Arsène Lupin. Caballero y ladrón - Maurice Leblanc - E-Book

Arsène Lupin. Caballero y ladrón E-Book

Maurice LeBlanc

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Beschreibung

Arsène Lupin, enigmático personaje de mil disfraces, escurridizo, sarcástico, de una inteligencia y habilidad insuperables, es el protagonista de estos nueve relatos que se entremezclan entre sí como los capítulos de una novela. Cambia de domicilio, de nombre, de rostro, de escritura y de aspecto con una fineza y sagacidad magistrales. Sus hazañas acaparan titulares de periódicos y sus caprichos y destrezas no dejarán indiferente a lector alguno, ya que nunca se da por vencido. No te quedes fuera de conocer a este famoso caballero ladrón en sus primeras aventuras y descubre por qué se convirtió en uno de los personajes más célebres de la literatura policíaca.

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Título original: Arsène Lupingentleman-cambrioleur

Dirección editorial: Marcela Aguilar

Edición: Gonzalo Marín

Traducción: Javier Dávila

Coordinación de diseño: Marianela Acuña

Diseño: Cristina Carmona y Perla Carrizales

© 2021 VR Editoras, S. A. de C. V.

www.vreditoras.com

México: Dakota 274, colonia Nápoles

C. P. 03810, alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México

Tel.: 5220–6620 • 800–543–4995

e-mail: [email protected]

Argentina: Florida 833, piso 2, oficina 203 (C1005AAQ), Buenos Aires

Tel.: (54-11) 5352-9444

e-mail: [email protected]

Primera edición: abril de 2021

Todos los derechos reservados. Prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción total o parcial de esta obra, el almacenamiento o transmisión por medios electrónicos o mecánicos,las fotocopias o cualquier otra forma de cesión de la misma, sin previaautorización escrita de las editoras.

ISBN: 978-987-747-716-0

ISBNe: 978-987-747-734-4

Impreso en México en Litográfica Ingramex, S. A. de C. V. Centeno No. 195, Col. Valle del Sur, C. P. 09819 Alcaldía Iztapalapa, Ciudad de México

Índice
La detención de Arsène Lupin
Arsène Lupin en prisión
La fuga de Arsène Lupin
El viajero misterioso
El collar de la reina
El siete de corazones
La caja fuerte de madame Imbert
La perla negra
Herlock Sholmès llega demasiado tarde

1

La detención de Arsène Lupin

¡Qué viaje tan extraño! ¡Y, sin embargo, había comenzado tan bien! En lo que a mí respecta, jamás había emprendido ninguno que se hubiera anunciado con tan felices auspicios. El Provence es un trasatlántico veloz, cómodo, gobernado por el hombre más amable. Ahí se reunía lo más selecto de la sociedad. Se trababan relaciones, se organizaban esparcimientos. Teníamos esa impresión exquisita de quedar separados del mundo, entregados a nosotros mismos como si estuviéramos en una isla desconocida y, por lo tanto, obligados a acercarnos los unos a los otros.

Y eso hicimos...

¿Se dan cuenta de lo original e imprevisto de esta reunión de seres que apenas se conocían, y que durante algunos días vivirían entre el cielo infinito y el mar inmenso lo más íntimo de la vida, desafiando juntos las iras del océano, el asalto terrorífico de las olas y la calma angustiante de las aguas dormidas?

En el fondo, se vive la propia existencia como una especie de reducción trágica, con sus borrascas y sus grandezas, su monotonía y su diversidad. Quizá por eso mismo se experimenta con una premura enfebrecida y una voluptuosidad mucho más intensa porque en este corto viaje se avizora su fin ya desde el comienzo.

Ahora bien, desde hace unos años sucede algo que se suma a las emociones de la travesía. La pequeña isla flotante está ligada de todos modos al mundo del que se creía libre. Queda en alta mar una conexión que no se revela sino poco a poco y que, paulatinamente, se renueva. ¡El telégrafo! Envía de la forma más misteriosa noticias desde otro universo. No cabe imaginarse cables de acero, por cuyas cavidades discurre el mensaje invisible. Se trata de un misterio todavía más insondable y también más poético. Para explicar este nuevo milagro hay que recurrir a las alas del viento.

Por eso, en las primeras horas nos sentimos seguidos, escoltados y aun precedidos por esta voz lejana que cada tanto le murmura a uno de nosotros algunas palabras emitidas en tierra firme. Dos amigos me llaman. Otros diez o veinte se despedirán de nosotros a través del aire, unos entristecidos y otros alegres.

Pero al segundo día, a quinientas millas de las costas francesas, en una tarde tempestuosa, el telégrafo nos transmitió lo siguiente:

Arsène Lupin a bordo, primera clase, rubio, herida en el antebrazo derecho. Viaja solo con el nombre de R...

Justo en ese instante, un violento relámpago iluminó la oscuridad del cielo. Las ondas eléctricas se interrumpieron. El resto del despacho se perdió. Solo supimos la inicial del nombre con el que se ocultaba Arsène Lupin.

Si se hubiera tratado de cualquier otra noticia, no dudo en absoluto de que los encargados de la cabina del telégrafo hubieran guardado celosamente el secreto, lo mismo que el comisario de a bordo y el capitán. Pero se trataba de uno de esos sucesos capaces de violentar la discreción más estricta. El mismo día, sin que nadie pudiera decir cómo se fugó la noticia, todos ya sabíamos que el famoso Arsène Lupin se escondía entre nosotros.

¡Arsène Lupin entre nosotros! El escurridizo ladrón del que los periódicos contaban sus hazañas desde hacía meses. El enigmático personaje que se había batido en un duelo a muerte con el viejo Ganimard, nuestro mejor policía. Arsène Lupin, el caprichoso caballero que operaba en castillos y salones, y que una noche se introdujo en la mansión del barón Schormann y salió con las manos vacías, dejando su tarjeta de presentación con una nota:

Arsène Lupin, caballero ladrón, volverá cuando el mobiliario sea genuino.

Arsène Lupin, el hombre de los mil disfraces: unas veces chofer; otras, tenor, editor, niño bien, adolescente, anciano, vendedor viajero marsellés, médico ruso, torero español. Por eso hay que entender bien esto: Lupin iba y venía por el espacio limitado de un trasatlántico. ¡Peor aún! En este rincón estrecho de primera clase donde uno se tropezaba todo el tiempo con los demás, en el comedor, en la sala, en el salón de fumadores. Arsène Lupin era tal vez ese señor... o aquel... o mi vecino de mesa... o mi compañero de camarote...

–Y esta situación va a durar todavía cinco veces veinticuatro horas –se quejó al día siguiente miss Nelly Underdown–. ¡Es intolerable! Ojalá lo detengan.

Y luego agregó dirigiéndose a mí:

–Usted, monsieur d’Andrésy, que se lleva tan bien con el capitán, ¿no sabe nada?

¡Me hubiera encantado saber cualquier detalle para complacer a Nelly! Era una de esas magníficas criaturas que dondequiera que estén se convierten en el centro de atención del lugar. Su belleza deslumbra tanto como su fortuna. Son mujeres que tienen una corte de admiradores entusiastas.

Miss Nelly fue educada en París por una madre francesa y ahora iba a reunirse con su padre, el acaudalado señor Underdown de Chicago. La acompañaba una de sus amigas, lady Jerland.

Desde el primer momento me propuse cortejarla, pero en la rápida intimidad del viaje su encanto me trastornó. Y, cuando sus ojos negros se encontraban con los míos, me sentía demasiado emocionado como para un simple coqueteo. Al mismo tiempo, ella recibía favorablemente mis atenciones. Se reía de mis ocurrencias y se interesaba en mis anécdotas. A mi entender, correspondía con cierta simpatía a la solicitud que le brindaba. Sin embargo, tenía un rival que podía inquietarme. Un muchacho muy guapo, elegante, taciturno. Parecía que Nelly prefería su humor reservado a mis maneras parisinas.

Este hombre era parte del grupo de admiradores que rodeaban a Nelly cuando me interrogó. Nos encontrábamos en el puente, cómodamente instalados en las mecedoras. La tormenta del día anterior había despejado el cielo y el tiempo era delicioso.

–No sé nada concreto, señorita –le respondí–, pero ¿no podríamos nosotros mismos investigar tan bien como lo habría hecho el viejo Ganimard, enemigo personal de Lupin?

–¿Cómo cree? ¡Vaya que se adelanta usted!

–¿Por qué? ¿Es tan complicado el problema?

–Muy complicado.

–Se olvida usted de los elementos que tenemos para resolverlo.

–¿Cuáles elementos?

–En primer lugar, Lupin se hace llamar señor R...

–Esa es una pista un poco vaga.

–Segundo, viaja solo.

–¿Le parece suficiente ese detalle?

–Tercero, es rubio.

–¿Y eso qué?

–Lo único que tenemos que hacer es revisar la lista de pasajeros e ir descartando candidatos.

Yo tenía esa lista en mi bolsillo, así que la saqué y comencé a revisarla.

–Lo primero que puedo decirle es que solo hay trece personas cuya inicial amerite nuestra atención.

–¿Solo trece?

–En primera clase, sí. Y de esos trece señores R..., como puede usted comprobarlo, nueve están acompañados de damas, niños o sirvientes. Por lo tanto, solo quedan cuatro solitarios: el marqués de Raverdan…

–Secretario de la embajada –interrumpió miss Nelly–. Lo conozco.

–El mayor Rawson...

–Es mi tío –dijo otra persona.

–El señor Rivolta...

–¡Presente! –exclamó un italiano cuyo rostro se escondía detrás de una barba negrísima.

Miss Nelly estalló en risas y exclamó:

–Sería difícil decir que este caballero es rubio.

–Entonces estamos obligados a concluir que el culpable es el último de la lista –contesté.

–¿O sea?

–O sea, el señor Rozaine. ¿Alguien lo conoce?

Todos guardaron silencio. Pero miss Nelly se dirigió al joven taciturno cuya presencia a su lado cada vez me atormentaba más:

–¿Bueno, monsieur Rozaine, no va a responder?

Todos volteamos a verlo. Era rubio.

Tengo que confesar que sentí una conmoción interior. Y el silencio que se posó pesadamente sobre nosotros me reveló que los demás presentes también sentían esta inquietud. Sin embargo, era absurdo, porque después de todo nada en el comportamiento de este caballero permitía sospechar de él.

–¿Que por qué no contesto? –dijo–. Porque dado mi nombre, mi situación de viajero solo y el color de mi cabello, ya me encargué de hacer mi propia investigación y llegué a la misma conclusión. Opino que me detengan.

Pronunció estas palabras con un aspecto extraño. Apretó los labios delgados como dos rayas rectas y palideció. Sus ojos se inyectaron de sangre. Sin duda bromeaba, pero su aspecto y su actitud nos impresionaron. Miss Nelly le preguntó ingenuamente:

–Pero ¿tiene usted una herida?

–Es cierto, me falta la herida –replicó.

Con un gesto nervioso se arremangó la manga para descubrir el brazo. En ese instante me asaltó una idea y mi mirada se cruzó con la de miss Nelly. Rozaine mostró el brazo izquierdo. Y estaba a punto de hacer la observación, cuando un incidente distrajo nuestra atención. Lady Jerland, la amiga de miss Nelly, llegaba corriendo a toda prisa.

Todos la rodeamos preocupados. Ella estaba molesta. Y fue solo después de mucho esfuerzo que logró balbucear:

–¡Mis joyas, mis perlas! ¡Me robaron todo...!

Pero no, no perdió todo. Lo descubrimos enseguida. Curiosamente, el ladrón había escogido las prendas.

De la estrella de diamantes, el colgante de rubí cabujón, los collares y brazaletes rotos, no se llevó las piezas más grandes, sino las más finas, las más preciosas. Al parecer, tomó las que tenían más valor y ocupaban menos espacio. Las monturas estaban extendidas sobre la mesa. Las vi, todos las vimos, despojadas de sus joyas como flores a las que les hubieran arrancado los pétalos hermosos y coloridos.

Para ejecutar el trabajo a plena luz del día y en un corredor bastante concurrido, justo a la hora en que lady Jerland tomaba el té, era necesario romper la puerta del camarote, encontrar la pequeña bolsa escondida en la parte inferior de una sombrerera, abrirla y seleccionar cuidadosamente las piezas.

Así que hubo una exclamación generalizada de todos nosotros. Hubo una opinión común entre todos los pasajeros al enterarse del robo: ¡fue Lupin! Sin duda era su estilo. Complicado, misterioso, inconcebible y, sin embargo, lógico. Porque hubiera sido difícil esconder el voluminoso bulto con todas las joyas, ¡mientras que era mucho más fácil esconder piezas sueltas y pequeñas, como perlas, esmeraldas y zafiros!

Durante la cena quedaron vacíos los lugares a izquierda y derecha de Rozaine en la mesa. Y más tarde supimos que fue llamado por el capitán.

Su detención, que nadie ponía en duda, produjo una verdadera sensación de alivio. Por fin respirábamos. Esa misma noche hubo juegos y bailes. En particular, miss Nelly se mostró con una alegría tan ruidosa que pensé que, si las atenciones de Rozaine pudieron haberle resultado agradables al principio, ya las había olvidado. Su encanto terminó de conquistarme. Así que a la medianoche, bajo la luz serena de la luna, le expresé mi devoción con una intensidad que entendí que no recibió con desagrado.

Pero al día siguiente, para estupefacción de todos, se supo que Rozaine estaba libre, exculpado por la insuficiencia de pruebas en su contra. Había mostrado documentos en toda regla que lo identificaban como el hijo de un importante hombre de negocios de Burdeos. Además, en los brazos no tenía ni la menor cicatriz de una herida.

–¡Documentos! ¡Actas de nacimiento! –exclamaban los enemigos de Rozaine–. ¡Pero si Lupin podría conseguir lo que hiciera falta! Y, sobre la herida, nunca la sufrió o se borró la cicatriz.

Una objeción que se presentaba contra eso era que, a la hora del robo, se había comprobado que Rozaine se paseaba por el puente, a lo que contestaron:

–¿Acaso un hombre con el temple de Arsène Lupin tiene que estar presente en los robos que comete?

Pero fuera de toda consideración extraña, quedaba un punto que ni los más escépticos podían resolver: aparte de Rozaine, ¿quién más viajaba solo, era rubio y tenía un nombre que comenzaba con R? ¿A quién apuntaba el telegrama si no era a Rozaine?

Unos minutos antes del desayuno, cuando Rozaine se dirigió osadamente hacia nuestro grupo, miss Nelly y lady Jerland se levantaron y se fueron.

¡Vaya que sentimos miedo!

Una hora más tarde, un escrito circuló de mano en mano entre los empleados, la tripulación y los pasajeros de todas las clases. El señor Louis Rozaine ofrecía la suma de diez mil francos a quien desenmascarara a Arsène Lupin o hallase a quien tuviera en su poder las piedras preciosas robadas.

–Y si nadie me ayuda con este bandido –le dijo Rozaine al capitán–, yo mismo me encargaré de él.

Louis Rozaine contra Arsène Lupin o, más bien, y según el rumor que corría de boca en boca, el mismísimo Lupin contra Lupin. ¡Qué enfrentamiento más interesante!

Y se prolongó dos días.

Vimos a Rozaine vagar de un lado a otro, mezclarse con la tripulación, interrogar, examinar. Incluso de noche se veía rondar su sombra.

Por su parte, el capitán desplegaba su mayor energía. De arriba a abajo, en todos los rincones, se registró el Provence. Se hicieron pesquisas en todos los camarotes, sin excepción, con el sólido argumento de que los objetos podrían estar escondidos en cualquier parte, menos en el camarote del culpable.

–Al final terminarán por descubrir algo, ¿no lo cree? –me preguntó miss Nelly–. No importa qué tan mago sea, no puede hacer invisibles los diamantes y las perlas.

–Así es –le contesté–, o habrá que buscar en el forro de nuestros sombreros, el dobladillo de nuestros sacos y todo lo que llevamos puesto.

Acto seguido, le mostré mi cámara Kodak plegable de 9 x 12, con la que no había dejado de fotografiarla en todas las poses.

–¿No cree usted que cabrían todas las piedras preciosas de lady Jerland en un aparato como este? El ladrón finge que toma fotos y se sale con la suya.

–He oído decir que no hay ladrón que no deje ninguna pista.

–Hay uno: Arsène Lupin.

–¿Por qué?

–¿Me pregunta por qué? Porque no piensa únicamente en el robo que comete, sino en todas las circunstancias que podrían señalarlo.

–Al principio usted parecía más confiado.

–Pero después lo vi en acción.

–Y entonces, ¿qué piensa ahora?

–Para mí que estamos perdiendo el tiempo.

En efecto, las investigaciones no dieron ningún resultado o, más bien, lo que produjeron no correspondió al esfuerzo general, pues al capitán le robaron su reloj.

Furioso, redobló sus empeños y vigiló a Rozaine más de cerca, con el que tuvo varias entrevistas. Y al día siguiente, ¡qué ironía!, el reloj apareció entre los cuellos postizos del segundo de a bordo.

Se respiraba un aire que expresaba perfectamente bien el estilo humorístico de Arsène Lupin, un ladrón, sí, pero bastante locuaz. Desde luego que trabajaba por gusto y vocación, pero también lo hacía para divertirse. Daba la impresión de ser un actor que se regocijaba con la obra que le tocaba interpretar y que entre bastidores se reía a carcajadas de sus propias agudezas y de las situaciones que imaginaba.

Ciertamente era un artista en su oficio y, cuando yo lo observaba, taciturno y obstinado, y fantaseaba con el doble papel que sin duda representaba este curioso personaje Rozaine, no podía menos que sentir cierta admiración.

Sin embargo, la penúltima noche el oficial de guardia en cubierta escuchó gemidos procedentes de la parte más oscura del puente. Se acercó y encontró a un hombre tendido, con la cabeza envuelta en un pañuelo gris muy grueso y las muñecas atadas con una fina cuerda.

Lo rescató de sus ataduras. Lo alzó y le prestó los primeros auxilios.

Ese hombre era Rozaine.

Había sido asaltado en el curso de una de sus expediciones, derribado y desvalijado. Una carta de presentación fijada con un alfiler en su ropa llevaba esta inscripción:

Arsène Lupin acepta con gratitud los diez mil francos del señor Rozaine.

Pero la cartera hurtada contenía veinte billetes de mil francos.

Naturalmente, acusaron al infeliz de haber simulado el ataque contra él mismo. Pero aparte de que le hubiera resultado imposible amordazarse de esa manera, quedó establecido que la letra de la tarjeta era completamente distinta a la letra de Rozaine. Más bien, se parecía hasta el punto de confundirse con la de Lupin, según venía reproducida en un periódico viejo que se encontró a bordo.

Así pues, Rozaine no era el famoso ladrón. Rozaine era el hijo de un hombre de negocios de Burdeos. Y la presencia de Arsène Lupin se confirmaba una vez más, ¡y por qué medio tan temible!

Se desató el terror. Nadie se atrevía a quedarse a solas en su camarote ni tampoco a aventurarse sin compañía por los lugares más apartados. Por prudencia, nos agrupábamos entre conocidos, pero igualmente una desconfianza instintiva se colaba entre todos. Era porque la amenaza no provenía de un individuo aislado y, por tanto, menos peligroso. En ese momento, Arsène Lupin... ¡éramos todos! Nuestra imaginación sobrexcitada le atribuía potencias milagrosas e ilimitadas. Lo suponíamos capaz de adoptar los disfraces más insospechados, de ser el respetable mayor Rawson o incluso el noble marqués de Raverdan, pues ya nadie pensaba en la inicial acusadora, sino en esa o aquella persona que todos conocíamos, fuera mujer, niño o sirviente.

Los primeros despachos telegráficos no aportaron ninguna novedad. O al menos el capitán no nos comunicó ninguna y ese silencio nos intranquilizaba aún más.

Por eso el último día nos pareció interminable. Vivíamos a la espera angustiada de una calamidad. Esta vez ya no sería un robo ni un simple ataque; sería un crimen, una muerte. Nadie creía que Arsène Lupin se contentaría con esas dos fechorías insignificantes. Era el amo absoluto de la nave. Las autoridades habían quedado reducidas a una total impotencia. No tenía más que desear una cosa para realizarla, pues todo le estaba permitido para disponer de los bienes y de las vidas que quisiera.

Confieso que fueron horas deliciosas para mí, pues me valieron la confianza de miss Nelly. Como de por sí era de naturaleza inquieta, por la impresión de lo mucho que había sucedido terminó acercándose a mí en busca de protección y una seguridad que le ofrecí colmado de felicidad.

En el fondo de mí, bendije a Arsène Lupin. ¿No había sido él quien nos acercó? ¿No fue gracias a él que pude entregarme al más hermoso de los sueños? Sueños de amor, pero no inalcanzables, ¿por qué no habría de decirlo? Los Andrésy son de un buen linaje, pero se había desfigurado un tanto y a mí no me parecía indigno de un gentilhombre soñar con devolverle el brillo perdido.

Además, estos sueños no ofendían en nada a Nelly. Su mirada sonriente me autorizaba a tenerlos. La dulzura de su voz me infundía esperanzas. Hasta el último instante, acodados en la borda, permanecimos el uno junto al otro mientras la línea de las costas americanas desfilaba ante nosotros.

Se habían suspendido las indagatorias. Estábamos a la espera. Desde primera clase hasta entrecubierta, donde hormigueaban los inmigrantes, todos aguardábamos el momento supremo en que por fin quedaría explicado el enigma insondable. ¿Quién era Arsène Lupin? ¿Con qué nombre, detrás de qué máscara se escondía el famoso ladrón?

Y entonces llegó ese gran momento. Así viva un siglo, no olvidaré ni el menor detalle.

–Está muy pálida, miss Nelly –le dije a mi acompañante, que se apoyaba desfalleciente en mi brazo.

–¡Y usted! –me contestó–. ¡Oh, qué cambiado está!

–¡Imagínese! Este momento es intenso y me alegra vivirlo a su lado. Este recuerdo perdurará en mi memoria...

No me escuchaba, se sentía anhelante y afiebrada. Bajaron la pasarela, pero antes de abrirnos el paso, abordaron diversos individuos: aduaneros, uniformados, personal de correos.

Miss Nelly balbuceó:

–Se me figura que Arsène Lupin se escapó en medio del viaje. No me sorprendería.

–Quizá prefirió la muerte al deshonor y se lanzó al Atlántico antes de ser detenido.

–No se burle –dijo nerviosa.

Me sobresalté y, como ella me miró inquisitiva, le dije:

–¿Ve usted a ese anciano diminuto al final de la pasarela?

–¿El que lleva un paraguas y el capote verde oliva?

–Es Ganimard.

–¿Ganimard?

–Sí, el famoso policía que juró que detendría a Arsène Lupin. Ahora entiendo por qué no llegaban noticias de este lado del océano. Aquí estaba Ganimard. No le gusta que otros se ocupen de sus asuntos.

–Pero entonces, ¿es seguro que detendrá a Lupin?

–¿Quién sabe? Creo que Ganimard no lo ha visto nunca, salvo maquillado y disfrazado. Si por lo menos supiera con qué nombre se esconde.

–¡Oh! –exclamó con la curiosidad algo cruel de las mujeres–. ¡Me gustaría ver cómo lo detienen!

–Paciencia. De seguro que Arsène Lupin ya se dio cuenta de que aquí está su enemigo. Va a querer salir entre los últimos, cuando el viejo se haya cansado.

Comenzó el desembarco. Apoyado en su paraguas, con aire de indiferencia, Ganimard fingía que no prestaba atención a la muchedumbre que se apretaba entre las barandillas. Observé que un oficial de abordo, apostado a sus espaldas, le decía algo de vez en cuando.

Pasaron el marqués de Raverdan, el mayor Rawson, el italiano Rivolta y otros, muchos otros... Entonces vi que se acercaba Rozaine.

¡Pobre Rozaine! No parecía que se hubiera recuperado de sus desventuras.

–Quizá sí es él –me dijo miss Nelly–. ¿No le parece?

–Creo que sería muy interesante tener una fotografía de Ganimard y Rozaine juntos. Tome la cámara, yo voy muy cargado.

Le entregué el aparato, pero demasiado tarde para que lo accionara. Rozaine pasó. El oficial se inclinó a la oreja de Ganimard, quien se encogió ligeramente de hombros y Rozaine siguió su camino.

–Entonces, Dios mío, ¿quién es Arsène Lupin?

–Sí –dijo ella–. ¿Quién es?

No quedaban a bordo más de unas veinte personas. Miss Nelly las observaba una por una confundida y temerosa de que no estuviera el famosos ladrón entre ellas.

Le dije:

–Ya no podemos esperar más.

Avanzó y la seguí, pero no habíamos dado diez pasos cuando Ganimard nos detuvo.

–Y bien, ¿de qué se trata esto? –exclamé.

–Un momento, monsieur. ¿Qué prisa tiene? –me preguntó.

–Vengo con la señorita.

–¡Un momento! –repitió con un tono más imperioso.

Me observó detenidamente y enseguida me dijo, fijando la vista en mis ojos:

–Arsène Lupin, ¿no es cierto?

Me reí.

–No, yo soy Bernard d’Andrésy simplemente.

–Bernard d’Andrésy murió hace tres años en Macedonia.

–Si Bernard d’Andrésy hubiera muerto, yo ya no estaría en este mundo, pero no es así. Aquí tiene mis papeles.

–Son los de Andrésy. Y será un placer explicarle cómo los consiguió.

–¡Está usted loco! Arsène Lupin se embarcó con el nombre de R.

–Sí, otro truco suyo. Una pista falsa tras la cual los lanzó a todos. ¡Vaya que tiene recursos, joven! Pero esta vez se le volteó la suerte. Basta, Lupin, sea un buen jugador.

Dudé un instante. Me dio un golpe seco en el antebrazo derecho. Lancé un grito de dolor y me lastimó la herida todavía sin cerrar de la que hablaba el telegrama.

En fin, había que resignarse. Y giré hacia miss Nelly, que escuchaba pálida e insegura.

Nuestras miradas se encontraron. Luego, bajó los ojos a la Kodak que le había entregado. Hizo un gesto brusco y me dio la impresión o, más bien, la certeza de que entendió todo de súbito. Sí, ahí, entre las estrechas paredes de tela negra, en las cavidades del pequeño objeto que había tenido la precaución de depositar en sus manos antes de que Ganimard me detuviera, se encontraban los veinte mil francos de Rozaine y las perlas y los diamantes de lady Jerland.

–¡Ah! Juro que en ese solemne momento en que me rodearon Ganimard y dos acompañantes suyos todo me era indiferente: la detención, la hostilidad de la gente. Todo menos la decisión que tomaría miss Nelly sobre el objeto que le había confiado.

No quería imaginarme que ellos tuvieran esta prueba material definitiva que me condenaba. ¿Miss Nelly se decidiría a entregarla? ¿Me traicionaría? ¿Me perdería? ¿Se portaría como una enemiga implacable o como una mujer que no olvida, pero que suaviza su desprecio con algo de indulgencia y algo de simpatía involuntaria?

Pasó frente a mí. Me incliné apenas, sin decir una palabra. Mezclada entre los demás pasajeros, se encaminó a la pasarela con mi Kodak en la mano.

Pensé que no se atrevería en público y que dentro de un instante, en una hora, la entregaría. Pero al llegar a la mitad de la pasarela, con torpeza fingida, dejó caer la cámara al agua, entre el cantil del muelle y el flanco del barco.

Y luego se alejó.

Su hermosa silueta se perdió entre la multitud, la entreví de nuevo y volvió a desaparecer. Se acabó para siempre.

Quedé inmóvil un segundo, triste y al mismo tiempo embargado por una dulce ternura. Para la gran sorpresa de Ganimard, suspiré:

–Qué lástima que no soy un hombre honrado...

Así fue la historia de su detención que me contó una noche de invierno Arsène Lupin. La sucesión de incidentes que pondré por escrito algún día había anudado entre nosotros lazos... ¿de amistad? Sí. Me atrevo a creer que Arsène Lupin me honró con su amistad y que por eso a veces me visita de improviso y llena el silencio de mi gabinete de trabajo con su alegría juvenil, el resplandor de su vida apasionada, el buen humor de un hombre a quien el destino no le ha dado más que favores y sonrisas.

¿Su retrato? ¿Cómo podría trazarlo? Conozco a Arsène Lupin desde hace veinte años, y veinte veces se me ha presentado un ser diferente... o, más bien, el mismo ser cuyos veinte reflejos me proyectaron otras tantas imágenes deformadas, cada una con ojos diferentes y una figura peculiar, aunque siempre con sus propios gestos, su silueta y su personalidad.

–Yo mismo –me dijo alguna vez– no sé bien quién soy. Frente al espejo, ya no me reconozco.

Un desplante, sin duda, y una paradoja. Pero también una verdad para quienes se topan con él y desconocen sus recursos infinitos, su paciencia, su arte para el maquillaje, su prodigiosa facultad de transformar hasta las proporciones de su rostro y de alterar incluso la relación entre sus rasgos.

–¿Por qué debería tener una apariencia definida? ¿Por qué no evitar el peligro de una personalidad siempre idéntica? Mis actos me retratan suficientemente –y aclara con una nota de orgullo–: cuánto mejor si nadie puede decir nunca con certeza este es Arsène Lupin. Lo esencial es que se diga, sin temor a equivocarse: esto lo hizo Arsène Lupin.

Intento reconstruir algunos de sus hechos y de sus aventuras a partir de las confidencias que tuvo la gentileza de hacerme, durante varias noches de invierno, en el silencio de mi gabinete de trabajo...

2

Arsène Lupin en prisión

No hay turista digno de ese nombre que no conozca las orillas del Sena y al que no le haya llamado la atención, al ir de las ruinas de la abadía de Jumièges a las de la abadía de Saint-Wandrille, el pequeño y extraño castillo feudal de Malaquis, levantado con tanta audacia sobre la roca que ocupa la mitad del río. Un puente en arco lo conecta con el camino en tierra firme. La base de sus torrecillas sombrías se confunde con el granito que lo sostiene, un bloque enorme desprendido de quién sabe qué montaña y arrojado ahí por obra de alguna tremenda sacudida. A su alrededor, el agua tranquila del gran río juega entre los juncos y las lavanderas revolotean sobre la superficie mojada de los guijarros.

La historia del castillo de Malaquis es temible como su nombre y tan hosca como su silueta. Está hecha de combates, asedios, asaltos, rapiñas y matanzas. En las veladas del país de Caux, río abajo, recuerdan con escalofríos los crímenes que se cometieron en ese lugar. Cuentan leyendas misteriosas. Se habla del famoso subterráneo que en otros tiempos llevaba a la abadía de Jumièges y a la casa de campo de Agnès Sorel, la bella amiga de Carlos VII.

En esta antigua guarida de héroes y de salteadores vive el barón Nathan Cahorn, el barón Satán, como lo llamaban en la bolsa de valores, donde se enriqueció con demasiada rapidez.

Los dueños de Malaquis, arruinados, tuvieron que venderle el hogar de sus antepasados a cambio de migajas. Ahí acomodó sus admirables colecciones de muebles y cuadros, de lozas finas y tallas de madera. Vivía solo, atendido por tres viejos servidores. Nadie entraba nunca al lugar. Nadie contempló jamás en el decorado de estas salas antiguas los tres Rubens que posee ni los dos Watteau ni su púlpito esculpido por Jean Goujon ni tantas otras maravillas arrancadas a fuerza de dinero a los compradores frecuentes de las subastas públicas.

El barón Satán tenía miedo, pero no por él, sino por los tesoros que había acumulado con una pasión tenaz y con tal perspicacia de aficionado que ni los más astutos comerciantes podían vanagloriarse de haberlo inducido a equivocarse. Ama sus tesoros, y los ama intensamente como un avaro, celosamente como un amante.

Todos los días, al ponerse el sol, las cuatro puertas de hierro que dominan los dos extremos del puente y la entrada al patio de honor se cierran y acerrojan. Con la menor sacudida, un sistema de alarmas repicarán en el silencio. Mientras que del lado del Sena nada hay que temer: la roca se corta verticalmente.

Un viernes de septiembre, el cartero se presentó como siempre en la cabeza del puente y, según la norma habitual, el barón fue quien entreabrió la pesada batiente de la puerta. Examinó al hombre minuciosamente, como si no conociera de años esa cara jovial y esos ojos socarrones de campesino. El hombre se rio y le dijo:

–Soy otra vez yo, señor barón. No soy otro que hubiera tomado y vestido mi blusa y se hubiera puesto mi gorra.

–Uno nunca puede saber –murmuró Cahorn.

El cartero le entregó un montón de periódicos y continuó:

–Y ahora, señor barón, una novedad.

–¿Una novedad?

–Una carta… y, además, certificada.

Recluido, sin amigos ni nadie que se interesara en él, nunca recibía cartas. Y de pronto se producía este suceso de mal augurio que le daba motivos para inquietarse. ¿Quién era este misterioso remitente que venía a hostigarlo en su retiro?

–Tiene que firmar, señor barón.

Firmó a regañadientes. Después tomó la carta, esperó a que el cartero desapareciera en el recodo del camino, dio algunos pasos de un lado a otro, se apoyó contra el parapeto del puente y abrió el sobre. Contenía una hoja de papel cuadriculado con este encabezado manuscrito: Prisión de la Santé, París. Miró entonces la firma: Arsène Lupin. Asombrado, leyó:

Señor barón: