Ahora que lo pienso - Sandro Cohen - E-Book

Ahora que lo pienso E-Book

Sandro Cohen

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Beschreibung

¿Erotismo o suspense? Esta pregunta es obligada antes de (y después de) leer este delicioso cuento de Sandro Cohen. A espaldas de esta pregunta, en las 58 páginas entre este forro y la portada, está la respuesta. Se producen ya muy pocos relatos eróticos logrados. Éste es uno de ellos y pertenece a una especie infrecuente: el thriller erótico. El género tal vez te suene extraño, pero comprueba que el erotismo, si sorpresivo, es doblemente erótico.

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Seitenzahl: 16

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Primera edición, octubre de 2005

Director de la colección: Alejandro Zenker

Cuidado editorial: Elizabeth González

Coordinadora de producción: Beatriz Hernández

Coordinadora de edición digital: Itzbe Rodríguez Ciurana

Diseño de portada: Luis Rodríguez

Fotografía de interiores y portada: Alejandro Zenker

Modelo: Leda Rendón con Sandro Cohen

Este libro se desprende del proyecto fotográfico titulado “La escritura y el deseo”, en el que Alejandro Zenker convocó a novelistas, poetas, cuentistas y creadores para fotografiarlos frente, detrás y alrededor de una mujer desnuda, como encarnación de sus deseos, como provocación, como estímulo.

© 2005, Solar, Servicios Editoriales, S.A. de C.V.

Calle 2 núm. 21, San Pedro de los Pinos

Teléfono y fax (conmutador): 5515-1657

[email protected]

www.solareditores.com

www.edicionesdelermitano.com

ISBN 978-607-8312-42-9

Hecho en México

cuando me propusieron posar junto a una mujer desnuda, aclaré que yo nunca había sido modelo.

—No se trata de eso —el fotógrafo me aseguró por teléfono—. Tú vas a posar, pero la modelo es ella. Te dejas llevar mientras saco las fotos. ya posaron Gustavo Sainz, Eusebio Ruvalcaba… ¡El primero fue Juan García Ponce! ¡Imagínate!. Va a ser divertido. ¡No te preocupes!

Me citaron en una casa enorme de San Pedro de los Pinos que fungía como imprenta, pues Alejandro, el fotógrafo, era director de la empresa y también de la editorial cuyos libros se imprimían allí. Después de traspasar la barda que separaba el terreno de la calle, me sentaron a una mesa que estaba a un lado de la cochera, fuera de la construcción propia. Podría decirse que se encontraba en el jardín. Se sentía fresco bajo los árboles y las flores —rosas, moradas y blancas— que brotaban de entre la hiedra sobre el muro. “¿Gusta un café, un té, mientras llega la asistente de Alejandro?”, me ofrecía la recepcionista cada dos minutos cuando salía de su cubículo dentro de la casa, apenas a dos metros de donde yo estaba, y con cada ofrecimiento yo contestaba “No, gracias”, temeroso de que a la hora de la hora