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¿Para qué ayudamos?; ¿por qué algunas personas se sienten tan empujadas a ayudar?; ¿es que lo necesitamos?; ¿estamos hechos para ayudar? Las relaciones de ayuda constituyen un proceso poliédrico, dinámico, que transforma y enormemente movilizador. Profundos movimientos intrapsíquicos e intersubjetivos danzan abrazados entre aquel que ayuda y quien recibe el cuidado o la atención. Este libro te permitirá comprender las motivaciones que bullen en el aparato psíquico cuando nos disponemos a ayudar. La aproximación psicodinámica que proporciona esta obra, recogiendo aportaciones de las principales escuelas clásicas y contemporáneas del psicoanálisis, desvela las dinámicas desordenadas que pueden enturbiar la ayuda prestada a los demás.
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Seitenzahl: 231
Veröffentlichungsjahr: 2020
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© 2020UNIVERSIDAD PONTIFICIA COMILLAS
C/ Universidad Comillas, 3
28049 Madrid
© 2020 Alberto Cano Arenas
ISBN: XXXXXXXXXXX
Depósito Legal: M-7112-2020
Diseño de cubierta: Belén Recio Godoy
Fotocomposición: Rico Adrados, S.L.
Abad Maluenda, 13-15 bajo • 09005 Burgos
Conversión ebook: Dolphin Tecnologías
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AL P. IGNACIO BONÉ, SJ
IN MEMORIAM
A MIS ABUELOS
¿Por qué esta ansia, este amor,
estos supremos anhelos en el hombre?
¿Por qué existe un destino de amar,
bárbaro y triste, en la ruina de carne
que movemos?
M. Alonso Alcalde, Hoguera viva
Solamente pretendiendo el ayuda de las ánimas,
con toda sinceridad
Ignacio de Loyola, Constituciones de la Compañía de Jesús
ÍNDICE
PRÓLOGO
CAPÍTULO 1. AYUDAR A LOS OTROS:UN FENÓMENO HUMANO QUE NOS ASALTA
CAPÍTULO 2. PULSIÓN Y NECESIDAD DE AYUDAR
1. AMOR Y ODIO: LA PULSIÓN DE AYUDAR
2. HETEROCONSERVACIÓN Y AUTOCONSERVACIÓN: LA NECESIDAD DE AYUDAR
CAPÍTULO 3. BUCEAR EN LA MOTIVACIÓN:INTRODUCCIÓN A UNA SANA SOSPECHA
1. EXAMINAR EL DESEO: ES POSIBLE EL AUTOENGAÑO
2. SISTEMAS MOTIVACIONALES
2.1. Sistema sexual-sensual
2.2. Sistema narcisista
2.3. Sistema de autoconservación-heteroconservación
2.4. Sistema de regulación psicobiológica
2.5. Sistema de apego
3. LA INEVITABLE INSATISFACCIÓN: ANGUSTIAS, NORMATIVIDAD Y RECURSOS DEL YO
CAPÍTULO 4. DEFENDERSE AYUDANDO
1. CONFLICTOS INCONSCIENTES
2. LA AYUDA DEFENSIVA
3. DEFENSAS SIMPLES Y DEFENSAS COMPLEJAS
3.1. Defensas simples
3.2. Defensas complejas
CAPÍTULO 5. APUNTES PSICOANALÍTICOSSOBRE EL APARATO PSÍQUICO EN EL AYUDAR
1. RELACIONES OBJETALES E IDENTIDAD RELACIONAL
2. INTERSUBJETIVIDAD
2.1. Conducta no reflexiva
2.2. Permeabilidad afectiva
2.3. Configuración self-otro
2.4. Intersubjetividad
3. ESPECULARIZACIÓN
4. AYUDA Y SUPERYÓ
4.1. Ideales y normas
4.2. Autoobservación
4.3. Conciencia crítica
4.4. Superyó y personalidad en el ayudar
CAPÍTULO 6. CÍRCULO NARCISISTA DEL AYUDAR
1. EL NECESARIO NARCISISMO NORMAL
1.1. Representación de sí mismo
1.2. Representación de los otros
1.3. Factores superyoicos
1.4. Capacidad de gratificación
2. LA AYUDA NARCISISTA
2.1. Obtención de una imagen valorizada de sí
2.2. Amortiguación de la severidad del superyó
2.3. El predominio narcisista en el ayudar
CAPÍTULO 7. OTROS CÍRCULOS CARACTERIALESDEL AYUDAR
1. LA AYUDA MASOQUISTA
1.1. Masoquismo narcisista
1.2. Masoquismo moral
1.3. Conseguir amor inspirando lástima
2. LA AYUDA CULPOSA
3. LA AYUDA DEPRESIVA Y LA AYUDA PARANOIDE
CAPÍTULO 8. SUPERAR EL NARCISISMO
1. DEL YO IDEAL AL IDEAL DEL YO
2. EMERGENCIA DE LA ALTERIDAD
CAPÍTULO 9. SUPERAR LA SOSPECHA
1. AYUDA GENUINA
2. ALTRUISMO
3. MADUREZ Y LIBERTAD
CAPÍTULO 10. LA AYUDA NOS RECOMPONE
1. CULPA
2. REPARACIÓN
CAPÍTULO 11. ALERTAS EN CLAVE RELACIONAL
1. TRANSFERENCIA Y CONTRATRANSFERENCIA
2. LA CRÍTICA
3. ERÓTICA DEL AYUDAR
CAPÍTULO 12. DEJARSE AYUDAR
1. EL CUIDADOR
2. DIFICULTADES PARA DEJARSE CUIDAR
BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
SEBASTIÁN MORA ROSADO
Una noche de frío invierno, tomando una infusión, una chica residente en la Casa de Acogida de Cáritas Madrid para enfermos de VIH/SIDA me asaltó con esta pregunta: ¿por qué vienes a ayudar? No recuerdo qué le contesté. Seguramente mis mecanismos de defensa impiden que me acuerde de mi torpe argumentación. Sí recuerdo que no me esperaba la pregunta y que me pilló desarmado. Desde entonces, hace más de veinte años, no he dejado de ver su rostro interrogándome a lo más profundo de mi alma: ¿por qué vienes a ayudar?
Mi vida, personal y laboral, se ha movido de forma permanente entre personas, grupos y organizaciones que han hecho del “ayudar” su misión y su vocación. Especialmente en los ámbitos sociales y de la cooperación internacional. En toda esta trayectoria, vital y profesional, me he topado con lo más excelso del ser humano y, al mismo tiempo, he bajado a los infiernos más sulfurosos del imperio de la injusticia. He convivido con personas y comunidades que se han gastado y desgastado por sacar a flote una ligera sonrisa; por construir un puente al futuro para personas desplazadas y expulsadas de este mundo inmisericorde. He podido contemplar, a flor de piel, la “disposición instintiva al amor” (idea que el autor utiliza con profundidad y toma prestada de Otto Kernberg) que brota del fondo más genuino de lo humano. Pero también, con todo el dolor de mi corazón, he palpado cómo el “ayudar” se ha convertido, algunas ocasiones, en estructura de poder, dominación y abuso. Esta ambivalencia del “ayudar” me ha descorazonado, no pocas veces, al no poder comprender e interpretar los mecanismos que se ponen en juego en las personas que nos denominamos “ayudadores”.
Al leer este libro, que tengo el honor de prologar, con su propuesta de “psicología de la sana sospecha”, he podido encontrar una novedosa arquitectura de compresión del proceso –en palabras del autor– “poliédrico, dinámico, transformador y enormemente movilizador” del ayudar. Me ha permitido hacer memoria y recordar (volver a pasar por el corazón) vivencias y experiencias que han adquirido una nueva luz. He rememorado los numerosos encuentros con voluntarias y voluntarios de Cáritas en labores de ayuda tratando de desentrañar nuestras motivaciones, razones y pasiones del ayudar. He vuelto a escuchar, en mi interior, las reiteradas frases enunciadas miles de veces por las personas que intentamos, a veces sin acierto, hacer “bien el bien”. Frases que el autor va exponiendo a lo largo del texto, dotándolo de frescura narrativa, y que testimonia que Alberto no solo es un investigador del ayudar, sino que se ha manchado las manos y el corazón en los procesos de ayuda. Recibo más de lo que doy, no sé qué haría sin ellos, les ofrezco lo que realmente necesitan, no puedo descansar mientras quede alguien pasándolo mal... Estas y tantas otras viñetas, como Alberto denomina su capacidad de ejemplificar, adquieren en la lectura rostros y acontecimientos concretos. Este es el primer aspecto que me gustaría destacar. Nos confrontamos con un libro teórico; es decir, fundamentado, articulado, consistente y coherente. Pero, al mismo tiempo, con una clara pretensión práctica. No es el clásico libro de “autoayuda”, que por desgracia tanto abunda en nuestros días, sino un estudio serio y riguroso, desde la perspectiva psicodinámica, que está abierto con naturalidad al uso práctico de grupos y organizaciones.
Tal como narra varias veces el autor, no es una obra sobre las “patologías del ayudar”, sino sobre la inmensa humanidad que conlleva el proceso de ayuda. Ahora bien, como buen psiquiatra y jesuita, sustentado en la espiritualidad ignaciana, no puede menos que enarbolar una cierta psicología (filosofía) de la sospecha. La feliz expresión del filósofo Paul Ricoeur, al acometer un estudio sobre Freud, otorga la clave hermenéutica de todo el libro. Al fijarnos en los diferentes resortes que se ponen en juego en el proceso de ayudar, no podemos pasar por alto ciertos “dinamismos intrapsíquicos y elementos intersubjetivos que, de forma especial, danzan abrazados entre ayudado y ayudador”. Estos dinamismos son ambivalentes y paradójicos, tal como es el ser humano en su profundidad más recóndita. Las fronteras entre la luz y las tinieblas pueden estar más enredadas de lo que pretendemos cotidianamente. Nos defendemos ayudando, crecemos ayudando, nos transformamos ayudando en un dinamismo complejo e incierto que se tambalea por las fronteras de la ambivalencia. Ahora bien, esta sana sospecha no puede hacernos caer en una visión “penalizadora del ayudar”. Ayudar, y este es el esfuerzo teórico más importante de la obra que presentamos, es “una relación de amor en la que la experiencia de la alteridad posibilita nuestra progresiva madurez humana”, que renace entre sospechas, pulsiones y deseos. Pero necesitamos, y este es el desarrollo fundamental de la obra, dar un rodeo hermenéutico para hacer preguntas a nuestras estereotipadas respuestas. El ayudar genuino es posible y necesario, pero debe ser amasado desde una sana crítica y autocrítica.
En el ámbito de los cuidados sanitarios es muy usual emplear la figura del “sanador herido”. Esta imagen nos confronta, en los procesos de ayuda, con nuestros dinamismos interiores y nuestra íntima vulnerabilidad. El proceso de ayudar, y es una idea fuerza del autor, nos confirma la constituyente herida esencial que nos hace humanos. Nos hace comprendernos como seres edificados sobre la finitud, la vulnerabilidad y la fragilidad. En esta constitutiva precariedad del ser humano el denominado “yo” es, “hasta la medula de sus huesos, vulnerabilidad extrema” (Levinas). Sin mencionar esta figura del “sanador herido”, que tiene resonancias mitológicas en el sacrificado Quirón y que tematizó Carl Jung, el autor nos sitúa permanentemente en la “fuerza que brota de la debilidad”. La dinámica del ayudar nos proporciona elementos de autoconocimiento que llevan implícita la integración de las propias sombras. Sombras que no inhabilitan el ayudar, sino que lo contextualizan en su grandeza y su fragilidad. Además, nos recuerdan que tan importante como ayudar es dejarse ayudar para recrear esa danza, que mencionábamos anteriormente, entre el ayudador y el ayudado.
Citando al teólogo belga Adolphe Gesché, nos muestra cómo el ayudar nos sirve para comprender(nos) en los demás el “enigma que somos”. Nuestras heridas, tamizadas por la sana sospecha y reconstruidas, son ámbito de sanación, de comprensión y madurez. Las heridas no agotan la genuina ayuda, que no solo es posible, sino que es liberadora y real. Esta es la buena noticia de este interesante estudio. La sospecha, la vulnerabilidad que somos, nuestras sombras más recónditas, juegan un papel esencial en la dinámica del ayudar. Ahora bien, no extinguen el anhelo de que “en lo recóndito de sí, toda vida persigue la virtud, la excelencia, la bondad”, como nos recuerda el autor citando a García-Baró.
Es más, el ayudar no es un accidente añadido al dinamismo del ser humano. El ayudar es una auténtica “necesidad de las personas”. Esta contundente afirmación que hace el autor, fundado en el enfoque modular-transformacional de Hugo Bleichmar, tiene profundas consecuencias antropológicas y éticas. El psiquismo normal se despliega desde un sistema motivacional que requiere ayudar, que necesita la impronta del otro para humanizarnos desde la alteridad. La conservación y procura del otro (heteroconservación) es clave y fundamental en el proceso de madurez humana. El ayudar no solo se constituye desde el juego agresivo y pulsional del psiquismo; más bien despliega dinamismos proactivos que constituyen la alteridad como algo inviolable y santo, tal como Alberto señala en la introducción.
El autor termina su escrito con una sana intención: “ojalá las páginas de este libro ofrezcan un intento que ayude a conjugar la hermenéutica de la sospecha, en palabras de Paul Ricoeur, con una hermenéutica de la esperanza”. Sin duda, esta es la clave sobre la que gira la propuesta teórica y su dimensión práctica: cómo ser esperanzados sin ser acríticos. En los entornos de la ayuda demasiadas veces somos personas que profesamos un “optimismo sin esperanza” (Eagleton). Optimismo que descansa en una cómoda vida sin autocrítica y que se convierte en una auténtica religión de los satisfechos. La llamada psicología positiva, llevada a su extremo, acaba exaltando seres irreales en mundos ideales. La hermenéutica de la esperanza, sin embargo, requiere reflexión y compromiso (sana sospecha), y debe ser cultivada y cuidada mediante una continua práctica crítica (discernimiento) que reconoce las sombras y los fracasos pero no se rinde frente a ellos. Como he dicho en algún otro sitio “la esperanza es una virtud teologal subversiva porque activa las energías humanas hacia la transformación social” pero tiene, a decir de Péguy, la fragilidad de una pequeña niña. Porque la esperanza brota, las más de las veces, como latencia inadvertida en las sombras de la vida. Sombras que, tras leer este libro, adquieren luces novedosas que “barruntan la salvación” (Domínguez).
Aquella frase con la que comenzaba el prólogo, que tras veinte años me continúa haciendo hoy Nines (¿por qué vienes a ayudar?), sigue formando parte del misterio de lo humano. Pero hoy, tras pasear por el libro que presento, es un misterio abierto a nuevas preguntas que me estiran a la esperanza.
CAPÍTULO 1
AYUDAR A LOS OTROS:UN FENÓMENO HUMANO QUE NOS ASALTA
De las muchas relaciones que establecemos los seres humanos entre nosotros, el ayudar posee un sentido singular y una resonancia especial. La relación de ayuda es un fenómeno ubicuo, común, corriente, habitual. En ocasiones explícito y delimitado, como ocurre en determinados entornos profesionales o vocacionales (docentes, educadores, sanitarios, religiosos, misioneros) y sociales (voluntarios, cooperantes, benefactores). Pero otras muchas inherente al fluir cotidiano de la vida y a los roles que vamos desarrollando en nuestra interacción. Es el caso de las figuras paternas, los amigos, familiares, compañeros de estudio y trabajo, colegas o incluso desconocidos con los que nos podemos cruzar en un momento de necesidad.
Todas estas experiencias son fenómenos distintos entre sí. Distintos en cuanto a su origen, sentido, finalidad, motivación y significado cultural. Cualitativamente no nos serían difíciles de diferenciar. Pero, sin embargo, comparten un núcleo fundamental: la especial conjunción entre otro que parece necesitar y uno que parece tener algo que está dispuesto a dar1. Justamente este sentido de lo “causal” es lo complejo y lo provocador del ayudar: ¿quién de los dos es el que necesita?; ¿quién el que da?; ¿qué es lo que se da y cuál es el don?; ¿qué es lo que se recibe y cuál la necesidad? Pero hay más: ¿para qué ayudamos?; ¿por qué algunas personas se sienten tan empujadas a ayudar?; ¿cómo es que resulta tan complicado cambiar de orilla y dejarse ayudar?
Pues bien, estas y otras preguntas son las que despierta un modo de relación así de particular. Un acontecimiento que nos asalta en lo cotidiano, que quizás en muchas ocasiones orienta nuestro desempeño vital y que ciertamente –de forma casi irrenunciable– nos cuestiona en el propio modo de funcionar. Por todo ello plantearemos un sencillo abordaje psicodinámico de la relación de ayuda y de los movimientos que se dan en el ayudar. Y lo haremos procurando entretejer continuamente, en un baile lo más sincronizado posible, los dinamismos intrapsíquicos y los elementos intersubjetivos que, de manera especial, danzan abrazados entre ayudado y ayudador.
La aproximación será, sobre todo, una humilde psicodinámica de la vida cotidiana, en la línea de una psicología de la sana sospecha. Y su objetivo, echarnos una mano para entender lo que bulle en nuestro aparato psíquico cuando nos disponemos a ayudar. Ojalá pueda ser una propuesta útil para hacernos más libres y conscientes en el caso de que decidamos dar un paso adelante en el camino de lo que vamos a denominar “el sano y genuino ayudar”. Por tanto, nos centraremos de forma prioritaria en los dinamismos psíquicos que acontecen en la persona que ayuda2, desde una perspectiva psicodinámica y orientada a individuos psíquica y clínicamente “sanos”. No será, pues, una exposición predominantemente de la patología del ayudar. Con todo, sí nos detendremos en los signos de alarma que permiten sospechar el juego de mecanismos inconscientes movilizadores de tal actividad. Y lo haremos a través de conceptos psicopatológicos que provienen tanto de las escuelas clásicas como contemporáneas del psicoanálisis3.
En nuestro imaginario vamos a tener especialmente presente el tipo de relación de ayuda que se establece en lo que comúnmente conocemos como “voluntariado”, por ser este un modo de ayudar explícito, delimitado, elegido y reversible. Aun así, las conclusiones a las que lleguemos serán fácilmente extrapolables a otros escenarios de ayuda. Intentaremos huir de reduccionismos y sesgos a la hora de analizar, describir y categorizar este fenómeno complejo, especialmente de aquellos de tipo psicologicista. Sin embargo, somos conscientes de que el modelo psicoanalítico que vamos a emplear –situado en su buen contexto– nos puede dar pistas y claves útiles para proyectar algo de luz y claridad.
Por tanto, analizaremos únicamente las estructuras y dinamismos psíquicos implicados en el ayudar, sin pretender dar respuestas o juicios de tipo moral, ontológico, religioso ni espiritual (Domínguez, 2006, pp. 25-56). Lo haremos con especial atención al sentido psicoanalítico de los movimientos psíquicos que se dan en él, sabiendo que el ayudar es un proceso poliédrico, dinámico, transformador y enormemente movilizador. Y que, por ende, no se deja sustantivar4. Pero sí vamos a apostar activamente por dos elementos que resultarán claves en este análisis.
El primero consiste en partir de una visión despenalizada del ayudar, entendido principalmente como una relación de amor donde la experiencia de la alteridad5 posibilita nuestra progresiva madurez humana6. Es decir, en el sentido de una “función fundamental de la vida” que es resultado de nuestra “disposición instintiva al amor” (Kernberg, 1991, pp. 106-128). Por eso, de fondo latirá una suspensión del juicio con respecto a posturas que reducen la ayuda a mero producto liberador del masoquismo narcisista o del narcisismo moral. Sin duda, existen elementos masoquistas –y otros muchos inconscientes– que influyen en el ayudar. Justamente será esto lo que trataremos de descifrar. Pero no nos cabe duda de que, al mismo tiempo, el ser humano se encuentra impulsado y es fundamentalmente capaz de un genuino ayudar. Un ayudar a la vez ambivalente –como ocurre en tantísimas ocasiones de la vida– pero que no invalida su legitimidad.
El segundo elemento es igual de importante y estará presente como bajo continuo en todo momento: la inviolabilidad y la santidad del otro. Una línea de flotación que no se asienta en voluntarismos ni buenismos de tipo intelectual, sino que se sostiene en la experiencia radical de sabernos distintos de los otros; de saber a los otros distintos de uno mismo; de descubrir también que en mí hay algo semejante al otro; y, en el otro, algo semejante a mí.
Desde aquí vamos a elaborar esta mínima psicodinámica, situada de forma prioritaria en un plano teórico, aunque también ilustraremos el contenido con ejemplos cotidianos y concretos7. Nos apoyaremos en distintas escuelas psicoanalíticas para tratar de rescatar los aspectos más interesantes e iluminadores de cada una de ellas. En definitiva, en palabras que Hugo Bleichmar (1997) recoge de Sigmund Freud, intentaremos que todo esto nos permita barruntar la “insatisfacible carga de anhelo” (p. 36) que se vislumbra en nuestro ayudar.
1 Un ejemplo inspirador, narrado desde la experiencia personal del autor, puede encontrarse en Perlman, H. H. (1979). Relationship: The heart of helping people. Chicago: University of Chicago Press.
2 Un enfoque desde la psicología social, centrado fundamentalmente en el receptor de la ayuda y en la dinámica relacional que se establece entre ayudado y ayudador, puede encontrarse en Nadler, A. (2015). “The other side of helping: Seeking and receiving help”, en Schroeder, D. A., y Graciano, W. G. (2015), The Oxford Handbook of prosocial behavior. New York: Oxford University Press.
3 Para una visión sintética (y, al mismo tiempo, crítica) de los conceptos clave del psicoanálisis, cf. Eagle, M. N. (2017). Core concepts in classical psychoanalysis: Clinical, research evidence and conceptual critiques. New York-London: Routledge; Eagle, M. N. (2017). Core concepts in contemporary psychoanalysis: Clinical, research evidence and conceptual critiques. New York-London: Routledge. Otra aproximación interesante (sobre todo si se quiere profundizar en los conceptos de “pulsión”, “libido”, “inconsciente”, “narcisismo” o “relación de objeto”) es la que ofrece De Mijolla, A., y De Mijolla-Mellor, S. (2003), “Lo pulsional y sus destinos”, en De Mijolla, A., y De Mijolla-Mellor, S. (2003). Fundamentos del psicoanálisis. Madrid: Síntesis. Para un recorrido inicial por la historia y los modelos psicoanalíticos, cf. Álvarez, J.M., Esteban, R. y Sauvagnat, F. (2004), “Los modelos psicoanalíticos en psicopatología”, en Álvarez, J.M., Esteban, R., y Sauvagnat, F. (2004). Fundamentos de psicopatología psicoanalítica. Madrid: Síntesis.
4 De ahí que no hablemos sin más de la ayuda sino de el ayudar.
5 “Alteridad” como emergencia del otro en la familia, la pareja, el ambiente de trabajo, el grupo social o los contextos de voluntariado. A lo largo del texto nos centraremos de manera particular en este último escenario o situación.
6 Dice Pedro Fernández Castelao (2003), en su reflexión acerca del pensamiento de Paul Tillich: “El hombre puede intentar asimilar al otro o, incluso, puede destruirlo. Pero únicamente en el respeto auténtico de la alteridad del prójimo se hace efectiva la moralidad que convierte al hombre en persona. Moralidad que queda frustrada en caso contrario. El encuentro interhumano se revela, pues, como fuente de la constitución de la persona. En dicha constitución el hombre se encuentra con un límite en su desarrollo, que (...) tiene un carácter imperativo: el otro yo” (p. 225).
7 Nuevamente, nuestra intención será evitar reduccionismos o caricaturizaciones en las viñetas prácticas, pues en cada persona se dan complejidades mucho mayores de lo que nuestros términos y descripciones pueden abarcar.
CAPÍTULO 2
PULSIÓN Y NECESIDAD DE AYUDAR
1. AMOR Y ODIO: LA PULSIÓN DE AYUDAR
¿Por qué ayudamos? Más incisivamente, ¿es que necesitamos ayudar? O, más aún, intentando profundizar hacia la raíz, ¿estamos hechos para ayudar? No resulta excesivamente difícil ni controvertido afirmar que los seres humanos tenemos tendencias amorosas muy profundas, necesidades inherentes de contacto, de relación, de querer estar con otros. De hecho, en múltiples ocasiones ocurre que cuando no se encuentran satisfechas se desata entonces la agresividad. Este movimiento es lo que Otto Kernberg (1991) ha denominado “disposición instintiva al amor” (p. 128), y que podemos intuir como un ansia del hombre por sentirse amado y por amar. Pues bien, sin querer aniquilar la complejidad que supondría dejar a la ayuda libre de toda sospecha8, situaremos inicialmente el ayudar en la senda de ese instinto de amor que nos traspasa. Ayudar y sentirse ayudado sería, por tanto, una concreción pulsional del amor. Pero vayamos paso a paso.
Desde el modelo psicoanalítico clásico propuesto por Freud distinguimos, dentro del aparato psíquico, entre “instinto” y “pulsión”. Por “instinto” nos referimos a las tendencias de naturaleza puramente biológica que imperan en el psiquismo9; tendencias, por ejemplo, de tipo alimenticio o de tipo sexual. En cambio, el concepto de “pulsión” comprende dichos instintos –sin duda empujados por la biología– pero en tanto que modulados, transformados y organizados por el entorno; y dentro de este entorno se incluyen indudablemente los otros (Bleichmar, 1997, pp. 236-238). Además, para Freud estamos gobernados por el interjuego o equilibrio entre dos principios del suceder psíquico: el “principio del placer” y el “principio de realidad”.
Siguiendo su teoría, los seres humanos nos organizamos inicialmente para responder al deseo: somos algo así como esclavos del placer. Y es más adelante, a lo largo del desarrollo y la maduración, cuando nos podemos hacer capaces de atender, además, al principio de realidad. En este sentido, ¿qué ocurre dentro de nosotros cuando vemos a alguien que pasa necesidad?; ¿por qué rápidamente se desatan esos movimientos internos de preocupación por el otro?; ¿de dónde viene la tendencia primera a ayudar?; ¿qué deseamos realmente hacer con aquel a quien consideramos necesitado?; ¿qué nos lleva finalmente unas veces a responder ante lo que vemos y otras a escapar?
Al hablar del deseo no podemos seguir adelante sin hacer una breve anotación que nos permita tener presente desde ya un descubrimiento freudiano esencial: el “inconsciente”. El inconsciente es ese lugar psicológico repleto de motivaciones, deseos y justificaciones. Algunos de los pensamientos, emociones y conductas que derivan de él están compartidos en la consciencia –con la que se establece cierta interrelación– y podemos tener más fácil acceso a ellos. Sin embargo, otros son deseos inconscientes, de tipo erótico o agresivo, por ejemplo; por tanto, desconocidos, que la consciencia evita reconocer. Pues bien, tengamos presente este apunte, ya que resultará de gran importancia para encontrar respuestas a algunas de estas preguntas.
Pero vamos ahora a dar un salto más. Si nos fijamos en el desarrollo del pensamiento psicoanalítico encontramos de forma clara una primera etapa, centrada en la “teoría freudiana de la libido” (antes de 1920); y un segundo período (posterior a ese año), tras la reformulación que realiza el mismo Freud, caracterizado por la introducción conceptual de la “pulsión de muerte” o “pulsión de destructividad”. La “teoría de la libido” categoriza el psiquismo de forma preferente desde la satisfacción de pulsiones sexuales; es decir, desde el objetivo de obtener un placer o evitar un displacer. Para ello el individuo emplea distintos mecanismos de defensa, a fin de conseguir resolver el conflicto que esto genera con la menor ansiedad. Más adelante, será sobre todo Melanie Klein –desde su “teoría de las relaciones objetales”,aunque también el propio Freud– quien sostenga que el conflicto fundamental no radica tanto en las pulsiones sexuales como en las pulsiones destructivas10.
Entonces, ¿de qué estamos hechos?; ¿qué predomina en nuestra constitución: la ayuda o la agresividad?; ¿cuál es nuestro deseo profundo: preocuparnos del otro o atender a uno mismo?; ¿mirar a quien pasa necesidad o desentendernos de él por lo que nos puede complicar? Como vemos, encontramos en el edificio psicoanalítico dos pulsiones fundamentales: “libido” y “agresividad”. O, usando otros términos que pueden resultar más cercanos a la relación de ayuda: amor y odio. Y, al mismo tiempo, también contamos con dos principios rectores del aparato psíquico: el “principio de placer” y el “principio de realidad”.
Pues bien, amor y odio son dos pulsiones que no permanecen estáticas, sino que se desarrollan en la relación con los objetos. Pero, más aún, son dos pulsiones que coexisten y cohabitan en el psiquismo de cualquier individuo. Son dos pulsiones, pues, que no pueden estar sino en conflicto. Por tanto, ¿es posible que estemos hechos para ayudar?; ¿qué significaría la ayuda en caso de que esto fuera cierto? Si ponemos en juego los elementos anteriormente descritos nos aventuramos a lanzar nuestra hipótesis fundamental: el ayudar es la integración sana y madura entre los deseos de amor y odio, entre las pulsiones de libido y agresividad, entre los principios de placer y realidad; y esto con un triunfo siempre conflictivo del amor sobre el odio en la consideración sagrada de la alteridad.
2. HETEROCONSERVACIÓN Y AUTOCONSERVACIÓN: LA NECESIDAD DE AYUDAR
En estrecha relación con el concepto freudiano de pulsión, aunque acrisolado y pulido por los avances psicoanalíticos de las últimas décadas, emerge la idea de “sistema motivacional” como ladrillo fundamental del “enfoque modular-transformacional” propuesto por Hugo Bleichmar (1999). Desde esta perspectiva psicodinámica, los distintos sistemas o módulos hacen referencia a necesidades específicas operantes en el psiquismo normal (Winograd, 2018). Por tanto, si bien es cierto que su desadaptación puede producir patología, no parece que deban ser entendidos como algo negativo e hiriente sino, más bien, como algo constitutivo e inherente al ser humano, que permite que nos entendamos con mayor profundidad.
Así, defenderemos el ayudar como una necesidad básica del psiquismo sano. Y lo haremos huyendo de forma deliberada de cualquier tipo de conceptualización de este término que nos haga caer en la depreciación, la devaluación, la penalización o la sospecha primigenias sobre la relación de ayuda por el mero hecho de considerarla una necesidad11. Para ello vamos a desarrollar la modularidad del aparato psíquico de forma más completa y detallada en los próximos capítulos. Por el momento nos apoyamos en una de estas necesidades –la “necesidad de conservación”, típica del psicoanálisis– para plantear y sostener nuestra aproximación desde este enfoque particular.
Aun a riesgo de ser redundantes, nos parece de vital importancia remarcar el papel del entorno, y más específicamente de lo que viene de los otros significativos, en la constitución y desarrollo de las necesidades. En palabras del propio Hugo Bleichmar (1999), se produce un “encuentro entre lo puramente instintivo y lo que viene del otro, para dar lugar a un producto que, amalgamando ambos componentes, es lo que podríamos llamar pulsión, en el sentido psicoanalítico moderno”. De este modo, en el caso que nos ocupa, entender el ayudar como una necesidad supone asumir que no es solo un instinto humano de naturaleza biológica, sino que se ve influido de forma muy importante por el aporte y la impronta de los demás en el sujeto.
