Caminando por la cornisa - Ernesto Ottone - E-Book

Caminando por la cornisa E-Book

Ernesto Ottone

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Beschreibung

En Caminando por la cornisa Ernesto Ottone explora la compleja transición entre el siglo XX y el XXI, marcando los hitos, contradicciones y dilemas de un mundo en constante transformación. Desde la perspectiva de un observador que ha vivido intensamente ambos siglos, el sociólogo desentraña los cambios acelerados que han caracterizado el último siglo y el inicio del actual: la transición de una economía industrial a una sociedad digital, el impacto de la globalización en las identidades nacionales y el surgimiento de nuevas tecnologías que desafían los límites éticos y políticos. Este libro invita a comprender los cambios profundos de nuestra época a reflexionar sobre las decisiones colectivas que marcarán el curso del siglo XXI. A lo largo de sus capítulos, el autor analiza el devenir de la política global, la crisis de las democracias, el auge de las desigualdades y el resurgimiento de tendencias autoritarias. Más que una crónica, este ensayo ofrece una reflexión crítica sobre el futuro de la humanidad, cuestionando si seremos capaces de enfrentar los desafíos que plantea este "camino sobre la cornisa" o si nos precipitamos hacia una crisis de la civilización.

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Seitenzahl: 361

Veröffentlichungsjahr: 2024

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OTTONE F., ERNESTO

Caminando por la cornisaDel siglo XX al siglo XXI

Santiago, Chile: Catalonia, 2024

248 p.; 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-134-2

ISBN digital: 978-956-415-135-9

320 CIENCIA Política

Diseño e imagen de portada: Mateo Infante Vergara

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Diagramación interior: Salgó Ltda..

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: noviembre, 2024

ISBN: 978-956-415-134-2

ISBN digital: 978-956-415-135-9

RPI: trámite 529khv

© Ernesto Ottone F., 2024

© Editorial Catalonia Ltda., 2024

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

A la memoria de mi muy querido sobrino Ernesto Anaya Ottone, que partió demasiado pronto. Dramaturgo, ensayista, publicista, creativo,lleno de inteligencia, cultura y humor;nos dejó su obra y el recuerdo de su luminosa humanidad.

“La vida es una constante lucha por la existencia con la certeza de ser derrotado al final”.

ARTHUR SCHOPENHAUER

“Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana.

Y no estoy tan seguro del universo”.

ALBERT EINSTEIN

“El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”.

BERTRAND RUSSELL

“La vida es una sombra que camina; un pobre actor que se pavonea y agita una hora en el escenario y después no se le oye más: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa”.

WILLIAM SHAKESPEARE

“Más que en cualquier momento de la historia la humanidad se encuentra en una encrucijada.

Un camino lleva a la desesperación y el otro a la total extinción.

Ojalá tengamos la sabiduría de elegir correctamente”.

WOODY ALLEN

“El progreso no es inevitable, y los logros del pasado no garantizan el futuro”.

TONY JUDT

“A largo plazo todos estaremos muertos”.

JOHN MAYNARD KEYNES

Índice

Introducción

PARTE IEl siglo XX: La intensidad de un siglo breve

1] Siglos lentos y siglos rápidos

2] Entender el siglo XX

3] Los comienzos

4] Entre dos guerras mundiales

5] Los años del pensar pesimista

6] El tango: Una forma extraordinaria de pesimismo popular

7] La patria del tango

8] La cultura y el tango

9] Los treinta gloriosos

10] La conclusión temprana del siglo XX

PARTE IICambio de era

1] De la sociedad industrial a la sociedad de la información

2] Cambia, todo cambia

3] La política ya no es lo que era

PARTE IIIPoco dulce, mucho agraz:El primer cuarto del siglo XXI

1] Un comienzo inimaginable

2] Un decenio de avances y crisis

3] La mano inexistente

4] Auge de la desigualdad

5] Declive de la democracia

6] La tentación del simplismo autoritario

PARTE IVLos grandes mamíferos de la geopolíticaen el siglo XXI

1] Los grandes mamíferos

2] Los Estados Unidos de América

3] Europa (Unión Europea)

4] China

5] India

6] Rusia

7] Otros mamíferos que cuentan

8] Nostalgia del no alineamiento y astucia de los grandes mamíferos

PARTE VSobrevivir a la barbarie

1] El desfase

2] Los humanos y la naturaleza

3] El regreso de la Peste

4] “Homo migrans”

5] “Homo digitalis”

Agradecimientos

Introducción

Mi niñez transcurrió en una ciudad de provincia, Valparaíso, de un país del fin del mundo, Chile.

La ciudad es un puerto con un pasado brillante y cosmopolita, hasta legendario, pero ello era sobre todo un recuerdo de mis padres: la ciudad ya había perdido su impulso propulsivo, sus luces habían perdido lustre; ya había iniciado su decadencia hace varias décadas, aunque no todavía su crepuscular encanto.

Chile es un país que nació como una frontera del Imperio Español, algo tristón, guerrero y organizado por necesidad de sobrevivencia al cual le costó mucho pasar de ser un paisaje bello y abrupto a la vez y transformarse en un país viable.

Desde chico nos enorgullecía su carácter organizado y resiliente a las catástrofes, “pobre pero honrado”, con instituciones prestigiosas, con vida democrática y con un prestigio modesto por sus letras. Algo a trasmano entre cordillera y mar.

Sin embargo, el mundo exterior estaba presente en mi hogar por mi padre italiano y mi mirada hacia afuera fue precoz, comenzó con la avidez por la lectura y a partir de los quince años empecé a viajar y los avatares de la vida hicieron que no parara más.

Tuve además un interés intelectual temprano por saber cómo funcionaba el mundo, las sociedades, las culturas, la historia, la economía y la política, y ello se transformó en estudio y profesión, también en protagonismo del quehacer político y en atracción por la academia, en gusto por la docencia, en largas experiencias en organizaciones internacionales. El exilio me llevó a vivir en países muy diferentes, realicé tareas de gobierno y finalmente recalé en la escritura, a través del ensayo y las columnas de opinión.

Este libro, creo, es el punto de cierre de un esfuerzo de más de 40 años por entender qué pasa en el mundo contemporáneo de una manera laica. Suelo usar ese término en el sentido en que lo emplean los italianos, que es más amplio que su uso para diferenciarlo con lo clerical, sino que más bien para caracterizar una mirada que no siendo neutral y menos indiferente trata de analizar la realidad a partir de una visión informada y razonada, que si bien tiene una carga valórica no está enjaulada en una doctrina cerrada.

Procura evitar verdades preconcebidas y si bien puede contener errores, se construye lejos de un fideísmo fanático y de un partisanismo estrecho, trata de ser libre, serena y ajena a odiosidades, al menos en la medida de lo posible como decía don Patricio Aylwin, el primer presidente electo en Chile después del largo periodo dictatorial.

Este libro se emparenta con dos textos anteriores: Gobernar la Globalización, publicado por Ediciones de la Universidad Diego Portales en 2011, y Civilización y Barbarie, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2017.

Catalonia me ha abierto su prestigiosa editorial, como lo ha hecho hace años, para completar algo que se parece a una nueva trilogía con este ensayo: Caminando por la cornisa. Del siglo XX al siglo XXI.

En él nuevamente recorro los hechos, a mi juicio salientes, que caracterizaron estos siglos en que me tocó vivir, la mitad de uno y hasta ahora un cuarto del otro. Siglos en que los tiempos se hicieron vertiginosos y nuestras vidas tuvieron que adaptarse a múltiples cambios; siglos de avances, peligros, conquistas, riesgos y miedos. Lo hago retornando libremente hacia atrás en la historia para explicar algunas transformaciones y poniendo el acento en el primer cuarto del siglo XXI en el cual centré mi atención.

Un cuarto de siglo es un periodo suficientemente largo para analizar ciertas tendencias, sobre todo cuando ya en el siglo XX se había producido el fin de la sociedad industrial y comenzado la sociedad de la información.

Había aparecido internet, produciendo un enorme cambio en nuestras vidas, exigiéndonos a los mayores una capacidad de adaptación difícil a las nuevas formas de vida y a las nuevas tecnologías, y un esfuerzo de comprensión hacia quienes nacían en un mundo diferente; esto es, los millennials, nacidos entre 1987 y 1996, para quienes estos cambios fueron naturales y desarrollaron sensibilidades, talentos y también sufrieron límites culturales producto del cambio, ya que sus características difieren en parte a nosotros, los baby boomers, nacidos entre 1946 y 1964, como asimismo los X, nacidos entre 1965 y 1981, pero también los que siguieron: los Z, nacidos entre 1997 y 2012, y no sabemos cuánto de los todavía niños Alfa nacidos en 2013.

Todas estas categorías tienen algo de arbitrarias, pero también tienen algo de sentido para explicar las complejidades intergeneracionales en tiempos veloces y atolondrados.

El primer cuarto de siglo ha sido muy complejo. El nuevo salto tecnológico de los últimos años —la inteligencia artificial— presenta promesas y peligros en medio de un desfase moral cada vez mayor entre modernidad e instrumental y modernidad normativa.

Si bien el futuro tecnológico parece no tener fronteras, la convivencia humana sigue marcada por desigualdades, tendencias autoritarias, conflictos bélicos y desorden geopolítico.

No atravesamos tiempos de optimismo y no se pueden descartar tiempos de barbarie, con una creciente base tecnológica y una acumulación civilizatoria a la baja.

Tampoco ello es inevitable, pero requiere de un esfuerzo político mayor, una recuperación de las decaídas democracias y una relación adecuada de los seres humanos con el mundo de las máquinas.

Los humanos del futuro tendrán desafíos éticos mayores para sobrevivir, para convivir con mayores niveles de colaboración entre ellos y con la naturaleza; sus posibilidades serán inmensas, pero inmensa también será su capacidad destructiva.

En esa encrucijada estamos al llegar al primer cuarto del siglo XXI.

Dependerá de nosotros, de nuestra sabiduría y de nuestra sensatez si logramos sobrevivir a las pulsiones bárbaras y a la competencia despiadada, y también el que podamos combinar una competencia civilizada y una colaboración humanista. Podremos avanzar o retroceder como humanidad, pues no podemos olvidar que la historia no es lineal y el progreso no es obligatorio.

El libro está compuesto de cinco partes que abordan estos temas con más preguntas que respuestas, espero que de manera directa y sencilla —y ojalá amena—, lejos del hablar pedante.

La primera parte se titula “El siglo XX: La intensidad de un siglo breve”. La segunda se llama “Cambio de era”. La tercera lleva por nombre “Poco dulce, mucho agraz: El primer cuarto del siglo XXI”. Hemos llamado a la cuarta parte “Los grandes mamíferos de la geopolítica en el siglo XXI”. La quinta y última parte se denomina “Sobrevivir a la barbarie”.

Ahora ya está en sus manos. ¡Arriba el telón!

Ernesto OttoneSantiago-Valparaíso, noviembre de 2024

PARTE I El siglo XX: La intensidad de un siglo breve

1] Siglos lentos y siglos rápidos

Los tiempos modernos cambiaron muchas cosas en la historia de la humanidad, pero sobre todo le cambiaron el ritmo, imponiéndole transformaciones cada vez más rápidas.

Es así como las curvas demográficas que señalan el crecimiento de la población mundial y las curvas del crecimiento económico que durante siglos apenas se movían, lentas y suaves comenzaron a adquirir velocidad a partir del siglo XVIII con la Revolución Industrial y el desarrollo de la ciencia y la tecnología. De manera robusta esas curvas comienzan a empinarse bruscamente hasta llegar a nuestras cifras actuales.

Las condiciones materiales de existencia de los seres humanos, aun cuando de manera muy desigual comenzaron lentamente a mejorar y la vida humana a prolongarse. No es para nada extraño que en ese tiempo se desarrolle la idea de progreso anticipada por lo pensadores iluministas.

En los siglos anteriores al mundo premoderno, las cosas no eran así, eran mucho, pero mucho más lentas. Todas las cosas transcurrían en tiempos muy largos y la población mundial crecía muy poco. Thomas Piketty, en su libro El capital en el siglo XXI1, nos señala que durante siglos —entre el año 0 de nuestra era y el año 1700— la población mundial aumentó apenas 0,1 % al igual que la producción mundial, mientras que la producción por habitante no registró avances.

En el mundo antiguo la población era algo superior a 200 millones de seres humanos, de los cuales 50 millones habitaban el espacio del Imperio Romano. Desde entonces hasta el siglo XVIII esta llegaría a 600 millones; es decir, durante casi 17 siglos el crecimiento fue muy flemático y en ocasiones irregular, pues guerras, pandemias, invasiones y genocidios muchas veces detuvieron por años un crecimiento que ya era cansino de por sí.

Si comparamos esas cifras con la población mundial del año 2023, que bordea los 8.000 millones de seres humanos, nos damos cuenta de que la cuasi inmovilidad secular comienza a ponerse en movimiento en el 1700 y se vuelve exponencial hace muy poco, apenas en el siglo pasado.

Lo mismo sucede con el crecimiento económico, las tecnologías, la ciencia, la calidad de vida, las opciones de consumo, la salud y la duración de la vida.

Desde la antigüedad hasta la Revolución Industrial, generaciones de hombres y mujeres vivían mejor o peor, de acuerdo con el ritmo de progreso de sus civilizaciones, unas más sofisticadas que otras, con desarrollos diversos. Pero las grandes mentes producían transformaciones como la invención de la imprenta, la brújula y la pólvora que eran saltos muy poco frecuentes, el resto eran cambios incrementales.

Las herramientas se perfeccionaban lentamente, los juicios y prejuicios se transmitían de generación en generación. Los avances del conocimiento eran percibidos como peligrosos por la mayoría de quienes ejercían el dominio religioso y político, ellos preferían que la vida fuera similar a la de sus ancestros y no muy diferente a la de sus descendientes.

Eran sociedades donde la jerarquía era natural. Cada uno, salvo escasas excepciones, vivía donde le había tocado nacer y ejercía el oficio que le correspondía. La esclavitud muy ligada a la guerra y a la rapiña era algo tan normal como la lluvia. La inmovilidad, la guerra y el despojo eran parte de la cotidianidad. Algo que fuera distinto daba lugar a historias contadas por bardos y trovadores.

Hasta el siglo XVIII tres cuartos de los seres humanos vivían en condiciones de dura sobrevivencia. Desde la Revolución Industrial el cambio de ese precario nivel de sobrevivencia mejoró. Pero hasta el primer cuarto del siglo XX una pobreza extendida, aunque menos dura, siguió siendo la situación de la gran mayoría de la población mundial.

Thomas Hobbes, pensador político inglés del siglo XVII autor del Leviatán en 16512, describe con crudeza su tiempo: “La vida del hombre es solitaria, pobre, desagradable, animalesca y corta”.

Quienes vivían mejor y conformaban la élite del poder, la riqueza y el conocimiento, y que sobre todo controlaban la fuerza, eran apenas un puñado.

Claro, no era un mundo completamente inmóvil, ni siquiera el Imperio Celeste de China, que dicho sea de paso era ya la organización político-territorial más extensa y poblada del planeta, característica que conservó hasta ayer pero que acaba de ser superada por el crecimiento demográfico de la India.

El mundo se movía despacio sin linealidad, con avances y retrocesos.

La filosofía, la literatura, el libro, cuyo recorrido nos describe con maestría la ensayista española Irene Vallejo en su libro El infinito en un junco3, como también la arquitectura al igual que la música, la pintura, el teatro, y el arte en general, nos dejaron obras maravillosas y perdurables.

A través del comercio y la navegación el mundo comenzó a relacionarse en su totalidad. En el siglo XVI dejaron de existir tierras incógnitas. La convivencia humana reglada predominantemente por la fuerza comenzó poco a poco a reclamar derechos y tolerancia, la política dejó de ser sinónimo solo de fuerza y guerra, aun cuando estas continuaron siendo la forma principal de cómo ella se expresaba.

La vida cortesana dulcificó sus costumbres4, en los burgos y ciudades que se multiplicaron, aparecen los primeros rasgos de la higiene y el buen trato. Los malos olores, las groserías, el aplastamiento del débil y la brutalidad persisten, pero dejan de ser el único decorado de la vida citadina; hasta la violencia y el peligro disminuyen y cada paso, cada esquina, cada calle de la ciudad y de los caminos deja de ser algo que se enfrenta con un temor ampliamente justificado.

Pero todo ello sucede de a poco, paso a paso, se produce en varias generaciones.

La lentitud de los cambios puede ser entendido mejor si recurrimos a la literatura fantástica e imaginamos dos casos de viajes al futuro.

Consideremos que un tal Archibaldo, un villano español común y corriente del siglo XI se diera un golpe en la cabeza y despertara en el mismo lugar, pero cinco siglos después, y que a Dagoberto, un villano francés, le sucediera lo mismo, pero en el siglo XVI y despertara en el siglo XXI. Como al yanqui de Mark Twain que retrocedió a la corte del rey Arturo.

Archibaldo quedaría maravillado, vería cosas nuevas que desconocía, como las armas de fuego, pero vería carretas a tracción animal, gente a caballo, hogueras quemando herejes, barcos a vela o a remo. Sus posibilidades de adaptarse serían altas.

El pobre Dagoberto no entendería nada, vería aparatos volando, vehículos sin caballos, máquinas diabólicas que hablan, gente hablándoles a pequeños aparatos. No entendería a qué planeta lo habían llevado y si estaba en el paraíso o el infierno. Seguramente enloquecería.

El mundo ha cambiado tanto que resultaría ininteligible para nuestros antepasados. En los siglos de la premodernidad pasaban dos o tres cosas que marcaban el siglo y lo caracterizaban. Sobraba calendario para contener esos acontecimientos.

Ya el paso del siglo XVIII al XIX se hace algo más difuso, y el siglo XIX y el XX muestran fronteras difíciles de establecer. Pero en el paso del siglo XX al XXI simplemente ellos se sobreponen, tienen una continuidad difícil de separar analíticamente, están completamente imbricados, son escenario de un cambio continuo que deja casi sin sentido el calendario; en pocos años se pasa de la era industrial a la era de la información y la digitalización en las que cohabitan varias generaciones. A los más viejos nos parece haber vivido varias existencias y habitados mundos diferentes.

Somos algo así como viejas pirámides errantes con un motor híbrido y cambio automático.

2] Entender el siglo XX

Quienes somos ya grandes (hermosa sustitución empleada en Argentina para referirse a la palabra viejo) y hemos vivido la mayor parte de nuestra vida en el siglo XX, conocemos al siglo XX “di persona, personalmente”, como diría el entrañable Catarella, de Andrea Camilleri, y la parte que no conocimos la vivimos en nuestro entorno: padres y abuelos, profesores, libros y películas; nos resultaba cercano lo que habían vivido los nuestros, no era tan diferente a lo que vivíamos nosotros, era un entorno comprensible, estábamos cerca de sus alegrías y sus miedos, nos parecía familiar en su conjunto.

Vivimos estupefactos el cambio de era, debimos adaptarnos a vivir de otra forma, fuimos pioneros del siglo XXI, atravesamos cambios, tragedias y rupturas que en siglos anteriores se las repartieron entre tres o cuatro generaciones.

Siglo corto, invadido en su último cuarto por el comienzo de una nueva era. Fue intenso y rico en sucesos, algunos fecundos y creativos, otros tristes y trágicos que nos marcaron profundamente.

Sin duda sus primeros cincuenta años fueron de miedo: dos guerras mundiales, el holocausto de un pueblo, el pueblo judío, sin parangón en la historia, dos bombas atómicas que destruyeron dos ciudades, pocas democracias y muchas dictaduras de todos los colores, negras, pardas y rojas, destinadas a segar muchas vidas.

En fin, no es raro que fuera escenario de expresiones culturales filosóficas y artísticas más bien pesimistas acerca de la naturaleza humana. La alegría de principios de siglo, al menos para algunos, con la “Belle Époque”, estaba destinada a durar muy poco: la Primera Guerra Mundial la cortó de cuajo.

Es bueno, sin embargo, para poder entender particularmente momentos históricos tumultuosos, saber que ellos siempre presentan aspectos contradictorios, tal como aquel dios que tenía una cabeza con dos rostros, el dios Jano, el cual era uno de los dioses favoritos y más antiguos de los romanos, uno de los pocos que no surgieron de la mitología griega y era el protector de Roma.

Todavía quedan algunas piedras de su pequeño templo en ruinas en el Foro Romano, a un costado de la Vía Sacra. Este templo acompañaba a los romanos durante la guerra con sus puertas abiertas y en la paz, con las puertas cerradas. Era una divinidad amable que simbolizaba el tiempo y sus contradicciones.

Incluso en momentos de crímenes gigantescos y retrocesos civilizacionales con guerras y catástrofes, y en ocasiones precisamente como respuesta a ellas, se produjo en el siglo XX, paralelamente, un impulso de avance, de progreso y de mejorías en bienestar para la humanidad.

Fue en el siglo XX que la esperanza de vida y las condiciones materiales de existencia cambiaron favorablemente para millones de seres humanos. La ciencia y su conversión en tecnología, si bien se aplicó en la destrucción bélica, no dejó de avanzar de alguna manera afectando también positivamente la vida de muchos.

A pesar de la persistencia de formas de vida muy precarias, siguió existiendo un desarrollo en la calidad de vida relativamente mejor en las regiones más atrasadas y en los sectores más vulnerables de las sociedades. La pobreza que medimos hoy no es la pobreza que existió ayer, de extrema indignidad, desesperanza y crueldad.

Pero incluso en los períodos más oscuros de auge de la autocracia siempre ardió en partes del mundo la llamarada de la democracia moderna.

Por ello, aunque no se comparta la visión demasiado complaciente de Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración5, donde con muchas cifras imbatibles arremete contra importantes críticos de la modernidad, a mi juicio, decisivos para entender también el rostro más oscuro de ella, como Schopenhauer, Heidegger, Adorno, Benjamin y Foucault entre otros, a quienes acusa de “progreso-fobia”, es conveniente escuchar sus razones acerca del progreso general en la calidad de la vida humana.

Es verdad que no existe un solo país en el mundo cuya mortalidad infantil no sea más baja que en 1950 como señala Angus Deaton, Premio Nobel de Economía en 2015, en su libro El gran escape6. Es verdad también que la esperanza de vida ha avanzado por doquier, que los sistemas de salud han dado saltos gigantescos, que la vida se alarga y que los centenarios con buena salud que ayer eran fenómenos raros, hoy y mañana serán cada vez más numerosos. Como es verdad también que hambrunas que ayer eran parte de una cierta normalidad, hoy son escasas.

Así podríamos hacer una extensa enumeración, pero ello no significa que la humanidad haya, en un siglo, generado en el planeta una base de justicia social extensa y aceptable, una sociedad política democrática sólida, y que la percepción de malestar social solo sea el fruto de que nuestros estándares de exigencia sean mucho más altos que ayer.

Si bien entre el pasado del ser humano y el presente hay muchas razones para preferir el presente, ello no significa que el presente no debería ser mucho mejor. Se pueden dar grandes pasos en la calidad material de la vida humana, al mismo tiempo que retrocesos en la acumulación civilizatoria.

Alguien menos optimista que Pinker y Deaton como el escritor y ensayista Amin Maalouf nos dice con razón en su libro El naufragio de las civilizaciones7: “No soy de los que creen que ‘antes era mejor’, los descubrimientos científicos me fascinan, la liberación de los cuerpos me encanta y considero un privilegio vivir en una época tan inventiva y desbocada como la nuestra”. Pero al mismo tiempo advierte: “Podemos preguntarnos si nuestra época no ha alcanzado el umbral de la incompetencia moral, si sigue avanzando aún, si no acaba de comenzar un movimiento de regresión que amenaza lo que tantas generaciones construyeron”.

¿Se contradice?

Quizás en parte, pero no por distraído, sino porque el progreso no es lineal, ni la realidad es unívoca. Porque si larga es la lista del progreso, también es larga la de infortunios, retrocesos, peligrosas derivas morales que se ciernen ante nosotros no solo hoy, sino como ya lo experimentamos en el siglo XX, que pudieron llevarnos a la disolución de la convivencia civilizada.

Teniendo presente esta advertencia que nos ayuda a no caer en miradas unilaterales, demos una mirada rápida al siglo pasado.

3] Los comienzos

El siglo XX comienza con poca discontinuidad del último cuarto del siglo XIX, y será la Primera Guerra Mundial la que marcará su identidad histórica.

Su base productiva se encuentra en la electricidad, el motor de combustión, el petróleo, el gas natural y las invenciones que vienen del siglo anterior: telégrafo, teléfono, fonógrafo, fotografía, radio y cinematógrafo. Es escenario de grandes obras de agua potable, infraestructura y alcantarillados que se introducen en el diario vivir, primero en los hogares más privilegiados, cambiándoles la calidad de sus vidas. La extensión de este cambio fue lenta y se extendía en la escala social de a poco, con mucha parsimonia, con cruel tardanza.

Es lo que el economista Patricio Meller ha llamado la Segunda Revolución Industrial, la primera fue la de la máquina a vapor.

Se acrecienta el proceso de urbanización, y el capitalismo no tiene reglas ni límites, salvo donde los trabajadores han alcanzado un alto nivel de organización y los gobernantes de monarquías e imperios y repúblicas con democracias censitarias tienen algo de sentido común y un poco de prudencia.

Estamos en pleno período de expansión colonialista en África, Asia y Medio Oriente, proceso realizado en nombre de una supuesta “expansión civilizatoria”. Las clases medias son aún incipientes y los pobres constituyen por doquier la mayoría de la población.

Europa es la región más poderosa del mundo, en ella conviven Estados-Naciones, algunos recientemente unificados como Italia y Alemania y viejos imperios como el austrohúngaro, donde su emperador Francisco José no logró iluminarse nunca con las luces de esa gran Viena de Freud, Roth, Musil, Mahler, Klimt, Schiele, Kokoschka, Zweig, Wittgenstein y tantos otros genios que se cruzaban en los cafés de su hermosa y pequeña capital.

El emperador encontraba estrafalaria la idea de ponerle luz eléctrica a su palacio. Ya la encantadora Sissi, la emperatriz curiosa e inteligente, había muerto, asesinada por un anarquista italiano, quien puso fin a su vida atormentada y con muchos sinsabores, lo que no es de extrañar siendo esposa del emperador Francisco José I, hombre trabajador pero aburrido, reaccionario y sin imaginación que reinó 68 años y condujo el imperio a su fin.

El Imperio Británico era todavía rey de los mares. Estados Unidos mostraba una enorme capacidad de desarrollo, aunque las alas del águila no están totalmente desplegadas y América Latina recién terminaba de componer su mapa político con dificultad y de manera muy heterogénea.

La Primera Guerra Mundial, “la gran guerra”, dio el vamos a las guerras modernas, con mayor capacidad de fuego y mortandad. Causó nueve millones de muertos entre 1914 y 1918, al mismo tiempo que la “gripe española” se llevaba entre cincuenta y cien millones de almas.

El nombre de “española” es muy injusto porque, como estalló en 1918, recibió más atención en España (que no participaba en la guerra) que en los países que luchaban en el conflicto, donde la información fue censurada.

El fin de la guerra pondría término a varios de los grandes imperios: el Imperio Otomano, del cual surgió la Turquía moderna de Atatürk; sin embargo, los territorios árabes no recuperaron su libertad, quedaron bajo dominio francés y británico, que no solo le provocaron una gran depresión al agente británico Thomas Lawrence, quien les había prometido otro futuro, sino que generó una realidad política endeble y resentida, cuyos efectos vivimos incluso hoy.

El Imperio Ruso sería escenario de la primera revolución comunista en 1917 que poco y nada tuvo que ver con las contradicciones del capitalismo, tal como las había imaginado Marx. La revolución rusa fue, en gran parte, una hábil utilización política de la incapacidad de una monarquía decadente y de una burguesía en pañales, rodeada de un océano de los campesinos más atrasados de Europa, por parte de un puñado audaz y decidido de revolucionarios profesionales en las condiciones creadas por la guerra.

Se hace así realidad la primera dictadura del proletariado y la socialización de los medios de producción en el país más atrasado de Europa o más bien de Eurasia. El Imperio Austrohúngaro desaparece y la Alemania prusiana queda herida y humillada, ello —como bien sabemos— traerá horribles consecuencias…

Un nuevo actor del siglo XX ha debutado en sociedad, los Estados Unidos de América, el cual sale de la guerra prestigiado, rico y potente. Europa ha recibido lo que los franceses llaman un coup de vieux y en América Latina suele decirse “un viejazo”; ha nacido “la vieja Europa”.

Gran Bretaña mantiene aún una buena reputación fruto de la victoria, pero ya no es la de antes, tampoco Francia.

La guerra ha cambiado el mundo, no solo a quienes intervinieron en ella, y en tierras alejadas, la mayor parte colonizadas, se han instalado nuevas reivindicaciones.

Curiosamente, y en ello coinciden Piketty8, Sheidel9y Milanovic10, la guerra ha producido un proceso de igualación poco virtuoso en las sociedades, los sacudones cruentos trastocan las monarquías y requieren movilizaciones masivas de millones de seres humanos provocando un reguero de revueltas y guerras civiles, los soldados de las trincheras han sobrevivido una experiencia indecible, millones de personas no entienden en nombre de qué destrozaron sus vidas, y no saben mucho qué quieren pero no desean volver a lo de antes.

No fue tan difícil sacar al genio de la botella; volver a meterlo se vuelve imposible.

Entre la Primera y Segunda Guerra Mundial se instala una paz mentirosa, más bien una tensa espera; por su parte, las iniciativas tendientes a generar un universalismo político que impulsa el presidente de los Estados Unidos de América Woodrow Wilson a través de la creación de la Sociedad de las Naciones resultan insuficientes, débiles, frágiles, anoréxicas para contener las tendencias proteccionistas, los conflictos coloniales, los proyectos revolucionarios de la Tercera Internacional comunista y el sentimiento nacionalista y revanchista que dará origen a los regímenes fascista en Italia y nazista en Alemania, a los cuales seguirán otros. En Asia se activa con fuerza el militarismo japonés y sus aspiraciones hegemónicas en el Pacífico.

4] Entre dos guerras mundiales

Habían transcurrido 10 años de la firma del Tratado de Versalles cuando se produce la crisis financiera mundial de 1929.

Estados Unidos, transformado en el gran proveedor de la economía mundial, parecía destinado a ser un paraíso económico sin límites, la tierra prometida donde las riquezas y la movilidad social se abrían para todos aquellos que, sin miedo al trabajo, con imaginación, ambición y en ocasiones sin muchos escrúpulos, buscaran el sueño americano, la tierra de las posibilidades y del coraje individual.

Sin embargo, el mismo éxito provocó un rentismo incontrolado que se transformó en una especulación sin solvencia.

Durante el llamado Martes Negro, la Bolsa de Wall Street cayó abruptamente y el pánico hizo el resto.

El gobierno americano creía a pie juntillas que el capitalismo tenía la capacidad para autorregularse y no hizo nada, pero la mano invisible nunca apareció, se extendió la debacle en América Latina y en la Bolsa de Londres.

Se abrió paso la Gran Depresión y llegó a su fin una etapa del capitalismo, pero como hoy sabemos este sistema tiene más vidas que un gato y siguió existiendo más allá del fin de la inocencia.

El mercado, que ya había tenido una crisis de proporciones en 1873, esta vez tuvo que modificarse.

Surgieron pensamientos nuevos y más complejos como el de John Maynard Keynes que suponían una participación reguladora del ámbito público en la economía.

El New Deal, impulsado por Franklin Délano Roosevelt, logró recuperar con esfuerzo a través del gasto público la economía en Estados Unidos de la situación desastrosa que atravesó por años. Surgió la experiencia reformadora de la socialdemocracia en Suecia a partir de 1932, creando un vínculo virtuoso por muchos años entre el ámbito industrial privado y un Estado con vocación social.

El efecto de la Gran Depresión fue sobre todo fatal para la República de Weimar en Alemania, pues la golpeó cuando comenzaba a afirmarse y la terrible vuelta atrás abrió paso al nazismo, nacionalista, racista, antisemita, mesiánico y finalmente criminal que arrastró al mundo hacia la Segunda Guerra Mundial.

El período de entreguerras fue en Europa prolífico en generar regímenes fascistas o protofascistas inspirados en Mussolini y Hitler que incluyeron prácticamente a todo el Este europeo.

En Polonia el régimen de Josef Piłsudski desde el golpe de mayo de 1926; en Hungría el almirante Miklos Horty entre 1920 y 1944; en Rumania primero entre bambalinas y desde 1940 la dictadura de Ion Antonescu; en Eslovaquia un cura católico fanático antisemita muy poco dado a la contemplación piadosa, Joseph Tiso; Ante Pavelic, cabeza del movimiento Ustasa en Croacia; el zar Boris III en Bulgaria. Asimismo, Ioannis Metaxas en Grecia, entre 1936 y 1941; Antonio Oliveira Salazar, quien dirigió Portugal entre 1930 y 1968 a través de un régimen dictatorial y conservador; en Austria en 1933 el canciller Engelbert Dollfuss, a través del austrofascismo, quien terminó siendo asesinado y sustituido por Kurt Schuschnigg, bajo quien se produjo la anexión a Alemania por Hitler en 1938.

También Finlandia, Letonia, Lituania y Estonia, que con justa razón se sentían amenazadas por Stalin, terminaron construyendo sus propios regímenes nacionalistas y autoritarios.

El cuadro se completa con la derrota de la República Española, cuya vida nunca llegó a estabilizarse, tironeada por sus extremos y la heterogeneidad de las fuerzas que conformaron sus gobiernos hasta el alzamiento de los militares más reaccionarios, dirigidos por la figura hierática y astuta de Franco, dando paso a la cruenta guerra civil entre 1936 y 1939, la cual fue un ensayo general de lo que vendría después.

Hitler y Mussolini apoyaron sin tapujos a los franquistas mientras la República con grandes desacuerdos internos, con una ayuda solo de carácter voluntario de diversas partes del mundo y de la URSS de manera ubicua, no pudo resistir.

La guerra civil terminó con el triunfo del franquismo, el que estableció una larga dictadura inspirada en el fascismo y acompañada de un severo integrismo religioso, produciendo que no pocos obispos hicieran el saludo fascista durante las ceremonias patrióticas.

El régimen franquista duró hasta la muerte de Franco en 1975. Solo entonces se conjugaron los astros para que España recuperara la democracia y se integrara a Europa.

Todo esto para recordar que el mapa democrático europeo de entreguerras en el siglo XX solo logró expandirse parcial y paulatinamente desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Los países del Este europeo pasaron casi sin transición de un tipo de dictadura a otra, hasta la caída de la Unión Soviética, dejando una huella autoritaria que sigue estando presente en ellos hasta el día de hoy.

América Latina en esos años no vivió tan de cerca las guerras europeas, unos pocos países lo hicieron de manera casi simbólica y sus simpatías eran divididas. Solo al final de la Segunda Guerra Mundial se alinearon con las fuerzas vencedoras.

Lo que sí les afectó enormemente cuando comenzaban su transición de Estados oligárquicos a Estados con ambiciones de modernización fue la crisis financiera de 1929, que golpeó fuertemente sus endebles economías.

Nunca fue tan verdadera la frase del general mexicano Porfirio Díaz: “Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

Estos procesos de modernización no se llevaron a cabo en la mayoría de los países a través de regímenes democráticos. Recordemos que entre febrero y diciembre de 1930 los militares estuvieron implicados en el derrocamiento de los gobiernos en no menos de 6 naciones muy diversas de América Latina: Argentina, Brasil, República Dominicana, Bolivia, Perú y Guatemala.

La mayoría de los países vivían grandes turbulencias sociales, económicas y políticas, incluido Chile, cuyo primer gobierno no oligárquico, el de Arturo Alessandri Palma en 1920, fue derrocado, inaugurando así un periodo de inestabilidad que concluyó en 1932. México fue escenario de una larga guerra revolucionaria iniciada en 1910 con el levantamiento contra Porfirio Díaz y posteriormente el asesinato de Francisco Madero en 1913 ordenado por Victoriano Huerta, guerra que solo se pacificó a través del dominio del Partido Revolucionario Nacional, que después se llamó Partido Revolucionario Institucional, el cual gobernó a través de un presidencialismo autoritario durante 70 años. Octavio Paz lo llamó “El ogro filantrópico” y Mario Vargas Llosa, “La dictadura perfecta”.

Estupendas definiciones de un autoritarismo a veces duro y a veces más blando, a veces de izquierda y a veces de derecha, durante el cual, como dicen los mexicanos, el que no estaba con el gobierno “vivía en el error”.

Entre 1929 y 1932 las exportaciones de los 6 países latinoamericanos más poderosos, comercialmente hablando, se redujeron en cerca de un tercio. También cayó el Producto Interno Bruto (PIB), que se recuperó muy lentamente en los años siguientes.

Los Estados Unidos y Europa giraron hacia el proteccionismo, el comercio internacional decreció y el comercio intrarregional se desarrolló escasamente.

Surge entonces el modelo de “desarrollo hacia adentro”. Aunque proseguirán las exportaciones, el progreso se identificará con la industria protegida por las fronteras y altos aranceles.

En la política también se verán nuevos equilibrios. Surge un Estado de “matriz centralizada estatal”, en los cuales se verifica un nivel importante de compromiso entre la vieja componente señorial-terrateniente y los nuevos grupos sociales ascendentes, sectores medios urbanos y los trabajadores organizados de las nuevas industrias. Siguen en la pobreza los campesinos y sectores populares sin peso político.

En la mayoría de los casos la incorporación de nuevos sectores sociales se efectuó con inclusión social, pero sin democratización política, por vías básicamente autoritarias, caudillistas o populistas. Personajes relevantes de ese largo proceso fueron Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela o Villarroel en Bolivia. Diferentes entre sí, pero todos de pierna fuerte, a quienes no les hacía gracia ningún tipo de oposición.

La democracia no figuraba en su lista de invitados.

Algunos como Rafael Leónidas Trujillo, de República Dominicana, eran más sanguinarios que simplemente rudos.

Por esos años, solo en pocos países prevalecieron regímenes democráticos, como el caso de Chile y Uruguay durante mucho tiempo.

Fueron tiempos de un proceso de desarrollo contradictorio, durante el cual la capacidad integradora se acompañaba de palos para los que no obedecían a quien estaba en el poder. También había corrupción y arbitrariedad.

Quienes se inspiraban en el marxismo revolucionario y el estalinismo, más bien llevaban las de perder. Los regímenes autoritarios, nacional-populares o nacionalistas conservadores se inspiraban, con gran libertad interpretativa, más bien en experiencias nacionalistas y dictaduras fascistas o protofascistas.

Todo ello dejó a buena parte de los políticos e intelectuales de izquierda de la región con una gran confusión en la cabeza y con poco afecto por lo que no existía o existía apenas: la democracia. Esa confusión prosiguió con algunas interrupciones hasta hoy, como veremos más adelante.

En todo caso, esa primera modernización postoligárquica fue trunca y desigual. La segunda, la de posguerra también, tuvo mejores resultados en lo económico, avances en la infraestructura y mejoras sociales.

5] Los años del pensar pesimista

Las décadas de entreguerras fueron en verdad décadas de tensa espera en Europa, de crisis, de más angustia que serenidad. Los proyectos colectivos fueron construidos sobre el resentimiento y sobre las revanchas vindicativas. Ese espíritu alienta filosofías, espacios culturales, doctrinas políticas y visiones del mundo marcadas por el tormento y por la ausencia de tolerancia hacia el “otro”.

Se hacen atractivos pensamientos de una sola pieza, que piensan haber encontrado la clave de la solución a todos los problemas través de una verdad que no deja ningún espacio a otras.

La realidad existente se ve —no sin razón— como pura decadencia. El optimismo no tiene cabida, salvo en la Unión Soviética donde es obligatorio; lo existente era apenas un interregno que esperaba una solución definitiva y purificadora, detrás del aumento numérico de masas humanas se respiraba un cierto desamparo, detrás de un avance científico y tecnológico y de una modernidad instrumental avasalladora, la modernidad normativa11 aparecía frágil y débil, bullían rencores tanto en las sociedades centrales como en la periferia atrasada y pobretona.

Momentos que conjugaron libertad y mayor igualdad fueron muy pocos, como el Frente Popular en Francia dirigido por un socialista humanista admirable como fue León Blum pero que duró poco, apenas dos años, aunque dejó una huella duradera en ese país.

Solo en el plano teórico destaca Antonio Gramsci, filósofo y político italiano (1891-1937), que pasó buena parte de su vida encarcelado por Mussolini, quien no pudo impedir, como habría deseado, “que ese cerebro no funcionara”, aun limitado no solo por los barrotes sino que además por las fronteras políticas estrechas del marxismo revolucionario que profesaba. Nos legó una elaboración intelectualmente fina y culta acerca de esos años, señalándonos: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer y en ese claro-oscuro surgen los monstruos”.

Así fue, los monstruos no faltaron a la cita con la historia.

Es natural que en ese contexto ocupen el centro del espacio comunicacional filósofos e historiadores cuya influencia decrecerá posteriormente, pero que entonces se presentó con visiones pesimistas y tonos proféticos. Sus obras atrajeron muchos lectores, como la de Oswald Spengler, autor de La decadencia de Occidente, en la que atribuye a las culturas un ciclo vital y considera que la cultura de Occidente está en una etapa de decadencia marcada por el materialismo, la burocracia y la ausencia de creatividad propias, según él, de la democracia liberal.

Esa visión categórica y determinista gustaba a muchos en Alemania después de la Primera Guerra Mundial y no fue indiferente ni para Carl Schmitt, jurista y teórico político, ni para el importante filósofo Martin Heidegger, quienes, con diversa intensidad, terminaron en ese periodo ligados al nazismo.

También el historiador británico Arnold J. Toynbee alcanzó una fuerte influencia a través de su extensa obra Estudio de la Historia, cuyos primeros tres volúmenes se publicaron entre 1934 y 1939 en los que abordó el estudio de las civilizaciones. Su idea de los ciclos históricos es más flexible que la de Spengler, pues considera la decadencia de una civilización como una separación entre las élites y las masas cuando las primeras ya no pueden responder a los desafíos que plantean estas últimas.

Pero fueron más los pensadores que influyeron en esos años y no todos con una mirada del todo agorera o desesperanzada. Es el caso de Bertrand Russell, filósofo, matemático, activo pacifista y luchador por los derechos civiles, autor en su larga vida de una variada obra. Entre sus libros destaca Historia de la filosofía de Occidente, en la que es crítico de una modernidad guerrera y defensor de ideales democráticos y liberales.

Hoy sus escritos están algo alejados del debate intelectual y político, al igual que los de José Ortega y Gasset, filósofo español quien en su libro La rebelión de las masas reflexionó sobre la crisis de la cultura y la homogenización y mediocridad que a su juicio genera la modernidad.

Otro pensador, autor de deliciosas autobiografías acerca de su infancia y juventud, fue Elías Canetti, búlgaro sefardí, de cultura austríaca, autor de Masa y poder, publicado tardíamente en 1960, y Miguel de Unamuno, porfiado y a contracorriente, casi sin esperanzas, autor de El sentimiento trágico de la vida, editado en 1913.

Fueron decisivos para la construcción democrática de posguerra y condujeron su espíritu crítico hacia una revisión del liberalismo clásico o de una construcción del pensamiento socialdemócrata de posguerra los economistas John Maynard Keynes —un espíritu libre y culto de un rol fundamental en los mejores momentos económicos y sociales en la construcción democrática de posguerra— y Joseph Alois Schumpeter —de la inagotable cantera austríaco-americana, autor de Capitalismo, socialismo y democracia, en 1942—, quien profundizó sin piedad en el funcionamiento problemático del capitalismo, habló de su poder de destrucción creativa y profetizó sin éxito su fin a partir de sus resultados.

El filósofo Karl Popper, defensor en tiempos turbulentos de la democracia liberal y crítico implacable del totalitarismo, autor de la Sociedad abierta y sus enemigos. El cientista político británico Harold Laski, el filósofo y educador americano John Dewey, Simone Weil, Benedetto Croce, Walter Benjamin y Teodoro Adorno, desde una perspectiva crítica a la modernidad existente, junto a muchos otros conformaron una atmósfera intelectual lejana a las rigideces doctrinarias que poblaban el mundo político en el que se preparaban catástrofes.

Ni por un momento se debe olvidar al atormentado George Orwell, escritor ensayista, periodista y novelista, maestro de la sátira genial y feroz a los totalitarismos con la Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949), que no han perdido una gota de actualidad.