Atrapados en el espejo - Manuel Villegas - E-Book

Atrapados en el espejo E-Book

Manuel Villegas

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Beschreibung

El término narcisismo remite al relato mitológico de Eco y Narciso, recogido por Ovidio en las Metamorfosis y, como tal tiene un carácter metafórico. Desde esta perspectiva, puede considerarse un fenómeno universal, específico de la especie humana, que atraviesa las distintas fases evolutivas desde la infancia hasta la edad adulta. El narcisismo presenta distintas modalidades relacionadas con el valor que se otorga a la propia imagen, reflejada en la mirada ajena y simbolizada por el espejo. Así, este fenómeno adquiere gran relevancia en la actualidad, debido al alcance de las redes sociales que lo promueven con la búsqueda constante del valor de la propia imagen a través de la mirada de los otros. Manuel Villegas ofrece en esta obra un completo estudio acerca de este fenómeno, con una mirada novedosa, en la que el narcisismo se aleja de perspectivas psiquiátricas o psicoanalíticas, y se acerca a las variedades específicas del momento evolutivo y del contexto existencial en que se configuran.

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Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Manuel Villegas

Atrapados en el espejo

El narcisismo y sus modalidades

Herder

Diseño de la cubierta: Toni Cabré

Edición digital: José Toribio Barba

© 2022, Manuel Villegas

© 2022, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN EPUB: 978-84-254-4932-1

1.ª edición digital, 2022

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

Índice

Introducción

El narcisismo como fenómeno humano

El síndrome del espejo

La fama

La comparación

Atrapados en el espejo

1. Del mito al concepto psicológico

Pequeña historia del término «narcisismo»

Eco y narciso: el amor imposible

Narciso en relación con los demás

La perspectiva clínica

El narcisismo de los narcisistas

La pandemia narcisista

2. El espejo mágico

Origen del narcisismo en el proceso de diferenciación del yo

Asimilación y acomodación

Proceso evolutivo de formación de la imagen

- Dificultades evolutivas en la diferenciación del yo

- El narcisismo proyectivo

- El narcisismo fusional: la suplantación del yo

- Negligencia y abuso: el déficit ontológico

Ser o parecer

3. La galería de los espejos

Un paseo por los salones de Versalles

Las tres modalidades de narcisismo

La perspectiva clínica

La perspectiva antropológica o existencial

De la metáfora política a la psicológica

4. El salón de los aristócratas

El narcisismo aristocrático

La modalidad exclusivista

La modalidad seductora

La modalidad despótica

La modalidad elusiva

La modalidad despectiva

La transversalidad del narcisismo

5. El olimpo de los meritócratas

El narcisismo meritocrático

La modalidad mística

La modalidad ascética

La modalidad idealista

La fatiga olímpica

6. El festín de los plutócratas

El narcisismo plutocrático

La modalidad cosmética

La modalidad crematística

La modalidad social

La modalidad virtual

La modalidad histriónica

La fragilidad del espejo

7. El espejo roto

La herida narcisista

Oscilaciones en la validación narcisista

La invalidación sistemática

La invalidación en la dinámica relacional de pareja

Mal de muchos

8. El espejo vacío

La psicoterapia del narcisista

Narcisismo y autoestima

- Pequeña historia del concepto de autoestima

- Concepto de autoestima

(Re)construir la autoestima

- Diferenciarse de la mirada ajena

- Desvelar la persona oculta bajo las apariencias

- Identificar y legitimar las propias emociones y necesidades

- Aprender a validarse socialmente

- Respetarse y hacerse respetar

- Conectar con el yo interior

Colofón y coda

Referencias bibliográficas

Información adicional

Introducción

EL NARCISISMO COMO FENÓMENO HUMANO

Cuando hablamos de narcisismo, hablamos de nuestra imagen. Y cuando hablamos de autoestima, hablamos del valor (a-precio) que atribuimos a nuestra imagen y que estamos dispuestos a defender a toda costa. Así que no es extraño que el narcisismo pueda ser considerado una experiencia universal y transversal. En este sentido, no hace falta imaginarse personajes estrafalarios o engreídos para pensar el fenómeno del narcisismo (Burgo, 2015; Malkin, 2016).

El narcisismo es una cuestión que nos concierne a todos y que la aparición de las redes sociales no ha hecho más que potenciar. Continuamente estamos proyectando nuestra imagen a través de plataformas como Instagram, Facebook u otras, inundándolas de las fotos que previamente hemos tomado con nuestro teléfono móvil. Estas fotos llevan un nombre, selfies, que ya lo dice todo: fotos que yo he tomado de mí mismo, por mí mismo y para mí mismo, aunque luego las pueda compartir con otros para que, a su vez, me devuelvan sus comentarios.

Naturalmente, nuestra imagen no se reduce solo a la representación de la apariencia corporal externa por medio de técnicas fotoquímicas o electrónicas, propias de la tecnología moderna. Ya los romanos fueron maestros en el retrato escultórico de grandes personajes, que podían pagarse el laborioso trabajo del artista que esculpía sobre piedra o fundía en bronce la figura de sus mecenas, tradición que retomaron los artistas renacentistas, barrocos y neoclásicos, siglos después.

El valor dado a la imagen física o apariencia corporal tiene atenazada a gran parte de la población, tanto masculina como femenina, y se halla relacionada con fenómenos como el culto al cuerpo y la moda, o entre los factores desencadenantes de patologías graves, entre ellos, los trastornos alimentarios (Villegas, 1997). Ellen West (1888-1921), una paciente anoréxica que en su época fue diagnosticada de esquizofrenia, prefirió suicidarse antes que «llegar a ser vieja, gorda y fea», lema que encuentra su equivalente en el estribillo de la canción de María Isabel López: «antes muerta que sencilla», con el que una niña de 9 años embaucó a un auditorio dispuesto a jalear la cosificación del cuerpo de la mujer.

EL SÍNDROME DEL ESPEJO

La imagen que tenemos de nosotros mismos no es de nuestra exclusiva pertenencia, sino que habitualmente se forma a partir del reflejo que recibimos o imaginamos recibir de los demás. De este modo, la mirada de los otros se convierte en el espejo en el que nos vemos reflejados, haciendo efectivo aquel aforismo de Antonio Machado en uno de sus proverbios y cantares: «el ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve». Y en esa mirada ajena y enajenante es donde se produce el enamoramiento narcisista de la propia imagen. De este modo, el «espejo» desempeña un papel simbólico, a la vez que real, en el narcisismo.

La dama del espejo

Miriam ha cumplido recientemente 50 años. En la actualidad vive con su segunda pareja, el padre de su tercer hijo, que la maltrata psicológicamente. Conserva todavía un cuerpo atractivo, lo que ha sido la obsesión de su vida. Cuando era joven, se sentía una de las mujeres más bellas del mundo, pero tenía prisa por llegar a los cincuenta, porque estaba segura de que no tendría rival a esa edad; pero ahora se da cuenta de que está perdiendo atractivo y que su pareja puede llegar a rechazarla y ligarse a otras mujeres. Acude a terapia por unos celos que siente «incontrolables».

La imagen que tiene de sí misma no es como persona, sino como mujer deseable a los ojos de los hombres. Según ella, la mujer ideal:

Es una mujer bonita, ni deslumbrante ni sosa, con ideas muy claras, profesional y personalmente; cuerpo proporcionado sin celulitis, sin estrías, sin defecto. Una mujer poderosa y segura de sí misma, que consigue lo que quiere, a quien quiere y que no duda. A ojos de un hombre, una mujer perfecta o la mejor para él.

Hasta ahora, y aún ahora, para mí la imagen ideal de la mujer la he aprendido de la idea que sacaba de los hombres. Es decir, mi punto de vista «masculino»: mujer sencilla pero guapa, humilde, femenina, que da su brazo a torcer, sacrificada, entregada, pasional y coqueta.

Soy mujer porque soy mujer. No hay más. Sí que es verdad que fuera de los hombres me siento juzgada por las mujeres, siempre he tenido problemas con ellas. Pero ser mujer para mí es maravilloso; fuera del ámbito de los hombres, me aporta sensibilidad, empatía, dedicación… Pero no por ser mujer, sino por ser yo misma.

El único handicap de ser mujer, para mí, es tener que justificarte, porque luces de alguna manera ante las mujeres, y en el caso de los hombres, demostrar que tras la fachada hay alguien.

En el diálogo terapéutico que sigue a esta autodescripción, Miriam remacha el clavo, diciendo:

MIRIAM: Siempre me ha gustado que los demás me admiren y que se den la vuelta al pasar. Siempre ha sido así… Es un defecto que he tenido siempre, me ha gustado que me miren y ahora me miro al espejo y digo: «fíjate, ya se te está arrugando la cara y ya te estás volviendo fea, mira el pelo que se te está cayendo, la barriga que no se me quita». Yo misma me voy viendo, que ya he perdido, que ya no sirvo para que la gente me mire…

TERAPEUTA: Yo me pregunto, ¿de joven qué importancia le dabas al físico, a tu cuerpo?

M.: Siempre le he dado mucha importancia al cuerpo y a la inteligencia. Primero al cuerpo, después a la inteligencia. Porque teniendo el cuerpo siempre entras: tienes un buen cuerpo y vas arreglada y se te abren todas las puertas, ya puedes estar con la gente y la gente te admite.

T.: Estás diciendo que lo que vales es como cuerpo, no como persona. La inteligencia viene luego, porque con el cuerpo se entra en la sociedad. O sea, me aceptan a través del cuerpo. Entonces si el espejo me dice que mi cuerpo es deseable, esto es lo que vale…

M.: Sí, esto lo pienso muchas veces y digo: ¿y yo quién soy? Y me siento vacía.

T.: Exacto, este es el tema. Pero si estoy con mi pareja, aunque me maltrate, significa que existo para alguien; pero si este alguien no me hace caso, ni me mira, entonces ¿quién soy yo? Es ahí donde me coge el «síndrome del espejo».

LA FAMA

Otra imagen que puede alcanzar un valor mucho más alto que el de la apariencia física es la que corresponde a la reputación social en los distintos ámbitos de la vida, cuyo significado condensamos en la palaba «fama». También entre los antiguos encontramos relatos dirigidos a ensalzarla e invocarla, hasta el punto de que para ellos era una de las divinidades de la mitología de la Edad Antigua, con su correspondiente altar en la ciudad de Atenas.

La fama (etimológicamente, «lo que se dice de alguien») mueve el mundo del deporte, del cine o del espectáculo, del poder, de la moda e incluso de la ciencia. Ha sido buscada por aquellos a quienes sonríe y denostada por aquellos a quienes maltrata. En su célebre Oda a la vida retirada, Fray Luís de León la rehúye como fuente de alteración del estado de ánimo, cuando escribe: «No cura si la fama / canta con voz su nombre pregonera / ni cura si encarama / la lengua lisonjera / lo que condena la verdad sincera».

En la actualidad, cualquier personaje avispado con una cámara, y aprovechándose de una plataforma digital al uso —YouTube, TikTok u otras—, puede llegar a ser alguien famoso sin demasiado esfuerzo, recogiendo miles de seguidores y convirtiéndose en influencer, de un día para otro, casi sin salir de casa.

La fragilidad de la fama es también una experiencia universal, hasta el punto de que ha llevado a muchos a morir por alcanzarla o suicidarse antes que perderla. Difamar, por tanto, es uno de los peores ataques a la integridad personal, puesto que priva a la persona de su dignidad social y suscita uno de los sentimientos más destructivos, la vergüenza. La vergüenza es uno de los sentimientos sociales más primarios hasta el punto de que en algunas culturas, como la japonesa, está bien visto que una persona se dé muerte a sí misma para reparar su honor o evitar la deshonra a través del ritual suicida seppuku, más conocido habitualmente entre nosotros como harakiri. Su carácter ritual le otorga a esta forma de suicidio un aspecto reparador o expiatorio.

La fama puede valer más que la vida

En enero de 1993 Jean Claude Romand asesinó a su mujer Florence, a sus dos hijos y a sus padres e intentó suicidarse. Todo antes de que se descubriese que, desde los 18 años, su vida se había sustentado sobre una gran mentira que habían creído todos sus familiares, padres, esposa e hijos: nunca se había licenciado en medicina, como la gente suponía, ni trabajaba para la OMS en Ginebra; mantenía su burgués estilo de vida a base de estafar a sus allegados con falsas inversiones. Una mentira de la que él era el único conocedor y artífice.

El periodista y escritor Emmanuel Carrère (2000) se vio impelido a averiguar qué podía mover a una persona a cometer una atrocidad semejante, pero también se vio empujado a descubrir qué había llevado a un hombre aparentemente normal a vivir en una mentira desmedida de la que la tragedia solo era la consecuencia, quizás inevitable.

Fruto de esta curiosidad fue el relato periodístico novelado, obtenido a través de una continuada y larga reconstrucción dialogada con el propio protagonista de la tragedia, publicado con el título de El adversario.

La pregunta que inquietaba a Carrère era cómo podía ser posible que un hombre serio y formal, padre de familia, bien adaptado en su contexto social, hubiera podido llegar a esta situación a partir de una mentira banal. La reconstrucción de los hechos nos pone en la pista para comprenderlos.

Jean Claude había cursado la carrera de medicina, pero no había obtenido el título, a falta de una asignatura de la que no se examinó y que le impidió completar las matrículas de los cursos posteriores. Sin embargo, nunca comunicó a su familia, por vergüenza, esta situación deficitaria, sino que les hizo creer que había obtenido la titulación correspondiente. Seguramente tenía los conocimientos: asistía siempre a clase, ayudaba a los compañeros, pero nunca regularizó su expediente.

En estas condiciones no podía ejercer y se inventó un trabajo ficticio en la OMS, a cuya sede en Ginebra acudía diariamente desde su residencia próxima en la frontera francesa. Allí pasaba las horas de «trabajo» en la biblioteca o en el parking del edificio o daba vueltas por los bosques o visitaba distintas ciudades y volvía casa, al final de la «jornada laboral». Para aportar un sueldo estable a la familia, desarrollaba una actividad paralela en base a préstamos e inversiones, que le permitían acumular un remanente del que extraía mensualmente «la paga». Así fue durante casi veinte años, vacaciones incluidas.

El invento se fastidió porque Jean Claude se metió en algunos líos de faldas, el último de los cuales sospechó que alguna cosa no iba bien. La recién estrenada amante vivía en París y él tuvo que inventarse algunos motivos para viajar a la capital. Tratándose de París y de la OMS no era difícil fingir algún congreso que le permitiera pasar unos días con ella. En uno de esos encuentros y ante las suspicacias que levantaron en él las dudas de ella, pretendió asfixiarla. La mujer huyó aterrorizada del coche y él emprendió una rápida vuelta hacia su residencia.

Llegado a casa Jean Claude asesinó a sus padres con una escopeta de caza, que estos tenían en el garaje, así como a la mujer y a los hijos con la misma arma. Luego prendió fuego a la casa para morir también él dentro y borrar con ello las pruebas. Quería preservar su honor incluso después de muerto. Sin embargo, los vecinos advirtieron el fuego y llamaron a los bomberos, que le rescataron con vida. En su caso, la pelota cayó del lado contrario al esperado en su Match Point particular.

A partir de aquí empezó un largo proceso, de meses y años, hasta que Jean Claude aceptó contar su historia al periodista, desde su celda en la prisión. ¿Cuáles eran los motivos que le habían llevado a actuar de este modo?

El problema se planteó cuando falló en cumplimentar un examen de la carrera de medicina, lo cual le situaba en la condición de tener que volver a matricularse en la asignatura. Ahí se torció la historia. Posiblemente su vida posterior habría sido muy distinta sin ese desliz. Su autoconcepto, tal vez meritocrático, no podía admitir esta imperfección. ¿Cómo él, un chico estudioso y brillante, había podido fallar en una asignatura? Lo ocultaría a sus padres y a su entorno inmediato, para que no se supiera.

Se casó y tuvo dos hijos, todo dentro de la más absoluta «normalidad». Sus acciones iban dirigidas a proteger su «honorabilidad» y a evitar la vergüenza. De este modo, un desliz insignificante, presente en el curriculum académico de cualquier estudiante de medicina que se ve obligado a repetir alguna que otra asignatura, se convirtió en una trampa mortal, de la que no podía escaparse. Se trataba de preservar la imagen, un auténtico reto narcisista. Y lo consiguió, durante años.

Sin embargo, el enamoramiento parisino, así como la dificultad en seguir manteniendo los trapicheos económicos vinieron a desestabilizar el conjunto del sistema. No podía continuar manteniendo mucho más tiempo esta situación sin delatarse ante la familia, los padres, la esposa y los hijos.

La alternativa a estos dilemas fue la destrucción de los testigos (incluidas las personas más próximas) y las pruebas físicas (incluido el propio protagonista y la casa) para evitar la vergüenza, no para expiar la culpa. En esta hecatombe estaba decidido a morir él también, pero salvando su honor aparente, simulando un asalto y un posterior incendio, cometido por algún ignoto asesino.

LA COMPARACIÓN

Los seres humanos son la única especie cuyos individuos no están de acuerdo consigo mismos y por eso no cesan de compararse: quisieran ser otros o como otros, o más que otros, aunque con frecuencia se vean inferiores a ellos. Comparar significa emparejar, es decir, poner de lado un par de individuos o colectivos para señalar o destacar las igualdades y las diferencias, las superioridades o las inferioridades de uno respecto a otro.

Estas comparaciones ya las hacen los padres desde que nacen sus hijos, los vecinos de la escalera y los profesores de la escuela que los ven crecer, y los niños, cuando juegan en el patio o compiten entre ellos. Las revistas del corazón o los programas de televisión continúan esta labor de zapa, una vez crecidos. Y lo más habitual es que las personas lo continúen haciendo por sí mismos, durante toda la vida. Niños y adultos son comparados en belleza, fuerza, riqueza, inteligencia. Se establecen competiciones deportivas y concursos de cocina, se conceden premios Oscar en Hollywood, premios Nobel de las más diversas ramas del saber en la Academia de Ciencias en Estocolmo y medallas al mérito deportivo en las distintas sedes olímpicas, cada cuatro años.

Me reflejo en el espejo

A veces estas comparaciones tienen por objeto aspectos tan banales como la longitud del pene. Esto es lo que pasó en una sesión de terapia grupal en la que la preocupación de un paciente sobre este complejo llevó a otro miembro del grupo, a quien llamaremos Carlos, a desarrollar este diálogo.

CARLOS: Claro, lo que pasa es que los hombres se miden por eso, a veces… Sobre todo de pequeño te comparan. Claro, es una parte importante. O sea, se entra en la comparación de yo más que tú. Y en los críos pasa mucho, o en los líderes. Siempre hay uno que manda más y otro que está más humillado y el otro que se rebota y eso siempre está y lo estará. Se forman como bandas. Uno tiene más personalidad o tiene más don de gentes, el otro es más cohibido y tiende a la soledad y siempre hay… A mí me pasaba, ¿no? Yo pasaba bastante de los líderes y había tenido problemas por pasar de los líderes, o sea no me gustaba que me manipularan. Y no me gustaba todo esto, y huía. Pasaba de ellos y entraba en conflicto por esto, por pasar. Se crean como unos estatus entre los críos, ¿no?… Los críos lo sufren. Y en eso, formas de cierta manera tu personalidad en el futuro. Si tú eres de una manera de pequeño, de adulto es posible que continúes igual. Si te dejas dominar por alguien, serás bastante sumiso en el futuro. Y el que es líder lo será. A mí siempre me hubiera gustado ser líder y nunca lo fui. Pero no dependía de mí, no iba conmigo y yo no me sentía bien siendo líder, o sea, es complejo…

TERAPEUTA: Permíteme que te detenga aquí. Tú dices, «me hubiera gustado ser líder, pero no me sentía bien». ¿Qué quieres decir con esto?

C.: Porque, para mí, ser líder implica mandar.

T.: Por ese factor, claro; pero ahí hay una disociación. Justamente cuando a alguien no le va algo, ¿por qué tiene que desear algo que no le va?

C.: Porque te comparas con los demás.

T.: Ese es el problema. Es decir… Por eso querías volver al tema que planteaba el compañero. Porque, bueno, estas comparaciones también, lo que tu decías del espejo. Entonces llega un momento en el que, por ejemplo, a la anoréxica, el espejo no le sirve. O sea, la objetivación de la imagen no sirve. Porque la fuente de eso es el hecho de que uno se disocia… ¿Por qué una persona tiene que modificar su cuerpo para poder aceptarse? Es decir, cuando uno está en un punto donde no puede aceptarse sin modificarse, sin agredirse —porque la anorexia es una agresión—, cuando uno tiene que agredirse, entonces quiere decir que la aceptación está condicionada a una imagen. O sea, la imagen puede más que la sensación. Yo me siento… Pero dices, yo no me siento líder.

C.: No, no, pero yo lo comparaba a que el líder siempre era más masculino, de pequeño.

T.: No, no, un momento, un momento. Esa es una connotación falsa. Es decir, la masculinidad no viene por el liderazgo. Y, además, ¿por qué hay que ser líderes? ¿Por qué hay que ser dominante? Es decir, ¿por qué?

C.: Bueno, pero es que estas cosas ya se aplican desde pequeño. Está el alumno más brillante, el alumno más tonto, ¿no?

T.: Sí, pero ahora somos adultos. Ahora somos adultos y tenemos dos responsabilidades. Una con nosotros mismos y otra, si hay hijos, con nuestros hijos. O sea, con nosotros mismos, ¿por qué nos continuamos aplicando esquemas que son ajenos a nosotros? ¿Por qué nos los creemos?

C.: Porque nos comparamos con los demás.

T.: Eso. ¿Y por qué nos comparamos?

C.: Porque queremos ser como ellos.

T.: ¿Y por qué queremos ser como ellos y no como somos?

C.: Para sentirnos más felices.

T.: No, para sentirnos más felices, no. Mentira. Porque nunca te sentirás más feliz siendo distinto de ti. Eso es un engaño, eso es una mentira.

C.: Para coger el mismo nivel, para no quedarse atrás. Tienes que estar al mismo nivel que los demás, simplemente. Yo, por ejemplo, hubiera estudiado y veo una persona que ha estudiado y veo que le va bien y que me acomplejo al lado de esa persona. Yo no he estudiado por una serie de motivos. A mí estudiar se me daba bastante bien. Con mucho esfuerzo, pero sacaba buenas notas. Pero yo me comparo con esa persona. Mira esa persona estudia y tiene tal y yo… nada.

T.: Porque de entrada, cuando tú estudiaste ya no lo hiciste porque te interesara estudiar. Lo hiciste porque te interesaba compararte.

C.: Y para superarme personalmente.

T.: Para superar, para superar. Atención, para superar aquella situación en la que te sentías humillado, pero no porque te interesara estudiar.

C.: No, no, que va.

T.: O sea, si a ti no te interesa estudiar, no tiene por qué interesarte. Que te interese estudiar no te hace ni mejor ni peor. Lo que te hace mejor o peor es compararte. Esto es lo que te hace mejor o peor, que son adjetivos comparativos. Porque en el momento en que te comparas puedes encontrar siempre motivo para sentirte inferior. Siempre.

C.: Sí, sí. Y es un cuento de nunca acabar. Nunca, porque siempre habrá alguien mejor, haciendo…

T.: Lo que sea. Y si me comparo en deporte o en pintura o en no sé qué… Siempre seremos distintos, nunca seremos nosotros.

C.: Pero uno llega a ese extremo a base de carencias. Cuando tú tienes carencias…

T.: No es verdad. Tú tienes lo que tienes. Lo que pasa es que no lo aceptas. A ver, si uno es bajito, entonces, ¿qué tiene que hacer? Estirarse los huesos. Si uno es alto, ¿qué tiene que hacer? Cortarse la cabeza.

C.: No, si uno es bajito, no tiene más remedio que aceptarse.

T.: Pero hay gente que no se acepta.

C.: De acuerdo, no se acepta. Pero es que la única posición que le queda es la de aceptarse.

T.: Y, entonces, ¿por qué no aceptamos aceptarnos? Esta es la pregunta.

C.: Porque nos reflejamos en los demás y vivimos de los demás y no vivimos nosotros mismos.

T.: Ese es el problema.

C.: Vivimos de las expectativas de los demás y eso es un error.

T.: Ese es el error.

ATRAPADOS EN EL ESPEJO

O sea que hay un error. Y ese error consiste en vivir pendientes del reflejo de los demás. Su mirada, real o imaginaria, se convierte en el espejo en el que quedamos atrapados. Ya no nos percibimos solo desde dentro (autopercepción) sino que nos vemos y evaluamos desde fuera. La imagen que refleja el espejo, aunque plana, bidimensional, invertida y frágil, suplanta la presencia; la apariencia sustituye la esencia.

El retrato de Dorian Gray

Este atrapamiento en el espejo se halla muy bien simbolizado en la novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde (2010 [1890]). Dorian Gray era un joven sumamente agraciado. Quiso el destino que el físico de Dorian llamase la atención de un renombrado artista, y este emprendió la tarea de pintar su retrato. También atrajo el interés del diletante Lord Henry, que se encargó de enseñar a Dorian los modos y maneras para desenvolverse en un mundo de sofisticación.

Con halagos, Lord Henry sedujo a Dorian y le hizo creer que era muy especial debido a su excepcional belleza física. Convenció al joven de que estaba obligado a conservarla. Pero ¿cómo se pueden evitar los estragos del tiempo? Dorian empezó a estar muy preocupado por su apariencia. Apenado, pensó que la imagen del cuadro siempre lo mostraría como un joven radiante, feliz y guapo, mientras él envejecería y se iría deteriorando.

Me haré viejo, horrible, espantoso. Pero la imagen de este cuadro continuará siempre. ¡Si fuese al revés! ¡Si yo me conservase siempre joven y el retrato envejeciera! ¡Daría cualquier cosa por eso! ¡Daría el alma!

Y eso fue lo que sucedió. Los años pasaron sin que su físico mostrara el menor signo de envejecimiento o de cambios. A los 50 años parecía que tuviera 20. Ninguna arruga que pudiera reflejar las preocupaciones de la vida surcaba su rostro. Su secreto era el retrato, que envejecía por él y mostraba la fealdad de una existencia vivida sin sentimientos. Pero Dorian había escondido el retrato y nunca lo miraba.

Aparte de Dorian, nadie conocía la existencia del cuadro con excepción del pintor y de Lord Henry. Cuando el artista quiso ver de nuevo el retrato, Dorian lo asesinó. No obstante, al final Dorian no pudo resistir por más tiempo la curiosidad que sentía, ni la inquietud creciente que le atormentaba por dentro. Se arriesgó a ir hasta el sótano donde guardaba el cuadro y descorrió el velo que lo cubría. La expresión retorcida y torturada del rostro envejecido que vio le causó tal horror que cogió un puñal y rasgó el lienzo. A la mañana siguiente, sus sirvientes encontraron a Dorian caído en el suelo frente al cuadro, con un puñal clavado en el corazón.

1. Del mito al concepto psicológico

PEQUEÑA HISTORIA DEL TÉRMINO «NARCISISMO»

El término «narcisismo» fue introducido en el campo de la psiquiatría por Paul Näcke en 1899, equiparándolo a una perversión sexual por la que «un individuo da a su cuerpo un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual». Esta forma de autoerotismo era considerada por el autor como una «enfermedad».

El sexólogo británico Havelock Ellis había usado con anterioridad la palabra «narcisismo» en un estudio psicológico sobre el autoerotismo, describiendo la raíz mitológica y literaria del mito de Narciso, a la vez que extendía el alcance de su significado a comportamientos no manifiestamente sexuales.

Posteriormente, en 1908, Isidor Sadger, discípulo de Freud que intervenía en las reuniones de los miércoles en Viena, lo introdujo definitivamente en la terminología psicoanalítica. A partir de 1910, aparece frecuentemente en los escritos de Freud (1914, 1916 y 1923), y ocupa un lugar muy especial en los de otros autores posteriores, como Lacan (1938, 1946, 1983) o Kohut (1966, 1968, 1971), quien lo conceptualizó como un trastorno de personalidad, al igual que Otto Kernberg (1975) o Theodore Millon (1976).

Al introducir la distinción entre narcisismo primario y secundario, Freud propuso la utilización del término en referencia a un estadio normal en el desarrollo de la libido. Por narcisismo primario entiende Freud el estado indiferenciado «inherente a la pulsión de autoconservación», y en este sentido «no sería una perversión», sino un estado de unidad originaria, anterior a la diferenciación sujeto-objeto.

Aparte de la oscuridad de los términos en que se expresa la terminología psicoanalítica, apta solo para iniciados, y las controversias en el seno de la propia escuela, hay que recordar que Freud mismo, como corrobora Ernest Jones, no estaba nada satisfecho con su propia elaboración del concepto. Así, el 16 de marzo de 1914 escribía en carta a Abraham: «El narcisismo fue un parto difícil y presenta todas las deformaciones consiguientes».

Aunque la elaboración psicoanalítica del concepto de narcisismo ofrece aportaciones sugerentes, prescindiremos en adelante de ellas, a causa de las razones apuntadas y de la perspectiva genético-estructural de la que partimos, dentro de cuyo marco concebimos el trastorno narcisista de la personalidad como un déficit de descentramiento (Villegas, 2011), como una incapacidad de diferenciación entre el sujeto y su mundo, que continúa construyendo de forma egocéntrica.

En cualquier caso, el término narcisismo remite al relato mitológico, recogido, entre otros, por Ovidio en las Metamorfosis y, como tal, tiene un carácter metafórico, que presidirá nuestra exposición a lo largo de este libro y que reproducimos en síntesis a continuación.

ECO Y NARCISO: EL AMOR IMPOSIBLE

El mito de Eco y Narciso remonta la historia al adivino Tiresias, quien al nacer el bellísimo Narciso, hijo de la unión de la ninfa Liríope y del viento Cefis, predijo que viviría muchos años «si no llegara nunca a conocerse a sí mismo».

Al ser tan bello, era deseado por todos, pero él, engreído en su superioridad, los rechazaba sistemáticamente, creyendo que solo podría enamorarse de una divinidad. Un día yendo de cacería por el bosque, perdió a sus amigos y empezó a gritar: «¿hay alguien por aquí…?». Y oyó una voz que decía: «por aquí…». Esta voz era la de Eco, la ninfa que había sido condenada por Juno a carecer de voz propia y repetir solo las últimas palabras que llegaban a sus oídos. Eco era incapaz de hablar por sí misma. Estaba privada de tener discurso, pero no de tener sentimientos propios, y se había enamorado de Narciso. Escondida en el bosque estaba esperando la ocasión para encontrarse con él, hasta que esta se produjo. Narciso entonces siguió preguntando: «¿Estás aquí, a mi lado?». Y Eco respondió: «a mi lado». «Acércate», dijo Narciso. Y Eco repitió: «acércate». «Juntémonos», exclamó Narciso, a lo que Eco respondió: «juntémonos».

Estas palabras dieron a Eco el pretexto para salir de su escondite tras los árboles y echarse al cuello de Narciso para besarle, el cual, al verla, la rechazó como hacía con todo el mundo. Eco, desconsolada, se escondió de nuevo en el bosque para pasar el duelo, languideciendo poco a poco hasta convertirse en las rocas que repiten el eco de la voz. Por eso existe el eco en las montañas, que no es otra cosa que la voz de la ninfa que repite las últimas palabras de quien las pronuncia.