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Un recorrido histórico por los aspectos del arte y la sociedad azteca más destacados. La historia de sus dioses, sus templos, costumbres, mitos… Descubra la historia y las últimas investigacions sobre la cultura azteca. Desde sus orígenes, la creación de Tenochtitlán y sus míticos calendarios, hasta la llegada de Hernán Cortés y su debacle final.
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Seitenzahl: 295
Veröffentlichungsjahr: 2022
BREVEHISTORIADELOSAZTECAS
BREVEHISTORIADELOSAZTECAS
Marco Antonio Cervera Obregón
Colección:Breve Historia
www.brevehistoria.com
Título:Breve Historia de Los Aztecas
Autor:© Marco Antonio Cervera Obregón
Copyright de la presente edición:© 2022 Ediciones Nowtilus, S. L.
Camino de los Vinateros 40, local 90, 28030 Madrid
www.nowtilus.com
Elaboración de textos:Santos Rodríguez
Diseño y realización de cubierta:ExGaudia, Asociación Cultural
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO(Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar oescanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
ISBN edición digital:978-84-1305-274-8
Fecha de edición:Junio 2022
Dedicado a la señora del Montseny, fruto del esfuerzo que dedicó todos los días en un país extranjero para conseguir sus objetivos; Guadalupe Obregón Mancebo del Castillo y a la labor de la vieja guardia, Miguel León Portilla, Alfredo López Austin, Eduardo Matos
Corre el año 1250 a.C. y los pobladores de una pequeña aldea han comenzado los preparativos para enterrar a uno de los miembros más viejos de la familia, uno de los personajes más importantes dentro de las cinco chozas que conforman la aldea. Habitaba la choza más grande, construida de bajareque y lodo, y debido a la época de lluvias (generalmente a mediados de año) la han colocado sobre una rampa, también de lodo y piedras, para evitar las inundaciones.
Desde días antes, la vida en esta familia pasa como en cualquier otra, las mujeres dedicadas a criar a los niños, preparando los alimentos y elaborando recipientes cerámicos de colores negro, blanco y café con adornos en color rojo. En ocasiones también se dedican a producir su ropa y la de su familia, elaborándola con fibras de una planta que es común en su zona, el maguey. Ellas simplemente utilizan faldas que enredan desde su cintura, y trenzan sus cabellos con lienzos de tela que les permiten lucir bien para sus maridos y no les entorpecen en la realización de las tareas del hogar, ya que sus cabellos son muy largos.
Los hombres, que visten pequeños lienzos de tela que prácticamente solo cubren el sexo, salen desde muy temprano a la zona lacustre cercana a sus casas para dedicarse a atrapar pequeños peces e insectos. Acompañados de sus hijos, les enseñan a utilizar algunas de sus herramientas de trabajo como hondas y lanza dardos para poder, de vez en vez, cazar algunos patos para la comida o la cena.
Sin embargo, la muerte de un familiar les demanda iniciar un ceremonial. El representante religioso de la aldea, un chamán, preside los actos. Se abre un hueco bastante profundo dentro del suelo de la casa, entre varios se apoyan para sujetar el cuerpo del fallecido y lo depositan en esta oquedad; son muy cuidadosos en cuanto a la posición, ya que deberá quedar colocado de espaldas y bien extendido. Siguiendo varios actos rituales, introducen diferentes objetos que acompañarán al difunto en su lecho de muerte, entre ellos destacan vasijas y figurillas cerámicas que representan animales y personajes de su vida cotidiana (probablemente familiares), así como algunos espejos de pirita. La vida continuará para el resto de la familia hasta que un personaje más fallezca y sea enterrado junto con el anciano dentro de la casa repitiéndose entonces las mismas operaciones.
Estado de México, corre el año de 1942 y el pequeño municipio de Naucalpan de Juárez se estremece cuando un grupo de arqueólogos comienza a desenterrar una gran cantidad de restos óseos humanos entre los que se encuentran los de una familia que habitaba la región hace más de 2.000 años. La aldea, hoy desaparecida, yace bajo una fábrica de ladrillos y recibe el nombre de Tlatilco. Ya antes otros arqueólogos habían descubierto algunos enterramientos acompañados de vasijas cerámicas muy parecidas a estas, y habían dado el término de Culturas del Preclásico a sus habitantes, unos de los primeros grupos sedentarios de la entonces Mesoamérica. Es bajo este término, Preclásico o Formativo, como se reconoce por los especialistas al primer periodo (comprendido entre los años 2500 a.C. al 200 d.C.), que dará inicio a la historia precolombina de México.
En ese momento, lo que actualmente es el territorio mexicano estaba habitado por una gran diversidad de pueblos con un largo historial de hace ya varios cientos de años, que mantenían una estrecha afinidad cultural. Ellos irán conformando las bases de toda una tradición que, con el tiempo, les permitirá desarrollar la tecnología y los conocimientos necesarios para fundar grandes y majestuosas ciudades en lugares como el actual Occidente de México, la Costa del Golfo, el Altiplano Central, estados como Guerrero y Oaxaca y lo que se ha dado en llamar la zona maya, que comprende gran parte del sur de México y otros países, como Guatemala, Honduras y Belice.
Prácticamente todo lo que conocemos del periodo Preclásico, como lo denominaremos a lo largo de nuestra historia, lo conocemos por las evidencias arqueológicas, no tenemos un archivo de personajes y hechos históricos propiamente dicho que acompañe al relato, salvo en lugares como la zona maya, donde la epigrafía (disciplina que ayuda a descifrar la escritura plasmada en piedra) comienza a darnos información de algunos sucesos relevantes; entre tanto, gracias a la arqueología podemos reconstruir parte del modo de vida de las culturas preclásicas.
Siguiendo nuestro relato... en tanto los habitantes de Tlatilco, al centro de México, disfrutaban de una vida apacible en las riveras de los lagos, en la Costa del Golfo, los grandes señores de ciudades como La Venta apoyaban expediciones comerciales que llegaban a consolidar relaciones con las demás sociedades de buena parte de Mesoamérica, incluyendo regiones tan apartadas como el Pacífico. Parte de la riqueza obtenida estaba destinada a la elaboración de grandes esculturas, que serían símbolo de su grandeza. Imaginemos por un momento a varios personajes de talla mediana, robustos, con la cabeza deformada en forma de pera invertida, arrastrando un gran bloque de roca volcánica extraída de las laderas del volcán de los Tuxtlas, Veracruz. Con mucho cuidado y esfuerzo colocan unos grandes troncos de madera perfectamente acomodados y sujetos con lianas, con los cuales construyen una pequeña embarcación. Sobre ella colocan las monumentales rocas, que finalmente trasladan a través del río Coatzacoalcos hasta su ciudad. Ya en ella, comienzan a tallar a golpe de piedra hasta lograr finalmente el rostro de un serio personaje, que lleva puesto un gran tocado que rodea toda su cabeza; se trata del retrato mismo de su gobernante.
Este tipo de manifestaciones plásticas sería reproducido una y otra vez en buena parte de la Costa del Golfo mexicano, esculturas conocidas desde el siglo XIX como cabezas colosales. Muchos siglos después los aztecas bautizaron al pueblo constructor de estas insignes esculturas (que ya suman más de 10) como olmeca, los misteriosos “habitantes del país del hule”.
Los olmecas cultivaban en las riveras de los ríos, de donde podían obtener gran cantidad de alimentos como pescado y algunos moluscos, y que complementaban con la caza de algunos animales y la siembra de maíz y yuca. Satisfechas sus necesidades primarias, tenían oportunidad de desarrollar hermosos objetos de piedra verde, que encierran un simbolismo religioso asociado al culto al jaguar; por lo que también son conocidos como “el pueblo del jaguar”. Algunos de estos objetos, también elaborados en madera, fueron depositados como ofrenda en las riberas de los ríos, o en la espesura del bosque dentro de sus ciudades.
Nuestro viaje por el mundo mesoamericano nos lleva a ver lo que en ese momento estaban haciendo sus vecinos del sur, los mayas. Un pequeño grupo de individuos está esforzándose por colocar cerca de una gran pirámide una piedra labrada de forma rectangular y de considerables dimensiones; se trata de una estela o lápida labrada, en la cual han inscrito algunos jeroglíficos que anunciarán alguna fecha de especial importancia histórica. La pirámide tiene por los menos 30 metros de altura, y es muy similar a la de sus vecinos de La Venta.
Por su parte, San José Mogote, (localizado en los valles de la actual Oaxaca) juega un papel preponderante en el posterior desarrollo de las sociedades de esta región. La comunidad de poco más de 100 habitantes también dedica su tiempo a la producción de piezas de alfarería y productos de lujo, como espejos de minerales como la magnetita, que pueden utilizarse como pendientes, o labores que generalmente hacen dentro de sus casas. Muy cercano a ellas, construyen un espacio delimitado para llevar a cabo algún tipo de danza ritual. Al lado, tienen pensado construir una pequeña pirámide en la que llevar a cabo diversas ceremonias en honor de sus dioses.
Las relaciones con sus vecinos son buenas, sobre todo con los olmecas. Prueba de ello son algunos objetos que pueden colocar en sus ofrendas, como piezas de lujo elaboradas en piedra verde con el estilo artístico de los habitantes de la región del hule. Todo esto ocurre en una etapa conocida como Preclásico Medio, entre los años 1200 a 400 a.C.
En otra parte de Mesoamérica, en la actual región del Occidente mexicano preparan una excelsa ofrenda fúnebre, quizá más grande y ostentosa que la de sus antepasados en el Centro de México, y decimos sus antepasados porque ya ha transcurrido cierto tiempo, corre el año 200 a.C., y el último soplo de vida del periodo Preclásico está en curso. Han abierto un gran túnel en la tierra, que se extiende a más de 5 metros de profundidad, y un grupo de individuos bajan con cautela los restos de una persona adulta del sexo masculino; por detrás les sigue otro individuo que lleva en sus manos el cadáver de un pequeño perro que se caracteriza por no tener pelo, quizá se trate de la mascota del difunto. Otro grupo espera arriba para introducir en la tumba una serie de objetos de cerámica de vivos colores rojos que representan animales, especialmente perros y diversos personajes que recuerdan la vida cotidiana de la aldea.
Para este entonces, los olmecas han perdido su influencia y prácticamente están en decadencia, y en buena parte de Mesoamérica se ha iniciado una fuerte revolución sociocultural. Los habitantes de la zona maya y oaxaca han comenzado a construir grandes y fastuosas ciudades y no solo eso, ha comenzado la competencia local por la hegemonía de sus regiones, los hombres ya no solo cultivan, sino que también se arman. Se han dado cuenta de que aquellos instrumentos como el lanza dardos, que originalmente utilizaban para cazar patos o pescar, pueden ser utilizados para aniquilarse unos a otros, y aquellos a los que no aniquilan son capturados y denigrados, representados en ciudades como Monte Albán en estelas de piedra completamente desnudos y heridos. Durante esta etapa, un grupo de migrantes huye de la explosión de un volcán que ha destruido por completo su ciudad, Cuicuilco, con la idea de incorporarse a la población de una de las más majestuosas ciudades del México Antiguo: Teotihuacan. Por lo menos esta es la referencia más tradicional, sin embargo nuevas investigaciones comienzan a cambiar la idea del origen étnico que conformará la población de la ciudad de Teotihuacan.
Monumento 3 de San José Mogote. Representa un personaje capturado y sacrificado.
Teotihuacan fue fundada en el altiplano central mexicano, más concretamente al noreste de la región denominada Cuenca de México, durante los últimos años del Preclásico Tardío (200 a.C.); sin embargo, su verdadero desarrollo se dio durante el período siguiente, conocido como Clásico, horizonte que cubre aproximadamente los primeros ocho siglos de la era cristiana. Los habitantes de este momento podían admirar desde lo alto de cerros como el Patlachique los flujos de agua que distribuían el líquido preciado gracias a los afluentes de ríos como el San Juan y los manantiales existentes en la región. El paisaje teotihuacano estaba rodeado de abundantes bosques de pino y encinares que sirvieron de combustible para alimentar las grandes hogueras que proporcionaban el calor suficiente para elaborar los alimentos y la cerámica.
Mientras en Europa comenzaba el Imperio Romano con el reinado de Augusto, la ciudad de Teotihuacan, una de las más grandes y cosmopolitas de la América precolombina, experimentaba un incipiente desarrollo y control de los recursos naturales que estaban a su alcance. Ello se debe a su excelente ubicación, pues estaba estratégicamente construida en zonas cercanas a manantiales; lagos, como el de Texcoco, minas de obsidiana, (un tipo de vidrio volcánico con el cual podían fabricar infinidad de herramientas) y gozaba de una posición geográfica privilegiada en las rutas comerciales entre la costa del Golfo y la cuenca de México. La abundancia de cuevas representaba para los indígenas la puerta para acceder al inframundo, y es precisamente sobre una de estas cuevas, al este de la ciudad, donde los constructores levantaron la gran pirámide del Sol, una de las principales estructuras del recinto ceremonial teotihuacano.
Urbanísticamente, Teotihuacan estaba organizada a partir de un eje que corría de norte a sur, llamada Calzada de los Muertos. Hacia el norte estaba delimitada por la Pirámide de la Luna y su gran Plaza, y al sur por varios conjuntos residenciales y la Ciudadela. Un segundo eje este-oeste ubicado cerca de la Ciudadela configuraba la ciudad en cuatro cuadrantes. A su alrededor estaba integrada por numerosas zonas de habitación. La mayoría contaban con una red de alcantarillado subterránea que proporcionaba agua potable de los diversos manantiales ubicados alrededor de la ciudad.
Imaginemos por un momento cómo transcurría la vida cotidiana en una casa del común de época teotihuacana... El señor de la familia está llevando a cabo algunas reparaciones de la casa. A las afueras de esta, prepara unos bloques de arcilla (adobes) para reponer algunos que han sido destruidos de las paredes de su hogar como consecuencia de las lluvias. Entre tanto, la mujer extrae de una gran vasija de color anaranjado varios chiles, que pone al fuego junto con un pequeño conejo que su marido ha traído horas antes. Después de cazarlo en los bosques también consiguió algunos vegetales como verdolagas o zapote blanco, que servirán de guarnición a los alimentos de ese día. Del otro lado de la ciudad, en la zona residencial, una de las grandes familias de la elite lleva a cabo una ceremonia familiar colectiva dedicada a los dioses del hogar. Esta ceremonia se da dentro de un gran patio ubicado en el centro de la casa, alrededor de un pequeño altar. Terminada la ceremonia, vuelven a sus tareas cotidianas. Alrededor de este patio se distribuyen las habitaciones. En una de ellas, la mujer prepara los alimentos; sale constantemente a un cuarto contiguo donde, en grandes vasijas de cerámica, tiene almacenadas enormes cantidades de granos de maíz, frijol, calabaza y diversos alimentos de todo tipo, entre los que también se encuentran algunos chiles. Muy cerca de ahí, el padre lleva la comida a sus animales, entre ellos algunos guajolotes y perros. En este caso el hombre no pierde tanto tiempo en hacer reparaciones en su casa, ya que a diferencia de las que se encuentran a las afueras de la ciudad, ha sido elaborada de piedra y estuco (un tipo de mezcla de cal y arena que servía como cementante para recubrir las paredes). Por eso, en lugar de ello colabora en algunas de las labores que están haciendo en uno de los pasillos principales. Se está pintando con colores ocre, rojo, verde, azul y café la imagen de un jaguar, que decora y describe algunos relatos míticos de esta misteriosa ciudad.
Mientras esto pasa, ha llegado a Teotihuacan un cargamento de obsidiana procedente de la Sierra de las Navajas; los talleres ubicados al norte de la ciudad utilizan este material para la elaboración de diversos objetos, entre ellos puntas de lanza, flechas, navajas y cuchillos. Así, también el golpeteo de las piedras resuena cuando un taller cercano a esteestá elaborando una gran escultura en piedra. Llevan ya varias semanas, ya está cincelada más de la mitad de la figura y la roca comienza a tomar la forma de una mujer que lleva puesto un quechquémitl (blusa), una falda y está dispuesta con los brazos levantados hacia el frente, en actitud de plegaria. Una vez terminada la obra, tienen la instrucción de colocarla muy cerca de la Pirámide de la Luna, edificio consagrado a la diosa del agua, Chalchihutlicue.
Otro grupo expedicionario especializado en el comercio ha preparado su equipaje, con un mecapal compuesto por varios paños de fibras de vegetales, dentro de los cuales han colocado algunos alimentos, plantas medicinales, y sobre todo grandes cantidades de vasijas de cerámica y herramientas de obsidiana que llevarán a cuestas en su espalda para comerciar con regiones alejadas, muy al sur de su ciudad. No irán solos, debido a que un pequeño destacamento de guerreros, armados especialmente con lanzas, lanza dardos, guarecidos de corazas de algodón que les protegen el pecho y los brazos, les acompañarán. Serán ellos los representantes políticos en el extranjero. Después de varias semanas de camino y de algunas paradas en otros centros de comercio, finalmente llegan a uno de sus principales destinos, la ciudad de Tikal, en la zona maya. Al llegar, el Halach Huinic o señor principal de Tikal los espera sentado en un templo. Los guerreros teotihuacanos son los primeros en aproximarse para hacer las debidas reverencias y saludos de parte de los señores de Teotihuacan, seguidos por detrás de los comerciantes, quienes ya llevan en sus manos algunos presentes y parte de los objetos motivo del viaje. Algunos de estos objetos son grandes vasos cilíndricos de cerámica color naranja que llevan una ornamentada tapadera. Sus soportes de forma cuadrada han sido decorados con pequeñas incisiones en forma de “A”; según ellos esta decoración representa el símbolo del año.
A su regreso muy probablemente vayan a Monte Albán, otra ciudad ubicada mucho más al noroeste de donde se encuentran, para continuar las relaciones comerciales y políticas con sus vecinos, los zapotecos. Las relaciones que han tenido desde hace cierto tiempo han dado tan buenos frutos que hace ya años que algunos zapotecos se han trasladado hasta Teotihuacan como inmigrantes para fundar un pequeño barrio, llamado Tlailotlacan, donde por lo menos entre 600 y 1.000 zapotecos conviven de forma pacífica con los mismos teotihuacanos.
Los señores de Teotihuacan, después de supervisar la entrada y salida de estos productos comerciales, se dedican a los preparativos de una macabra ceremonia, ya que no solamente son la clase gobernante y administrativa de la urbe, sino también la clase sacerdotal. En algún momento algunos de sus guerreros lograron capturar a un grupo de enemigos que van a ser finalmente sacrificados. El ritual se lleva a cabo en la ciudadela, una estructura cuadrangular que tiene los accesos muy limitados, pues solo gente del gobierno podrá tener acceso, entre ellos los mismos guerreros, quienes quizá también desarrollen, a su vez, las labores sacerdotales. Está casi concluida la construcción del templo de Quetzalcóatl en su interior, y lo único que resta es traer a los cautivos para iniciar el ritual. Son cerca de dieciocho jóvenes, casi todos del sexo masculino, y algunas, extrañamente, son mujeres. Pertenecen a una casta militar extranjera. Los llevan con los brazos atados en la espalda, ataviados entre otras cosas con collares y pendientes, algunos de concha y otros con verdaderos maxilares humanos, con dientes y todo. A la altura de la cintura llevan unos discos de pizarra a manera de pendientes.
Por su parte, los sacerdotes llevaban grandes mantos de algodón decorados con plumas y cuentas de oro, y algo que los caracteriza, sus grandes tocados, que en este caso formaban la cabeza de un cocodrilo de la cual emergían sus rostros impávidos y serios. Después de algunas acciones rituales, dan muerte a cada una de las víctimas extrayéndole el corazón, utilizando un cuchillo de pedernal de forma curva, como si fuera una hoz. Posteriormente, los cuerpos son depositados en unas oquedades excavadas en el piso del interior del templo. El ritual culmina cuando los sacerdotes colocan una cantidad considerable de puntas de flecha elaboradas de obsidiana junto al cuerpo de los recién fallecidos; de esta forma permiten que los constructores concluyan las labores de levantamiento del templo sobre los cadáveres previamente enterrados.
La vida continuó en Teotihuacan de esta manera durante más de siete siglos, desde su fundación hasta el año 750 d.C., y los controles comerciales y políticos de Teotihuacan se vieron desestabilizados por el surgimiento de nuevas ciudades. Esto provocó, entre otras cosas, una revuelta social interna importante, a la que se suma la invasión de grupos extranjeros que incendian el centro ceremonial, incluyendo los templos y palacios. El colapso de la ciudad es inevitable. Estas son algunas de las causas que los especialistas proponen como parte de la destrucción de la ciudad, tan polémico es el surgimiento como la caída de esta importantísima ciudad precolombina.
Con su destrucción comienza un periodo de inestabilidad política, económica y cultural en buena parte de Mesoamérica. Varios centros de menor importancia, que podrían haber estado pisando en algún momento los talones de Teotihuacan, ven en este tambaleo las posibilidades para subir al trono como la próxima potencia comercial y política del altiplano central y gran parte de Mesoamérica. Ello, sin duda, incrementó las hostilidades entre los pueblos, lo que dio pauta para la conformación de cuerpos militares cada vez más profesionales y especializados. Durante 200 años este proceso continuó, y el actual territorio mexicano fue escenario de la aparición y el colapso de grandes ciudades y civilizaciones como Xochicalco, Cacaxtla, Teotenango, entre algunas más. Muchas de ellas se caracterizaron por estar fuertemente fortificadas, lo que sin duda nos habla del desarrollo posterior y poco estudiado de la poliorcética mesoamericana (arte de las estrategias de asedio y conquista). Los habitantes de estas ciudades eran de muy diversas etnias, unidas muchas de las veces en una sola entidad política que buscaba llenar el hueco político y cultural dejado por Teotihuacan. Este proceso de transición es conocido como el período Epiclásico o Clásico Tardío (700-900 d.C.) Años más tarde, se alzará una gran potencia militar en el centro de México, que efímeramente intentará ocupar el lugar hegemónico dejado por Teotihuacan. El surgimiento de esta ciudad dará la pauta para que los investigadores den por iniciado el período Posclásico, entre los años 900 a 1521 d.C.
Nos encontramos a principios del siglo X después de nuestra era, en el centro de la entonces Mesoamérica. El señor Serpiente Nube, mejor conocido como Mixcóatl, llega con un reducido ejército compuesto por indígenas de mediana estatura ataviados con pieles de animales y armados especialmente con arcos y flechas para someter a todo aquel que se interponga. Cuentan los que lo conocen que su viaje ha sido largo, pues ha salido desde el norte: “Cuando los chichimecas irrumpieron, los guiaba Mixcóatl. Los cuatrocientos mixcoas vinieron a salir por las nueve colinas, por las nueve llanuras...” (Anales de Cuauhtitlan), quizá debido, entre otras cosas, a un cambio climático que les ha obligado a establecerse en regiones mucho más prósperas. Antes de llegar al centro mesoamericano dedicaban su tiempo a la caza y recolección para su subsistencia, es por ello que nadie puede detenerlos, son expertos en el uso del arco y la flecha, armas nunca antes vistas por la región, pues recordemos que el arma por excelencia era el lanza dardos. Después de varias batallas, Mixcóatl logra someter a varios de los pueblos locales, entre ellos algunos de filiación otomiana, con quienes se mezclan.
El señor Serpiente Nube continúa su expansión hasta llegar a una región cercana a Tepoztlán (estado de Morelos). Ahí se enamora de una joven hermosa llamada Chimalma, con quien tiene un hijo, Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl. Para desgracia del pequeño Topiltzin, su padre es asesinado antes de su nacimiento, y Chimalma, su madre, muere durante el parto, y es cuando por algún tiempo esconden al joven Topiltzin de ojos de un usurpador llamado Ihuitímal.
A la muerte del usurpador, Topiltzin es restablecido en su trono para ser el máximo sacerdote y gobernante. Continúa con la herencia de su padre sometiendo otros territorios, entre ellos la antigua ciudad de Xochicalco, lugar donde posteriormente se hace simplemente llamar Quetzalcóatl (La Serpiente Emplumada). Manda trasladar los restos de su padre a lo alto del cerro del Huxaxtépetl para que se le rindan honores. Ce Ácatl Topiltzin, ahora convertido en Quetzalcóatl, desea llevar a cabo la expansión de su territorio, pero antes debe establecer un reino desde donde gobernar. La empresa no parece fácil, ya que del otro lado se encuentran los olmeca-xicalanca, quienes gobiernan desde el señorío de Cholula y no dejarán que estas conquistas se lleven a cabo tan fácilmente. Por esta razón, Quetzalcóatl se dirige con su ejército hacia Tulancingo (actual estado de Hidalgo), y posteriormente a Tula Xicocotitlan, para fundar una grandiosa ciudad que impulsará las artes, la filosofía, la política y el desarrollo urbanístico y de la civilización más refinado, aspecto conocido como la Toltecáyotl. Cuentan algunas fuentes que los toltecas eran sabios. El conjunto de sus artes, su sabiduría, procedía de Quetzalcóatl. Los toltecas eran muy ricos, muy felices, nunca tenían pobreza ni tristeza. Eran experimentados. Tenían por costumbre dialogar con su propio corazón. (Códice Matritense de la Real Academia).
Las colosales esculturas de Quetzalcóatl ataviado como guerrero sirven como columnas del templo principal en la antigua ciudad de Tula.
Por todo lo anterior, Tula sería la materialización de una ciudad mítica y divina llamada Tollan, y Quetzalcóatl sería su máximo representante. Sus habitantes estarían conformados por tres filiaciones étnicas distintas, los otomíes, oriundos de la región; los tolteca-chichimeca, guiados por Mixcóatl, y los nonoalcas-chichimeca procedentes de la Costa del Golfo, quienes participaban en las labores de construcción de la ciudad.
Durante el reinado de Quetzalcóatl, quien además se había consagrado como un gran sacerdote, sabio y buen gobernante, se logró el desarrollo de esta próspera ciudad, y se implantaron ciertos dogmas religiosos que, aseguran las fuentes, estaban en contra del sacrifico humano; por ello tenía muchos seguidores pero también detractores, entre ellos un grupo de seguidores del culto a Tezcatlipoca. Los hechiceros de Tezcatlipoca, utilizando ciertas artimañas logran que Quetzalcóatl se emborrache durante una fiesta, cayendo en una serie de escándalos frente a sus seguidores.
Producto de estas situaciones embarazosas, Quezalcóatl es obligado a salir de la ciudad de Tula: “¡Ya no es el gran sacerdote, puro y sabio, es necesario que sea excluido de todas sus investiduras de gobernante!”, dicen algunos. Sus seguidores lo acompañan, y antes de salir promete que regresará para ocupar nuevamente su trono. Los que vieron este suceso dicen que tomó rumbo hacia el lugar del Rojo y el Negro (Tlillan-Tlallpan). Otros, que llegó a las costas del Golfo de México y desapareció en una balsa hecha de serpientes.
Después de él, sube al trono Huémac, quien gobernó durante muchos años. Cuenta un mito indígena que en alguna ocasión los dioses de la lluvia lo retaron a jugar el juego de pelota. Las apuestas para ambos lados serían una serie de plumas y jades. Después de terminada la competición, Huémac se alza como vencedor, y al reclamar su paga, los dioses de la lluvia, en lugar de entregarle plumas y jades, pretenden darle unas mazorcas de maíz. Huémac, enfurecido, reclama su verdadero trofeo, junto con el que recibió cuatro años de sequía para Tula. Finalmente a Huémac le toca vivir el desmoronamiento de la ciudad, allá por los años 1050 a 1250 d.C. aproximadamente. El último gobernante tolteca muere en la cueva de Cincalco, en Chapultepec. Eso es lo que dicen las fuentes escritas y la historia, pero es bastante contradictorio con lo que la arqueología puede informar sobre la ciudad de Tula.
En 1940, el arqueólogo Jorge Acosta desentierra los restos de una ciudad de pequeñas dimensiones que nada tiene que ver con la Tula de Topiltzin. No solo por sus dimensiones, sino por la pobreza de sus manifestaciones plásticas, que comparadas con lo que antes había desarrollado Teotihuacan muestran que las fuentes escritas y las evidencias arqueológicas se contradicen. Esta ciudad es actualmente conocida como el sitio arqueológico de Tula, en el actual estado de Hidalgo. “El lugar de los tules” fue edificado entre los cerros de La Malinche, el Cielito y Magone, con una extensión aproximada de dieciséis kilómetros cuadrados. Después de un proceso de desarrollo cultural y polémicos asentamientos en el área, producto de las diversas oleadas de migraciones provenientes del norte mesoamericano, finalmente Tula se convierte entre los años 950 y 1150 d.C. en una próspera ciudad con una población cercana a los 60.000 habitantes que, sin embargo, comparada con Teotihuacan, que albergaba a cerca de 200.000, podemos decir que realmente Tula era una ciudad pequeña.
La Tula arqueológica que más se conoce es la llamada Tula Grande, conformada por edificios de mediano formato. Una gran plaza rectangular era el eje rector del plano urbanístico de la ciudad. Contaba con dos juegos de pelota y varios edificios administrativos y religiosos. De ellos el Edifico B, localizado al norte de la ciudad, era probablemente el más importante. Junto a este se encuentra el Palacio Quemado, un conjunto de tres grandes salas hipóstilas decoradas con una serie de banquetas con los relieves de varios guerreros armados en procesión. Dentro de este edificio los arqueólogos encontraron una ofrenda que contenía, entre otras cosas, un peto ritual elaborado con conchas marinas. Cercano al Palacio Quemado se encuentra uno de los juegos de pelota ya mencionado, el designado como número dos, y cercano a este se encontraron los restos del tzompantli, una estructura de madera en la que se colocaban los cráneos de los sacrificados. Los edificios K y C cierran finalmente la gran plaza, espacio ritual y administrativo de la bélica ciudad de Tula. A las afueras de la gran plaza existe un pequeño templo de planta circular muchas veces poco conocido por los visitantes del sitio arqueológico, este templo estaba dedicado al dios Ehécatl Quetzalcóatl, y es conocido popularmente como El Corral, por la forma circular que presenta.
Debemos decir que la mayoría de los dioses, a diferencia de lo que se veía en Teotihuacan, están marcadamente representados con tintes altamente militaristas. Ya no son solo los dioses benefactores, portadores de la fertilidad de la tierra en la que aparecen vertiendo semillas de fecundidad como se ve en algunos murales en Teotihuacan; ahora, gracias a los fenómenos culturales y políticos gestados desde el Epiclásico, hasta los dioses, algunos de ellos como Tláloc y Quetzalcóatl, aparecen representados con trajes de guerreros y fuertemente armados, ¡se ha iniciado la época más militarista de Mesoamérica!
Ahora trasladémonos en el tiempo y veamos una escena cotidiana en la vida política y religiosa de la antigua Tula, considerando especialmente los datos arqueológicos. Se ha construido una gran estructura de madera al este de la gran plaza. En el centro, cerca de un pequeño altar, un sacerdote preside los actos religiosos de un terrible ceremonial que está a punto de llevarse a cabo. Viste una gran manta elaborada de plumas verdes de quetzal, su rostro, pintado de negro, está enmarcado por las siluetas que rodean sus ojos y su boca simulando la máscara del dios de la lluvia, Tláloc. Un grupo de varios guerreros toltecas muy cercano a la estructura de madera tiene prisioneros a varias decenas de cautivos. Los guerreros llevan vistosos tocados de plumas, un pectoral de madera en forma de mariposa protege sus pechos y cada uno lleva en sus manos un lanza dardos cargado con una saeta, preparado por si alguno de los prisioneros intenta salir huyendo. No lejos de ahí se encuentra un sacerdote, dotado de un cuchillo de sacrificio con el cual dará muerte a los prisioneros.
A lo lejos resuenan los tambores y las flautas, desde lo alto del templo dedicado a Tlahuizcalpantecuhtli (El Señor de la Casa del Amanecer) en donde otros sacerdotes observan la escena junto con el gobernante Quetzalcóatl. El edificio está decorado por una procesión de coyotes y zopilotes que devoran los corazones de sacrificados, y en la parte superior, por detrás de Quetzalcóatl, un conjunto de monumentales pilares de piedra sostiene el techo bajo la imagen de su gobernante ataviado como guerrero.
Entre tanto, por detrás de este templo se está llevando a cabo un juego de pelota ritual, un grupo de varios jugadores intenta introducir una pelota de caucho de cerca de 5 kilogramos de peso por una pequeña argolla de piedra. El juego dura varias horas, hasta que finalmente hay un grupo ganador.
De vuelta a la gran plaza, ya por la noche, la ceremonia ha concluido, prácticamente ya no hay nadie en ella, solo se aprecia un escenario un tanto espeluznante. La gran estructura de madera escurre en sangre, y los cráneos de las decenas de prisioneros yacen clavados en las espigas de madera como un trofeo para los dioses y para el mismo Quetzalcóatl. Esta imaginaria escena sería poco esperada en la Tula de las fuentes escritas, pero bastante acorde con la Tula arqueológica que irradia en su iconografía escenas de sacrificio y guerra. Esta es, sin duda, una de las polémicas más interesantes que aún prevalecen alrededor de Tula.
A las afueras de la ciudad, la gente del común está preparando su propia ceremonia, en este caso en honor al dios Tláloc. Han elaborado desde hace varios meses una gran cantidad de vasijas en miniatura con la forma de su dios. Los temporales no han sido del todo buenos y es necesario realizar unas súplicas para la llegada de las lluvias. Por ello ascienden a uno de los cerros más cercanos, llevan consigo alimentos y, sobre todo, la fuerte dotación de vasijas en miniatura, las cuales después de algunas plegarias serán enterradas en lo alto del cerro. Ellos saben que Tláloc utiliza vasijas muy parecidas, de dimensiones colosales, para hacer llover, pues las llena del líquido preciado y comienza a golpearlas con un bastón en forma de serpiente. Al escurrirse, el agua descenderá en forma de lluvia, pero esperan que a Tláloc no se le pase la mano y las rompa, pues en tal caso verán venir de los cielos veloces rayos que se estrellarán sobre sus tierras.
Y no solo eso, según sus creencias, también consideran que Tláloc y Chalchihuitlicue han depositado el agua dentro de los cerros, solo es necesario que se resquebrajen un poco para que broten de lo alto y bañen sus cultivos. Esta era una de las formas de explicar parte del paisaje que les rodeaba y más del origen de los ríos.
Templo de los Guerreros en Chichén Itzá. En su entrada dos columnas en forma de serpientes reciben al visitante.
Los especialistas no se han puesto totalmente de acuerdo sobre hasta dónde y de qué forma se dio la efímera expansión tolteca por tierras mesoamericanas. Una de las que más controversia ha causado es la presumible influencia tolteca en las lejanas tierras mayas, en donde destaca como principal ejemplo la ciudad de Chichén Itzá. Uno de los rasgos más característicos de esta es el enorme parecido de sus ornamentos y elementos arquitectónicos con la ciudad de Tula. Representaciones de jaguares y aves devorando corazones, grandes columnas en forma de serpiente, esculturas en forma de un personaje semi recostado que sujeta en sus manos un recipiente para depositar la ofrenda de los sacrificados y que es tradicionalmente conocido como chac-mool, son actualmente uno de los misterios más interesantes que existen en torno a la historia mesoamericana. Algunos autores como Leonardo López Luján y Alfredo López Austin argumentan que Tula y Chichén Itzá son dos ciudades que posiblemente estuvieron muy relacionadas con un grupo de pueblos del noroccidente mesoamericano cuyos antepasados procedían de un mítico lugar llamado Zuyuá, vínculo ideológico por excelencia de estos pueblos. En palabras de los autores “...estos hombres impusieron un orden político militarista, por medio del cual unas cuantas capitales pretendían englobar a todos los pueblos indígenas circundantes. [...] Tanto en el norte como en el sur, los gobernantes de las nuevas entidades se mostraban como representantes de un personaje llamado Serpiente Emplumada, e incluso algunos llevaron su nombre”
