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Síntesis histórica de Aguascalientes que constituye un primer acercamiento a la historia regional, como medio para entender y explicar mejor la trascendencia que cada una de las partes ha jugado en la construcción de un pasado nacional, desde los primeros asentamientos chichimecas en esa zona geográfica, la avanzada colonizadora del siglo XVI y la etapa colonial, hasta el nacimiento del estado de Aguascalientes en 1857. El siglo XX relata el escenario de la Convención de 1914, los eventos acontecidos en el estado cardenista y la importancia de este territorio durante la guerra cristera. Se muestra así al estado de Aguascalientes como una parte más del entramado histórico de la Republica y su importancia en un contexto histórico más allá del local.
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Seitenzahl: 554
Veröffentlichungsjahr: 2012
JESÚS GÓMEZ SERRANO. Doctor en historia por la UNAM, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y profesor del Departamento de Historia de la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Es autor de muchos libros y artículos referidos a diversos aspectos y épocas de la historia de Aguascalientes. Su trabajo le ha valido varios reconocimientos, entre otros el Premio Nacional de Historia Francisco Javier Clavijero, concedido por el INAH, y el Premio de Historia Regional Mexicana Atanasio G. Saravia, concedido por Fomento Cultural Banamex.
FRANCISCO JAVIER DELGADO AGUILAR. Maestro en historia moderna y contemporánea por el Instituto de Investigaciones Dr.7. José María Luis Mora y candidato a doctor en historia por El Colegio de México. Ha publicado artículos sobre historia política y urbana de México en los siglos XIX y XX. Es autor del libro Jefaturas políticas. Dinámica política y control social en Aguascalientes, 1867-1911.
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
Fideicomiso Historia de las Américas
Serie HISTORIAS BREVES
Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ
AGUASCALIENTES
EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2010 Segunda edición, 2011 Primera reimpresión, 2012 Primera edición electrónica, 2016
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar
D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México
D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
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ISBN 978-607-16-4071-0 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?
El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.
Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.
Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.
Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.
El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.
La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.
En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.
Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.
Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
Presidenta y fundadora delFideicomiso Historia de las Américas
EL ESTADO DE AGUASCALIENTES se encuentra en el centro-norte de la República Mexicana, entre los paralelos 21°28’03” y 22°28’06’’ de latitud norte y los meridianos 101°53’09” y 103°00’51” de longitud oeste. Por el norte, oeste y noreste limita con Zacatecas, y por el sur, este y sureste con Jalisco. Junto con Tlaxcala, Morelos y Colima, el de Aguascalientes es uno de los estados más pequeños del país, con una extensión estimada de 5 600 km2, aunque la inexistencia de límites oficiales entre los estados de Jalisco y Aguascalientes dificulta un cálculo exacto.
Es importante tener en cuenta que los límites geopolíticos del estado no coinciden con los de la región cuyas actividades han girado históricamente en torno a la ciudad de Aguascalientes. Esta falta de coincidencia entre las unidades geohistóricas y las entidades político-administrativas es bastante frecuente. En el caso de Aguascalientes las diferencias son particularmente notables por el oriente, pues con certeza puede afirmarse que la mayor parte del Llano del Tecuán tuvo en Aguascalientes su principal foco de atracción. Esta hegemonía, de la que ya hay vislumbres en el siglo XVII, se consolidó en el XIX, cuando la ciudad de Aguascalientes se liberó de la tutela política zacatecana y se erigió en capital de un departamento independiente, lo que fue un auténtico detonador de su desarrollo económico y social. De manera sintomática, los límites de la región históricamente dominada por la ciudad de Aguascalientes corresponden menos a los de la entidad política que a los de la diócesis religiosa, que incluye, aparte de las municipalidades aguascalentenses, buena parte de las de Ojuelos, Encarnación de Díaz, Teocaltiche y Villa Hidalgo, pertenecientes a Jalisco, así como porciones de las de Loreto y Villa García, pertenecientes a Zacatecas. No es una casualidad que por lo menos en tres ocasiones los vecinos de la villa de La Encarnación hayan intentado separarse de Jalisco y agregarse a Aguascalientes. Por su parte, los trabajos de regionalización económica que se han hecho durante los últimos años coinciden en darle a la región que se aglutina alrededor de la ciudad de Aguascalientes una extensión mayor que la que tiene el estado. Como tendremos oportunidad de ver a lo largo de este libro, estas diferencias tienen una explicación histórica.
Desde el punto de vista de la conformación geológica es notable que el Valle de Aguascalientes, un corredor más bien estrecho que va de sur a norte, divida al estado en dos partes casi iguales. La mitad oriental pertenece a la provincia geológica de la Mesa Central y sus formaciones rocosas más importantes provienen del periodo terciario; la otra mitad forma parte de la provincia de la Sierra Madre Occidental y en su estratigrafía hay pequeños afloramientos que datan del periodo jurásico, es decir, de una edad geológica anterior a la que cubre el periodo terciario. A estas dos provincias principales debe agregarse el Eje Neovolcánico, que hace por el sur una pequeña penetración en el estado de Aguascalientes, el cual conforma una “zona de transición” entre la altiplanicie meridional, que comprende los estados de Guanajuato, Querétaro y el Distrito Federal, así como partes de los de Zacatecas, Michoacán, Hidalgo y Jalisco, y la altiplanicie septentrional, que abarca los estados de Coahuila, Chihuahua y Durango, al igual que la mayor parte del de Zacatecas.
El Valle de Aguascalientes se encuentra a una altitud promedio de 1 800 metros sobre el nivel del mar, aunque en las partes más altas de la Sierra Fría, que divide por el poniente el estado del de Zacatecas, se rebasan ligeramente los 3 000 m (la mayor altura se encuentra en el Cerro de La Ardilla, de 3 050 m). El Valle de Huejúcar, que forma una pequeña pero bien definida depresión del imitada por la Sierra Fría y la Sierra del Laurel, tiene casi la misma altura que el de Aguascalientes, aunque un poco más al sur, en Jalpa, desciende hasta 1 450 m. En sus puntos más altos (el Cerro de La Antorcha y el de los Díaz), la Sierra del Laurel alcanza 2 800 m. Al oriente, las mesas que forman el Llano del Tecuán se encuentran a una altitud media de 2 200 m, con algunas prominencias (el Cerro del Espía y la Mesa del Toro) que alcanzan 2 700 metros.
La temperatura media anual que se registra en el estado oscila en torno de 17°C. Las temperaturas mínimas ocurren en enero, con valores de alrededor de 13°C en promedio, y las más altas en junio, cuando el termómetro promedia valores cercanos a 25°C. En general, durante los últimos 100 años el clima parece haberse vuelto mucho más extremoso, sobre todo en la estación cálida, en la que los termómetros rebasan con frecuencia 35°C. Si tomamos como referencia los registros que hizo el ingeniero Miguel Velázquez de León en su hacienda de Pabellón en 1873, año en el que la máxima temperatura alcanzada fue de 30°C, tendremos una idea de la magnitud de los cambios que se han operado en el clima de la región. Las perturbaciones son aún más acentuadas si advertimos que se han operado en un lapso de sólo un siglo, insignificante en comparación con la edad del planeta y con el sistema del que forma parte.
La precipitación pluvial en el estado promedia unos 500 mm anuales; la variación más importante se registra en la Sierra del Laurel, dentro del municipio de Calvillo, y en las partes altas de la Sierra Fría, donde se acumulan poco más de 600 mm de agua al año y el clima en general es más templado y húmedo. Es notable que las lluvias se concentren entre los meses de junio y septiembre, por lo que el estiaje, que por regla general es muy riguroso, abarca de mediados de octubre hasta fines de mayo. La mayor incidencia de lluvias se da en los meses de julio y agosto, durante los cuales el pluviómetro registra precipitaciones acumuladas de 120 a 130 mm. Este patrón de distribución de las lluvias, al que se añaden las fuertes y continuas heladas que se presentan desde fines de noviembre hasta principios de marzo, ha constituido a lo largo de la historia una condicionante de la mayor importancia para las prácticas agrícolas. De hecho, en toda la Mesa Central del país los índices de precipitación pluvial no aseguran el éxito de los cultivos de temporal. A la escasez e irregularidad de las lluvias debe agregarse la temible evaporación, que durante el verano es muy alta a causa del calor. En esas condiciones, las siembras de maíz y frijol necesitarían un mínimo de 700 mm de agua para lograrse. Si en el corazón del Bajío ello no se da, mucho menos en su extremo septentrional, en el Valle de Aguascalientes, donde el calor es un poco más fuerte y las lluvias más escasas e irregulares. De esta manera, la idea misma de un cultivo de temporal está asociada a la inseguridad.
Como resultado de la altura sobre el nivel del mar, la temperatura, la precipitación pluvial y la evaporación potencial, los climas dominantes en el estado de Aguascalientes son de tipo estepario o semidesértico y templado subhúmedo, extremosos en ambos casos, pues las temperaturas medias mensuales oscilan entre 7°C y 14°C. El clima templado subhúmedo sólo se registra en las partes altas de la Sierra Fría y la Sierra del Laurel, mientras los climas esteparios dominan en la inmensa mayoría de la superficie estatal.
Con excepción del municipio de Calvillo, el estado forma parte de la cuenca hidrológica del Río Verde, del cual son tributarios el San Pedro (también llamado Pirules o Aguascalientes), el Chicalote, el Encarnación y el Morcinique. La subregión de Calvillo, por su parte, está drenada por el Río Juchipila, que conforma otra cuenca hidrológica. Tanto el Río Verde como el Juchipila son afluentes del Lerma-Santiago y forman parte de esa región hidrológica. Por su caudal, el más importante de los pequeños ríos del estado es el San Pedro, que aun antes de la construcción de presas y bordos se secaba por completo durante el estiaje. Este río se forma en el Valle de Ojocaliente, en el sur de Zacatecas, con pequeños escurrimientos que corren de norte a sur y que atraviesan el municipio de Rincón de Romos, en donde su caudal se enriquece notablemente gracias a la confluencia de los ríos Pabellón y Santiago, a los que se añaden otros escurrimientos menores que bajan de la Sierra Fría. Muy cerca del antiguo pueblo de indios de Jesús María, en el corazón del Valle de Aguascalientes, el Río Chicalote une su caudal al San Pedro, permitiéndole a éste alcanzar la mayor amplitud y profundidad de todo su trayecto. Después de rodear por el poniente la ciudad de Aguascalientes, el Río San Pedro sigue corriendo hacia el sur, hasta unirse, cerca de Teocaltiche, al Río Verde.
La insuficiencia de las aguas superficiales se ve compensada por las subterráneas, muy abundantes en los valles de Aguascalientes y Calvillo e indispensables tanto para el desarrollo de la agricultura como para el consumo humano. De hecho, los manantiales de Ojocaliente fueron capaces de satisfacer los requerimientos de agua de la villa a lo largo de toda la época colonial. Sin embargo, no sería hasta fines del siglo XIX cuando el desarrollo tecnológico permitió un aprovechamiento más sistemático de estos veneros. Actualmente, las cantidades ingentes de agua que consume la ciudad se obtienen de pozos profundos.
Lo mismo que en cualquier otra región, en Aguascalientes las características de los suelos dependen del clima y la geología. La acción de los componentes del clima (altitud, temperatura, precipitación pluvial y evaporación) condiciona las características del intemperismo y de la flora y fauna de un lugar dado; los suelos son el resultado del accionar de esos elementos sobre el material geológico. En la región montañosa occidental (apenas 8% de la superficie del estado) los suelos dominantes son litosoles, feozems y planosoles. Son suelos oscuros y suaves en su superficie, ricos en materia orgánica y nutrientes, razonablemente fértiles y con una profundidad mayor a 30 cm. Su potencial agrícola es alto, pero su aprovechamiento se dificulta por el carácter tan pronunciado de las pendientes. En el Valle de Calvillo se encuentra el rogosol como principal unidad de suelo; no es un suelo muy rico ni profundo, pero su aprovechamiento es factible en el pastoreo de ganado y el cultivo de cereales y frutales. En el Valle de Aguascalientes los principales suelos son el xerosol, el planosol y el fluvisol, característicos los tres de las planicies y los valles semiáridos. Por la moderación de sus pendientes (10 grados como máximo), su suavidad, la relativa abundancia de materia orgánica y su profundidad (el tepetate se localiza a más de 50 cm), estos suelos son en principio aptos para la agricultura. Su principal limitación estriba en la facilidad con que se erosionan, a lo que desde luego hay que añadir la inconsistencia de las lluvias. En las extensas mesas que forman el Llano del Tecuán, aunque el suelo dominante sigue siendo el planosol, las prácticas agrícolas enfrentan restricciones más serias. En general los suelos son más delgados y más pedregosos en la superficie, y hay algunas pendientes más acusadas. Puede cultivarse el maíz gracias a que su raíz es muy somera, pero el trigo exige obras de drenaje y fertilización. La relativa abundancia de pastos propicia el desarrollo de la ganadería extensiva.
Los españoles encontraron a su llegada un sistema de vegetación prácticamente virgen, dominado en los valles bajos (1 500 2 000 m) por bosquetes de huisaches, mezquites y nopales. En las mesetas de la sierras Fría y del Laurel, entre 2 000 y 2 400 m de altitud, había encino, ocotillo y manzanilla. En las partes más altas de esas sierras se encontraban bosques medianamente extensos de encino y pino. El desarrollo de la agricultura y la ganadería alteró desde un principio esos sistemas de vegetación; de hecho, en el Valle de Aguascalientes los bosques chaparros de mezquite y nopalera casi han desaparecido por completo, convertidos en campos de cultivo (y más recientemente en parques industriales), mientras que en las sierras se han extendido los matorrales.
Con una superficie de casi 1 200 km2, el Valle de Aguascalientes se ha destacado históricamente como la subregión agrícola más importante de todo el estado. Las tierras son laborables y moderadamente productivas, las pendientes suaves y menos pedregosas, el drenaje es bueno y casi no se presentan inundaciones, todo lo cual propicia que las prácticas agrícolas puedan darse sin necesidad de emplear métodos especiales. En el Llano del Tecuán la aptitud es menor, de donde surge la necesidad de utilizar fertilizantes y combatir la erosión. En el Valle de Calvillo las tierras son mejores que en el Llano, pero es tan pequeño (apenas 76 km2) que su potencial agrícola siempre ha sido muy limitado. Estas tres áreas, cuya superficie conjunta alcanza 2 000 km2 (poco más de la tercera parte de la superficie estatal), concentraron desde los inicios de la época colonial los afanes de cultivadores y señores de ganados.
La villa de Aguascalientes se fundó en 1575, pero sólo con el paso del tiempo se convirtió en eje de la vida política y económica regional. A principios del siglo XVII fue erigida en cabecera parroquial y capital de alcaldía mayor, lo que le dio a ese proceso una sólida base institucional. Pero, sin exagerar, puede decirse que sólo a finales del siglo XVII, más de 100 años después de fundada, la villa logró distinguirse con claridad de los campos que la circundaban y convertirse en el centro de una compleja red de relaciones administrativas, políticas y comerciales. El historiador francés Fernand Braudel ha dicho que las ciudades no existen más que “por contraste” con esa vida “inferior a la suya” que es la de los campos y pequeños pueblos que las circundan, y que, por más modestas que sean, las ciudades configuran su propia campiña y le imponen “las comodidades de su mercado, el uso de sus tiendas, de sus pesos y medidas, de sus prestamistas, de sus juristas, e incluso de sus distracciones”. El ser mismo de la ciudad, dice Braudel, depende de su capacidad para “dominar un espacio, aunque sea minúsculo”. En este sentido, puede decirse que poco a poco la villa de Aguascalientes logró erigirse en un auténtico “emplazamiento central”, es decir, un poblado cuyas funciones económicas, políticas y sociales constituían el eje de un sistema jerárquico que incluía otros asentamientos de importancia menor ligados a él en forma permanente, como los pueblos de indios y las haciendas de la jurisdicción. Como tal, la villa vertebraba la región, le imponía su ritmo al desarrollo económico y se destacaba como una especie de eje natural de todas las transacciones.
NORMALMENTE SE DICE QUE EL AÑO DE 1521 señala la fecha de la conquista de la Nueva España, aunque en realidad la caída de México-Tenochtitlan, capital del Imperio azteca, marcó apenas el inicio de una enorme, costosa y sangrienta guerra que se prolongaría a lo largo de todo el siglo XVI. Hasta 1540 los conquistadores españoles avanzaron en forma lenta y gradual, penetrando sólo de manera ocasional en los inmensos territorios dominados por los chichimecas, pero en septiembre de 1546 se descubrieron minas de plata al pie del Cerro de La Bufa, donde poco después se fundaría la ciudad de Zacatecas, lo que echó por la borda la idea de la colonización progresiva. Entre los nuevos campos mineros y las poblaciones ya establecidas vivían muchas naciones insumisas, y los nuevos caminos eran muy frágiles, indefendibles en realidad, lo que determinó el estallido de la llamada Guerra Chichimeca.
El territorio más extenso era el que señoreaban los guachichiles, a los que se veía desde San Felipe hasta Saltillo. A su lado estaban los guamares, que conformaban una confederación de tribus cohesionada por algún principio común de organización política. Los principales grupos guamares eran los de Pénjamo, San Miguel y San Felipe, a los que deben agregarse los “chichimecas blancos”, que merodeaban entre Jalostotitlán y Aguascalientes, descritos por fray Toribio de Benavente como “gente pobre y muy desnuda”. Al oeste del territorio guamar, ocupando los Cañones de Zacatecas, había un buen número de tribus, la más importante de las cuales eran los caxcanes, seminómada como todas las demás pero con un grado importante de desarrollo en lo tocante a su organización política. Los españoles consideraban que habían sido doblegados en el marco de la expedición punitiva que encabezó el virrey Mendoza, abundante en matanzas y violencias, pero con frecuencia reaparecían dudas sobre su lealtad al nuevo sistema. Los principales asentamientos caxcanes estaban en El Teúl, Tlaltenango, Juchipila y Teocaltiche. Finalmente estaban los zacatecos, que poblaban los alrededores de las nuevas minas. Nómadas en su gran mayoría, constituían un pueblo considerablemente homogéneo en lo tocante a su idioma y modo de vida. Su valor en el combate y su célebre puntería les ganó el respeto de los pueblos vecinos. Los menos belicosos entre ellos asimilaron rápidamente el sistema español y prestaron invaluables servicios a los conquistadores. Sus principales asentamientos estaban en Malpaís, Peñol Blanco y La Bufa, aunque sus incursiones llegaban hasta Pénjamo, Tlaltenango y Teocaltiche.
El Valle de Aguascalientes formaba una especie de frontera entre las naciones relativamente civilizadas del sur —caxcanes y guamares— y las más “bárbaras” del norte —zacatecos y guachichiles—. La escasez de aguas superficiales era contrapesada por la relativa abundancia de mezquites y nopales. Puede suponerse que a lo largo del valle, sobre el curso del Río San Pedro, hubo pequeños asentamientos ocupados durante el verano, cuando había agua. La alimentación dependía de las tunas, la harina de las vainas de mezquite y la caza silvestre. Peter Gerhard ha calculado que en el momento en que los españoles hicieron sus primeras incursiones (1546), la región de Aguascalientes estaba poblada por unos 8 500 indios chichimecas, dispersos en un regular número de pequeñas rancherías. Incluso en cuanto a la densidad de población que alcanzaron los pueblos indígenas prehispánicos esta cifra es muy baja, pues Lagos, que en muchos sentidos experimentaría un desarrollo paralelo y comparable al de Aguascalientes, tenía una población de más del doble: 20 000 habitantes, según los cálculos de este mismo autor. No muy lejos había zonas mucho más pobladas; Nochistlán, por ejemplo, tenía tal vez 50 000 habitantes en el momento en el que arribaron los primeros europeos (1530).
Al descubrirse las minas de Zacatecas y establecerse en ese alejado paraje los primeros colonos españoles, el abasto de víveres e insumos y la seguridad de los caminos se presentaron como dos grandes necesidades que era urgente resolver. El éxito de las minas fue espectacular, y en un par de años el real tenía el aspecto de un pueblo próspero y lleno de actividad, lo que no hizo sino agudizar esas necesidades. Los nuevos caminos debían atravesar inmensas planicies, y su fragilidad se puso de manifiesto muy pronto. A fines de 1550, en las cercanías de Tepezalá fue asaltada una caravana de tarascos que llevaba paños, incidente al que se atribuye el estallido de la “guerra de los chichimecas”, un conflicto de larga duración que acapararía la atención de los seis virreyes que se hicieron cargo del gobierno de la Nueva España durante la segunda mitad del siglo XVI.
A largo plazo, una de las medidas que más contribuyeron a la pacificación fue la fundación de pueblos de indios y españoles a lo largo de los caminos que iban al norte, como, por ejemplo, las villas de San Miguel (1555) y San Felipe (1562), fundadas a instancias del virrey Luis de Velasco el Viejo, y la de Santa María de los Lagos (1563), establecida por órdenes de la Audiencia de Guadalajara. A la sombra de esta última se fundaron muchos otros pueblos y villas, como la de Aguascalientes. Al mismo tiempo, se creó un sistema de presidios o puestos fortificados entre los cuales se viajaba bajo la protección de una escolta militar. Los dos primeros fueron Portezuelo y Ojuelos, ambos construidos en 1570; un poco después se edificaron Bocas y Ciénega Grande dentro del territorio que más tarde formaría parte de la alcaldía mayor de Aguascalientes, de tal manera que puede decirse que fueron los dos primeros asentamientos españoles que hubo en la región. A estos dos nombres debe añadirse el de Tepezalá, que funcionó más o menos desde 1550 como campamento minero, aunque en varias ocasiones fue arrasado o tuvo que ser abandonado debido a los ataques de los chichimecas.
En estas circunstancias nació la villa de Aguascalientes. El lugar ya era conocido y se designaba con el nombre de “valle de Los Romeros”, aludiendo tal vez a su carácter de lugar de viandantes. Otra denominación que aparece en las mercedes más antiguas es “paso de las aguas calientes”, lo que obviamente alude a los manantiales de Ojocaliente, que serían esenciales para el establecimiento y desarrollo de la villa. La primera merced de tierras concedida en el lugar benefició a Hernán González Berrocal y se fechó el 7 de julio de 1565. Un poco después se hicieron mercedes a Alonso Ávalos de Saavedra, Gaspar López, Francisco Guillén, Nicolás Ramírez, Cristóbal de Mata, Francisco Gómez y Menzo López. Éstos fueron los primeros pobladores españoles del Valle de Aguascalientes.
La cédula de fundación de la villa de Aguascalientes fue expedida en Guadalajara el 22 de octubre de 1575 y lleva la firma del doctor Gerónimo de Orozco, presidente de la Audiencia de la Nueva Galicia, quien actuó en nombre del rey Felipe II. En ella se alude al deseo de Juan de Montoro “y otras muchas personas” de “poblar una villa en el sitio y paso que dicen de Aguascalientes”, lo cual redundaría en la mayor seguridad “de los pasajeros que iban y venían a las dichas minas de Zacatecas y Guanajuato y otros pueblos comarcanos”. Se menciona la autorización de la Audiencia para fundar la “villa de la Ascensión”, con el reparto entre 12 vecinos de “ciertos solares de casas y suertes de huerta, estancias y caballerías de tierra”. Al tener categoría de villa, la nueva fundación gozaría “de las preeminencias, prerrogativas e inmunidades que las demás villas de estos nuestros reinos gozan”, como elegir a sus autoridades (dos alcaldes, cuatro regidores y un síndico procurador), contar con fundo legal o ejidos (cinco leguas a la redonda) y repartir tierras entre sus pobladores.
En cuanto al nombre original de “villa de la Ascensión”, indicado en la cédula de fundación, rápidamente entró en desuso, cambiándose por el de “villa de la Asunción de las Aguas Calientes”, que parece más descriptivo, usándose poco después la fórmula más concisa de “villa de las Aguas Calientes”. El cambio nunca fue oficial, pero en los primeros años del siglo XVII, cuando se erigieron la parroquia y la alcaldía mayor, el nuevo nombre era de creciente uso. Debe decirse que tal denominación es anterior a la fundación misma de la villa, pues en las primeras mercedes de tierra que se concedieron en el lugar se alude al “sitio de aguas calientes”. Este nombre era popular en la época de la fundación de la villa, como lo prueba la alusión que hay en la cédula de fundación a las casas que había construido Alonso Ávalos de Saavedra “en el sitio y paso que dicen de Aguascalientes”.
Los primeros años de existencia de la villa fueron difíciles. A costa de grandes esfuerzos se empezaron a construir algunas casas y se abrieron tierras de labor, aunque no se respetó la traza original, o ésta resultó muy defectuosa desde el principio. La pobreza de los primeros colonos y las epidemias fueron grandes obstáculos para el crecimiento de la villa, pero el mayor fue la amenaza chichimeca. Como escribió el obispo Gómez de Mendiola: los españoles “viven con grandísimo recatamiento porque los chichimecas corren toda esta tierra de ordinario y hacen en ella muchos daños, muertes y robos en los naturales […] y también dan en los pueblos y los destruyen”.
En realidad, más que una villa animada por los cultivos y el tráfico de los caminos, Aguascalientes fue apenas un puesto militar fortificado, sostenido principalmente con recursos salidos de la caja real de Zacatecas, que trataba de dar un mínimo de seguridad a los caminos que iban de Lagos y Teocaltiche a las minas. Si en un principio tuvo carácter defensivo, con el paso del tiempo la villa se convirtió en una pequeña y próspera colonia agrícola. Los primeros 12 colonos a los que se refiere la cédula de fundación abandonaron en su mayoría el lugar. En 1584 Hernando Gallegos escribió que a mitad del camino que iba de Teocaltiche a las minas de Zacatecas “está poblada una villa que llaman Nuestra Señora de la Ascensión, donde está un fuerte que llaman Aguascalientes”. Y añadió que no tenía más población que los 16 soldados y el caudillo que resguardaban el presidio, “porque no se puede tener en la dicha villa ninguna contratación ni valerse de sementeras, porque no dan lugar los indios chichimecas de guerra, que los matan y les hurtan los caballos y bueyes que tienen, en cualquier parte del año”.
Otra causa del despoblamiento de la región fueron las epidemias de cocoliztle, la primera de las cuales se presentó en 1564. Un cronista de la época calculaba que en Teocaltiche habían muerto 800 de los 1 000 “hombres de guerra” con que contaba el pueblo. El azote se presentó de nuevo en 1576 con fuerza redoblada y mató a muchos indios de paz “traídos para servir a los estancieros”. A ello se aunaron las últimas incursiones de los chichimecas, particularmente una que tuvo lugar en diciembre de 1593, que “sembró la muerte y el espanto entre los aterrorizados moradores [de la villa], muchos de los cuales abandonaron el lugar”.
Pese a su fragilidad, la villa de Aguascalientes y otros poblados defensivos fueron fundamentales para lograr la pacificación de la frontera norteña. Más allá de sus funciones militares, estimularon el desarrollo agrícola, mantuvieron abiertos los caminos, permitieron el establecimiento de indios ya pacificados y, en resumen, fueron la base sobre la que los españoles y sus aliados indígenas impusieron el orden en tierras chichimecas. Los frágiles y peligrosos caminos abiertos durante el siglo XVI fueron las rutas por las que la civilización europea penetró el Septentrión a lo largo de la época colonial.
La facilidad con que se obtenían tierras, la cercanía de las minas de Zacatecas, la abundancia de ganado, los altos precios que alcanzaban ahí los bastimentos y otros incentivos no fueron suficientes para atraer a los colonos y contrarrestar el miedo que inspiraban los indios en guerra. Otro problema fue la poca inclinación al trabajo agrícola de los soldados-colonos que poblaban esas villas o presidios militares, quienes no se sentían labradores, sino hidalgos, hombres que obtendrían su riqueza de sus andanzas y aventuras, a fuerza de golpes de fortuna. Acostumbrados como estaban a ir de un lugar a otro, era difícil que se interesaran en las labores del campo.
La Guerra Chichimeca no se resolvió con la fuerza de las armas, sino gracias a la diplomacia, la persuasión de los frailes, la lenta consolidación de los caminos y la participación de los indígenas pacificados y aliados de los españoles. Repitiendo la historia de Cortés, que a la cabeza de un puñado de hombres armados venció a un gran imperio, los conquistadores que descubrieron la plata de Zacatecas e iniciaron la Guerra Chichimeca se valieron desde un principio de los indios como intérpretes, exploradores, cargadores, emisarios y soldados. Los caudillos españoles eran los grandes orquestadores del esfuerzo, pero sus aliados indígenas “hacían la mayor parte del trabajo difícil” y “soportaban lo más arduo de la lucha”, como dice Powell.
Esta estrategia alcanzó su punto culminante en 1591, cuando el virrey Luis de Velasco el Joven negoció con los tlaxcaltecas el traslado de 400 familias a la frontera, con el propósito de fundar ocho nuevos pueblos que darían a los chichimecas en guerra un ejemplo contundente de las ventajas que tenían la vida sedentaria, la adopción del cristianismo y el cultivo pacífico de la tierra. El éxito espectacular de ese traslado y el fin mismo de la guerra demostraron que los españoles fracasaron con las armas, pero a cambio obtuvieron una paz negociada en colaboración con sus aliados. En este sentido, más que militar, la conquista del norte fue una hazaña de la política y la diplomacia.
Durante la guerra, gran parte de la población aborigen fue exterminada y los sobrevivientes tuvieron que emigrar más al norte, para ser remplazados por indios de paz traídos de otras partes de la Nueva Galicia y por colonos españoles, esclavos negros y trabajadores mestizos y mulatos. De cualquier manera, esta nueva colonización fue tan lenta que a principios del siglo XVII la villa de Aguascalientes estaba al borde de la desaparición. En 1609, el visitador Gaspar de la Fuente registró 25 vecinos españoles, unas 50 familias mestizas, poco más de 100 mulatos, 20 negros ¡y sólo 10 indios! De estas cifras se infiere que la población chichimeca se extinguió sin que se asentaran los indios provenientes de otros lugares, aunque por otras fuentes sabemos que los primeros capitanes y colonos españoles fueron acompañados por indios de la zona de Teocaltiche, e incluso por tarascos, que aparecen como cargadores en las expediciones.
De cualquier forma, las cifras dan una idea de la magnitud del desplome demográfico en la región. Considerando que los españoles censados eran en su mayoría jefes de familia, podemos estimar que en la jurisdicción de Aguascalientes había unos 450 habitantes: 100 españoles, 200 mestizos y 150 mulatos y negros. Si se respeta la proporción que guardó a lo largo de todo el siglo XVII la población indígena en la región (poco más de un tercio del total), pueden agregarse otros 200 habitantes, con lo que tendríamos un total aproximado de 650 pobladores. Al comparar esta última cifra con la población de 8 500 chichimecas estimada para 1550, se advierte la magnitud del desplome demográfico, que fue consecuencia de las epidemias que trajeron los españoles, los estragos de la conquista militar y la esclavitud de los indios. En la Nueva Galicia, a pesar de los excesos prohijados por la guerra, la caída parece haber sido más suave, en proporción de seis a uno; en Aguascalientes, la baja alcanzó una proporción de 12 a uno. La diferencia se explica por el exterminio de la población aborigen y la lentitud con que fue remplazada. La población regional no recuperó los niveles que tenía antes de la llegada de los conquistadores hasta principios del siglo XVIII. Como dice Braudel refiriéndose a los trastornos provocados por la conquista europea de América, más allá de la discusión sobre la exactitud de las cifras, “lo que es absolutamente seguro” es que estamos delante de un “colosal hundimiento biológico”, una calamidad con la que ni siquiera “la peste negra y las catástrofes que la acompañaron en la Europa del siniestro siglo XIV” podrían parangonarse.
A principios del siglo XVII la guerra había terminado, pero en la villa de Aguascalientes el panorama era completamente desolador. Las casas eran de adobe y carecían de orden; en opinión del obispo Alonso de la Mota y Escobar, la villa era “la humilde población de todo este reino”; sus vecinos españoles eran “muy pobres” y se ocupaban como mayordomos de las estancias de ganado. El cura carecía de rentas que aseguraran su sostenimiento y la única ventaja que De la Mota le veía al lugar era el hecho de que estaba atravesado por el “mejor y más llano” de los caminos que iban de Guadalajara a Zacatecas, sin contar sus manantiales, que abastecían de agua “muy dulce y sana” a todos los habitantes de la villa.
Pese a las carencias de la villa, hacia 1601 el obispo De la Mota la erigió en cabecera de una nueva parroquia, lo que sin lugar a dudas impulsó el desarrollo económico y social de la región. Luego, hacia 1605, se creó la alcaldía mayor de Aguascalientes, desprendiéndola de la de Santa María de los Lagos, con lo que se fijaron los cimientos institucionales de la existencia de Aguascalientes como entidad política independiente.
En octubre de 1609, el visitador Gaspar de la Fuente constató que la villa no contaba con edificios públicos, que las casas se hacían sin guardar “el orden que era justo”, que las mercedes de tierra eran acaparadas por unos cuantos y que las autoridades parecían incapaces de refrenar los abusos, por lo cual dictó un auto relacionado con la traza, población y aumento de la villa, que bien leído constituye en realidad un acta de refundación del lugar, sólo que sobre bases urbanísticas más firmes. Entre otras cosas, señaló el tamaño de la plaza central (100 varas “en cuadro”), la ubicación de la iglesia parroquial, el ancho de las calles (20 varas), el tamaño de las cuadras (100 varas), el número de solares que habría en cada cuadra (cuatro) y la forma de repartirlos. Además, conminó a los estancieros a impedir que sus ganados destruyeran los campos sembrados, aunque, al ordenar que “en dos leguas en circuito de esta villa ningún criador pueda traer ganados mayores, yeguas ni potros de los que crían para sus granjerías”, redujo el tamaño de los ejidos de la villa, que originalmente era de cinco leguas.
Por esos años empezaba a formarse el pueblo de indios de San Marcos, a escasas 500 varas al poniente de la iglesia parroquial. En sus orígenes fue un asentamiento irregular, carente de fundo legal, pero con el tiempo se conformó como pueblo de indios y sus autoridades fueron reconocidas. Las primeras referencias documentales al “pueblo” de San Marcos datan de 1622, y durante mucho tiempo se supuso que sus fundadores eran tlaxcaltecas. Sin embargo, todo parece indicar que ni una sola de las familias tlaxcaltecas que emigraron al norte en 1591 se estableció en la villa de Aguascalientes o sus alrededores. De esta manera, a falta de una emigración a gran escala, organizada y financiada por las autoridades, lo que tenemos es que el pueblo de San Marcos se formó y fue creciendo sin la intervención oficial, gracias al asentamiento voluntario de indios provenientes de Nochistlán, Teocaltiche, Jalpa, Apozol y otros pueblos pertenecientes a la jurisdicción de Juchipila, a los que se añadieron algunos purépechas de la zona de Michoacán, unos pocos indios “mexicanos” (otomíes) que señalaban a Querétaro como su lugar de origen, e incluso naturales de lugares tan distantes como Chapala, Zacoalco y Colima.
MAPA II.1. Jurisdicción de la alcaldía mayor de Aguascalientes en el siglo XVII
FUENTE: Peter Gerhard, La frontera norte de la Nueva España, UNAM, México, 1996, pp. 131 y 137.
Las autoridades de la villa permitieron que las humildes chozas de los indios se construyeran dentro de los ejidos locales, complacencia que se explica por la necesidad de una reserva de mano de obra que pudieran utilizar los españoles en sus casas de la villa y sus haciendas. De esta manera creció el caserío y adquirió aspecto de verdadero pueblo o barrio de indios, una república de naturales que contaba con sus propias autoridades. El siguiente paso que dieron los indios fue demandar las tierras a las que como pueblo tenían derecho. En diciembre de 1626 se dijeron acosados por los vecinos ricos de la villa de Aguascalientes, que los obligaban a trabajar en sus estancias y campos de labor, y obtuvieron de la Audiencia la merced de una suerte de huerta y un poco de agua para sus riegos. Lo más importante era que la Audiencia de la Nueva Galicia estaba reconociendo la existencia del pueblo y ofreciéndole su amparo. El carácter irregular de la fundación se subsanaba por la vía de este reconocimiento a posteriori.
En octubre de 1644, “en consideración de lo estrecho que se hallaban los naturales”, el juez de composiciones Cristóbal de la Torre les mercedó otra suerte de huerta y el agua necesaria para el riego, la cual se tomaría cada domingo de la acequia del Ojocaliente. Como en ese lugar ya no había realengos, la nueva merced se les hizo con tierras donadas por Nicolás de Ortega. Algunos años más tarde, en 1668, el alcalde mayor Nicolás Sarmiento les dio cuatro caballerías y media en la Cañada de Los Soyatales, a media legua de la villa de Aguascalientes, con lo que los indios mejoraron un poco su patrimonio. Durante toda la época colonial estuvieron peleando las tierras que les faltaban para completar el sitio de ganado mayor al que como pueblo tenían derecho, pero las autoridades nunca encontraron la forma de satisfacer esa demanda. De cualquier forma, en su precariedad el pueblo participó activamente en el desarrollo de la región. Sobre todo, durante sus primeras décadas de existencia parece haber funcionado como un polo de atracción para la inmigración indígena. Los estragos provocados por la Guerra Chichimeca, que aniquiló casi por completo a la población aborigen, fueron paliados en cierta medida por esta fundación.
San Marcos fue el primero de los cuatro asentamientos indígenas que tuvo la alcaldía mayor de Aguascalientes, y sin duda puede identificarse como una de las raíces del perfil étnico que adquirió la población de la región. A la simiente española que se puso junto con la villa de Aguascalientes, se añadió la semilla indígena aportada por el pueblo de San Marcos. Pronto aparecería el elemento mestizo, resultado de la hibridación de las dos anteriores.
La villa de Aguascalientes tuvo gran importancia en todas las tareas ligadas a la expansión agrícola y ganadera. A falta de grandes pueblos de indios, que en el Valle de México fueron la base de la riqueza de los encomenderos, y de minas de plata, que hicieron en Zacatecas y otros lugares la fortuna de muchos pioneros, los colonos españoles tuvieron que dedicarse a la agricultura, la ganadería y el comercio. En condiciones muy difíciles, por la hostilidad de los chichimecas y la inseguridad de los caminos, estos primeros labradores abastecían de víveres a los complejos mineros del norte. Además, tuvieron que vencer su propia renuencia, pues en su mayoría eran soldados, hidalgos errantes en busca de fortuna, que no veían en la agricultura una actividad prestigiosa.
Desde el punto de vista legal, el origen de las haciendas se encuentra en el reparto entre particulares de mercedes de tierra. Concebidas con el propósito de gratificar a quienes habían participado en el descubrimiento y conquista de las Indias, terminaron por repartirse a manos llenas, tanto para compensar los servicios de los soldados como para estimular el desarrollo de la agricultura y fomentar el arraigo de los colonos a las nacientes villas. Ante la carencia de dinero en efectivo y el número relativamente pequeño de cargos públicos que se podían distribuir, la Corona encontró una manera fácil y no onerosa de compensar los esfuerzos de los particulares. En teoría, esas mercedes no podían venderse sino hasta después de pasado cierto tiempo, ni podían cederse a la Iglesia o a los eclesiásticos, pero la falta de controles propició su rápida concentración, incluso en manos de los diligentes curas de las villas y los conventos.
Durante las últimas décadas del siglo XVI fueron mercedadas con largueza tierras en Los Negritos, Los Horcones, Morcinique, San Nicolás Chapultepeque (después La Cantera), San Bartolo, Peñuelas, Cieneguilla, El Picacho, Pabellón, El Saucillo, Ciénega Grande, Ciénega de Mata y otros parajes en los que la disponibilidad de agua facilitaba las labores agrícolas. A principios del siglo XVII, el obispo De la Mota y Escobar observó que a lo largo del camino que unía la villa de Aguascalientes con la ciudad de Zacatecas no había pueblos de indios ni asentamientos españoles, pero que abundaban los ranchos de ovejas y los campos cultivados de frijol y maíz.
El éxito de los primeros labradores estaba estrechamente atado a los vaivenes que experimentaba la minería en Zacatecas. Como dijo Chevalier, las minas fueron “el nervio motor de la colonización” y propiciaron el desarrollo de una economía peculiar, extendida a lo largo de territorios inmensos y poco poblados. Los grandes mineros, que necesitaban maíz para alimentar a sus bestias y esclavos, leña en abundancia para mover sus ingenios de metales, trigo para el sustento de sus familias, sebo para la iluminación de los tiros y otros muchos insumos, propiciaron el desarrollo, dentro de un área muy extensa, de estancias agrícolas y ganaderas. Muchos mineros adquirieron tierras y se convirtieron en dueños de las más prósperas estancias de labor y pecuarias de Aguascalientes. Vicente de Zaldívar, por ejemplo, formó la hacienda de Cieneguilla, que se convirtió en el patrimonio inicial del colegio fundado por los jesuitas en la ciudad de Zacatecas.
Con el paso del tiempo, la agricultura y la ganadería se volvieron negocios atractivos en sí mismos, no sólo por el alto precio que con frecuencia alcanzaban los víveres, sino también porque la tierra proporcionaba cierta estabilidad y dignidad social que no daban las minas. Ello explica que las espectaculares ganancias amasadas al amparo de una bonanza acabaran parcialmente invertidas en la adquisición de vastas estancias agrícolas y ganaderas. A ello se refería Humboldt cuando decía que “la influencia de las minas en el desmonte progresivo del país es más duradero que ellas mismas”, pues aunque los mineros abandonaban las vetas en cuanto disminuía la ley de los metales, los colonos permanecían en sus posesiones, obligados como estaban “por el apego que han tomado al suelo que les ha visto nacer y que sus padres han desmontado con sus brazos”.
De las primeras estancias y labores, a las que se refieren los documentos de fines del siglo XVI y principios del XVII, nacerían en los alrededores de la villa de Aguascalientes las haciendas de San Blas de Pabellón, San Nicolás Chapultepeque, San José de Cieneguilla, San Diego de la Labor, San Nicolás de Peñuelas, San Bartolo y Ciénega de Mata, las más importantes de la región. Todas ellas experimentaron a lo largo del siglo XVII y parte del XVIII una tendencia natural a la expansión. La ambigüedad de los títulos originales, la existencia de baldíos entre unas y otras, la facilidad con que se obtenían nuevas mercedes y el simple apetito de dominio de los hacendados permitieron que las primeras propiedades tituladas se repartieran la mayor parte del suelo disponible.
Los grandes propietarios encontraron en las composiciones de tierras una fórmula ideal para perfeccionar sus títulos y disimular sus usurpaciones. Oficialmente, la medida pretendía restituir las tierras usurpadas a los indios, corregir los abusos e identificar los “títulos fingidos e inválidos”, pero al mismo tiempo se determinó que no se confiscara a los particulares sus bienes, pues el rey se daría por satisfecho con el pago de una cómoda “composición” o multa en efectivo que permitiera armar la flota de las Indias y proteger el comercio interoceánico. En pocas palabras, dice Chevalier, a cambio de unos pocos pesos que fueron a parar “en el pozo sin fondo de los gastos de guerra”, la Corona legalizó las especulaciones de los acaparadores y fijó en forma definitiva el latifundio. Los jesuitas del Colegio de Zacatecas pagaron 450 pesos por la composición de seis sitios y 28 caballerías de tierra en su hacienda de Cieneguilla. El capitán José de la Peña Durán pagó 500 pesos por nueve sitios de ganado mayor que ocupaba sin justos títulos en su hacienda de Pabellón. Matías López de Carrasquilla pagó 450 pesos por cuatro sitios y 16 caballerías en su hacienda de San José de Paredes (¡y después quería cobrarles 3 000 pesos a los indios de San José de Gracia por uno solo de esos sitios!). En general, las composiciones permitieron que muchos latifundios alcanzaran su máxima extensión, aunque también generaron cierto empobrecimiento de la Nueva Galicia, de la que salieron por ese concepto más de 40 000 pesos.
Formadas lentamente a lo largo de más de 100 años y perfeccionados sus títulos gracias a las composiciones, las haciendas de la alcaldía mayor de Aguascalientes conformaban a fines del siglo XVII importantes centros de población, el corazón de unidades económicas relativamente independientes y prósperas. Eran pequeños pueblos que contaban con capilla, cementerio, obraje para la lana, herrería, grandes trojes para guardar el grano, corrales para el ganado, las casas de piedra que alojaban al mayordomo y a los empleados de confianza y, finalmente, desparramadas alrededor de la plaza, las modestas viviendas de los peones y sirvientes. En el centro, señoreándolo todo, la casa grande, en la que el patrón pasaba temporadas acompañado de su familia y atendido por sus criados, rodeado de las comodidades y lujos conocidos en la época. Dotada de gruesos muros de piedra, espaciosas habitaciones y amplios patios enladrillados, la casa grande contaba en ocasiones con un alto torreón fortificado, desde el que se daba la voz de alarma cuando se acercaban las temibles partidas de vagos y bandidos.
El proceso de concentración de la propiedad puede ilustrarse con el ejemplo de las haciendas de Ciénega de Mata. A fines del siglo XVI, Pedro Mateos de Ortega, un modesto labrador originario de Extremadura, empezó a obtener mercedes de tierra a lo largo del camino que unía las villas de San Felipe y Aguascalientes, una zona azotada por las temibles incursiones de los chichimecas. La Audiencia de Guadalajara le permitió construir una gran toma de agua, con la cual pudo regar sus campos y alimentar un molino de trigo. Logró sortear todos los peligros y aprovechó los altos precios que alcanzaban en Zacatecas los granos y el ganado, de tal manera que en pocos años amplió en forma considerable sus dominios, dentro de los cuales construyó grandes trojes y casas para sus sirvientes y esclavos. A las mercedes originales añadió otras que obtuvo a través de intermediarios y especuladores. María, su hija, se casó con Francisco Javier Rincón, matrimonio del que nacieron Agustín, Pedro y Juan Rincón de Ortega, tan capaces como su abuelo de aprovechar las oportunidades.
Agustín, el mayor, figura en 1642 como alguacil de las villas de Aguascalientes y Santa María de los Lagos; al año siguiente aparece en Zacatecas como alcalde mayor y poco después ocupa en esa misma ciudad el cargo de corregidor. Heredero de un patrimonio considerable, supo ampliarlo gracias a la compra de las primitivas mercedes obtenidas por los modestos labradores de la villa de San Felipe. En 1645 entró en composiciones con el rey y logró la legalización de todos sus títulos, que amparaban la posesión de 87 sitios de ganado y 180 caballerías de tierra cultivable, “con dispensación de cualesquiera defecto o faltas que puedan padecer”. Gracias a sus influencias, obtuvo además el título de “general”, en una época en que la Guerra Chichimeca había llegado a su fin y el grado no tenía en sí más que una función simbólica. Como era habitual entre los grandes propietarios, empleó parte de su fortuna en patrocinar diversas obras de piedad, entre las que se distingue la fundación de los conventos de franciscanos en Aguascalientes, agustinos en Celaya y carmelitas descalzos en Salvatierra. Como no tenía hijos, nombró heredero y albacea a su hermano, el licenciado Pedro Rincón de Ortega.
Este último personaje adoptó medidas que serían fundamentales para la consolidación de la fortuna familiar. Muy joven ingresó al convento de los mercedarios en la Ciudad de México, donde hizo solemne profesión en abril de 1620; pero después, alegando su minoría de edad, peleó la nulidad de sus votos y se instaló en Aguascalientes como clérigo secular, al tiempo que obtenía el beneficio del curato y hacía de la villa el centro administrativo de sus posesiones. Tan emprendedor como su hermano, Pedro Rincón de Ortega realizó múltiples negocios con los labradores de las villas de Lagos, San Felipe y Aguascalientes. Además, conservó durante muchos años el abasto de carne de la ciudad de Zacatecas, lo que representaba una salida segura para todo el ganado criado en sus haciendas. En mayo de 1657 dictó su testamento y previó la fundación de un vínculo o mayorazgo sobre todos sus bienes, lo que impediría el desmembramiento de la inmensa fortuna. Aunque eran un claro resabio de la legislación hispánica medieval, se creía que los mayorazgos eran útiles “para el orden y defensa de la república”. Desde el punto de vista legal suponían “una vinculación civil perpetua, por virtud de la cual se realiza una sucesión en la posesión y el disfrute de los bienes según las reglas especiales de la voluntad del testador o fundador”. A los ojos de la aristocracia novohispana, eran algo así como “la promesa de una opulencia perpetua”. El mayorazgo cuya fundación previó Pedro Rincón fue uno de los más ricos e importantes que hubo en la Nueva Galicia; aunque débil e imperfecto en sus orígenes, se consolidó con el paso del tiempo y fue uno de los pocos que lograron sobrevivir a la época colonial.
Don Pedro Rincón murió en su hacienda de Peñuelas en enero de 1666, quedando en manos de su hermano Juan la administración de sus bienes. Nadie reparó por entonces en las indicaciones que había dejado el difunto sobre la fundación de un mayorazgo, e incluso al parecer se ignoraba la existencia del testamento que había dictado en 1657. El más interesado en que ese testamento no apareciera era Juan Rincón, pues de esa manera podía administrar la fortuna familiar como propia. Sin embargo, pronto se presentó el capitán Nicolás Gallardo, su yerno, quien con el propósito de defender los intereses de su hijo exhibió el testamento y exigió su cumplimiento. Como de por medio estaba una inmensa fortuna, hubo un gran pleito entre Juan Rincón y su yerno, que a la postre fue ganado por este último.
En mayo de 1683 José Rincón Gallardo (en realidad, el primero de sus apellidos era Gallardo, porque era hijo de Nicolás Gallardo, pero los invirtió para complacer a don Pedro Rincón, que quería que su apellido “y las armas de este linaje” tuvieran prevalencia sobre cualquier otro) tomó posesión de todas las haciendas vinculadas a la casa de Ciénega de Mata. Tardó casi un mes en recorrerlas, a la cabeza de un cortejo en el que iba un escribano especialmente designado por la Audiencia de Guadalajara. Con la mayor solemnidad, tomó posesión de las haciendas y estancias de Ciénega de Mata, Tecuán, Encinillas, Las Peñuelas, Matanzas, Chinampas, Jonacatique (que donaría después para que se fundara el pueblo de indios de Jesús María), Los Horcones, Chicalote, Cañada Honda, etc., sin contar un gran solar que había en la villa de Aguascalientes, justo frente a la plaza principal, donde se construiría el palacio que sería la residencia urbana de la familia y que después se convirtió en sede del Poder Ejecutivo.
Dueño de este latifundio, José Rincón Gallardo encarna al prototipo del gran hacendado mexicano, hasta cierto punto menos preocupado por la obtención de utilidades que por la monopolización de las fuentes de ingreso y las pretensiones de señorío sobre sus dominios. Alcalde de la villa de Lagos en varias ocasiones, gran bienhechor de la Iglesia y fiel vasallo de Su Majestad, también fue investido de autoridad judicial, pues en 1692 se le comisionó expresamente para que persiguiera y aprehendiera ladrones y salteadores de caminos, a los cuales podía procesar con una autoridad equiparable a la de los alcaldes. Además, en 1693 el rey le concedió el título de “capitán de caballos corazas”, que lo facultaba para levantar su propio ejército, al frente del cual podía presentarse en cualquier lugar “donde lo pidiere la necesidad”, e incluso perseguir y “castigar a los desobedientes”. En 1697 sus haciendas fueron medidas y logró un nuevo título de composición sobre 83 sitios y 219 caballerías, gracias al cual su latifundio alcanzó su máxima extensión, aproximadamente 360 000 ha, un gran rectángulo situado entre las villas de Lagos, San Felipe y Aguascalientes. Sin duda, se trataba de la más lograda expresión a escala regional de la tendencia a la expansión de la gran propiedad.
MAPA II.2. Latifundio de la familia Rincón Gallardo
FUENTE: Jesús Gómez Serrano, El mayorazgo Rincón Gallardo, CIRA, 1994.
Las haciendas vinculadas a su mayorazgo ocupaban tierras relativamente fértiles y bien regadas, cuyos productos le permitieron integrarse a la incipiente pero pretenciosa nobleza novohispana. Más que los campos sembrados de maíz y frijol, cosechados en su mayor parte por los sirvientes de las haciendas, lo que hacía de Ciénega un buen negocio eran sus extensos pastizales, de los que cada año salían grandes remesas de ganado mayor y menor rumbo a la Ciudad de México, e incluso hasta Puebla, que era en esa época el segundo mercado en importancia del virreinato. Aunque es necesario aclarar que, dadas sus dimensiones y el uso realmente precario que se hacía de las tierras, Ciénega de Mata parecía más bien “un principado en pequeño”, como dijo Chevalier, con su propio ejército, su gente de servicio y un gobierno que a veces competía con el de las villas vecinas.
San José de Gracia fue un pueblo que primero existió de hecho y que sólo con el paso del tiempo obtuvo el amparo de las autoridades y una existencia conforme a derecho. La historia fue escrita por un grupo de 12 familias, rancheadas en alguna época en la estancia de Garabato, perteneciente a la vasta hacienda de Pabellón. Los indios habían ido y venido entre Zacatecas y Aguascalientes hasta que en 1675 se instalaron en el sitio de Marta, dentro del cordón de la hacienda de Paredes, en las márgenes de un río de aguas perennes. Durante algún tiempo vivieron ahí sin que nadie los molestara, hasta que en 1682 decidieron que en su carácter de indios tenían derecho a fundar un pueblo, y obtuvieron de las autoridades la merced de tierras correspondiente y permiso para formar su propio gobierno. La precisión era fundamental, pues como peones de una hacienda no tendrían más tierras que las que pudieran comprar y por lo mismo estaban condenados a la miseria, mientras que reconocidos como indios se verían de inmediato protegidos por las autoridades, cultivarían sus propios campos y no vivirían atados a las haciendas. Con sutileza, alegaron que la nueva fundación era conveniente desde el punto de vista religioso, pues el pueblo contaría con una capilla en la cual podrían oír misa y “ser instruidos en las cosas de nuestra santa religión y administración de sacramentos”.
