Bernabé - Ángeles Senegal - E-Book

Bernabé E-Book

Ángeles Senegal

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Beschreibung

Bernabé es una historia basada en hechos reales que recogen las duras y difíciles experiencias vividas de tantas personas anónimas de nuestra sociedad, pero capaces de marcar un antes y un después a través de nuestros protagonistas. De igual forma ocurre con los sueños lúcidos o déjà vu que como un enigma o un misterio quedan silenciados o no tenidos en cuenta, mientras Bernabé se atreve a darles vida con total naturalidad. Bernabé es una historia que tal vez cale en tu interior porque también podrías ser tú cualquiera de los protagonistas y si fuese así por un momento consigas adentrarte en ese otro camino y ser capaz de descubrir que lo intuiste desde siempre por sentirte diferente, pero que desconocías cómo llegar a él. Esta obra te sumergirá de manera diferente cada vez que abras sus páginas y como en la noche de San Juan podrás sentir el regalo de su magia.

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Seitenzahl: 373

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Ángeles Senegal

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Charles Sebastian

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-970-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Dedicado muy especialmente a mis hijos y a todas las personas que quieran entender que nacer tiene un sentido y morir tiene un porqué.

Prólogo

Somos una raza dividida y amenazada desde siempre por las ideologías y los credos.

Los falsos propulsores de la igualdad se cubren con la máscara del ego camuflando en sus bocas de serpiente la intolerancia permisiva o dictatorial con la que justifican su falta de conciencia, violando la dignidad humana y robando la creatividad de los soñadores.

Alzan su bandera frente a todos los que, no viendo la gravedad del contenido, defienden y apoyan actos de tan importante relevancia sin entender la magnitud de las terribles consecuencias.

Es urgente salvar y dignificar a los que fueron las raíces extensas de nuestros antepasados, porque ellos en nuestro corazón grabaron sus huellas y todos somos historia.

Despierta tu conciencia, amigo, amiga, y entiende que el buen hacer del hombre debe ser en su totalidad como principio básico de toda existencia. Cada uno somos un mundo único y ese mundo tal y como lo hagamos será nuestro mundo.

Levanta la cabeza sin miedo y sé valiente afrontando en la medida de tus posibilidades todo aquello que cada uno de nosotros debemos cambiar.

Fue, es y será la única lección que nos enseñó Jesús y recuerdan los grandes maestros espirituales libres de ideologías, dogmas o credos a través de los siglos.

Nos demostró que se puede conseguir un cambio de conciencia atreviéndonos a desobedecer las leyes que son injustas y denunciar el hambre como la más terrible violencia ejercida contra la humanidad (Mahatma Gandhi).

También nos demostraron el poder del adoctrinamiento los más corruptos y perversos humanos a través de la historia y fueron coronados de gloria por ello.

Pocos a día de hoy advierten que sus raíces internas contaminadas de odio se extienden como serpientes abarcando la conciencia interior de la raza humana en el mundo entero, dejando al descubierto la inacción de los cobardes, la depravación de los descreídos y la provocación de los violentos frente a la déspota y desmesurada ambición del poder.

Vivir como un buen ser humano es llevar a cabo un verdadero compromiso con nosotros mismos donde el objetivo común sea conseguir humanizarnos, ser seres completos, porque de no hacerlo habremos vivido en vano cayendo en los abismos donde nos aguardan las sombras del hedonismo y la superficialidad que envilecen al hombre.

Todos miran atrás culpando a nuestros ancestros del mal presente sin entender que de no enmendar sus errores en nosotros siendo capaces de cortar sus feroces raíces, caeremos en el vacío de la oscuridad y será el fin para la humanidad, aunque los poderosos ansíen encontrar la pócima inexistente de la eternidad.

De Ley

La anciana cayó en un profundo trance se levantó de su vieja silla y arrastrando sus pies cansados por la alfombra de esparto comenzó a enrollarla hasta el borde del diván, metió la mano en el bolsillo de su envejecida bata y sacó de él una preciosa bolsista aterciopelada de color púrpura, desanudó lentamente por la torpeza de sus dedos el fino cordel dorado que cerraba su abertura y volteando la bolsa dejó caer una llave en la palma de su mano.

Era una llave pesada como esas llaves que solo guardan tesoros y como si creyera que alguien se la iba a robar la apretó con fuerza llevando su puño guardián directamente al corazón.

Respiró con fuerza y sin que pudiera contener el aire dejó salir de entre sus gastados labios un suspiro tan hondo que pareciese haber sido cautivo de la eternidad.

Desconfiada miró con recelo de un lado a otro de la habitación, la anciana siempre sintió que junto a ella pudiese haber alguien sin carne, ni hueso, pero sí portadora de una sutil esencia que se hacía presente tras de sí, sin que por ello se hiciera visible nunca, pero ambas ya formaban parte la una de la otra.

Esa extraña sensación de compañía la tuvo desde niña y a día de hoy la seguía percibiendo, pero cada año que iba sumando a su vida su energía podía sentirla con más intensidad tanta, que muchas veces quienes la conocían podían creer que conversara con algún allegado o allegada con quien mostraba una estrecha intimidad y por su estrecha relación pareciese que entre ambas un cordón invisible ataba sus corazones o mucho más que eso, sus almas, aunque ni hoy ni nunca nadie que la conociera podría confirmarlo con férrea certeza.

En estos instantes no era el caso, pues esta vez el silencio hacía notar solo su presencia con el soplido solido que escapaba de sus labios a la vez que respiraba.

Despacio bajó su cuerpo y sentándose en el suelo como una niña dispuesta a jugar pasó dos veces las yemas de los dedos por la tarima vieja que se ocultaba bajo la alfombra, esa vieja alfombra de esparto que minutos atrás había enrollado y guardando el resto de sus dedos en la cavidad de la mano le permitió al índice, su dedo de la responsabilidad como ella lo llamaba actuar en su nombre. Alzó su mano y dirigiendo su dedo hacia la frente por encima de sus ojos se golpeó con un pequeño toque como quien avisa si hay alguien que quiero entrar y volviendo a llevar su dedo al suelo comenzó a dibujar un círculo tras otro formando una larga espiral que bien podría traspasar los confines de la Tierra.

Haces de luces iban entrando por la ventana y uniéndose a sus dedos iban creando un precioso mándala multicolor mientras sus labios susurraban palabras para ser escuchadas únicamente por los entendidos de la ley antigua y que ni la misma anciana podría traducir o repetir dos veces por ser tan solo catalizadora de tan prodigioso misterio.

Solo los llamados anteriormente y ahora ella comprendían que el hueco de aquella cerradura fue capaz de guardar sin delatar jamás el más grande de los secretos y lo seguiría haciendo hasta que la humanidad dejara de negarse a despertar su conciencia.

Dejándose llevar por el ritual que la dirigía como el rio dirige las aguas tapó con la palma de su mano la sagrada abertura y abriendo la otra se quedó contemplando la llave, una minúscula llave, pero llena de eternidad.

Era una llave fascinante tan vieja y pulida que con solo mirarla se podían intuir los muchos siglos que tenía vividos desde el primer día de su forja hasta hoy por eso a pesar de su pequeño tamaño podía ser tan pesada.

Era tan poderosa su fuerza que no evitaba mostrar su empeño por quedarse esperando en el tiempo, sabía que su valor y su obediencia eran la fortaleza de los que sabían aguardar hasta ser hallados.

Los testigos que poseyeron la llave guardiana de las puertas sagradas intuían sabiamente que un tesoro siempre debería ser guardado con celo y permanecer oculto para no ser jamás hallado por los ignorantes y los necios.

Solo se le podría revelar un secreto de tanta magnitud a quien con la lucidez del entendimiento fuese capaz de atreverse abrir las puertas necesarias hasta conseguir sobrepasar los infiernos del mundo y llegar hasta la séptima puerta llamada Liberación.

La anciana estaba a punto de atravesar la sexta puerta, ella sentía que su caminar en este mundo estaba concluyendo, que apenas le quedaba tiempo.

Ella sabía que era hora de pasar el testigo y había comprendido en este día que entre los allí presentes esperaba sin saberlo quien debería relevarla.

Intuía que debería ser una mujer de temperamento impetuoso, pero de alma templada cuya fortaleza forjada en los infortunios podía reconocer con sencillez donde termina el dolor en una mirada perdida, la luz tras la oscuridad y saber del amor de Dios tras la última lágrima.

Aquella mujer se encontraba sin aún saber que solo ella de los allí presentes debería ser la encargada de dar a conocer el camino de la verdad haciendo visible la belleza de su senda, después de limpiar la maleza que durante siglos la tuvo oculta, como oculta y enterrada por el espesor enredado de las zarzas se hallaba la última puerta con un pase a la eternidad.

Todos y todas los que se encontraban allí reunidos en el mismo instante en que la anciana cayó en trance observaban expectantes sin tener nada que pensar y sin creer saber si habría algo que decir, solo guardaban silencio mientras esperaban ansiosos descubrir los secretos que se escondían custodiados bajo una vieja tarima de olivo cubierta por aquella vieja alfombra de esparto.

Quién lo diría, quién lo habría pensado o imaginado, un tesoro tan grande oculto bajo unos tablones astillados y viejos como la anciana que los custodiaba.

Estaba siendo un momento inmemorable, los testigos sumergidos en el más absoluto silencio podían intuir que estaba a punto de salir a la luz por las manos de aquella anciana única en el mundo algo grande, algo único.

No tenía nada que perder había llegado su momento y debía entregar el conocimiento que muchos años atrás le fue entregado por su predecesor a ella.

Por esa razón y no por otra solo la anciana mujer podía ser capaz por mandato divino atreverse a desvelar a la humanidad lo que allí se hallaba guardado desde tiempos inmemorables.

Un legado sellado por la experiencia de hombres y mujeres tocados con el don supremo que debería ser entregado a los nacidos en el día, hora y año señalados para ser el relevo portador de tan valioso testigo.

Hombres y mujeres que dando igual su edad, credo o condición social, donaron cada uno en su momento la sabiduría única que les fue trasferida para ser catalizadores por generaciones hacia cuantos quisieran escuchar la verdad y aprender a vivir por un bien tan único como propio.

Un conocimiento legado para los que no cediendo su libertad y quedando fuera de cualquier ideología o dogma hecho por el hombre para someterlo sería siempre rehusado.

Una verdad desvelada y donada por los siglos de los siglos por un solo hombre con esencia del mismo Dios para ser trasmitida por aquellos que encontrando el camino oculto tras la maleza fueran los encargados de ir abriendo las puertas y guardando la llave capaz de abrir la puerta siguiente conduciendo a los hombres en la última etapa de su existencia a la liberación de la eternidad.

La anciana incorporó su cuerpo se postró de rodillas, acercó la llave y la introdujo en el hueco de la cerradura.

Todos los que compartían aquel instante pudieron contemplar sin que sus ojos vieran cómo las manos de la anciana sacaban de su interior unos manuscritos tan viejos o mucho más viejos de lo que era ella y volviendo a cerrar la puerta ocultó con su dedo mientras giraba la llave desdibujando la cerradura que en pocos segundos desapareció de entre aquellos viejos tablones, pero no sin antes susurrar en silencio los mantras trasmitidos por sus antecesores para pedir custodia a los guardianes viajeros del tiempo.

Desenrolló la alfombra de esparto siguiendo los mismos pasos del extraño ritual hasta quedar oculto cualquier indicio de que allí debajo podía ocultarse algo que no fuese más que la tarima envejecida de una habitación.

Una vez todo estuvo en su sitio la anciana se sintió exhausta, cansada y regresando a su silla con la rapidez que podían ofrecerle sus pies se sentó apaciblemente para ser poseída por un infinito reposo que acompañaba su respiración como el aleteo de un pájaro con las alas gastadas de tantos vuelos.

Los ojos de la anciana quedaron fijos, hipnotizados, la belleza que irradiaba el manuscrito que sujetaba en su regazo provocaba en ella una inspiración divina de extrema serenidad y obediencia.

Todas sus páginas ocres como el oro viejo habían sobrevivido al tiempo de los tiempos para seguir sujetando aquellas palabras simples que parecían estar escritas con la sangre más pura habida en el mundo de los vivos.

Abrazando el manuscrito contra su pecho comprendió que llegada su hora podía morir en paz.

El día era cálido, ni frío, ni calor, no había llovido, ni siquiera habían caído unas gotas que pudieran explicar la magnificencia de aquel arcoíris multicolor inundando de belleza aquel lugar junto con aquellas manos arrugadas, aquellos rostros expectantes y aquellas hojas que parecían bailar al son de los corazones de bien.

El silencio hablaba en nombre del Padre los hombres y mujeres no tenían nada que decir por sentir que todo estaba ya dicho.

La anciana se levantó con calma, salió de la habitación y comenzó a caminar por la arena tibia y suave hasta aproximarse con los pies descalzos a la orilla de la playa, el agua acariciaba sus dedos mientras la noche se proclamaba en la oscuridad con la misma magia que lo hizo un 23 de junio Juan el Bautista y ella con la serenidad en su rostro pudo sentir cómo por sus mojados cabellos plateados resbalaba el agua pura del único bautizo celestial purificando su cuerpo, su mente y su alma.

Todo parecía desaparecer de la realidad sería la muerte quien venía a buscarla, pensaron todos.

A lo lejos un hombre de largos cabellos sentado sobre las aguas apacibles de un inmenso océano movía sus manos como quien invita a un niño a acercarse y susurrando su nombre la llamaba a su lado.

La anciana sumergida en el más absoluto silencio podía escucharlo y podía contestarle sin mover sus labios sin que una sola palabra saliera de su boca por no ser necesario ya que la comunicación de sus almas estaba conectada y solo él sabía por qué había venido a buscarla.

La anciana algo asustada temía no poder caminar sobre las aguas por ser pecadora y quedar sumergida en sus profundidades, pero el hombre de rostro sereno la atraía con su mirada y la invitaba como quien invita a un hijo a los brazos de su madre a llegar hacia él.

Con candidez fue dejando ser a sus pies obedientes como lo hizo toda una vida y se dio cuenta de que en el mismo instante que comenzó a caminar se sintió sobrecogida e inundada de amor porque él era su protector y sin que nada pudiera impedirlo sus pies comenzaron a caminar sobre las aguas como si la sujetara un suelo de cristal que la protegía para no sumergirse en las profundidades del infinito vacío.

Ni ella misma podía describir su visión como tampoco podían verla ninguno de los allí presentes, pero la anciana comprendió al instante quién era el que pronunciaba su nombre en silencio invitándola a caminar atrayéndola con sus brazos hacia su regazo.

Lo sabía y lo sentía no solo por las tantas veces que había oído hablar de él desde cualquier religión o ver ese rostro que todos se empeñaban en esculpir o pintar para su culto. Sino porque, aunque el ego con la duda la sacudiera con el temor de hundirse en las profundidades ella sabía que no tenían poder para confundir su mente dejando al descubierto la verdad de su existencia.

Ya no temía el plantearse ser una de sus pescadores en el último tramo de su caminar por la vida, porque si él la llamaba otorgando la confianza y la seguridad a su espíritu era porque el hombre de largos cabellos y mirada serena lo conocía todo de ella y aun así la amaba y fue entonces cuando la anciana se sintió dichosa.

Fascinada miraba a los allí presentes y les invitaba a caminar junto a ella, aunque nadie pareció querer acompañarla, aunque más bien por no escuchar las palabras que salían de sus labios, además era como si un espejismo la apartase del mundo de los vivos y excepto ella nadie pudiera vivir, sentir, escuchar o desear ese momento ya que lo único que todos podían ver no era más que una mujer con la vejez de su mirada perdida en el infinito apenas sujetando su cuerpo en aquella silla.

Aquel paisaje, aquellas aguas y aquel hombre de pureza divina solo la esperaba a ella y como si fuese un sueño a nadie más le pertenecía ni le estaba permitido vivenciarlo como ella, no obstante, la anciana miró con tristeza hacia ellos por última vez y sin apenas darse cuenta sintió cómo sus pies avanzaban sobre las aguas velozmente a la vez que la embargaba una alegría que la elevaba con misericordia a los brazos del hijo del Padre.

La anciana sintió cómo su cuerpo iba dejando la materia mientras se alejaba de la orilla y como un haz de luz su alma tomaba el camino hacia la vida eterna que aguardaba por ella antes de desdibujarse.

La oscuridad solo mantenía su pensamiento mientras la tierra iba quedando atrás cada vez más pequeña y lejana. Todo iba desapareciendo ante sus ojos y los recuerdos de una vida que momentos antes se guardaban en su mente quedaron olvidados.

Cuanto más avanzaba la anciana sobre las aguas, más ligera se iba sintiendo y más sorprendida de poder hacerlo.

Era como si aquellas aguas milagrosas o su creencia en aquella figura que la invitaba a ir hacia él la fueran despojando según avanzaba de las arrugas del cuerpo, de las heridas del alma y como una niña con alas de ángel corrió a recostarse en el regazo de aquel hombre que llenándola de nuevo con el don supremo entendió que el amor puro pertenecía a la divinidad de su padre.

En aquel instante de profunda calma podía sentir que era necesario morir en cuerpo para experimentar la verdadera vida y se dio cuenta de que ya no tenía miedo que ya no existían dudas, que nada pesaba, ni dolía, que la vida en sí era etérea, tan contrario a sentir cómo vivir había sido tan denso, tan material, pero no recordaba el peso de su sufrimiento y esa experiencia era tan extrema como la serenidad del extenso océano al que regresó sin miedo.

Nadie de los allí presentes percibió nada de lo sucedido, todos creían que la anciana tan solo estaba descansando del trance que la retuvo entre este mundo y el otro y que exhalando un último suspiro había muerto dejando para siempre el mundo de los vivos, pero no fue así porque no podría irse si antes entregar su testigo.

Bernabé

Una mujer de mediana edad que se encontraba junto a los allí presentes sin permiso alguno se adelantó como se adelanta una hoja de otoño movida por el viento y acercándose a la anciana para ofrecerle su compañía en su último adiós se recostó sobre su pecho y cariñosamente recogió sus manos entre las suyas, cerró sus ojos y se fue dejando llevar por aquellos serenos y lentos latidos que vibraban con la fuerza de quien aún se aferra a la vida. Estaba claro que nadie podía marcharse sin completar su misión o habría vivido en vano y, aunque no la conocía, ni jamás la ha visto hasta hoy sí se preguntaba en sus silencios qué podría seguir reteniendo a la anciana si apenas necesitaba respirar.

Sin darse cuenta su rostro sintió el roce del manuscrito y al instante como si una ola de agua fresca la hubiera envuelto quedó contagiada por el don supremo y mirando fijamente los ojos casi cerrados de la anciana pudo ver cómo una cálida imagen se entrelazaba entre su rostro terreno y cómo una oleada de humo se iba llevando un soplo de su gastada y cumplida vida, pero no sin antes pasar su relevo a la joven mujer que sin poder elegir, fue libre de elegir y sin dudar aceptó el manuscrito que la anciana le ofrecía como si nada pudiese ser de otra manera.

Tú eres la elegida le susurró la anciana a través de su pensamiento exento de palabras, eres el nuevo relevo que portará el conocimiento y mirándola con dulce compasión le pidió acercarse y la besó en la frente al mismo tiempo que reconoció el fin a su existencia. Abrió la puerta por donde su áurea debería salir, pero no sin antes ofrecerle el testigo para formar parte de los que como ella vivieron en la búsqueda de encontrar la verdad.

La muchacha experimentó en ese instante como el dolor de todas sus heridas que en tantas ocasiones la llevó al abismo oscuro del sufrimiento había cesado.

Ahora el legado de encontrar la séptima puerta le fue otorgado a Bernabé que así era como se llamaba la muchacha.

Ella era una mujer de temperamento bravo e impetuoso, su mente siempre estuvo llena de curiosidad por saber, por comprender y por entender más allá de lo que podían mostrar el resto de los mortales.

Su alma era libre, ella misma tenía claro que nadie podría robarle esa libertad de experimentar las vivencias de forma tan particular que la hacía vivir exenta de compromisos mundanos, pero llena de responsabilidades y sin haberlo sabido descubrió que su nombre estaba escrito con esa tinta imborrable que nombra a los elegidos del bien en el libro de los nacimientos.

La multitud allí concentrada no pestañeaba, ni siquiera por un instante temían que por unos segundos pudiesen perder una historia para ser contada a sus generaciones.

Lo que no sabían es que ninguno de ellos conseguiría recordar lo allí vivido para contarlo, pero sí quedaría sellado en cada uno de todos los presentes el puro sentimiento de lo que estaban experimentando porque los dones son legados y su recuerdo es el mismo Don.

Bernabé, conmovida, emocionada, asustada, pero decidida de llevar a cabo su legado, miró a la izquierda de la anciana y colocando su silla junto a ella se sentó a su lado mientras sujetaba los manuscritos en su regazo. Sin poder contener su curiosidad se atrevió a leer las letras grabadas en cada uno de los manuscritos y susurrando cada palabra como si pertenecieran todas ellas a los sueños de los siglos descubrió el difícil legado que a partir de ese momento cargaría sobre sus hombros.

Todos empezaron a contemplar cómo mientras la muchacha pasaba las yemas de sus dedos por cada letra las cuencas de sus ojos se iban llenando de lágrimas como también se llenaban las cuencas de los ojos de los allí presentes, eran tan saladas que pareciese que todos hubiesen bebido agua de mar.

Los oídos que escuchaban entendiendo cada palabra entornaban su mirada y pedían perdón por los errores cometidos sintiendo al instante cómo sus corazones se llenaban de júbilo inundándose de dicha por saber que el error dejaba de ser un error al reconocerlo porque podía ser enmendado.

En aquel lugar y en aquel momento la raza humana de cualquier edad, condición o credo entendieron una sola vez que eran iguales a un todo y los sentimientos del mundo empezaron a brotar espontáneamente mientras la luz del firmamento iluminaba aquella noche silenciosa para no ser olvidada jamás.

Bernabé continuó pasando sus dedos por cada letra grabada en la portada del primer manuscrito y lo susurró en voz baja pero los corazones de los allí presentes pudieron escucharlo con nitidez y todos quedaron sobrecogidos.

Sin rostro sin nombre, el creador.

El tono de su silenciosa voz era firme, limpia, templada, parecía que aquellas palabras podían desplazarse del papel hacia su interior, porque al salir de sus labios lo hacían solo con la melodía que se utiliza para trasmitir lo que siente un corazón que ama la vida, pero que también sufre por ella.

Todos la escuchaban minimizando hasta el murmullo de su respiración para no perder ni una sola coma que pudiera cambiar el sentido de lo que en aquel lugar estaba ocurriendo.

No solo la muchacha parecía estar en trance como antes lo estuviera la anciana, sino que todos los allí presentes permanecían mudos, ciegos y quietos porque solo los oídos eran capaces de escuchar las divinas palabras reveladoras del sentido que entrañaba nacer, venir al mundo, vivir, llevando a cabo una misión, la propia, la individual, la única para cada uno de nosotros por ser cada vida intransferible.

Nacer era un profundo y misterioso secreto que guardaba la razón que nos traía hasta la Tierra hasta cumplir nuestro propósito.

Ahora era ella la portadora de trasmitir el legado, mostrar el camino de la verdad, limpiarlo de malezas que lo oculten o espinos que nos hieran en nuestro caminar por la vida como siempre lastimaron a hombres y mujeres de bien.

Por esa razón sintió su gran peso y su dificultad, pero Bernabé también había obtenido respuesta a todas las preguntas que la tuvieron inquieta desde muy corta edad y ahora tenía en su haber el conocimiento que daría sentido a su existencia y llegado el momento podría entender claramente que morir es el cese en la Tierra y la garantía a nuestra eternidad.

Las palabras que salían de sus labios sonaban como un cántico misterioso difícil de entender por qué solo los que se atrevían a oír la verdad, la única verdad eran envueltos con el manto de la serenidad tan necesaria para desprenderse de su mal y afrontar esa verdad exenta de justificaciones, excusas y mentiras de los que vivían en búsqueda permanente de encontrarla.

Incluso Bernabé se sorprendió escuchándose hablar en una antigua y extraña lengua que le hacía tanto bien, pero que a su vez la asustaba por no entender aún su significado y sin poder evitarlo soltó de sus manos ardientes el manuscrito y lo dejó caer al suelo golpeando con fuerza los dedos de sus pies sin que se diese cuenta y ese fue su primer aviso, un aviso que le hizo comprender lo importante que era reconocer el contenido de cada palabra o hecho de la vida para fortalecer la integridad propia de cada uno de nosotros con seguridad y confianza, o los golpes que propiciaban las dudas serían cada vez más duros y el terror que podía causarnos por pretender saber más allá de lo que nos compete nos arrastraría a caer en el abismo donde su único jefe era el ego.

Aturdida se desplomaron sus rodillas y cayó al suelo percibiendo un miedo atroz que helaba el recorrido de su sangre y sin recordar nada, observaba a la multitud allí expectante al tiempo que sobrecogida se dio cuenta de que el poder lo hacían los de abajo porque arriba era lo que era abajo y sabiendo que ella misma era una completa desconocida escasos minutos antes, bastaba con estar en ese momento y en esa situación propicia para que los crédulos e incrédulos pujasen de inmediato a elevarte a los altares o bajarte al infierno.

Bernabé a pesar de no entender nada por primera vez entre todos los allí presentes pudo reconocer las máscaras de los que solo iban en busca de sensaciones para inspirarse en cómo soportar la vida.

También nítidamente podía observar la sombra de los egos necios e ignorantes que esperan la llegada del maestro para escupirle con su veneno altivo que no era más que miedo a ser despojados de sus máscaras y quedar desprovistos del poder de sus empobrecidos y desgastados personajes.

Los más numerosos allí reunidos eran los bastones doblando su espalda y arrodillados ante quien profesaban lealtad como un guía o líder creado del polvo mundano, pero capaz de satisfacer sus vacíos y en esa conformidad se dejaban llevar por la vida con los vaivenes de la mediocridad.

Bernabé experimentó su primer entendimiento de la estupidez humana mientras continuaba inmóvil en el suelo. Desde allí abajo podía darse cuenta de que la mayoría elegía pasar la vida inventando justificaciones que sustentasen sus dudas confirmando si vivir errando valía la pena o sería menos pesada si la carga de sus errores la llevaran otros.

En ese instante Bernabé volvió a percatarse del gran peso que había cogido entre sus manos que apenas tenían fuerza, ella sabía muy bien que el peso de la responsabilidad era el más pesado y duro que podía existir. Un pensamiento que le hacía temer por no saber si podría mantener el compromiso que le acababa de legar la anciana.

Bernabé sabía que la responsabilidad no podía descansar, ni tirar la toalla, ni decir no puedo más. Con una sola vez que la reconocieras de tu parte te hacías conocedor de las consecuencias y saber que lo que pudiera suceder sin ella nunca sería grato, por eso creían vivir mejor los ignorantes y así podían culpar de su falta de logros al destino, a la mala suerte o a cualquiera que se cruzase en su camino y que de igual forma gritasen a los cuatro vientos ser merecedores de la suerte, del destino o de ser los mejores.

Los necios restarían su valor justificando las consecuencias no deseadas y egoístamente servirse de los ignorantes para que expiaran como esclavos obedientes sus faltas, pues su vocación victimizante era ser bastones.

Bernabé sabía que sin responsabilidad todo podía ser relativo, que la pereza podría campar a sus anchas robando el vivir a cualquier persona dándole igual la edad o el valor de sí mismo.

Sabía que sin la responsabilidad no habría lealtad alguna y se podría engañar al amor, mentir, manipular, sacar provecho, cambiar las realidades, debilitar la razón, someter al valor, robar la confianza, falsear la comunicación, enfermar la vitalidad, apagar la ilusión, ser esclavos y desear morir muchas veces y dejar marchitar los sueños de los soñadores que con falsas promesas sabían que no se cumplirían nunca.

La decisión no tomada, pero adquirida de coger el relevo que le había sido encomendado antes del día de su nacimiento volvió a hacer dudar a Bernabé mucho más que un instante.

Empezó a pensar que ser el relevo para cortar las zarzas hirientes del camino y limpiar la maleza la sumergiría en un vacío oscuro capaz de morderla por dentro, por eso insistía mientras se decía a sí misma no estar capacitada para llevar a cabo tan importante y difícil misión. Temía no saber cómo emprender el camino del conocimiento por pensar que no estaba preparada para guiar a otros cuando ni siquiera sabía guiarse a sí misma.

Los allí presentes por vivir lo presenciado se quedaron perplejos mientras ella llorando desconsoladamente dudaba si había leído lo correcto por no haber escuchado ni conocido jamás esa lengua, pero sí entendió que lo allí escrito con tinta de sangre solo eran las palabras del Padre y ella como tantos otros antaño se sentía sin categoría alguna, ni merecedora de recibir el privilegio de guardar el testigo que le legara la anciana, esa anciana de cálida voz, dulce mirada que tal vez pudo ser en algún apartado de la historia, su madre, su abuela, su hija, su nieta o su hermana en otra existencia.

Besando nuevamente la frente de la anciana que ya había marchado para siempre recogió sus manos a la altura de su corazón, la cubrió con un manto blanco para que los ángeles supiesen que era ella a la que debían llevar al cielo, guardó los manuscritos en su mochila y salió de la habitación dejando solo al silencio encargado de velar su cuerpo hasta la caída del sol.

Todos los presentes también retrocedieron tras sus pasos como de vuelta a su vida real y quehaceres cotidianos.

En menos tiempo de lo necesario todo quedó como si allí no hubiera pasado nada.

Atrás quedaba la mar en calma con su arena blanca y cielo aún no estrellado preparando el camino por el que sobrevolaría el alma de la anciana en el momento señalado.

Bernabé antes de regresar a su casa quiso dar un largo y solitario paseo por la playa, era la única manera que tenía para despedirse y velar íntimamente a su querida anciana, despedirse de ella con cada paso y trasmitirle con sus pensamientos la gratitud por la ternura que había recibido por su parte sin pedirlo.

Clavó sus ojos en el horizonte como si estuviesen lanzando una tirolina para cruzar al otro lado, se descalzó y se entregó a las cristalinas aguas permitiendo limpiar sus raíces a la vez que limpiar las penas que contenía su alma y desdibujar la incertidumbre de sus sentimientos.

Más calmada y tranquila sin apenas ataduras ni lastres del pasado, después de su largo recorrido por las orillas de la inmensa mar, se sentó en la arena descalzó sus pies y soltando un beso inmenso de sus labios como quien suelta un globo o se le escapa una cometa, se lo ofreció a la mar, a la anciana y a todo lo allí vivido con la intención de volver a tocar sus aguas, respirar su aire y cada año visitar el santuario invisible donde siempre se encontraría con su querida maestra por estar en el recuerdo de su corazón.

Dudas

Una vez en casa se dio cuenta de que todo estaba como de costumbre, aunque en esos días su entendimiento de la vida se había modificado todo lo demás estaba intacto y pensó lo importante de tener la calidez de un hogar, ese lugar acogedor que nos arropa, aunque todo en nuestro interior sea una tormenta.

Bernabé se dirigió a su habitación aprovechando que nadie estaba en aquel momento en casa, ni siquiera sus amados perros, descolgó de sus hombros la mochila y sacó el manuscrito, abrió uno de los cajones de su escritorio y los guardó dentro cerrándolo con la llave.

En ese instante que parecía carecer de importancia la tenía y mucha, pero sin saberlo Bernabé al guardar aquellos escritos quedó sin advertirlo prisionera en la oscuridad de todas las adversidades que estaban por llegar.

Ella misma sin advertirlo se condenó a vivir una existencia errada por la ignorancia y dándole la espalda a la responsabilidad vivió cargando inmerecidamente en un sinsentido hacia el propósito que la hizo nacer en el día, el mes y el año señalados.

En ese momento Bernabé sin saber por qué descubrió la flaqueza en su interior, no imaginó que entregarse a vivir prisionera de las necesidades en las tierras de nadie la debilitara tanto, descubriendo que fue allí donde había perdido casi toda su energía, pero decidió pasar página y como le dijese la anciana sacó con fuerza el valor de empezar de nuevo.

Con otro sentimiento capaz de cerrar a cal y canto su mente se recostó en la cama, estaba aturdida y cansada por la intensidad de lo nuevo en los días vividos y rápidamente se quedó traspuesta para viajar con el pasaje de su historia personal hacia un déjà vu atrás en el tiempo.

En cuestión de segundos pudo verse encadenada a las miserias del miedo sentir el hambre voraz de su corazón carnal llorando desconsoladamente por el árido desierto que se empeñaba una y otra vez en guiarla a ninguna parte. Pudo percibir la ceguera de sus torpes ojos incapaces de mirar o dirigirse hacia el lado correcto de su vida.

Se vio a sí misma atando sus manos como si ella fuese su verdugo. Se dio cuenta de que eran sus dedos los que sellaban sus labios para que no escapara palabra alguna de ellos, ni buena, ni mala y observó cómo el miedo cerraba con un pesado candado su corazón herido dejándolo marchitar en un cuerpo que cada vez era más pesado y desatendido.

Por un instante pudo sentir su tristeza sin poder hacer nada para liberarse porque le faltaba el entendimiento o porque algo profundo había cambiado en ella y esta vez sin excusas le tocaba afrontarlo.

Bernabé reconocía que no era fácil escapar de su condena ella sola y que debería aceptar que únicamente la luz sanadora podría librarla de su ego que había logrado ser su mayor y más perverso enemigo.

Después y solo, después recogería su relevo comprendiendo que solo ella podía ser la encargada de recibir de nuevo el don supremo y con el valor de un guerrero y el coraje de quien afronta la última batalla ofrecerlo al mundo, porque hasta entonces de no conseguirlo estaría prisionera su alma, aunque su cuerpo pareciese estar viviendo otras realidades unas veces más acogedoras, como otras más duras y frustrantes.

Como una sombra se incorporó rápidamente de la cama y como quien corre en busca de algo que había olvidado aun siendo muy necesario para completar un viaje, cogió nuevamente la llave y la guardó en un lugar más seguro sellando el secreto que contenía la más pura sabiduría escrita hasta sentirse preparada y sin doblegarse a la duda permaneció errante en la oscuridad de su ego hasta que ella quisiera liberarla, pero esta vez su decisión la llamó Responsabilidad.

Déjà Vu

Pasó el tiempo, pasaron los años… Catorce, pero nada de lo vivido durante ese tiempo volvió a ser igual para Bernabé.

Una mañana de abril mientras Bernabé aún dormía empezó sentir cómo la estela de su alma traspasaba a la velocidad de un rayo los muros de la habitación donde se encontraba y cada una de las paredes de las casas que rodeaban la gran ciudad.

Veloz como el viento volaba cruzando los cielos al ras de los ríos, las montañas, los caminos y los mares, por un segundo fue testigo de verse a sí misma tan solo con su esencia de espíritu, un espíritu capaz de atravesar los insondables muros humanos.

Bernabé sentía que no era carnal, pero su energía se lanzaba sin vértigo hacia la Tierra al escuchar el triste gemido acompañado de los llantos y gritos de niños desesperados que la alertaban de que su alma debía volver hasta completar su tarea.

Allí estaban, atrapados, desnudos, desconsolados, estaban agrupados, agarrados de la mano como si supieran que se acercaba su final.

Se encontraban cerca de la orilla de una especie de lago formado por una gran cascada, aquel era un lugar de extrema belleza, pero en poco tiempo quedaría sumergido bajo las aguas como si nunca hubiese existido como tantísimos otros lugares en la Tierra.

La arena que sujetaba sus pies era blanca y fina como el oro y el lago que la rodeaba era del color de una esmeralda.

La belleza del paisaje era indefinible, la cascada bajaba por una ladera como la melena de agua anacarada sellando con brío la roca erguida y majestuosa que se alzaba como el guardián de las puertas por ser impenetrables para el hombre.

Al otro lado la pared se vestía de verdes dianas enzarzadas escondiendo los espinos punzantes entre las cordilleras envainadas de hojas frescas cuyo único propósito era esperar pacientes a los más atrevidos y con el coraje de creer que podrían trepar y salir del espejismo que sometían sus vidas, allí esperaban pacientemente cada día y cada noche a terminar con la vida de los soñadores como las arañas enredando en sus telas a sus víctimas para después devorarlas.

Un paraíso dentro de la misma Tierra como tantos debieron existir para albergar a los olvidados de la civilización errantes a ninguna parte, inocentes, no contaminados, pero enfermos del miedo por ser inexistes para siempre y no saberlo.

Jamás nadie dio cuenta de su existencia y ni mucho menos de su extinción que fue siempre un tema prohibido, no trascendido, no escrito por el temor a que fueran ellos los verdaderos herederos de la Tierra y alzaran la voz que hasta el día de hoy estaba enmudecida.

Bernabé se detuvo un mínimo instante para experimentar la levedad de su ser capaz de atravesar las paredes impenetrables de todos los que habitaban rutinariamente tras ellos.

Mientras avanzaba con velocidad de vértigo atraída drásticamente por el sonido que lanzaban los cada vez más débiles sollozos podía sentirse con la fuerza suficiente para llegar hasta ellos, rescatarlos uno a uno y ensañarles el camino que les pudiera guiar a su propia salida, la salida correcta y sin pensarlo como el águila que rescata a su cría de un depredador se lanzó al vacío.

En ese instante algo terrible comenzó a suceder porque con la misma velocidad que descendía su alma un nuevo cuerpo comenzó a tomar forma en ella.

No podía detenerse mientras iba cayendo al abismo sin protección alguna. Temerosa en esa realidad tan desconocida para ella buscaba agarrarse con fuerza y deslizarse por las dianas cubiertas de hojas.

Un dolor inmenso no pudo contener los gritos que comenzaron a romperse en su garganta, aullidos salían de sus labios al tiempo que sus manos se desgarraban sangrando a borbotones mientras arrancaban su piel los espinos escondidos bajo las verdes hileras de serpiente.

Tenía que aguantar tan terrible dolor hasta llegar abajo porque de soltarse caería al vacío, sería estrangulada por las anudadas dianas y caería atravesando las aguas y eso podría significar rendirse al dolor, no ser valiente, no estar convencida de dónde encontrar la salida y de ser así su final, de nada hubiese servido volver a nacer quedando olvidada en el limbo de lo inexistente.

Mientras caía se dio cuenta de que su alma volvió a elegir ser cuerpo y recuperando la fuerza a respirar de nuevo, entendió la procedencia pasada de todos sus miedos.

Mientras se agarraba con fuerza a las dianas de espino para no caer finalizando su proceso gritaba para sus adentros como un mantra para no volver a repetir jamás. «Nací atrapada en el dolor de vivir en el mundo de los otros. Me dejé herir por ser valiente y atrevida. Me robaron la palabra que me pertenecía desde el día de mi nacimiento. Escondieron en un cofre bajo tierra mi conocimiento y tiraron la llave para que no pudiera ser utilizado. Se olvidaron e ignoraron mis preguntas por su falta de respuestas. Me crearon dudas y cobardemente me entregué al letargo de los sueños negándome a despertar por elegir no ser víctima».

Una vez abajo Bernabé cayó desplomada, miró sus manos y estaban ensangrentadas, trozos de carne desgarrada dejaban al descubierto los tendones que sujetaban sus dedos y los clavos de las zarzas parecían sujetar la piel al tiempo que le propiciaban un tremendo latigazo de fuego.

Los zumbidos de su corazón golpeaban cada centímetro de su cuerpo, destrozadas sus extremidades se agitaban gritando por el dolor y la extenuación que sentía tras experimentar su metamorfosis.

Era tan grande la carga que la luz que había poseído anterior a su caída se fue apagando y transformando en una completa oscuridad.

Cómo percibir el tiempo, cómo saber qué había sucedido, se daba cuenta de que estaba perdida, sin recuerdos, tenía la mente en blanco, el cuerpo y corazón desnudos y se sentía como si esta forma de vida hubiese sido la única.

Su alma había pasado a una viva encarnación incapaz de saber qué pudo ocurrir un solo segundo atrás. Solo intuía o creía entender si fue un sueño soñado el que la hizo despertar al sumergirse en sus propios gritos o fueron los gritos de otros quienes en realidad la convencieron para volver al mundo de los vivos por no haber terminado su proceso de evolución.

Fue así como Bernabé descubrió una segunda oportunidad para encontrar la séptima puerta, esa puerta de la que años atrás le habló aquella anciana, pero que antes de marcharse la eligió a ella y solo a ella para pasarle el relevo y completar su misión.

Bernabé se empeñaba en recordar, pero por más que buscaba encontrar una respuesta que sustentara el por qué estaba allí, no encontró respuesta alguna. Solo vagamente sintió la ligera sensación que tuvo al recostarse aquella tarde sobre el pecho de la anciana escuchando la calidez de los latidos de su corazón y rozar el manuscrito con su mejilla y aunque nada parecía real volvió a experimentar el don supremo que la envolvió una vez más por completo.

Un escalofrió la recorrió de pies a cabeza como una ráfaga y como si estuviera en trance cayó desvanecida, ya no importaba la razón porque el don supremo bastaba para alimentar su espíritu.

Podía ser la mañana siguiente de cualquier día porque Bernabé no poseía ni el más mínimo recuerdo, se levantó como siempre solía hacer y simplemente creyó haber soñado un sueño donde solo era un espíritu libre y cual estela haber sido capaz de cruzar sin cuerpo los lagos, los montes, la tierra, los mares y los ríos a la velocidad del tiempo.

No tenía certeza de saber si había sido sueño o realidad, pero Bernabé sabía que aquella experiencia no se la robaría jamás nadie por no pertenecer ni al cuerpo, ni a la mente humana, sino solamente a Dios.

De nuevo volvió a verse como un ser humano con el alma desgarrada y el corazón lleno de lágrimas por la ausencia de recuerdos, pero entendiendo que esa melancolía que se despierta cuando los sueños se duermen es la que le hacía percibir que siempre estuvo en la tierra de los vivos y que esta vez debería atreverse a entender la sabiduría escrita con la sangre de los inocentes durante siglos y encontrar la salida para no volver jamás.

En ese momento Bernabé decidió aceptar que lo imaginable pertenecía al mundo carnal y lo inimaginable solo a la estela del espíritu de los sueños y con ese pensamiento se quedó tranquila.

Había comprendido en ese instante de tanto sufrimiento que su alma era vieja, muy vieja y que en esta última etapa de su vida debería limpiar el camino enzarzado para encontrar la senda de la verdad no solo para sí misma, sino también para los que siendo tocados por el don supremo quisieran caminar por ella.

Tomar las riendas

Más años de los que debieron ser habían pasado y mientras salía el sol un 21 de junio Bernabé decidió que esa fría mañana se quedaría en casa, no iría a trabajar y dedicaría el tiempo a poner en orden tantas cosas que por pereza o por su falta de tiempo se habían ido amontonado en cualquier rincón, cajón o estantería de su hogar.