Arsène Lupin contra Herlock Sholmès 2. La lámpara judía - Maurice Leblanc - E-Book

Arsène Lupin contra Herlock Sholmès 2. La lámpara judía E-Book

Maurice LeBlanc

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Beschreibung

El duelo definitivo entre el mayor de los detectives y el ladrón más habilidoso del mundo. Las andanzas de Lupin han hecho que sus enemigos se confabulen para traer a Sherlock Holmes desde Londres para dar caza al escurridizo ladrón. Holmes descubrirá tres de los mayores secretos de Lupin, pero quizá nuestro querido bribón tenga aún un as guardado en la manga...-

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Maurice Leblanc

Arsène Lupin contra Herlock Sholmès 2. La lámpara judía

 

Saga

Arsène Lupin contra Herlock Sholmès 2. La lámpara judía

 

Original title: Arsène Lupin contre Herlock-Sholmès

 

Original language: French

 

Copyright © 1908, 2021 SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788728024768

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

1

Herlock Sholmes y Wilson estaban sentados junto a la gran chimenea, con los pies extendidos hacia un magnífico fuego de leños.

La pipa de Sholmes, con cazuela de plata y muy corta, se apagó. Vació las cenizas, la llenó de nuevo, la encendió, se arropó las piernas con los faldones de su bata y extrajo de la pipa largas bocanadas de humo que se entretuvo en lanzar al techo en pequeños redondeles.

Wilson le miraba. Le miraba como el perro acostado en círculo sobre la alfombra mira a su amo, con ojos redondos, sin parpadear, ojos que no tienen otra esperanza que reflejar el gesto esperado. ¿Iba a romper el amo el silencio? ¿Iba a revelarle el secreto de su ensimismamiento actual y admitirle en el reino de la meditación cuya entrada le parecía a Wilson que estaba prohibida para él?

Sholmes callaba.

Wilson se arriesgó:

—Los tiempos están tranquilos. Ni un caso que llevarnos a la boca.

Sholmes callaba con mayor obstinación, pero sus anillos de humo salían cada vez mejor, y cualquier otro que no hubiera sido Wilson hubiese observado que obtenía de ellos esa profunda satisfacción que nos proporcionan los pequeños éxitos de amor propio, en las horas en que el cerebro se halla completamente vacío de pensamientos.

Wilson, desanimado, se levantó y se acercó a la ventana.

La triste calle se extendía entre las oscuras fachadas de las casas, bajo un cielo negro de donde caía una lluvia pertinaz y rabiosa. Pasó un coche. Luego, otro. Wilson anotó sus matrículas en la agenda. ¿Acaso se sabe...?

—El cartero —exclamó.

El hombre entró, conducido por el criado.

—Dos cartas certificadas, señor... ¿Quiere firmar?

Sholmes firmó en el registro, acompañó al hombre hasta la puerta y volvió, abriendo una de las cartas.

—Parece que está usted contento —observó Wilson al cabo de un instante.

—Esta carta contiene una proposición muy interesante. Usted, que reclamaba un caso, aquí tiene uno. Lea...

Wilson leyó.

Señor: Acudo a usted para pedirle la ayuda de su experiencia. He sido víctima de un robo importante y las investigaciones realizadas hasta ahora no parecen haber dado resultado.

Le remito por esta misma vía un paquete de periódicos que le pondrán al tanto del asunto, y si usted está conforme con proseguirlo, pongo mi chalé a su disposición, rogándole que escriba en el cheque adjunto, firmado por mí, la cantidad que desea cobrar como honorarios y gastos de viaje.

Sírvase telegrafiarme su respuesta, y ya sabe que me tiene siempre a su disposición,

BARÓN VÍCTOR D’IMBLEVALLE Calle Murillo, 18.

—¡Vaya! —exclamó Sholmes—. Algo maravilloso... Un viajecito a París... ¿Y por qué no? Desde mi famoso duelo con Arsenio Lupin no he tenido ocasión de volver allá. No me disgustaría ver la capital del mundo en condiciones más tranquilas.

Rompió el cheque en cuatro pedazos, y mientras Wilson, cuyo brazo no había recobrado su antigua flexibilidad, pronunciaba contra París amargas palabras, abrió la segunda carta.

Enseguida se le escapó un gesto de irritación, una arruga cruzó su frente durante toda la lectura y, estrujando el papel, hizo con él una bola que arrojó al suelo.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó Wilson, asustado.

Recogió la bola, la alisó y leyó con creciente estupor:

Mi querido maestro: Ya sabe usted la admiración que siento por usted y el interés que tengo por su celebridad. Pues bien, créame; no se ocupe del caso para el que solicitan su concurso. Su intervención causaría mucho daño; todos sus esfuerzos conducirían a un resultado lamentable y usted se vería obligado a confesar públicamente su fracaso.

Profundamente deseoso de evitarle tal humillación, le insto, en nombre de la amistad que nos une, a que permanezca tranquilamente junto al fuego.

Mis cariñosos recuerdos a Wilson, y para usted, mi querido maestro, los respetuosos homenajes de su devoto

ARSENIO LUPIN

—¡Arsenio Lupin! —repitió Wilson, confundido. Sholmes se puso a golpear la mesa con los puños.

—¡Ah! ¡Empieza a cansarme ese animal! Se burla de mí como si fuera un mocoso. ¡Confesión pública de mi fracaso! ¿No le obligué a devolverme el brillante azul?

—Tiene miedo —insinuó Wilson.

—¡No diga tonterías! Arsenio Lupin nunca tiene miedo, y la prueba es que me provoca.

—Pero ¿cómo ha tenido conocimiento de la carta que nos ha enviado el barón d’Imblevalle?

—¡Qué sé yo! ¡No haga preguntas estúpidas, querido amigo!

—Pensaba..., imaginaba...

—¿Qué? ¿Que soy brujo?

—No, pero ¡le he visto hacer tales prodigios!...

—Nadie hace prodigios... Yo, menos que otros. Reflexiono, deduzco, concluyo; pero no adivino. Sólo los imbéciles adivinan.

Wilson asumió la actitud modesta de un perro golpeado, y se esforzó, a fin de no ser un imbécil, en no adivinar por qué Sholmes recorría a zancadas la habitación, irritado. Pero una vez que Sholmes hubo llamado al criado y ordenado que le preparase las maletas, Wilson se creyó con derecho, puesto que existía un hecho concreto, a reflexionar, a deducir y a concluir que el maestro partía de viaje.

La misma operación de espíritu le permitió afirmar, como hombre que no teme equivocarse:

—Herlock, usted va a París.

—Es posible.

—Y, más aún, va a responder a la provocación de Lupin más que a ayudar al barón d’Imblevalle.

—Es posible.

—Herlock, le acompaño.

—¡Ah, ah, querido amigo! —exclamó Sholmes, interrumpiendo el paseo—, ¿es que no teme usted que su brazo izquierdo siga el mismo camino que el derecho?

—¿Qué puede sucederme? Usted estará allí.

—¡Vaya! ¡Es usted un valiente! Y vamos a demostrarle a ese señor que ha hecho mal, quizá, en arrojarnos el guante con tanta altanería. Rápido, Wilson. Salimos en el primer tren.

—¿Sin esperar los periódicos que le anuncia el barón?

—¿Para qué?

—¿Mando un telegrama?

—Es inútil. Arsenio Lupin se enteraría de mi llegada. Y no lo deseo. Esta vez hay que jugar con mucho tacto, Wilson.

 

Por la tarde los dos amigos se embarcaban en Douvres. La travesía fue excelente. En el rápido de Calais a París, Sholmes disfrutó de tres horas de sueño profundo, mientras Wilson hacía guardia a la puerta del compartimento y meditaba con la mirada perdida.

Sholmes se despertó feliz y descansado. La perspectiva de un nuevo duelo con Lupin le encantaba, y se frotó las manos con el aire satisfecho del hombre que se prepara a paladear abundantes alegrías.

—Al fin —exclamó para sí Wilson—, vamos a desentumecernos.

Y se frotó las manos con el mismo aire de satisfacción.

Ya en la estación, Sholmes cogió los portamantas y seguido de Wilson, que llevaba las maletas —a cada cual su carga—, dio los billetes y salió alegremente.

—Hermoso tiempo, Wilson... ¡Sol!... París se engalana para recibirnos.

—¡Qué de gente!

—Mejor, Wilson. Así no corremos el peligro de que nos vean. ¡Nadie nos reconocerá en medio de esta multitud!

—Señor Sholmes, ¿no es verdad?

Se paró aturdido. ¿Quién podía llamarlo por su nombre?

Una mujer iba a su lado, una joven, cuyo sencillo vestido dibujaba la elegante silueta, y cuya bonita cara tenía una expresión inquieta y dolorosa. Repitió:

—Es usted el señor Sholmes, ¿verdad?

Como él callaba, tanto por confusión como por prudencia, repitió la joven por tercera vez:

—¿Es al señor Sholmes a quien tengo el honor de dirigirme?

—¿Qué quiere de mí? —respondió bastante brusco, creyendo que se trataba de un mal encuentro.

La joven se plantó delante del inglés.

—Escúcheme, señor. Es muy grave. Sé que va usted a la calle Murillo.

—¿Qué dice usted?

—Sé..., sé que va a la calle Murillo..., al número 18. Pues bien: no hace falta... No, no debe ir allí... Le aseguro que lo sentirá. Si le digo esto, no piense que tengo en ello ningún interés. Es un caso de conciencia.

El inglés trató de separarla de su lado. Ella insistió:

—¡Oh, se lo ruego, no se obstine!... ¡Ah, si yo supiera cómo convencerle! Mire en el fondo de mí, mire en el fondo de mis ojos... Son sinceros..., dicen la verdad...

Ofrecía sus ojos locamente, aquellos bellos ojos graves y límpidos en los que parecía reflejarse la misma alma. Wilson movió la cabeza.

—La señorita tiene aspecto bastante sincero.

—Sí —imploró la joven—. Hay que tener confianza...

—Tengo confianza en usted, señorita —replicó Wilson.

—¡Oh, qué feliz soy! Su amigo también, ¿verdad? Lo siento..., estoy segura de ello. ¡Qué dicha! Todo se arreglará... ¡Ah, qué buena idea tuve!... Escuche, señor, hay un tren para Calais dentro de veinte minutos... Pues bien: cójalo usted... Rápido, sígame... El camino está por este lado y apenas tiene usted tiempo.

Buscaba la forma de llevarlo. Sholmes la agarró del brazo y, con voz que procuraba hacer lo más suave posible, dijo:

—Perdóneme, señorita, que no pueda acceder a sus deseos. Yo no abandono jamás una tarea que tenga entre manos.

—Se lo suplico..., se lo ruego... ¡Ah, si usted pudiera comprender!

Sholmes pasó al otro lado y se alejó rápidamente.

Wilson dijo a la joven:

—Tenga usted confianza... Mi amigo irá hasta el final del asunto... Todavía no existe caso en que no haya triunfado...

Y alcanzó, corriendo, a Sholmes.

Herlock Sholmes — Arsenio Lupin