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El amor genera vínculos tan fuertes que con frecuencia encadenan a las personas a relaciones que pueden llegar a ser destructivas. Estos vínculos han sido representados mediante diferentes símbolos según las épocas: yugos, cadenas, corazones unidos o candados sujetos a las barandillas de los puentes. Todos aluden a la ilusión de un amor eterno e indisoluble. Sin embargo, el amor evoluciona invariablemente con el tiempo y a veces en direcciones opuestas. Estas pueden ser la de una consolidación madura y gratifi cante o bien la de un deterioro progresivo y desestabilizante, en cuyo seno se gestan la dependencia afectiva y el maltrato. Y estas relaciones no se limitan al ámbito de la pareja. Pueden aparecer, también, en cualquier clase de vínculo afectivo, sobre todo en los ámbitos de la familia y la amistad. En este libro, Manuel Villegas sitúa las raíces de la dependencia afectiva y el maltrato en los avatares de la pareja y de las relaciones parentales, filiales y fraternales, que analiza de forma específica y sistemática en numerosos casos clínicos.
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Seitenzahl: 343
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Atrapados en el amor
La dependencia afectiva
Edición digital: José Toribio Barba
© 2022, Manuel Villegas
© 2023, Herder Editorial, S.L., Barcelona
ISBN EPUB: 978-84-254-5020-4
1.º edición digital, 2022
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)
1. EL AMOR
La experiencia amorosa
Los componentes del amor
La fantasía de la plenitud originaria: el mito del andrógino
El nacimiento de Eros: la dialéctica plenitud-carencia
La dinámica de Eros
Del amor romántico al amor comprometido
¿Es posible atraparse en el amor?
2. LA DEPENDENCIA
Concepto de dependencia
Tipos de dependencia
La dependencia afectiva
Aproximación al concepto de dependencia afectiva
Modalidades de dependencia afectiva
Dependencia afectiva en el contexto relacional
3. DEPENDENCIA EN LAS RELACIONES DE PAREJA
Sobre la dependencia en las relaciones de pareja
Condiciones para la dependencia en las relaciones de pareja
Los vectores estructurales constitutivos de la relación de pareja
La dinámica oscilatoria de las relaciones
La construcción de la dependencia en las relaciones de pareja
4. DEPENDENCIA EN LAS RELACIONES PARENTALES
Atrapamientos parentales
La simbiosis materno-filial
La relación oblativa parental
La vinculación oblativa fraternal
5. DEPENDENCIA EN LAS RELACIONES FILIALES
Los hijos parentalizados
El triángulo dramático
El refugio familiar
Piedad filial
Atrapamientos de ultratumba
6. DE LA DEPENDENCIA AL MALTRATO
Amores que matan
Las fases del maltrato
¿Machismo o maltrato?
Del maltrato psicológico al maltrato físico
Relaciones basadas en el maltrato
Abuso sexual
7. NATURALEZA DE LOS ATRAPAMIENTOS
Atrapamientos en la relación
El núcleo esencial de los atrapamientos
Motivos de los atrapamientos
Amplitud del espectro sentimental
8. TERAPIA DE LA DEPENDENCIA AFECTIVA
La demanda terapéutica
Tareas relativas al proceso terapéutico
Entender la terapia como un camino hacia la autonomía
Identificar la situación relacional como dependencia/maltrato
Reconocer estar atrapado en la relación
Comprender la naturaleza y el motivo del atrapamiento
Rebatir la normalización, justificación o neutralización del maltrato
Abandonar mitos y falsas creencias
Aprender de la propia experiencia
Aprender de la experiencia ajena
Liberarse de forma efectiva
¿Terapia individual o terapia de pareja en las relaciones de dependencia?
Colofón y coda
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Información adicional
Hay tres tipos diferentes de amor. Primero está eros: la pasión. Luego, philia: la amistad. Finalmente, agápe: el amor desinteresado. ANDRÉ COMTE-SPONVILLE
Con frecuencia se le reconoce a la experiencia amorosa un poder transformador rayano en la locura, por el que las personas sienten perder sus límites o su identidad y entrar en un estado fusional semejante a la disolución de sí mismo. Esta experiencia la refieren los enamorados, de igual manera que los místicos, como una sensación de éxtasis que predispone al abandono y la entrega total.
Sobre la disolución inicial de las fronteras individuales, producida por la fuerza del enamoramiento, se construye la posibilidad de una vinculación más fuerte que la que originariamente unía al niño con sus padres. Esta nueva entidad, producto de la fusión amorosa, da lugar al emparejamiento.
La ventaja evolutiva de esta pulsión erótica está evidentemente relacionada con la posibilidad de establecer las condiciones para continuar la función procreadora de la especie, dotando a dos individuos de la atracción suficiente como para unirse de un modo más o menos duradero, adecuado a este fin. Está claro que para la consecución de los fines procreadores bastaría con una unión sexual esporádica, pero la complejidad de la crianza ha llevado a los humanos a buscar formas más complejas de relación para asegurar el proceso y el suministro continuado del sustento necesario a las crías: alimento, cobijo, protección.
Estos objetivos, sin embargo, se pueden conseguir de formas muy variadas, tal como demuestran las distintas modalidades de organización familiar descritas por los estudios antropológicos. Así, para asegurar la continuidad de la función procreadora bastaría con el impulso y la atracción sexuales, no siendo necesaria para ello una experiencia tan extraordinariamente devastadora como el enamoramiento.
De hecho, los animales no se enamoran; entran y salen de periodos de celo de forma autorregulada, estableciendo uniones más o menos sólidas, estables o pasajeras según las especies, subordinadas a las funciones de la crianza, pero sin experimentar la pasión del amor, aunque a veces la lucha por conseguir la preferencia de las hembras pueda implicar auténticas batallas. A este comportamiento, sin embargo, no le podemos llamar amor si no es por analogía antropomórfica: carece de los sentimientos y de las proyecciones que los humanos depositamos en él. Solo el ser humano se rinde a la seducción de Eros.
¿Pero en el concepto de Eros se agota la idea de amor? La cita con la que encabezamos este capítulo nos permite introducir este diálogo entre Víctor Amela y el filósofo André Comte-Sponville (2012), en el que se expone de modo muy claro qué debe entenderse por amor.
VÍCTOR AMELA: ¿Qué fue primero, el sexo o el amor?
ANDRÉ COMTE-SPONVILLE: Para la especie, el sexo. Para el individuo, el amor.
V.A.: ¿Cómo es eso?
A.C.S.: Un acto sexual te trajo aquí, pero lo primero que descubriste aquí fue el amor de tu madre.
V.A.: Y, más tarde, el sexo.
A.C.S.: Una pulsión corporal que, sublimada en sentimiento, deviene amor.
V.A.: ¿El amor es hijo del sexo?
A.C.S.: La pulsión es general e indeterminada, la sientes por muchas personas; lo que hace el amor es singularizarla en una sola.
V.A.: Pero la pulsión no se extingue.
A.C.S.: El amor eleva al amado a un pedestal… Pero el sexo con él será igual a como sería con otro. ¡Y esta tensión es muy deleitable!
V.A.: Y así todos los hombres y mujeres.
A.C.S.: Y las mujeres inventaron el amor. A una humanidad solo masculina le hubiese bastado el sexo, la guerra y el fútbol. Para ellas no era suficiente: amaron a sus hijos. Y enseñaron a amar a sus parejas y a sus hijos. Una mujer nos ha enseñado a todos a amar.
V.A.: ¿Cuánto dura el amor?
A.C.S.: La pasión erótica —eros— dura un año o dos, ¡pero la pareja puede durar indefinidamente!
V.A.: ¿Sin pasión erótica?
A.C.S.: Con philia, que es un modo de amor.
V.A.: Explíqueme esto.
A.C.S.: El amor nace del deseo… de la falta del otro. Si tienes a ese otro, ya no hay carencia, y sin carencia ya no hay deseo, y sin deseo…
V.A.: Se murió el amor.
A.C.S.: Lo resume la tristísima frase de Schopenhauer: «La vida oscila entre el sufrimiento y el tedio». O sea, entre el deseo de lo que falta y la falta de deseo.
V.A.: Pues menudo desastre, ¿no?
A.C.S.: No, porque Schopenhauer puede superarse con Spinoza: puedes pasar del amor-eros al amor-philia, amor a lo que no falta, deseo de lo que tienes. ¡Son las parejas felices! Pasan de la pasión a la alegría constante de estar con el otro. Y la pareja deviene una aventura erótica más gratificante que la aventura pasajera.
Entonces, ¿qué es lo que lleva a los seres humanos a enamorarse? Posiblemente el hecho de que el amor cumple diversas funciones simultáneas, mucho más allá de las estrictamente previstas por la naturaleza. Algunas se hallan claramente inscritas en ella, como la continuidad de la especie; otras se sitúan a caballo entre las expectativas naturales y las sociales, como la consecución de prestigio, belleza, fama, poder, dominio, seguridad y autoestima, valores que a su vez representan un reclamo o atractivo para posibles parejas; otras se ven afectadas por condiciones ambientales o circunstanciales más o menos pasajeras o estables; otras, finalmente, se remiten a características personales, expectativas y fantasías que solo pueden entenderse en una perspectiva simbólica e idiosincrásica, como dice Punset (2007): «de algún modo te enamoras de una invención de tu cerebro».
Entre estas diversas funciones están, por ejemplo, las modalidades que algunos psicólogos sociales (Hendrick y Hendrick, 1986; Lee, 1973), han descrito sobre la manera de concebir la relación amorosa:
Eros, basada en la atracción física, la intensidad emocional y la relación apasionada;Ludus, orientada a la diversión, la promiscuidad y la diversificación de las experiencias;Storge, fundamentada en la amistad y la lealtad; Pragma, planteada en base a la conveniencia referida a todos los aspectos de la vida;Manía, obsesionada por la dependencia hacia el amante;Agápe, centrada en la felicidad y el bienestar de la persona amada.Desde una perspectiva más intimista, el profesor de Psicología en la Universidad de Yale, Robert Sternberg (1989, 2002), propone una visión triangular de los componentes del amor, cuyos tres lados serían:
Pasión: activación neurofisiológica o emocional que lleva al romance, la atracción física y la interacción sexual.Intimidad: sentimiento de cercanía que obtiene una pareja que se atreve a asumir el riesgo mutuo de mostrar sus sentimientos y pensamientos más íntimos.Compromiso: decisión de amar a alguien (al principio) y a mantener (después) una relación que se está desarrollando.La práctica coincidencia entre estos y otros autores, provenientes del ámbito de la filosofía, la psicología o la sociología, en identificar estos tres componentes básicos del amor, puede ponerse de manifiesto en la siguiente figura, que sienta las bases para la comprensión de la dinámica de las relaciones amorosas de la pareja y que debe sustentarse sobre la base de la autoestima ontológica (Villegas y Mallor, 2015), sin la cual eros se convierte en fusión, philia en dependencia y agápe en sacrificio estéril.
La mirada filosófica sobre el amor, a la que se adscriben los comentarios anteriores, es ajena a la función reproductora y se centra más bien en el análisis de la relación entre los amantes, como lo atestigua, por ejemplo, el interés por el amor homosexual en la antigüedad clásica, puesto que el objeto de su curiosidad es la comprensión del fenómeno del amor al preguntarse qué atrae a los enamorados a querer estar juntos hasta desear fusionarse en un solo ser.
Sin embargo, la razón por la cual los seres humanos proyectamos tantas expectativas en el amor no parece poder agotarse con ninguna de las categorías anteriores, ni siquiera, tal vez, con la suma de todas ellas. Debe haber algún motivo más profundo por el cual se le otorga al amor la capacidad de producir no solo el placer momentáneo, asociado al orgasmo sexual, o a la satisfacción del «gen egoísta» (Dawkins, 1993), como postula la sociobiología, según la propuesta de Wilson (1975), sino la felicidad, entendida como un estado de plenitud y goce indefinible. El paroxismo atribuido al poder del amor es tan elevado que, en su máxima expresión, se ve llevado a los límites de la pérdida de la razón: «Per amor venne in furore e matto, l’uom che sì saggio era prima stimato» («Por amor cayó en la insania y la locura, aquel hombre que antes tan sabio era considerado») dice el Ariosto, a propósito de Orlando furioso (1532).
Subyace, por otra parte, a la idea del amor, el anhelo de la disolución en la muerte, cuya expresión culminante se encuentra en los versos místicos de Teresa de Ávila (1515-1582): «Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero». O la fantasía de un poder destructor, mourir d’amour, que impulsó Freud (1920, 1923) a emparejar Eros y Thanatos, el amor y la muerte.
La dimensión pasional erótica representa para el género humano un desafío a la mortalidad, creando una ilusión de inmortalidad que tiene que ver no solo con la propia perpetuación a través de la descendencia, sino con la unión amorosa, por la que la angustia existencial de muerte parece diluirse en la fusión de los cuerpos y las almas. La ausencia de la conciencia de muerte hace que las relaciones sexuales de los animales o las aventuras amorosas de los dioses del Olimpo carezcan de pasión o dramatismo. Solo cuando Zeus se acuesta con una mujer mortal, como Ío o Leda, la historia adquiere una dimensión trascendente.
El amor es el producto del encuentro fecundo entre mortalidad e inmortalidad, entre dioses y humanos. Por ello la práctica sexual, desprovista de erotismo, tal como en la prostitución o la pornografía, se vuelve algo vacío, carente de significado, aburrido y mecánico o, inversamente, compulsivo y adictivo.
Del mismo modo, el miedo a no poder controlar la pasión o a ser devorados por la dialéctica entre amor y muerte puede ser lo que lleva a algunas personas, como la paciente del siguiente fragmento, Ana, mujer de 54 años, a protegerse del erotismo:
TERAPEUTA: ¿Enamorada estabas?
ANA: No (silencio), quizá esto también sea esa tristeza que llevo dentro. Nunca me he dejado, no me he dado la oportunidad de enamorarme; no sé por qué, no sé…
T.: Parece que no te lo has permitido.
A.: No, no me lo he permitido.
T.: ¿Qué implicaba enamorarse?
A.: Pues no lo sé… Sí implicaba algo, sí, pues si yo me hubiese enamorado, hubiese sido algo que no hubiera podido controlar. Demasiado, hubiera sido demasiado y me podrían haber hecho mucho daño, entonces he preferido dejarme querer… He querido querer a quien me quisiera. Pero claro, esa no soy yo… Ya te digo que es algo muy fuerte, todo en mi vida es muy fuerte; yo por unos ideales he hecho de todo… Y a la persona de la que me habría podido enamorar no me he acercado… No; creo que me he acercado a personas serias, que no supiesen tratar a la mujer.
Sin embargo, a este poder destructor, que por una parte nos atrae y por otra tememos, se le otorga, paradójicamente, una virtud sanadora o reparadora de carácter ontológico. A través del binomio eros-thanatos encuentra el individuo humano su plenitud o complemento en la fusión amorosa, de modo que la propia angustia de muerte desaparece con ella, puesto que el enamorado identifica esta última como el grado máximo de disolución en el otro, a través de la cual se crea la ilusión de trascendencia del propio ser que llamamos felicidad. ¿Significa eso que el ser humano es, por naturaleza, incompleto y necesita del otro para llegar a ser ontológicamente? Esta es una pregunta de gran calado, puesto que de su respuesta real o ilusoria depende en gran parte la dependencia afectiva o, al menos, su justificación psicológica.
El mito de la fusión de los amantes encuentra su antecedente filosófico-literario en el diálogo de Platón El banquete, celebrado en honor de Eros. Entre los diversos comensales que comparten con Sócrates la mesa, invitados a loar al dios del amor, se encuentra Aristófanes, el cual basa su discurso en el mito del andrógino. En resumen el discurso de Aristófanes se desarrolla de la siguiente manera:
Primero, la raza humana constaba de tres géneros, y no de dos como hoy, macho y hembra; había también un tercer género, común de ambos y cuyo nombre queda, aunque él haya desaparecido, el género andrógino. Se realizaba entonces en unidades concretas que participaban de los otros dos —el masculino y el femenino— no solo por el nombre, sino también por su forma… Eran su fuerza y robustez terribles y muy ambiciosos sus pensamientos, de modo que levantaron la mano a los dioses y emprendieron la escalada del cielo para sobreponerse a ellos.
Zeus y los demás dioses celebraron consejo sobre lo que debía hacerse y se encontraban con dificultades: no querían matarlos, pero tampoco soportar su soberbia. Su decisión final fue cortarlos por la mitad. Dividida así la naturaleza humana, continúa Aristófanes en su discurso:
cada uno se reunía ansiosamente con su mitad. Abrazados, entrelazados, deseando fundirse en una sola naturaleza, morían de hambre y de inacción, porque no querían hacer nada por separado. Y cuando una de las partes moría quedando la otra en vida, esta buscaba otra mitad cualquiera y la abrazaba… Desde entonces, pues, es el amor recíproco connatural a los hombres, el amor que restituye al antiguo ser, ocupado en hacer de dos uno y en sanar la naturaleza humana.
Al deseo y persecución de la plenitud se llama amor… Afirmo pues que nuestra raza humana sería feliz si cada uno encontrara a su propio amado y volviera así a su originaria naturaleza… El Amor es quien nos otorga en nuestro estado presente las mayores gracias, conduciéndonos a lo que nos es propio y es también quien nos depara mayores esperanzas para el futuro, pues él nos restablece en nuestro antiguo ser, nos sana, nos hace bienaventurados y felices.
Dos almas gemelas
Esta es la concepción de la relación de pareja que parece tener Ricardo: la del andrógino (traducido vulgarmente como la «media naranja»), que él plantea con la metáfora de las almas gemelas:
Dos almas gemelas son un solo ser. Son dos personas que se entienden perfectamente, casi solo con mirarse el uno al otro ya saben cada uno lo que quiere el otro. Dos almas gemelas viven el uno por y para el otro. Uno vive para hacer feliz al otro, y el otro para hacer feliz al uno. No se ocupan de sí mismos, se ocupan del otro. Él está para ayudarla y cuidarla incondicionalmente a ella, y ella está para ayudarlo y cuidarlo incondicionalmente a él. Ninguno de los dos manda sobre el otro, los dos obedecen. Los dos durante su vida solo han tenido y tendrán relaciones sexuales entre ellos porque son exclusivamente el uno para el otro en alma, mente y cuerpo. Son dos personas que no pueden vivir la una sin la otra. Son dos personas que se respetan tanto y se conocen tanto que nunca se van a hacer daño ni van a herirse el uno al otro. No se van a castigar ni van a boicotear la relación para conseguir algún beneficio egoísta el uno del otro. Mucho menos se van a invalidar si a uno no le gusta algo del otro o no está de acuerdo. Todo lo contrario, van a intentar comprenderlo y, si no lo comprenden, simplemente van a aceptarlo, porque aman al otro.
Dos almas gemelas son dos personas de personalidad, gustos, intereses y aficiones parecidas. Y, sobre todo, son dos personas con objetivos comunes, los cuales permiten llevar a cabo un proyecto de vida que durará hasta la muerte.
Dos almas gemelas se ocupan de la casa, de los hijos y de todas las cosas de forma equitativa y conjunta, y si no es del todo así, al menos se complementan en las tareas de manera que ambos se sientan equilibrados y satisfechos en cierto modo en este aspecto. Ambos son tenidos en cuenta y ambos tienen algo que decir en la relación. Ninguno de los dos vive el proyecto del otro, los dos viven el mismo proyecto porque realmente es el mismo.
Cuando Sócrates se decide a tomar su turno en El Banquete, después de las intervenciones del resto de comensales, no empieza elogiando el amor, sino que se remite a la historia del nacimiento de Eros, según le fue relatada por la sacerdotisa Diotima.
El día que nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete. Al acabar este, Penia, es decir, pobreza, se presentó para mendigar. Vio entonces en el jardín a Poros, es decir, ingenio, riqueza o recursos, embriagado por el néctar y adormecido. Buscando poner remedio a su indigencia, Penia decidió tener un hijo con Poros y, echándose a su lado, concibió a Eros.
Nacido de la pobreza, la carencia, la necesidad o el déficit, Eros busca saciarse de riqueza, belleza o poder. De este modo, Eros es el demonio del deseo, que busca afanosamente aquello de lo que carece y que al enamorarse cree descubrir en el otro el objeto que ha de colmar su indigencia. Lo guía, por tanto, una ambición egoísta y narcisista. Egoísta por cuanto, como hijo de Penia, intenta colmar sus carencias; narcisista, por cuanto al poner en marcha, como hijo de Poros, su ingenio, su astucia y sus recursos, descubre lo mejor de sí mismo.
Eros, pues, nace de la necesidad y el recurso, pero carece de plenitud, es ontológicamente privación. En consecuencia, no puede ser saciado nunca plenamente, puesto que se extinguiría en el mismo acto de colmarse, dejaría de ser deseo. Pertenecen a la dinámica del deseo el anhelo constante, la apetencia insaciable. Independientemente de cuál sea el objeto de su amor, se empeña siempre en su consecución, sin nunca alcanzarlo plenamente; por eso solo es verificable en el mundo de la fantasía, como queda plasmado en la continuación del diálogo con la paciente, Ana, cuya transcripción hemos iniciado más arriba:
T.: ¿Y cómo quisieras que te amaran?
A.: Que me hubiesen querido como yo podría querer. Pero claro, no me valía que ellos me amasen como yo hubiese podido querer, si yo no quería, claro… Si a mí me dan mucho cariño, pero si yo no siento hacia la persona lo mismo, pues eso a mí no me llena. Si yo hubiese podido encontrar una persona capaz de amar con un poco de sentimiento… Yo hubiese amado como yo sé amar, pues eso hubiera sido un desmadre (risas).
T.: ¡Sería un desmadre! (risas).
A.: Sí. Y si la persona no me hubiese amado… Pero, bueno, ¡qué conversación…!
T.: Ah, pero lo sientes.
A.: Sí, pero eso ya lo doy por perdido, yo sé que me moriré y ahí estaré. Aquí es el único sitio donde lo he explicado, mi secreto está aquí, algo que llevaba conmigo, yo ya estaba decidida a morirme con eso y ahora ha salido.
T.: Tú al principio tenías el planteamiento de no dejarte enamorar.
A.: Sí, por eso, es como si estuviera viviendo una segunda vida ¿no?
T.: Esta vida sí que la viviste, cuando eras joven, en fantasía.
A.: En sueños, sí.
T.: Tú te has enamorado de una fantasía.
A.: ¿De una fantasía me he enamorado? Pues… sí.
T.: Y tienes miedo de llevar esa fantasía a la práctica, porque si la llevaras a la práctica el cuento se habría terminado. ¿Cómo era el final?
A.: No era un final feliz. Era un final que yo no quería.
T.: ¿Qué final querías?
A.: En mi fantasía, que no hubiera final. ¿Por qué tenía que haber un final?
T.: Así cualquier final es infeliz, porque no tiene por qué haber final.
A.: Mis fantasías de amor se las contaba a mis amigas y siempre terminaban, y yo no quería que terminaran. Terminaban cuando yo le daba un máximo a la fantasía. Y me sabía mal que terminasen.
T.: ¿Cuál es el máximo?
A.: Cuando el amor había llegado a la cumbre, a lo más… Bueno, ya se ha terminado el cuento… (risas), Era de película. Eran sentimientos, fantasías… No lo sé, era un amor muy grande, de mucha pasión… (risas). Si yo hubiera sido un hombre hubiera sido un Don Juan Tenorio para que no se terminara el amor.
El origen genealógico de Eros legitima en la necesidad o carencia sus afanes que le impulsan a buscar de forma totalmente amoral la satisfacción de sus deseos. Por eso se siente con derecho a anhelar, poseer, dominar, sojuzgar, humillar, maltratar o incluso destruir su objeto sin el menor sentimiento de culpa, si este no le corresponde o no lo satisface plenamente. Igualmente, está dispuesto a implorar, suplicar, humillarse, entregarse o someterse a él sin experimentar el menor sentimiento de vergüenza, si esto tiene que desembocar momentánea o imaginariamente en la satisfacción de su deseo.
Hay dos formas de intentar aplacar a Eros. Una, orientada a su satisfacción inmediata, reduciéndolo a su dimensión de carencia: necesidad, deseo o apetito sexual; la otra, buscando su satisfacción completa o definitiva a través del enamoramiento, máxima aspiración de plenitud del espíritu (romanticismo), que constituyen los dos polos de cuya tensión se alimenta el erotismo y que solo se resuelve en la fusión «con» o en la posesión «de» el otro.
Como carencia, apetito o deseo, la necesidad sexual es relativamente fácil de satisfacer, siempre que se tenga a mano algún estímulo u objeto disponible, al igual que el hambre o la sed se pueden satisfacer y, por tanto, apagar fácilmente, comiendo o bebiendo, aunque ambas necesidades vuelvan a aparecer de forma recurrente o cíclica en el transcurso del tiempo. Se trata de necesidades básicas que se regulan por mecanismos internos de activación y desactivación y que, como tales, no producen respuestas adictivas o dependientes, a no ser que su motivación responda a la ansiedad y no al hambre.
Los mecanismos que guían la sexualidad «están escritos en el sistema genético, situados en el sistema nervioso, celosamente protegidos, perfectamente determinados» (Alberoni, 2006). La evolución ha ido seleccionando en los humanos los genes que transmiten esa emoción cooperativa vital para forjar una alianza duradera que proporciona más seguridad a la prole.
El amor bioquímico comienza con la segregación de la feniletilamina, que produce excitación. La feniletilamina, combinada con las dopaminas, propicia, incluso antes del intercambio sexual, la confusa euforia y la pasión emocional típica de los enamorados. Pero todavía es más relevante el hecho de que, paralelamente, se inhibe la producción de sustancias cerebrales como la serotonina que antes del enamoramiento contribuían a la estabilización del humor y las emociones, a la vez que se produce la desactivación de zonas específicas del cerebro, como la corteza frontal, causantes de la «ceguera» del amor.
La activación de esta serie de mecanismos en los estados de enamoramiento se ha puesto de manifiesto en estudios llevados a cabo a través de resonancia magnética cerebral con personas enamoradas. Helen Fisher (2004), de la Rutgers University, que ha llevado a cabo estos estudios, interpreta los resultados como una forma evolucionada de asegurar la reproducción en los humanos, permitiendo la selección de compañeros con quienes engendrar y criar a la prole. Para Fisher, la experiencia del enamoramiento puede encararse como un instinto biológico que incluye deseo sexual, amor romántico y apego. Las tres experiencias son distintas entre ellas pero su finalidad es la reproducción exitosa. El deseo sexual nos induce a la caza del compañero, la pasión romántica estrecha el foco y la energía hacia un solo individuo y el apego induce a apegarnos a la pareja para criar a la descendencia.
La necesidad sexual, impregnada de deseo o anhelo del goce inmediato y continuo, da origen a la concupiscencia, la cual pretende reducir el amor a placer carnal, buscando saciarse a través de él. La satisfacción carnal, sin embargo, no es más que un hito sensual del amor. Limitado a su experiencia sensorial, disociado de su significado amoroso se convierte en un placer intercambiable por otros placeres, que colman una apetencia sensible, pero que dejan abierta la herida del deseo de plenitud (May, 1969). Esta solo se imagina en la fantasía de fusión con el objeto amado. De esta fantasía ha nacido el concepto de amor romántico.
El adjetivo «romántico», aparece por primera vez en Inglaterra, en la segunda mitad del siglo xvii, aplicado, no sin ironía, a cosas que suceden solo en las novelas, fuera de la realidad. La palabra deriva, en efecto, del francés roman que significa «novela o fábula» y hace referencia a su carácter fantástico o imposible.
El término romántico, aplicado al amor, se desarrolló posteriormente en el ámbito literario, convirtiéndose en sinónimo de amor exagerado, arrebatado o impregnado de fuertes sentimientos, capaces de imponerse por la fuerza de la pasión a todos y cada uno de los obstáculos que puedan interponerse en su camino, particularmente a los condicionantes familiares o sociales. Omnia vincit amor (el amor todo lo supera) según la famosa expresión de Virgilio en las Bucólicas (10, 69).
La óptica romántica permite la relectura de ciertas obras literarias, como Romeo y Julieta, de Shakespeare, desde un registro distinto al clásico de los tres géneros: épico, trágico y cómico. Los personajes o actores ya no son héroes o semidioses, sino jóvenes enamorados, víctimas de sí mismos y de las luchas entre familias. El drama de Shakespeare se convierte en el paradigma del amor romántico, un amor poderosísimo que se justifica por la fuerza de su propia pasión y la de la voluntad de los amantes que termina con la fusión de ambos en la muerte.
A diferencia de Tristán e Isolda o Romeo y Julieta, donde los protagonistas abocados al drama son ambos amantes y se sienten legitimados en su amor, los novelistas del siglo xix prefieren destacar la posición de la protagonista femenina, que frecuentemente da su nombre al título de la obra (Ana Karenina, Madame Bovary, La Regenta, etc.) para poner de relieve las condiciones sociales que van a hacer imposible y, en consecuencia, romántico, el amor surgido irrefrenablemente de una relación adúltera.
Cuando la realidad supera la ficción
El punto culminante del amor romántico en la historia no es un poema o una novela trovadoresca del medievo, sino una historia real y bien documentada gracias a los escritos de los propios protagonistas, Eloísa y Abelardo. Sobrina del canónigo parisino Fulbert, Eloísa entró, por expresa petición de él, a formar parte del círculo más estrecho de los discípulos de Abelardo, el filósofo más famoso de su siglo (el xii), hasta el punto de invitarlo a vivir en su casa para poder seguir en todo momento la formación intelectual de la ahijada del canónigo. Esta convivencia entre Eloísa y Abelardo, como discípula y maestro, provocó, casi de inmediato, el surgimiento de una pasión amorosa irrefrenable. En un diálogo imaginario de terapia de pareja (Villegas, 2022) son ellos mismos quienes, en base a sus escritos, se lo cuentan al terapeuta:
Terapeuta: Pero, decidme: ¿cómo fue creciendo vuestro amor?
Abelardo: Al asignarme la educación de su ahijada, su tío Fulbert provocó, sin saberlo, el nacimiento del amor entre nosotros. Quería que me dedicara en cuerpo y alma a su instrucción, noche y día, en cualquier ocasión propicia. Para ello, quiso que me trasladara a vivir a su casa en París. Nuestras almas se unieron de inmediato. En las horas de estudio nos entregábamos completamente al amor, aprovechando el resguardo secreto que ofrecía la ocasión,
Eloísa: Con los libros abiertos, pronunciábamos más palabras de amor que de estudio; «tus manos acariciaban mis pechos, en lugar del lomo de los libros; con frecuencia el amor reflejaba los ojos de uno en los del otro, como en un espejo reluciente».
A.: ¿Qué más puedo yo añadir? No evitábamos ninguna muestra de amor y, si el amor imaginaba algo insólito, nos apresurábamos a llevarlo a cabo. Dado que éramos inexpertos, estos goces nos resultaban tan nuevos y disfrutábamos tan ardientemente, que nunca nos cansábamos. Gozábamos del amor más puro y libre, como amantes.
E.: Esto es lo que éramos, y nos hubiera gustado continuar siendo, amantes por toda la eternidad. Pero el contexto histórico, religioso y social no nos lo permitió. Nos vimos obligados a casarnos.
El motivo de este enlace matrimonial, que se llevó a cabo en secreto, fue el embarazo de Eloísa, quien se refugió en casa de la hermana de Abelardo para tener al hijo y dejarlo a su cuidado ya de por vida, puesto que tanto Eloísa como Abelardo ingresaron a continuación en un monasterio a fin de mantener su desliz en secreto.
A.: Nos casamos, pero en secreto, según lo acordado con el canónigo.
E.: Desgraciadamente este matrimonio fue el final inevitable de nuestra relación. Yo siempre había preferido el amor al matrimonio, la libertad al vínculo conyugal. «A pesar de que el calificativo de mujer parezca más santo y más honroso, siempre he tenido por más dulce el de amiga y —si no tuviera que ofenderte— también los de concubina o meretriz. Está claro que cuanto más me humillase por ti, más favores obtendría a tu lado y menos perjudicaría la gloria de tu nombre».
T.: ¿Cómo resolvisteis esta profunda discrepancia? Tú, Abelardo, te movías por el miedo a la reacción del canónigo y, en consecuencia, querías tapar la deshonra con el matrimonio. Tú, Eloísa, en cambio, querías permanecer fiel a tu concepción del amor, libre de los compromisos formales y de los intercambios materiales propios del matrimonio, que prostituyen el amor más puro.
E.: Era un dilema moral irresoluble para mí. Por eso quería convertirme en su amante antes que en su esposa, porque anteponía el amor al matrimonio.
T.: Así que el matrimonio acabó con el amor.
E.: No; más bien el amor destruyó el matrimonio, porque no volvimos a vivir nunca más juntos. Yo siempre negué que nos hubiéramos casado. Y finalmente, para demostrarlo, acepté entrar de monja de clausura en el convento de Argenteuil, según la condición que me impuso Abelardo.
T.: O sea que la vida monacal se convirtió en el refugio de vuestro amor eterno.
E.: Sí; y todavía lo aprovechamos, a través de cartas y de guía espiritual, para continuar acariciando nuestras almas, ya que no podíamos nuestros cuerpos.
A.: Hasta que la muerte nos separó.
E.: Y yo, al morir más tarde que él, quise ser enterrada en la misma tumba. Pero como nuestros cuerpos ya estaban muertos en vida, el amor puro que aprendimos a cultivar entre nuestras almas todavía continua vivo.
El amor romántico constituye, pues, una experiencia que va más allá del proceso espontáneo de la atracción sexual, fuertemente impregnada de valores culturales y revestida de aspiraciones trascendentales, convirtiéndose en medio de expresión y superación de los conflictos personales y sociales en que se encuentra inmerso el ser humano en la soledad de su existencia. De ahí el carácter maníaco, pulsional, fusional, exclusivo, irreal, narcisístico y exaltado del amor romántico, a la vez que imposible, estéril y efímero por naturaleza.
Independientemente de las situaciones históricas y de los gustos de cada época, lo que caracteriza al amor romántico es, en primer lugar, su dimensión fantástica o exaltada. El amor romántico pertenece a aquella clase de experiencias exclusivas del género humano próximas al paroxismo de los estados eufóricos o maniacales, presentes en fenómenos como el arrebato místico, las gestas heroicas o las celebraciones triunfales. Despierta en sus protagonistas la sensación de una fuerza o poder superior que les aproxima a los dioses. No sería posible sin una mezcla de sentimiento y fantasía que potencian hasta el infinito la trascendencia del yo en la fusión del nosotros. El amor romántico es exclusivo, no admite un tercero; narcisista, se centra en la sublimidad del yo trascendente; y estéril, muere con la procreación.
El amor romántico es a la procreación lo que la gastronomía es a la subsistencia; como la gastronomía, el amor romántico se nutre de una fantasía a través de la cual las funciones primordiales del organismo humano, la reproducción y la supervivencia, se revisten de imaginaciones y proyecciones que acaban siendo más sustanciosas que el propio alimento o la cópula sexual. Se autolegitima, sin necesidad de recurrir a ningún otro motivo fundacional: existe por sí mismo y se convierte en fin a sí mismo.
El amor romántico es un producto cultural de una sociedad que exalta los valores de realización y expansión individuales, que ya casi nada tiene que ver con la pulsión sexual, tal como ha sido seleccionada por la naturaleza en beneficio de la especie. Nuestra estructura fisiológica, en efecto, no dice nada a propósito de cómo organizar nuestra vida amorosa, con qué criterios establecer las organizaciones familiares o en qué medida nuestra felicidad va a depender de la elección de tal o cual pareja. Los esquemas culturales y las vivencias personales van a desempeñar un papel fundamental en la consecución de todos estos objetivos. Pero nada de todo esto constituye un obstáculo para el amor romántico. El amor romántico se nos presenta como el modelo ideal según el cual configurar nuestros afectos.
Se concibe como un estado de gracia más allá del bien y del mal, del tiempo y del espacio, en el que todo es posible y donde no existen límites ni barreras. Se asemeja al don fáustico de la eterna juventud, que no conoce las fronteras del mundo terrenal y aspira a conquistar el celestial. Constituye un mundo de belleza y luminosidad sin sombra que lo empañe, no conoce la enfermedad ni el envejecimiento. Dado su carácter fantasioso e irrealizable, permanece siempre como una aspiración inalcanzable o un recuerdo melancólico de algo que nunca fue, pero que habría podido ser, tal como lo expresa nuestra paciente Ana en la continuación del diálogo iniciado más arriba:
T.: De modo que tú has querido querer mucho y has tenido miedo de que ese amor te destruyera.
A.: Sí… Supongo que no hubiese resistido que se acabara el amor y hubiese buscado otro.
T.: Que se acabara la pasión, te atraía la pasión.
A.: Eso, la pasión. Quizá está muy mal decir eso.
T.: ¿Por qué?
A.: No sé… A mi edad (54 años), no tendría que decir esas cosas, pero bueno, yo he sido joven… Y yo sé que con mi forma de amar hubiese arrebatado a cualquiera, porque yo sé que cualquiera que hubiera estado a mi lado no hubiera sido impasible. Y eso, ¿adónde me llevaba también? Porque yo no he vivido bien, yo no lo he vivido nada.
T.: No te lo has permitido tampoco.
A.: No, no.
T.: Por eso.
A.: En mi ser hay una parte triste. Es un cúmulo de cosas que están ahí, que yo lo puedo vivir muy intensamente, con mucha alegría, porque yo soy alegre, pero hay una parte ahí, que sé que me moriré con esoahí.
Más que el resultado de una elección de dos soledades que se dan la mano, como dice Rilke, el ideal del amor romántico parece ser la fusión indiscriminada, orientada a llevar a cabo la máxima plenitud del propio yo subjetivo. La cópula amorosa representa en el imaginario romántico la materialización de esta aspiración. Jung la interpreta como la atracción de los aspectos inconscientes de los componentes de una pareja, como la fusión del animus y el anima, la unión de los opuestos en el amor.
En nuestra sociedad, el amor romántico constituye un conjunto de creencias, ideales, actitudes y expectativas, orientadas a la realización del individuo, que se alejan notablemente de la finalidad originaria de la supervivencia de la especie y de la estabilidad social, encaminadas como están a la satisfacción de sus necesidades más íntimas y subjetivas. El fuego que funde a los amantes en el imaginario romántico tiene otro nombre. Es la pasión.
El carácter pasional del amor romántico ha sido subrayado específicamente a través de todas sus representaciones artísticas, tanto literarias como pictóricas o musicales. Dos características definen particularmente la pasión: su carácter enajenado y su fuerza incontrolable, como la de un volcán. Este carácter indómito e incontrolable de la pasión es la que ha llevado a asociar el amor romántico a la experiencia enajenante de la locura o a la entrega autodestructiva de la sumisión, como la de la pastora Griselda, convertida en esposa de Gualtieri, marqués de Saluzzo, la cual superará, según el relato de Boccaccio en el Decamerón, las pruebas más crueles del amor, incluidas el rapto y la muerte —fingida— de los hijos.
Una de las experiencias más significativas asociadas al amor romántico es la sensación de no poder oponer ninguna resistencia al torbellino de emociones que nos invaden y nos poseen en el momento del encuentro con la persona amada. El amado crea en el amante una intensa perturbación, un vínculo que tiene la prerrogativa de activar recursos de energía no expresados ni experimentados hasta aquel momento, que provoca la sensación de una erupción de intensos sentimientos incontrolables. Se trata en realidad del descubrimiento de la otra parte de sí mismo, del enamoramiento de lo mejor de sí mismo, de la intensidad del propio sentimiento, de la fascinación narcisística que nos arrebata en una experiencia de éxtasis casi místico.
Lope de Vega (1634) lo plasmó en uno de sus sonetos, el número 126 de sus Rimas humanas y divinas, de manera concisa y contundente, como corresponde al estilo conceptista:
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.
La díada amor-pasión constituye un potentísimo catalizador de energía psíquica porque es capaz de solicitar y activar la mayor parte de nuestros recursos internos y externos. Nos impulsa a cultivar la belleza interna y externa, potenciando nuestra capacidad de ternura, fuerza y seducción. Esta proyección sobre el objeto amado de nuestra fascinación narcisística y el revestimiento de su persona con los mejores atuendos de nuestra propia seducción hacen que en realidad no lleguemos a conocerla. Este es el motivo por el que, tradicionalmente, se ha representado el amor con una venda en los ojos, para significar que es ciego, como expresa brillantemente Antonio de Guevara (1528/1994) en referencia a Ovidio en el libro Ars amatoria:
amor es un no sé qué, viene por no sé dónde, envíale no sé quién, engéndrase no sé cómo, conténtase no sé con qué, y siéntese no sé cuándo, y mata no sé por qué; y finalmente, el enconado amor sin romper las carnes de fuera nos desangra las entrañas de dentro.
Y si no es ciego, está loco: amens, amans (amante, a-mente), dice el proverbio latino.
Amar y sentirse amado significa sentirse único y especial. A los ojos de los demás, los amantes aparecen como seres únicos en el mundo, capaces de dar vida a una experiencia irrepetible. El encuentro de dos unicidades no puede sino generar un microcosmos espléndido en su interior, frente a un mundo hostil en el exterior. Su sentido de protección y supervivencia lleva a los amantes a la exclusividad.
A diferencia del amor erótico que es promiscuo y prolífico, el amor romántico es exclusivo y estéril. El mito andrógino hace referencia a dos mitades, sean esas del mismo o distinto sexo, no admite pues la existencia de un tercero: de ahí su carácter de exclusividad. En este contexto de autocierre y exclusión del mundo, el peor enemigo del amor romántico se halla representado por los celos. El deseo de posesión absoluta hasta la fusión con el otro se lleva muy mal con cualquier coqueteo o acercamiento a un tercero, lo que significaría abrir una brecha que puede llegar a romper la unión más estrecha. Pero a su vez el temor ante la amenaza real o imaginaria de una posible infidelidad introduce en el núcleo de la relación romántica el gusano de la duda que puede terminar por destruirla. Esta es igualmente la función de los celos: proteger la relación de todo intrusismo. A pesar de las diferencias existentes entre los sexos, ambos sufren de celos: en general la mujer sufre más por la infidelidad romántica y el hombre lleva peor la infidelidad sexual, puesto que intenta evitar que le cuelen descendencia ajena, mientras la mujer quiere asegurarse la dedicación de la pareja al cuidado de la progenie.
