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En su ensayo introductorio abre un amplio panorama sobre la presencia afromexicana, para ofrecer después una bibliografía de los principales títulos al respecto. Es, en realidad, una herramienta para estudiantes, profesores e investigadores interesados en el tema.
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Seitenzahl: 248
Veröffentlichungsjahr: 2019
AFROMÉXICO
HERRAMIENTAS PARA LA HISTORIA
Traducción de CLARA GARCÍA AYLUARDO
CENTRO DE INVESTIGACIÓN Y DOCENCIA ECONÓMICAS FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2004 Primera edición electrónica, 2018
Coordinadora de la serie: Clara García Ayluardo Coordinadora administrativa: Paola Villers Barriga Asistente editorial: Javier Buenrostro Sánchez
Diseño de portada: Francisco Ibarra Diseño de interiores de la versión impresa: Teresa Guzmán
D. R. © 2004, Centro de Investigación y Docencia Económicas, A. C. Carretera México-Toluca núm. 3655, Col. Lomas de Santa Fe, C. P. 01210 Ciudad de Mé[email protected]
D. R. © 2004, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-6073-2 (ePub)ISBN 978-968-16-7325-3 (impreso)
Hecho en México - Made in Mexico
AGRADECIMIENTOS
INTRODUCCIÓN, por Ben Vinson III y Bobby Vaughn
1. LA HISTORIA DEL ESTUDIO DE LOS NEGROS EN MÉXICO, por Ben Vinson III
REFLEXIONES HISTORIOGRÁFICAS
2. LOS NEGROS, LOS INDÍGENAS Y LA DIÁSPORA. UNA PERSPECTIVA ETNOGRÁFICA DE LA COSTA CHICA, Bobby Vaughn
REFLEXIONES ANTROPOLÓGICAS
BIBLIOGRAFÍA
ECONOMÍA Y ESCLAVITUD
GENERAL
ESTUDIOS REGIONALES (HISTORIA Y CULTURA)
ANTROPOLOGÍA, CULTURA, VIDA Y RELIGIÓN
NEGROS EN LA ESTRUCTURA DE LA SOCIEDAD MEXICANA
Muchas personas y fuentes de financiamiento han hecho posible este libro. En primer lugar nos gustaría agradecer a la editora de la serie, Clara García Ayluardo, cuya visión, energía y apoyo ayudaron a que se forjara este libro. Además, agradecemos a todos los habitantes afromexicanos de la Costa Chica y de Veracruz y a nuestros amigos, guías, informantes y colaboradores: Lilly Alcántara, Tito Calleja, Sagrario Cruz, Leonor González, el padre Glyn Jemmott, Adriana Naveda, Tomás Marín, Sergio Peñalosa, Leoncio Rojas y Francisco Ziga. El apoyo financiero para este proyecto provino de varias fuentes: el Fellowship for Faculty Diversity de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, la Ford Foundation Postdoctoral Fellowship, la beca Mellon-SSRC Career Enhancement Fellowship, la Rockefeller Grant for the Study of Diasporic Racisms, el Black Diaspora Consortium de la Universidad de Texas en Austin, así como del Departamento de Historia de la Universidad de Penn State. Nuestros asistentes de investigación, Fabiola Meléndez y Rob Schwaller, fueron de mucha ayuda en la compilación y edición de la bibliografía. A lo largo de este proyecto contamos con el apoyo y nos beneficiamos de los comentarios de Yolanda Fortenberry, Herbert S. Klein, Matthew Restall, Claudia Lomelí, Juan Manuel de la Serna, Nicole von Germeten, Ellen Simms, Trey Proctor, Joan Bristol, Paola Villers, Suzanne Oboler y Anani Dzidzienyo.
BEN VINSON III Washington D. C., 2004 BOBBY VAUGHN Pinotepa Nacional, Oaxaca, 2004
BEN VINSON IIIy BOBBY VAUGHN
En los primeros años del siglo XXI, casi 500 años después de la Conquista, es sorprendente que tanto mexicanos como extranjeros aún se asombren al constatar la presencia africana en México. El peso abrumador del pasado indígena y del mestizaje en la historia mexicana, así como la presencia preponderante del mestizo en la sociedad mexicana, han limitado el reconocimiento de la presencia africana en el país. En tiempos tan recientes como la década de 1990, muchos aún se sorprenden de que en México habitaban aproximadamente 450 000 negros y de que entre 1521 y 1640, durante la época colonial, éste haya sido uno de los dos grandes importadores de esclavos africanos al Nuevo Mundo, pues transportó más de 110 000 negros desde África central y occidental.1 Probablemente entraron al país hasta 200 000 esclavos africanos durante esta época, aunque a lo largo del siglo XIX y principios del XX varios miles de negros siguieron llegando. Cuando el presidente Vicente Guerrero abolió la esclavitud el 15 de septiembre de 1829, los esclavos de los Estados Unidos vieron en México una tierra de libertad y de oportunidades, lo que incitó que al menos 4 000 cruzaran la frontera durante las décadas de 1840 y 1850. Muchos de ellos fueron recibidos con entusiasmo por las autoridades mexicanas, quienes los vieron como probables aliados en la lucha territorial contra los norteamericanos. Así lo percibió el senador Sánchez de Tagle en 1831, cuando apeló a sus colegas legisladores para que apoyaran la migración de esclavos estadunidenses como una manera de evitar la posible invasión de estadunidenses blancos. El senador creía que la lealtad de los inmigrantes negros sería incuestionable, ya que hasta el último hombre lucharía a favor de México frente a los invasores blancos para evitar el regreso a la esclavitud.2
A principios de la década de 1850 el gobierno mexicano emitió una serie de concesiones de tierras a los colonos negros, y fue precisamente una comunidad moscoga (indios negros), asentada a lo largo de la frontera norte, la que participó, a instancias del gobierno mexicano, en al menos 40 expediciones armadas para sofocar varias rebeliones indígenas. En Durango, Tampico, Tlacotalpan y Tamaulipas se permitieron varios asentamientos adicionales, compuestos en su gran mayoría por negros provenientes de los Estados Unidos3 con la esperanza de que estimularan la economía mediante la explotación de tierras baldías con nuevas técnicas agrícolas adquiridas en su país de origen. A finales del siglo XIX, y sobre todo después de 1870, negros caribeños comenzaron a llegar a México en grandes cantidades para participar, en unos casos, en la construcción del Istmo de Tehuantepec y, en otros, en la construcción del ferrocarril transoceánico mexicano. En 1882 arribaron 300 jamaiquinos para construir la línea ferroviaria de San Luis Potosí a Tampico; otros 300 arribaron en 1905 para trabajar en las minas de Durango mientras otro numeroso grupo proveniente de las Bahamas comenzó los trabajos del Ferrocarril Central de Tampico. Después de 1895, miles de negros huyeron de Cuba como consecuencia de la guerra de independencia y muchos de ellos se asentaron en sitios donde había una demanda de mano de obra,4 como Yucatán, Veracruz y Oaxaca. Otro número importante de negros extranjeros participó en la Revolución mexicana, sobre todo a lo largo de la frontera con los Estados Unidos. Muchos de los inmigrantes negros regresaron a sus países de origen, pero algunos permanecieron en el país y otros más dejaron a sus hijos. En algunos casos, las comunidades de inmigrantes negros se mantuvieron hasta las décadas de 1850 y 1860, como en el caso de “La pequeña Liberia”, establecida por Theodore Troy cerca de Ensenada en 1917 que prosperó hasta la década de 1960.5 Para fines de los años cuarenta del siglo XX, por lo menos 300 negros estadunidenses vivían permanentemente en la ciudad de México, mientras cientos más residían en San Miguel de Allende, Guadalajara y Puerto Vallarta durante las décadas de los cincuenta, sesenta y principios de los setenta. Algunos eran sumamente talentosos y contaban entre sus filas a artistas, atletas, músicos, poetas, escritores, empresarios, doctores y académicos.6
Sin duda, el flujo más grande e importante de negros se dio durante la época colonial. Hoy se sabe que los africanos formaron parte de las fuerzas de exploración y de conquista de la mayoría de las expediciones en el Nuevo Mundo, y que la Nueva España no fue la excepción. Juan Cortés fue, tal vez, el primer esclavo en pisar tierra mexicana. Llegó con Hernán Cortés en 1519, y se dice que los indígenas lo creyeron un dios, pues nunca antes habían visto a un negro.7 Gonzalo Aguirre Beltrán estima que seis negros participaron en la conquista militar de Tenochtitlan, y otros estudiosos hablan de que varios cientos tomaron parte en las conquistas de Yucatán, Michoacán, Zacatula y Baja California.8
Entre 1519 y 1640 la población indígena cayó casi 90% de un total estimado de 25 millones. Esta catástrofe demográfica fue resultado de una serie de epidemias multianuales que incluyeron viruela (1520), sarampión (1531) y posiblemente tifo o fiebre hemorrágica (1545 y 1576); se piensa que sólo la epidemia de 1576 cobró dos millones de vidas.9 Como consecuencia del drástico declive demográfico, la importación de esclavos africanos resultó fundamental para sustituir las pérdidas en la fuerza de trabajo colonial. Esto explica, en parte, el dramático crecimiento de la importación de esclavos africanos, especialmente durante el periodo de 1580 a 1640. Sin embargo, el incremento de esclavos africanos también fue resultado del desarrollo de la economía colonial a partir de los descubrimientos de yacimientos de plata, particularmente en el Bajío, que incrementaron la demanda de mano de obra en las minas, sobre todo en las de Zacatecas y Guanajuato. Para 1570 casi 35% de los trabajadores en las minas más grandes eran esclavos africanos, y a principios del siglo XVII alrededor de una quinta parte de las minas de Zacatecas utilizaron a trabajadores negros.10 Por otra parte, los ingenios azucareros que se establecieron a lo largo de las costas también tuvieron gran importancia y valor. Para mediados del siglo XVII, entre 8 000 y 10 000 esclavos vivían en las costas del golfo, desde las tierras bajas hasta las laderas de la Sierra Madre Oriental; y más de 3 000 trabajaban en las plantaciones azucareras.11 Sin embargo, la demanda de mano de obra doméstica y urbana absorbió a la mayoría de los esclavos africanos, pues, por ejemplo, en 1646 la ciudad de México fue hogar de casi 55% de los esclavos negros.
A principios de 1640, el comercio de esclavos en México decayó bruscamente. Los portugueses, quienes habían pertenecido brevemente al Imperio español a finales del siglo XVI, se independizaron y, como resultado, los españoles dieron por terminados sus contratos con los esclavistas portugueses. Sin embargo, la esclavitud continuó prosperando como institución. Los negros trabajaron en las plantaciones azucareras, pero también se convirtieron en una parte significativa de la mano de obra de los obrajes de paño en centros urbanos como Valladolid, Querétaro y la ciudad de México.12 Las investigaciones recientes confirman este hecho, pues hay indicios de que la esclavitud no comenzó a decaer como fuerza económica importante en la Nueva España sino hasta 1750.13
Para el siglo XVII la población africana, así como otros grupos sociales, ya se había hecho presente de manera significativa en la mezcla racial de la Nueva España, en parte como resultado de la violencia sexual contra las esclavas por parte de sus amos, aunque en otros casos la mezcla racial fue voluntaria. Esta mezcla se produjo en distintos niveles; por una parte, algunos esclavos buscaron mujeres indígenas como esposas para que sus hijos nacieran libres, y por otra, los negros libres se casaron con mestizas, indígenas y ocasionalmente con blancas. Estos procesos se llevaron a cabo con tanta celeridad que algunos investigadores piensan que, para el siglo XVIII, el mestizaje mexicano se dio, en gran medida, gracias a los afromexicanos, que congregaron a las poblaciones blancas e indígenas más rígidas y endogámicas.14 En la medida en que los afromexicanos se mestizaron, creció su número. Para 1810, en vísperas de la guerra de Independencia, había más de 620 000 pardos, mulatos y morenos en la Nueva España, que representaban más o menos 10% de la población.15 Los afromexicanos participaron en la vida novohispana de muchas maneras que contribuyeron a desarrollar y a sostener la cultura, las prácticas curativas, la defensa militar y los regímenes de trabajo. Sin embargo, este proceso de mestizaje no eliminó ni impidió la creación de identidades fundadas en la etnicidad africana o en el estatus racial. Las vidas de los afromexicanos fueron complejas y plenas de conciencias múltiples, que se forjaron según los diversos contextos de la realidad, pues en algunas instancias escogieron vivir como plebeyos; en otras, eligieron vivir como pardos y morenos y, en otras más, intentaron integrarse por completo a la sociedad sin características raciales algunas.
A diferencia de los estudios sobre los negros en Brasil, Cuba o los Estados Unidos, las investigaciones sobre el tema en México no han ocupado un lugar prominente en la tradición intelectual. El sistema de valores, asociado con el indigenismo y el mestizaje, difuminó la visibilidad de la herencia afromexicana y la limitó tanto que ni siquiera se consideró la posibilidad de realizar investigaciones sobre el tema. Las características negativas asociadas a la negritud por muchos años se consideraron perjudiciales para la nación y poco dignas de ser discutidas para no manchar el futuro de México. El propio José Vasconcelos creía que aunque los negros habían formado parte de la población mexicana, su único legado había sido la enfermedad y el mal de la sensualidad y de la inmoralidad, en contraste con los grandes beneficios culturales e intelectuales que habían transmitido los europeos y los indígenas.16 Tales ideas, surgidas de la pluma de uno de los intelectuales mexicanos más importantes, no resultaron un buen presagio para el estatus de los afromexicanos en el país, ni tampoco para promover iniciativas de estudios acerca de su condición.
Sin embargo, junto con el importante factor del mestizaje, también se debe considerar el miedo, pues tanto en México como en el resto de América Latina se inhibe la sola mención de la presencia negra, pues de los contrario se admitiría la existencia del racismo. La naturaleza tabú de este tema ha sido determinante para suprimir la aceptación abierta de la negritud, así como para subvertir cualquier esfuerzo de investigación acerca del tema. Además, el tema de la diferenciación racial amenaza algunas de las premisas fundamentales que operan en democracias raciales como la de México. Como en una democracia racial supuestamente todos son iguales sin importar la raza, cualquier discriminación se entiende como producto de las diferencias de clase. La mayoría de las democracias raciales latinoamericanas —como Colombia, Brasil, Venezuela y México— destacan el alto nivel de mezcla racial de sus poblaciones, privilegiando así la mezcla sobre la pureza racial. En este tipo de modelo, los estudios sobre la negritud pueden alterar la imagen de armonía racial que es integral a la propia imagen nacional.
Este ensayo pretende proporcionar un esbozo de la trayectoria de las investigaciones en torno a la presencia negra en México, así como ofrecer una compilación de muchas de las fuentes que se consideran esenciales para el estudio de este tema. El libro busca proporcionar un contexto básico para orientar a quienes se acercan por primera vez al tema, e información más específica que, esperamos, sea de utilidad para los investigadores más experimentados. Aunque nos hemos esforzado para dar una visión amplia y completa, estamos conscientes de que algunas fuentes no aparecen en este texto y de que además no le prestamos la atención debida a otras. Por desgracia, estos son algunos de los problemas inherentes a muchos trabajos de síntesis porque es prácticamente imposible abordar cada libro y cada artículo con la atención que se merecen. Con el ánimo de ofrecer un panorama general del tema, intentamos un equilibrio privilegiando algunas fuentes difíciles de obtener, pero que son fundamentales para el estudio de varios aspectos en este campo, al tiempo que incluimos fuentes que están imbricadas con otros trabajos de manera más esquemática. Sin embargo, en la bibliografía se pueden encontrar todas las fuentes a las que hace referencia este ensayo y muchas más. Nuestros comentarios son sencillamente una guía para futuros derroteros de exploración, lectura e investigación sobre el tema. Sin embargo, este trabajo también contiene unas reflexiones etnográficas que pretenden ofrecer al lector un acercamiento a algunos de los problemas actuales que afrontan los afromexicanos. Esperamos que este trabajo resulte útil e iluminador, pues lo escribimos con el espíritu de camaradería que caracteriza a la comunidad académica y al campo internacional del saber en los que participamos.
BEN VINSON III
Hasta hace muy poco, el estudio de la población negra en México no se podía incluir en una escuela particular de pensamiento o de investigación intelectual. Ya bien entrado el siglo XX, gran parte de lo escrito sobre los afromexicanos era esquemático, destellos fugaces acerca de los negros que impedían entrar de lleno a los temas más fundamentales e importantes de la política nacional y regional, la economía o la situación social. Sin embargo, aun así es posible seguir y constituir la evolución de lo que se ha escrito sobre los negros en México desde la época colonial. Al llevar a cabo esta tarea, uno descubre que las reflexiones y las discusiones en torno a las poblaciones negras han seguido la trayectoria del desarrollo político de la nación en muchos sentidos. En otras palabras, los estudios referentes a los afromexicanos se pueden agrupar de la siguiente manera: i) el periodo colonial y de la Independencia (1521-1821); ii) el periodo prerrevolucionario (1822-1910); y iii) el periodo posrevolucionario (1921-a la fecha). Aunque estos periodos tan amplios presentan muchos matices, en general proporcionan elementos útiles para evaluar la conversación que México ha sostenido con la negritud a lo largo de su historia. Además, el estudio de la discusión acerca de los afromexicanos dentro de estos parámetros definidos políticamente tiene una utilidad particular porque se puede comprender mejor cómo los debates y la política mexicana en torno al desarrollo nacional estuvieron influidos por la presencia negra, así como el impacto que han tenido en la comprensión de la negritud.
Una línea de tiempo amplia y políticamente informada ayuda a entender la evolución de las investigaciones sobre los afromexicanos, y también permite que en las siguientes secciones de este recorrido historiográfico se examinen otras cuestiones importantes. Existe la idea de que las investigaciones acerca de la presencia afromexicana son relativamente nuevas. Esta compilación bibliográfica es una muestra de que más de la mitad de los libros académicos de mayor importancia sobre los negros en México aparecieron después de 1969. Se percibe un desarrollo lento de los estudios afromexicanos, debido en parte a los efectos intelectuales de la Revolución mexicana. Su hincapié en el indigenismo y el mestizaje retrasó, supuestamente, la conversación del país con su herencia afromexicana, o por lo menos no le dio mucha importancia. Por su parte, esta investigación historiográfica, con su estudio bibliográfico, devela una historia más profunda de la que se conoce comúnmente. Al abordar una perspectiva de más larga duración histórica, ubicamos el impacto cultural de la Revolución en un contexto mejor, sin sobreestimarlo. Demostramos que los debates acerca de lo racial, surgidos durante la Revolución, fueron precedidos por discusiones en torno al papel de la pureza racial en la evolución de México. Estas discusiones ya habían tenido lugar en el periodo colonial y en el siglo XIX, dando paso a un cuerpo de conocimiento importante, aunque pequeño, acerca del sentido de la herencia negra. Como algunos de estos estudios no tienen la forma tradicional de historias o narrativas históricas, el retrato de Afroméxico que se presenta en las páginas siguientes invita a los estudiosos a considerar un abanico de fuentes opcionales como información historiográfica relevante. Para la época colonial, por ejemplo, los archivos mexicanos pueden ser utilizados también como recurso historiográfico. Los archivos se consultan comúnmente como fuentes primarias, pero si además a éstas las utilizamos como fuentes secundarias, podemos acercarnos a ellas de una manera más analítica. Así, estas fuentes nos dicen de qué manera percibían las instituciones coloniales a las poblaciones negras, cómo las ordenaron en categorías y cómo procesaron sus vidas en la sociedad colonial. Es posible seguir patrones históricos a lo largo del tiempo y observar las características comunes que adoptaron algunas instituciones al referirse a los negros mexicanos. Es posible ver, bajo este mismo enfoque, los periódicos del siglo XIX y también las varias obras literarias desde el siglo XVI hasta el XIX, que mucho revelan acerca de las actitudes de esos tiempos y que permiten examinar con mayor precisión qué papel desempeñaron los afromexicanos en los debates sociales y culturales de las distintas épocas. Así, las siguientes secciones de este libro buscan situar el estudio de los afromexicanos en la narrativa política de la nación y ubicar parte del material que debe ser estudiado para comprender las condiciones y el estatus de las poblaciones negras en México a lo largo de la historia.
Como en el caso de muchas de las colonias españolas, la Nueva España no produjo escritos intelectuales o literarios importantes que incorporaran a los negros como sujetos de estudio; sin embargo, se les mencionaba ocasionalmente en los relatos de viajeros como Thomas Gage, fray Francisco de Ajofrín, Alexander von Humboldt y Giovanni F. Gemelli Carreri.1 En sus descripciones, las personas de ascendencia africana, en especial los que resultaron de una mezcla racial como los mulatos y los pardos, fueron presentados de manera desfavorable, pues se afirma que ejercían una influencia corrupta sobre la sociedad por su supuesto comportamiento instintivamente criminal y provocativamente sexual. Como los viajeros llegaron a estas conclusiones al aplicar sus estereotipos europeos a las realidades cotidianas de las que fueron testigos en un territorio extraño, no sorprende que sus evaluaciones fueran a menudo extremadamente parciales. La aplicación de estereotipos, sin embargo, no se limitó a los negros sino que se proyectó en su interpretación de los demás habitantes novohispanos, como los mestizos y los criollos blancos. Por sus tendencias subjetivas, entonces, los comentarios y las observaciones que aparecen en los relatos de viajes deben ser leídos no tanto por su veracidad histórica, sino porque revelan el clima intelectual de la época, que se ocupó, entre otros asuntos, de cuestiones de raza. Sin embargo, también es cierto que hay relatos de viajes sobre los afromexicanos que contienen información importante y en apariencia objetiva, pero estas excepciones, por lo general, sólo describen las condiciones materiales de la vida de los negros, así como su forma de vestir y de vivir.
Por otra parte, los negros también figuran, aunque de manera muy limitada, en las crónicas de la Conquista. Bernal Díaz del Castillo (ca. 1562), fray Diego Durán (ca. 1580) y Francisco López de Gómara (ca. 1552) hicieron referencia a los soldados negros auxiliares que acompañaron a los conquistadores españoles. Como se puede imaginar, los cronistas nunca pusieron a los negros en el primer plano, sino que los utilizaron más bien como ornamentos de la trama central o como chivos expiatorios o antihéroes. El conquistador negro Francisco Eguía, por ejemplo, tiene la desgracia de ser recordado por haber traído la viruela al Imperio azteca. Mientras Cortés y los demás conquistadores gozan de la gloria, la fama y la fortuna por sus victorias en el campo de batalla, Eguía está condenado a sufrir la ignominia de la enfermedad y el estigma de haber transmitido la enfermedad mortal que acabó con millones de indígenas inocentes e indefensos. Al atribuirse a Eguía la transmisión de la viruela en México, los españoles desviaron los comentarios despectivos de algunos autores británicos y europeos que denunciaron la crueldad del gobierno español en las Indias (la Leyenda Negra) hacia la población africana en México. Al sur de Tenochtitlan, en la conquista de Chiapas, los cronistas consignaron las hazañas de otro antihéroe: un soldado negro sin nombre, quien al asustarse durante una misión disparó por accidente contra sus compañeros. Esta historia, ciertamente, degrado la importancia de los conquistadores negros al retratarlos como viles cobardes.2 Por otra parte, los negros también aparecen en las exploraciones de la frontera norte; Estebanico, otro conquistador negro que participó en los viajes de Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1528-1536), se transformó en una luz más favorable. Estebanico, se dijo, producía un gran temor entre las filas del enemigo por su imponente físico y ayudó a consolidar la conquista española de esta zona; no obstante, también se hizo hincapié en su impedimento de lenguaje que limitó su comunicación efectiva. Como la manipulación y el uso inteligente del lenguaje fueron elementos centrales para el éxito de muchas de las grandes empresas de conquista, entre ellas la de Cortés, las habilidades y el impacto positivo que pudo tener Estebanico quedaron severamente menguadas. Así, los lectores de las crónicas de la Conquista podrían reconocer en Estebanico no a un héroe, sino a un bufón inepto, sujeto al control de los españoles.3
Además de las crónicas y los relatos de viajeros, los negros y mulatos aparecen esporádicamente en los tratados sobre la administración colonial, así como en los escritos acerca de las condiciones sociales, especialmente de la ciudad de México.4 Sin embargo, estos escritos tampoco consideran a los negros como sujetos principales sino que, por el contrario, a menudo los mencionan indiscriminadamente junto con el grueso de las castas y el pueblo en general. Pero existen excepciones más progresistas como el texto de Francisco de Seijas y Lobera, Gobierno militar y político del reino imperial de la Nueva España, publicado a principios del siglo XVIII como fuente de análisis y consejos para la burocracia española. En las páginas de los casi 14 tomos de consejos de esta obra se hace referencia al potencial militar de la población negra y mulata de la colonia. Aunque el autor advierte sobre las consecuencias de armar a los afromexicanos, aconsejó que, en lugar de dotarlos con armas de fuego, espadas y cuchillos, se podría establecer una milicia temible con negros y mulatos de la costa del golfo aprovisionados con lanzas ligeras y machetes, y otros tantos se podrían entrenar como lanceros a caballo. Seijas y Lobera creyó ingenuamente en la posibilidad de armar con facilidad a por lo menos 40 000 afromexicanos en la Nueva España, una milicia que en su mejor momento contó con 200 000 efectivos.5
Es interesante advertir el contraste entre lo poco que se ha escrito sobre los negros en la época colonial y la gran cantidad de páginas dedicadas a los indígenas. Mucho tiene que ver, naturalmente, su condición de poblaciones nativas conquistadas, pero también la fascinación que tenía la élite colonial con la población indígena como sujetos conquistados. Este interés abarcó muchas esferas del mundo indígena, incluidos los debates morales en torno a su caída, el ahínco por su conversión espiritual, el cuidado oficial por su integración al nuevo orden colonial y la protección que se les proporcionó para minimizar su explotación. Son varias las razones por las cuales los negros no despertaron el mismo interés o inquietud. Por una parte, el contacto europeo con los pueblos africanos tenía una historia más larga y establecida que la de los indígenas americanos. El contacto entre los europeos de la Península ibérica y las poblaciones del norte de África se remontaba a la Antigüedad, cuando los fenicios y los cartagineses se establecieron comercial y militarmente en el sur de lo que hoy es España y Portugal. Entre 777 y 1492 los moros ocuparon y gobernaron grandes extensiones de la Península ibérica. Durante estos años, los españoles y los portugueses tuvieron contacto directo y constante con los pueblos del norte de África, pero también con los del sur del Sahara, quienes fueron utilizados por los califatos musulmanes como esclavos y soldados.6
Cuando España y Portugal consolidaron sus fronteras por medio de la reconquista en el siglo XV, los nuevos reinos ibéricos establecieron sus propias relaciones independientes con los pueblos del sur del Sahara, en gran medida por medio de los viajes de exploración portugueses que abrieron grandes áreas de África occidental y central al comercio. Aunque había esclavos africanos entre los productos intercambiados, es importante subrayar que representaron sólo una parte del comercio del subSahara, que incluyó también polvo de oro, caballos, marfil y especias. A finales del siglo XV, sin embargo, cantidades cada vez mayores de africanos entraron a España y Portugal. Para 1500, entre 40 000 y 100 000 esclavos fueron embarcados a Portugal y por lo menos 15 000 desembarcaron en Valencia entre 1479 y 1516. Para mediados del siglo XVI, por lo menos 15 000 esclavos africanos vivían en Sevilla.7
Al incrementarse notablemente la importación de esclavos negros se alteró significativamente el carácter tradicional, multiétnico y multinacional de la esclavitud europea, en la que había judíos, sardos, griegos, rusos y libaneses. Para justificar la cambiante composición de la esclavitud, España y Portugal, junto con otros países europeos, construyeron un marco intelectual que promovió el estereotipo de la inferioridad negra. Las enseñanzas de Aristóteles fueron clave para este proceso, ya que los europeos aplicaron sus teorías a los africanos, particularmente la que proponía que el destino natural de ciertas poblaciones era la esclavitud. Entonces, el tema de la naturaleza se reinterpretó en términos del color de la piel y lo negro funcionó como un indicador físico de la adecuación natural de los africanos para la esclavitud. Las teorías de Aristóteles también fundamentaron la toma legítima de esclavos en el marco de una “guerra justa” que, para la mentalidad ibérica, abarcaba la reconquista y los conflictos armados en torno a la exploración de África. Sin embargo, para no dejar dudas, varias bulas papales emitidas por Nicolás V (1454) y Calixto III (1456) transformaron los viajes de exploración europeos en cruzadas santas para la expansión del cristianismo. La esclavitud, por lo tanto, se entendió y se legitimó como un medio para “salvar las vidas” de las poblaciones supuestamente paganas de África. La religión jugó un papel aún más decisivo en tanto que los europeos identificaron paulatinamente a los africanos del subSahara como descendientes de Ham, uno de los hijos de Noé, cuyo linaje había sido condenado a una terrible maldición. Así, el fenotipo negro se percibió cada vez más como la expresión física del pecado de Ham y, por lo tanto, como un estigma de la supuesta e inherente naturaleza pecaminosa de todos los africanos.8
Gracias a esta historia de la esclavitud, para el siglo XVI la creencia en la inferioridad de los africanos quedó arraigada en la tradición cultural y política de España, fundamentada y promovida aún más por la literatura del Siglo de Oro. El santo negro Rosambuco de la ciudad de Palermo,
