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Cheong Jin, Corea del Norte. Una niña, la séptima hija de la familia de un funcionario, es abandonada al poco de nacer por no ser varón. Rescatada por la abuela, le da el nombre de Bari, como la princesa de una antigua leyenda que sufrió el mismo destino y viajó a los confines de la tierra en busca de un elixir que trajera paz y sosiego a las almas de los vivos y de los muertos. Las arbitrariedades del régimen comunista y la hambruna desmembran la familia. A Bari no le queda más remedio que cruzar el río Duman y huir a China, donde el futuro no es más halagüeño. Tras una serie de dramáticas peripecias, termina su odisea en Londres, donde, inmigrante clandestina, demasiado joven para ser prostituida, tendrá que emprender una nueva vida en una sociedad extraña en la que confluyen gentes, lenguas y credos de todo el mundo. Sus poderes premonitorios, heredados de su abuela, para detectar el dolor y las pesadillas de los demás, la ayudarán como a la princesa legendaria en su viaje al más allá para obtener la redención del espíritu. "Bari. La princesa abandonada" es una novela de aprendizaje, sobre las penurias del exilio, la soledad de la emigración, el choque de culturas, la intolerancia política y religiosa, la explotación humana..., sobre las miserias y los males de nuestros días. Hwang Sok-yong, como en algunas de sus anteriores obras, ha adaptado a nuestros tiempos una vieja leyenda coreana que, en este caso, destaca un elemento fundamental de su cultura tradicional como es la importancia de lo sobrenatural y la relación de lo femenino con el más allá. El resultado es una novela de una extrema belleza y sensibilidad, entrañable, en la que lo mágico, lo onírico y la realidad se entrecruzan con total armonía, haciendo de lo sobrenatural algo totalmente natural.
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Seitenzahl: 405
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Hwang Sok-yong
Bari, la princesa abandonada
Traducido del coreano por Luis Alfredo Frailes Álvaro
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Créditos
Tantas como las estrellitasque, sobre el verde arrozalsalpican el cielo,tantas son las desazonesque aquejan a mi casa.
Fragmento del Arirang de Jindo,canción tradicional coreana
Cuando mi familia, como los fragmentos de un jarrón roto, se desperdigó, yo contaría apenas once años.
Pasé mi infancia en Cheong Jin1. Vivíamos en una casa unifamiliar, situada en lo alto de un cerro desde donde se dominaba el puerto. Cuando llegaba la primavera, y pugnando por abrirse paso entre la maleza que cubría los parches de terreno baldío, brotaban matas de azaleas. Sus tonos carmesí se intensificaban al amanecer y con el ocaso, acentuados por los reflejos rojizos de aquel alto cielo de levante, donde se recortaba la silueta del monte Kwan-mo, aún coronado de blanco en su cumbre y faldas arropadas por la niebla. Desde lo alto de la colina se divisaban aquellas moles metálicas de aspecto lánguido ancladas en el puerto y, a su alrededor, los barquitos de pesca, avanzando con aquel movimiento tan parsimonioso y acompañado del leve martilleo que siempre emitían al iniciar su travesía. Los rayos del sol sacaban destellos plateados a las olas, convirtiéndolas en escamas de pez. Las gaviotas dispersaban la luz en todas direcciones y, batiendo vigorosamente sus alas, se perdían rumbo al foco. Yo tenía la costumbre de salirme del sendero y, por el lado más abrupto, encaramarme a lo alto del montículo, donde, en cuclillas, esperaba hasta ver a mi padre regresar del puerto, donde estaba su oficina, hasta ver a mi madre volver del mercado o, simplemente, disfrutaba de la contemplación del mar.
En casa, junto a mis padres y a mi abuela, vivíamos mis hermanas y yo, en total nada menos que siete chicas. Traer al mundo semejante prole le había supuesto a mi madre quince años de gestación prácticamente ininterrumpida; apenas había nacido una, ya venía en camino la siguiente, pues nacimos casi todas en intervalos de uno o dos años. Mis dos hermanas mayores, que fueron testigos de varios alumbramientos, recordarían siempre el desasosiego que reinaba en el hogar cada vez que una de nosotras anunciaba su llegada.
Con todo, para mi madre fue una suerte contar con la ayuda de mi abuela, quien le hizo de comadrona en todos los partos. Las tres primeras veces mi padre esperó por allí cerca, ora en la puerta de la habitación, ora dando vueltas por el patio de la casa, siempre encendiéndose un cigarrillo tras otro. A partir del cuarto nacimiento, adoptó la costumbre de esfumarse. Cuando mi madre se ponía de parto, él se quedaba en la oficina, donde hacía voluntariamente el turno de noche. Hasta la cuarta niña mi padre sobrellevó la circunstancia de que toda su descendencia fuese femenina, mas, con el nacimiento de la quinta, de nombre Suc, se abrió en casa la caja de las tempestades.
Aquel día, mi padre, de vuelta a casa tras haber cubierto el correspondiente turno de noche en el trabajo, abrió la puerta de la habitación donde mi madre y mi abuela estaban calentando agua en un balde para bañar a la recién nacida. Nada más ver al bebé, mi padre comenzó a vociferar y a lamentarse de la mala suerte de la familia. Acto seguido, tomó a mi hermana por un pie y le sumergió la cabeza en el balde de agua. Mi abuela se apresuró a sacarla de allí pero, al haber tragado agua, la pequeña Suc tardó en recuperar la respiración y, antes de romper finalmente a llorar, pasó unos instantes tosiendo. Cuando nació la sexta, Hion, mi padre descargó su furia lanzando por la ventana una mesa de escasa altura que usábamos para el desayuno, y un cuenco de kimchi2 fue a impactar en el rostro de Chin, la mayor de mis hermanas, quien, en aquel preciso momento, volvía del aseo a través del patio.
En cuanto a mi nacimiento, se produjo al final de todas aquellas vicisitudes, y fue de la siguiente manera. Según me contó Chin, el momento de mi llegada al mundo lo esperaron las seis hermanas apiñadas en el cuarto de las niñas, todas expectantes y conteniendo la respiración. En cuanto me oyeron llorar, la segunda mayor, Sôn, a fin de sondear la situación, se acercó al cuarto donde yo acababa de nacer. A su regreso, y entre sollozos, decía:
—¡Otra niña! ¡Qué va a ser de nosotras!
Al parecer, la mayor les advirtió entonces a las otras cinco:
—Ni se os ocurra salir de aquí. Y que no se oiga ni una mosca hasta que papá esté de vuelta.
Mi abuela estaba confusa y preocupada por lo que se nos venía encima. Más allá de arropar con unas mantas a aquel pegote recién nacido que tenía entre sus brazos, no hallaba qué hacer. Sin que cruzase siquiera su mente la idea de calentar una sopa de algas para la madre, como era costumbre tras los partos, se sentó en el espacio de tierra que había entre la cocina y el cuarto y, con aire pensativo, permaneció allí sin más. Mi madre, tras pasar un rato llorando en silencio, me tomó de pronto en sus brazos. Me llevó a un frondoso e inhóspito bosque de pinos y, según cuentan, me depositó en unos matorrales que allí había. Antes de irse, me cubrió la cara con mi propia cobija; su intención era que, si sobrevivía al viento gélido del alba, pereciera ahogada.
Al llegar a casa, y sin decir palbra, mi padre abrió la puerta de la habitación. Allí encontró a mi madre tendida, en silencio y con el rostro bajo las colchas. Mi abuela estaba en la cocina y tampoco daba señal de vida más allá de alguna tos seca y esporádica. Ante aquel panorama, mi padre comenzó a despotricar y salió zumbando de casa; se acababan de esfumar las pocas esperanzas de tener un hijo varón que le pudieran quedar. Mi madre y mi abuela, cada una en una estancia de la casa, permanecieron abatidas e inertes hasta que el sol hubo alcanzado un punto considerablemente alto de su trayectoria. Al fin, mi abuela entró en la habitación donde estaba mi madre y le preguntó por mi paradero:
—¿Y la chiquilla?
—No lo sé —respondió mi madre—. Se habrá ido sola.
—¡Insensata! —exclamó mi abuela, comprendiendo lo ocurrido—. ¡Has dejado por ahí a la criatura! ¡¿Quieres que te fulmine un rayo o qué?!
Con estas palabras, mi abuela se dio a una desesperada búsqueda del bebé abandonado. Tras peinar toda la casa y alrededores, comprendió que su afán era en vano. Llevada por el temor al castigo que el Cielo haría caer sobre la familia, lamentando la desgracia de la madre y de las hijas, colocó una mesa en el patio trasero. Sobre ella dispuso un cuenco de porcelana con agua fría, se sentó junto al improvisado altar y, frotándose las manos, elevó la siguiente plegaria:
«Oh, Dioses Protectores de Cielo y Tierra, librad a esta desdichada casa del infortunio que pesa sobre ella, permitid que encuentre a la criatura sana y salva, ablandad el corazón de la pobre madre, aplacad la ira del padre y cuidad de nosotros para que vivamos en paz...».
Terminada la oración, emprendió por todos los aledaños un nuevo y febril rastreo. Al no encontrarme en parte alguna, regresó a casa y, abatida, quedó sentada en el entarimado de madera que rodeaba el patio. De pronto, reparó en que nuestra perra, Hindung, la miraba fijamente con el hocico asomado por la puerta de su caseta. Al mirar detenidamente, mi abuela creyó atisbar en sus patas algo que parecía la mantilla con que me habían envuelto a mí al nacer. Fue corriendo a la caseta de Hindung, donde, en efecto, estaba yo, respirando con aspereza y dormida en el regazo del can. Al parecer, cuando mi madre salió de la casa conmigo en brazos, Hindung, a hurtadillas, la siguió. Una vez consumado mi abandono en el bosque, la perra, a fuerza de olisquear por la zona, acabó dando conmigo y, sujetando mi mantilla entre sus dientes, me llevó a su caseta.
—Cachorrillo mío —dijo mi abuela, ensalzando a Hindung—, eres un regalo de los Cielos.
En aquel episodio tiene su origen, probablemente, la relación de complicidad que siempre me unió a mi abuela y a Hindung3, aquella perra de raza pungsan cuyo nombre, por cierto, obedecía a su blanco pelaje. Yo, por el contrario, no tuve nombre —pues nadie me lo ponía— hasta bien pasados mis cien primeros días con uso de razón. El que acabó siendo mi nombre, Bari, se deriva de una historia que mi abuela me contaría varias veces años más tarde, durante aquellas noches que pasamos en el cobertizo que nos tocó construir en las montañas del lado chino, tras cruzar el río Duman4 a raíz de la dispersión de la familia. Una historia, la de la princesa Bari, que mi abuela había conocido en su niñez por boca de su madre y que ella siempre culminaba tarareando la siguiente cantinela: 5«A ti te repudiaron, niña repudiada / A ti te abandonaron, niña abandonada». «Y de ahí tu nombre, Bari», concluía. El tema de mi nombre se resolvió un día, cuando, estando toda la familia congregada para cenar —mi madre y todas las niñas sentadas en torno a una mesa redonda, que poníamos aparte; mi padre, con mi abuela, en una cuadrada y dispuesta especialmente para ellos dos—, mi abuela, de pronto, interpeló a mi padre:
—Por cierto, ¿no le vas a poner nombre a la chiquilla o qué?
Mi padre dirigió a la mesa redonda una mirada lenta y minuciosa, como si estuviera haciendo recuento de mis hermanas, allí apelotonadas. Después de un instante, y con cierta brusquedad, le respondió a mi abuela:
—Pues no sé, madre. Hasta ahora le hemos ido poniendo nombres siguiendo una serie de caracteres. Nos han llegao para las mellizas y todo... pero, para una séptima, yo creo que ya ni caracteres quedan.
—¿Cómo? —protestó mi abuela—. Y tú, que has ido a la universidad y que has estudiado chino y ruso y no sé cuántas cosas más, ¿me estás diciendo que no se te ocurre un nombre para tu hija?
Aprovecho para contar ahora lo de mis hermanas las mellizas. Para cuando nacieron, la República todavía se mostraba generosa con la gente, y la llegada al mundo de mellizas, ya fuese en el medio urbano o en el rural, suponía todo un acontecimiento. Acudía la prensa; la familia agraciada aparecía en el informativo de la cena. El sistema de prestaciones sociales funcionaba bien, y tanto los servicios de guardería como la provisión de leche en polvo y, en general, todo lo relacionado con la crianza corrían por cuenta del Estado. La benevolencia del Gran Líder Kim Il Sung se materializaba en las montañas de ropa de bebé, juguetes y todo tipo de regalos que se acumulaban en las casas.
Volviendo al asunto de los nombres, hasta la cuarta hija no le supuso a mis padres dificultad alguna, pues se podían elegir series lógicas de caracteres, por ejemplo la de las Cuatro Plantas Nobles —ciruelo, orquídea, crisantemo y bambú— e incluso, estirando un poco el repertorio, encontrar para dos hijas más sin romper por ello la armonía del conjunto. Parece, de hecho, que mi padre había pensado de antemano una ristra de seis caracteres para los nombres de sus hijas: Chin (verdad), Sôn (bondad), Mi (belleza), Chong (paz), Suc (poder) e Hion (sapiencia). El problema vino conmigo, pues, de algún modo, mi irrupción en la familia hacía inútil el tesón puesto en la combinación de los seis nombres anteriores.
El caso es que aquel día, y dado que mi padre se levantó y se fue a trabajar sin más, dejando en el aire la pregunta de mi abuela, ésta y mi madre recogieron el testigo:
—Nuera, qué nombre le pondremos a esta chiquilla...
—Ay, pues ya ve usted... —comentó mi madre—, con el pesar y la angustia que hemos pasao con ella, tendríamos que llamarla algo así como Mi-an (pesar) o Sob-sob (lamento).
—Pues no sería la primera vez que alguien pone nombres así a criaturas —comentó mi abuela—. Pero digo yo que, como a la cría la abandonaste en el bosque...
En alusión a un antiguo relato, del que yo tuve conocimiento bastante después, mi abuela decidió ponerme Bari, nombre de la princesa que, según la leyenda, «anduvo errante hasta el confín de la Tierra y pasó mil calamidades», y cuyo destino quedaría vinculado al mío.
Mi padre fue hijo de viuda. Mi abuelo había muerto en la guerra, mucho antes de mi llegada al mundo, y mi abuela siempre decía que fue un héroe, que hasta hablaron de él en la radio nacional. Al parecer, la heroica muerte de mi abuelo se produjo en una ciudad de las lejanas costas del Sur, donde sobrevivió al ataque de los tanques enemigos y consiguió repeler, él solo, toda una ofensiva frontal lanzada por el ejército de los narizotas6. Era una historia que mi abuela siempre contaba después de cenar, al quitar la mesa o en las noches de verano, cuando tendíamos unas esterillas en el patio y nos sentábamos allí a contemplar las estrellas. Mi padre, cansado de oír una y otra vez el mismo relato, interrumpía siempre a mi abuela, haciendo que aquella heroica historia de mi abuelo languideciera y perdiera todo su encanto.
—Madre, no adornemos la historia. Eso que cuenta usted está sacado de una película rusa...
—¿Que está sacado de qué?
—De aquella películaque vio usted conmigo en el centro. ¿No se acuerda? Fuimos a verla con los de la Asociación de Vecinos. Está mezclando usted la película con la historia de padre.
La película en cuestión versa sobre un soldado raso que monta guardia en los escombros de una ciudad devastada. Hacia el crepúsculo, su unidad emprende la retirada sin que el recluta se percate de ello, pues se ha quedado profundamente dormido. Creyendo completa la retirada, el ejército enemigo avanza confiado sobre las ruinas. El ruido de los carros de combate enemigos al avanzar despierta al recluta, quien, de la forma más inesperada, se encuentra de frente con todos los tanques y camiones enemigos con las luces encendidas. Demasiado asustado para sopesar sus actos, el soldado coge su fusil automático y descarga una prolongada ráfaga sobre las posiciones enemigas. Al cesar el sonido de sus disparos, se produce un momentáneo silencio. Las fuerzas hostiles vacilan unos instantes en sus posiciones; después, creyéndose rodeados en la oscuridad, y para evitar caer emboscados, se baten en retirada. El soldado, que estaba agazapado bajo una pila de bloques de cemento, sale gateando y, adentrándose en la oscuridad, echa a correr hacia su cuartel, que alcanza apenas cuando despunta el día. Una vez allí, requieren su presencia tanto el cabo como el capitán, y aun el general. Todos lo colman de honores y, más adelante, hasta le imponen una medalla al mérito, concediéndole también un permiso especial. Así es como aquel soldado raso se convierte en el laureado héroe que ha repelido, él solo, el avance de una división enemiga.
Lo que sí era cierto, según mi padre, es que mi abuelo murió durante un combate en el frente oriental. Para comunicarle la baja a mi abuela, la convocaron a las dependencias del Comité Popular Revolucionario, donde le hicieron entrega de una serie de bienes como compensación por el deceso. En la escuela, le rindieron a mi padre los honores propios de un huérfano de militar caído en acto de servicio. El tutor le hizo subir al estrado y sus compañeros de estudios le dedicaron un tributo silencioso. Por otra parte, mi abuela se encargó de marcar la fecha en que, cada año, la familia erigiría el altar para rendir homenaje al alma de su difunto marido, cuya muerte, por cierto, ya se le había revelado en sueños, al igual que sucedía con otros muchos aconteceres.
Fue de la siguiente manera. Una noche, estando mi abuela en su estancia, creyó oír una tos familiar y procedente del exterior. Abrió la puerta y allí, destacándose de la blanca luz de luna que inundaba el patio, estaba mi abuelo, ataviado con un uniforme militar hecho jirones. Al preguntarle de qué rumbos venía, él le contó que había pasado por Mukho, por Gangneung y por Sokcho y que, en su camino, había remontado veinte cimas. Mi abuela le dijo que dejara en el patio un hatillo que llevaba al costado y pasase a comer algo, pues era la hora del desayuno. Él no se movió de donde estaba; ni siquiera se quitó las botas. Sólo dijo que tenía que reemprender su viaje, pues iba lejos. Cuando mi abuela le quitó el hatillo y lo apoyó en el suelo, él se comenzó a difuminar, como un éter, y el patio pronto quedó vacío. Mi abuela despertó sobresaltada y, al palpar el cabecero de su estera, notó el tacto de algo. Al encender la lámpara de aceite, reparó en que la puerta del arcón de mimbre estaba abierta y de él se habían salido un par de prendas de ropa. Eran los pantalones guateados y el chaleco de pelo de liebre que mi abuelo había dejado allí cuando se fue a la guerra. Mi abuela se apresuró a comprar frutas, una botella de licor y un abadejo seco y, erigiendo un sencillo altar de muertos a modo de ofrenda funeraria, quemó en él aquellas ropas.
Para mi abuela, ver espectros no era inhabitual. Los veía pasar, era testigo de sus encontronazos y hasta de las conversaciones que mantenían. Desde que mi padre era niño, mi abuela venía rindiendo culto a los Dioses Protectores del hogar a través de rezos que oficiaba en el patio trasero, y en los que empleaba agua recién sacada del pozo. Cuando el Gobierno prohibió aquellas prácticas, mi abuela pasó a celebrar sus rituales agazapada en un rincón de la cocina donde el suelo era de tierra, empleando una clandestinidad que le exigía gran celo. Aquellos rituales de mi abuela fueron motivo de disputa entre mis padres durante un tiempo, el que tardaron en desistir de su afán por disuadirla.
—Oye, ¿no tendríamos que decirle a mi madre que no hiciera esas cosas? —exhortaba mi padre.
—Ay, ¿acaso crees que lo va a dejar de hacer porque se lo digamos nosotros? —replicaba mi madre—. Además, de eso yo ni me atrevo a hablarle; ella está convencida de que ve ánimas y cosas de ésas que a mí me ponen la piel de gallina. Y ya sabes, en tu familia eso viene de atrás.
—¿Qué es lo que viene de muy atrás? ¿De qué hablas?
—Pues de tu tatarabuela, que era chamana allá en Ham-hiong. Ahora resulta que no lo sabes...
—¡Válgame! ¡Como te oiga la gente decir esos disparates nos va a caer una gorda!
—¡A buenas horas! ¡Como si no supiera todo el vecindario que tu tatarabuela y tu bisabuela eran chamanas, y bien famosas que eran antes de la Liberación...!
—¡Mira con qué sale ésta ahora! —zanjó mi padre—. ¡Déjate de historias, anda! ¡Mi familia viene de campesinos pobres, y no hay más que decir! ¡Si no, ¿por qué el Gobierno nos clasificó en la Categoría Básica, a ver?!
Según mi abuela, a su hijo se le dieron bien los estudios desde niño, cuando iba a la escuela popular. En la posguerra, estando la ciudad bajo control del Ejército Voluntario de China, mi padre acompañaba a los mayores al cuartel, donde acudían a plantear los litigios civiles, y aprovechó la experiencia para aprender mandarín. Posteriormente, al acabar primero de su promoción en la escuela preparatoria, le recomendaron directamente para acceder a la Universidad de Pyongyang.
Mis padres nunca habrían acabado juntos de no ser por la obstinación de mi abuela, en cuya casa, precisamente, se produjo el primer encuentro entre los dos jóvenes. Mi padre cursaba el primer año de carrera, y regresó a casa durante unos días, aprovechando el permiso que le habían dado por participar en las Brigadas de Trabajo durante las vacaciones de verano. Le pidió a su madre un poco de agua fría y, para su sorpresa, quien salió de la cocina con un cuenco en las manos no fue mi abuela, sino una joven menuda y de pelo corto a quien él no había visto nunca antes, y que decía estar allí esperando por él.
—¿Quién eres, camarada? —le preguntó mi padre a la muchacha, tan estupefacto que ni se acordó de tomarse el agua.
—¿Quién va a ser? —terció mi abuela—. Es tu mujer.
Presa del desconcierto, mi padre echó a correr por donde había venido y se metió en el primer tren con destino a Pyongyang. Al cabo de unos quince días, lo convocaron en la jefatura de estudios. Allí estaba el profesor tutor de su curso, encargado también de impartir una asignatura llamada Orientación para la Vida. El profesor lo recibió con gesto de contrariedad, le indicó que se sentase con un gesto de la cabeza y le dijo:
—Vaya, camarada, no me imaginaba que fuese usted a casarse sin haber terminado sus estudios. Por una parte, entiendo que quiera usted conducirse con la diligencia que merece su señora madre... Pero, dígame: ¿por qué no se va usted con su mujer?
—No... no se trata de eso... verá usted —balbuceó mi padre, lleno de estupor—, resulta que, cuando fui a mi casa, mi madre me dijo que aquella chica era mi prometida y yo no me lo esperaba y de ahí que haya vuelto antes de lo previsto a la universidad...
En esto, se abrió ligeramente la puerta del despacho y apareció la cabeza de mi abuela.
—Ya estamos aquí —dijo—. Pasa.
Mi abuela accedió al despacho y, tras ella, con la cabeza agachada, iba la chica de pelo corto. La joven saludó al profesor con una respetuosa inclinación. A mi padre se le puso el rostro rojo como un tomate y fue incapaz de abrir la boca.
—Pues no se hable más —dijo el profesor—. Les voy a extender un salvoconducto para que vuelvan al pueblo su señora madre y ustedes dos. Si se han comprometido, digo yo que tendrá que estar usted con su mujer.
—No; verá usted... —objetó mi padre—, yo antes de terminar mis estudios no puedo...
—Y entonces —arguyó el profesor—, ¿por qué se anda comprometiendo? Ande, váyase ya y no siga enredando si no quiere que se lo cuente a los camaradas. Si el asunto llega al Comité Popular Juvenil, le pueden acusar de no ser trigo limpio y eso supondría su expulsión de la universidad.
Así, por obligación, fue como mi padre regresó a casa. Todo el trayecto, desde que subieron al tren, lo pasó mi abuela lanzándole amenazas:
—A partir de ahora, no te voy a consentir que andes por ahí zascandileando. Todo esto lo hago por voluntad de nuestros Dioses Protectores. Como me lleves la contraria, te vas tú por tu lado y yo por el mío; ¿queda claro?
Parece ser que mi abuela consiguió un portabebés de los que se usan para llevar a los niños a la espalda, fue con él hasta el asiento que ocupaba mi padre y le ató un extremo de la cinta a una pierna, haciendo un buen nudo. El otro cabo se lo acercó a mi madre y le dijo que se lo amarrara bien a un tobillo. Mi madre se quitó una de las botas de goma que llevaba y, subiéndose bien el calcetín, que traía caído, le pidió a mi abuela que se lo atase con firmeza. Cuando mi padre, para ver qué trajinaban mi madre y mi abuela, se giró, las miradas de los dos jóvenes se cruzaron y ella le sacó la lengua. Aquel episodio siempre lo sacaba mi padre a colación cuando discutían. «Más me habría valido partirme la pierna —decía, en sus momentos de furia— y salir corriendo de allí con la otra; ay, qué distinta habría sido mi vida...».
Lo cierto es que, tras enlazar a mis padres de aquella guisa, mi abuela se arrolló el trozo de tela en torno a la muñeca, dándole varias vueltas, y, sólo entonces, exhaló un hondo suspiro de alivio.
Cuando mis hermanas y yo le preguntábamos por qué tenía tanto interés en casar a mis padres, mi abuela nos contaba el sueño que, al parecer, estaba en el origen aquel afán, y que tenía su continuación en el relato de cuando se presentó en la casa de mis abuelos maternos a buscar a aquella joven que sería mi madre.
—Se me apareció una ninfa del Cielo —comenzaba el sueño— que se posó en el tejado de la casa y, desde ahí, bajo al patio. Claro, yo me asomé y empecé a preguntar: «Quién anda ahí?». Y le dije: «¡Si eres espectro, fuera! ¡Si eres persona, acércate!...». Y ella me respondió: «Vengo del País de los Cielos. Allí cuido del jardín del Emperador de Jade. He descendido a la Tierra como castigo por haber transgredido la Ley Celestial, pues regué mal las flores y han caído a este mundo». Entonces vi que, efectivamente, había siete flores tiradas en el patio. La ninfa me las acercó, pero, cuando fui a cogerlas, ella abrió el portón y empezó a dar pasos hacia atrás, con mucho garbo y como si fuese patinando. Yo eché a andar tras ella. Al llegar a una empalizada de sorgo, desperté. Intrigada por aquel sueño tan raro, salí de la casa. Fui siguiendo el sendero que había visto en el sueño y resulta que llevaba a una casa del vecindario que tenía una cerca de sorgo. Cuando estaba allí delante... Ay, madre, qué cosa más rara..., era la casa del sueño. Entré y allí había una chica que yo no conocía y que estaba cantando, al mismo tiempo que limpiaba las tinajas de la soja, que bien lustrosas las estaba dejando. Me fijé en que tenía las nalgas bien prietas y, aunque yo no sea hombre, me pareció tan bella como una flor de peonía y era hermosa como las magnolias. Le dije que me presentara a sus padres y le hablé un poco de mi hijo.
En la familia, todo el mundo estaba al tanto de las extrañas facultades que poseía mi abuela. Hasta mi padre, único que se resistía a reconocerlas, acudió una vez en busca de consulta y asesoría. Fue un año nuevo. Al despertar sobresaltado de un sueño, mi padre se levantó a hurtadillas y, a toda prisa, fue a ver a mi abuela.
«Madre —le dijo—, he soñado con una tinaja de agua que se partía por la mitad, y de dentro de ella salía un pez gato así de grande, —le contó, señalándose el antebrazo—, y se iba retorciendo por el suelo».
«Un pez gato, ¿eh? —comentó, haciéndose la despistada, mi abuela, para quien el relato de mi padre había resultado tan atropellado y confuso que le resultó difícil no ya interpretar el sueño, sino siquiera entenderlo—. Pues habrá que hacerlo a la cazuela con guindilla y comérnoslo entre todos».
A diferencia de otras mujeres del vecindario, mi madre apenas trabajó fuera de casa. Para ella, la posibilidad de desempeñarse laboralmente fuera del hogar terminó con la llegada de aquella numerosa descendencia, pues apenas se había repuesto de un parto, apenas había terminado de cuidar a una de mis hermanas, cuando ya venía la siguiente en camino. Sólo cuando nació Mi, la tercera, comenzaron a tomar precauciones; de ahí que Mi y la cuarta, Chong, se llevasen tres años. Fue la única ocasión en que mi madre pudo trabajar fuera de la casa. Primero se dedicó a tareas de producción y transformación de alimentos en una planta comunitaria de las que el Gobierno estableció durante la posguerra en las granjas colectivas de todo el país. Más adelante, la destinaron a un centro de rehabilitación, donde pudo aprender tecnologías de explotación de recursos. A los seis meses de aquello, se puso de peluquera voluntaria en unos baños públicos. A causa del vehemente anhelo de mi padre por tener un hijo varón, compartido además por mi abuela, mi madre tuvo que juntar todos los periodos formativos en el mismo lapso de tiempo y, al cabo de apenas año y medio de estar trabajando, se vio obligada a volver a casa. A raíz de lo que pasó con la quinta niña, Suc, cuando mi padre la sumergió en el balde de agua, mi madre renunció definitivamente a toda aspiración de ver cambio alguno en su vida. A los tres años, Suc seguía sin hablar; resultó ser sordomuda. Aunque, oficialmente, su trastorno se achacó al sarampión que pasó después, mi abuela y mi madre siempre rumoreaban entre ellas que fue consecuencia de lo ocurrido cuando nació. En cuanto al episodio de mi abandono, también fue mi abuela quien me lo contó.
Tendría yo unos seis años —recuerdo que por entonces iba a la guardería del barrio— cuando sucedió algo singular. Debió de ser al comienzo de la primavera, pues las recién florecidas azaleas vestían de escarlata las cimas de los montes y mis hermanas volvían a casa con cestas llenas de esa hierba conocida como pan y quesillo. Yo estaba sentada en el entarimado del patio, disfrutando de los cálidos rayos de sol, cuando vi que Hindung, con las orejas replegadas y mostrando los dientes con ferocidad, le ladraba a alguien. Me dirigí al portón de madera que daba a la calle, y que estaba cerrado, y, al empujarlo, vi ante mí a una niña poco mayor que yo, ataviada con una chaqueta tradicional de mangas amplias y una falda de algodón, todo blanco. Yo pensé que se trataba de alguna camarada de mi hermana Hion, que habría venido a jugar con ella. «Hion-i no está», le dije. Ella se quedó allí unos instantes, con la mirada fija en mí. Su rostro no reflejaba ni un atisbo de temor, a pesar de que, a mi espalda, Hindung seguía ladrando con fiereza. «Aquí no es», me pareció que decía, como para sí, un instante antes de darse la vuelta y alejarse de allí no sé exactamente cómo. Se esfumó tan de repente que ni me dio tiempo a verla alejarse. Llevada por el deseo de saber dónde se había metido la desconocida, crucé la puerta y empecé a andar por la calle. La vi a cierta distancia, cerca de una hilera de casas similares a la nuestra en forma y tamaño, donde no supe cómo había llegado tan rápido. Estaba de espaldas y me fijé en su coleta, que le oscilaba sobre la espalda mientras avanzaba hacia la casa del albaricoque. Se detuvo frente a ésta, echó una rápida mirada hacia donde estaba yo y, sin más, atravesó el umbral de la casa. Si recuerdo su coleta, es por el detalle de que llevaba colgando un lazo rojo, que se agitaba suavemente sobre su espalda al caminar. Aquella tarde, cuando me senté a cenar con mi familia, mi madre dijo:
—Habrá que darle algo en condolencia al delegado de barrio del Comité Popular. Se ha muerto su nieta.
—¿Qué dices? —exclamó mi padre—. Pero ¿cómo?
—Eso ha sido por el karma de la vida anterior —masculló mi abuela, antes de que mi madre tuviera tiempo de contestar—. Todos venimos al mundo con un destino y con nuestro día escrito.
—¿No habrá sido el tifus ese que se anda propagando últimamente? —replicó mi padre.
—Abuela —dije yo, tirando de su falda para avisarle de lo que había visto durante el día.
—Sí, sí —dijo ella—. Venga, a cenar...
—Esta tarde —insistí— he visto a una niña que no conocía. Vino a casa y enseguida se fue, y se metió de repente en la casa del albaricoque.
Nadie prestó la menor atención a mi comentario excepto mi abuela, quien, tan pronto hubo acabado de cenar, me llevó al patio, donde se sentó conmigo, y, en tono cauteloso, me interrogó:
—Oye, ¿a quién dices que has visto?
—Era una niña vestida de blanco —le expliqué—. Hindung se puso a ladrar y le quería morder. Ella me miró, dijo «vale, no es aquí» y se fue. Salí para ver adónde iba y de pronto la vi entrar en la casa del albaricoque.
—Y, ella, ¿te miró a los ojos? —me preguntó mi abuela.
—Sí —respondí—, antes de meterse en esa casa.
Moviendo la cabeza de arriba abajo, y acariciándome el cabello, mi abuela me consoló:
—Tranquila, hija, no te va a pasar nada malo. Creo que lo tuyo es una herencia. Tú sólo haz lo que te diga la abuelita —y añadió—: Escupe tres veces al suelo y da tres golpes con el pie.
Aquel día caí enferma y estuve un tiempo guardando cama. Una noche empecé a delirar y a arder de fiebre. Mi padre me cargó en su espalda y me llevó al ambulatorio que había cerca del puerto. Allí, tumbados y formando hileras en distintas salas, había niños y ancianos procedentes de todo el distrito. No sé cuántos días estuve allí; sólo recuerdo que, junto al lugar donde estuve yo tumbada junto a varias personas, había una ventana enrejada y, que, sentada tranquilamente en el marco de la ventana, estaba aquella niña del lazo. Yo la miraba fijamente y sin sentir temor alguno. Cuando salí del hospital y me llevaron de vuelta a casa, dejaron libre la estancia de la parte de atrás, donde dormían mis hermanas, y pasé a dormir allí yo junto con mi abuela, única persona de la familia que se me acercaba. Durante el día me bajaba la fiebre, pero me volvía a subir por las noches. Me salió una urticaria que por su aspecto recordaba los granos del mijo y que, con el tiempo, me fue remitiendo. De cuando en cuando, y con todo secretismo, mi abuela me preguntaba:
—Bari, ¿sigues viendo esa aparición?
—No, abuelita —le explicaba—. La veía en el hospital, pero aquí ya no. Oye, abuelita, ¿quién es esa aparecida?
—Ay, hija mía... Es el espectro de una niña que contrajo la epidemia y se murió. Pero a ti no te va a pasar nada porque te cuidan los espíritus protectores del hogar.
No sé cuántos días, con sus noches, pasé envuelta en una constante y agitada alternancia de sueño y vigilia. Recuerdo con toda claridad los sueños que tuve. En uno de ellos, yo estaba a la entrada de un edificio en ruinas que, por su hechura, podría ser un templo budista o algo similar. Parte de la empalizada estaba reducida a cascotes, y las numerosas tejas desprendidas del tejado, también medio derruido, estaban diseminadas entre las matas de ajenjo y otras hierbas silvestres, que cubrían todo el patio. Yo estaba apoyada en una columna medio vencida, oteando el interior del recinto. No sabía si adentrarme o no en las sombras de aquel lugar. En esto me pareció notar que algo se movía. Era un lacito rojo, como los que llevaban las mujeres en el pelo, que surgía de entre las sombras del viejo templo y, meciéndose rítmicamente en el aire, se dirigía hacia mí. Sin más, yo me daba la media vuelta y echaba a correr. El lazo rojo, dando brincos en vertical, me perseguía. Yo corría entre los árboles, cruzaba un arroyo, rebasaba la linde de unos arrozales y, finalmente, llegaba al pueblo sin que el lazo dejara de perseguirme ni de hacer ese bailecito en el aire.
Entonces, en medio de la calle, aparecía mi abuela, quien en el sueño, al contrario que en la realidad, iba en hanbok7 y llevaba el pelo recogido en un moño, sujeto con un alfiler. Salía al paso del lazo y, agarrándolo en el aire, gritaba: «¡Atrás, maldita!».
Aquel ingrávido lazo rojo, entonces, caía al suelo y desaparecía sin dejar rastro.
Llena de espanto, abrí los ojos. Tenía todo el cuerpo y la cara tan empapada en sudor como si me hubiese dado un paseo bajo la lluvia.
—Ya casi estás bien del todo, hija —me dijo mi abuela, que estaba tumbada a mi lado—; aguanta un poco más —añadió, secándome la cara y el cuello con un paño de algodón.
A causa de la fiebre, y aun teniendo los ojos abiertos, sentí que mi cuerpo se distorsionaba ilimitadamente, ora agrandándose, ora menguando. Tan pronto se me alargaban los brazos y las piernas, hasta el punto de abarcar todo el suelo y las paredes de la estancia, como me encogía hasta adquirir el aspecto de una mucosidad para, al instante, reventar. Sentía el suelo hundirse cada vez más, desaparecer en lo hondo de la tierra. En el papel que cubría las paredes de la estancia aparecieron varios rostros que, en un momento dado, abrieron la boca y rieron a carcajadas, se pusieron a chacharear y hasta a vociferar.
Al final sobreviví a aquella epidemia de tifus pero, como consecuencia de la enfermedad, pasé muy escasa de fuerzas un periodo de varios años, concretamente hasta la edad de acceso a la escuela. Y algo había cambiado en mí, pues, a raíz de aquella dolencia, empecé a oír sonidos que antes no oía y a ver cosas que antes no veía. Fue también por entonces cuando comencé a comunicarme con mi hermana Suc, la muda. Chong, la cuarta en edad, tenía un año más que Suc, y entre ellas andaban siempre a la gresca. De las siete hermanas, las tres primeras, Chin, Sôn y Mi, eran bastante altas, y, además, había cierta brecha de edad, tres años, entre ellas y la siguiente. A la sexta y a la séptima, que éramos Hion y yo, nos trataban como a chiquillas. Entre Hion y yo no había buena relación; yo no quería cuentas con ella y la cosa parecía mutua. Las del medio, Chong y Suc, quedaban en una posición imprecisa al no encajar ni en el grupo de las tres mayores ni en el de las dos pequeñas. No era de extrañar, pues, que, cuando había algún recado que hacer, mis padres tuviesen la tendencia de recurrir a ellas dos, y, toda vez que algunas cosas no se le podían encargar a Suc, por ser muda, acababan recayendo en Chong. Si, por ejemplo, había que bajar la cuesta para comprar una bandeja de tofu y un manojo de cebolletas, Chong se ponía de morros y le dirigía a Suc miradas de disgusto.
«Por culpa de ésta —decía— siempre me toca hacerlo todo a mí».
Por su parte, la muda tenía muy mal carácter. Aunque la mayor parte del tiempo diese la sensación de ser obediente y tranquila, cuando le salía el genio no era infrecuente que se abalanzara sobre cualquiera de nosotras, sin hacer distinción entre las pequeñas y las grandes, llegando, a veces, a arrancarnos mechones de pelo o darnos patadas en el bajo vientre. El problema nos lo tomábamos todos muy en serio; se preocupaban por tratar a Chong y a Suc de manera que ésta nunca se sintiese agraviada. Les compraban a las dos la misma ropa, del mismo color y forma, hasta los lápices se los compraban iguales, tres a cada una.
Por las mañanas, antes de irnos a la escuela, reinaba en la casa cierto caos. Para entrar al baño, lavarnos la cara y peinarnos, seguíamos turnos. Una mañana, Suc comenzó a chillar. Llegó corriendo y con los carrillos encendidos, mas, como no podía hablar, no sabíamos qué le pasaba. En una mano, y en actitud furibunda, blandía una zapatilla de deporte chamuscada. Todo parecía indicar que las habían puesto a secar durante la noche sobre la estufa de leña y una se había caído junto a la chimenea. Como sucedía con todo, las zapatillas verdes de Suc eran iguales a las de Chong. Ésta, con astucia, se apresuró a ponerse las que se habían salvado de la chamusquina y dejó allí las quemadas... Suc, entonces, lanzó las zapatillas chamuscadas y, sin miramiento alguno, se abalanzó sobre Chong, la agarró por la cintura, derribándola, y le quitó de los pies las zapatillas sanas, dando a entender que eran las suyas. Chong, sin quedarse atrás, le mordió un brazo a Suc, cuyos berrinches y alaridos atrajeron a todo el vecindario. Mi padre, que en ese momento iba saliendo de casa para irse al trabajo, se dio media vuelta y, todo furioso, se llevó a mis dos hermanas a la entrada de la casa, donde les empezó a dar de varazos en las pantorrillas.
«¡Hay que joderse! —se quejaba—, ¡ni un día tranquilo tenemos en esta casa con las crías estas!».
Llenas de desazón, las demás contemplábamos la somanta de palos que mi padre les estaba dando a Chong y a Suc. El incidente arruinó el día a toda la familia. Fue entonces cuando, en mi interior, oí una voz, la de Suc. «Las zapatillas quemadas son las de Chong —decía—, porque son las que estaban secándose sobre la chimenea. Las mías las dejé a secar bajo el portillo. Y anoche vi al gato de los vecinos trajinando en la chimenea. Se coló en casa a ver si pillaba algo de pescado». Al oír aquellas palabras de Suc, yo, espontáneamente y en un murmullo, las pronuncié. En ese instante, mi padre dejó de darles con la vara y mi abuela, poniendo la mano sobre la alacena, que quedaba al lado de la chimenea, dijo:
—Un momento; ¿dónde está el pescado que íbamos a hacer en sopa?
—¿Ves? Ha sido el gato —dijo mi madre, respirando aliviada y arrebatando la vara a mi padre.
Ordenadamente, mi padre fue cogiendo sus sobres de documentos y se marchó, ahora sí, al trabajo. «Demonio de crías... Me van a quitar la vida entre todas...», mascullaba. Mi abuela consolaba a Chong y a Suc:
—Ya le digo yo a vuestro papá que os traiga unas zapatillas nuevas del economato de su oficina. Venga, a la escuela.
Cuando se hubieron ido todas mis hermanas, y quedé yo sola en casa con mi abuela y mi madre, ésta dijo:
—Oye, ¿cómo es eso de que oyes a tu hermana la mudita?
—Ya te lo había dicho yo; es un don que ha heredado la niña —terció mi abuela, causando gran disgusto y contrariedad en mi madre, que exclamó:
—Esas cosas que dice usted mejor que no se las oiga el padre de las crías...
1 Ciudad de Corea del Norte. [N. del T.]
2 Elemento esencial de la mesa coreana, se elabora tradicionalmente a partir de coles, rábanos y otras verduras que se dejan fermentar en tinajas durante meses. [N. del T.]
3 Albina. [N. del T.]
4 Río que en chino se conoce como Tumen. [N. del T.]
5Donyiorá, Donyi Degui / Bariorá, Bari Degui.
6 Los estadounidenses. [N. del T.]
7 Vestido tradicional coreano. [N. del T.]
Aproximadamente para cuando yo accedí a la escuela primaria, y por obra de algún perro del barrio, Hindung quedó preñada. Entre chasquidos de lengua y expresiones de lamento, los adultos comentaban que el embarazo de la perra era una desgracia en un animal tan viejo. Y es que, según mi abuela, Hindung tenía una edad que, a escala humana, superaba con creces los sesenta años. Completamente ajena a este revuelo, la perrita se paseaba tranquilamente por el patio con su barriga hinchada y sus distendidas ubres. Dio a luz una noche de invierno y en un lugar resguardado de todas las miradas. Mis hermanas y yo, acostadas todas juntas y bajo las colchas, afinábamos el oído para no perder detalle del bisbiseo que se traían mi madre y mi abuela:
—¿Cuántos van ya? —preguntó mi abuela.
—A ver... —dijo mi madre, contando los cachorros—. Uno, dos, tres, cuatro... ¡No puede ser! ¡Son siete!
—¡Ay, mi madre! ¡Con razón dicen que árbol muerto reflorece! ¡Siete cachorros nada menos nos ha traído esta vieja!
Lo más habitual, cuando nos preparábamos para ir cada día a la escuela, era que mi madre tuviera que tirar de nuestra colcha, reprimirnos y hasta darnos sonoras nalgadas para que nos pusiéramos en marcha. Aquella mañana, sin embargo, nos levantamos todas antes de tiempo y tan ordenadamente como si de una promesa se tratara. Unas bien arregladas, otras aún en pijama, corrimos todas hacia el patio como en una estampida. En una piña, como formando un banco de peces, pugnamos por asomar las narices por la estrecha puerta de la caseta de Hindung. La perra, habitualmente tan dócil, sacó la cabeza, enseñó los dientes y se puso a gruñirnos.
—¡Que os va a morder! —nos advirtió mi madre—. ¿No veis que quiere proteger a los perrillos?
Asustadas, mis hermanas retrocedieron y yo tuve la primera ocasión de atisbar el interior de la caseta. Allí, agazapada en la puerta, entablé con Hindung una comunicación especial. Le hablé desde mi interior, sin despegar los labios:
«Hola, Hinduguito; soy Bari, la séptima niña. Vengo a ver a mis hermanitos. No te asustes».
Manteniendo un equilibrio precario pero con rápidos movimientos, Hindung se incorporó y salió del habitáculo. Allí, sobre un saco vacío que cubría el suelo de la caseta, estaban los perritos. Allí se hallaban, enredados unos con otros, con los ojos cerrados a cal y canto, tan menudos que podrían caber en uno de mis puños. Metí mi atrofiada mano en aquel barullo vivo que formaban entre todos, cogí uno de ellos sin miedo pero con cuidado y lo acosté en mi pecho, sintiendo en los dedos de las manos el sutil latido de su corazón. «Así que tú eres el séptimo... Igual que yo», dije, hablando nuevamente con mi voz interior. Enfrascada como estaba en el perrito que tenía abrazado, creí que no había nadie en la casa. Al darme la vuelta, vi que allí, observándome inmóviles y formando un silencioso corro, estaban mi madre, mi abuela y mis hermanas. Desde el entarimado del patio, mi padre se dirigió a nosotras en un tono que denotaba desinterés y, al mismo tiempo, disgusto.
—No me digáis que han sido todas hembras —exclamó.
—Mira éste —le replicó mi abuela, zarandeando una escoba en dirección a él—. Mira con lo que nos sale, ya de buena mañana, como si no tuviera otra cosa mejor en que pensar.
En aquel instante, y montando gran alboroto, todas mis hermanas volvieron a agolparse a la entrada de la caseta de Hidung, que se puso a gruñir y se plantó delante a fin de bloquearles el camino. Mi hermana Chong, haciendo un aspaviento que simulaba querer golpear a Hindung, se acercó diciendo:
—Maldito chucho... Por qué no nos tratará igual a todos.
Aquello enfureció aún más a Hindung, que, esta vez, prorrumpió en atronadores ladridos. Yo devolví a la caseta al cachorro que tenía en las manos y le hablé nuevamente desde mis adentros.
«Tú no te preocupes; yo te cuidaré como es debido».
Hindung volvió a entrar en la caseta, se acercó sus retoños a la ingle y se tendió, con el cuerpo enrollado en torno a ellos. Entonces oí que mi hermana la mayor, Chin, decía refiriéndose a mí:
—Esta niña tiene algo raro. ¡También se comunica con los perros!
Aquella observación de mi hermana no suscitó en el resto de la familia mayor reacción que el episodio en sí. Sin embargo, y por algún motivo que desconozco, noté que todos se habían percatado ya de mis extrañas facultades. Si mis padres no hicieron comentario alguno fue porque se habían fijado en mi abuela, cuya elocuente mirada delató que, internamente, estaba de mi lado. Aquel día quedó grabado en mi recuerdo de un modo especial, y ello se debe, en parte, a que fue la primera vez que vi a Chilsong, el séptimo de los cachorros, pero también, y sobre todo, a que fue aquella noche cuando entró en escena mi tío.
Estaba yo en el patio de la casa, jugando a las piedras con mi hermana Hion, la que me precedía en edad, cuando se abrió ligeramente el portón de madera y asomó una cabeza, que se puso a escudriñar el lugar mirando a un lado y a otro. Era un hombre adulto, larguirucho y de pelo muy corto. Al verlo aparecer, Hion y yo dejamos caer las piedras que teníamos en las manos y echamos a correr hacia el patio trasero. Cómo sería el espanto de Hion, que vi unas gotas resbalar por su pantorrilla, algo que ella, por supuesto, siempre negaría.
—Chiquillas, ¿dónde está vuestra madre? —nos interpeló el desconocido.
