Breve Historia de la guerra de Ifni-Sahara - Carlos Canales Torres - E-Book

Breve Historia de la guerra de Ifni-Sahara E-Book

Carlos Canales Torres

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Beschreibung

La Editorial Nowtilus lleva tiempo sacando una colección que merece mucha atención. Son obras de divulgación, por lo general históricas, pero alejadas de la abyecta fórmula El Imperio romano en diez lecciones: tienen casi 300 páginas y están escritas por especialistas de gran altura. Este ensayo sobre la guerra menos conocida de nuestra historia es de los mejores. La obra se lee muy fácil pues es tremendamente amena, bien escrita y directa permitiéndonos un acercamiento y conocimiento que a buen seguro está por encima de lo que un español medio conoce pues esta guerra tal como el mismo libro la califica es la gran olvidada. El relato detallado de la sangrienta guerra, casi desconocida en la actualidad, que España libró con Marruecos por el control de un inmenso desierto. En un estilo ágil, ameno y precisamente detallado, Breve Historia de la Guerra de Ifni-Sáhara nos presenta la historia de la defensa del ejército español de sus colonias africanas. Con un ejército parejo en número y en tecnología, el ejército español se enfrentó al desastre en una de las batallas más sangrientas de la historia de España. Los autores trazan un minucioso recorrido por las diferentes etapas del conflicto armado, no sólo se limitan a exponer las causas y las consecuencias de las batallas, tampoco hacen una enumeración justificada de los avatares de la contienda, sino que ofrecen una explicación exhaustiva de las distintas operaciones militares. Carlos Canales y Miguel del Rey nos llevan a participar en la operación Netol o en la operación Gento o nos invitan a saltar por primera vez en la historia con los paracaidistas españoles en la operación Pañuelo.

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BREVE HISTORIA DE LA GUERRA DE IFNI-SÁHARA

Carlos Canales Torres

Colección: Breve Historiawww.brevehistoria.com

Título: Breve historia de la guerra de Ífni-SáharaAutor: © Carlos Canales Torres                 Miguel del Rey VicenteEditores: Graciela de Oyarzábal                 José Luis Torres Vitolas

Copyright de la presente edición: © 2010 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madridwww.nowtilus.com

Diseño y realización de cubiertas: NicandwillDiseño del interior de la colección: JLTV

Esta obra ha sido publicada con una subvención de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura, para su préstamo público en Bibliotecas Públicas, de acuerdo con lo previsto en el artículo 37.2 de la Ley de Propiedad Intelectual.

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN-13: 978-84-9763-972-9

Printed in Spain

En Ifni se dio la curiosa paradoja de que ambos bandos, a nivel de infantería, estaban equipados prácticamente con las mismas armas. Al carecer de aquel material que le hubiera podido proporcionar superioridad y ventaja en el campo de batalla (vehículos todo terreno en abundancia, blindados, artillería pesada, helicópteros, radios...), los soldados españoles se vieron obligados a enfrentarse al enemigo con un armamento portátil de similares características y, en casos como el de las granadas de mano, hasta de inferior calidad que al de su oponente.

Ifni 1957-1958. La prensa y la guerra que nunca existió. Lorenzo M. Vidal Guardiola.

Índice

Capítulo 1: Recuerdos imperiales

La crisis del 57

Un gobierno desbordado y un pueblo engañado

Capítulo 2: Ifni-Sáhara: historia de una obsesión

El Sáhara y la Tierra de los Ait Ba Amram. De los Reyes Católicos a Carlos III

De la Guerra de África a la Conferencia de Berlín. Las expediciones

Los tratados con Francia: los tres territorios

La ocupación de Ifni

La ocupación del Sáhara

Lo organización política del AOE

Capítulo 3: Dueños de la nada

El nacimiento del moderno independentis momarroquí y los primeros incidentes

La independencia de Marruecos

El Yeicht Taharir: El Ejército de Liberación

Los insurgentes en Mauritania

¿Qué hacemos? Nace el Plan Madrid

El largo verano del 57: «La guerra de Agosto»

Preparándose para lo peor: los planes de defensa

Capítulo 4: Y de repente, la guerra

Los ataques sobre Ifni

Una situación comprometida: Tiliuin y Tenín de Amel-lu

Garras del cielo: Aerodesembarco sobre Tiliuin

Operación «Netol»

Operación «Gento»

Capítulo 5: La recuperación en Ifni

Demostración de fuerza en Agadir

La abortada operación «Banderas» y el punto muerto de enero

El fin del AOE

La defensa de Sidi Ifni y la operación «Diana»

Las operaciones «Siroco» y «Pegaso»

La reestructuración de la defensa de Sidi Ifni

Capítulo 6: Crisis en Sáhara

El abandono de las guarniciones, el incidente de Tichla

Buscando aliados desesperadamente. Contactos con Francia

Problemas sin cuento

Los preparativos

Capítulo 7: Barriendo el desierto con una escoba

Insurrección, comienzan los combates

El desastre de Edchera

Las operaciones «Teide» y «Ecouvillon»

Los efectivos españoles y franceses

La operación «Teide»: Primeros pasos

El progreso de la operaciones de limpieza

La guerra en el Sur

Vuelve el Majzen español: La pacificación

Capítulo 8: Por aire, mar y tierra

Las operaciones aéreas

Vehículos blindados y de transporte

El armamento, una visión crítica

Las operaciones navales

Capítulo 9: Después de la guerra

La entrega del territorio Sur del protectorado: El tratado de Cintra

Ifni 1959-69. Diez años rodeados

Sáhara 1959-76. Una historia triste

Apéndice: los hombres de la guerra

Bibliografía

1

Recuerdos imperiales

En la noche del 23 de noviembre de 1957 empezaba en Ifni, territorio español situado en la costa sur de Marruecos, la última guerra colonial librada hasta ahora por España. Una guerra silenciada, que fue ocultada de cara a la opinión pública, y muy censurada. Una guerra corta pero intensa de la que la sociedad española de la época tuvo muy poca información y de la que hoy en día todavía se sabe menos.

Ifni 1957-1958. La prensa y la guerra que nunca existió. Lorenzo M. Vidal Guardiola

LA CRISIS DEL 57

Da igual la fuente que ustedes consulten, de la guerra breve pero sangrienta que España libró en sus territorios y luego «provincias» de África Occidental, Ifni y Sáhara, apenas hay rastro en la memoria popular. En los últimos años, especialmente a partir del año 2007, cuando la última guerra librada por España hizo su quincuagésimo aniversario, aparecieron muchos y notables libros sobre el conflicto, que en gran medida recogen las experiencias y vivencias de los jóvenes que, muchas veces sin ni siquiera poder imaginarlo, se encontraron en medio de un conflicto armado, de corte antiguo y colonial, en el que muchos de ellos perdieron al vida o la salud, pero el resto de los libros, la mayor parte muy interesantes, solo han llegado, por desgracia, a una minoría de lectores aficionados a la Historia y especialistas, pero no al gran público.

La Guardia Mora de Franco, Jefe del Estado español, que tenía su origen en el 2º Escuadrón de Caballería del Tabor del Grupo de Fuerzas Regulares de Tetuán, asignado en febrero de 1937 como escolta en el Cuartel General del Generalísimo. La Guerra de Ifni-Sáhara fue el final de la unidad, pues el apedreamiento de su Escuadrón de Caballería cuando rendía honores en la presentación de cartas credenciales de nuevos embajadores fue la muestra de que ya no se aceptaba su existencia, ni en la callada y sometida España de la época. Su desaparición fue, en cierto modo, el final de una época.

La Guerra de Ifni, nombre con el que después fue conocida, aunque se desarrolló en dos escenarios bien diferentes, el propio Ifni y el Sáhara Occidental, fue una contienda oscura, ocultada en su desarrollo y consecuencias a la callada y sufrida opinión pública de la España de los años cincuenta del siglo pasado, y librada en unas condiciones muy difíciles, en un país pobre y con un ejército mal equipado, y lo que es peor, olvidado y abandonado por su propio gobierno.

Hagan ustedes la prueba y pregunten sobre la Guerra de Ifni-Sáhara. Es posible que, a pesar del tradicional desconocimiento de los españoles de su propia historia, cualquier persona de formación media no sepa absolutamente nada sobre el conflicto con el Ejército de Liberación Nacional —el Yeicht Taharir—, palabra está última que, a los oídos de los españoles actuales, suena más a una película de Ciencia Ficción que al nombre del último ejército enemigo de España.

El desconocimiento de nuestro pasado por parte de la juventud actual es tan absoluto que parece obra de un meticuloso y planificado trabajo, pues es algo único en nuestro entorno cultural, y es además casi suicida, pero en el caso de la Guerra de Ifni-Sáhara es especialmente grave, pues la complicada relación de España con Marruecos es frecuentemente tapada bajo todo tipo de estúpidas declaraciones de buena vecindad que ocultan que, guste o no, la frontera de España con nuestro vecino africano es la única complicada que tenemos, pues el contencioso de Gibraltar podrá no resolverse, pero no es en absoluto una amenaza para la seguridad de nuestra nación.1

En 1957 España acababa de salir de una década de aislamiento que había impedido la recuperación de los terribles daños ocasionados por la Guerra Civil y que había prolongado la pobreza de los años de la posguerra mucho más allá de lo que hubiese sido razonable. Convertido en Europa en un régimen apestado y despreciado, el franquismo comenzó a vislumbrar un lugar bajo el sol, cuando su feroz anticomunismo fue aprovechado por los Estados Unidos que, desde 1953 y en medio de la Guerra Fría, dieron a Franco el apoyo que necesitaba para sobrevivir.

Sin embargo, cuando comenzó el conflicto, en los meses siguientes a la consecución por Marruecos de su ansiada independencia, España no había iniciado aún la senda que le llevaría al inmenso crecimiento económico de los años sesenta que en dos decenios sacaría al país del subdesarrollo y del atraso, y las fuerzas armadas no estaban en realidad en condiciones de librar una guerra moderna, ni siquiera contra un ejército irregular y a poca distancia de la metrópoli.

UN GOBIERNO DESBORDADO Y UN PUEBLO ENGAÑADO

Cuando las noticias de que las bandas armadas del Ejército de Liberación Nacional o Yeicht Taharir, estaba atacando las posiciones españoles en Ifni llegaron a Madrid, el desconcierto del gobierno fue absoluto. Consciente de su debilidad, había intentado por todos los medios evitar el conflicto, a pesar de que las señales parecían indicar de una forma clarísima que el choque con las bandas armadas, apoyadas de forma absoluta, y poco disimulada, por el gobierno de Marruecos, parecía inevitable.

Los medios de comunicación de la época apenas mencionaron el conflicto en las primeros días, cuando la situación no estaba controlada y el desconcierto era manifiesto. No se sabía cómo comunicar a la población, a la que se decía desde hacía años que había una profunda «amistad hispano-árabe», de la que se hablaba pomposamente una y otra vez, que el «amigo» marroquí acababa de apuñalarnos por la espalda a los pocos meses de que se concediera la independencia a su nación y cuando se conocía que, en sus peores momentos, el Istqlal había realizado sus reuniones en nuestro país y había contado con el apoyo más o menos encubierto de instituciones oficiales españolas.

El pueblo español fue por lo tanto engañado de principio a fin, al comienzo de las hostilidades por el sistemático ocultamiento de lo que estaba sucediendo y, después, porque nunca se llegó a contar la verdadera dimensión de lo que había sucedido.

Cuando tras unas semanas de duros combates la situación pudo ser controlada en Ifni, la prensa se volcó, siguiendo instrucciones claramente establecidas, a ensalzar el papel llevado a cabo por las «heroicas» tropas del «invicto» ejército salido de la Guerra Civil. Sin embargo, militares y políticos conocían la dura y amarga realidad. Aún habiendo combatido bien, al límite de lo que permitían los escasos medios con los que se contaba, en Ifni se habían logrado solo unas precarias tablas, y en el Sáhara, donde sí se había conseguido una clara victoria contra el Ejército de Liberación, esta solo se había obtenido gracias al apoyo material y logístico del Ejército francés.

La presente obra es por lo tanto un pequeño intento para acercar a todo tipo de público los hechos más significativos de una guerra silenciada, olvidada y casi borrada de la memoria y de los libros de Historia, en la que centenares de españoles dieron la vida defendiendo a su país, muchos de ellos soldados de reemplazo que habían abandonado su pacífica y tranquila vida para hacer el servicio militar en unos territorios de los que la mayor parte no sabía absolutamente nada, cuando por avión o barco fueron llevados hasta allí, para verse envueltos en una guerra de la que muchos de ellos no regresarían jamás.

Creemos que su recuerdo y lo que hicieron no debe de olvidarse, aunque así lo hayan hecho los ingratos gobiernos españoles y la falta de memoria de sus compatriotas.

____________________

1 Olvidar esta obviedad es una locura, pero los gobiernos españoles parecen hacerlo una y otra vez. Las buenas relaciones que debemos tener con Marruecos no deben hacernos olvidar que los últimos conflictos de España tienen todos el mismo escenario. España no combate con una nación europea desde 1814, pero desde esa fecha ha combatido en África en 1859-60, 1893, 1909-13, 1919-27, 1957-58 y 1975-76. Y eso que no contamos los incontables incidentes armados ocasionales ni las crisis tipo Perejil.

2

Ifni-Sáhara: historia de una obsesión

La primera sorpresa que recibe el que visita Ifni por primera vez es la de encontrarse con un territorio enmarañadamente montañoso en el que la climatología y la vegetación confirman las características ya apuntadas de transición entre la montaña magrebí y el desierto. Pero no es así. Cuando se recorre con detalle el interior se descubren, además de una tierra agreste y dura provista de una vegetación en su mayor parte cactiforme, amplias llanuras con paisaje típico de la llanura subsahariana.

(…)

El Sáhara no fue nunca tierra sumisa a nadie; siempre sus moradores actuaron a sus anchas, sin impuestos, leyes ni deberes que les ataran a un Majzen constituido. Tierras habitadas desde tiempos remotísimos por bereberes senhayas, siempre se sintieron libres de cualquier poder, excepto aquél que formaban las confederaciones de tribus que se aliaban con un fin bélico determinado y que trajo consigo en el siglo XI la revolución almorávide, que fue la fuente que aunó las aguas dispersas de la discordia entre tribus enzarzadas en continuas guerras. La islamización, por consiguiente, no vino de invasiones violentas, sino más bien de la de santones y morabitos, pacientes maestros del Corán y sus enseñanzas.

Ifni y Sáhara, una encrucijada en la historia de España. Mariano Fernández-Aceytuno.

EL SÁHARA Y LA TIERRA DE LOSAIT BA AMRAN. DE LOS REYES CATÓLICOS A CARLOS III

Existe una tierra al este de las Canarias que, desde los primeros asentamientos de los castellanos en el siglo XV, ha sido siempre muy buscada por los pescadores como abrigo o lugar de descanso. Es un lugar seco y duro, pero en el mar es más tranquilo, y es un buen sitio para reponerse de las inclemencias del océano y para pescar con tranquilidad. Más al norte la costa es dura y escarpada y mucho más peligrosa. Las costas de este mar tranquilo fueron conocidas por los portugueses como «Río de Oro» desde 1442, cuando sus naves bajaban más y más hacia el sur en sus constantes exploraciones en busca de oro y esclavos.

Esta costa y el territorio que se extiende hacia el interior estaba habitado, y aún lo está, por tribus de origen beréber que llegaron a la región hace miles de años, cuando el actual desierto era un vergel, con agua, ríos y lagos y animales como los que hoy solo se encuentran muchísimo más al sur, y aunque España siempre tuvo un interés estratégico y comercial en la región, por estar enfrente de las islas Canarias, durante unos años, entre el siglo XIX y el siglo XX, ejerció un poder soberano directo en la zona, tras consumir dinero, energía y sangre, en la que iba a ser la última de nuestras aventuras coloniales. Este territorio pasó para siempre a la historia de España con la denominación de Sáhara Occidental, conocido también en todo el mundo como el Sáhara Español.

Más al norte se encuentra una zona que jamás hubiese dispuesto de una historia diferente y singular del resto de la región de la que forma parte si no hubiese sido porque la presencia española en el siglo XX, durante treinta y cinco años —de 1934 a 1969—, la dotó de un protagonismo y una originalidad que el territorio y sus pobladores no le habían conferido. Ese territorio es conocido en nuestra historia con el nombre de Ifni, y la presencia española en sus costas tenía ya una larga tradición.

Los antecedentes de la reclamación española se remontaban a 1476, cuando Diego García de Herrera, después de conquistar las Canarias y vender sus derechos feudales sobre ellas a los Reyes Católicos, se estableció en las costas del denominado por entonces Mar Menor de Berbería, sobre una fortaleza a la que puso el nombre de Santa Cruz de la Mar Pequeña, que en realidad estaba situada en lo que hoy llamaríamos Sáhara Occidental.2 El lugar era bueno para sus intereses, le permitía acceder a los esclavos que necesitaban en las islas para las plantaciones de caña. Cuenta B. Bonet que:

Diego de Herrera una vez que obtuvo el título de señor de las partes de Berbería mandó construir en 1478 una torre en el lugar que consideró más idóneo: la bahía de Puerto Cansado, magnífica ensenada situada a unos 45 km al NE de Cabo Juby, protegida del fuerte mar por una barrera de arena y con escasa profundidad en marea baja, que dificultaba las operaciones de las embarcaciones de gran porte. Esto le confería a la torre un gran valor estratégico que se vería corroborado más tarde durante los asaltos y asedios que sufrió a lo largo de su existencia. A través de esta fortificación se llevó a cabo un considerable tráfico comercial con las tribus bereberes de la región, del que, por supuesto, siempre salían beneficiados los cristianos: oro y esclavos a cambio de plata y pan. Sin embargo, hay que señalar que la empresa a la postre no resultaría todo lo rentable que se deseaba. A nuestro entender, el principal fallo consistió en extrapolar las torresfortalezas que tan buen resultado habían dado en la conquista de Canarias: Rubicón, del Conde, Gando, Añaza, etcétera, a una región continental con unas características totalmente diferentes a las insulares.

La ocupación de Ifni, obra de Carlos Sáez de Tejada, que representa la llegada de los españoles al territorio africano en 1934, durante el periodo de la II República. Allí permanecerían treinta y cinco años.

Lo que fue solo una ocupación de hecho se convirtió a partir del 4 de septiembre de 1479, con el tratado de Alcaçovas, en algo de pleno derecho. Por el convenio, Castilla reconocía a Portugal sus posesiones en Fez y la costa de Guinea y, a cambio, Portugal reconocía la de Canarias para la Corona española.

El reparto africano se alteró con el descubrimien to de América, lo que obligó a ambas potencias a solventar sus discrepancias con el tratado de Tordesillas, firmado el 7 de junio de 1494. En él, además de los límites atlánticos se establecían los del norte de África: Portugal se quedaba con el reino de Fez y Castilla con el de Tremecen, las ciudades de Melilla y Cazaza y la costa africana frontera con las Canarias, desde el cabo Bojador hasta el cabo Güera y la desembocadura del río Messa.

Las disputas por los límites del reino de Fez y la costa fronteriza de Canarias llevaron a castellanos y portugueses a una nueva reunión: la convención de Cintra de 1509. Allí se estableció que la zona española en el norte de África comenzaba seis leguas al oeste del peñón de Vélez de la Gomera y se extendía hacia el este. Portugal tendría desde ese límite hacia el oeste, con toda la costa occidental menos la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña, cuyos derechos de posesión se reconocían a España plenamente.

En 1524, cuando los cherifes continuaban extendiendo su poder en el sur de Marruecos, Santa Cruz de la Mar Pequeña fue asaltada, tomada y abandonada por España, tanto que en 1698 fue desestimado un proyecto de ocupación de la misma por parte de los hugonotes quienes, tras ser expulsados de Francia, se habían extendido por diversos países e hicieron una propuesta en ese sentido al embajador español en Londres.

En 1765, bajo el reinado de Carlos III, el célebre marino Jorge Juan fue encargado de reabrir con el sultán Muley Mohammed el asunto de la antigua plaza de Santa Cruz de la Mar Pequeña, tantas veces solicitada por los pescadores canarios y sobre la que se cernía ahora la amenaza de un aventurero inglés llamado George Glass que se había apoderado de ella. Glass había establecido contactos de forma privada con los nómadas saharauis desde Canarias, por lo que el rey ordenó su arresto al comandante general de las islas, Domingo Bernardi.

Aunque una vez detenido, los saharauis tomaron y asaltaron de nuevo la fortaleza. Sus estudios sobre la riqueza pesquera del banco sahariano y el positivo informe de Bernardi provocaron en las negociaciones con Muley Mohammed un mayor interés por la instalación de la factoría en un lugar de la costa del Sáhara que podría ser Puerto Cansado, donde se encontraba la fortaleza Santa Cruz de la Mar Pequeña, o en las desembocaduras del Uad Draa o del Uad Chebeica.

El acuerdo se consiguió con el Tratado de Paz y Comercio del 28 de mayo de 1767, pero a pesar de la persistente insistencia de los pescadores canarios no llegó a llevarse a cabo.

El tema de Santa Cruz de la Mar Pequeña reapareció en el Tratado de Paz y Amistad que España firmó con Marruecos el 26 de abril de 1860, tras su victoria en la guerra de África.3

Leopoldo O’Donnell, canario, general en jefe del ejército que acababa de derrotar a Muley Abbas, consciente de la necesidad de tener en la costa saharaui una factoría que apoyara la pesca y que permitiera una seguridad permanente en las islas, negoció directamente con el príncipe marroquí la devolución del territorio. El artículo VIII del Tratado, aceptado y rubricado por el sultán de Marruecos y la reina de España, decía lo siguiente:

Su Majestad Marroquí se obliga a conceder a perpetuidad a su Majestad Católica, en la costa del océano, junto a Santa Cruz la Pequeña, el territorio suficiente para la formación de un establecimiento de pesquería como el que España tuvo allí antiguamente. Para llevar a efecto lo convenido en este artículo se pondrán previamente de acuerdo los gobiernos de Su Majestad la Católica y Su Majestad Marroquí, los cuales deberán nombrar comisiones por una y otra parte para señalar el terreno y límites que debe tener el referido establecimiento.

El tratado era muy claro, pero el problema que se presentaba era que nadie sabía realmente de que ciudad hablaban. En las notas tomadas por los escribas marroquíes figuraba el nombre de Santa Cruz, Agadir, por lo que Muley Abbas, consciente de los perjuicios que le acarrearía a su monarquía la ocupación de un puerto que rivalizara con Mogador prolongó indefinidamente las negociaciones sin resultados prácticos dado el desconocimiento de las autoridades españolas sobre la ubicación del territorio que el tratado les daba derecho a ocupar.

Ante la falta de acuerdo se barajaron otros posibles emplazamientos para la factoría: un promontorio cercano a Agadir, las calas de Sidi Uarsiks o las desembocaduras del Uad Asaka, Uad Draa, Uad Chebeica o el mismo Puerto Cansado, donde la primitiva Santa Cruz de la Mar Pequeña.

DE LA GUERRA DE ÁFRICA A LA CONFERENCIA DE BERLÍN. LAS EXPEDICIONES

En 1876, de forma análoga a la Asociación para la exploración de África, instituida en Bruselas por Leopoldo II, nació en Madrid la Real Academia de la Historia, con propósitos de investigación y exploración, pero también comerciales y de expansión colonial. El año siguiente, presidida por Alfonso XII, una sesión extraordinaria de la Academia proponía en su orden del día puntos a tratar: la ocupación de Santa Cruz de la Mar Pequeña, tema pendiente desde 1860 y el establecimiento de una factoría en el Mar Rojo, como base intermedia en las nuevas rutas hacia Filipinas, tras la apertura del Canal de Suez.

Para cumplir el primer objetivo se organizó una comisión hispano-marroquí, presidida por el cónsul de España en Mogador José Álvarez Pérez, que viajaría por la costa africana a bordo del navío Blasco de Garay para determinar la ubicación de Santa Cruz de la Mar Pequeña. Otro de sus miembros era el capitán de navío Cesáreo Fernández Duro, experto africanista, que había participado en la campaña del sesenta al mando del vapor Ferrolano.

La comisión presentó sus actas definitivas en enero y febrero de 1878 justificando las razones con que apoyaban su tesis de que el enclave buscado se encontraba en la ensenada del Uad Ifni: era el lugar más accesible de la costa; poseía huellas históricas de una posible presencia española y tenía agua potable en cantidad, de la que carecía la cuenca del Draa o el desierto, lo que concordaba con el episodio que narró Diego García de Herrera, que estuvo en una ocasión sitiado por diez mil infantes y tres mil caballos en Santa Cruz de la Mar Pequeña.

De forma personal Fernández Duro hizo también una descripción de todas las posibilidades que podría encontrar España ocupando Uad Ifni: hermosas playas con arenas blancas, vegetación, tierras fértiles, numerosos caminos y veredas y, sobre todo, ventajas de orden defensivo. Estas hipótesis, reiteradas en la conferencia que dio en la Sociedad Geográfica de Madrid el 26 de marzo, provocaron que la Secretaría de Estado ordenara al ministerio de Marina un informe sobre todos los antecedentes históricos que apuntaran la situación real del fuerte perdido.

El ministerio encargó el estudio al brigadier de infantería de marina, Pelayo Alcalá Galiano, y sus conclusiones contradijeron abiertamente las opiniones de Fernández Duro y de la comisión situando el enclave buscado en el Uad Nun de las antiguas cartas y Uad Chebeica en las modernas, es decir en Puerto Cansado. Las razones que aducía Alcalá Galiano eran que el territorio se situaba a una distancia de la isla de Lanzarote que coincidía con la mencionada por sus conquistadores; que en las cartas de Jorge Juan se hacía referencia a la calidad y cantidad de sus bancos de pesca, presentes solo en el Uad Chebeica y que, por razones políticas, convenía más ese puesto ya que los marroquíes solo aceptaban a Puerto Cansado como lugar de asentamiento para los españoles.

Pese a todo, las razones «tradicionales» de Fernández Duro se impusieron a las «técnicas» de Alcalá Galiano y el emplazamiento solicitado se situó en Uad Ifni.

En 1883, ya en pleno afán colonial europeo que culminaría con la conferencia de Berlín, se inició un tercer intento de localización del enclave, pero Marruecos se negó de nuevo a firmar el acta. La paciencia española se agotó, y en noviembre, con motivo de la celebración del Congreso Nacional de Geografía, entre las principales conclusiones que afectaban al África Occidental se aprobó una, la número quince, por la que se solicitaba la ocupación urgente y la fundación de una estación comercial en la ensenada de Ifni, en cumplimiento del acuerdo de la comisión hispano-marroquí.

Los sucesos de Las Carolinas4 y la guerra del 98 obligaron al gobierno a dejar una vez más abandonado el tema, pero la pérdida de las posesiones asiáticas y americanas le volcaron sobre las africanas.

LOS TRATADOS CON FRANCIA: LOS TRES TERRITORIOS

En 1902, Francia, necesitada de aliados para consolidar su situación internacional, ofreció a España el reparto de Marruecos dejándole dos zonas, una al norte, entre los ríos Sebú y Muluya, y otra al sur, en Uad Ifni. El gobierno español, temeroso de la postura que pudiese mantener Gran Bretaña ante esa situación, no aceptó hasta un año después, cuando tenía ya la seguridad de que los británicos lo permitían.

Ya era tarde, Francia había llegado a un acuerdo con Gran Bretaña, no necesitaba a España, y no estaba dispuesta a cederle Tánger, que se eliminaba de la que había sido la propuesta inicial. Pese a todo, en 1904, las tres naciones firmaron una convención, en la que decidieron que, si el sultán no podía mantener el orden, España y Francia establecerían un protectorado en Marruecos.

Alemania, marginada de todas las conversaciones, desembarcó sus tropas en Tánger en 1905. Para evitar la guerra, se convocó una Conferencia internacional en Algeciras que discutiría todas las cuestiones sobre Marruecos. La reunión se celebró entre el 15 de enero y el 7 de abril de 1906. En los resultados, los intentos alemanes por participar en el reparto del país se vieron frustrados, pero se acordó el derecho de todas las naciones de lograr acuerdos económicos y se aceptó que hubiera dos zonas de influencia, una de Francia y otra de España, con derecho para intervenir en ellas cuando cualquiera de las dos lo creyese necesario para sus intereses.

La legendaria expedición de Cervera, Quiroga y Rizzo tuvo un espectacular éxito, y le podía haber entregado a España la soberanía sobre inmensas extensiones de desierto, pero en 1886 España no tenía fuerza ni ambición para llevar adelante una misión colonizadora como la de Francia o Gran Bretaña. Foto de Ristre Multimedia.

En 1910, siendo gobernador del territorio del Sáhara el comandante Francisco Bens, y amparados en el convenio, se intentó de nuevo ocupar Ifni, y una vez más se frustró la operación al no acudir al territorio la correspondiente comisión marroquí. Ante tal situación, y muy influenciado por los sucesos que habían ocurrido en Melilla el año anterior,5 el gobierno preparó tropas en Las Palmas para efectuar un desembarco directo, que finalmente fue frenado por las gestiones del gobierno francés.

Un año después se envió otra comisión en el buque de guerra Infanta Isabel presidido por Sosota, cónsul de España en Mogador, y se preparó a las fuerzas de ocupación en Santa Cruz de Tenerife, al mando del coronel Ricardo Burguete, hombre de gran experiencia militar obtenida en Cuba, Filipinas y Melilla. Nuevamente la operación fue detenida por Francia que temía que la ocupación afectase al acuerdo comercial que se había firmado con Alemania.

Marruecos se encontraba en una completa anarquía, por lo que el sultán, cuya posición era totalmente insostenible, pidió ayuda a Francia. De acuerdo con lo acordado en Algeciras las tropas francesas ocuparon la capital, Fez, y las españolas Larache y Alcazarquivir. Alemania, que nunca había estado de acuerdo con las decisiones de la conferencia, envió también un cañonero a Agadir.

La palpable tensión entre ambos países que, posteriormente desembocaría ya en la primera guerra mundial obligó a firmar un acuerdo franco-alemán por el que Alemania renunciaba a Marruecos y aceptaba el protectorado francés sobre este, a cambio de una cesión de territorios en el África Ecuatorial.

El 27 de noviembre de 1912, España y Francia llegaban a un acuerdo definitivo que repartía el protectorado. A España se le reconocía el derecho al territorio de la zona norte, estableciéndose la capital en Tetuán y el enclave de Ifni, así como al resto del territorio sahariano, en las condiciones que habían quedado establecidas con el Convenio de 1904. A cambio perdía la región de Uad Nun, en el sur, y la hamada de Tinduf, situándose los límites entre las zonas francesa y española al norte del río Uarga.

En febrero de 1913 comenzó el despliegue de tropas en el territorio, con la ocupación pacífica de Tetuán por parte del general Felipe Alfau Mendoza. La prensa del día siguiente publicaba en titulares: «La bandera de España tremola al viento sobre la Alcazaba de Tetuán como hace 53 años», recordando la entrada en la ciudad del ejército de O’Donnell en 1860. Los efectivos militares españoles en Marruecos, cuyas tribus se resistían a la presencia europea, alcanzaban por entonces los cincuenta mil hombres. Con el inicio de la guerra mundial se detuvo la ocupación para evitar conflictos con otras potencias y conservar la neutralidad.

Una vez acabada, se reanudaron las operaciones militares, sin embargo, en 1919 el ya teniente coronel Bens fracasó de nuevo en su intento de ocupación de Ifni, dadas las reiteradas gestiones del gobierno francés para que no se llevara a cabo.

Las protestas españolas no fueron demasiado enérgicas. El gobierno estaba involucrado en una guerra contra las cábilas que le suponía un enorme esfuerzo en hombres y dinero, que no finalizó hasta 1927 tras el desembarco de Alhucemas. La pacificación definitiva de la zona española supondría el inicio de su organización administrativa.

España poseía ahora las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla, los peñones de Alhucemas y Vélez, las islas Chafarinas, el territorio de Ifni —aún sin ocupar—, la zona del protectorado de España en Marruecos, sus territorios del Sáhara en África Occidental y los de África Ecuatorial con las islas de Fernando Poo y Annobón y la Guinea Continental con los islotes adyacentes.

Mientras, Francia proseguía su expansión por el sur marroquí, haciendo retroceder a las bandas rebeldes hacia las tierras de los Ait Ba Amran, en Ifni, afines a los españoles de Cabo Juby, el país Tekna. Que las bandas rebeldes se pudiesen refugiar en el territorio que le correspondía a España empezó a preocupar a los franceses por lo que, como ahora sí les interesaba, enviaron una petición al recién nombrado gobierno de la república española para que tomase el territorio en función de los artículos III y IV del Convenio firmado el 27 de noviembre de 1912.

El viejo fuerte español de Villa Cisneros, hoy Dajla, uno de los mejores restos de la huella española en el Sáhara Occidental, el antiguo Sáhara Español, está en la actualidad destruido, fruto de la desidia y el descuido de los marroquíes. Foto de ICOMOS.

Tampoco le venía mal a las autoridades españolas, a través de la ansiada factoría que iba a ocupar Capaz en el territorio; podían influir más directamente en el África occidental, a la vez que satisfacían los intereses económicos canarios.

LA OCUPACIÓN DE IFNI

Entre 1912 y 1934 España dejó en manos de Francia los asuntos de Ifni y del Sáhara, y España fracasó cuatro veces en sus intentos de lograr asentarse en Ifni. Pero por fin, en marzo de 1934, el gobierno de la República envío a Tarfaya al coronel Fernando Capaz Montes, un africanista experto, que tenía la misión de ocupar el territorio de una vez por todas.

Capaz embarcó en el Canalejas y acordó con su emisario desembarcar cuando este hiciese la señal convenida, que no era otra que el izado de la bandera de España, lo que ocurrió el 6 de abril, fecha en la que tomó posesión efectiva del territorio y de su capital, Sidi Ifni, en nombre de la República española. En unos días tuvo un éxito enorme, y el 9 de junio ya había creado el Batallón de Tiradores de Ifni, compuesto de tres tabores con tres mías cada uno, más una de zapadores, con el que consolidó la ocupación de una «cuña» de 25 km de profundidad. La extensión ocupada, 1.500 km2 de superficie con 84 km lineales de abrupta costa atlántica, estaba situada en el noroeste de África, entre los paralelos 29º 34’ N y 29º 0’ S.

Ifni es un terreno semidesértico, con escasa agricultura y poca ganadería pero muy buena pesca, lo que lo hacía importante para los intereses económicos de las islas Canarias desde tiempos lejanos. Enclavado en el sur marroquí, es una tierra con un clima de transición que en los últimos siglos ha ido sintiendo el avance implacable del desierto.

Cuando se ocupó el territorio el gobierno español pudo elegir varias denominaciones a efectos legales y administrativos para denominarlo. El que en principio tenía más posibilidades era sin duda Santa Cruz de la Mar Pequeña, pues permitiría establecer un enlace, más imaginativo que real, con el antiguo asentamiento castellano. Otro nombre posible era usar el nombre de Amezdog, un importante aduar, o El Mesti, que era el nombre de la cabila de los Ait Ba Amran más próxima, pero se decidió, con claras intenciones políticas, ser respetuosos con la tradición local y se empleó el nombre de Sidi Ifni, que viene a significar algo así como el «Señor de la Laguna».6

LA OCUPACIÓN DEL SÁHARA

El territorio que iba a ser denominado después Sáhara Español o Sáhara Occidental se extiende desde el Uad Draa y la Saguía el Hamra hacia el sur, es una zona más árida, sin apenas agua y barrida por los vientos del desierto y los antecedentes directos de su ocupación datan de 1884, cuando el teniente coronel Emilio Bonelli Hernando desembarcó de la fragata Inés, en las costas del viejo territorio de «Río del Oro».

El gobierno de Cánovas del Castillo había sido convencido por la Sociedad Española Africanista y Colonialista, para evitar que la zona fuese adjudicada en el Congreso de Berlín, que se estaba desarrollando en esas mismas fechas, situando a una potencia, no necesariamente amiga, junto a las costas de Canarias. Benelli se limitó a levantar un fuerte en un lugar al que llamó Villa Cisneros, que apenas era una casamata mal protegida. Luego marcó con una bandera, pero sin dejar guarnición alguna, Cabo Blanco y la Bahía Cintra, regresando a Las Palmas el 1 de diciembre. Aunque lo que hizo fue, meramente testimonial, sirvió para que el gobierno español reclamase la costa entre el Cabo Blanco y el Cabo Bojador.

Villa Cisneros fue pronto destruido, perdiendo los españoles dos hombres, por lo que tuvo que ser reconstruido y guarnecido por treinta hombres bien armados. En 1886, la Sociedad Española Africanista y Colonialista envió una importante expedición científica al interior al mando del capitán Cervera, el catedrático Francisco Quiroga y el diplomático Felipe Rizzo, que logró en Iyil —actual Mauritania— la sumisión de las tribus señoras del desierto, algo que como es lógico Francia no pudo tolerar, logrando que España cediera en el acuerdo de fronteras en África de 1900.7 A cambio, al menos, Francia garantizó a España lo más importante, la explotación de los caladeros pesqueros del banco sahariano y el control de la costa ante las Canarias.

Tropas de un Tabor de Tiradores de Ifni en la posguerra. El comportamiento de las tropas del territorio en la Guerra Civil española había sido magnífico, y demostraron que eran unos luchadores duros y valerosos.

No obstante, había una zona más que le fue ofrecida por Francia a España de forma sorpresiva en 1902. En 1887, un británico, Donald Mackenzie, había levantado un fortín en una isla frente a Tarfaya, más allá del Draa, el límite histórico del sultanato de Marruecos. El motivo fue que a su muerte Mackenzie logró del sultán la promesa de que jamás entregaría a ninguna nación europea un puesto en la zona sin consultar antes al Reino Unido. El sultán accedió, por lo que a Francia le venía muy bien que España ocupase la zona antes de que lo hiciesen los británicos.