacan «Entre el mito y el espanto: el Mediterráneo como conflicto», «Micropolíticas. Arte y cotidianidad 2001-1968», «Malas calles», «Cartografías disidentes», «Contra la Arquitectura: la necesidad de (re)construir la ciudad» o «Héroes caídos: masculinidad y representación», además de las dedicadas a artistas como Mona Hatoum, Joana Hadjithomas & Khalil Joreige, Gülsün Karamustafa, Zineb Sedira, Jeff Wall, Pepe Espaliú, Annette Messager, Gilbert & George o Christian Boltanski.
A Nacho
Prólogo
Estaba deseoso de levantar el velo sobre esta historia de la que no se habla y de decir que existe una historia camuflada, escondida, que debe ser conocida. Muchos acontecimientos debían salir de la sombra, muchos hechos debían ser relatados.
Adonis[1]
A lo largo de la historia, el Mediterráneo ha sido, simultáneamente, un espacio de entendimiento y de enfrentamiento donde Occidente y Oriente tanto han participado en proyectos comunes como se han enfrentado política y militarmente. Sin embargo, desde el siglo xviii las potencias occidentales han conseguido una hegemonía económica, política y cultural que les ha permitido tener un trato de dominio colonial sobre el conjunto de países árabes. De hecho, la(s) historia(s) acerca de los países del sur del mar Mediterráneo han sido, desde hace siglos, historias contadas desde un punto de vista occidental, donde los planteamientos y los puntos de vista de los propios habitantes de estos países han sido demasiado a menudo silenciados y/o negados. Este libro trata de dar la voz a un conjunto de creadores, fundamentalmente artistas y escritores, que han hecho de la posibilidad de narrar historias, esas «otras historias» que generalmente han sido silenciadas, el objetivo central de su quehacer artístico. Así, y desde un punto de vista interdisciplinar y no exactamente cronológico, se vinculan y relacionan las obras plásticas con la literatura, la historia, el cine o los estudios culturales.
De hecho, la razón principal de este libro es el deseo de escuchar otras voces más allá de las ya oídas en múltiples y repetidas ocasiones. Estoy convencido de que en los últimos siglos el Mediterráneo ha vivido a la sombra de Occidente, una sociedad que ha impuesto su manera de construir y entender la historia. Creo que ya es tiempo de intentar ver los acontecimientos históricos desde la otra orilla, de no tratar de sustituir sus palabras por las nuestras, de no imponer nuestra lengua, de no desear que se acomoden los otros a nuestros puntos de vista, a nuestra manera de entender la cultura y la vida. Ya ha pasado el momento en el que Occidente entendía su sensibilidad y su verdad como las únicas posibles. Se trata, pues, de explorar la posibilidad de acceder a otras metodologías, ideas, objetivos, experiencias y prácticas de conocimiento acerca del arte y la cultura en el Mediterráneo, entendiendo este como un lugar de entendimiento de palabras y memorias creadas entre sus orillas, como un espacio de encuentro de las ruinas históricas con los desafíos futuros.
Escapar del punto de vista mayoritario, romper con las creencias hegemónicas e intentar construir un discurso propio que dote de personalidad e identidad a un país o a una cultura es sin duda una tarea ardua y costosa. Crear un pensamiento propio pasa, en primer lugar, por desarraigarse de la cultura dominante. Los países árabes han visto secuestradas su voz y su manera de ver el mundo por una concepción generalista e igualatoria que tiende a negar las diferencias, olvidar la pluralidad de voces o sentimientos, y llevarnos a una historia única e indiscutible, bajo el dominio de Occidente. Estamos demasiado acostumbrados a que la historia la escriban los vencedores. Sin embargo, hay muchos artistas, intelectuales y escritores, hombres y mujeres, que están restituyendo en su lugar a todas aquellas personas que fueron silenciadas o exterminadas, que están recordando los nombres de los desaparecidos y dando voz a los que les fue negada. Como escribe el poeta sirio Adonis, «hace falta una revolución interior en nombre de la libertad, por la libertad, por el pensamiento y el diálogo democrático con el otro. Hay que aceptar al otro en su diferencia»[2]. Por esa razón, este libro tiene un doble objetivo: por un lado, entender cómo se ha ido construyendo un discurso cultural e ideológico colonial en el que han primado el desinterés y el menosprecio por aquello que no se conoce o se teme; por otro, dar a conocer un conjunto de proyectos, experiencias y discursos poscoloniales que muy diferentes creadores van elaborando y nos dan una visión mucho más amplia y compleja de un área geográfica tan fascinante como es el Mediterráneo.
Por tanto, el objetivo de estas páginas es el de acercarse, de una manera abierta y sin prejuicios, a la creación artística de un área geográfica tan significativa como es la del mar Mediterráneo, un área amplia en la que convergen muy diferentes países con realidades sociales, cultos religiosos, situaciones económicas, actitudes vitales y modos de representación muy diversos; una complejidad epistemológica que nos exige estar especialmente atentos para evitar caer en ningún tipo de reduccionismo o uniformización. Para evitarlo, he intentado mostrar muy diferentes propuestas de muy distintos orígenes que nos evidencien la riqueza cultural y artística del Mediterráneo. Mi propósito era acercarme, fuera de cualquier cliché o visión preconcebida, a la cultura creada en una zona específica que guarda miles de contactos y relaciones comunes, al tiempo que una extraordinaria diversidad, para tratar de comprender cómo se ha ido gestando y en qué medida hay elementos comunes que nos acercan y otros que nos alejan. Los artistas y escritores de los que aquí se habla proceden de países europeos, africanos y mediterráneos; son cristianos, musulmanes y judíos; unos viven en sus países de origen, otros en países occidentales y algunos entre las dos regiones, todo lo cual crea una importante fragmentación cultural. Aquí he intentado hablar de creadores individuales que, aunque comparten muchos aspectos con otros, se caracterizan por su personalidad, por superar el contexto estricto en el que viven, sin desprenderse de su identidad social y personal para confrontarse con un tiempo y un espacio más genérico traspasando las fronteras físicas y los tabúes culturales.
La estructura del libro se compone de una breve introducción, titulada «(Re)Imaginar el Mediterráneo», que de algún modo es ya una declaración de intenciones, y de tres partes independientes pero complementarias que, siguiendo un cierto orden cronológico, se centran en aspectos de carácter temático y conceptual. En la introducción, el elemento central de debate gira en torno a la posibilidad, y sus probables consecuencias, de que los diferentes países que confluyen en el Mediterráneo puedan compartir, o no, una identidad más o menos común. Para ello, me he alejado de visiones idealizadas y miradas melancólicas; más bien al contrario, he tratado de contextualizar la situación del Mediterráneo en cada uno de los momentos históricos que el libro analiza, teniendo muy en cuenta que este mar es un espacio de tránsito, de intercambio, de viajes, de migraciones y odiseas. El mar Mediterráneo siempre ha sido un campo de batalla y, simultáneamente, un lugar de intercambio y encuentro. Este mar múltiple y plural en sus acuerdos y desavenencias consigue que nos preguntemos constantemente: ¿de verdad pensamos que, más allá de una cierta vecindad histórica, geográfica y cultural compartida, existe el Mediterráneo? Una pregunta que nunca se acaba de aclarar del todo. Por ello me parece tan necesario y oportuno volver a pensar, a (re)imaginar nuevamente –a la luz de las aportaciones más heterogéneas– el Mediterráneo. Con este objetivo se analiza la obra de los escritores Abdelá Taia y Rafael Chirbes, y de la artista Mona Hatoum, que con sus obras nos animan a plantearnos unas maneras de ver y entender la realidad sociopolítica del Mediterráneo con unos planteamientos más abiertos y complejos de lo que se hace habitualmente.
La primera parte del libro, con el título de «Conflictos antiguos, heridas presentes», se estructura a través de tres capítulos que nos hablan de cómo desde la Edad Media, durante los siglos xi-xiii, hasta la época del colonialismo, entre los siglos xviii y xx, ha existido, por parte de Occidente, una actitud de minusvaloración del mundo árabe y sus culturas y tradiciones; un proceso que nos lleva desde el fanatismo religioso de las cruzadas hasta el colonialismo, plagado tanto de violencia y guerras como de incomprensión y temores, cuando no de expolios de su riqueza cultural y sus obras de arte más significativas. Las relaciones entre Occidente y Oriente nunca han sido fáciles y a menudo han estado basadas en la creencia occidental de sentirse cultural, económica, social y políticamente superior. Evidentemente, esta actitud ha condicionado profundamente todo tipo de vinculaciones. Así, en el primer capítulo analizo y entrelazo las expediciones de las cruzadas medievales con el contrapunto de la obra del artista egipcio Wael Shawky y sus instalaciones que nos narran la visión de aquellas pero desde el punto de vista de los árabes. En el segundo capítulo, nos aproximamos a la batalla de Lepanto y la creación del mito cristiano sobre su superioridad militar, complementándolo con la serie de pinturas realizadas por el artista Cy Twombly inspirada en esa misma batalla pero que sitúa el acento en las escenas dantescas donde triunfan la muerte y el horror para todos por igual. Finalmente, en el tercer capítulo tenemos una visión más amplia de las expediciones científicas y culturales hacia los países árabes, ya que la mayor parte de estas se saldaban con el robo y la apropiación de las mejores obras de su historia para nutrir la creación de los grandes museos nacionales en París, Londres o Berlín. En este sentido, las aportaciones realizadas por los artistas Rayyane Tabet y Kader Attia son altamente significativas para llegar a entender cómo se fue gestando este proceso y cómo todavía hoy se intenta justificar.
La segunda parte, denominada «Del tutelaje colonial a la independencia», también está estructurada en tres capítulos y se centra en ver cómo la actitud europea se fue transformado en dos siglos cruciales, el xviii y el xix. Así, de una actitud casi reverencial hacia la seducción y la admiración ejercidas por la tradición cultural de la Antigüedad, pasando por la construcción imaginaria e idealista de un Oriente soñado y mitificado que nunca existió, pero que fue muy útil para definirlo como primitivo, atrasado y radicalmente inferior, se llega a la ocupación de los diferentes países árabes por las tropas, básicamente francesas e inglesas, y la imposición de una dominación económica, cultural y política que los anulaba. En el primer capítulo veremos cómo las teorías de Johann Joachim Winckelmann y el famoso libro de Johann W. Goethe donde narra su viaje a Italia, sentaron las bases del Grand Tour que cualquier europeo de buena posición debía hacer por algunos países del Mediterráneo. Más tarde, las novelas de Edward Morgan Forster o Thomas Mann y las fotografías de Wilhelm von Gloeden o Herbert List ayudaron a conformar el mito de la buena vida y la libertad personal y sexual a orillas del Mediterráneo. En el segundo capítulo entenderemos, de la mano de Edward W. Said, la importancia del término Orientalismo o de la invención del mismo concepto de Oriente –como un todo sin distinción de países y culturas– para asentar mejor la exclusión y el sometimiento. Igualmente, las aportaciones de los escritores Juan Goytisolo o Mathias Enard y de los artistas Gülsün Karamustafa o Rogelio López Cuenca nos ayudan a descolonizar las imágenes y los discursos para construir nuevas cartografías. Ya en el último capítulo de esta segunda parte, y gracias a los textos de, por ejemplo, Frantz Fanon y Jean-Paul Sartre, a las novelas de Albert Camus, Kamel Daoud o Boualem Sansal, a las películas de René Vautier o Gillo Pontecorvo, y a las obras de la artista Zineb Sedira, entenderemos mucho mejor el largo y doloroso camino que Argelia tuvo que recorrer para conseguir su independencia política, recuperar su memoria y asumir el control de su propio futuro, lo cual evidencia la necesidad de escribir la historia de los países colonizados al margen de la historia impuesta por la metrópoli.
La tercera parte del libro, titulada «Más allá de las fronteras. De violencias y desarraigos», se organiza en torno a dos grandes capítulos. Este último apartado tiene como objetivo llamar la atención sobre dos de las preocupaciones centrales que, en la actualidad, tiene planteadas la coexistencia en el Mediterráneo: una, la continua violencia y los enfrentamientos militares que en él se producen, junto a la ocupación colonial israelí de los territorios palestinos; dos, la cruenta situación paradójica que se ha creado en el Mediterráneo: migración, penurias y muerte para la mayoría de los habitantes de los países del sur, y turismo vacacional o playas multitudinarias para los europeos. En el primer capítulo, la violencia y la ocupación israelí las analizamos a través de diferentes acercamientos, como los textos de Jean Genet y su implicación con la causa palestina, las comprometidas y contundentes fotografías o proyectos de los artistas Ahlam Shibli, Taysir Batniji, Akram Zaatari o Joana Hadjithomas & Khalil Joreige, las investigaciones sobre el uso de la arquitectura al servicio de la guerra de Eyal Weizman y el grupo Forensic Architecture, o las novelas de Yasmina Khadra acerca del extremismo islamista y los atentados terroristas. Todo ello nos permite tener una visión más amplia de la complejidad de una situación marcada por diversos factores, como la invasión y el exterminio de un país, el trauma de una guerra permanente y las situaciones de extrema violencia o el odio larvado a través de décadas entre diferentes países, religiones y etnias. En el segundo capítulo, los textos de Françoise Vergès, las novelas de Tahar Ben Jelloun y las obras de las artistas Yto Barrada, Ursula Biemann o Bouchra Khalili nos permiten adentrarnos en los sueños y quimeras, en los sufrimientos y humillaciones, de todos aquellos que desean partir hacia el norte. El profundo deseo de salir para buscar una vida mejor o huir de la represión se mezcla, a medida que pasa el tiempo, con el sentimiento de pérdida y el extrañamiento de vivir en un país que impide constantemente que sea el tuyo. Asimismo, comprobamos cómo en el norte del Mediterráneo también existe la marginación y el racismo (tal como las obras de Adrian Paci o Mathieu Pernot nos muestran) hacia minorías que son europeas. Si a todo ello se le une el proceso de modificación del litoral mediterráneo por los intereses económicos de las empresas constructoras y turísticas, o la creciente homogenización y uniformización cultural que supone la avalancha del turismo de masas, tendremos una fotografía de conjunto bastante cercana a las problemáticas que conforman, hoy día, esa zona geográfica conocida como el Mediterráneo.
Como se ve, en el texto aparece un importante número de creaciones muy diversas que vienen a construir un mundo variado de ideas, experiencias e imaginarios de una zona geográfica especialmente problemática en el último siglo, una zona en la que se producen muy diferentes y plurales voces de una gran riqueza literaria y artística. El libro traza un recorrido, con intensas relaciones y vinculaciones, que comprende desde la época de las cruzadas hasta la contemporaneidad y que nos permite cuestionarnos acerca de la identidad y el dominio colonial en esta parte del mundo. Este libro es un intento por construir una lectura poscolonial que nos ayude a comprender mejor la riqueza y la multiplicidad de posibilidades culturales que encierran estos diferentes países que baña el mar Mediterráneo.
[1] Adonis, Violencia e islam, Barcelona, Ariel, 2016, p. 154.
[2]Ibid., p. 97.
Introducción. (Re)Imaginar el Mediterráneo
El Este es el Este y el Oeste el Oeste, y nunca los dos se encontrarán.
Rudyard Kipling[1]
Yo no soy occidental, pero tampoco exactamente oriental.
Gülsün Karamustafa[2]
¿Cómo imaginar la importancia política y cultural de un mar que es mucho más que un mar? ¿De qué modo pensar acerca de los elementos comunes de tantos países tan próximos y, a la vez, tan distantes? Lenguas, religiones y formas de vida, que a menudo parecen semejantes y otras veces irreconciliables, ayudan a construir sociedades históricamente ligadas por mil diferentes vinculaciones y que, sin embargo, para las personas más desfavorecidas son mundos completamente distintos. A veces me pregunto si la idea del Mediterráneo, como entidad histórica y social, no es una invención de los países ricos del Norte que tiene mucho de ensoñación mítica de un pasado esplendoroso, junto a un presente lleno de desconfianza, marginación y oprobio hacia los pueblos del Sur. ¿En verdad tienen las gentes de Marruecos, Italia, Egipto, España, Palestina o Grecia una visión del Mediterráneo similar, o lo que para unos es una atractiva idea para otros no es más que una frontera casi inexpugnable?
Sea como fuere, es cierto que la importancia, en un sentido u otro, otorgada al mar Mediterráneo es una constante en todas las culturas nacidas y desarrolladas en torno suyo, su presencia ha sido y es determinante en la creación cultural y marca la vida de las personas que habitan próximas a él. El comercio, el desarrollo económico, las relaciones sociales y culturales, los intercambios y los viajes de placer han condicionado la historia de esta zona geográfica desde tiempos inmemoriales. En este último siglo, la cuestión no ha sido diferente y son muy numerosas las experiencias que, de un modo u otro, han documentado y recreado extensamente este espacio natural tan significativo desde todos los puntos de vista. Es cierto que hasta bien entrado el siglo xx predominó, en el mundo occidental, una visión sobre el Mediterráneo bastante amable, ligera y placentera de una zona entendida como el espacio en el que se podía plasmar una gran cantidad de sueños y deseos. Sin embargo, a partir de las últimas décadas del pasado siglo, la visión mayoritaria cambió significativamente, y de un lugar mítico donde –casi– todo era posible, se ha ido pasando a un espacio donde priman el temor, la incomprensión, la muerte y el espanto. Lo que antes era una zona de libre tránsito y encuentro, hoy es una frontera en la que los vecinos más cercanos no son bienvenidos.
Las diferentes orillas del Mediterráneo están lo bastante próximas como para facilitar los intensos contactos entre ellas, pero –a la vez– lo suficientemente lejanas como para permitir el desarrollo de sociedades bien distintas. Son todas ellas unas sociedades que reciben, al mismo tiempo, tanto el influjo de sus propios territorios del interior como la influencia de la otra orilla del mar, lo cual ocasiona, en algunos momentos, conflictos y situaciones un tanto contradictorios. De todas maneras, lo que parece evidente es que la estrecha relación entre sus distintas costas ha tenido siempre un efecto transformador de gran relevancia sobre estas sociedades; así, el Mediterráneo ha sido durante milenios una de las zonas geográficas más vigorosas de interacción entre pueblos diferentes y ha desempeñado un papel fundamental en el desarrollo de la civilización, que en cada época histórica ha tenido una plasmación bien distinta. Por ello, la historia del Mediterráneo es también la historia de sus ciudades portuarias[3]: Corinto, Atenas o Roma en la Antigüedad; Génova, Venecia o Barcelona en la Edad Media; Esmirna, Livorno o Estambul en la Edad Moderna; Tel Aviv, Beirut o Marsella en la contemporaneidad. Estas urbes, y muchas más, han actuado como vectores de la trasmisión de ideas sociales, políticas o religiosas, y todas poseían una identidad heterogénea que tan sólo perdieron a partir de la segunda mitad del siglo xx con el auge de los nacionalismos.
El gran historiador francés Fernand Braudel afirma que el Mediterráneo se debe entender como un espacio creado por los constantes movimientos y las diferentes vías de comunicación que se crean, y las relaciones comerciales económicas y humanas que se posibilitan. Según Braudel, el Mediterráneo lo construyen las rutas, rutas de tierra, de mar o fluviales, inmensa red de relaciones regulares y fortuitas, de distribución perenne de vida. De hecho, cuando a mediados del siglo xix apareció el barco de vapor –mucho más veloz y fiable que los de vela– y en 1869 se inauguró el Canal de Suez, el Mediterráneo se convirtió en el camino más rápido y seguro de conexión entre Oriente y Occidente. Todavía hoy, continúa siendo una de las áreas geográficas donde mayor es el número de conexiones entre las diferentes ciudades que lo pueblan, bien sea mediante transporte de mercancías, de pasajeros, buques turísticos, migrantes o, incluso, de datos a través de los cables submarinos que lo atraviesan. Sin embargo, tal como también podemos apreciar en el famoso libro de Braudel, existe el deseo o la tentación de intentar buscar una cierta identidad común mediterránea: «Lo importante es lo que esta red implica de conocimientos y de historia coherente, hasta qué punto el movimiento de los barcos, de los animales, de vehículos o de la misma gente construye el Mediterráneo como una unidad, desde un cierto punto de vista, uniforme a pesar de las resistencias locales»[4]. Esta segunda cuestión sería la más discutible y discutida. Tal es así que el también historiador David Abulafia, en su conocido libro El gran mar: una historia humana del Mediterráneo[5], no está muy de acuerdo con los planteamientos de Braudel e insiste en señalar, a través de los diferentes capítulos de su texto, que hay que prestar mayor atención a la enorme diversidad y riqueza, tanto lingüística como religiosa, étnica o política –sometidas a múltiples influencias externas–, de las que se nutren los pueblos, las ciudades y las islas que pueblan este mar, para comprender que la extensa e, incluso, íntima relación no conlleva en modo alguno ningún posible tipo de «unidad mediterránea».
Este libro que tienen entre sus manos nace, valorando las enormes aportaciones de Braudel, con unos criterios más próximos a las ideas de Abulafia y con la perspectiva de que lo que «es» o representa el Mediterráneo se ha ido construyendo a través y mediante el cúmulo de un sinfín de historias y leyendas que nos hacen «ser lo que somos», desde la Ilíada y la Odisea de Homero, Las metamorfosis de Ovidio o Las mil y una noches, de autor desconocido, hasta el inmenso cúmulo de aportaciones culturales contemporáneas de todo tipo que ayudan a conformar el rostro del Mediterráneo del siglo xxi. Se trata de un universo múltiple y diverso, de una polifonía de voces e imaginarios plásticos, de una historia –como no podría ser de otra manera– en mutación constante. Así, a la hora de escribir sobre este mar encerrado entre continentes he tratado de huir de conceptos mistificadores y ensoñaciones poéticas, he intentado tener una visión vinculada al contexto de cada momento histórico, una visión en movimiento para la cual el Mediterráneo es un territorio de intercambio y de permanencias, de simetrías y de odiseas, de migraciones y de estabilidades, de identidades y de trashumancias. Este mar entre tierras, este mar situado en el medio de diferentes países, siempre lo he considerado como uno y múltiple, centro y periferia, como el mar de nacimiento del mundo occidental y el lugar del exilio siempre recomenzado, como un mar en el que, generalmente, la orilla norte no reconoce a la sur.
Decían los artistas libaneses Joana Hadjithomas & Khalil Joreige, en una de sus obras más inquietantes, que «Beyrouth n’existe pas». Y lo decían porque entendían que la capital libanesa no posee una identidad acotada y esencialista, sino que nunca acaba de estar definida; vive, más bien, en un proceso de reconstrucción permanente producto de los miles de convergencias y resistencias que confluyen, a diario, en una gran metrópoli como esta. Pero, si esto es así para Beirut, ¿podemos hablar de una construcción identitaria colectiva para el conjunto de países y culturas que abocan al mar Mediterráneo? ¿En qué consistiría esa vaga y difuminada concepción de la mediterraneidad? ¿De qué forma pueden compartir identidad pueblos que viven su existencia cotidiana de un modo tan radicalmente distinto? ¿Qué pueden tener en común personas para las cuales el Mediterráneo es una frontera abisal con aquellos que lo usan como espacio de gozo y disfrute? Son preguntas difíciles de responder, pues vivimos situaciones complejas y tiempos convulsos donde la(s) identidad(es) no pueden ser más que problematizadas y puestas en cuestión. Al fin y al cabo, también es cierto, y de ahí la gran complejidad e interés del tema, que, cuando nos referimos al mar Mediterráneo, somos capaces de encontrar, en un cierto imaginario colectivo compartido, experiencias, climas, relaciones, paisajes, olores, formas de vida, organizaciones espaciales… que acercan a los pueblos del norte y del sur de ese mar en el que todas las personas que habitamos en sus orillas nos podemos ver reflejadas[6].
Por esa razón, tal vez podríamos hablar, si no de identidad común, sí de un cierto sentimiento de pertenencia, o de una identidad de «urgencia» si se quiere. Pues, a pesar de que en las últimas décadas las distancias entre las dos orillas se han ampliado y el Mediterráneo se ha convertido en frontera, límite o fosa común para miles de habitantes de los países del Sur, aún nos reconocemos cercanos en determinados gestos, actitudes, gustos o deseos. Quizá todavía estemos a tiempo de retomar unas relaciones basadas en la colaboración y la solidaridad entre iguales. Por ello, y aunque los momentos actuales no sean el mejor de los tiempos y muchos participemos de unas esperanzas ciertamente truncadas, no por eso podemos o debemos dejar de preguntarnos acerca de nuestra relación con el Mediterráneo y con los pueblos que lo rodean. De este modo, el cuestionarnos a nosotros mismos, el querer saber más de nuestros vecinos, el renunciar a un pasado colonial sobre los países del Sur, el evitar prejuicios acerca de las formas de vivir, de vestirse o de relacionarse de los otros, o el deseo de tratar de no imponer nuestros puntos de vista, tienen como objetivo fundamental la voluntad de conocer, construir y desarrollar nuevas narrativas que nos permitan intervenir en un contexto sociocultural diverso y contradictorio.
En este sentido, son muy reveladoras las dos últimas novelas del escritor marroquí Abdelá Taia (1973). En ellas, su escritura gira en torno a la cuestión central del reencuentro del mundo árabe y Occidente, de su historia recíproca y de su futuro incierto. Taia forma parte de una generación de escritores magrebíes francófonos, tales como Mohamed Chukri, Tahar Ben Jelloun o Driss Chraïbi, obsesionados tanto por su relación sociocultural con Francia, desde un punto de vista poscolonial, como por las cuestiones íntimas o personales de sus diferentes personajes. En estos libros, Taia se refiere una y otra vez a una historia colonial que, a pesar del tiempo pasado, no deja de repetirse. Lo podemos observar en la tercera carta del libro El que es digno de ser amado[7], en la que Ahmed escribe a Emmanuel acerca de su necesidad de exorcizar la penetración colonial, tanto en lo que se refiere a la colonización de la lengua y de la cultura como a la del cuerpo y del sexo. La convivencia de trece años que han mantenido estos dos personajes de la novela les ha permitido construir una relación amable y atenta, aunque también profundamente neocolonial, lo que conlleva la pérdida de la identidad e incluso del propio nombre y las raíces de Ahmed.
En esos trece años de intensa y amorosa relación, Ahmed ha pasado, desde que se encontraran en Marruecos, de la fascinación por Emmanuel, por su país y su lengua –«Yo tenía 17 años. / Tú hablabas en francés. / Y eso bastó para que me enamorara inmediatamente de ti» (p. 103)–, a la imperiosa necesidad de liberarse de la relación si desea continuar viviendo y tener su propia personalidad, su propia vida. «¿Cómo hace uno para volverse tan ciego, dar todo de uno mismo al otro y a su cultura dominante?» (p. 124). El narrador se da cuenta: «Ya no soy Ahmed […]. Con el tiempo he acabado por entender que ya era no solamente un asistido sino también, por varias razones, un colonizado» (pp. 127 y 128). Ahmed sabe que Emmanuel no es ni racista ni conservador: «Sin embargo, no tuviste ningún escrúpulo en reproducir conmigo, en mi cuerpo, en mi corazón, todo lo que Francia rehúsa ver: el neocolonialismo» (p. 129). Poco a poco, en un proceso tal vez inconsciente pero bien estructurado, Ahmed va siendo negado, va perdiendo su lengua, su sensibilidad, sus palabras, hasta llegar a convertirse en otro, a olvidarlo todo, a dejarlo todo atrás para no sólo integrarse en la sociedad francesa, «sino que si, además, conseguíamos que se olvidaran de nuestra piel, de nuestros orígenes, sería perfecto» (p. 132). Al final comprende que, para llegar a ser un buen ciudadano francés, debe dejar de ser él mismo, sólo así será aceptado en la sociedad de la metrópoli.
Pero esto se revela imposible, pues, tal como lo confirmamos en su siguiente novela, La vie lente, siempre permanece un sentimiento de constante marginación en un país que ve a esos franceses árabes como inmigrantes a pesar –como en el caso de Mounir, el protagonista de la novela– de su doctorado en Literatura, su dominio perfecto del francés y una familiaridad con la cultura y el arte del país mucho mayor que la mayoría de los franceses blancos. Así, Mounir no es más que otro árabe, con la cohorte de prejuicios y sospechas que ello significa: «Me hablaba como se habla a los indígenas, en un francés pobre […], había encontrado los reflejos para disminuir al otro, al extranjero, al colonizado, al inmigrado, colocarlo en su verdadero lugar: en situación de eterna inferioridad con respecto a los otros, todos los otros. Pase lo que pase, tú eres un marroquí, no lo olvides. No lo olvides nunca»[8]. Taia nos da una visión poscolonial de la vida de Mounir, un doble marginado, por árabe y por gay, en un París post atentados islamistas de 2015. Y a este se le hace evidente que la vida tan sólo vale la pena ser vivida según los criterios de los verdaderos franceses, no los de los bárbaros. Esa humillación, que no cesa, le lleva a vivir, a pesar de sus increíbles esfuerzos, en un exilio interior, lo cual le crea un cierto sentimiento de ilegitimidad, de sentirse siempre extranjero. Los asuntos y las reflexiones que Taia plasma en sus novelas son un acicate para querer investigar acerca de las relaciones en el Mediterráneo, para desear comprender las vinculaciones culturales y sociales entre las antiguas metrópolis y sus colonias, para así ayudar a descolonizar los imaginarios moldeados por una visión orientalista y construir un nuevo imaginario colectivo, más o menos común, y unas nuevas maneras de representación de la contemporaneidad en esta área geográfica. Estoy convencido de que podemos imaginar nuevas relaciones y vinculaciones para un futuro próximo sin sentirnos presos del pasado, pero también sin olvidar las experiencias históricas más recientes. Por ello, la preocupación por el futuro del Mediterráneo es una apuesta por construir un devenir histórico del que se destierre cualquier deseo neocolonialista de las potencias occidentales respecto a los países árabes.
Asimismo, también es muy interesante, aunque con un punto de vista bien diferente, la obra literaria del escritor español Rafael Chirbes (1949-2015), ya que nos puede ayudar a entender, desde otra localización geográfica, la construcción de ese imaginario colectivo creado en torno al Mediterráneo y el modo en que este se ha ido modificando o, al menos, matizando en las últimas décadas del siglo xx y las primeras del siglo xxi. En el año 1997, Chirbes publica su libro Mediterráneos[9], un compendio de doce artículos de viajes escritos entre 1986 y 1996 para la revista española Sobremesa. Y lo primero que observamos al abrir el libro es la explícita deuda intelectual que R. Chirbes evidencia tener con el historiador Fernand Braudel y su famoso texto acerca de la vida mediterránea. Tanto por la cita que inicia el libro de viajes como por el prólogo, la presencia del intelectual francés es bien evidente en dos cuestiones centrales.
La primera de ellas es la idea de que podemos encontrar en estos viajes los trazos, las huellas, de una cierta identidad colectiva que da sentido «político» al Mediterráneo y la vincula al pasado fundacional de Occidente. Según cuenta Chirbes, «pensó que el Mediterráneo es un mar redondo como una circunferencia […]. Y supo que es imposible elegir entre cualquiera de los infinitos puntos que componen una circunferencia. Todos la cierran por igual. Y la ausencia de cualquiera de ellos la destruye», quizá una identidad colectiva no demasiado explícita pero que está ahí: «Por debajo de lo exótico. Me llegó el reconocimiento de algo que hay en nosotros; reconocimiento que, como en un juego de ecos y espejos, se repetía en Estambul, en Génova, en las laderas de Creta […] que tanto se parecen a los que conocí, cuando era niño, a este lado del mar», que tiene sus propias particularidades y hace que en «el Mediterráneo, lugar de encuentro en el que nacen y mueren las culturas, haya hombres que escriben de izquierda a derecha y hombres que escriben de derecha a izquierda», pero que no dejan de ser «escrituras superpuestas, arropadas por la gramática que ordena la multitud de mediterráneos incluidos en el mismo mar»[10]. En estos fragmentos reseñados, Chirbes se refiere a los miles de colores, olores, paisajes y voces que aparecen en unas estructuras urbanas donde los mercados y los puertos son una parte altamente significativa, ejemplos más que evidentes de un intercambio cultural, social y económico que ayuda a conformar «un espacio común» que recoge todos los mediterráneos posibles que hay en el mismo mar.
La segunda cuestión en la que Braudel es un claro referente para Rafael Chirbes se refiere a una profunda fascinación y una cierta mitificación junto a una evidente nostalgia por un Mediterráneo imaginado, poblado por
el blanco de las velas de una nao desplegadas al viento contra el cielo azul; el fulgor de los cañones; el brillo del oro y el colorido de las caravanas de camellos que lo transportaban desde el misterioso corazón de África hasta las playas de Orán; el silencio inaugural de los desiertos; los alminares de Estambul, asomados al índigo de los estrechos; y, de Venecia, el esplendor de una ciudad soberbia y frágil con las calles hechas de agua[11].
Pero esta visión un tanto idealizada va dejando paso, a medida que nos adentramos en la lectura de su libro, a una perspectiva bastante más matizada. Su propio viaje personal por las ciudades y las costas mediterráneas va adquiriendo, con el paso del tiempo, nuevos mimbres y lo que era ese «mar color de vino de Homero» se ha convertido ahora en «una sofocante bañera, como un paquidermo lleno de pulgas» (p. 22). Así, nos encontramos con que, a medida que va envejeciendo, la mirada de Chirbes sobre el Mediterráneo va perdiendo los aspectos más románticos y va ganando una actitud mucho más crítica y pesimista. En este sentido, y desde 1986, año en que escribió Mediterráneos, hasta 2007, cuando publicó Crematorio, o 2013, con la aparición de En la orilla, su literatura deja de lado las referencias a un pasado histórico más o menos idílico y a un imaginario clasicista para centrarse en una visión más agridulce sobre un Mediterráneo –en este caso el español, pero susceptible de generalizarse a otros países– corroído por un turismo de masas depredador, por una explotación inmobiliaria sin límite de los recursos naturales y por una corrupción social y política sin freno alguno.
En estas dos últimas novelas, Rafael Chirbes nos introduce de lleno en el siglo xxi, deja de lado los «tiempos de los dioses», se olvida de los paisajes de la Antigüedad y nos habla de lugares donde no hay espacio ni para las complacencias ni para la esperanza. El Mediterráneo que ahora nos presenta el escritor español es un mar devorado por un urbanismo salvaje exento de cualquier tipo de poesía. Desde el inicio de En la orilla, el autor nos advierte de que todo «huele a carroña», pues la sociedad se encuentra en una profunda crisis social y económica. Ahora, «el paisaje tiene algo de campo de batalla abandonado, o de territorio sujeto a un armisticio: tierras cubiertas de hierba, naranjales convertidos en solares; frutales descuidados, muchos de ellos secos; tapias que encierran pedazos de nada». El Mediterráneo se ha ido transformando en las últimas décadas y la nueva realidad contemporánea transmite una sensación de profunda crisis ambiental y económica, con graves conflictos sociales, como migraciones y paro, que lo han transformado en un lugar casi irreconocible, en una orilla arrasada: «Veo bloques de pisos a trechos, mero esqueleto de vigas, en otros los ladrillos a la vista, sin enlucir […]. Las plumas recortadas en el cielo y la carretilla colgada balanceándose como un suicida pende al cabo de su cuerda»[12].
Esta sensación de paisaje residuo, creado a raíz del boom inmobiliario que produjo el saqueo del litoral mediterráneo español mediante la explotación exhaustiva de sus recursos naturales, que tenemos al leer estas líneas de Chirbes, nos trae a la memoria el libro Ruinas modernas, una topografía de lucro, de la arquitecta alemana Julia Schulz-Dornburg. En este volumen se nos muestra, mediante decenas de fotografías, un teatro de la desolación conformado por los cientos y cientos de planes urbanísticos que se iniciaron en España y que, o bien se quedaron a medias –sin construir–, o bien se construyeron, arrasando enormes extensiones de terreno y dejando páramos inertes. Tal como escribe el geógrafo Francesc Muñoz, lo que encontramos en estos paisajes desolados son «las ruinas de una modernidad urbana tan soberbia y totalizante como desfigurada en su propio entorno»[13]. Fueron décadas de modernidad mal entendida y de expolio natural que han logrado cambiar la línea de costa, el paisaje, de gran parte del Mediterráneo.
De este modo, y en pocos años, las narraciones de Rafael Chirbes pasan de describirnos un Mediterráneo sensual, lúdico y luminoso en el que apenas se vislumbran problemas sociales, diferencias raciales, conflictos religiosos o desastres naturales, a centrar el relato de su novela en un pantano fangoso lleno de escombros, cadáveres y carroña, toda una metáfora de la ruina de un litoral que parece haber perdido el favor de las deidades y donde ya no existen los héroes. Estas dos últimas novelas de Chirbes son la crónica de la destrucción de un paisaje físico, pero también mental, la aniquilación de la memoria de un añorado litoral mediterráneo y el brusco despertar de un sueño armónico convertido en pesadilla urbanística, social y cultural. Esta modernidad que ha arrasado los recursos naturales de la costa mediterránea y ha homogeneizado, cultural y paisajísticamente, todo el litoral, es la misma que ha marginado, cuando no negado, la existencia a los habitantes del sur del Mediterráneo en el momento en el que deseaban viajar o instalarse en el norte. Para esa modernidad, el viaje sólo puede ser en un sentido, de arriba abajo, nunca en sentido contrario, y si, por alguna razón, se consigue llevar a cabo, es a costa de tener la profunda sensación de no saber cuál es ni dónde se encuentra nuestro hogar. Taia y Chirbes, es evidente, son dos escritores muy diferentes, aunque mucho más próximos de lo que pudiéramos pensar en un primer momento; a ambos les duele el Mediterráneo, les duele esa visión colonial hegemónica –que todavía persiste– tanto hacia las personas como hacia los paisajes, y ambos, con sus novelas, nos ayudan a entender la situación actual y a sentar las bases de lo que significa (re)pensar el Mediterráneo.
Este deseo de intentar desarrollar nuevas formas y maneras de ver e imaginar el Mediterráneo actual es lo que me lleva a interesarme por el trabajo que, desde hace ya varias décadas, viene elaborando, con gran coherencia y una importante honestidad personal, la artista Mona Hatoum (Beirut, 1952). En su obra podemos encontrar un compendio de los grandes temas que han conformado históricamente el Mediterráneo y que son la columna vertebral de este libro, como por ejemplo: la presencia constante de las invasiones militares, la guerra o la violencia en la configuración de los países bañados por este mar; el deseo, inalcanzado, de conseguir una independencia tanto del fanatismo religioso como del tutelaje colonial, o la construcción de una identidad más abierta y plural que vaya mucho más allá de las fronteras y los mapas políticos o mentales instaurados autoritariamente[14]. La historia personal de M. Hatoum (hija de exiliados palestinos en el Líbano a causa de la guerra árabe-israelí de 1948, y ella misma exiliada en Londres desde que empezó la guerra civil en aquel país en 1975) podría ser la historia de millones de personas en el Mediterráneo que, huyendo del horror y la violencia, transitan por diferentes países y culturas, y que, como la propia artista, tienen una existencia nómada. Son millones de personas que no llegan realmente a pertenecer a ningún lugar, que se sitúan «fuera de contexto», al margen de las coordenadas culturales de su propio país, y que se posicionan en un territorio social y personal que es inestable, precario, incompleto y transitorio; un mundo en el que no existen las certitudes y fallan los recuerdos. La identidad personal, tal como la propia artista ha comentado en alguna ocasión, no es algo fijo ni fácilmente definible, más bien al contrario, se nos escapa entre los dedos cuando queremos retenerla y acotarla. Sin embargo, mucha gente se aferra a los recuerdos para entenderlos como una confirmación de la existencia y la supervivencia, como un cierto sentimiento de pertenencia a una cultura o a un país.
En este sentido, podemos destacar cómo, ya en la década de los años ochenta del pasado siglo, Mona Hatoum creó un conjunto de vídeos, So much I want to say (1983), y de performances, Roadworks (1985), especialmente significativos para aquellos años, en los que la utilización de su propio cuerpo era el instrumento elegido, el cual funcionaba «como una metáfora de las fuerzas sociales que actúan sobre él»[15]. En 1988 incluso realizó un vídeo, Measures of Distance, que, convertido ya en una obra legendaria, nos habla del exilio forzoso y de una contundente fractura personal y social, del sentimiento de pérdida y de cómo lo personal y lo político van profundamente unidos en su obra. Hoy, cuando han pasado más de treinta años desde la realización de estas obras, podemos decir que las ideas que las sustentaron (aspectos tales como la importante presencia del cuerpo físico o la íntima vinculación entre la esfera pública y la privada) continúan estando presentes en su quehacer artístico. Problemáticas avanzadas para aquellos años que no han perdido ninguna vigencia en la actualidad, pues ahora, como antaño, la estrecha relación y el compromiso entre la artista y su obra están constantemente presentes. Es evidente que la memoria y la identidad son aspectos centrales de la existencia humana, y también lo es que ambas cuestiones acompañan y condicionan el quehacer artístico de una artista que se aferra a los recuerdos para, como lo hace Mona Hatoum en su pequeña obra de 2013 You Are Still Here, entenderlos como una confirmación de la existencia y la supervivencia, como un cierto sentimiento de pertenencia. Así lo indica la propia artista: «Veo la identidad como algo que cambia y evoluciona constantemente; cuando intentas definir ciertos aspectos como pertenecientes a esta o aquella cultura, te metes en el reino de los clichés y estereotipos»[16].
Asimismo, y claramente relacionado con lo anterior, creo que en su obra encontramos constantes referencias a la fragilidad de la existencia humana. Una fragilidad que se plasma tanto en muchos de los materiales que elige (desde la fibra de cáñamo hasta el hilo, pasando por el cabello, el jabón o las pequeñas canicas de cristal) como en las situaciones que refleja (mobiliario quemado, espacios claustrofóbicos, objetos punzantes…) o, incluso, en su manera de mostrar el interior de su propio cuerpo –invadido y deconstruido por una cámara–, como en la impactante instalación Deep Throat (1996). Estoy convencido de que pocas experiencias generan tanta intimidad como compartir la propia vulnerabilidad. En este sentido, se puede llegar a pensar que todas estas piezas nos sitúan delante de un ser humano amenazado por un entorno hostil, con claras referencias a la provisionalidad de la existencia y a la presencia permanente de la violencia. Por otra parte, podemos imaginar que la cercanía de la muerte es, también, otro de los grandes temas en el trabajo de Mona Hatoum. Así, paralelamente a las piezas anteriores, tenemos la oportunidad de ver un conjunto de obras físicamente mucho más contundentes, tanto aquellas que se refieren a los objetos domésticos que contradicen las expectativas puestas en ellos (Daybed, 2008), como las que nos remiten a experiencias más genéricas, con evidentes relaciones con la guerra en Palestina y en otros países árabes (3-D Cities, 2008-2009, o Natura Morta, 2009)[17]. Y todas ellas –con una clara referencia a la ciudad de Beirut y a la prolongada guerra civil que provocó el éxodo masivo de más de un millón de personas– tienen en común que son piezas amenazadoras que dan una visión desesperanzada, que hacen referencia a una violencia institucional que reglamenta y pone bajo vigilancia la vida de los individuos (Quarters, 1996), o que nos dan a entender que vivimos en un conflicto de destrucción permanente, por ejemplo en la serie Bunker (2011; Fig. 1). Para la crítica de arte Nancy Spector, esta última obra
es un paisaje urbano yermo y aparentemente anónimo para el que, no hay duda de ello, la ciudad natal de Hatoum ha servido de modelo. La artista sometió los edificios a una auténtica tortura; el acero fue cortado y quemado para dejar en ellos unas cicatrices indelebles que recuerdan los agujeros dejados por los proyectiles y la metralla. Montada en la sala emulando la apariencia de un barrio de edificios modernos –o, al menos, de sus esqueletos de acero–, la instalación nos transporta a un campo de batalla urbano[18].
Así, y contemplando estas piezas, parece que cualquier situación es susceptible de empeorar, de venirse abajo; que no existe solución pacífica posible, ya que todo nuestro entorno, nuestro mundo, está al rojo vivo, tal como aparece en la escultura Hot Spot (2013). La verdad es que, viendo todo este conjunto de esculturas, podríamos llegar a pensar que la vida cotidiana es un infierno para millones de personas que viven en países en permanente conflicto. Pero no un infierno sobrenatural sino un infierno cotidiano que nos rodea y atrapa, donde el ser humano es el sujeto que ejemplifica el peor escenario posible.
Fig. 1. Mona Hatoum, Bunker, 2011. Estructuras de acero dulce; dimensiones variables.
Al situarnos frente a muchas de sus obras, parece que ya no existe ningún sentimiento de pertenencia a colectivo alguno y que el concepto identitario es criticado y puesto en cuestión. Los rasgos, límites o señas de identidad que hasta hace poco parecían sólidos ya no son nada firmes, al contrario, cualquier pequeño empujón, el más leve tropiezo, es capaz de desencadenar un terrible caos. Al menos, esa es la sensación que tenemos cuando nos enfrentamos al conjunto de miles de pequeñas y frágiles canicas transparentes hechas a mano (Map [clear]
