Marx y sus amigos - Ernesto Ottone - E-Book

Marx y sus amigos E-Book

Ernesto Ottone

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Beschreibung

No era un fantasma lo que recorría la universidad durante 2017 y 2018; era algo mucho menos temible: dos ilustres efemérides rondaban sus aulas y pasillos. La primera era el centenario de la Revolución de Octubre; la segunda, los doscientos años del nacimiento de Marx. Si bien ninguno de estos acontecimientos tenía la importancia que habrían desatado hace algunas decenas de años atrás, de todas maneras requerían un alto en el camino. Al fin y al cabo, tuvieron una incidencia central en el curso de dos siglos y marcaron los acontecimientos mundiales, generando efectos que perduran hasta hoy. Este libro surge desde ese esfuerzo reflexivo. Se trata de una mirada laica que busca atrapar la historia y las ideas de manera viva, en su contexto, y que no inhibe de pronto el juicio del autor en uno u otro sentido a partir de que no se considera un misionero de causa alguna, solamente procura transmitir una visión informada, estudiada a través de muchos años y desde 1968 hacia delante vivida en primera línea. Intenta exponerla de una forma ajena al lenguaje enrevesado y críptico, sin ansiedad enciclopédica y erudita. La primera parte se centra en Marx y su tiempo, ideas y recorrido; la segunda y la tercera nos muestran a sus amigos en acción; finalmente, se hace una leve reflexión acerca de su eventual actualidad. En todas ellas se alternan glorias y miserias, errores, aciertos y horrores, ilusiones y decepciones, como resulta suceder en las vidas de las personas y en la historia de la sociedad. ERNESTO OTTONE

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Seitenzahl: 366

Veröffentlichungsjahr: 2019

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ERNESTO OTTONE

Marx y sus amigos

Para curiosos y desprejuiciados

Ottone Fernández, ErnestoMarx y sus amigos. Para curiosos y desprejuiciados / Ernesto Ottone Fernández

Santiago de Chile: Catalonia, 2019

ISBN: 978-956-324-730-5ISBN Digital: 978-956-324-736-7

CIENCIAS POLÍTICAS300IDEOLOGÍAS POLÍTICAS320.5

Ilustración de portada: collage de Ulises Villagra / Grone ArtevisualDiseño y diagramación: Sebastián Valdebenito M.Corrección de textos: Cristine MolinaDirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.

Primera edición: julio 2019

ISBN: 978-956-324-730-5ISBN Digital: 978-956-324-736-7Registro de Propiedad Intelectual: Nº A-306120

© Ernesto Ottone, 2019

© Catalonia Ltda., 2019Santa Isabel 1235, ProvidenciaSantiago de Chilewww.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
Agradecimientos
Prólogo
PRIMERA PARTE: Karl Marx, un genio con mal genio
1 Un mundo se termina, un niño nace en Tréveris
2 Los años verdes del joven Karl
3 Los Marx en París
4 Bruselas: entre escritos y activismo
5 El Manifiesto y la revolución del 48
6 Londres
7 El capital
8 La Comuna de París
9 Los últimos años
SEGUNDA PARTE: Los amigos de Marx en acción (Desde comienzos de siglo hasta la Segunda Guerra Mundial)
1 El siglo XX comienza: los amigos alemanes
2 Rusia en el horizonte
3 Lenin y los amigos rusos
4 Los amigos rusos al asalto: de la Primera Guerra a la Revolución
5 Los amigos soviéticos en el poder
6 Los amigos crecen en todo el mundo. La Tercera Internacional
7 Stalin, el poder omnímodo
8 Fascismo, antifascismo, nuevamente la guerra
TERCERA PARTE: Los amigos de Marx en acción (De la posguerra a nuestros días)
1 Posguerra, la China popular y la Guerra Fría
2 Muere Stalin, nuevas ilusiones, nuevas desilusiones
3 Entre coexistencia y competencia
4 La última etapa
5 El último suspiro
Epílogo: Marx después de Marx
Notas

A mis amigos que ya no están:Fernando FanjzylberJuan Carlos TedescoRicardo BravoGeorges CouffignalPeter Landelius

Agradecimientos

Quisiera expresar mi profundo agradecimiento a un número amplio de amigos que me impulsaron y alentaron a escribir este libro, algunos de ellos tuvieron la generosidad de leer su borrador y darme preciosos consejos, cada uno de ellos se reconocerá revisando sus páginas. 

Agradezco a la Universidad Diego Portales que, al igual que en la preparación de obras anteriores, me creó las mejores condiciones de trabajo durante su redacción. Igualmente al Colegio de Estudios Mundiales (CEM/ FMSH) de París que antes de la publicación de este libro, me invitó a discutir públicamente sus contenidos con Alain Touraine.

Quienes me conocen saben que escribo el manuscrito de mis libros a mano, como en los viejos tiempos. Suena romántico pero es trabajoso. En mi defensa podría aducir la argumentación de Heidegger quien decía que le era indispensable para expresar su pensamiento la conexión entre su mente y su mano. 

Me temo que las cosas en mi caso son mas prosaicas y simples, se trata de pura torpeza digital. 

Por lo tanto mis agradecimientos a Mirta Martínez, quien con paciencia infinita digitó una y otra vez el manuscrito.

Agradezco muy sinceramente a la editorial Catalonia, a su director general y fundador Arturo Infante, la acogida generosa, confiada y entusiasta a este libro, como asimismo al trabajo profesional y exigente de quienes se ocuparon de su producción, en particular de su editora Cristine Molina.

Como siempre la primera escucha severa y cuidadosa durante la escritura ha sido la de mi esposa Eliana Rahal, a quien agradezco una vez más, su incansable exigencia y ayuda.

“Creo que nadie escribió tanto sobre el dinero con tanta falta de dinero”.

Karl Marx

“Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar un hombre”.

Sebastián Castellión

“Ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz si en ella la mayor parte de los miembros son pobres y desdichados”.

Adam Smith

“No puedo escuchar tanto a Wagner.Me dan ganas de invadir Polonia”.

Woody Allen

“Nunca volveré a ser uno de esos, sean quienes sean, que admiten compañía con el crimen”.

Albert Camus

“Damas y caballeros, estos son mis principios, si no les gustan tengo otros”.

Groucho Marx

“No hay nada más peligroso que la conciencia de un fanático”.

George Bernard Shaw

Prólogo

No era un fantasma lo que recorría la universidad durante los años 2017 y 2018; era algo muchos menos temible: dos ilustres efemérides rondaban por sus aulas y pasillos. 

La primera era el centenario de la Revolución de Octubre; la segunda, los doscientos años del nacimiento de Marx.

Si bien ninguno de estos acontecimientos tenía la importancia que habrían desatado hace algunas decenas de años atrás, de todas maneras requerían un alto en el camino. Al fin y al cabo, tuvieron una incidencia central en el curso de dos siglos y marcaron los acontecimientos mundiales, generando efectos que perduran hasta hoy.

Tampoco se trata de generar un espacio puramente arqueológico en el debate intelectual y político; tales acontecimientos más de algo tienen de existencia en la turbulenta fase que vivimos del proceso de globalización.

Se puede hacer además con la ventaja de una cierta serenidad que genera la distancia en el tiempo, pues hace algunos años estos análisis resultaban muy alterados por sentimientos muy fuertes de adhesión o rechazo. Daban lugar a encontronazos entre manifestaciones de fe religiosa y de condenas viscerales.

La reflexión que se hizo en estás efemérides permitió que muchos jóvenes que habían oído cantar el gallo, pero no sabían dónde, pudieran conocer de qué diablos se trataba.

A otros, que sin saber mucho de qué iba se autodefinían como marxistas, les permitió ver por primera vez cómo lucían las ideas a las que adherían y lograron así perder su candorosa virginidad intelectual y política en relación con sus creencias.

Desgraciadamente, otros no tan jóvenes, algunos de los cuales están incluso en el Parlamento, pasaron incólumes la experiencia y continúan enarbolando con orgullo la bandera de la ignorancia.

De ese esfuerzo reflexivo surge este libro.

Es un libro ambicioso en su aspiración de síntesis histórica y de una presentación laica de las ideas y del accionar de sus protagonistas.

Prefiero largamente utilizar el concepto de laico al de neutral o imparcial, que pueden producir una cierta asepsia narrativa capaz de quitarle vida al relato.

Por lo tanto, se trata de una mirada laica que trata de atrapar la historia y las ideas de manera viva, en su contexto, y que no inhibe de pronto el juicio del autor en uno u otro sentido a partir de que no se considera un misionero de causa alguna al elaborar su texto, solamente procura transmitir una visión informada, estudiada a través de muchos años y desde 1968 hacia delante vivida en primera línea. 

A la mayor parte de los personajes que pongo en acción a partir de ese año los conocí, para bien o para mal, personalmente di persona, como diría Catarella, el entrañable personaje de la serie Montalbano de Andrea Camilleri.

Este esfuerzo, como lo dice su subtítulo, va dirigido a mentes curiosas y desprejuiciadas.

Quienes anden buscando un recuento de la teología marxista o, peor aún, un catecismo marxista o la reafirmación de que este constituye el mal absoluto, deberán calmar su sed en otras fuentes. Por cierto, las hay.

El texto no trata de simplificar lo que es complejo en esta historia, pero sí intenta exponerla de una forma ajena a un lenguaje enrevesado y críptico que goza confundiendo al lector.

Se detiene en algunos aspectos que le aparecen particularmente significativos, pero no tiene una ansiedad enciclopédica y erudita.

Otros aspectos se señalan a través de pincelazos impresionistas que tan solo dan la idea de la dirección en que las cosas parecen moverse.

La primera parte se centra en Marx y su tiempo, ideas y recorrido; la segunda y la tercera nos muestran a sus amigos en acción; finalmente, se hace una leve reflexión acerca de su eventual actualidad.

En todas ellas se alternan glorias y miserias, errores, aciertos y horrores, ilusiones y decepciones, como resulta suceder en las vidas de las personas y en la historia de la sociedad.

Dicho esto, visitemos sin más a Marx y sus amigos.

Santiago, París, Valparaíso

PRIMERA PARTE Karl Marx, un genio con mal genio

1 Un mundo se termina, un niño nace en Tréveris 

El 5 de abril de 1818, en los llanos de Maipú, con un abrazo entre José de San Martín y Bernardo O’Higgins, cristalizaba la victoria de la batalla definitiva para sellar la independencia de Chile, al derrotar ya sin vueltas al ejército español.

El dominio del Imperio español en buena parte de América del Sur pasaba a tener sus días contados; en poco tiempo más sería liberado el Perú, su último bastión, atenazado entre San Martín y Simón Bolívar.

Terminaba así el tiempo lento y tedioso de la Colonia, y empezaban tiempos demasiado turbulentos para las jóvenes repúblicas que no sabían demasiado qué hacer con su libertad; en efecto, se tomarán un buen tiempo de múltiples reyertas y de escaso progreso hasta encontrar un cierto equilibrio.

Lo que sucedía en el extremo sur de Occidente respondía al aire de los tiempos. 

En Europa, a fines del siglo XVIII había concluido la aparente inmovilidad del Ancien Régime en Europa y América del Norte se había independizado. En 1818, sin embargo, las viejas monarquías emprendían un esfuerzo restaurador que no se prolongaría demasiado en la historia; habría idas y vueltas, pero el viejo mundo ya no volvería.

En Francia no solo se había llevado a cabo una revolución que había echado al traste una monarquía que se consideraba el centro del mundo, sino que la revolución había pasado por un periodo de terror jacobino, decapitado a sus reyes, anunciado a la vez un mundo de ciudadanos con derechos, al igual como lo habían hecho los padres fundadores de los Estados Unidos, y después se había institucionalizado en la figura de un joven corso, audaz y desenvuelto que en nombre de esa Francia revolucionaria había montado a caballo y conquistado Europa, ofreciendo una versión imperial y autoritaria del nuevo mundo que surgía.

“He visto el espíritu del mundo, sentado en un caballo”, exclamó Hegel refiriéndose a Napoleón, quien no era bajito para su época (como suele pensarse), pero sí les tenía fobia a los gatos.

Las viejas monarquías, asustadas, habían dejado de lado sus permanentes querellas y constituido una alianza a la cual calificaron de santa, y pusieron a Napoleón en su lugar: la isla de Santa Helena, un islote pedregoso y hostil desde donde la fuga era imposible.

La Corona británica, al parecer, le provocó a Napoleón en su postrero exilio fuertes dolores de estómago a través de discretas dosis de arsénico, hasta que el Señor lo llamó a su lado el 5 de mayo de 1821, tres años y un mes después del abrazo de Maipú.

En el Vaticano, Pío VII, que ocupaba la silla de Pedro desde 1800, debe haber respirado aliviado ese día con justa razón, pues Napoleón le había hecho la vida imposible durante todo su papado mandoneándolo a gusto, recortando su poder terrenal, secuestrándolo del Quirinale y confinándolo por años en Francia. Incluso le hizo hacer un papelón al quitarle la corona de las manos en el momento que lo iba a coronar.

No era mal tipo Pío VII; algo esmirriado y quitado de bulla, había mostrado una paciencia de monje budista durante largo tiempo.

En el Congreso de Viena logró que le devolvieran los Estados Pontificios, cosa que indignó sobremanera a los patriotas italianos que iniciaban las primeras luchas del Risorgimento, pero en ese mismo congreso alzó su voz contra la esclavitud, logrando un acuerdo parcial y muy poco respetado posteriormente: que la esclavitud se prohibiera “al norte de la línea del ecuador”.

Rara versión, pero lucrativa, para algunos, del abolicionismo.

En Gran Bretaña ese mismo año Jorge III, el rey que había perdido para Inglaterra las colonias de América del Norte, deambulaba por los pasillos de palacio completamente orate, mientras el reino era dirigido por su hijo, el futuro Jorge IV, y sobre todo por lord Liverpool.

Faltaba todavía un año para que el 24 de mayo de 1819 naciera la reina Victoria, la gran emperatriz que marcaría el momento más potente y estable del Imperio británico, aunque medía apenas un metro y cincuenta y dos centímetros, y que con el tiempo y su gusto por la buena mesa llegaría a tener una cintura de ciento veintisiete centímetros.

En Rusia, durante el año del abrazo de Maipú gobernaba Alejandro I, formado por tutores iluministas y roussonianos, cosa que no le entró mucho en provecho, ya que predominó en él un carácter autócrata sobre cualquier atisbo reformador.

Pese a su admiración puramente platónica por las monarquías avanzadas de Europa, amaba una Rusia más bien oriental, sumisa y atrasada.

Ese mismo año nacía quien sería Alejandro II, quizás el zar más progresista de la dinastía de los Romanov, que durante su reinado daría el paso histórico de la abolición de la servidumbre de los campesinos e impulsaría algunas medidas de modernización sin renunciar a la autocracia.

Como la vida algunas veces y otras también no es justa, hubo de vivir con muchas conmociones políticas que en algo presagiaban lo que vendría después.

Alejandro II sobrevivió a varios atentados, pero al final, cuando parecía sobrevivir uno más, se devolvió a mirar cómo había sido el atentado y le tiraron una bomba que le resultó esta vez mortal.

Subió al trono Alejandro III, un matón de pocas luces, quien partió desarrollando programas antisemitas, culpando del atentado a su antecesor a la población judía, que no tenía arte ni parte en ello, y llevó adelante un gobierno retrógrado y represivo.

El Imperio austriaco y después austrohúngaro, que jugó un rol muy central en la Europa del siglo XIX, era gobernado en 1818 por Francisco I, que tampoco era un genio. Extremadamente conservador, pasó a la historia sobre todo gracias a su canciller Metternich, hábil diplomático que primero jugó un rol de contención de Napoleón cuando este parecía invencible, desposándolo con la hija de Francisco I, María Luisa de Habsburgo, y luego cuando este empezó a decaer se alió con Prusia, Rusia y Gran Bretaña hasta lograr su derrota definitiva en Waterloo en junio de 1815.

Faltaban sus buenos años para que naciera el eterno Francisco José I, quien cruzaría todo el siglo XIX y los comienzos del XX a la cabeza del imperio.

Cuando O’Higgins y San Martín se abrazaban, cumplía tres años un niño prusiano nacido en Shönhausen, Otto Von Bismarck. Este se convertiría en un actor fundamental de la política europea en el siglo XIX, ganándose no por casualidad el apodo de “Canciller de Hierro”, quien para acentuar lo justo de su apodo se hacía retratar con cara de pitbull enojado mientras echaba las bases de la Alemania moderna, inspirado en un conservadurismo pragmático.

Ese era el mundo de Occidente de principios del siglo XIX.

Se habían roto regímenes antiguos, surgían los imperios modernos y asomaban apenas las repúblicas hijas del iluminismo en medio de un desarrollo sin antecedentes de la ciencia y la tecnología, en el cual la revolución industrial daba pasos cada vez más grandes y se volcaban los habitantes del campo a la ciudad.

En el extremo de su periferia surgía en esos años un nuevo país independiente llamado Chile, con más obstáculos que bendiciones, bueno para organizarse, resiliente, desigual, institucional, atrasado y excéntrico.

En el centro de ese mundo nacía en Tréveris, en la Renania prusiana, Karl Marx, un 5 de mayo de 1818, apenas un mes después de nuestro abrazo de Maipú.

2 Los años verdes del joven Karl

Quien sería con los años el crítico más audaz y profundo de ese mundo que se abría paso nació en el seno de una familia que gozaba de una buena situación económica, labrada a través de varias generaciones por una burguesía judía emprendedora y culta, de la cual formaban parte una tradición de rabinos importantes.

Su padre era un abogado prestigioso que se sentía perfectamente integrado a esa Renania que había quedado bajo dominio prusiano por decisión de la Santa Alianza. 

Sin embargo, en el ambiente posnapoleónico comenzó a resurgir un cierto antisemitismo. Herschel Marx Levy, que era un hombre moderadamente liberal y más moderadamente aún religioso, después de pensarlo un poco, decidió cortar por lo sano, convirtiéndose al luteranismo, y se cambió el nombre por el de Heinrich, lo que le permitió evitar cualquier sobresalto y asegurar su bienestar económico y su prestigio profesional.

Lo hizo de manera suave, sin provocar rupturas con aquella parte de la familia que se mantenía en el viejo credo religioso.

Pero el hogar de Marx será luterano, aunque sin mayor fervor.

Como todos los niños, incluido Jesús de Nazaret, Karl no tiene una biografía espesa. Todo indica una infancia dulce; el niño destaca por su afición a la lectura, que se acrecienta con el tiempo. Se conoce que le gustó mucho Ivanhoe de sir Walter Scott, pero de manera muy precoz pasa a lecturas más clásicas. 

Con su padre tiene una buena relación, que incluye un diálogo intelectual; ambas cosas también las tiene con el barón Von Westphalen, un amigo de la familia que será su futuro suegro. Con él conversará sobre Homero, Goethe, Cervantes, Esquilo y su poeta favorito: Heine. Con él también desarrollará sus primeros escarceos de lecturas sociales en torno a los escritos del conde de Saint-Simon.

Consentido por su madre y sus tías, apenas entra en la pubertad comienza a tener con ellas relaciones algo distantes; muestra tempranamente un carácter explosivo, y un cierto mal genio recurrente cuando siente alguna frustración.

Su físico es común: ancho de espaldas, más bien cabezón, pero no mal proporcionado. Su tez es morena, lo que le valdrá durante toda su vida el sobrenombre de “moro”; así lo llamarán sus hijas con cariño.

Lo que destacaba en él era su increíble memoria, que le permite dominar desde muy joven el latín, el griego y el francés.

Apasionado, se enamora muy jovencito de Jenny von Westphalen, cuatro años mayor que él, quien le corresponde con entusiasmo. Las familias no se oponen, solo piden tiempo para ver si la cosa va en serio.

A los diecisiete años parte a Bonn a estudiar derecho, donde destaca desde un comienzo por su inteligencia, su capacidad de polémica, su carácter peleón y su abundante cabellera y barba. Pero no es un “mateo”, es juerguista; se mete en peloteras con facilidad, le gusta la bohemia y la ingesta generosa de alcohol.

Descubre la Fenomenología del espíritu de Hegel; le atrae la idea de que los hombres, sin quererlo ni saberlo, actúan al servicio de la historia gracias “a la astucia de la razón”. Le atrae profundamente también el concepto de alienación en su doble sentido: de deshumanización y de dejar de ser sí mismo.

Cada vez más se da cuenta de que el derecho no es lo suyo, y menos aún la idea de ser un abogado en Tréveris. Nada de eso lo ilusiona. Parte a Berlín a estudiar filosofía y su interés por Hegel se extiende a Bruno Bauer y a Ludwig Feuerbach; se hace parte de los jóvenes hegelianos de izquierda y comienza a pensar su futuro como un profesor de filosofía.

Se lo plantea a su padre, quien está declinando tanto en su salud como en sus finanzas. Este lo preferiría abogado, pero lo ayuda con generosidad.

Mucho más tarde, con su padre ya fallecido, surgirán algunos problemas familiares por razones fenicias, pero su entorno nunca le fue hostil. Tampoco el de la familia de Jenny, salvo un hermanastro de Jenny, Ferdinand, quien, a pesar de tener sentimientos antisemitas y ser muy conservador (llegó a ser ministro del Interior de Prusia entre 1850 y 1860, años de gran represión), en los tiempos más duros le tenderá una mano a Jenny.

Al padre lo que le preocupaba era la escasa capacidad y la falta de interés de Karl para ganarse la vida y la extrema facilidad que tenía para gastar el dinero. A su madre le preocupaba sobre todo su despreocupación por el orden y la limpieza, incluso a nivel personal.

En 1841 obtiene su doctorado en Filosofía; su tesis se titula “Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro”, pero a estas alturas no se ve tampoco como un profesor universitario. En todo caso, aunque se hubiera visto así, sus posibilidades casi no existen: las autoridades del Estado lo consideran ya un revoltoso, por su sulfuroso espíritu crítico.

Es claro ya que su género favorito es la crítica y la polémica. Sobresale por la inteligencia de su argumentación, pero también por el tono acerbo; nada como pez en el agua en los conflictos.

En 1842 se traslada a Bonn, donde es redactor de la Gaceta Renana de Colonia; desde allí comienza a tronar contra el Estado prusiano. Los accionistas del medio procuran moderarlo, inútil misión; finalmente abandona el cargo. El suspiro de alivio de los accionistas se debe haber escuchado a muchos kilómetros a la redonda.

Finalmente, puede casarse con Jenny. Ella es una mujer extraordinaria, de familia noble, rica, de ideas avanzadas, buena presencia, cultivada, lo que se llama un buen partido, que podría haber elegido con tranquilidad un matrimonio opulento.

Pero también está enamorada y se casa a sabiendas de que la vida con Marx no será fácil, por sus ideas y su carácter; lo más probable es que vivan al salto de la mata. Si bien Jenny se preparó para una vida sin lujos, y lo escribe en carta a su familia, lo que ella quizás no imaginaba era que las cosas serían por momentos mucho más duras, incluso miserables, al límite con periodos cercanos a la indigencia. La sobrevivencia exigua estará presente en las futuras tragedias familiares y muertes prematuras.

Tendría etapas de profunda depresión: “no me interesa levantarme”, dirá en uno de los peores momentos, pero no abandona, se bate al lado de Marx. ¿Puro amor? ¿Un fuerte sentido de amor propio por el camino elegido? En todo caso, los múltiples relatos sobre ella no muestran una mujer sumisa, sin opinión y sin convicciones.

Su opinión política es respetada por Marx, por Engels y por quienes la rodean. Es la primera lectora de Marx, la única capaz de descifrar su escritura difícil.

Ella recopila sus manuscritos; como bien dice Françoise Giroud, “ella sin duda, con Engels, deben ser los únicos que leyeron a Marx de cabo a rabo, miles y miles de páginas”1.

Es ella quien viajará a perseguir herencias para sobrevivir, aunque en el Manifiesto del Partido Comunista se proclamó la propuesta de la abolición de la herencia.

Llevó una vida dura, con momentos exaltantes y un marido difícil, aunque profundamente cercano, que en la vida de hogar tenía poco de revolucionario y antipatriarcal, pero una fuerte presencia, afectuoso y juguetón con sus hijas. Se mantuvieron unidos hasta el final.

Realizado el matrimonio comienza el largo peregrinaje; viven de aportes familiares e inician las largas disputas por las herencias. Estas demorarán en llegar, en verdad, casi una vida entera.

Al poco tiempo Marx es expulsado de Alemania y parten a su primer exilio a París; se instalan en el 30 de la calle Vaneau. 

Será un periodo intenso que les dejará buenos recuerdos.

3 Los Marx en París

Al contrario de lo que solía decir mi madre, “ese viejo parece que no le trabajó un día a nadie”, Marx era un trabajador incansable; era capaz de escribir muchas horas, noches enteras, sin detenerse.

Si lo interrumpían alzaba la vista, respondía y se ponía a discutir, retomando después con facilidad la escritura. 

Se detenía solamente para leer novelas o más tarde para contarles y escribirles cuentos a sus hijas, o simplemente para jugar con ellas, haciéndolas reír o haciendo de caballo para que ellas cabalgaran sobre sus espaldas. Si bien no se ejercitaba, podía dar largas caminatas con sus amigos y la familia y presumía de ser buen jinete, cosa que no lo era: con dificultad montaba una escuálida cabalgadura, un burro.

Lo que pasa es que había decidido no vender su fuerza de trabajo por un salario, principio que le hizo pasar las de Quico y Caco, y que estuvo a punto de abandonar en momentos trágicos. De allí la confusión de mi madre.

Sus recursos en ese tiempo surgen sobre todo de sus escritos en los Anales francoalemanes, publicación donde lo invita a participar Arnoldo Ruge, intelectual alemán con quien tendrá una relación turbulenta: Ruge tenía fortuna personal y podía dedicar dinero para la publicación, pero sus concepciones muy pronto se separan.

Ruge, que venía de un liberalismo radical, se acerca a los jóvenes hegelianos y al comunismo de Marx, pero finalmente terminará apoyando las posiciones de Bismarck en Prusia cuando ellos habían roto desde hacía ya tiempo; Marx lo había puesto hace mucho en la larga lista de “filisteos”, uno de sus insultos favoritos.

En otoño de 1843 Marx escribe La cuestión judía, que será publicado en 1844. En este primer ensayo ya está el embrión de lo que vendrá después; se trata de una crítica a Bruno Bauer sobre la formulación de la emancipación de los judíos a través de la ciudadanía política, pero de paso establece al mismo tiempo sus primeras críticas a Hegel sobre el Estado.

Marx ya en este escrito no cree que los problemas de la emancipación se relacionen con un cambio a nivel político al interior del Estado ni a una suerte de ampliación de las conquistas de la Revolución francesa y los derechos humanos. 

Para él tales cambios quedarán siempre dentro de los límites del Estado burgués y lejos de la emancipación universal y, por lo tanto, la emancipación judía será un particularismo dentro de otro particularismo. 

No es a través de una democracia política que se libera el hombre y entre los hombres, los judíos, sino mediante la abolición de la propiedad privada. El fin de las contradicciones se logrará por medio de la violencia.

Ya en esta obra temprana (tenía veinticinco años) está presente la idea de la revolución permanente que atravesará todos sus escritos. 

Está presente también lo que él considera la doble vida del hombre: una, correspondiente al hombre colectivo en la comunidad política, y la otra, que contradice a la primera, la del hombre particular y egoísta en la sociedad civil donde se desarrolla la base de la vida real.

Concluye su planteamiento con las palabras siguientes: “Tan pronto como la sociedad logre superar la realidad empírica del judaísmo, el tráfico sórdido y sus presupuestos, el judío se habrá hecho imposible, su conciencia habrá perdido su objeto, la base subjetiva del judaísmo —las necesidades prácticas— se habrá humanizado, el conflicto de la existencia sensible, individual del hombre con su existencia a nivel de la especie, se hallará superado. La emancipación social del judío es la emancipación de la sociedad frente al judaísmo”2.

En este texto, como en otros, “lo judío” es tratado por Marx como una expresión extrema de encarnación de la práctica capitalista, lo que ha levantado con justicia una gran polémica sin respuesta: ¿Marx mira el judaísmo como un particularismo incluso irrelevante, negativo o una religión más?

¿Es un judío no judío, en el sentido que señala Isaac Deutscher, o existen en él elementos de auto odio judío, como lo define Ernest Bloch? 

No lo sé, pero su referencia a los judíos me produce un profundo malestar, por más que el sentido de su argumentación diga relación con la universalidad de los temas que recorrerán toda su obra.

También en 1843 escribe la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, en la cual ahonda su distanciamiento de Hegel; en ella hace su célebre crítica a la religión, que difiere de aquella que realiza el iluminismo clásico en base a la preeminencia de la razón.

Él afirma: “La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como una vida privada de espíritu. Es el opio del pueblo”3.

Según Marx, la religión es el velo que no deja ver la verdadera negación mundana de la persona humana, y se propone desenmascarar la falsedad del más allá para poder desenmascarar la verdadera falsedad, la falsedad del más acá, la deshumanización realmente existente.

Esos años en París, que transcurren entre 1844 y 1845, son años de mucha actividad teórica y de un buen pasar familiar; son años entretenidos. 

Para su felicidad, Marx conoce a su admirado poeta, Heine, una de las pocas personas con quien no tiene momentos de ruptura pese a que sus ideas no siempre coinciden. Es posible que la poesía jugara un papel dulcificador en esa relación.

También conoce a Proudhon, de quien admira su visión histórica y su famosa condena de la propiedad privada —“la propiedad es un robo”—, pero con él la ruptura será estruendosa.

Conoce a Bakunin, principal anarquista ruso, ya con muchas cicatrices de su lucha revolucionaria. Con él también la cercanía inicial se transformará en una larga y frontal lucha, en la que Engels participará a su lado con entusiasmo.

Bakunin habla así de Marx en una carta a Herwegh, poeta y revolucionario alemán: “Nos veíamos con frecuencia, pues yo le respetaba mucho por su ciencia y por su dedicación apasionante y seria, aunque siempre mezclada con vanidad, a la causa del proletariado… Sin embargo, entre nosotros nunca hubo amistad franca. Nuestros temperamentos no la permitían. Él me trataba de idealista sentimental y tenía razón; yo le llamaba vanidoso pérfido y también tenía razón”4. También se hicieron halagos, pero con el tiempo se insultaron cada vez más. Marx terminó acusándolo de espía del zar.

Pero lo más importante es el encuentro con Friedrich Engels, dos años menor que él y proveniente de su Renania natal.

Engels era el vástago de una familia de ricos industriales textiles renanos, quienes poseían además una fábrica en Manchester e intereses en Holanda. Tenía ocho hermanos y una crianza religiosa y ascética.

Pese a sus tempranos intereses literarios, su destino trazado era el negocio familiar y muy pronto tuvo que dedicarse al aprendizaje mercantil, que, si bien le pareció aburrido, le dio no pocas armas para su futuro revolucionario.

Muy pronto comprendió que su vida transcurriría a través de dos carriles: el de su deber empresarial hacia su familia y el de su vocación intelectual y política.

De una parte, un serio joven industrial y, de otra parte, un radical, bohemio, ateo, juerguista e intelectual.

En su abundante correspondencia con Marx se quejará toda la vida de este doble estándar, que finaliza cuando, ya muerto su padre, termina por vender su parte en el negocio y se va a vivir a Londres junto a Marx.

Todo indica, sin embargo, que su parte señorial la practicaba con gusto, y Marx, por razones de sobrevivencia, jamás lo incitará a abandonarla.

Le atraían también la milicia y las armas, amaba aprender idiomas y le interesaban sobremanera los avances de las ciencias naturales de su tiempo. Se acercó muy pronto a los jóvenes hegelianos de izquierda, al periodismo revolucionario y al jolgorio de las tabernas.

Su experiencia mercantil lo puso en contacto con las condiciones de miseria de la clase obrera en esos años. Influido por Moses Hess, filósofo judío alemán de gran espesor intelectual, cercano a Marx, se aproxima a las ideas comunistas en ciernes. Hess posteriormente se convertirá en el predecesor del sionismo socialista.

La familia destina a Engels a la fábrica en Manchester, donde paralelamente sigue su formación y lee a Marx y a Proudhon.

No es raro que su primer libro, publicado en 1845, tuviera por título La situación de la clase obrera en Inglaterra.

Si bien había conocido fugazmente a Marx en Alemania, el verdadero encuentro se realiza en París. Es una reunión que se prolongará para toda la vida; Marx había leído algún artículo de Engels con interés y Engels consideraba a Marx un genio. 

Desde un principio no habrá confusiones entre ellos; nuestro Salieri no envidia a nuestro Mozart, está feliz de ser su segundo, su colaborador, su protector y su amigo.

Se juntan en el café de la Régence y se entienden de maravillas. La conversación dura diez días, hablan de teoría, de política, hablan mal de mucha gente conocida y bien de algunas pocas.

Engels se aloja en la casa de Marx, como si fuera un amigo de siempre.

Como lo mostrarán los cinco volúmenes de correspondencia entre Marx y Engels, hijos de su tiempo, ellos no son muy correctos respecto a las relaciones de género; no pasarían hoy ninguna prueba al respecto. Tampoco en relación con el buen trato con el adversario; crearán una escuela de insultos que después retomará Lenin con entusiasmo y muchos revolucionarios contemporáneos.

Es Engels quien paga las cuentas de lo que se come y de lo que se bebe, pero también se dedican a escribir. Fruto de esa estadía nace La sagrada familia, que tiene el curioso subtítulo de “Crítica de la crítica crítica”5; en esta obra las emprenden contra Bruno Bauer y los jóvenes hegelianos.

Los primeros capítulos los redacta Engels antes de regresar a Inglaterra, y después Marx escribirá un largo río de páginas para concluirlo. Engels lo verá ya publicado en Frankfurt. El dinero de la edición ya había sido religiosamente cobrado por Marx, con absoluta naturalidad.

La obra más importante de Marx en el periodo parisino, Los manuscritos filosóficos-económicos, de 1844 —también llamados “Cuadernos de París”6—, verá la luz sin embargo solamente en 1932, bastantes años después de la Revolución rusa, y tendrán una circulación importante solamente después de la muerte de Stalin, en el llamado periodo del deshielo. 

Entre los años sesenta y setenta del siglo XX se generará un gran debate entre los intelectuales marxistas —aquellos que Raymond Aron llamó “filósofos sutiles”— sobre la continuidad o discontinuidad entre el joven Marx y el viejo Marx, entre el Marx humanista y el Marx científico del marxismo estructuralista… Pero dejemos eso de lado, al menos por ahora, y veamos más bien lo que preocupaba a Marx.

Marx ya estaba estudiando de lleno la economía clásica inglesa y a través de varios manuscritos, que no tenían como horizonte su publicación, analiza a Adam Smith, prosigue su crítica a Hegel y comienza a diseñar lo que será el corazón de sus principales obras posteriores, haciendo aparecer en primera fila los temas de la propiedad privada, la alienación, el dinero y el comunismo como sociedad del futuro.

Pero a estas alturas conviene dejar hablar a Marx para que nos explique en primera persona sus ideas:

¿En qué consiste la enajenación [alienación] del trabajo?

Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo el trabajador no se afirma [realiza] sino que se niega; no se siente feliz sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador solo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es así voluntario sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo.

Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no exista una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como la peste.

El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena es un trabajo de autosacrificio (mortificación). En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que este no es suyo, no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a sí mismo, sino a otro.

Así como la religión, la actividad propia de la fantasía humana, actúa sobre el individuo independientemente de él, es decir como una actividad extraña divina o diabólica, así también la actividad del trabajador no es su propia actividad. Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo.

De esto resulta que el hombre (el trabajador) solo se siente libre en sus funciones animales, en el comer, beber, engendrar y a lo más en lo que toca a la habitación y al atavío y en cambio en sus funciones humanas se siente como un animal. Lo animal se convierte en lo humano y lo humano en lo animal.7

Pero, mientras su pensamiento va tomando esta forma, sus artículos periodísticos de combate llenan la agenda cotidiana apoyando los movimientos sociales en Silesia y reclamando una Prusia socialista.

El gran naturalista Alexander von Humboldt, a quien Marx y sus ideas le caían pésimo, es enviado por el Gobierno prusiano para decirle al rey Luis Felipe que “trop c’est trop” (demasiado es demasiado). El primer ministro Guizot, con el mayor gusto, envía un policía con una carta donde los Marx; el contenido es claro: se tienen que ir con camas y petacas en veinticuatro horas. El viaje debe continuar.

4 Bruselas: entre escritos y activismo

El destino esta vez fue Bruselas; claro, Bruselas no era París, pero las cosas comenzaban a bullir también ahí. 

Desde distintos lugares coincidían revolucionarios, republicanos, periodistas y profesores sin cátedra, artesanos, obreros, además de quienes practicaban un nuevo oficio que comenzaba a surgir: el de los revolucionarios profesionales, que normalmente vivían de manera nómade huyendo de las persecuciones policiales.

La restauración llevada a cabo por la Santa Alianza comenzaba a crujir y surgía ese mundo que tan bien describiría Marx en el Manifiesto Comunista tres años después, pocos meses antes de las explosiones revolucionarias en Europa.

La opinión pública cada vez tenía más importancia, aumentaban los lectores de periódicos, las noticias circulaban más rápido.

Los brotes revolucionarios de 1830 que habían sido apagados resurgían de manera diferente. En Inglaterra el movimiento obrero comenzaba a organizarse y lograba tener mejorías en sus condiciones de trabajo.

Sobrevino en esos años en Europa la plaga de la papa, que generó hambruna. La papa se había transformado en un alimento popular por excelencia a tal punto que uno puede preguntarse qué diablos comía el pueblo alemán antes del descubrimiento de América. 

A ello se sumaban crisis industriales y guerras comerciales que produjeron más miserias y gigantescas oleadas migratorias hacia América.

Comenzaba a gestarse una gran inestabilidad que naturalmente ilusionaba a Marx y a otros revolucionarios, haciéndole ver cercana la revolución mundial y la conquista del reino del hombre, o del proletario, que era su encarnación. 

Mientras tanto, Jenny empezaba a vivir su largo calvario económico, ya con una hija —Jennychen, “la pequeña Jenny”—, y estaba embarazada de Laura, la segunda.

Marx, por su parte, emprendía un viaje a Inglaterra y desarrollaba una activa vida política en torno a múltiples organizaciones, todas ellas pequeñas pero muy sectarias, buenas para pelearse en su interior, dividirse, disolverse y renacer aún más pequeñas en medio de discusiones políticas, tácticas y estratégicas en relación con el movimiento revolucionario que veían avecinarse.

Marx combinaba su activismo con su actividad teórica, las más de las veces acompañado de su amigo Engels.

En este periodo, mientras escribe y reescribe las notas para la Crítica de la economía política, que solo verá la luz mucho después —para desesperación de sus editores—, trabaja en su concepción materialista de la historia y ajusta cuentas con sus predecesores, maestros y contertulios.

Ese será el carácter de La ideología alemana y de Miseria de la filosofía, que precederán el genial panfleto “Manifiesto del Partido Comunista”, uno de los libros más leídos en la historia de la humanidad.

También escribirá unas cortas notas que se harán célebres mucho más tarde, después de su muerte, y que las encontró Engels revolviendo su escritorio, agregándolas como anexo de su libro Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana en 1888. 

Conocidas como “Tesis sobre Feuerbach”8, consagran la ruptura definitiva con este. En ellas plantea los límites que tienen para él la concepción del materialismo en Feuerbach, incapaz en su opinión de captar la esencia del verdadero materialismo, convirtiéndose, en consecuencia, casi en un “materialismo idealista”. 

En su primera tesis Marx señala que Feuerbach, en su libro La esencia del cristianismo, solamente considera la actitud teórica como la auténticamente humana, “mientras que concibe la práctica solo en su forma suciamente judaica de manifestarse”9. Por lo tanto, no comprende la importancia de la actuación revolucionaria de la práctica crítica. 

Nuevamente vemos la horrible costumbre, por decir lo menos, de hacer sinónimo lo judaico con una práctica negativa.

En la tercera tesis recalca que “la conciencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana solo puede concebirse y entenderse como práctica revolucionaria”10.

El materialismo de Feuerbach, para Marx, se ha quedado a medio camino; si bien critica el cielo, no capta la realidad de las condiciones sociales en su práctica y concluye con su famosa undécima tesis, aquella que Prokofiev mucho más tarde convertirá en el leitmotiv de su “Cantata para el vigésimo Aniversario de la Revolución de Octubre, opus 74”: “Los filósofos, hasta el momento, no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, ahora de lo que se trata es de transformarlo”11.

Entre 1845 y 1846 Marx y Engels redactan La ideología alemana, que lleva como subtítulo “Crítica de la novísima filosofía alemana en las personas de sus representantes Feuerbach, B. Bauer y Stirner y del socialismo alemán en la de sus diferentes profetas”12.

Se trata de una obra que contiene las ideas más importantes de la concepción materialista de la historia. Ella, sin embargo, fue publicada también por primera vez de manera completa en 1932 por el Instituto Marx-Engels de la Unión Soviética por el pobre David Riazonov, revolucionario e intelectual ruso que jugó un enorme papel en el rescate de la obra de Marx y Engels, pero que no lograría sobrevivir las purgas de Stalin y sería asesinado, acusado de —naturalmente— “enemigo del pueblo”.

El hecho de no encontrar editor no preocupó sobremanera a sus autores; es así como Marx, en el prólogo a la Contribución a la críticade la economía política, en 1859, señala:

Federico Engels […] había llegado por distintos caminos al mismo resultado que yo y cuando en la primavera de 1845 se estableció en Bruselas, acordamos contrastar nuestro punto de vista con el ideológico de la filosofía alemana: en realidad liquidar con nuestra conciencia filosófica anterior, el propósito fue realizado bajo la forma de una crítica a la filosofía poshegeliana.

El manuscrito de dos gruesos volúmenes en octavo llevaba ya un mar de tiempo en Westfalia, en el sitio que debía editarse cuando nos enteramos de que nuevas circunstancias imprevistas impedían su publicación.

En vista de lo cual entregamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones con mucho agrado porque nuestro objetivo principal: esclarecer nuestras propias ideas, estaba ya logrado.13

Llama la atención una cierta confianza olímpica respecto a la importancia de sus ideas.

Con este libro debería haber concluido el ajuste de cuentas con toda su formación anterior, pero, como veremos más adelante, no abandonará nunca el gusto por la polémica.

En La ideología alemana, además de las críticas a sus contradictores —en algunos casos demasiado extensas—, aparecerá con claridad el concepto de que las condiciones económicas son las que constituyen la infraestructura de la sociedad. Nos referimos a las fuerzas productivas (materias primas, máquinas y trabajo humano), que, junto a las relaciones de producción (la manera en la cual se organizan), constituyen el modo de producción de una sociedad, que en “último término” explica la superestructura de una sociedad (ideas, religión, arte y derecho). Los filósofos alemanes criticados, a juicio de nuestros autores, ven esa relación invertida y por ello entienden todo al revés.