La ciudad cautiva - José Miguel G. Cortés - E-Book

La ciudad cautiva E-Book

José Miguel G. Cortés

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Beschreibung

Un estudio sobre los nuevos medios que se emplean para eliminar la inseguridad en ámbito urbano Dos son los temores centrales que organizan los miedos que moldean la vida en la ciudad. El primero se refiere a la desigualdad económica; el segundo al desconocimiento de los otros y el temor a la pérdida de identidad personal. La incertidumbre y la confusión se han incrementado por la rapidez de los cambios de las últimas décadas, lo que ha provocado que las ciudades se perciban como lugares con peligros. Por ello, la ciudad como espacio libre está siendo dividida, estructurada y controlada por las fuerzas del orden, con el objetivo que de garantizar la seguridad en cualquier momento. Si hace unos años la expulsión del miedo de nuestro entorno se llevaba a cabo mediante ostentosas medidas arquitectónicas, ahora éstas están siendo sustituidas por medidas más sofisticadas e imperceptibles. Son las prótesis tecnológicas instaladas en lugares estratégicos que consiguen mantener nuestro miedo bajo control. A ese perverso juego sin fin se refiere este libro.

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Seitenzahl: 415

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Akal /Arte Contemporáneo / 28

Directora

Anna Maria Guasch

José Miguel G. Cortés

La ciudad cautiva

Control y vigilancia en el espacio urbano

Diseño cubierta: RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Imagen de cubierta: Marble Arch, Londres, 2004, Bansky

© José Miguel G. Cortés, 2010

© Ediciones Akal, S. A., 2010 para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-3658-6

A quien, hombro con hombro, me ha acompañado en este viaje.

El miedo se ha agudizado, como sugiere el aumento de casas y vehículos cerrados con llave, la abundancia de alarmas, la gran aceptación de barrios cercados y seguros entre personas de todas las edades y salarios, y la vigilancia cada vez mayor de los lugares públicos, además de las interminables noticias alarmantes que difunden los medios de comunicación.

Nan Ellin

Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.

Blade Runner

Lo malo es que, además de la inseguridad, es posible que también desaparezcan de las calles las principales atracciones de la vida urbana, como la espontaneidad, la flexibilidad, la capacidad para sorprender y ofrecer aventura. El sustituto de la inseguridad no es el éxtasis de la calma, sino la maldición del aburrimiento.

Zygmunt Bauman

Introducción

La ilusión de seguridad

Trazamos el mapa de los paisajes urbanos con lugares donde iré y lugares donde no iré (relatando) nuestras cartografías anuladas, nuestros temores.

Dora EPSTEIN

Históricamente, dos son los temores centrales que organizan los miedos que moldean la vida en la ciudad. El primero se refiere a la desigualdad económica (con la violencia y la delincuencia que genera), creando formas de segregación espacial y discriminación social que han servido para justificar nuevas tecnologías de exclusión urbana, tales como: el establecimiento de diferencias, la imposición de divisiones y distancias, la construcción de separaciones, la restricción de movimientos... El segundo aspecto se refiere al desconocimiento de los otros y al temor a la pérdida de identidad personal. El ser humano teme todo aquello que no conoce, tiene la sensación de habitar un microcosmos rodeado por el caos o el peligro, y pasa los días con la posibilidad de perder todo lo que ha conseguido hasta ese momento. El confort (lo que se posee) y el miedo (a perderlo) han caminado juntos en una sensación de profunda ansiedad.

Según Zygmunt Bauman, la incertidumbre respecto al futuro, la fragilidad de la posición social y la inseguridad de la existencia son elementos omnipresentes de nuestra sociedad. Por ello, una de las acciones fundamentales del ser humano ha ido dirigida a preservar el orden y a tener la seguridad de que se iba a mantener lo obtenido frente a las incursiones provenientes del exterior. Un exterior caracterizado con las facciones de desorden y de inseguridad. Un exterior que en cada momento ha tenido unas características diferentes y unos rasgos distintos (en un momento histórico pudieron ser demonios, en otro se creían que eran bestias, más adelante se les denominó bárbaros, después...), pero siempre enemigos, siempre los «otros». Contra estos «otros», que representan la fragilidad y la precariedad de la existencia cotidiana, todas las sociedades se han dotado de múltiples argucias e instrumentos defensivos que permitieran preservar y mantener lo adquirido, lo que ya de modo natural se considera como propio (se refiera eso a cuestiones de tipo geográfico, social, económico, cultural o ideológico). Así pues, cualquier elemento de riesgo debe ser eliminado para procurarnos un lugar confortable en un mundo que se nos antoja amenazador e inseguro.

La incertidumbre y la confusión se han incrementado por la rapidez de los cambios de las últimas décadas, tanto los de carácter económico (globalización, movilidad geográfica, nuevas tecnologías de información...) como, y muy especialmente, por el desarrollo de la diversidad cultural en la vida ordinaria de las ciudades. La evolución social está originando nuevas estructuras políticas y culturales, nuevas maneras de entender el mundo, y también nuevas fuentes de temor. La rapidez de estos cambios y transformaciones introduce elementos que anteriormente no existían y ocasiona cierta pérdida de control que antes no se contemplaba, lo cual trae asociada una nueva suerte de inseguridad que lleva al ciudadano medio a vivir en una situación de constante desconfianza, desprotección y miedo. Paulatinamente se ha ido debilitando la certeza de las ideas, de las creencias y de la posibilidad de un futuro mejor y una convivencia plural. Se están incrementando (consciente e inconscientemente) las aprensiones y las premoniciones siniestras, la angustia y la fragilidad; nos vemos y nos sentimos profundamente vulnerables y buscamos chivos expiatorios sobre quienes dirigir la agresividad que nos provoca un temor generalizado y cada vez más arraigado.

Así, el miedo (la protección frente a los «invasores») es un factor fundamental para expulsar o excluir a cualquiera de la sociedad y para (re)organizar el espacio público y privado. Las ciudades, las aglomeraciones urbanas y sus transportes colectivos han pasado de ser lugares más o menos seguros, a convertirse en una de las causas principales de los peligros e inseguridades. Por ello, en estos momentos se potencia la capacidad que poseen las estructuras espaciales de aislar, excluir, rechazar, ofrecer resistencia, camuflar, absorber... todo aquello que pueda dar lugar a cualquier tipo de ansiedad. De este modo, se pasa del parque público al pequeño jardín dentro de casa, de la plaza común al centro comercial, de la calle a las galerías privadas, del barrio abierto a la urbanización cerrada... Así, en los últimos años, la obsesión por la tranquilidad nos está llevando a evitar cualquier relación con el entorno más próximo. La ciudad como espacio libre está siendo dividida, estructurada y controlada por las fuerzas del orden (públicas y privadas), con el único objetivo que hoy parece prioritario: garantizar la seguridad siempre y en cualquier momento. Algo que jamás se podrá conseguir y que, por tanto, nos lleva –cada día– a mayores cotas de control y vigilancia. A cada medida de seguridad que se toma aumenta la sensación de peligro en la que se vive, ninguna medida es suficiente, ningún acto bastante seguro; bien al contrario, los temores se perpetúan, aumentan y adquieren cada vez mayor protagonismo. Cada cultura, cada sociedad, cada pueblo ha señalado y erigido unos límites físicos bien precisos mediante empalizadas, fosos, muros, perros adiestrados, barreras, fronteras, cámaras de vigilancia, guardias de seguridad o setos floreados imposibles de salvar..., los cuales tenían y tienen la misma función, guardar lo «propio» de las «contaminaciones» externas, de los extranjeros o diferentes (aquí, sinónimos de raros, desconocidos, peligrosos...). Sin embargo, se obvia el hecho de que por mucho que se modifique el trazado y la planificación de las ciudades, hay (todavía) un aspecto característico de la vida en las mismas que les confiere plenamente su sentido: las ciudades son los lugares privilegiados de relación y convivencia con los desconocidos.

No obstante, nos olvidamos de ello y nos empeñamos en construir un espacio transparente, estéril y neutro donde el ser «normal» es el patrón que hay que seguir y lo diferente es experimentado como una amenaza. En este sentido, es fundamental la adaptación de cada ciudadano al orden social, el cual se realiza no tanto (o no sólo) a través de una vigilancia constante como mediante la universalidad de los controles disciplinarios y la manipulación de las disciplinas individualizantes, creando así todo un conjunto de técnicas y de instituciones que se atribuyen la tarea de medir, controlar y corregir a aquellos que no se integran en la Norma, que no se homogeneizan con los valores dominantes y pretenden preservar sus propias concepciones. En este sentido, y tal como señala Kim Dovey, existe una serie de dimensiones planteadas bipolarmente en las que la dialéctica del poder en la ciudad juega un destacado papel. El urbanista australiano se refiere a aspectos tales como, por ejemplo, la orientación y la desorientación (con ellas la arquitectura construye un mapa cognitivo a través del cual orientamos nuestras vidas), lo público y lo privado (con lo que se segmenta el espacio de tal modo que ciertos lugares y cierta gente permanece bajo vigilancia, mientras que otras personas quedan más libres), la segregación y el acceso (a través de fronteras y caminos se crean espacios privilegiados y lugares segregados por razones económicas, políticas o culturales), la naturaleza y la historia (a partir de ellas la arquitectura usa metáforas y construye mitologías y significados para legitimar la autoridad), la estabilidad y el cambio (con el deseo de producir la ilusión de permanencia, de orden social establecido y de imposibilidad de cambio), la identidad y la diferencia (que simbolizan y fijan identidades sociales mediante la representación espacial), la dominación y la docilidad (en las que la escala o el volumen de los edificios no son lejanos a los discursos de dominación e intimidación). Estas disociaciones vienen a ejemplificar cómo el contenido metafórico de la arquitectura simultáneamente representa y enmascara sus asociaciones con el poder, posibilita modos dominantes de pensamiento y experiencia que, muchas veces, no son cognitivamente entendidos, pero sí internalizados.

El entorno construido es un medio primario para las técnicas de establecimiento, legitimación y reproducción de una determinada mirada, de una ideología que organiza cualquier estructura social o vital, desde la casa a la ciudad. Toda autoridad, toda práctica de poder, tiene necesidad de establecerse, de seducir y / o de intimidar a través de sus símbolos. El ejercicio del poder necesita de una sociedad que se sienta temerosa, insegura y vulnerable; mantenerla así hace a la gente sumisa y consolida la eficacia del poder. Sin embargo, no hay que olvidar que la expresión del poder es cada vez menos visible, y por ello su influencia es difícil de conocer, de discernir y de resistir. El ejercicio del poder es paulatinamente más elusivo y más insidioso, está en cualquier lugar y en ninguno, es ubicuo, ausente, invisible... Si hace unos años la expulsión del miedo de nuestro entorno se llevaba a cabo mediante ostentosas medidas arquitectónicas, ahora éstas están siendo sustituidas por medidas mucho más sofisticadas e imperceptibles. Son las prótesis tecnológicas (cámaras, sistemas de alarmas, controles remotos...) instaladas en lugares estratégicos que consiguen (o al menos intentan) mantener nuestro miedo bajo control. A ese perverso juego sin fin, que potencia el miedo y crea, al mismo tiempo, múltiples y diversos sistemas de controlarlo en la urbe contemporánea, se refiere este libro. Un libro que ha sido posible gracias al apoyo decidido de un conjunto de personas a las que estoy muy agradecido. Especialmente quisiera destacar a Nacho por enseñarme a ver un edificio y amar la arquitectura. A Juan Vicente Aliaga por su complicidad y colaboración. Y, también, a Anna M.ª Guasch por su entusiasmo personal y su confianza intelectual en mi trabajo.

Valencia, verano de 2008

1

Miradas escrutadoras en el espacio habitado

Las ciudades están hechas de deseos y de miedo.

Italo CALVINO

De acuerdo con el sociólogo Zygmunt Bauman, podemos decir que durante la mayor parte de su historia, la modernidad realizó su trabajo bajo los auspicios de un poder «panóptico» que imponía la disciplina mediante una vigilancia continua y permanente. El poder moderno se basa en el derecho de éste a ordenar, a establecer y a gestionar las normas de conducta y a imponer la obediencia a esas normas. Es decir, es un poder que asegura su fuerza fundamental en la construcción de un orden mediante la imposición de determinadas pautas que son vigiladas, controladas y dirigidas del modo más despersonalizado, pero contundente, posible.

Sin embargo, no podemos pensar que esto ha sido siempre así, más bien al contrario, llegar a esta situación ha requerido de un largo y contradictorio proceso que el filósofo francés Michel Foucault investigó a conciencia desvelando sus más recónditos lugares. Así, y siguiendo sus escritos, podemos averiguar que a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, los vigilantes, los médicos, los psiquiatras, los psicólogos, los capellanes o los educadores fueron apartando, paulatinamente, al verdugo de la escena central, pues, en esos momentos, el sufrimiento corporal y el dolor físico empezaban a dejar de ser los elementos centrales del castigo o de la pena impuesta a los malhechores. Se inicia con ello un difícil proceso en el que desaparece el espectáculo punitivo y en el que el sangriento teatro de los castigos deja la actualidad para pasar a ocupar un lugar en la historia. Mayoritariamente se empieza a poner fin a los largos suplicios y se entra en lo que se ha denominado «la era de la sobriedad punitiva». De esta manera, con demoras pero de un modo más o menos generalizado, el castigo pasará de una atracción pública a convertirse en la parte más oculta de todo el proceso penal. Se trataba, por tanto, de una nueva estrategia referida a la aplicación de los castigos, basada no en la dureza de la tortura, sino en la tecnología política del cuerpo que busca la validación de una pena más extensiva y eficaz que se pudiera aplicar por todo el sistema social, y que tenía como función fundamental la defensa de la sociedad de los elementos «malignos» y castigar las infracciones al orden social instaurado.

Del teatro de los suplicios a la sociedad disciplinaria

Después de la caída del Antiguo Régimen, los suplicios se van diluyendo hasta desaparecer, de tal modo que, a finales del siglo XVIII, comienza a imponerse la urgencia de establecer otros fundamentos en los que lo básico sea el castigo y no la venganza. Es un retroceso de la barbarie que permite la aparición de un humanismo prerrevolucionario en el que el hombre se convierte, según Michel Foucault, en la medida del poder. Sin embargo, todavía pasará un tiempo hasta que se impongan los discursos claramente reformadores, un tiempo en el que coexistirán tres maneras y modos radicalmente diferentes de entender la funcionalidad y el objetivo de los castigos. Un primer planteamiento sería la antigua concepción de los suplicios, que tendría en el «teatro del infierno» de Piranesi (1720-1778) su más clara representación arquitectónica. De este modo, la famosa serie de grabados de Giovanni Battista Piranesi sobre las cárceles (Carceri d’invenzione, de 1745-1761)[1] es la plasmación de una sucesión de grandiosos interiores en los que el artista centra su atención sobre las enormes masas, reduciendo y limitando la decoración superficial en busca de una claridad estructural que deje ver las líneas básicas de las formas arquitectónicas. Parece ser que para realizar estas obras, Piranesi se basó en el complejo de la cárcel de Mamertino (construida en el 386 a.C. en Roma), un opresivo e insalubre agujero subterráneo en el que se sucedían diferentes espacios superpuestos, unidos por escaleras, puentes y pendientes, que en numerosas ocasiones se llegaban a inundar.

Las dieciséis planchas que componen esta serie sobre las cárceles son un conocido conjunto de una arquitectura visionaria, misteriosa y evocadora de un mundo oscuro, basada en enormes estructuras arquitectónicas con envolventes curvas y escaleras en zigzag. Son escenas contempladas desde un ángulo transversal para conseguir la creación de un espacio mayor y con un primer plano vacío, construido con bloques de piedra, articulado con arcos y con la presencia de gruesos barrotes en las ventanas y enormes lámparas suspendidas de las inmensas bóvedas. Con una continua sucesión de plataformas, rampas, puentes, pasarelas y galerías grandiosas, estructuras monumentales, planos con apenas ornamentación o la interacción de formas y muros angostos, el artista italiano visualiza una afirmación enfática del poder y de su superioridad intrínseca, así como el empequeñecimiento de los individuos y su sensación de fragilidad y vulnerabilidad. Al mismo tiempo, y gracias a la utilización de líneas de amplitud cambiante, Piranesi sugiere un variado abanico de gradaciones de luz logrando una importante ilusión de profundidad. Crea una atmósfera en la que se combinan diferentes fuentes de luz con el propósito de incrementar el desconcierto del espectador que observa unas relaciones irracionales entre los planos y las superficies colindantes (donde apenas hay espacio para puntos de referencia, estabilidad o equilibrio), lo cual nos conduce a un verdadero descenso a los infiernos. De este modo, la geometría y la perspectiva son los ejes básicos utilizados por Piranesi en la articulación de unos lugares creados para la ceremonia y el espacio de la tortura, prisiones ruinosas y llenas de suplicio en las que se llega a visualizar un clima de terror permanente.

1. Carceri d’invenzione (Cárcel IV), 1761, Piranesi.

Una segunda postura sería una visión con un cierto carácter reformador, situada entre el asilo (locura) o la cárcel (castigo), y que tendría en algunos de los cuadros más famosos de Goya (1746-1828) su plasmación plástica más interesante. Estas dos obras sonInterior de prisiónyCorral de locos,ambas de 1793-1794[2]. Al igual que en los grabados de Piranesi, las grandilocuentes arquitecturas eran las protagonistas de sus planchas y el ser humano pasaba casi completamente desapercibido, en estos dos cuadros de Goya (al igual que en el deCasa de locos,1815-1819), el protagonismo lo adquiere el grupo en el que el individuo se difumina, está negado, no existe, y en el que tan sólo la masa amorfa, compacta, hormigueante (en la que se mezclan ciegamente locos, ladrones, enfermos, asesinos... o libertinos, junto con revolucionarios y otros prisioneros por delitos políticos) hegemoniza el centro del cuadro y la acción que en el mismo se desarrolla. Para Goya, el infierno no existe, ni tampoco las mazmorras ni los suplicios. No hay camino a los infiernos ni lugares que los rememoren, todo ello lo reemplaza el pintor español por la masa humana donde cada uno se vuelve similar al otro, se confunde con el otro. Ahora el infierno es, en todos los sentidos, el universo de la indiferencia. Ya no existe la tortura como hecho puntual y excepcional, el infierno ya no es un suplicio físico, sino un espectáculo. Y el espectáculo está entre nosotros, es permanente, son los otros.

2. Corral de locos, 1793-1794, Francisco de Goya.

Excepto por algunas argollas y cadenas, el corral de los locos y el interior de la prisión de Goya guardan grandes similitudes espaciales y lumínicas, comparten distribuciones y confusiones humanas, difuminan por igual rostros y existencias. Y es que el asilo y la prisión nacieron con una pretensión similar: el deseo de sustraer a la mirada de la población bien pensante esos «seres infames» que no merecían compartir el espacio con ellos. De hecho, la posterior evolución de ambas instituciones llevará a que muchos de los que durante los siglos XVII y XVIII se pudrían en los asilos, un siglo más tarde, nutran las prisiones. Uno y otra confundirán las fronteras y compartirán forzosos y borrosos intercambios. En estos dos cuadros de Goya señalados, podemos observar la disposición de unos altos muros que guardan los cuerpos excluidos y que disimulan esas salas reducidas donde las paredes de los patios se convierten en la negación total del espacio y del tiempo. Paralelamente, esa luz blanquecina del fondo subraya la indefensión del recluido, lo sitúa en un limbo espacial que lo saca de la sociedad y de la época a la que pertenece. Escenarios enigmáticos poblados de figuras insólitas en las que late una pulsión de vacío, la negación del sujeto por la violencia del poder. Al contrario de épocas anteriores, ha desaparecido la clausura debida a un enorme muro y a una puerta sólida y pesada que imposibilitaban la salida, aquí la tortura adquiere un carácter mucho más psicológico que físico, mucho más moral que corporal. No hay violencia explícita en estos dos cuadros de Goya, la crueldad es más una amenaza que pende, pero que no se llega nunca a ejecutar claramente. Al artista tan sólo le interesan las víctimas, no los verdugos.

Sin embargo, estos espacios todavía son lugares claustrofóbicos, cerrados sobre sí mismos. Al contrario de lo que, posteriormente, se entenderá como espacio disciplinario (que tiende a dividirse en tantas parcelas como cuerpos a repartir), en estos interiores pintados por Goya nos encontramos con unas agrupaciones grupales indecisas y poco claras. Los individuos se encuentran incontrolados y se producen peleas o disturbios constantemente, pues los espacios no llegan a ser realmente funcionales ni analíticos. Aquí no existe todavía una organización espacial ni rítmica del tiempo, no existen actividades (repetitivas y graduadas) y, por tanto, no hay fiscalización ni control posible de las mismas, la dispersión temporal es paralela al hacinamiento espacial. Los centros de reclusión que Goya pintó son (a pesar de ser casi contemporáneos) muy diferentes a los de Piranesi, aunque todavía se encuentran muy lejos de esa disciplina espacial que individualiza los cuerpos, los distribuye y los coloca en lugares que marcan valores, llegando a transformar las multitudes confusas y peligrosas en individuos ordenados y dóciles. Goya es un hombre de su tiempo, un tiempo interesado en disolver los fragmentos de la noche que se oponen a la luz de una nueva época, por lo que trata de evitar los espacios oscuros y abandona el mundo fantástico de la muralla, de la sombra, de lo oculto, de la mazmorra, de toda esa pantalla de oscuridad que impide ver las cosas tal como son.

Finalmente, aparece en este proceso una tercera posibilidad que se basa en una nueva economía penal y que intentaba abrirse paso abogando por la racionalización de las penas (y de los espacios donde cumplirlas), con el propósito de conseguir una mayor eficacia en términos económicos y penales. Una eficacia que se entendía debía resumirse principalmente en tener una función esencialmente didáctica, no ser arbitraria ni ambigua y orientarse más hacia el defecto moral culpable del hecho que hacia el propio delito en sí mismo. Se trataba de un nuevo discurso situado en las antípodas del Antiguo Régimen y que buscaba, fundamentalmente, impactar la imaginación del espectro social para tratar de disuadirlo de unas prácticas que afectan y perjudican a la colectividad. Había que prevenir antes que castigar, el castigo no podía ser un fin en sí, es decir, no se deseaba tanto sancionar el pasado como prevenir el futuro. Llegar a entender, básicamente, la pena como arrepentimiento, eliminando la idea de venganza y teniendo como finalidad una operación correctiva de las almas. A partir de esos planteamientos, la ley se debe aplicar a todos los individuos por igual (a igual delito, igual pena), sin ningún tipo de favoritismo y con un objetivo claro: estar dirigida al alma antes que al cuerpo. Por ello, y a partir de las grandes reformas del periodo comprendido entre 1780 y 1820, el enemigo que hay que perseguir es el individuo «anormal», aquel que se excluye de la comunidad, ese ser malvado que lleva intrínsecamente la maldad en su interior. Por estas razones, podemos observar cómo en un siglo y medio se pasa de la penalidad de los suplicios a un poder disciplinario que produce la cárcel como la forma (y el espacio) por excelencia del castigo moderno. Se trata, por tanto, de una nueva técnica de administración de los hombres, en la que el reparto de los individuos en el espacio, su constante vigilancia y, finalmente, la construcción de un archivo sobre el comportamiento de cada uno de ellos son las constantes que van a caracterizar ese poder basado en la disciplina.

Una disciplina entendida como el mecanismo de poder mediante el cual se ejerce el control de los individuos, de los cuerpos. Como escribe Michel Foucault: «La disciplina no puede identificarse ni con una institución ni con un aparato; es una clase de poder, una modalidad para ejercerlo, que comportaba todo un conjunto de instrumentos, de técnicas, de procedimientos, de niveles de aplicación, de objetivos; es una “física” o una “anatomía” del poder, una tecnología»[3]. Se trata, por tanto, de una sociedad articu-lada sobre la norma, sobre la permanente clasificación, calificación, jerarquización y selección de los seres humanos, para lo cual es necesaria una tecnología cuyo activo fundamental es conseguir enderezar conductas, fabricar individuos dóciles y obedientes. Ahora bien, el análisis de la disciplinas está íntimamente vinculado a la distribución diferencial de los espacios. Por esa razón, es la individualización mediante el espacio lo que permite la clasificación y el control social, no hay poder disciplinario sin una visibilidad clara en la que se despliegan y distribuyen los cuerpos. Por tanto, la construcción de los espacios y la consolidación de las tecnologías disciplinarias están profundamente interrelacionadas. La arquitectura tendrá la función de plasmar las exigencias de racionalidad y de transparencia que reivindica la nueva manera de ejercer el poder a través de la vigilancia, el control y la identificación de los individuos, o mediante la estandarización de su actividad, de sus gestos y de sus actitudes.

Así que se inicia un proceso de anulación de la multitud en beneficio de una colección de individualidades separadas y encauzadas espacialmente y fáciles de controlar. Es así como Michel Foucault considera que la arquitectura representa la autoridad y el orden, y que es la expresión de una sociedad que actúa de modo disciplinario:

[...] una arquitectura que ya no está hecha simplemente para ser vista (fausto de los palacios), ni para vigilar el espacio exterior (geometría de las fortalezas), sino para permitir un control interior, articulado y detallado, una arquitectura que habría de ser un operador para la transformación de los individuos: obrar sobre aquellos a quienes abriga, permitir la presa sobre su conducta, conducir hasta ellos los efectos del poder, ofrecerlos a un conocimiento, modificarlos. El viejo esquema simple del encierro y de la clausura –del muro grueso, de la puerta sólida que impiden entrar o salir– comienza a ser sustituido por el cálculo de las aberturas, de los plenos y de los vacíos, de los pasos y de las transparencias[4].

De este modo, el filósofo francés piensa la arquitectura en términos de planificación espacial y de institucionalización de las tecnologías de poder, nos habla de una arquitectura que observa, que espía y vigila, que contiene unos objetivos terapéuticos y disciplinarios que la dotan de un carácter expresivo.

Desde finales del siglo XVIII, se ha desarrollado el lento pero importante proceso de domesticación de la vida social, de normalización de los espacios y los comportamientos y de moralización de la población, procesos todos ellos basados en técnicas de control de los impulsos y de canalización de los deseos hacia el ciclo producción-consumo. Se trata de un proyecto –de carácter político, económico y social– para obtener unas ciertas medidas de control, de dominio y, también, de implicación de los individuos. Es todo un descubrimiento del cuerpo humano como objeto y blanco de poder, un cuerpo que se manipula, se da forma, se educa, obedece y responde. Como el mismo Foucault escribió, el momento histórico de las disciplinas es el momento en que nace un arte del cuerpo humano, que no tiende únicamente al aumento de sus habilidades, sino a la formación de un vínculo que lo hace tanto más obediente cuanto más útil. El cuerpo humano entra en un mecanismo de poder que lo explora, lo desarticula y lo recompone.

Se entiende así que son las formas arquitectónicas las que con sus planteamientos espaciales tienen responsabilidad en la observación y el espionaje; una arquitectura vigilante que tiene objetivos disciplinarios y que institucionaliza la tecnología del poder con el fin de reprimir a los individuos, fabricar cuerpos sometidos y ejercitados e imponer el silencio. La disciplina procede a la distribución y control de los individuos en dos aspectos fundamentales: el espacio y el tiempo. En primer lugar, organizando un espacio analítico que permita en todo momento saber dónde y cómo encontrar a los diferentes individuos, instaurando unas comunicaciones útiles y creando los mecanismos que permitan vigilar la conducta de cada uno. En segundo lugar, creando una rítmica del tiempo que asegure su control y garantice su uso, descomponiendo el tiempo en trámites separados y ajustados de acuerdo con el esquema analítico. De este modo, la disciplina organiza espacios complejos que son funcionales y jerárquicos a la vez, indica valores y garantiza la obediencia de los individuos mediante una mejor economía del tiempo y de los gestos. Para ello, y según explica Michel Foucault en su famoso libro Vigilar y castigar, las ciudades han creado lo que él denomina «retículos disciplinarios», que potencian procedimientos de individualización para marcar exclusiones, mediante una división binaria diferencial (tales como loco-no loco, peligroso-inofensivo, normal-anormal, etc.), a través de instituciones disciplinarias que se atribuyen como tarea fundamental medir, controlar y / o corregir a los anormales. Ya no es necesario recurrir a medidas de fuerza para obligar a actuar o a cambiar actitudes, la fuerza está ahora en un poder coercitivo que tiende a lo incorpóreo y basado, cada vez más, no sólo en determinadas instituciones, sino también en procedimientos disciplinarios que vertebran toda la vida social. Unos procedimientos dominados por sus efectos de poder que prolongan los propios individuos, al conformarse como uno más de sus engranajes.

Es en este contexto conceptual donde alcanza todo su sentido el modelo carcelario, «el lugar donde todo se ve» o el Panóptico de Jeremy Bentham. Jeremy Bentham (1748-1832) fue un filósofo y reformador social británico que vivió en una época de importantes cambios sociales, políticos y económicos (la Revolución industrial, con las enormes transformaciones que trajo consigo en todos los campos), como por ejemplo el desarrollo de la clase media o las revoluciones sociales en Francia y Alemania. En 1787 publicó una serie de textos en los que explicaba su «Panopticon and Inspection House», una nueva clase de prisión que nunca se llegó a construir, pero que ha tenido una gran influencia en lo que posteriormente se ha conocido como «el poder de la mirada»[5]. Su propuesta iba más allá de las propias prisiones y estaba concebida para todo tipo de instituciones donde fuera necesario el control de un gran número de personas. Bentham ideó un edificio cilíndrico en torno al cual estaban distribuidas las celdas individuales que albergaban a un solo prisionero totalmente aislado de los otros reos, a los que no podía ver ni escuchar. Todas las celdas eran visibles a la observación del inspector, instalado en una torre central que tenía la función de contener los asuntos administrativos y era el emplazamiento desde el cual los guardias podían observar cada celda sin ser vistos por los prisioneros. Como el propio Bentham escribió: «La inspección: este es el principio único para establecer el orden y para conservarlo; pero una inspección de un nuevo género, que obra más sobre la imaginación que sobre los sentidos, y que pone a centenares de hombres en la dependencia de uno solo, dando a este hombre solo una especie de presencia universal en el recinto de su dominio»[6]. De este modo, el Panóptico se convierte en la primera de las arquitecturas para la vigilancia y supone una ruptura decisiva con las modalidades del castigo. Repensando la forma arquitectónica, renovando la distribución espacial y revisando su finalidad, se deja atrás la noche del calabozo por una transparencia panóptica.

Así, el control se mantenía gracias a la sensación constante que tenían los prisioneros de ser observados por ojos que no podían ver; basado en la observación asimétrica creaba, mediante una tecnología de sometimiento sutil y calculado, la incertidumbre como medio de subordinación, lo que a su vez producía la entrega del reo. Al no saber si eran observados o no, pero obligados a suponer que lo eran en todo momento, la actitud de obediencia constante era la única opción racional que le quedaba al personal encerrado. El objetivo buscado era que los reos interiorizaran las reglas, que ellos mismos se autocoaccionaran en el momento de actuar, que se autodisciplinaran «voluntariamente». Esta situación era posible por el marcado carácter funcional y extremadamente práctico que tenía el edificio en cuestión, así como por la colocación de las ventanas, que posibilitaban que los prisioneros estuvieran siempre a la luz, mientras que los guardas permanecían en la oscuridad. Y ambos estaban bajo el control del director, que era el único que tenía todo bajo su vigilancia. «Invisible el inspector reina como un espíritu [...]. Esta casa de penitencia podría llamarse Panóptico para expresar con una sola palabra su utilidad esencial, que es la facultad de ver con una mirada todo cuanto se hace en ella»[7]. El director (como Dios) veía sin ser visto, era invisible, omnipresente, nada ni nadie puede escapar a su mirada escrutadora y todopoderosa. La impunidad es imposible, el vigilante (al igual que ocurre en Nosotros, la famosa novela de Yevgueni Zamiatin) lo sabe todo y es incognoscible. De este modo, la cuestión está planteada en términos de poder, de un poder, eso sí, «omnicontemplativo».

3. Diseño para el Panóptico, 1791, Jeremy Bentham.

La propuesta de Bentham representaba el establecimiento de un sistema de orden racional y eficiente que venía a sustituir el castigo corporal y la ejecución pública; a partir de ahora, la mirada iba a ocupar el lugar que anteriormente estaba reservado al castigo corporal. Vigilar, no tanto para castigar como para reformar, para enmendar. Estas ideas eran la expresión del deseo de una reforma legal más humanitaria y de la gradual emancipación de la burguesía del Antiguo Régimen. A partir de 1830, la planificación panóptica del espacio se convertirá en la idea predominante para la construcción de las cárceles de la época. Se confiaba en una progresiva labor para la recuperación del delincuente, pues se apostaba plenamente por el poder de la razón para la resolución de cualquier problema.

Conviene recordar sumariamente los objetos a que deben mirarse en toda institución de esta clase: retraer de la imitación de los delitos con el ejemplo de la pena; prevenir los delitos de los presos durante su cautividad; mantener entre ellos la decencia, conservar su salud y la limpieza, que es parte de ella; estorbar su fuga; procurarles medios de subsistencia para el tiempo de su soltura; darles las instrucciones necesarias; hacerles adquirir hábitos virtuosos...[8].

Jeremy Bentham concibió una «arquitectura moral» como el lugar para la fabricación de la virtud, y por ello trazó unos planes que se corresponden tanto a una concepción moderna de la sociedad y de sus métodos disciplinarios como a una influencia directa de la llamada «Arquitectura de la Revolución», especialmente de los dibujos de Claude Nicolas Ledoux y Étienne-Louis Boullée. Ya han quedado atrás las monstruosas cárceles de Piranesi y las escenas de los asilos y las celdas pintadas por Goya, ahora se trata de un nuevo método para la administración de los diversos grupos sociales a través de la instrumentalización de la diseminación del poder y el control mediante la vigilancia. Con la propuesta del Panóptico se sientan las bases de un nuevo poder más descentralizado, más anónimo, más difuso, más impersonal y omnipresente. Todos, vigilados y vigilantes, se ven involucrados en esa nueva organización social perversa que, basada en la desconfianza generalizada, provoca una interiorización de la falta, un modelo penal incorpóreo que va a dar pie, en las sociedades contemporáneas, a los más sofisticados procedimientos de control social.

Por todo ello, lo realmente importante (más allá de que el Panóptico de Jeremy Bentham no se llegara a construir dada su complejidad)[9] es comprender cómo los mecanismos panópticos, entendidos como sistemas ópticos y arquitectónicos, se han convertido en una metáfora insuperable del poder de la vigilancia en el mundo actual («sonría, le estamos filmando») y han tenido una importante influencia en las organizaciones de las ciudades y en muchos de los edificios posteriormente construidos. Debemos separar la idea del Panóptico de cualquier uso específico limitado a recintos aislados y separados de la sociedad, tales como cárceles u hospitales, para entenderlo como un claro exponente del desplazamiento de una disciplina excepcional para seres proscritos a una vigilancia generalizada al conjunto de sectores sociales. Se trata, por tanto, de crear unas estructuras que ayuden a repartir a los individuos, distribuirlos espacialmente, educar su cuerpo y codificar su comportamiento para volver a las personas dóciles y útiles. Se da así el paso hacia una arquitectura que no se plantea sólo para ser vista o para ordenar un espacio exterior, sino para ser un operador activo en la transformación de los individuos y permitir su control articulado para conseguir que lleguen hasta ellos los efectos del poder. Ciudades jerárquicamente estructuradas, mediante la implantación y distribución de los cuerpos en el espacio, y ampliamente vigiladas, aunque de un modo discreto y sutil; son la distopía de las ciudades «perfectamente gobernadas».

En este sentido, una visión profundamente desoladora sobre una sociedad basada absolutamente en la razón y en la que no hay lugar para la disidencia, es la que Yevgueni Zamiatin (1884-1937) escribió en 1920, aunque fue prohibida la publicación en su país (la URSS) hasta 1988, en su novela más famosa, Nosotros. Aquí se describe, de un modo bastante minucioso, la arquitectura política y espacial de un amplio sistema totalitario, un universo claustrofóbico en el que cada individuo está condicionado por un implacable aparato autoritario: «¡Viva el Estado Único, vivan los números, viva el Bienhechor!». Una sociedad en la que el poder político se mantiene mediante la vigilancia constante y precisa de todos y cada uno de los ciudadanos, o mejor «números», que la habitan. La comunicación, eje central de toda la estructura social, es reguladora, dominante y monodireccional; como lo es la estructura arquitectónica de las viviendas y de la sociedad en general que en ella aparece relatada: la ciudad es una «ciudad de cristal» donde todo es observado y analizado, donde todo deviene transparente para el gran ojo controlador. Como explica uno de los personajes centrales, «vivimos siempre a la vista de todos, eternamente bañados por la luz. No tenemos nada de que ocultarnos. Además, ello facilita la difícil e importante labor de los Guardianes. De no ser así, ¡podrían suceder muchas cosas!»[10].

4. Graffiti, Londres, 2005, Bansky.

Mediante las «Tablas de las Leyes» y las «Tablas de las Horas» se organiza hasta el último acto y minuto de la vida de los «números»: cuándo y cómo trabajar o comer o salir de paseo o dormir, «las calles estrictamente rectas, el cristal de las calzadas regado por los rayos del sol, los paralelepípedos divinos de las viviendas transparentes, la cuadrada armonía de las filas de números grises azulados». No existen los momentos incontrolados, no se conciben las acciones espontáneas, ni mucho menos la idea de vida privada ni de intimidad; el «yo» ha dejado el lugar al «nosotros» y la existencia transcurre sometida a la inflexible autoridad del Bienhechor. Se ha creado un mundo lógico y terriblemente racional donde el color blanco, el cristal y el acero son los materiales que conforman los marcos que dan cobijo a esos «sujetos-números» uniformizados y carentes de personalidad. Todo es sencillo y reglamentado en una ciudad construida como un montón de bloques de hielo donde las avenidas son rectas y permanecen desiertas gran parte del día, una ciudad que ha erigido un inmenso muro que la salvaguarda del mundo salvaje y donde sólo se valora aquello que se considera útil, puro y verdadero como lo son las máquinas, las fórmulas racionales o la disciplina. Como concluye el número D-503 (el narrador principal de la novela) en la última página: «hay, desgraciadamente, muchos números que han traicionado la razón. Sin embargo, estoy convencido de que venceremos porque la razón debe vencer».

Como podemos observar, la introducción de formas limpias y racionales de control social (los modos del Panóptico se infiltran en todos los estratos de la vida cotidiana) resume las disciplinas sociales de la modernidad. La visibilidad se convierte en una trampa en la que la multitud es reemplazada por una serie de individualidades separadas, poniendo en pie una tecnología del sometimiento sutil y calculado en la que, como escribe Michel Foucault, la gran modificación planteada en la época moderna fue entender «que la perfección del poder tiende a volver inútil la actualidad de su ejercicio [...] Hacer que la vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción»[11]. Unos métodos disciplinarios que conforman y recorren sin interrupción toda la estructura social, consiguiendo convertir a los propios individuos en engranajes de su propio mecanismo.

Es una tecnología política que induce al individuo a un estado de visibilidad permanente y que asegura el funcionamiento automático del poder, una tecnología que se utiliza sin ruido, que sutilmente se incrusta en las actitudes y en los hábitos personales. El objetivo es conseguir que el individuo se sepa siempre bajo control, al tiempo que modifica las maneras sociales de relacionarse y origina prácticas que tratan de convertir la multitud inconexa e indiferenciada en una colección de individuos reconocibles y marcados. Y esto mediante un poder omnipresente, pues sabes que te están observando, pero inverificable, pues no sabes ni de dónde ni cuándo ni cómo. Se trata de un poder que ya no basa su fuerza en la represión exterior, sino en algo más incorpóreo pero más efectivo como es la propia coerción, el propio sometimiento; un poder que consigue, al estar difundido en el cuerpo social y sin otro instrumento que una arquitectura y una geometría, actuar directamente sobre el individuo, haciendo posible que cada persona se convierta en su propio vigilante.

Y ésta es una posibilidad que se encuentra presente de forma típica en todas las instituciones de la modernidad, en todos sus contextos administrativos. El panoptismo (ver sin ser visto) encontró en las prisiones su lugar privilegiado de realización, pero reformulando algunos de sus objetivos fundamentales (tales como la vigilancia y la observación, la seguridad y el saber, la individualización y la totalización, el aislamiento y la transparencia), podemos pensar que lo son también del modelo de sociedad y de ciudad que el poder está interesado en construir. Lo que para Jeremy Bentham era una aspiración, para Michel Foucault es una realidad social: el principio panóptico convertido en paradigma de la red disciplinaria de la sociedad moderna. Y ello es posible porque su fuerza reside en ejercerse espontáneamente y sin aspavientos, en que sustituye la violencia o la coacción externa por la disciplina interna. El panoptismo trataría de crear una institución disciplinaria perfecta, difundiéndose en el cuerpo social de forma generalizada, para conseguir una sociedad atravesada completamente por mecanismos disciplinarios (la vigilancia jerárquica, el registro continuo, el juicio y la clasificación perpetuos) y dominada por sus efectos de poder que prolongamos nosotros mismos. En definitiva, métodos disciplinarios y procedimientos de examen para convertir a los individuos en seres dóciles y útiles. En esa sociedad disciplinaria que Michel Foucault plantea, el poder funciona no tanto a través de la represión del deseo como mediante la clasificación, tabulación y organización de ese deseo, y en ello juega un papel muy importante la organización de la ciudad y de sus formas arquitectónicas[12].

Es cierto que la relación de la arquitectura con el comportamiento social es compleja y llena de interacciones. Mucha gente considera que el entorno arquitectónico, y su papel en la configuración de la vida de cada día, no se discute, se da por sentado y se considera incuestionable. Esa incapacidad de cuestionamiento es lo que convierte a la arquitectura en una de las estructuras ideológicas y una de las representaciones del poder más eficaces y poderosas. Algo de ello quería subrayar Pierre Bourdieu cuando escribió que: «los efectos ideológicos de mayor éxito son aquellos que carecen de palabras y no demandan más que un silencio cómplice»[13]. La autoridad tan sólo es tolerable si posee la habilidad para esconder sus propios mecanismos y consigue hacer pasar por bien general aquello que no es más que la legitimación de su poder. Como hemos venido argumentando, ya no se trata de una relación de poder basada en la dominación evidente de una persona sobre otra, sino de un concepto de poder disperso a través del cuerpo social y que utiliza las propias capacidades del sujeto para su propia represión. Un poder capaz de construir sujetos dóciles y operar mediante prácticas sociales y espaciales que se propagan a todos los rincones de la experiencia vital, un biopoder que controla al sujeto en profundos niveles biológicos, disciplina sus gestos corporales, sus hábitos y deseos. Y en todo este proceso es fundamental la complicidad de la arquitectura (ya que la organización del espacio y del tiempo posibilita la estructuración de la disciplina corporal) para elaborar diversas técnicas que consigan fijar a la gente en lugares precisos y reducirlos a un cierto número de gestos y hábitos. De hecho, la experiencia práctica del cuerpo en el espacio es la primera relación desde la cual todas las demás concepciones del espacio son construidas. Nuestro concepto de espacio emerge de la acción, de una cierta posesión del mundo por el propio cuerpo.

5. Barrio de Gran Bretaña, 2006.

Esta dimensión espacial del poder se da, como decíamos anteriormente, de forma harto evidente en instituciones disciplinares (hospitales, escuelas, fábricas, asilos, prisiones...), pero con tendencia a extenderse a toda la sociedad. La arquitectura crea unos lugares donde se desarrolla nuestra existencia cotidiana, establece un orden y origina unas fronteras que conllevan la construcción de un mundo determinado y la manera como lo vemos. De este modo se ayudan a construir y reproducir las relaciones de poder, a reflejar las identidades, las diferencias y las pugnas de sexos, razas, culturas, edad y / o clase social. Generalmente, cuando hablamos del uso del «poder» solemos referirnos a la capacidad que poseemos para definir y controlar las circunstancias y los acontecimientos que pueden influir para que las cosas funcionen en la dirección de nuestros propios intereses. La utilización de ese poder puede adquirir diversas formas, desde la más sofisticada, la seducción, a la más persuasiva y estable, la autoridad, pasando por la más agresiva, la coerción, o la más intrigante, la manipulación. Ahora bien, lo que no hay que perder de vista es que el uso del poder tan sólo es tolerable durante un cierto tiempo y si éste consigue enmascarar una parte importante de sí mismo; es decir, que su capacidad de seducción dependerá en gran medida de su habilidad para ocultar sus mecanismos y propósitos.

Y, en este sentido, de cara a entender el papel que juegan tanto las diferentes tecnologías del poder como la actuación del propio ser humano en su permanentización, es muy interesante revisar la película El experimento, dirigida por Oliver Hirschbiegel en el año 2001. La película está basada en el libro Das Experiment:Black Box, escrito por Mario Giordano que, a su vez, se inspira en el experimento de simulación de encarcelamiento programado para dos semanas (aunque tan sólo duró seis días dadas las complicaciones agresivas surgidas), en el verano de 1971, en la Universidad de Stanford (California), por el Dr. Philip Zimbardo[14]. Aunque existen diversas diferencias entre el proyecto de investigación psicológica y la ficción construida por el director alemán (sobre todo la pronunciada violencia que llevará a la muerte de un voluntario), también es cierto que los aspectos centrales del estudio aparecen claramente reflejados en la película.

La acción se inicia a partir de un anuncio en la prensa solicitando voluntarios para una investigación remunerada. Numerosas personas contestan al anuncio y unas veinte son elegidas para participar, durante catorce días, como cobayas para analizar pautas de comportamiento referidas al uso del poder y el acatamiento del mismo. Así, hombres de muy diversas profesiones (electricista, profesor, taxista, quiosquero, trabajador de aeropuerto...) son divididos en dos grupos: uno de doce prisioneros y otro de ocho guardias, ambos obligados a comportarse como tales. La investigación parte de la idea de cómo personas aparentemente «normales» y no agresivas pueden convertirse en seres violentos y sádicos o en individuos débiles y deprimidos, dependiendo del rol que se supone deben desempeñar en ese espacio construido especialmente para la ocasión. Un espacio austero, limpio, sin ninguna concesión ornamental y muy iluminado, al tiempo que cerrado y un tanto angustioso y asfixiante. Un espacio, pintado de blanco y colores vivos como el naranja, que tiene su perímetro totalmente controlado durante las veinticuatro horas del día por numerosas cámaras de televisión. La idea es que nada de lo que allí ocurra escape a las pantallas de vigilancia.

El primer acto de esta experiencia es que cada grupo se vista y adquiera los instrumentos propios de sus respectivos roles: camisas azules, placas y porras para los agentes (lo cual les dota ya de una determinada autoridad). Por el contrario, a los prisioneros se les da para vestirse únicamente una especie de saco blanco sin derecho a ropa interior; también se les asigna un número con la prohibición expresa de no utilizar nunca su nombre propio, con el fin de que no olvidaran «quiénes eran y dónde estaban» en ninguna circunstancia, privándoles de todo elemento de identidad personal. En el segundo acto de la película, los guardas crean un código de normas por las que se va a regir el comportamiento general y que deben ser cumplidas sin responder, si no se quiere ser castigado. Reglas absurdas ligadas a castigos y vejaciones para afirmar el poder absoluto de unos y la sumisión e indefensión de otros. En este sentido, es un buen ejemplo la regla n.º 5 impuesta por los guardas, que dice: «Hay que acatar cualquier orden del carcelero», la cual les dota de carta blanca para imponer y mantener el orden instaurado por ellos mismos. Después de varios días de confinamiento, los reclusos actuaban con una gran conformidad ante la suerte que les había tocado, los guardas lograron el control total de la prisión e impusieron la obediencia ciega de casi todos los reclusos. Ante la sumisión completa de los presos, los guardas iban actuando cada día más sádicamente, aumentando las vejaciones y las humillaciones, especialmente por la noche, cuando consideraban que las cámaras no grababan. De este modo, vemos en la película cómo cada grupo asume completamente el rol asignado, se impregna de él y realiza las acciones y los comportamientos esperados. Los prisioneros son tratados como infantilizados (caminan cantando y cogidos de la mano), se lo deben comer todo y se les priva de cualquier intimidad con el propósito de convertirlos en cuerpos dóciles, incapaces de rebelarse. La mezcla de vigilancia permanente y de reclusión forzada en celdas con el tiempo y el espacio acotado (más la presencia amenazante de la «caja negra» como lugar de tortura) consiguen doblegar su orgullo y moral, haciéndoles acatar el orden disciplinario impuesto.

Observamos cómo a los que se les ha dado la posibilidad de ejercer el poder (los que «hacen» de guardias) lo ejecutan con verdadera saña, lo cual vendría a ser una demostración de lo que decía Michel Foucault, cuando siempre señaló a las propias personas como los verdaderos agentes que hacen posible la instauración del poder y de la disciplina. En una entrevista declaraba que si en una prisión cambiara la situación y los prisioneros tomaran el control de los instrumentos de poder, su actuación no sería mejor de la que habían tenido los anteriores vigilantes. Paralelamente, también es cierto que ante un uso despótico y violento del poder, las masas (como ocurre en la película comentada) se rebelan y ponen fin al mismo. El uso de la violencia y la humillación constante posee unos límites evidentes que en situaciones especiales pueden ser muy útiles; sin embargo, a largo plazo se vuelven claramente contraproducentes. Todo esto vendría a reflejar que las sociedades funcionan (generalmente mucho mejor) gracias al conformismo universal de los individuos y que toleran dócilmente la tiranía benigna de un dictador individual o colectivo. Así, las masas, con sus necesidades aparentemente satisfechas y sin unas condiciones de opresión evidentes, no sólo acatan las reglas acordadas, sino que se convierten en el instrumento más eficaz de su propio dominio y se transforman en mantenedores del orden y obsesionados siempre por descubrir cualquier atisbo de disidencia para erradicarla sin piedad (caso del guardia Berus, que, de persona equilibrada y tranquila al inicio del filme, pasa en muy poco tiempo a convertirse en un déspota cruel y asesino).

6. El experimento, 2001, Oliver Hirschbiegel.

Entre las sociedades de control y la universalidad del pánico

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