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Al terminar la conferencia, una joven se acerca a Minwoo Park, director de un gran estudio de arquitectura, y le entrega una nota, con un nombre y un número de teléfono. La joven es Woohee Jeong, una directora de teatro que vive en un semisótano mohoso, quien para llegar a fin de mes trabaja todas las noches en un supermercado y se alimenta de la comida caducada que tendría que tirar. En el crepúsculo de su vida, Minwoo Park tiene la satisfacción de haber triunfado, contribuyendo a la modernización de su país, a pesar de haber nacido en la pobreza. Pero, con la nota, reaparecen los recuerdos del pasado, invitándole a sumergirse en un mundo que había olvidado. Se ve forzado entonces a interrogarse sobre la corrupción que reina en el ámbito de la construcción, su propia responsabilidad en el afeamiento del paisaje urbano y la violencia ejercida contra los expropiados. Hwang Sok-yong es uno de los escritores más famosos de Corea del Sur, muy sensibilizado con la problemática social y política de su país, lo que le ha valido la cárcel y el exilio. Esta novela fue ganadora del Premio Émile Guimet en 2018 y nominada al Premio Man Booker International en 2019.
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Seitenzahl: 222
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Hwang Sok-yong
Al atardecer
Traducción del coreanopor Laura Hernández Ramos y Lee Eun Kim
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Palabras del autor
Créditos
La conferencia terminó.
El proyector se apagó y también la pantalla.
Me bebí la mitad de la botella de agua que me habían dejado sobre el atril y bajé del escenario pasando entre los asistentes, que ya habían empezado a levantarse e iban armando bullicio. El tema fue «La renovación de las ciudades y el diseño urbano» y acudió bastante gente, quizás porque tenían otros intereses en juego. El jefe de sección de la comisión de planificación del sector privado me condujo hacia el vestíbulo para salir del auditorio. Todos me daban la espalda y se dirigían a la puerta. De repente, una chica joven se acercó a mí abriéndose paso entre la gente.
Señor, un momento.
Su aspecto era bastante común, llevaba una camiseta y unos vaqueros, y una melena corta le enmarcaba el rostro sin maquillar. Me detuve y la miré.
Tengo algo para usted.
La observé perplejo y miré la nota que me pasó. Tenía escrito en grande un nombre y en pequeño unas cifras que parecían un número de teléfono.
¿Qué es esto?
Le formulé esta pregunta nada más recibir la nota, pero ella ya había retrocedido y, mientras se alejaba vacilante, me respondió:
Me dijo que se conocieron hace mucho… Quiere que la llame.
Antes de que pudiera preguntarle nada más, aquella joven desapareció entre el gentío.
Me marché a Yeongsan por un mensaje que me envió la esposa de Byeonggu Yoon, que era un amigo de la infancia. Fuimos juntos a la escuela pública de Yeongsan, el pueblo en donde nací, y él vivía en la casa justo detrás de la nuestra. La mayoría de los habitantes o tenían una tienda a lo largo de la calle central Jungang-ro, la cual había sido construida hacía poco tiempo, o trabajaban en la oficina del distrito, en la escuela o en la oficina municipal. Por otro lado, los que vivían en las bonitas casas tradicionales de grandes jardines eran propietarios de los terrenos de labranza de la zona. Mi padre mantenía a nuestra familia gracias al pequeño sueldo que recibía como secretario de la oficina municipal.
A pesar de los estragos de la guerra, Yeongsanl se mantuvo casi intacta por su ubicación en el interior de la cabeza de puente del río Nakdong. Mi madre me contó que mi padre obtuvo su puesto en la oficina municipal gracias a que participó en la guerra y recibió una medalla por los brillantes servicios prestados en una batalla en no sé qué monte. Además, antes de todo eso, trabajó como chico de los recados en la oficina del distrito durante el dominio japonés. En un pueblo lleno de campesinos, mi padre fue a la escuela primaria y sabía leer y escribir tanto en japonés como usando los caracteres chinos. Sobre su pequeño escritorio se apilaban libros viejos y amarillentos sobre la Administración pública o compendios de leyes. Seguro que gracias a aquello consiguió salir del pueblo y trasladarse a la ciudad donde encontró trabajo como secretario. Éramos pobres, pero cada mes teníamos el sueldo de funcionario de mi padre y también una parcela desde la que nos mandaban alimentos de la cosecha cada año. Eran unos terrenos que mi madre heredó de mi abuelo cuando se casó.
La casa en donde vivíamos se situaba en lo alto de las faldas de una montaña en los suburbios del pueblo y se trataba de una casa tradicional de tres habitaciones, con un porche exterior techado y suelo de madera. La casa de Byeonggu se encontraba un poco más arriba, separada por un muro de piedra. Tenía dos habitaciones y una cocina. Realmente era una cabaña hecha con paredes de adobe y techo de paja que después cambiaron por uno de pizarra. Aunque Byeonggu era mi gran amigo de la infancia, apenas lo conocía. Más o menos cuando terminé la escuela primaria, nos mudamos de Yeongsan a Seúl. No lo volví a ver hasta años más tarde, cuando teníamos alrededor de cuarenta años. Fue en la cafetería de un hotel del centro de Seúl.
¿Me reconoces?
Al principio, cuando me preguntó esto con acento de la provincia de Gyeongsang, no fui capaz de recordar de quién se trataba. Llevaba un traje azul marino con el cuello de la camisa por fuera, al estilo de los funcionarios de alto nivel de la época. En cuanto dijo «Byeonggu» y «Yeongsan», como por arte de magia, se me escapó su apodo.
Batata Quemada, eres Batata Quemada, ¿no?
Incluso aunque se tratara de un familiar, sería difícil saber de qué hablar con alguien que hace unos veinte años que no ves. Por lo general preguntamos por la familia y comentamos cómo están todos; tomamos un café, intercambiamos tarjetas y prometemos vagamente tomar una copa algún día. Después, normalmente, no nos volvemos a ver o, como mucho, intercambiamos un par de llamadas. Si se da el caso de quedar, el encuentro es tan aburrido que no suele alargarse mucho. Todo el mundo está absorto en su vida y tiene sus propias relaciones de interés. Si no tienes una relación de interés, aunque se trate de un pariente muy cercano, apenas hay ocasiones para verse, exceptuando las reuniones familiares. El motivo por el que Byeonggu y yo retomamos el contacto fue que yo trabajaba en Arquitectura Hyeonsan y él acababa de adquirir Construcciones Yeongnam, una empresa de construcción mediana. Nada más ver que yo recordaba su apodo, se le llenaron los ojos de lágrimas y, agarrándome bruscamente de ambas manos, me dijo balbuceando que se alegraba de que no lo hubiera olvidado.
Su casa estaba al otro lado de un muro, junto al olmo de la parte izquierda de nuestro jardín. Cada mañana, asomaba la cabeza por encima del muro y me preguntaba a voces que si íbamos a la escuela juntos. Su casa era la última del vecindario y a partir de allí había terrenos de propiedad estatal y una colina en donde se extendía un pinar. Tras la guerra, los arrendatarios perdieron sus terrenos de cultivo, empezaron a construir cabañas de adobe y piedra, y una docena de familias se instalaron allí. Se ganaban la vida haciendo chapuzas, de albañiles o carpinteros, desempeñando tareas en la oficina del distrito o ayudando con la cosecha en los campos de los alrededores. Yo nací en uno de esos hogares y, aunque no estoy seguro, creo que Byeonggu se mudó a la casa de detrás de la nuestra cuando estábamos en el tercer año de escuela. Fue el primero en acercarse a saludar tras la mudanza y pasamos toda la tarde jugando en la montaña de detrás de casa. Recuerdo que la amable madre de Byeonggu nos traía cestas con los restos de las batatas que había recolectado para que las probásemos. A veces él se llevaba un par a la escuela para comer. Su padre, al que apenas veía, a veces desaparecía y regresaba días más tarde borracho y les gritaba o pegaba a su mujer. Se decía que trabajaba como capataz en unas obras en una ciudad cercana.
Nunca olvidé a Byeonggu porque un día que subimos a la montaña de detrás de nuestra casa para asar batatas en una hoguera terminamos provocando un incendio. Mientras las pelábamos, apartamos la vista un momento y unas brasas echaron a arder por la hierba seca. Enseguida intentamos con todas nuestras fuerzas apagarlo a pisotones y con la camiseta, pero en un instante se extendió en todas direcciones. Me puse muy nervioso. En cuanto bajamos corriendo y gritamos que había fuego, numerosos adultos salieron de casa. Todas las personas del barrio se dirigieron a la montaña y, en medio de un gran alboroto que duró hasta que oscureció, consiguieron apagarlo.
Byeonggu y yo nos escondimos en el salón de actos municipal, que estaba enfrente de la oficina del distrito. Durante el periodo japonés, fue un santuario, pero en aquel momento lo usaban como salón de actos o pabellón de taekwondo. Nos quedamos dormidos apoyados el uno en el otro en aquel lugar oscuro. Nuestras familias y otras personas del barrio estuvieron buscándonos hasta bien entrada la noche por la montaña. Al día siguiente, fuimos a la escuela y descubrimos lo famosos que nos habíamos hecho. Nos castigaron con quedarnos de pie frente a la sala de profesores con un cartel que decía «Cuidado con el fuego». Fue por aquella época más o menos cuando empezaron a apodarlo Batata Quemada, pero no recuerdo quién fue el primero que lo llamó así. Con ese cuerpo bajito y rechoncho y esos ojos que brillaban de inteligencia en medio de esa cara redonda y oscura, la verdad es que el apodo le quedaba bien.
Fue una casualidad que yo estudiase Arquitectura y me ganase la vida con ello y que Byeonggu tuviera una empresa de construcción, pero resultó que encajábamos a la perfección, porque nos necesitábamos el uno al otro. Cuando nos encontramos de nuevo tras muchos años, fuimos a un restaurante japonés donde me contó todo lo que pasó después de que mi familia se marchara de Yeongsan. Todo el mundo tiene un pasado duro y sufre adversidades que forman parte de una historia llena de sudor y lágrimas, pero no es algo de lo que se pueda alardear ante los demás. Es igual de inútil que decirles a los jóvenes que no han conocido el hambre y que no saben lo que es ser un niño famélico que busca desesperado algo para comer.
Las notas de Byeonggu eran bajísimas y su familia apenas podía permitirse pagar las tasas mensuales de la escuela, así que lo dejó alrededor del quinto curso. Durante un tiempo se dedicó a holgazanear, después estuvo repartiendo periódicos, fue vendedor ambulante en una estación de autobuses y pronto llegó a ser ayudante de conductor de camión. Su padre se marchó a la ciudad y nunca volvió; su amable y generosa madre se puso a trabajar en un restaurante del barrio, y su hermana pequeña se fue de casa para estudiar peluquería y estética. Tanto Byeonggu como yo hicimos el servicio militar a mediados de los setenta. Como lo hice mientras estaba en la universidad, empecé un poco más tarde que él. A él lo destinaron al cuerpo de ingenieros y recibió entrenamiento de maquinaria pesada, lo cual fue clave en su vida futura. En cuanto salió del Ejército, obtuvo su licencia de maquinaria pesada y se metió de lleno en la industria de la modernización de las áreas rurales, que estaba muy en auge en aquel momento.
Su primer negocio fue alquilar una excavadora e iniciarse en la modernización de los terrenos rurales. Esta industria fue una de las que prosperó durante la época del Movimiento Nueva Comunidad. Después de que los arrendatarios se fuesen y de que incluso algunos propietarios abandonasen sus terrenos, esas tierras las adquirieron agricultores de un nivel más alto que lideraron la reorganización de aquellas zonas. Se delimitaron de nuevo los terrenos y se rehicieron los canales de agua. Estas tareas las llevaron a cabo de manera conjunta los líderes de cada comunidad y las oficinas del distrito. Por debajo de ellos estaba Byeonggu, que trabajaba como si fuera las manos y los pies de aquellos otros. Los primeros años se limitó a comprar más maquinaria pesada, pero cuando le encargaron construir las principales carreteras provinciales dejó de trabajar únicamente a nivel de distrito y se expandió a nivel provincial. Después de aquello, amplió su círculo de conocidos hasta incluir miembros de la Asamblea Nacional, jueces y fiscales. Tenía varios tipos de tarjetas de visita en las que enumeraba todos sus cargos: Propietario de empresa de construcción, Consultor de partidos políticos, Presidente del Consejo de Jóvenes, Director de la Asociación de Becas, Miembro de la Cámara de Jóvenes, Miembro del Club Rotary, Miembro del Club de los Leones… Cuando nos reencontramos, había adquirido una empresa de construcción en bancarrota y había empezado a construir apartamentos en grandes ciudades. Sin importar quién lo hiciera primero, comenzamos a llamarnos, a quedar e incluso a colaborar en algún negocio juntos.
El mensaje de su mujer decía: «Se ha desmayado. Antes de enfermar, lo estuvo buscando, así que, por favor, venga a visitarlo».
No me apetecía ir, pero ¿qué fue lo que me hizo acudir a Yeongsan? Quizás fue por lo que me dijo Kiyoung Kim unos días antes: «¿Espacio, tiempo y humanidad? ¿Crees que en la arquitectura hay humanidad? Si hubiera humanidad, tendrías que arrepentirte antes de morir de algunas cosas que has hecho. Tú y el resto de los trabajadores de Arquitectura Hyeonsan tendríais que arrepentiros».
Kiyoung era un compañero de universidad más mayor que yo. Simplemente asentí y sonreí para evitar discutir, pero no por el cáncer terminal contra el que luchaba. Me gustaba ese hombre. Me gustaba esa inocencia tonta y ese amor no correspondido que profesaba a la gente y al mundo, y no me metía con él por ello. Su entorno decía que era un idealista porque no tenía talento, pero yo pensaba que precisamente ese era su talento. Creo que la benevolencia que sentía por él derivaba del hecho de que decidí no preocuparme por este mundo y eso al mismo tiempo también me distanció de él. Hacía mucho había llegado a la conclusión de que no puedo confiar ni en la gente ni en el mundo. Después de un tiempo, las ambiciones nos obligan a filtrar algunos de los valores que nos quedan; la mayoría los transformamos para que encajen con nosotros y otros los desechamos. Los pocos valores que conservamos los dejamos olvidados en el desván de la memoria como si fueran algo viejo y manido. ¿De qué están hechos los edificios? En definitiva, eso lo deciden el dinero y el poder. Ellos son quienes deciden qué recuerdos cobran forma y perduran en el tiempo.
Yeongsan se encontraba nada más pasar una montaña. Recuerdo la noche en que mi familia abandonó este lugar. Mis padres se sentaron junto al conductor del camión de mudanzas mientras que mi hermano pequeño y yo nos quedamos en cuclillas entre las cajas. Al recorrer aquella carretera sin asfaltar, cada vez que el camión traqueteaba y se inclinaba, un cuenco lleno de diferentes piezas de vajilla se agitaba y provocaba un ruido enorme. No fue una sorpresa que más de la mitad de los platos terminasen rotos. Se hizo de día y, cuando alcanzamos la carretera nacional que llevaba a Seúl, paramos un rato para comer. Como antes de salir no habíamos podido comer nada, devoramos a toda prisa una sopa de arroz caliente. Mi madre murmuró algo sobre estar arruinado y huir en medio de la noche y a continuación se echó a llorar.
Regresé a Yeongsan en una ocasión hace unos quince años. En aquella época, Byeonggu estaba buscando una casa para comprar en nuestro pueblo, así que iba con frecuencia. «Nadie debería olvidar sus raíces», me dijo con seriedad. Sonreí forzadamente, pero avergonzado por sus palabras. Terminó comprando una colina ocupada por un pinar y con vistas a un embalse, aunque aquello supusiera desmantelar la antigua casa de la familia Cho, los grandes terratenientes de Yeongsan. En aquel momento, ya quedaba poco del pueblo que fue. La gente dice que, comparado con la ciudad, en el campo el tiempo pasa más despacio, pero para los que se han marchado de allí parece que cambia como un vídeo a cámara rápida. Si se da la oportunidad de ir alguna vez, parece que diez años pasan en un solo día, las caras conocidas ya han desaparecido, y los paisajes y edificios que sueles ver en Seúl se extienden ahora a ambos lados de la calle central del pueblo. Todo pasa fugazmente, como los paisajes a través de la ventanilla de un coche.
En cuanto la mujer de Byeonggu me vio, empezó a secarse las lágrimas a toquecitos con un pañuelo. Había sido profesora de una escuela de primaria, pero se casó con Byeonggu a principios de los ochenta, cuando su carrera empezaba a prosperar. Me dio la impresión de que su boda no fue nada presuntuosa, sino más bien un asunto práctico. La mujer salió de la habitación del hospital y cuando nos encontramos murmuró algo, como si estuviese hablando sola:
Le dije que no se metiera en política.
Tras la cirugía, se quedó en coma. Quizás fuera mejor así, puesto que apenas quedaba una semana para que tuviese que presentarse ante la fiscalía. Tal vez todos los involucrados se habrían sentido aliviados al escuchar esta noticia. Me senté un momento junto a su cabeza. Se encontraba tumbado, como si estuviera muerto, rodeado de todo tipo de instrumental médico. La máscara de oxígeno le cubría la mitad del rostro. Su mujer me contó que su hijo había propuesto trasladarlo a un hospital provincial, pero que al final lo habían dejado allí porque les preocupaba que le pasase algo de camino. Mientras cenaba con su hijo, le pregunté por qué me había avisado. Su hijo me respondió con sinceridad y me contó que desde hacía un tiempo Byeonggu quería construir un pabellón conmemorativo en el lugar donde había estado la casa en la que vivió cuando era niño.
Eso es lo que dijo mi padre. Me contó que sus casas ocupaban unos mil seiscientos metros cuadrados. Quería que usted hiciera el diseño para construir una fundación cultural.
Se me escapó una risita, pero le dije de corazón:
Bueno, tendrás que guardarte esa idea hasta que tu padre se recupere.
El hijo, que era quien estaba a cargo de la gestión de la empresa de su padre en Seúl, sabía perfectamente que aquel no era el tema adecuado para ese momento. Durante la cena, miró su teléfono en varias ocasiones e incluso salió fuera a darle órdenes a alguien a voces. Me contó que estaba preocupado porque últimamente los pueblos como Yeongsan perdían población poco a poco. En la mayoría de ellos solo había casas vacías u ocupadas únicamente por una persona mayor. Fingía ser ducho en la vida en el campo y decía que ya hacía mucho que esas zonas se habían quedado desiertas, sin gente joven. La verdad era que tanto él como yo éramos del tipo de gente que como máximo podíamos ir al pueblo una o dos veces al año, así que no se equivocaba del todo.
Ya había oscurecido, por lo que me fui al motel que me había reservado el hijo. Había cámaras de seguridad instaladas a ambos lados del pasillo y contaba con las últimas modernidades, incluido un mando a distancia que controlaba desde las lámparas hasta la televisión y el aire acondicionado. Me costó dormirme porque extrañaba el sitio. Coloqué meticulosamente las cortinas para evitar que se colara la luz por las ventanas mientras refunfuñaba sobre por qué un pueblo rural tenía tantas luces en la calle.
Me desperté pronto. El reloj electrónico que brillaba sobre la mesilla en medio de la oscuridad marcaba las siete y diez de la mañana. Desde joven, me gustaba dormir hasta tarde. En un estudio de arquitectura, a diferencia de otros trabajos normales, bastaba con que uno hiciera su parte del trabajo. Además, valoraba la creatividad, así que no me involucraba en trabajos insignificantes. Cuando ya tuve mi propio estudio de arquitectura, era suficiente con que me pasase un par de veces o tres por semana, y, cuando iba, solía ser pasadas las diez y si no había nada especial me marchaba pronto por la tarde. Normalmente trabajaba por la noche y tenía la costumbre de empezar el día bastante después de que el resto del mundo comenzase a trabajar.
Era temprano, pero no podía quedarme allí tumbado. Avancé por la calle del motel, que me llevó directamente a la estación de autobuses. La gente del campo es muy trabajadora. Frente a la estación ya había un montón de gente y de taxis. En esta ocasión, mientras caminaba por la calle principal, empecé a protestar por la cantidad de coches que había en el pueblo. Habían desaparecido las viejas tiendas de techos bajos y a ambos lados de la calle proliferaban los edificios de dos y tres pisos. La calle también era mucho más ancha que antes y tan solo la dirección que seguía continuaba siendo la misma.
Giré a la derecha en el cruce, continué por la calle de la oficina del distrito y pasé por el centro cultural. Al subir la cuesta de la colina, miré a derecha y a izquierda, pero no vi ni rastro del pinar que debería de estar por allí. El callejón había desaparecido y habían construido una carretera asfaltada de dos carriles. También habían desaparecido los muros de piedra que se extendían a ambos lados a lo largo de la calle. Por el contrario, lo que se sucedían eran edificios rectangulares de dos o tres plantas. Intuí la forma de la montaña de detrás de mi casa y giré hacia la izquierda para subir. En cuanto vi la alcantarilla con la tapa de cemento, supe que iba en la dirección correcta. Había un pequeño arroyo. En una ocasión mi padre se cayó en él al volver a casa borracho y yo solía cazar ranas allí.
Vi un par de casas en medio del campo, pero no la nuestra. Cuando fui quince años antes, alguien estaba viviendo en ella a pesar de lo deteriorada que estaba. Después estuvo un tiempo abandonada, hasta que la demolieron. Recordaba el olmo de la esquina que daba al jardín de la casa de Byeonggu, pero ya no estaba. Mejor dicho, lo habían cortado y tan solo quedaba el tocón. En él estaban creciendo setas de todos los tamaños. Un campo de pimientos, con las zanjas cubiertas de plástico negro para protegerlos, se extendía hasta el lugar donde había estado la casa de Byeonggu. Los árboles de aquella montaña eran de un verde más oscuro y más densos que antes.
No podía entender lo moderno que se había vuelto mi pueblo, en el que más gente se había marchado de la que se había quedado. Los edificios de cemento de dos o tres plantas con forma de caja, que se extendían desde el motel hasta la zona comercial y el área residencial, estaban más desiertos que nunca. De los tejados bajos ya no salía el humo de las cocinas. Visto desde lo alto de la colina, parecía cualquier pequeña ciudad o incluso podría pasar por una zona de las afueras de Seúl. Daba la impresión de que ni yo, ni Batata Quemada, ni mis difuntos padres ni el propio pueblo hubieran existido nunca.
El fin de semana por la mañana recibí una llamada de Estados Unidos. Era mi hija, para contarme lo que había pasado durante el mes anterior. Era mi única hija y estaba viviendo en Estados Unidos. Estudió Medicina, empezó a trabajar como médica en un hospital general y se casó con un profesor de universidad estadounidense. Se fue al extranjero solo para estudiar y terminó casada con alguien de aquel país e incluso ella misma se convirtió en ciudadana estadounidense. En cuanto nuestra hija echó raíces en Estados Unidos, mi esposa empezó a visitarla con frecuencia y parecía que ella también quería establecerse allí, puesto que habían pasado varios años sin que volviese a Corea. Casi todos sus familiares estaban viviendo en Estados Unidos y desde hacía diez años nuestro matrimonio había empezado a fracturarse, llegando a un punto en que ya parecía difícil arreglarlo. Mi hija me habló del nuevo apartamento de mi esposa. Me contó la fiesta de inauguración a la que habían asistido sus tías y otros familiares. «¿Qué tal tu salud? Mamá dice que te tomes las pastillas de la tensión.» Estaba claro que mi esposa no tenía intención de regresar, dado que recientemente se había mudado a un nuevo apartamento en un barrio cercano al de nuestra hija.
Después de mucho tiempo, me entraron ganas de fumar y empecé a buscar tabaco por todas partes. Debería de haber un paquete de Marlboro en algún lugar, puesto que solía fumar cuando me agobiaba haciendo bocetos de mis ideas. Encontré el mechero sobre el escritorio, junto a la lámpara; rebusqué en los cajones y después empecé a palpar todos los trajes del armario. Finalmente toqué una cajetilla de tabaco. Al sacarla, algo se cayó a mis pies: dos tarjetas de visita y un papel. Una de las tarjetas era de un empleado del ayuntamiento, la otra era de un periodista de una revista y el papel… Lo puse sobre el escritorio y saqué un cigarrillo y me lo llevé a la boca. Me quedé mirando fijamente el nombre escrito en grande sobre el número de teléfono y repetí mentalmente aquellas sílabas. «Soona Cha.» Un nombre de hacía décadas que ya había olvidado. Rememoré el momento en que aquella chica joven me había pasado esa nota en la sala de conferencias. En cuanto terminó la conferencia tuve una entrevista para una revista de arquitectura y después fui a tomar algo con unas cuantas personas. Los días siguientes fueron tan caóticos y estuve tan ocupado que me olvidé por completo de la nota.
Tras mucho dudar, arrastré el teléfono hacia mí por el escritorio y marqué el número. Dio tono durante un rato y después me redirigió al buzón de voz. Pensé en qué podría decir, pero rápidamente colgué. Cogí el teléfono móvil y le envié un mensaje:
Soy Minwoo Park. Cuando pueda, llámeme.
Cuando llegué a la oficina, me encontré con un compañero arquitecto llamado Song.
¿Vas a ir hoy a lo de Kiyoung Kim?
¿A qué?
El médico ha dicho que no le queda mucho tiempo, así que algunos hemos decidido reunirnos para salir por ahí y que le dé un poco el aire.
Ah, entonces sí. ¿A dónde vais a ir?
A la isla de Ganghwa.
Decidí ir con Song en vez de usar el coche con chófer de la empresa. Fuimos hablando según circulábamos por la autopista Olímpica.
He escuchado que el presidente de Construcciones Daedong está bajo el foco.
Intuía a qué rumores se refería, pero fingí que no sabía de qué hablaba.
¿Bajo el foco? ¿Qué quieres decir?
Se comenta que su relación con la Administración no es buena.
Construcciones Daedong nos había encargado el proyecto del Hangang Digital Center. Ya estaba construido más de la mitad del rascacielos. Con voz indiferente, le respondí:
Nosotros solo tenemos que cumplir con el trabajo que nos han asignado.
De todas formas, tenemos que terminarlo para evitar problemas más tarde.
Parecía que había estado leyendo la prensa. Había rumores de que estaban bajo investigación secreta por parte de las autoridades y que el proyecto Asia World que llevaban a cabo en los suburbios podría quedarse estancado por motivos económicos.
Hacía mucho que no salía de excursión, ¿me vas a aguar la fiesta con esas historias?
Intenté hablarle en un tono alegre y Song cambió de tema.
Por muy mal que esté, seguro que esto le sienta bien.
Seguro, él es muy optimista.
Como era entre semana, no había mucho tráfico. Recorrimos la autopista Olímpica hasta pasar Gimpo y cruzamos el puente de Ganghwa. Dejamos el coche en un aparcamiento cerca del cruce y entramos en una cafetería. Youngbin Lee, que ahora era profesor de universidad, había llegado primero y nos saludó con la mano. Teníamos la misma edad y, a pesar de habernos graduado en escuelas diferentes, nos conocimos porque participamos en los mismos concursos compitiendo por el primer premio y además desarrollamos nuestros respectivos negocios más o menos al mismo tiempo. En ocasiones habíamos competido por lograr algún proyecto y en otras habíamos colaborado. Al igual que Kiyoung, había estudiado Arquitectura en Europa. En términos técnicos, su empresa no estaba a la altura de la nuestra, pero él venía de una familia rica y había crecido en Seúl. Pronto decidió dedicarse a la enseñanza y ahora era crítico, aunque sin mucha sustancia. Iba vestido de forma desenfadada y llevaba una gorra. Parecía sorprendido y me dijo:
¿Cómo es que has venido con lo ocupado que estás siempre?
Hace mucho que no veo a Kiyoung.
