Breve historia de la utopía - Rafael Herrera Guillén - E-Book

Breve historia de la utopía E-Book

Rafael Herrera Guillén

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"Desde la República de Platón o la Nueva Atlántida de Bacon, hasta el mayo del 68, la globalización y los indignados. Todas las claves filosóficas y culturales de las principales ideas utópicas que han dado identidad a cada época histórica. La apasionante crónica de la constante búsqueda de un mundo mejor."(Agapea) "Por tanto, a lo largo de las páginas de este libro, cada época histórica puede conocerse por lo que no fue, es decir, por lo que anheló llegar a ser. De este modo, podemos ver cómo en cada uno de los siglos las utopías se orientaban a solucionar los problemas que acaecían a la mayoría de la población o a las mayores debilidades de cada momento."(Todo literatura) Un ensayo que nos descubre un anhelo humano y, por ello, presente en toda la historia de la humanidad: el deseo de un mundo mejor y más justo. El objetivo de Breve Historia de la Utopía es demostrar que el pensamiento utópico y el diseño de utopías no han sido una mera divagación o una cuestión marginal a lo largo de la historia del pensamiento occidental. Son numerosas las teorías utópicas y también los intentos de aplicación práctica de las mismas, desde la República de Platón hasta las corrientes altermundistas actuales, pasando por el buen salvaje de Rousseau o Mayo del 68 y sin dejar de lado propuestas radicales que, en sus orígenes también fueron utopías como el stalinismo o el nazismo. Un recorrido imprescindible por la historia de las ideas. Rafael Herrera considera que es tan importante, a la hora de estudiar las sociedades humanas, lo que estas fueron como lo que estas quisieron ser, un estudio de las distintas propuestas de sociedades utópicas es fundamental, habida cuenta que estas nacen de una noción ontológica y netamente humana: la certeza de que la sociedad en la que vivimos es mejorable.

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Seitenzahl: 384

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Breve historia de la utopía

Breve historia de la utopía

Rafael Herrera Guillén

Colección: Breve Historiawww.brevehistoria.com

Título: Breve historia de la utopíaAutor: © Rafael Herrera GuillénDirector de la colección: José Luis ibáñez Salas

Copyright de la presente edición: © 2013 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madridwww.nowtilus.com

Elaboración de textos: Santos RodríguezRevisión y adaptación literaria: Teresa EscarpenterDiseño y realización de cubierta: Reyes Muñoz de la SierraImagen de portada: La escuela de Atenas, 1510-1511, de Rafael

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ISBN edición impresa: 978-84-9967-521-3ISBN impresión bajo demanda: 978-84-9967-522-0ISBN edición digital: 978-84-9967-523-7Fecha de edición: Septiembre 2013

Conversión digital:www.cuadratin.es

A mi hijo Rafael

Prólogo

Tabla de abreviaturas

1. Sueños míticos

En el principio era…

Esperanzas poéticas

Un mundo platónico

Primera utopía global

Cristianos y comunistas

2. Dios toma el mando

La Ciudad de Dios

La Ciudad de Cristo

3. El hombre comienza a despertar

Introducción

La isla de Utopía

La Nueva Atlántida

La Ciudad del Sol

Cristianópolis

4. La diosa razón

La República guaraní

El buen salvaje

5. Las utopías invaden el mundo

Introducción

Socialismo de Estado

Socialismo utópico

Sociocracia

Socialismo científico

Anarquismo

6. Pesadillas y esperanzas

Degradación de la utopía: totalitarismos

Mayo del 68

7. Un mundo indignado

El final de la historia: una utopía neoliberal

Movimiento antiglobalización

Movimiento 15-M: los Indignados

Bibliografía

Prólogo

Nada ni nadie puede garantizarnos que, cuando despertamos de una pesadilla, no estemos entrando en otra nueva. Por el contrario, lo que parece siempre evidente es que, cuando la realidad nos despabila de un sueño maravilloso, es siempre para adentrarnos en un mundo más triste y enojoso.

Ahora son muchos quienes dicen que, durante los últimos años, estuvimos viviendo en un sueño liberal que en realidad era una trampa que nos conducía directamente al infierno. A estas épocas complejas socialmente y depauperadas económicamente se las suele llamar crisis.

Antes de que las crisis sobrevengan, siempre hay síntomas; de hecho, los intelectuales más sagaces suelen advertir inútilmente de la realidad penosa que se avecina… Sin embargo, o no suelen ser escuchados, o suelen ser despreciados como los aguafiestas de la orgía de felicidad general.

El ruido de la felicidad es siempre más ensordecedor que el tronar de la realidad venidera. Los antiguos solían interpretar estas situaciones como castigos divinos por no seguir los mandamientos celestes. Hoy sucede algo parecido: sólo que ya no hay dioses a quienes culpar; es por eso por lo que se buscan culpables del mal propio entre quienes tienen responsabilidades de poder.

Es entonces cuando la gente se moviliza y exige a los poderes públicos que devuelvan el sueño perdido de la felicidad pasada, que devuelvan la adormidera social y económica, que la prosperidad caiga sobre los hombres como un maná beatífico. Pues los seres humanos siempre tienen derecho a un mundo mejor.

Alguien podrá discutir si siempre lo merecen; pero lo que me parece incuestionable es que una sociedad, cuando sale a las calles a exigir que se cumpla su deseo de prosperidad, no necesita un cúmulo de frías razones intempestivas. No obstante, puede resultar útil reflexionar sobre las ideas de un mundo mejor que nos antecedieron. La suerte de los hombres es siempre una suerte compartida.

De esta situación nació la idea de este libro. Tras los llamados años de bonanza económica, España, y en general Europa, viven una situación social y económicamente crítica. El Viejo Continente es y ha sido siempre una potencia utópica incomparable. Casi se puede decir que la razón europea siempre incorporó dosis de utopismo que le dieron su forma característica.

Esta Breve historia de la utopía ofrece un viaje al lector por las ideas utópicas más importantes que se han producido a lo largo de los siglos, desde la Antigüedad griega y bíblica hasta la actualidad. Como veremos, hay una serie de ideas recurrentes que van apareciendo en todas las épocas pero con sus propias características en cada situación. Y, sobre todo, lo que siempre permanece en todo tiempo y lugar es el deseo de las personas de construir un mundo mejor.

Tanto en la mitología griega, como en la Edad Media o en la modernidad… hasta los movimientos cívicos actuales del 15-M u otros, los ciudadanos tienen en su capacidad de movilización la llave del futuro. Por tanto, que el tiempo venidero signifique la entrada en una nueva pesadilla o en un mundo mejor depende de azares incontrolables, bien es cierto, pero también de las acciones razonables que cada generación desarrolle en cada tiempo histórico.

Breve historia de la utopía pretende ser una pequeña aportación a esta época de crisis. Su espíritu radica en el deseo de colaborar a través de la filosofía en los procesos de mejora que desean la gran mayoría de los ciudadanos.

Este libro esun pequeño grano de arena que está dedicado a todos los hombres y mujeres sencillos que han visto cómo todos sus esfuerzos por sacar adelante a sus familias y a sí mismos se han visto defraudados por el presente y luchan por la regeneración de su propio mundo.

Tabla de abreviaturas

Con el fin de facilitar la lectura, se ha optado por referenciar mediante las siguientes abreviaturas las obras más citadas a lo largo del libro.

Aviso: FOURIER, Charles. Aviso a los civilizados sobre la próxima metamorfosis social.

Carta: SAINT-SIMON, Claude Henri. Carta de un ciudadano de Ginebra a sus contemporáneos.

CD: AGUSTÍN DE HIPONA, santo, La Ciudad de Dios.

Cr: ANDREAE, Johann Valentin. Cristianópolis.

CS: CAMPANELLA, Tommaso. La ciudad del Sol.

Discurso: COMTE, Auguste. Discurso sobre el espíritu positivo.

DyE: BAKUNIN, Mijaíl. Dios y el Estado.

ECC: FICHTE, Johann Gottlieb. El Estado comercial cerrado.

El Único: STIRNER, Max. El único y su propiedad.

Gotha: MARX, Karl. Crítica del programa de Gotha.

Manifiesto: MARX, Karl y ENGELS, Friedrich. Manifiesto del Partido Comunista.

Miseria: MARX, Karl. Miseria de la filosofía.

NA: BACON, Francis. Nueva Atlántida.

Org: SAINT-SIMON, Claude Henri. El Organizador.

Propiedad: PROUDHON, Pierre-Joseph. ¿Qué es la propiedad?

PU-I: MANUEL, Frank E. y MANUEL, Fritzie P. El pensamiento utópico en el mundo occidental. (Vol. 1). Antecedentes y nacimiento de la utopía I (hasta el siglo XVI).

PU-II: MANUEL, Frank E. y MANUEL, Fritzie P. El pensamiento utópico en el mundo occidental. (Vol. 2). El auge de la utopía cristiana.

PU-III: MANUEL, Frank E. y MANUEL, Fritzie P. El pensamiento utópico en el mundo occidental. (Vol. 3). La utopía revolucionaria y el crepúsculo de las utopías (ss. XVX - XX).

Rep: PLATÓN, República.

Rou: ROUSSEAU, Jean-Jacques. Obras.

T: HESÍODO. Teogonía.

TCM: FOURIER, Charles. Teoría de los cuatro movimientos y de los destinos generales.

Teoría: FOURIER, Charles. Teoría de la unidad universal, el nuevo mundo industrial y societario.

Tr: HESÍODO. Trabajos y días.

U: MORO, Tomás. Utopía.

Zaj: ZAJÍCOVÁ, Lenka. «Algunos aspectos de las reducciones jesuíticas del Paraguay: la organización interna, las artes, las lenguas y la religión»

1

Sueños míticos

EN EL PRINCIPIO ERA…

En el libro del Génesis bíblico encontramos dos narraciones fundamentales para comprender la evolución de la idea de utopía a lo largo de la historia: la fábula del huerto del Edén y la historia del diluvio universal. Su importancia radica en el hecho de que, con las modificaciones propias de cada época, estos dos mitos bíblicos se han repetido como anhelos permanentes a lo largo de la historia del ser humano.

El deseo que late subterráneamente en la historia de Adán y Eva evoca la idea de la pérdida de un mundo perfecto en el pasado, donde habitaron una vez los seres humanos. En cuanto al anhelo que surca la historia de Noé y el arca, este consiste en la ilusión utópica según la cual, algún día, unos cuantos elegidos se salvarán de la destrucción de un mundo corrupto sobre cuyas cenizas brotará de nuevo el paraíso perdido.

Estas dos ideas forman parte de todo el esquema mental de la utopía. Son como prototipos que se van reinterpretando.

Ante un mundo corrupto, el pensamiento utópico surge sobre la idea de que los seres humanos pertenecen y merecen un mundo mejor que se perdió en el pasado remoto (el Edén paradisíaco). Esta ensoñación, entonces, hace que el utopista se rebele contra el mundo presente corrupto y anhele destruirlo (diluvio) pero salvando solamente a unos elegidos virtuosos (Noé, sus hijos y la naturaleza). Estos serán quienes sobrevivan a la destrucción para refundar un mundo nuevo, justo y sin pecado.

Así pues, como vamos a ver a lo largo de las páginas que ahora comienzan, estas dos ideas bíblicas laten de uno u otro modo en el fondo de toda la historia de la utopía, y en el fondo de los deseos de cada ser humano.

El Edén, la pérdida del mundo perfecto

El mundo más perfecto con el que puede soñar un hombre sería aquel creado por el mismo Dios para el disfrute del ser humano. En la fábula del paraíso, la Biblia cuenta que Jehová «plantó un huerto en Edén» (Gn 2, 8) y colocó allí al hombre.

Según esta narración, el ser humano fue creado para disfrutar del huerto que Dios había plantado especialmente para él. Dios trabajó la tierra para que los hombres no tuvieran más que entrar en ella para disfrutarla. Ese huerto divino era feraz y agradable, y proporcionaba de modo espontáneo todo cuanto un ser humano podía precisar, sin necesidad de trabajar ni de ningún esfuerzo, sin sufrir enfermedades ni sufrimientos, pues la vida humana era eterna en el huerto que Dios cultivó para el hombre. Allí la felicidad humana no sólo era completa, sino eterna: «Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gn 2, 9).

La única condición para disfrutar de esta felicidad absoluta y de la eternidad, no obstante, era que el ser humano conservara su ingenuidad natural, manteniéndose alejado del árbol de la ciencia. Para esto, tenía que renunciar a conocer las nociones de bien y de mal, es decir, las ideas morales que regulan la existencia cuando esta no es perfecta. Pues una vida perfecta ejerce el bien de manera espontánea, como por instinto, sin tener la más mínima noción del mal.

Y esto fue justamente lo que perdieron Adán y Eva al comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. El hombre natural, el hombre instintivamente en consonancia con la naturaleza y con Dios, al comer del fruto prohibido del conocimiento, se transformó en el hombre moral, es decir, en el ser humano que «conoce» en sentido profundo, que tiene noción del bien pero también del mal.

Para acceder a esta noción del bien y del mal, a esta sabiduría, Adán y Eva tuvieron que desobedecer a Dios, es decir, tuvieron que activar algo que ya estaba en su interior: la sed de conocimiento. Esta sed de conocimiento está ya en el interior del ser humano: en Eva, como pulsión pecaminosa hacia el saber. Esta voz interior está representada por la serpiente, que azuza la conciencia de Eva.

El hambre de conocimiento es una cualidad divina que está inscrita en el ser humano, pues este está hecho a imagen y semejanza de Dios. Por tanto, si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, prohibirle el conocimiento era tanto como obligarlo a renunciar a su peculiaridad más propia. En este sentido, la caída en el pecado y en la desobediencia era intrínsecamente inevitable. El límite que Dios imponía a Adán y Eva era incumplible. Así, la sierpe le dice a Eva:

[…] sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.

Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.

Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos, y entonces cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales.

Gn 3, 5-7

Con la adquisición de la ciencia del bien y del mal, Adán y Eva pierden su ingenua naturalidad. Al abrir los ojos, se les aparece el mundo, y ellos mismos en él; comienzan a tener conciencia de sí, se miran a sí mismos y al otro; entienden que no pueden vivir desnudos, cual animales, es decir, sin autoconciencia. Pero, justo cuando comprenden esto es cuando la máquina del castigo se va a poner en marcha. Cuando el ser humano toma conciencia de su desnudez ante la naturaleza, en ese mismo instante ya comienza a comprender que está condenado a construir, crear, tejer los días de su vida desnuda.

El precio por comer el fruto prohibido del conocimiento fue la expulsión del paraíso. El mito de Adán y Eva simboliza ese doloroso tránsito desde una vida feliz pero sin conocimiento, en el paraíso, a una vida desgraciada pero consciente sobre la tierra. Adán y Eva expulsados del Paraíso, de Massaccio.

El ser humano ganó la inteligencia y la libertad pero a costa de perder la felicidad eterna sobre la tierra: «A la mujer dijo: “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces…”. Y al hombre dijo: “[…] Con el sudor de tu rostro comerás el pan…”» (Gn 3, 16-17.19).

Con esta condena, el ser humano perdió la dulzura de una vida ingenua, feliz y natural. Fue expulsado del paraíso con el fin de que no comiera del otro árbol prohibido, el de la eternidad. Así pues, al perder el paraíso, también perdió su derecho a la eternidad sobre la tierra, a cambio de disfrutar, expulsado del Edén, de una inteligencia esforzada y de su libertad para construir la vida.

Y dijo Jehová: «He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre».

Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado.

Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.

Gn 3, 22-24

No obstante, a Adán y Eva, al menos, todavía les fue permitido vivir en tierra de Dios, si bien fuera del paraíso. Es decir, en cierto modo, Adán y Eva, y sus hijos Caín y Abel, llevaban una vida dentro del reino terrenal de Dios que, aunque exigía el esfuerzo del trabajo, no era una vida en la que el mal tuviera lugar. Es decir, el mundo fuera del paraíso todavía no era el mundo del mal que, según el Génesis, se extendió sobre la tierra con el asesinato de Abel a manos de Caín, su hermano.

El mal entró en el mundo cuando Dios expulsó a Caín de su lado, por haber derramado la sangre del fratricidio. Fue entonces cuando sobre la tierra se fundó la primera ciudad. Caín, el padre de la culpa, fundó la primera ciudad: «Salió, pues, Caín de delante de Jehová […], y edificó una ciudad» (Gn 4, 16-17).

Sobre este pasaje, hacia el siglo V, el pensador cristiano san Agustín escribió en la Ciudad de Dios este elocuente pasaje: «La primera ciudad, el primer Estado están fundados por un fratricida. Un fratricidio ha manchado también los orígenes de Roma, tan manchado que puede decirse que es una ley que ha de correr antes sangre, allí donde ha de alzarse un Estado».

Antes de los pecados de Adán, Eva y Caín, la inocencia y el Edén eran el entorno del hábitat humano. Después, el precio de la libertad y del conocimiento fue la pérdida de la inocencia, de la felicidad y de la eternidad, y la condena al trabajo y al sufrimiento y a un mundo regido por la lucha y la voluntad de poder.

Noé, la regeneración destructora del mundo

La raza de Caín, así pues, se extendió sobre la tierra. El mal se hizo dueño del mundo. El conocimiento de la ciencia del bien y del mal llevó a Caín a cometer el primer asesinato de la historia, derramando la sangre del hermano. Entonces Dios expulsó lejos de su seno a Caín. Este fundó la primera ciudad, lejos, muy lejos del paraíso. Aquella ciudad fue la primera de las ciudades en las que habitarían los seres humanos imperfectos. Sus leyes estarían regidas por la guerra, el mal, la avaricia, el poder, y todo cuanto era vivo sobre la tierra quedó subsumido bajo la culpa: «Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia» (Gn 6, 5.11).

Dios entonces se arrepiente de haber creado al hombre y decide destruir el mundo existente para crear un mundo nuevo más perfecto, habitado por los únicos justos que quedaban sobre la tierra. Así, avisa a Noé (el único hombre «justo» y «perfecto» sobre la tierra) para que construya un arca con la cual salvarse a sí mismo y a sus hijos del diluvio que va a enviar sobre la tierra para ahogar a toda la humanidad: «Dijo, pues, Dios a Noé: “He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra […], un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo; todo lo que hay en la tierra morirá”» (Gn 6, 13.17).

Diluvio universal, de Miguel Ángel. Este mito bíblico narra la historia de la decisión de Dios de eliminar a los injustos para que sobre la tierra sólo habiten los puros, los hijos de Noé. El pensamiento utópico heredará esta idea de fundar una ciudad justa en la que queden excluidos todos los malvados.

Tras el diluvio, el mundo comenzaría de nuevo, extendiéndose la estirpe de Noé sobre la misma tierra que antes había sido emponzoñada por la raza de Caín. La nueva estirpe vendría a purificar el orbe después de la destrucción de la vida corrupta del presente.

Esta es la promesa de Dios a Noé: para que el mundo vuelva a ser un mundo justo y perfecto, sería necesario destruir a cada hombre, a cada mujer, a cada niño y a cada criatura viva en la tierra. Esta destrucción purificadora implicará la muerte de millones de personas, pero a cambio Dios prometía al justo Noé la salvación de su familia y el nacimiento de un mundo feliz en el futuro.

Pues bien, a lo largo de la historia, el pensamiento utópico va a repetir, mutatis mutandis, esta misma estructura mítica de la Biblia para movilizar las energías revolucionarias del presente en pos de un futuro mundo mejor y feliz. De hecho, el mito de la revolución consiste en la apelación a los considerados como justos a ejercer su derecho a destruir la corrupción actual del mundo para crear el mundo nuevo que ellos y los suyos tienen derecho a habitar. Esta idea de la regeneración del mundo a través de su destrucción previa se va a repetir en numerosas ocasiones. La historia de la utopía se puede sintetizar en la permanente promesa de la recuperación en el futuro de un paraíso perdido en el pasado mediante la destrucción del mundo del presente.

ESPERANZAS POÉTICAS

También la mitología clásica desarrolló importantes historias en torno a un pasado remoto en el que los seres humanos vivieron en perfecta felicidad. Junto a las narraciones judías de la Biblia que acabamos de ver, la cultura griega completa los dos pilares fundamentales de la civilización de Occidente. En este sentido, estos dos primeros epígrafes del capítulo 1 acerca de la Biblia y la mitología griega constituyen las bases fundamentales del pensamiento utópico que se ha venido desarrollando a lo largo de los siglos hasta el presente.

Dentro del inabarcable y riquísimo legado mitológico que hemos recibido de Grecia, en este punto me voy a centrar en la figura de uno de sus principales poetas, Hesíodo.

Hesíodo, realidad y sueño

Aunque no nos han llegado datos ciertos sobre este poeta de la Antigüedad, la crítica suele considerar el último cuarto del siglo VIII a. C. como la fecha más probable en que fueron compuestas sus obras. Acerca de su biografía apenas sabemos más de lo que el mismo Hesíodo dice de sí mismo en sus principales libros: la Teogonía y Trabajos y días.

Hesíodo y la Musa, de Gustave Moreau. El poeta Hesíodo nos legó una obra en la que las tradiciones mitológicas son interpretadas en un sentido pragmático que permite comprender fábulas como la maldición de Prometeo en clave social y utópica.

Según estas fuentes, Hesíodo debió de ser un hombre de vida sencilla y rural pero acomodada. Fue campesino y pastor de ovejas en la región de Beocia. Nació en Ascra, una aldea cercana a Tebas y a Tespias, donde la vida cultural giraba en torno a certámenes poéticos en honor a las Musas, que atraían a numerosos poetas de diferentes lugares. Se cree que su padre, un comerciante de la región asiática de Cime, se estableció en Ascra huyendo de la pobreza y que pudo participar en alguna de las competiciones líricas de la comarca. Tras la muerte del progenitor, Hesíodo entró en litigios con su hermano Perses por la herencia paterna. En algunos de sus versos, el poeta lanza contra su hermano diversas invectivas, especialmente referidas a su falta de moral del trabajo, y le da consejos acerca de la prosperidad de la actividad agrícola y de la navegación comercial.

Así mi padre y también tuyo, gran necio Perses, solía embarcarse en naves necesitado del preciado sustento. Y un día llegó aquí tras un largo viaje por el ponto abandonando la eolia Cime en una negra nave. No huía del bienestar ni de la riqueza o la dicha, sino de la funesta pobreza que Zeus da a los hombres. Se estableció cerca del Helicón en una mísera aldea, Ascra, mala en invierno, irresistible en verano y nunca buena.

Pero tú, ¡oh Perses!, recuerda todas las faenas de cada estación y en especial las concernientes a la navegación.

Tr, 634-644

Junto con la Ilíada y la Odisea de Homero, las obras de Hesíodo constituyen el gran aglutinador de las fuentes orales mitológico-religiosas. En la Teogonía desarrolló una narración ordenada de las diferentes historias míticas de la tradición helénica en torno al origen del cosmos y de los dioses. En Trabajos y días se centra más bien en las relaciones de la vida humana con los dioses, y sus consecuencias.

En nuestra historia sobre la idea de utopía, conviene centrarse en dos narraciones hesiódicas de Trabajos y días: el mito de Prometeo y Pandora y el mito de las edades del hombre.

Prometeo y la maldición del trabajo humano

Al igual que en la fábula de Adán y Eva, Hesíodo explica el origen del trabajo como una penosa maldición divina contra los seres humanos por haber robado a Zeus el misterio del conocimiento.

En cierto modo, el trabajo constituye el símbolo arquetípico de todos los males de la vida humana: el sufrimiento, la enfermedad, el hambre… Todos estos elementos del dolor vital se sintetizan en el trabajo como esfuerzo casi inútil por liberar al ser humano de una existencia amenazada por la carestía y el dolor.

El propio autor, al elaborar esta interpretación mítica del trabajo, en el fondo no hizo más que trasladar cercanas experiencias familiares, como se pone de manifiesto en el fragmento antes citado, según el cual su padre hubo de emigrar para huir de la miseria que Zeus envía como castigo a los hombres. Pues bien, Hesíodo explica el origen de esta maldición con el mito de Prometeo y Pandora.

Un motivo recurrente en la idea de utopía es la imaginación de un mundo en el que la obtención del sustento sea tan sencilla para el hombre como alzar su brazo hacia los frutos que, generosamente, le ofrece la tierra. Hesíodo otorga una importancia radical al trabajo. De hecho, en su obra, especialmente en Trabajos y días, la realidad del trabajo es elevada al nivel de categoría existencial y mitológica. La propia vida del poeta como campesino y pastor, así como su experiencia comercial, nos revelan a un hombre con un profundo sentido práctico de la existencia pero atravesado por todos los componentes poéticos y míticos de la época.

La primera idea que Hesíodo plantea en su versión del mito de Prometeo y Pandora es la distancia que hay entre la necesidad humana de alimento y su dificultad para lograrlo. Frente a los animales, a quienes les es suficiente tomar de la tierra cuanto necesitan, los seres humanos están condenados a elaborar esforzadamente su sustento en una lucha interminable con la naturaleza. Según el poeta, esta diferencia entre el hombre y la naturaleza estuvo determinada por un castigo divino: «Y es que oculto tienen los dioses el sustento a los hombres; pues de otro modo fácilmente trabajarías un solo día y tendrías para un año sin ocuparte en nada. Al punto podrías colocar el timón sobre el humo del hogar y cesarían las faenas de los bueyes y de los sufridos mulos» (Tr, 45).

Este fragmento es magnífico, por cuanto sintetiza en pocas líneas la distancia entre la realidad inmisericorde del duro trabajo y el deseo de un mundo ideal en el que un solo día bastaría para obtener todo lo necesario para un año. Si los dioses no ocultaran el sustento a los seres humanos, estos, usando su inteligencia, podrían dedicar tan sólo un día de trabajo al año, para después disfrutar de todos los bienes en el calor del hogar. Pero los dioses concedieron al ser humano la inteligencia para que usara de ella en una permanente lucha por el trabajo.

A diferencia del resto de animales, los seres tienen conocimiento. Igual que en la Biblia, el disfrute de una cualidad diferencial tan importante como la inteligencia implica una contrapartida en forma de castigo o sufrimiento: la expulsión del paraíso en la Biblia o la imposibilidad de construirlo mediante el conocimiento en Trabajos y días.

La noción de inteligencia está representada en el mito de Prometeo a través del símbolo del fuego. Este símbolo opera de dos maneras, pues fuego es el calor del hogar pero también la luz que ilumina al ser humano para superar las dificultades de la vida. Pues bien, Hesíodo considera que este fuego no puede permanecer mucho tiempo en el hogar, si el ser humano no hace uso incansablemente de ese otro fuego de la inteligencia para mantenerlo. Es por eso por lo que se lamenta de que no sea suficiente con usar el fuego de la inteligencia una sola jornada para mantener vivo el fuego del hogar todo el resto del año.

Prometeo representa al benefactor de los seres humanos. Él se apiadó del pobre estado de los hombres antes de recibir el don de la inteligencia, y por eso robó a Zeus el fuego del conocimiento, para dárselo a los hombres. Ello le acarreó terribles castigos a él y a la humanidad.Prometeo, de Rubens.

Hesíodo explica la causa de esta evidencia vital mediante la fábula de Zeus y Prometeo. Según el poeta, Zeus escondió el fuego. Sin embargo, Prometeo, el benefactor de la humanidad, conmovido por las devastadoras consecuencias que tendría para los seres humanos este ocultamiento, robó astutamente el fuego al padre de los dioses y se lo entregó a los hombres.

Al enterarse Zeus del hurto filantrópico de Prometeo, entró en cólera y castigó a los seres humanos con el trabajo, la carestía y las enfermedades. Zeus amenaza a Prometeo con engañar a los hombres, enviándoles una terrible desgracia, que ellos van a pensar ilusoriamente que es una bendición: «Te alegras de que me has robado el fuego y has conseguido engañar mi inteligencia, enorme desgracia para ti en particular y para los hombres futuros. Yo a cambio del fuego les daré un mal con el que todos se alegren de corazón acariciando con cariño su propia desgracia» (Tr, 55).

Zeus quiere demostrar a Prometeo y a los hombres que, a pesar de la inteligencia con que el robo del fuego les ha proveído, caerán en la trampa. Este escarmiento lo va a llevar a cabo a través de un engaño, que consiste en el envío de «un bello mal» (Tr, 585), es decir, de una mujer, Pandora, cuya belleza les hará abrazar su propio mal.

Conviene aquí reparar en el hecho de que, al igual que en la Biblia, será la seducción de una mujer el punto de arranque de los sufrimientos de la humanidad. Esto puede tener una doble lectura: una inmediata, que habla del talante misógino de ambos mitos, y otra, de mayor calado, que, por el contrario, señala a la mujer como el origen de lo más propiamente humano: la sed de conocimiento. Al fin y al cabo es Eva quien primero prueba el fruto de la ciencia.

No obstante esto, es fundamental constatar cómo en este punto del mito desempeña un papel crucial el juego de la realidad y la apariencia. La fábula quiere mostrar que los seres humanos van a caer en el engaño porque su inteligencia no es lo suficientemente luminosa como para penetrar el fondo real de las cosas. Así, lo que ellos van a considerar superficialmente como un ser de extraordinaria belleza en su apariencia se va a revelar como una realidad maléfica.

Representación de Pandora en una vasija. Al igual que en la Biblia, en la mitología griega es la figura de una mujer quien hace que entre el mal en el mundo. Aquí Pandora abre su caja para esparcir la pobreza y las enfermedades sobre los hombres, como castigo por haber robado el fuego del conocimiento a Zeus.

La trampa demuestra que los seres humanos son inteligentes, es decir, disponen del fuego de la inteligencia, pero también son falibles y dados a la apariencia. Esta dualidad de profundidad inteligente y superficialidad estética están representadas respectivamente por los hermanos Prometeo y Epimeteo. En este punto, el fondo del mito, tal y como nos los relata Hesíodo, consiste en una realista constatación de que el ser humano construye su mundo a duras penas y, por lo tanto, es incapaz de fundamentar su existencia en una tierra ideal donde imperen la felicidad y la justicia. Veamos cómo se despliega el mito.

Zeus pone a trabajar a toda la maquinaria olímpica en su idea de castigar a la humanidad. Así, ordena a Hefesto modelar con tierra y agua una encantadora doncella bella como una diosa, a la que infunda voz y vida. Atenea le dota de saberes prácticos propios de su sexo. Afrodita la cubre de un halo de irresistible sensualidad. Por último, Hermes es el encargado de conferir a la dama «una mente cínica y un carácter voluble» (Tr, 60-70).

Entre tanto, Prometeo (el que ‘piensa con previsión’) había avisado a su hermano, Epimeteo (el que ‘piensa tarde’), de que, bajo ningún concepto, aceptara jamás ningún regalo de Zeus, pues, de lo contrario, toda suerte de males y desgracias devastarían a los seres humanos. Sin embargo, Epimeteo, que representa la parte superficial del hombre, que sólo aprende tras la comisión del error, cayó en la trampa. Era tal la belleza cautivadora de Pandora que la recibió como el más hermoso bien. Pero entonces esta belleza reveló su realidad profunda, irradiando su perniciosa fuente del mal. Pandora, el bello mal, destapó su jarra para que todos los males se expandieran sobre la tierra por primera vez y ya para siempre. «Mil diversas amarguras deambulan entre los hombres: repleta de males está la tierra y repleto el mar. Las enfermedades ya de día ya de noche van y vienen a capricho entre los hombres acarreando penas a los mortales en silencio…» (Tr, 100).

Aquellos dorados tiempos

Toda construcción de un mundo perfecto, según la visión desesperanzadamente realista de Hesíodo, parece imposible, pues los seres humanos, a pesar de su inteligencia, sólo pueden prever con total eficacia (cual Prometeo) una vez que han sufrido y cometido toda suerte de errores (cual Epimeteo). Los seres humanos son tanto uno como el otro hermano. Son gemelos, el anverso y el reverso de una misma realidad.

Hesíodo se muestra pesimista respecto a la posibilidad del hombre para crear un mundo de felicidad exento de males. Una vez que Pandora abrió la caja del sufrimiento y la carestía, los seres humanos, tan prometeicos como epimeteicos, no podrán volver a guardarlos. No hay modo de neutralizar el mal para siempre. El ser humano está condenado a un trabajo permanente para evitar caer en el sufrimiento, que finalmente tiene ganada la partida.

No obstante, Hesíodo desarrolló un mito dorado de vida humana feliz; sólo que lo situó, no en el porvenir, sino en un pasado remoto ya irrecuperable. Según Hesíodo existió una vez una edad de oro anterior a la maldición pandórica, en la cual los seres humanos vivían en perfecta felicidad. «En efecto, antes vivían sobre la tierra las tribus de hombres libres de males y exentas de la dura fatiga y las penosas enfermedades que acarrean la muerte a los hombres» (Tr, 90-95).

Estos hombres a los que se refiere en el mito de Prometeo corresponden a los hombres de la edad de oro, que pasa a relatar inmediatamente después en el mito de las edades.

Según el poeta griego, la historia de la humanidad se divide en cinco estirpes que han venido sucediéndose una a la otra, en una escala descendente desde la edad dorada a la actual edad de hierro.

La primera estirpe, la de los seres humanos de la edad de oro, fue creada por los dioses y vivieron bajo el eón de Cronos. Aquellos hombres disfrutaban de una felicidad completa. Eran ricos sin esfuerzo, sin maldad y, aunque eran mortales, pues eran hombres, nunca les atenazaban las enfermedades ni los sufrimientos de la vejez, sino que «morían como sumidos en un sueño» (Tr, 115-120). Pero esta estirpe desapareció, convirtiéndose en espíritus benignos que habitan la tierra. Los seres humanos no tienen posibilidad de recuperar aquella superior forma de vida feliz, pues ya desapareció para siempre.

A aquellos hombres los sustituyó la estirpe terrible de los hombres de plata, que vivieron en un matriarcado durante años en una violencia desorbitada (Tr, 135). La cuarta generación fue la de bronce, que estaba compuesta de hombres soberbios y también violentos. Tras esta, llegó la estirpe de los héroes, los cuales eran nobles, por su carácter de semidioses. Una parte de ellos murió en las guerras, y a la otra Zeus les concedió vivir en las Islas de los Afortunados, lejos de los hombres. La última generación es la estirpe de hierro, es decir, la del hombre histórico actual. Al hacer la descripción de esta quinta etapa de la humanidad, el poeta expresa todo su pesimismo:

Y luego, ya no hubiera querido estar yo entre los hombres de la quinta generación sino haber muerto antes o haber nacido después; pues ahora existe una estirpe de hierro. Nunca durante el día se verán libres de fatigas y miserias ni dejarán de consumirse durante la noche, y los dioses les procurarán ásperas inquietudes; pero no obstante, también se mezclarán alegrías con sus males.

Tr, 175-180

Pero estas alegrías no serán muchas y, a la larga, terminarán por ceder su lugar a un mundo de completo sufrimiento. A su juicio, en el futuro, no sólo no habrá lugar para la creación de un mundo justo y feliz por parte del ser humano, sino que, antes al contrario…,

la justicia estará en la fuerza de las manos y no existirá pudor; el malvado tratará de perjudicar al varón más virtuoso… La envidia murmuradora, gustosa del mal y repugnante, acompañará a todos los hombres miserables […]. [Los dioses abandonarán] a los hombres; a los hombres mortales sólo les quedarán amargos sufrimientos y ya no existirá remedio para el mal.

Tr, 190-200

Este determinismo pesimista de la mitología hesiódica sitúa el mundo mejor como una utopía irrecuperable que sólo fue posible en el pasado.

En el siguiente epígrafe, no obstante, vamos a ver cómo el pensamiento utópico va a adquirir una fisonomía eminentemente racional, como proyecto humano basado en criterios de cohesión social inmanentes, es decir, no vinculados a decisiones divinas o azares religiosos. Con Platón, lo utópico comienza a ser un asunto meramente humano, desprovisto de la carga mitológica en cuanto a su fundamentación. Es el hombre quien tiene en su interior el deseo racional de levantar el edificio de la sociedad perfecta en la que habitar.

UN MUNDO PLATÓNICO

Platón retomó la tradición utópica de la religión pero para transformarla racionalmente. No hay en su pensamiento una añoranza arcádica y afectiva de un tiempo ancestral, como hemos visto en sendos mitos: bíblico y hesiódico. Este filósofo no sueña con un pasado brillante y gozoso digno de recuperarse en el presente. La suya es una utopía absolutamente racional, que se funda en criterios estrictamente filosófico-políticos. Se sirve de la religión para darle un uso que encaje en su doctrina filosófica.

Como vamos a ver, lo que Platón ofrece es una utopía aristocrática. Su objetivo es la instauración de un orden social permanente, dirigido por los aristoi, es decir, por ‘los mejores’, que a su juicio están representados por los filósofos, por los más sabios. Este es un orden «querido» por la razón, no por los dioses y, en tal sentido, es intemporal; no está vinculado al pasado ni a fuerzas superiores, sino a las posibilidades que en cada momento tiene la humanidad de acercarse a la instauración del mejor modelo racional de sociedad.

Platón, el más grande pensador de la historia

Platón nació en Atenas hacia el año 428 o 427 a. C., en el seno de una familia aristocrática. Su padre, Aristón, era descendiente del último rey de Atenas, Codro, y su madre, Perictione, descendía de prohombres como el gran legislador Solón y era familiar del sofista Critias. Tuvo una exquisita educación y mostró predilección por la poesía, hasta que en el 406 conoció a Sócrates, su maestro, cuya influencia decisiva hizo derivar su talento hacia la filosofía. No obstante, la brillantez y la fuerza metafórico-alegórica de su estilo dieron forma poética a su obra filosófica.

Durante su juventud participó en la guerra del Peloponeso (431-404 a. C.), de la cual saldrá victoriosa Esparta sobre Atenas. Este hecho tendrá mucha importancia en la vida y en la obra filosófica del futuro pensador.

Tras la guerra del Peloponeso, muchos nobles atenienses comenzaron a interesarse por el orden político tan sólido del que gozaba la victoriosa Esparta. La democrática Atenas, a pesar de su refinamiento y superioridad cultural, no sólo había perdido su hegemonía ante Esparta, sino que además padecía numerosos enfrentamientos internos entre las clases ricas y pobres. Por el contrario, la militarista ciudad-Estado lacedemonia ofrecía un modelo de estabilidad y unidad social envidiable.

El genial filósofo Platón consideraba que el mundo terrenal estaba alejado de la verdad y de la justicia, y que el único modo de construir un mundo ideal era instaurando una república gobernada por aquellos que conocieran las ideas verdaderas. De aquí que afirmara que los gobernantes debían de ser filósofos.Platón, de Rafael.

Platón fue uno de aquellos aristócratas atenienses que miraban con cierta envidia el sistema espartano. Como vamos a ver inmediatamente, Platón desarrolla su teoría política utópica en la República, donde trasluce su inspiración espartana. El Estado ideal platónico plasma filosóficamente el sistema de castas espartano a su distribución jerárquica del Estado. El Estado espartano se componía de ilotas, es decir, de siervos agrícolas vinculados a la tierra, propiedad del Estado, y de espartanos, los ciudadanos-soldado gobernados por la gerusia o ‘consejo de ancianos’. Como se verá después, Platón dividió su Estado ideal en tres castas (agricultores, guardianes y filósofo-rey o filósofos-reyes) que se inspiran en este modelo, aunque sublimado en la forma argumental filosófica.

Sin embargo, quien marcará más profundamente a Platón será su maestro, Sócrates, junto a quien estará hasta su muerte, acaecida en el 399 a. C., condenado a pena capital. Este hecho fue una de las causas principales que infundieron en Platón un arraigado desprecio por la democracia, pues fue bajo este sistema que el hombre más sabio de Atenas había sido condenado a muerte por pensar con atrevida y absoluta libertad.

Viajó entonces por diferentes países, hasta recalar en el 388 a. C. en Siracusa, donde llega a ser consejero de su gobernante, el tirano Dionisio el Viejo. Platón se pone a su servicio con la intención de instaurar, a través del tirano, sus ideas políticas. Sin embargo, Dionisio termina por expulsarlo y venderlo como esclavo en Egina, isla que estaba en guerra contra Atenas. Logró salvarse y ser rescatado de este destino. A su regreso a Atenas funda la Academia. Lleva entonces una vida intelectual enormemente activa durante unos veinte años, en los que escribe buena parte de sus diálogos.

No obstante, todavía volvería a intentar plasmar sus ideales utópicos dos veces más en Siracusa. Vuelve el año 367 a. C. para intentar que el nuevo rey, Dionisio el Joven, se convierta en filósofo e instaure ese Estado ideal pensado por el ateniense, en el cual deberían gobernar, o bien los filósofos, o bien los reyes-filósofos. Es nuevamente expulsado de Siracusa. El fracaso se volvió a repetir en el 361 a. C. Al año siguiente regresó a Atenas ya definitivamente. Su valedor en Siracusa, Dion, liberó aquel Estado de la tiranía y trató de llevar a cabo el proyecto utópico de Platón, pero fue asesinado en el 353 a. C. En el año 347 a. C. moría el filósofo en Atenas a los ochenta y un años.

La importancia de su obra es de tal envergadura que se puede afirmar que Platón es el filósofo más importante de la historia. De hecho, su pensamiento se considera una culminación intelectual imperecedera e insuperable.

El Estado ideal

Pues bien, el libro central para abordar la teoría utópica de Platón es la República. En realidad el título original del libro es Politeia, que significa ‘gobierno de la polis o ciudad-Estado’. La cultura romana tradujo el título por su equivalente res publica, cuyo significado latino era el mismo. Sin embargo, en castellano, la derivación de res publica a ‘república’ incorpora matices políticos que nada tienen que ver con el sentido del título original. Esto debe tenerse en cuenta, con el fin de no confundir la teoría de Platón con supuestos antimonárquicos tal y como se puede desprender del concepto castellano de república.

La justicia

El punto de arranque del libro es un debate sobre la justicia. El Estado ideal será, pues, el Estado que instaure la justicia de manera perfecta.

Dentro del estilo dialogado de los libros de Platón, corresponde a cada personaje defender un tipo de justicia. Sócrates, personaje principal del diálogo, pondrá en tela de juicio estas definiciones, dando comienzo a un debate que servirá para ir desbrozando el Estado ideal platónico.

Polemarco afirma que el poeta Simónides tenía razón al definir la justicia como «dar a cada uno lo que se le debe» (Rep, 331e), y explica esta idea de justicia a partir de la relación amigo-enemigo. De este modo, Polemarco afirma que la justicia consiste en dar al amigo el bien y al enemigo el mal. Sócrates, sin embargo, demuestra a su interlocutor que su definición contiene una contradicción pues, si el justo es aquel que no comete injusticia, no puede resultar adecuado a un hombre justo hacer el mal al enemigo, pues esto implicaría aumentar «injustamente» el mal del enemigo. Con esto, el justo termina cometiendo injusticia y, por tanto, deja de ser justo. La justicia, en consecuencia, no puede ser definida como el resultado aritmético de saldar las deudas entre amigos y enemigos.

Polemarco cede entonces el testigo de la discusión al sofista Trasímaco, quien define la justicia en los siguientes términos: «Sostengo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte» (Rep, 338c).

Según el sofista, el más fuerte es siempre aquel que gobierna. El gobernante, así pues, se eleva a la medida de toda justicia. El sistema de dominio es secundario. Ya sea una democracia o una tiranía, aquello que el gobernante decide como lo justo debe considerarse como una definición de la justicia. Trasímaco es un exponente del realismo político posterior.

La muerte de Sócrates, de J. L. David. El pintor refleja en esta obra la dignidad de la muerte de Sócrates (en el centro) a la vez que el dolor sufrido por sus discípulos. El pensamiento y la condena a muerte del maestro influirán de manera decisiva en la utopía política antidemocrática de Platón.

Sócrates ataca esta idea descarnada de lo justo, que parece justificar la validez de cualquier sistema de gobierno, con tal de que los ciudadanos cumplan las normas impuestas por el más fuerte, es decir, por el gobierno que detenta el poder. Sócrates afirma que el gobierno es una actividad que, como el resto, cumple su función si logra responder a su objeto propio. Este objeto propio de la política es la búsqueda del bien de los ciudadanos, no la búsqueda del bien del gobernante. Justo sería, por tanto, aquel gobernante que cumple la función de la política, que consiste en hacer justicia a los gobernados. Y esto está muy lejos de coincidir con cualquier idea según la cual lo que quiere el gobernante es lo que quiere el gobernado como justo para sí.

Lo injusto no dejará de serlo por una decisión del más fuerte. Si el gobernante, por mucho poder que tenga, toma una decisión injusta, los gobernados tarde o temprano la rechazarán, lo que generará toda suerte de enfrentamientos.

Por tanto, el único modo de comprender qué es la justicia será llevando a cabo una indagación sobre el origen del Estado.

Ciudad de cerdos

Según Platón, los primeros hombres fundaron Estados con el fin de colaborar en la provisión común del sustento. Así, cada uno se emplea en un área de trabajo útil para el resto. Unos serán agricultores, otros zapateros, herreros… A través del comercio, intercambian sus productos, conformando una sociedad fundada en el mutuo interés y beneficio.

El fin principal que impulsa el nacimiento de un Estado es la satisfacción colaborativa de las necesidades de todos y cada uno de los ciudadanos. Partiendo de esta idea, Platón imagina cómo sería aquella sociedad primigenia formada por los primeros hombres. La primera idea que plantea el filósofo es que el Estado primigenio debía ser un Estado sencillo, en donde los seres humanos conformaban una sociedad natural dedicada a satisfacer las necesidades más básicas con ingenua felicidad: