Parejas a la carta - Manuel Villegas - E-Book

Parejas a la carta E-Book

Manuel Villegas

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Beschreibung

Hasta hace relativamente poco tiempo, las parejas se constituían siguiendo un guión preestablecido, que se ajustaba a conceptos, regulaciones y hasta rituales socialmente determinados, de modo que quien contraía matrimonio, sabía exactamente qué pasos debía seguir y a dónde le llevarían, al igual que el menú de un restaurante establece y limita la clase y secuencia de los platos que se sirven, sin más posibilidad de elección. Sin embargo, en la situación actual de inestabilidad social y personal, los cambios de criterio moral, la laxitud en los compromisos y el centramiento en los objetivos egoístas y hedonistas a corto plazo han introducido nuevas variables y preferencias personales a la hora de concebir y establecer los vínculos conyugales. Así, los contrayentes ya no se ajustan a los parámetros predeterminados por el "menú" religioso o social para formar una pareja esponsal, si no que escogen "a la carta" tanto los ingredientes como los componentes de la misma, de acuerdo con la modalidad conceptual y vivencial de pareja que quieran constituir. Este libro va dirigido a quienes se plantean con perplejidad el sentido de la vida en pareja. Aspira a servirles de mapa para que consigan situarse en él con mayor conocimiento de causa, en función de sus propias elecciones y con la convicción de que la vida en pareja será el resultado de lo que las personas que la componen decidan que sea.

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Seitenzahl: 471

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Parejas a la carta

Las relaciones amorosas en la sociedad posmoderna

Manuel Villegas y Pilar Mallor

Herder

Diseño de la cubierta: Raúl Grabau

Edición digital: José Toribio Barba

© 2017, Manuel Villegas y Pilar Mallor

© 2017, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN DIGITAL: 978-84-254-3941-4

1.ª edición digital, 2017

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

ÍNDICE

Prefacio

Capítulo 1. ¿Qué es una pareja?

1. Cuestiones de semántica

2. El origen monogámico de la pareja humana

3. Las crisis de la institución matrimonial

4. Matrimonio y matríomonios

5. Recapitulación

Capítulo 2. ¿Qué es el amor?

1. La mirada filosófica

2. Eros: el amor pasional

3. Philia: el amor correspondido

4. Ágape: el amor dadivoso

5. Del amor romántico al amor comprometido

6. La elección de pareja

7. Toro Bravo y Nube Alta

Capítulo 3. Origen, constitución y desarrollo de la pareja

1. La perspectiva etológica

2. La dimensión estructural en las relaciones de pareja

3. La dimensión complementaria en las relaciones de pareja

4. Sawabona

Capítulo 4. La pareja sexual

1. La dinámica pulsional de Eros

2. La sexualidad en la pareja

3. La vida afectiva

4. La comercialización del amor

Capítulo 5. La pareja parental

1. Ser padres

2. La gestión del triángulo paterno-materno-filial

3. La educación de los hijos, tipología de padres

4. El arco y las flechas

Capítulo 6. (Sobre-) (con-) vivir en pareja

1. La perspectiva interpersonal: juntar dos mundos

2. La perspectiva funcional: la gestión de lo cotidiano

3. La perspectiva interactiva: el arte de negociar

4. La perspectiva comunicacional: el arte de dialogar

Capítulo 7. Crisis y rupturas en las relaciones de pareja

1. La aparición de la conciencia de crisis

2. Crisis evolutivas

3. Crisis estructurales: simetría y complementariedad

4. Perspectiva evolutiva y estructural

5. El valor de las crisis: crisis desestructurantes vs. transformadoras

6. La ruptura de la relación

7. Objetivos de la terapia tras una ruptura de pareja

8. Consideraciones posmodernas

Capítulo 8. Terapia de pareja

1. Un diván para dos

2. La terapia de pareja

3. El procedimiento terapéutico

4. La reconstitución de la pareja: un caso de infidelidad

5. Consideraciones a propósito del caso

6. Colofón

Epílogo. El futuro de la pareja

Referencias bibliográficas

PREFACIO

Proponerse escribir un libro sobre las relaciones de pareja en un momento de amores líquidos, crisis de la institución matrimonial, aumento exponencial de separaciones y divorcios, relaciones virtuales a través de la red, uniones poliamorosas y encuentros swinger, de juegos con androides robóticos sexuales, de enamoramientos de sistemas operativos, de bodas de robots, y hasta de maridaje de vinos, puede parecer una insensata temeridad.

Y en efecto, lo es. Pero esa situación confusa y difusa hace todavía más interesante abordar el tema de las relaciones interpersonales vinculadas por el amor, lo que constituye un reto digno de consideración.

¿Cuál es el sentido de seguir planteándose una institución como el matrimonio para asegurar la finalidad procreadora del emparejamiento humano, si desde hace algunas décadas ya es posible la elección de genes a la carta, la fecundación extrauterina, la transferencia pronuclear (tres padres y un bebé), la gestación en un vientre de alquiler —y hasta sin necesidad de él, tal vez en un tiempo no muy lejano— en un medio totalmente artificial?

¿Por qué limitar el horizonte vital a una sola relación significativa, si la creciente longevidad puede ser esgrimida como un argumento para empezar una nueva vida —new wife, new life—, hasta tal punto que desde instancias legislativas se ha propuesto la posibilidad de instituir contratos matrimoniales con fecha de caducidad preestablecida?

¿Qué valor se le puede seguir otorgando a la fidelidad conyugal en una época donde se promueve activamente el intercambio de parejas, la infidelidad oculta o consentida, en la que las ocasiones para experimentar nuevas relaciones o en paralelo se presentan a diario, donde las oportunidades de obtener gratificaciones sexuales inmediatas, gratuitas o de pago, reales o virtuales se multiplican por momentos?

¿Para qué esforzarse en constituir un patrimonio a compartir con la pareja a fin de proporcionar un marco estable y seguro para la familia —consorte e hijos— si las sucesivas crisis económicas, las cargas impositivas crecientes, los flujos migratorios, las oportunidades de progreso en otros países, están cambiando constantemente y ya ningún valor, y menos los económicos, resultan fiables?

Si la estabilidad, la fidelidad o el compromiso ya no son valores compartidos y en su lugar se instauran el egoísmo, el hedonismo y el oportunismo, ¿de qué manera afectará este cambio en la perspectiva axiológica a las relaciones interpersonales y, en particular, a las de pareja?

Hasta hace relativamente poco, al menos en Occidente, las parejas se constituían siguiendo un guion preestablecido, que tenía su homólogo correspondiente en las distintas sociedades y sus respectivas culturas, y que se ajustaba a conceptos, regulaciones y hasta rituales claramente predeterminados, de modo que quien contraía matrimonio sabía exactamente qué pasos debía seguir y a dónde lo llevarían.

A este tipo de instituciones sociales e incluso religiosas, que daban lugar a una organización jurídica específica para la constitución de la pareja, el derecho matrimonial, las podemos denominar canónicas, por cuanto seguían un régimen invariable, como el menú de un restaurante que establece y limita la clase y secuencia de los platos que se sirven, sin más posibilidad de elección.

La situación actual de inestabilidad social y personal, sin embargo, los cambios de criterio moral, la laxitud en los compromisos y el centramiento en los objetivos egoístas y hedonistas a corto plazo han introducido las variables y las preferencias personales a la hora de concebir y establecer los vínculos conyugales, de modo que los contrayentes no se ajustan ya a los parámetros predeterminados por el menú religioso o social para constituir una pareja esponsal, si no que escogen a la carta tanto los ingredientes como los componentes de la misma.

Es a causa de estos cambios sociales y morales que hemos titulado nuestro libro Parejas a la carta en contraposición al menú conyugal que venía servido a los esposos en tiempos pasados aún recientes o en otros contextos culturales o religiosos, para referirnos a la capacidad de elección predominante en Occidente no solo respecto a la persona de los contrayentes, sino también a la modalidad conceptual y vivencial de pareja que se quiere constituir.

Lo hemos escrito con la esperanza de que pueda servir de mapa para quienes se plantean con perplejidad el sentido de la vida en pareja y para que consigan situarse en él con mayor conocimiento de causa, en función de sus propias elecciones. Y con la convicción de que la vida en pareja será el resultado de lo que las dos personas que la componen decidan que sea, sin olvidar que con ello se pueden amargar la vida manteniendo una unión psicológicamente tóxica o echar por la borda la propia historia personal o de pareja en la prosecución de una quimera imposible de realizar, mariposeando de relación en relación sin solución de continuidad o, por el contrario, constituir una unión sólida y estable, perecedera o no en el tiempo, basada en el conocimiento, el respeto y el aprecio mutuo a partir de un amor sincero y generoso desde sus orígenes.

El plan de este libro

La particularidad de esa relación íntima que se genera en el seno de una pareja, por la que dos seres humanos se comprometen a través del vínculo conyugal a compartir la vida, nos parece suficientemente compleja e interesante desde el punto de vista psicológico, como para dedicarle de forma exclusiva nuestra atención en las páginas que siguen. Para ello centraremos nuestro análisis en las distintas áreas que, a nuestro juicio, componen el mundo relacional de la pareja. En consecuencia, el plan del libro se desarrolla siguiendo la estructura apuntada en el índice, donde a partir del esclarecimiento inicial del concepto de pareja y de su formación, se abordan las diversas áreas que implica la vida en pareja en su dimensión conyugal y parental, se consideran las crisis que amenazan su continuidad y se contempla la posibilidad de su reconducción a través de la terapia.

Las distintas áreas exploradas se ilustran con abundantes ejemplos de casos reales, debidamente modificados a fin de evitar su identificación, así como a través del recurso a la literatura y el cine, donde la temática de pareja constituye uno de los filones más explotados entre sus múltiples géneros (Villegas y Mallor, 2011).

Aunque fruto de nuestras inquietudes como terapeutas, este libro está dirigido a un público general, no estrictamente profesional, sensible a los cambios sociales que están influyendo en el mundo de la pareja. Sin embargo, no hemos pretendido simplificar el lenguaje ni rebajar sus planteamientos analíticos para convertirlo en un recetario de autoayuda, sino que lo hemos dejado abierto a la consideración del lector a fin de que pueda servirse «a la carta», donde tanto terapeutas como pacientes puedan escoger a su gusto y conveniencia, dado que en tema de amores todos somos (in)expertos.

1. ¿QUÉ ES UNA PAREJA?

Cada oveja con su pareja. (refrán popular)

1. Cuestiones de semántica

La palabra pareja deriva de par, indicativo de dos elementos que integran un conjunto indisociable: un par de narices, de calcetines, de gemelos, de guantes, de zapatos, etc., o que teniendo entidad propia se pueden juntar para complementarse, formando una pareja de baile, de guardia civiles, de cómicos, etc.

En el ámbito de las relaciones humanas designa aquel par de personas que deciden unirse para establecer un vínculo con una finalidad compartida: emprender un negocio (socios), sostenerse afectivamente (amigos), llevar a cabo un proyecto (colaboradores), etc.

Sin embargo, la palabra «pareja» se aplica por antonomasia a aquel par de personas que establecen una relación amorosa. Es curioso cómo este concepto recibe diversos nombres en nuestro entorno lingüístico inmediato. En inglés couple, como en francés, de donde deriva, o en italiano coppia, cuya idea matriz proviene del latín copula, que remite claramente al apareamiento sexual. Sin embargo, en estas lenguas su uso no se restringe a la unión carnal, sino a cualquier tipo de emparejamiento de cosas, terminando por ser equivalentes una y otra. En portugués, el concepto de pareja —casal— está directamente relacionado con el de casarse, derivado de casa.

En relación con este concepto de pareja como cópula, podemos distinguir todavía entre apareamiento y emparejamiento. El apareamiento hace referencia a una cópula puntual que puede darse dentro de una pareja estable u ocasional, cuya finalidad es tener un intercambio sexual. El emparejamiento supone la elección de otra persona para establecer con ella un vínculo amoroso cuya finalidad es compartir la vida. A esta la llamamos pareja esponsal, entendiendo por tal la constituida en base a un «vínculo amoroso —sentimental, sexual, afectivo— comprometido». Comprometido significa que, a pesar de ser libre, el vínculo se establece sobre una promesa mutua —com-prometida entre dos—. La palabra esponsal, hace referencia, en efecto, a su origen etimológico: el verbo spondere, donde el participio sponsum significa «prometer».

Al centrarnos en la pareja esponsal observamos una variedad considerable de modalidades a través de las cuales puede materializarse (véase tabla 1.1). Esta pareja puede estar formada por dos personas del mismo o distinto sexo, de edades semejantes o dispares, provenientes de culturas o etnias próximas o distantes, con una concepción de la relación abierta o exclusiva, pasajera o perdurable, etc., todo lo cual puede tener importantes incidencias en el desarrollo de la vida posterior de la pareja. Tal vez una excepción a este tipo de pareja esponsal la constituyan aquellas parejas formadas por personas entre las que hay un vínculo de sangre y que conviven amorosamente en una relación no necesariamente incestuosa, como las de los hermanos gemelos Dan y Dean Caten (Toronto, 1964), los promotores de Dsquared2, que comparten lecho desde la infancia y solo se separan para recibir a sus amantes esporádicos.

Los factores que dan origen a distintas modalidades de parejas pueden tener que ver con el sexo, la edad, la cultura, etnia o religión, el grado de compromiso, la naturaleza convencional o romántica de la relación, la solidez del vínculo, la modalidad legal o convivencial acordada, la perspectiva temporal que se adopte y demás. Estos factores se despliegan en dimensiones variables que abarcan distintos grados de intensidad, desde un extremo al otro de la polaridad que representan —por ejemplo, según el grado de exclusividad o no del compromiso.

TABLA 1.1

FACTOR

VARIABLE

VARIABLE

Sexo

Homosexual

Heterosexual

Edad

Semejante

Dispar

Cultura, etnia, religión

Próxima

Distante

Compromiso

Abierto

Exclusivo

Modalidad legal

Matrimonio

Concubinato

Vivienda

Compartida

Separada

Proyecto

Común

Diferenciado

Perspectiva temporal

Pasajera

Perdurable

Patrimonio

Ganancial

Individual

Vínculo

Soluble

Indisoluble

Relación

Convencional

Romántica

Dado que la elección de pareja es un acto libre y el compromiso también —lo contrario podría ser causa de nulidad en un matrimonio—, la posibilidad de hablar de traición o infidelidad en una relación de pareja tendrá que ver con los términos acordados en el compromiso inicial. Por eso en las uniones matrimoniales religiosas o civiles se habla de contrato legal y ese es, en caso de incumplimiento, el objeto de litigio entre las partes. En algunos pactos se entiende este compromiso como exclusivo, mientras que en otros es abierto, dando entrada de forma ocasional o permanente a otras personas en la relación. En general, este compromiso se entiende también como indefinido, a no ser que se especifique lo contrario, como sería un pacto matrimonial revisable en función de alguna condición acordada o con fecha de caducidad preestablecida (parejas yogurt). Hay que añadir, sin embargo, que, aunque a nivel contractual un compromiso debería ser explícito, tal como se consigna en los contratos matrimoniales, la ley admite igualmente, bajo determinadas condiciones, la legitimidad del compromiso implícito en el caso de la figura jurídica denominada «parejas de hecho», aun no habiendo sido registradas como tales.

Ligada a la concepción del compromiso suele estar la del vínculo, entendido como soluble —«hasta que el amor se acabe»— o indisoluble —«hasta que la muerte nos separe»—. El primero acostumbra a estar enmarcado en una visión hedonista de las relaciones de pareja, centrada en una perspectiva individual o egocéntrica, donde cada uno mira por su placer o sus conveniencias; el segundo —«contigo pan y cebolla»— responde más bien a una concepción estoica o ética: «en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza», donde lo que se busca es la estabilidad de la institución familiar en beneficio, al menos en teoría, de la crianza de los hijos y de la conservación del patrimonio, el cual puede dar lugar a la formación de una propiedad común que incluya los bienes gananciales, obtenidos ya antes o solo durante el matrimonio, o los mantenga por separado en cualquier caso. Incluso se dan, cada vez con más frecuencia, sobre todo entre los «famosos», pactos prematrimoniales preventivos del reparto de bienes o compensaciones económicas en caso de divorcio.

Estos pactos pretenden prevenir el negocio de los divorcios. En EEUU Susan Wright (1995) y Kevin Doyle (2004) imparten cursos sobre esto y han escrito libros, recientemente publicados, titulados Cómo casarse con un millonario y Cómo casarse con el dinero: «Hay que tener una visión práctica de las relaciones, basándose en los elementos concretos que la pareja puede ofrecer. Y convencerse a uno mismo de que es posible llegar a ser ricos». A su vez, en Rusia se ha publicado hace poco un manual con todas las instrucciones para que el matrimonio sea la mejor inversión de su vida. Se titula Casarse con un millonario, y lo han escrito Ksenia Sobchak y Oksana Robski (2007), ambas con buenas conexiones en los círculos del poder: «Si sueñas con tener dinero, entonces necesitas a un oligarca ruso», recomiendan estas dos chicas. Aconsejan acumular riquezas de joyas y propiedades mientras dure la convivencia con el generoso marido, «siempre que se planifique el divorcio desde el día después de la boda».

Las parejas así formadas pueden decidir cohabitar juntas en una misma casa o bien adoptar la modalidad LAT —acrónimo de la expresión inglesa living apart together—, reservando la cohabitación para los fines de semana, muchas veces en la habitación de un hotel, pero manteniendo cada uno su piso de soltero, donde se refugia cuando quiere —«juntos, pero no revueltos»—. Los motivos para la elección de esta opción son muy diversos; algunos obedecen más bien a imposiciones de las circunstancias —retardo en la emancipación familiar, aumento de las expectativas profesionales acompañada de una mayor movilidad laboral geográfica— o a decisiones personales —emancipación de la mujer, mayor independencia o autonomía respecto a la pareja, evitación de los aspectos indeseables de la convivencia, entre otros.

A veces la separación física no impide la consolidación y estabilidad de la pareja. A través de la historia ha habido formas de casamiento incluso a distancia, por poderes, o se han mantenido uniones matrimoniales a pesar de la lejanía, debidas a largas ausencias, como en el caso de Ulises y Penélope, como se relata en la Odisea. Sobre las vicisitudes en la relación de pareja causadas por la distancia real, aunque mitigadas por la conexión virtual en red, resulta interesante el relato, cinematográfico en este caso, de Carlos Marqués-Marcet, titulado 10 000 kms, en el que una pareja se separa temporalmente para que ella pueda aprovechar una beca en California durante un año, mientras mantienen el contacto vía Skype, que el reencuentro real al final de este período se encarga de evidenciar vacuo.

Hay también quienes, al estar separados, optan por compartir durante el día las tareas parentales en la casa familiar y retirarse por la noche cada uno a dormir a su casa. O por compartir la casa a todos los efectos, menos los esponsales, al no tener, pese a estar separados, casa donde retirarse, para terminar por convertirse en compañeros de piso o en cónyuges hipotecarios.

Naturalmente, la variedad de modalidades de convivencia conyugal a que ha dado lugar la institución del matrimonio no son fruto solo de la permisividad actual. En épocas en las que el matrimonio era indisoluble y ni el divorcio ni la separación estaban legal o socialmente aceptados, cada pareja debía encontrar su acomodo a las condiciones de su realidad.

Sabérselo montar

Uno de los autores de este libro recuerda en su infancia, en plena época franquista, la existencia en su vecindario de un matrimonio formado por Teresa y Felipe, padres de dos hijos ya emancipados, que desde hacía años cohabitaban bajo el mismo techo, pero sin cruzarse jamás por la casa ni dirigirse para nada la palabra. Cada uno de los cónyuges tenía su propia habitación. El marido salía a trabajar y la mujer se dedicaba a las labores de la casa. A mediodía, ella dejaba preparada la comida en la mesa y se retiraba a la cocina cuando oía el ruido de las llaves en la puerta, para que el marido pudiera comer. Luego Felipe volvía al trabajo y Teresa recogía los platos para lavarlos y así repetir la misma operación por la noche, con la cena. Naturalmente, él proveía económicamente los gastos del hogar y ella se ocupaba de que él estuviera bien atendido, como si fuera su discreta sirvienta.

Juntos o separados, los miembros de una pareja pueden compartir o no un proyecto común —formar una familia, tener hijos, apoyarse mutuamente en la consecución de objetivos profesionales, desarrollar una vida en el campo o en un entorno natural, implicarse en una obra de carácter social en una ONG o en un partido político o, simplemente, compartir el resto de sus días juntos—. Inversamente, el grado de compromiso y vinculación puede ser tan bajo y la ausencia de proyectos en común tan clamorosa que solo pueda hablarse de apareamientos esporádicos en base a los derechos adquiridos como «follamigos», o «amigovios», como prefiere la RAE —en inglés friends with benefits o el más clásico «amigos con derecho a roce».

Finalmente, algunos optan por eludir cualquier forma de compromiso y evitar todo tipo de encuentro personal, hasta reducir su vida sexual y amorosa a un onanismo virtual, como proclama exultante Don Jon, el protagonista de la película del mismo nombre, dirigida por Joseph Gordon-Levitt (2013):

Hay pocas cosas en la vida que me importan de verdad. Mi cuerpo, mi casa, mi coche, mi familia, mi iglesia, mis colegas, mis chicas y mi porno. Sé que esto suena raro, pero lo digo de verdad; nada me hace sentir igual como el porno, ni siquiera un chichi de verdad; de esos me sobran; ¿por qué creéis que mis colegas me llaman «Don Jon»?

Y así encontramos una variedad casi infinita de combinaciones posibles en la configuración de la pareja, que es lo que nos lleva a hablar en este libro de «parejas a la carta» en lugar del «menú tradicional», al que nos tenía acostumbrados la sociedad hasta hace pocos años y que formaba parte del imaginario colectivo de Occidente, favorecido por los relatos de ficción, literarios o cinematográficos, que siempre terminaban en el momento en que la pareja se casaba y «eran felices, comiendo perdices», ahorrándose con ello dar continuidad a la historia.

Esta visión plural y abierta de la pareja presenta, como todo en este mundo, ventajas e inconvenientes para los protagonistas de la relación, y quién sabe si también para el futuro de la especie, que intentaremos desgranar en los siguientes capítulos. Para los autores de este libro, como terapeutas, la ventaja es la de no tener que adscribirse a un modelo canónico para evaluar el resultado de una intervención terapéutica, sino gozar de plena legitimación para atribuir a la libertad y responsabilidad de los demandantes la opción más conveniente para ellos.

Eso no significa que la terapia de pareja no suponga un proceso complejo, como corresponde al análisis de una interacción personal con los sentimientos, pensamientos, dinámicas, mitos y expectativas que cada uno lleva o desarrolla en la relación. Pero sí que toca a cada uno de sus miembros, así como a su capacidad para negociar, consensuar un punto de encuentro o desencuentro al que estén dispuestos a llegar, al margen de criterios estandarizados de éxito o fracaso, según los manuales al uso. En definitiva, se trata de que escojan el modelo de pareja que quieran ser, «a la carta».

2. El origen monogámico de la pareja humana

La pareja humana se forma para dar respuesta a una serie de necesidades, las más primarias de las cuales son la subsistencia de los individuos y la reproducción de la especie, pero que además permite cubrir simultáneamente necesidades personales, tales como la compañía —no estar solo— y la solidaridad —ayuda o apoyo mutuo—. De una manera más simbólica calma la ansiedad de muerte al proyectar una fantasía de continuidad en el tiempo —ancestros y sucesores.

Está claro que para la consecución de los fines procreadores bastaría con una unión sexual esporádica —apareamiento—, pero la complejidad de la crianza ha llevado a los humanos, así como a otras especies animales, a buscar formas más complejas y estables de relación —emparejamiento— para asegurar el proceso y el suministro continuado del sustento necesario: alimento, cobijo, protección de los hijos.

Estos objetivos, sin embargo, se pueden conseguir de formas muy variadas, tal como demuestran las distintas modalidades de organización familiar descritas por los estudios antropológicos, donde la organización tribal prevalece sobre la matrimonial. De este modo se pueden detectar, a través del tiempo y de las diversas culturas, organizaciones familiares basadas en la monogamia o la poligamia —poliginia o poliandria—, al igual que sucede en diversas especies animales. Otras sociedades han intentado sustituir la familia nuclear —padres e hijos— por organismos colectivos bajo el comunismo, o autoorganizados, como los kibutz en Israel o las comunas de inspiración religiosa o secular, con mayor o menor éxito en sus resultados.

Aun así, ya sea por la evolución económica o tecnológica o por efecto del colonialismo, en la mayoría de culturas, desde el Neolítico, ha prevalecido la organización matrimonial monogámica como sistema para asegurar el conjunto de funciones atribuidas a la pareja heterosexual de generación y crianza de los hijos, así como de apoyo y solidaridad mutuas, dando origen a formaciones familiares más o menos extensas según el momento evolutivo de cada sociedad.

Las prevalencia de la monogamia a través del tiempo y de las diversas culturas, en contraste por ejemplo con otras especies animales, particularmente los mamíferos, incluidos los simios, que en un 97 % suelen ser polígamos o promiscuos, se explica, según los antropólogos, por diversas razones, la mayoría de las cuales tienen que ver con la protección de la maternidad y de la crianza. Probablemente el carácter nómada que tuvieron que adoptar nuestros antepasados hizo que la defensa del territorio no fuera tan importante como el aporte de alimento, de modo que los machos más que a defender el territorio se dedicaron a conseguir venados y a recolectar frutos, para agasajar a las hembras con alimentos y así lograr sus favores sexuales —estas empezaron a preferir un proveedor de comida en quien pudieran confiar más que a un competidor agresivo (macho alfa), dando lugar al surgimiento de la monogamia y a comportamientos como el cuidado biparental de las crías, la protección de las hembras frente a machos rivales y a la evitación del infanticidio por parte de estos últimos.

Una vez que la monogamia evoluciona, el cuidado de la descendencia por parte del padre es mucho más probable. El macho comienza a proporcionar a las crías alimentos ricos en calorías y proteínas de forma constante, lo que, de acuerdo con la opinión de antropólogos y paleontólogos como Karin Isler y Carel P. Van Schaik (2014), podría incluso explicar por qué tenemos cerebros mucho más evolucionados que los otros mamíferos. Luego, con el asentamiento de las poblaciones en el Neolítico, la formación y conservación del patrimonio y su reparto entre la descendencia reforzó dicha preferencia, dando lugar a la aparición del matrimonio monogámico como institución social, convirtiéndose en una unidad no solo de reproducción, sino también de producción y de consumo.

En muchas culturas la institución del matrimonio está claramente regulada por costumbres más o menos ancestrales o por leyes religiosas o civiles. En tales sociedades, apareamiento y emparejamiento han ido juntos, hasta considerar a los hijos de uniones no matrimoniales como ilegítimos o bastardos. En otras, la institución matrimonial está sometida a un proceso de flexibilidad legislativa e indeterminación conceptual, característica de un momento de cambio social.

3. Las crisis de la institución matrimonial

En la actualidad, la institución matrimonial padece una doble crisis: mientras es rechazada por muchos por su marcado carácter institucional, y asociada por ello a estructuras encorsetadas y caducas, es reivindicada por otros como un derecho a conquistar —colectivo homosexual— precisamente por su reconocimiento legal y social. Con todo, algunos como el psiquiatra Enrique Rojas Marcos (2015), opinan que «a mitad del siglo XXI habrá desaparecido la institucionalización legal y cultural del matrimonio», y que las relaciones entre las personas «serán más variadas y abiertas. La institución matrimonial como existe ahora no va con la mentalidad actual del ser humano, con sus cambios y etapas de vida, de la misma manera que ya no sorprenden a nadie las relaciones homosexuales».

A acelerar esta crisis ha contribuido la consideración del vínculo matrimonial como disoluble con la aceptación del divorcio como práctica correctiva de los errores cometidos en la elección de pareja, o testimonio de su desgaste a lo largo del tiempo o aceptación manifiesta de la prevalencia de la voluntad individual sobre las normas colectivas. Esta crisis viene a su vez propiciada, como se ha dicho, por el proceso de emancipación de la mujer y su incorporación en el mundo social, laboral y profesional, así como por el alargamiento de la esperanza de vida —algunos hablan de incluso duplicar la media actual de 80 o más a 150 o 160 años—. Una vez cumplido el ciclo vital —criar hijos y hasta nietos— ¿qué otro objetivo tendrá, desde el punto de vista evolutivo, la continuidad de la pareja? Es ahí donde algunos prevén la aparición del interés por iniciar nuevas relaciones y la disolución gradual de la familia, que con carácter retroactivo ya se anticipa y verifica en la época presente, al menos en Occidente.

Algunos intentan paliar estos inconvenientes cambiando de pareja cuando se les termina el primer enamoramiento, y se valen del argumento esgrimido por Roger Vadim (esposo, entre otras seis mujeres, de Brigitte Bardot, Catherine Deneuve o Jane Fonda) de que «la grandeza del amor es tan sublime que no puede rechazarse cuando se presenta, ni mantenerse cuando se aleja». Con argumentos de carácter sucesorio, Enrique VIII de Inglaterra también había coleccionado seis mujeres en su vida, a alguna de las cuales ordenó decapitar a fin de obtener vía libre para nuevas uniones esponsales, siempre con objetivos dinásticos. Idéntico palmarés, el mágico número seis, sin que eso establezca otra comparación entre estos personajes, se atribuye Luis Racionero (2009) en su autobiografía amorosa, Sobrevivir a un gran amor seis veces, donde narra con pelos y señales sus relaciones con seis mujeres que han ido jalonando las diversas etapas de su vida hasta la actualidad: «Salí con hippies en los 60 y con yuppies en los 90, pero eso es porque un hombre, hasta sus 50 y pico años, puede salir siempre con treintañeras».

En esos casos se mantiene todavía el criterio monogámico, solo que sucesivo —parejas monógamas una tras otra—, donde podemos continuar hablando de pareja.

Pero esta crisis de la institución matrimonial y de la familia, subsiguientemente, no es solo un fenómeno que afecte a los individuos, sino que nace de los cambios de la propia sociedad, una sociedad que Bauman (2005) califica de líquida, de relaciones inestables, lo que ha llevado a autores como Beck y Beck-Gernsheim (2001) en la introducción de su libro, titulado El normal caos del amor. Las nuevas formas de la relación amorosa, a hablar de una «nueva era».

Pero ¿qué es esta «nueva era»? El libro afirma que una de sus principales características es la colisión de intereses entre amor, familia y libertad personal. La familia nuclear, construida alrededor de la diferenciación sexual, se está desmembrando con las preguntas por la emancipación y la igualdad ante la ley, que ya no se detienen convenientemente en la puerta de nuestras vidas privadas. Y se genera el caos totalmente normal y cotidiano del amor. ¿Pero qué viene después de la familia, de este lugar del amor transformado en hogareño? ¡La familia! Diferente, crecida, mejor; la familia negociada, la familia cambiante, la familia múltiple, que proviene del divorcio, del volverse a casar, del nuevo divorcio, de los hijos de tus pasados y presentes familiares y de los míos; el despliegue de la familia nuclear, su temporalización, la unión de los no apareados que ella representa… El amor se hace más necesario que nunca antes y al mismo tiempo imposible… Esta extraña ley se esconde tras las cifras de divorciados que se casan de nuevo, tras el delirio de grandeza con el cual la gente busca su Yo en el Tú. En el hambre redentora que les hace abalanzarse los unos sobre los otros. Las mujeres y los hombres de hoy están a la búsqueda, una búsqueda forzada por el matrimonio sin papeles oficiales, por el divorcio, el matrimonio por contrato, por la lucha por la compatibilidad entre trabajo y familia, amor y matrimonio, a través de una «nueva» maternidad y paternidad, amistad y círculos de conocidos. Todo eso se ha puesto irreversiblemente en movimiento. Se trata, por decirlo así, del «conflicto de clases» que sigue al conflicto de clases.

Con la pérdida de las identidades tradicionales surgen en el centro de la privacidad las contradicciones de los roles de género entre hombres y mujeres. En los pequeños y grandes conflictos por quién friega los platos, por la sexualidad masculina y femenina y el erotismo, la sociedad empieza a cambiar superficial y profundamente. El amor se torna esquivo en cuanto se ponen en él todas las esperanzas y se lo convierte en el lugar de culto de la sociedad que gira alrededor del concepto de la autorrealización. Y se le carga de esperanza en la misma medida en que se transforma en huidizo y pierde su carácter de ejemplaridad social. Todo eso pasa de manera encubierta, compleja, desplazada en el tiempo, precisamente porque pasa en el ámbito del amor.

4. Matrimonio y matríomonios

En otros casos se trata de introducir elementos externos a la pareja, por ejemplo con encuentros sexuales esporádicos consentidos con personas ajenas a esta —tríos, intercambio de parejas, orgías o sexo en grupo— o con la presencia consentida o no, conocida o no de amantes o segundas esposas. En este caso hablamos de matríomonio, puesto que en el seno de la pareja se introduce de una forma más o menos estable o pasajera un tercer elemento individual o grupal, lo que cambia las reglas del juego, dado que, de acuerdo con el refrán español, «dos es compañía, tres es multitud».

La filosofía de las parejas liberales —swinger—, que se apuntan al ménage à trois o al intercambio de parejas, se sustenta en el argumento de que esta experiencia no entraña engaño ni traición. Los dos miembros disfrutan esporádicamente de otros compañeros anónimos y a la vista de su pareja. Los swingers se plantean una alternativa a la monotonía, de una forma sincera. Ambos compañeros deben estar de acuerdo y desearlo desde un convencimiento profundo. Si uno de ellos lo hace solamente para satisfacer al otro, generará con el tiempo sentimientos de rechazo, culpa o mala conciencia, todo lo contrario de quienes ven en estos contratos una forma de realizar fantasías sexuales.

Cuando «sí» quiere decir «no»

Susana se siente mal porque cree que no es capaz de satisfacer sexualmente a su marido que siempre se muestra de mal humor. Está convencida de que si él estuviera satisfecho sexualmente se sentiría mucho más contento y todo iría mejor. A fin de reparar la insuficiencia de sus prestaciones accede a acudir a locales de intercambio de parejas y hasta alquilar los servicios de alguna prostituta en casa. Lo cuenta de la siguiente manera:

Susana: Hemos ido durante cierto tiempo a un local de estos de intercambio de parejas… La primera vez fue horrible: al entrar hay una sala oscura donde la gente baila y se toquetea. Es muy incómodo porque no sabes quién te está tocando. Él en cambio se lo pasaba muy bien. Luego se sube a la parte superior y puedes empezar a tener relaciones sexuales con tu pareja y se puede añadir otra gente o cambiar de pareja. Nosotros cambiamos de pareja: él estuvo con una chica y yo con su acompañante… eran mucho más jóvenes que nosotros. La cosa se complicó porque esta pareja quería quedar también fuera del local, en casa, pero no podía ser porque tenemos hijos. Acudimos en otras muchas ocasiones y yo me sentía fatal, podríamos decir… violada, muy desagradable, un asco, porque si ya me gusta poco el sexo, ¡imagínate con desconocidos!

Terapeuta: ¿Pero continuaste yendo?

S.: Sí, y yo no le dije a él cómo me sentía; en realidad hacía ver que me lo pasaba bien para no aguarle la fiesta.

T.: ¿Pero él sabe que no te gusta?

S.: No… no se lo he dicho nunca. He conseguido con subterfugios pasar algunos años sin ir. Pero este año por su cumpleaños se lo hice como regalo… y ahora cada fin de semana me pide volver, pero yo digo que no tengo ganas de salir de casa. Si le dijera que no me gusta se daría cuenta de que lo he engañado. Pero no quiero volver más. Tal vez debería decírselo, pero me da vergüenza.

T.: ¿No quieres ir nunca más?

S.: No, es que me sentí fatal; primero sorprendida: «¿qué hago yo aquí?». Y sabiendo que a mí el sexo ya no me gusta mucho, pues imagínate… y ver el panorama y la cara que ponía él, de mucha emoción, como alucinando.

T.: Y por la cara de alucinado que ponía, ¿fuiste incapaz de decir nada?

S.: Sí, por aquella cara y porque veía que se lo pasaba tan bien…

T.: ¿Decidiste no decir nada?

S.: Sí, decidí callar.

En otros casos la presencia de este tercer elemento es desconocida por una de las partes, ocupando la tercera persona el lugar de «amante» en la clandestinidad. Estas terceras personas en algunos momentos de la historia y en determinadas culturas han llegado a ocupar un lugar privilegiado y reconocido como concubinas, formando parte del harén, o gineceo, al igual que para las clases sociales altas tener una amante ha podido constituir un signo de distinción, a veces reprochado, aunque con frecuencia envidiado.

En la antigüedad clásica grecorromana, donde el matrimonio era estrictamente monógamo, se daba por sentado que la sexualidad tenía otras formas de satisfacción que las exclusivamente conyugales. El aforismo de Demóstenes en su discurso contra Neera constituye una buena síntesis de la situación en la que se sostenía el matrimonio monógamo: «Tenemos las cortesanas para el placer, las concubinas para proporcionarnos cuidados diarios y a las esposas para que nos den hijos legítimos y sean guardianes fieles de nuestra casa» —a las que cabría añadir a las «heteras o hetairas» una especie de geishas especializadas en la danza, la música y la conversación, que gozaban de total reconocimiento público.

Sin embargo, en nuestra cultura judeocristiana, que no acepta la poligamia u otras formas de poliamor, estas terceras personas suelen permanecer en la sombra —amor de segundo plato—, hasta que son descubiertas y expulsadas del trío o, por el contrario, llegan a sustituir al marido o a la esposa definitivamente.

Doble vida

Tal es el caso de Arturo, dentista de profesión, quien ha aprovechado, ya desde el inicio de su matrimonio, las oportunidades que le brindaba su profesión, para establecer una serie de romances sucesivos con pacientes de su consulta, hasta seis, y con una duración media de dos años, con total desconocimiento de su mujer. El motivo de la consulta psicológica se produjo precisamente a propósito de la última de ellas, que había superado ampliamente la media de los dos años y por la que empezaba a sentir un fuerte grado de implicación emocional y afectiva, que finalmente decidió romper para proteger su matrimonio.

Hay, por último, parejas en las que uno o ambos miembros recurren de modo más o menos continuado a la pornografía, a la prostitución o a citas promovidas desde plataformas de internet, algunas de ellas con expresa invitación a la infidelidad, cuyo objetivo es facilitar encuentros sexuales furtivos. Si esta actividad se mantiene oculta suele ser para proteger a la otra parte de la pareja, y al propio honor, importante sobre todo para altos cargos públicos o miembros de la jerarquía eclesiástica, que suelen pagar un precio bastante alto por las denuncias o indiscreciones que puedan producirse al respecto.

Todas estas formas de satisfacción sexual o, incluso, de complemento amoroso extraconyugales no ponen en cuestión la monogamia, aunque sí a veces en peligro la viabilidad o continuidad de la pareja, precisamente por mantenerlas al margen de ella. Más bien la reafirman colocando al amante o a la prostituta en posición secundaria respecto a la esposa, o la confirman, sustituyendo a una por otra, pero dentro siempre de la concepción monógama.

Las formas de poligamia basadas en instituciones tradicional, legal o religiosamente establecidas, o las de poliamor, caracterizadas por acuerdos ética y libremente definidos por sus miembros (Easton y Hardy, 2013), que implican la vinculación amorosa con más de dos personas simultáneamente, no serán objeto de nuestra consideración, limitada expresa y explícitamente, en este libro, a las relaciones de pareja tal como las hemos definido hasta el momento, como una «vinculación amorosa comprometida entre dos personas», pues cuando las personas unidas por lazos esponsales son más de dos ya hablamos de poligamia o de relaciones románticas y/o sexuales consentidas entre más de dos.

Tampoco serán objeto de consideración explícita en este libro otro tipo de intercambios amorosos o sexuales que no impliquen la vinculación amorosa comprometida, característicos de la época posmoderna, en que predominan, al menos en el imaginario colectivo, las conexiones intercambiables sobre los vínculos estables, tales como las citas o encuentros esporádicos facilitados por las redes sociales. Algunas de estas citas tienen por objetivo provocar encuentros puramente sexuales pasajeros donde predomina el lema «si te he visto no me acuerdo». Otros pretenden abrir la posibilidad de entablar un conocimiento interactivo con la intención de favorecer el establecimiento de una relación virtual, a veces a través de contactos presenciales y otras, con el efecto sorprendente de, en ocasiones, llegar a producir verdaderos enganches con personas a las que no se conoce de nada y con quienes no se ha tenido nunca un contacto físico, fruto de las propias carencias narcisistas.

La condición líquida de las relaciones amorosas y sexuales ha dado luz verde a otras modalidades de expresión de la sexualidad, como la flexisexualidad, cuyo exponente podría ser el estribillo de Blur en Girls & Boys: «Chicas que son chicos que quieren que los chicos sean chicas, que se lo montan con los chicos como si fuesen chicas y que se lo montan con las chicas como si fuesen chicos», temas que, como hemos dicho más arriba, no vamos a tratar, pero que dejamos abiertos a la consideración de los lectores.

5. Recapitulación

En este capítulo hemos delimitado el concepto de pareja a aquella unión formada por dos personas, basada en el establecimiento de un «vínculo amoroso comprometido». Evidentemente, nos referimos a la pareja esponsal, no a cualquier otro tipo de pareja que pudiera imaginarse. Y a esta se refiere el título del libro.

Sin embargo, dada la actual crisis institucional que rodea el mundo de la pareja, e incluso el concepto jurídico de matrimonio, no resulta tan obvio saber de qué estamos hablando cuando nos referimos a ella. Dejamos de lado la cuestión de la orientación sexual predominante, y nos centramos en aquellos aspectos que son constitutivos de su naturaleza.

En primer lugar hay que incidir en los significados implicativos de la palabra «vínculo». Como todo concepto abstracto, remite en su etimología —vincula— a un objeto concreto: cadenas o ataduras, en latín. Hablamos, naturalmente, de un vínculo simbólico, no físico, al que desde el punto de vista jurídico se le ha otorgado en el ámbito del derecho matrimonial un carácter coactivo como resultado de un contrato que «obliga» —ob-liga, ata—. De este modo, no podemos considerar pareja esponsal el ligue ocasional resultado de una cita o la aventura de un fin de semana, lo que no significa que esos encuentros fugaces puedan llegar a ser el inicio de una relación vinculante. La creación de un vínculo requiere normalmente tiempo, aproximación progresiva y sentimiento de unión, que raramente se establece a partir de un fogonazo instantáneo.

Este vínculo tiene un carácter «amoroso». No es un vínculo de conveniencia sustentado sobre la intención de apropiarse de un patrimonio económico, resultado de un interés dinástico o subterfugio para obtener la nacionalidad en otro país, aunque estos puedan ser los motivos reales del enlace. Precisamente, la ausencia de un vínculo amoroso determina la naturaleza de los llamados matrimonios de conveniencia, llevados a término con el objeto de obtener benefi- cios jurídicos, económicos o sociales considerados fraudulentos a todos los efectos legales. El bienestar, la felicidad, el cuidado, el interés mutuo en una pareja solo puede ser fruto de un amor sincero, auténtico y espontáneo, aunque deba evolucionar y madurar a través del tiempo a fin de poder resistir y acomodarse a las variadas vicisitudes del ciclo vital. Este amor integrado, como veremos en los próximos capítulos, por Eros, Philia y Ágape, es el único capaz de otorgar entidad vincular al afecto nacido entre dos personas que se constituyen en pareja.

Es un vínculo afectivo, establecido a partir de una decisión voluntaria, no originado por generación —lazos de sangre—, sino fruto de un amor surgido de la atracción o el deseo —cóctel de hormonas—. En este sentido está vinculado a una declaración explícita de amor y a una promesa de permanencia o continuidad en el tiempo y de fidelidad en la exclusividad que llamamos «compromiso». No hay nada que nos ate o encadene, si no es el propio deseo, sobre el cual construimos nuestras promesas y asumimos nuestros compromisos, reforzados o no por un juramento religioso o civil, haciendo públicos de este modo nuestros votos —vota en latín, de donde procede la palabra «boda»— de amor, limitado solo por la muerte —«hasta que la muerte nos separe»—. Por este juramento, hecho ante una instancia o autoridad pública en presencia de testimonios, este compromiso adquiere un carácter contractual, el matrimonio, que da origen a una serie de derechos y deberes, objeto de una legislación específica en cada ordenamiento jurídico, civil o religioso. En ausencia de este juramento, el compromiso se sustenta únicamente sobre los sentimientos de los amantes que se implican en una relación que idealmente proyectan como infinita —«jurarse amor eterno»—, pero sometida en realidad a su duración temporal —«hasta que el amor se acabe»—. Aun así, la convivencia prolongada sobre la base de un vínculo amoroso al margen de cualquier intervención administrativa adquiere una dimensión legal, según los distintos códigos vigentes en cada circunscripción territorial, al aceptar la figura jurídica de «parejas de hecho».

En base a estos antecedentes vamos a intentar utilizar la palabra «pareja» con precisión, evitando confundirla con cualquier apareamiento transitorio o con el inicio prematuro o tentativo de una relación, de un rollo, de una cita o de un encuentro fortuito en unas vacaciones en Tailandia o a la salida de una discoteca. Es frecuente que en ciertos ambientes informales se utilice de modo indiscriminado en clara confusión con «ligue», «acompañante», partner, «novio o noviete», etc. Algunas palabras en retroceso en cuanto a su uso habitual como «cónyuge», «consorte», «esposo/a», marido o mujer, han ido siendo sustituidas directamente por la palabra «pareja»: «somos pareja», «mi pareja no ha venido», «cena de parejas», «intercambio de parejas», etc.

Dado que «pareja» es la única palabra que nos queda para referirnos a este fenómeno tan complejo de la relación de intimidad entre dos personas a la que alude, tal vez merezca que la tratemos con esmero, a la vez que con mirada analítica, aunque ya no tengamos fórmulas estables para hacerlo y debamos pensarla «a la carta».

2. ¿QUÉ ES EL AMOR?

Hay tres tipos diferentes de amor.Primero está eros: la pasión. Luego, philia: la amistad.Finalmente, ágape: el amor desinteresado.(André Comte-Sponville)

1. La mirada filosófica

Si en el capítulo anterior nos hemos referido al «vínculo amoroso» como base de la pareja esponsal, es lógico que nos preguntemos en primer lugar acerca de la naturaleza del amor si queremos indagar en su idiosincrasia. La cita con la que encabezamos este capítulo, aunque la encontramos en diversos autores con formulaciones más o menos parecidas (Riso, 2008; Villegas y Mallor, 2010), nos permite introducir este diálogo entre Víctor Amela y el filósofo Comte-Sponville (2012), donde se expone de modo muy claro qué debe entenderse por amor. A la pregunta «¿qué fue primero, el sexo o el amor?», Comte-Sponville responde:

Para la especie, el sexo. Para el individuo, el amor. Un acto sexual te trajo aquí, pero lo primero que descubriste aquí fue el amor de tu madre. Y, más tarde, el sexo. Una pulsión corporal que, sublimada en sentimiento, deviene amor. La pulsión es general e indeterminada, la sientes por muchas personas, y lo que hace el amor es singularizarla en una sola. El amor eleva al amado a un pedestal… pero el sexo con él será igual a como sería con otro. ¡Y esta tensión es muy deleitable! Las mujeres inventaron el amor. A una humanidad solo masculina le hubiese bastado el sexo, la guerra y el fútbol. Para ellas no era suficiente: amaron a sus hijos. Y enseñaron a amar a sus parejas y a sus hijos. Una mujer nos ha enseñado a todos a amar… La pasión erótica —eros— dura un año, ¡pero la pareja puede durar indefinidamente! El amor nace del deseo, que nace de la falta del otro. Si tienes a ese otro, ya no hay carencia, y sin carencia ya no hay deseo, y sin deseo… se murió el amor… Lo resume la tristísima frase de Schopenhauer: «La vida oscila entre el sufrimiento y el tedio». O sea, entre el deseo de lo que falta y la falta de deseo. Pero Schopenhauer puede superarse con Spinoza: puedes pasar del amor-eros al amor-philia, amor a lo que no falta, deseo de lo que tienes. ¡Son las parejas felices! Pasan de la pasión a la alegría constante de estar con el otro. Y la pareja deviene una aventura erótica más gratificante que la aventura pasajera. Y el sexo calienta más: conoces cada vez mejor el cuerpo del otro y dominas cada vez más el tuyo.

La mirada filosófica sobre el amor, a la que se adscriben los comentarios anteriores, es ajena a la función reproductora y se centra más bien en el análisis de la relación entre los amantes, como lo atestigua por ejemplo el interés por el amor homosexual en la antigüedad clásica, puesto que el objeto de su curiosidad es la comprensión del fenómeno del amor al preguntarse qué es lo que atrae a los enamorados a querer estar juntos hasta desear fusionarse en un solo ser. El mito del andrógino, reproducido por Aristófanes en El banquete de Platón, del que proviene la idea de las dos mitades presente en la imagen popular de «la media naranja», expresa claramente la función ontológicamente reparadora ejercida por el amor sobre la escisión, provocada por los dioses, de la naturaleza andrógina originaria de los hombres:

Dividida así la naturaleza humana, cada uno se reunía ansiosamente con su mitad. Abrazados, entrelazados, deseando fundirse en una sola naturaleza, morían de hambre y de inacción, porque no querían hacer nada por separado. Y cuando una de las partes moría quedando la otra en vida, esta buscaba otra mitad cualquiera y la abrazaba… Desde entonces, pues, es el amor recíproco connatural a los hombres, el amor que restituye al antiguo ser, ocupado en hacer de dos uno y en sanar la naturaleza humana.

Cuando alguien tropieza con su propia mitad queda sujeto a un maravilloso asombro hecho de amistad, confianza y amor, y ninguna de las mitades quiere entonces ser de nuevo separada ni por corto tiempo…Al deseo y persecución de la plenitud se llama amor… Afirmo pues que nuestra raza humana sería feliz si cada uno encontrara a su propio amado y volviera así a su originaria naturaleza… El Amor es pues… quien nos restablece a nuestro antiguo ser, nos sana, nos hace bienaventurados y felices.

La complejidad del fenómeno amoroso, de acuerdo con lo que llevamos dicho hasta el momento, llevó a los filósofos griegos a distinguir tres variedades en el amor: Eros, Philia y Ágape, que podemos considerar como los componentes necesarios de una relación de pareja, aunque no suelan darse de forma inmediata y simultánea, sino seguir un recorrido evolutivo ligado más a un proceso de maduración en la relación que a la secuenciación de unas fases más o menos previsibles. Sintetizando conceptos expuestos en la entrevista anterior, el filósofo francés André Comte-Sponville (2014) lo resume con estas palabras, con las que encabezábamos el capítulo:

Hay tres tipos diferentes de amor, que podemos designar cómodamente con sus nombres griegos. Primero está eros: la carencia, la pasión amorosa, el enamoramiento. Luego, philia: la amistad, la pareja, el amor que se comparte y da alegría. Finalmente, ágape: el amor desinteresado por el prójimo, el amor de caridad, el amor que da… El egoísmo forma legítimamente parte de eros: es amar al otro por mi propio bien, y no es nada condenable. Pero ninguna pareja puede conformarse a la larga con ese amor: ¡también hay que aprender a amar al otro por su propio bien! En definitiva, el egoísmo es un derecho humano, pero no una virtud. A menudo es el origen del amor. ¡Pero esta no es razón para encerrarse en él!

La ventaja evolutiva de la pulsión amorosa está claramente relacionada con la posibilidad de establecer las condiciones para continuar la función procreadora de la especie, dotando a dos individuos de la atracción suficiente como para unirse de un modo más o menos duradero, adecuado a este fin. En consecuencia, para asegurar la continuidad de la función procreadora bastaría con el impulso y la atracción sexuales, no siendo necesaria para ello una experiencia tan extraordinariamente devastadora como el enamoramiento. De hecho, los animales no se enamoran; entran y salen de períodos de celo de forma autorregulada, estableciendo uniones más o menos sólidas, estables o pasajeras según las especies, pero sin experimentar la pasión del amor, aunque a veces la lucha por conseguir la preferencia de las hembras pueda implicar auténticas batallas. A este comportamiento, sin embargo, no lo podemos llamar amor si no es por analogía antropomórfica: carece de los sentimientos y de las proyecciones que los humanos depositamos en él. Solo el ser humano se rinde a la seducción de Eros.

Entonces ¿qué es lo que lleva a los seres humanos a enamorarse? Posiblemente el hecho de que el amor cumple diversas funciones simultáneamente, mucho más allá de las estrictamente previstas por la naturaleza. Algunas se hallan claramente inscritas en ella, como la continuidad de la especie; otras se sitúan a caballo entre las expectativas naturales y las sociales, como la consecución de prestigio, belleza, poder, dominio y seguridad, valores que a su vez representan un reclamo o atractivo para posibles parejas; otras se ven afectadas por condiciones ambientales o circunstanciales más o menos pasajeras o estables; otras, finalmente, se remiten a características personales, expectativas y fantasías que solo pueden entenderse en una perspectiva simbólica e idiosincrásica, como dice Punset (2007): «De algún modo te enamoras de una invención de tu cerebro».

Entre estas diversas funciones están, por ejemplo, las modalidades que algunos psicólogos sociales (Hendrick & Hendrick, 1986; Lee, 1973) han descrito sobre la manera de concebir la relación amorosa:

eros, basada en la atracción física, la intensidad emocional y la relación apasionada;ludus, orientada a la diversión, la promiscuidad y diversificación de las experiencias;storge, fundamentada en la amistad y la lealtad;pragma, planteada a partir de la conveniencia referida a todos los aspectos de la vida;manía, obsesionada por la dependencia hacia el amante;ágape, centrada en la felicidad y el bienestar de la persona amada.

Desde una perspectiva más intimista el profesor de Psicología en la Universidad de Yale, Robert Sternberg (1989, 2002), propone una visión triangular de los componentes del amor, cuyos tres lados serían:

Pasión: activación neurofisiológica o emocional que lleva al romance, la atracción física y la interacción sexual.Intimidad: sentimiento de cercanía que obtiene una pareja que se atreve a asumir el riesgo mutuo de mostrar sus sentimientos y pensamientos más íntimos.Compromiso: decisión de amar a alguien —al principio— y a mantener —después— una relación que se está desarrollando.

La práctica coincidencia entre estos y otros autores, provenientes del ámbito de la filosofía, la psicología o la sociología en identificar estos tres componentes básicos del amor, puede ponerse de manifiesto en la gráfica 2.1, que sienta las bases para la comprensión de la dinámica de las relaciones amorosas de la pareja y que debe sustentarse a partir de la autoestima ontológica (Villegas y Mallor, 2015), sin la cual eros se convierte en fusión, philia en dependencia y ágape en sacrificio estéril.

GRÁFICA 2.1

2. Eros: el amor pasional

De la importancia del papel de Eros en la antigüedad clásica da fe el hecho de que fuera considerado una divinidad, en cuyo honor, precisamente, se celebraba el banquete en casa de Agatón, de acuerdo con el diálogo de Platón del mismo nombre, al que ya nos hemos referido anteriormente. De las muchas concepciones interesantes que se discuten en este diálogo merece particular atención la que se atribuye a Sócrates, el cual, sagazmente, y siguiendo su política de no expresar opiniones propias, lo que iría en contra de su método mayéutico, pone en boca de la sacerdotisa Diótima el siguiente relato:

El día que nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete. Al acabar este, Penia, es decir pobreza, se presentó para mendigar. Vio entonces en el jardín de Zeus a Poros, es decir ingenio, riqueza o recursos, embriagado por el néctar y adormecido. Buscando poner remedio a su indigencia, Penia decidió tener un hijo con Poros y, echándose a su lado, concibió a Eros.