Crónica de una odisea - Ernesto Ottone - E-Book

Crónica de una odisea E-Book

Ernesto Ottone

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En Crónica de una odisea, su autor recorre la realidad chilena del último trienio, tal vez uno de los periodos más convulsionados de su historia. Como en toda crónica da cuenta de los hechos que testifica, en el orden cronológico en el que sucedieron, pero poniendo sobre ellos toda su capacidad interpretativa, aquella que lo ha posicionado como uno de los analistas políticos más consultados del país. Sin duda este trayecto es una odisea, un largo y zarandeado viaje por un tiempo agitado, inestable y crispado, muy distinto a aquel que acompañó la marcha del país desde el retorno de la democracia y que parecía formar parte de nuestro paisaje. "Si la violencia fue la marca indeleble de lo sucedido, no todo fue así. Hubo también grandes manifestaciones de descontento ciudadano que se expresaron en plazas y calles de manera pacífica, incluso con aspectos lúdicos. Era la expresión de un malestar, de una frustración con bastante contenido generacional, sobre todo de sectores medios. La disminución de la capacidad del país para dar respuestas a sus nuevas aspiraciones y esfuerzos por llegar más lejos en sus vidas, les producía desencanto, desilusión y finalmente ira. Esos años duros y turbulentos incluyeron además una inquietante invitada de piedra: la pandemia", reflexiona Ottone. Estas crónicas son cercanas a los hechos, pero con la suficiente distancia reflexiva para permitir que la razón filtre lo emocional y que el tiempo temple la subjetividad. En palabras del autor "combinan un realismo descarnado con una reflexión serena que pueda contribuir a compartir una esperanza posible. Al menos, con ese espíritu se escribieron".

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Seitenzahl: 234

Veröffentlichungsjahr: 2022

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OTTONE, ERNESTO

Crónica de una odisea

Del estallido social al estallido de las urnas

Santiago, Chile: Catalonia, 2022

184 p.; 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-324-996-5

ISBN digital: 978-956-324-997-2

CIENCIA POLÍTICA320

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Diseño de portada: Amalia Ruiz Jeria

Composición: Salgó Ltda.

Corrección de textos: Andrea Ledermann Stutz

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected].

El contenido de este libro cuenta con la autorización de COPESA

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: noviembre 2022

ISBN: 978-956-324-996-5

ISBN digital: 978-956-324-997-2

RPI: trámite d1y5jv - 11/11/2022

© Ernesto Ottone, 2022

© Editorial Catalonia Ltda., 2022

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

A la memoria de Julio Labastida Martín del Campo,

querido y entrañable amigo, intelectual mexicano y cosmopolita.

“Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia”.

UMBERTO ECO

“Los fanáticos tienen sus ensueños con los que forjan un paraíso para su secta”.

JOHN KEATS

“El fanático es quien considera que su creencia no es simplemente un derecho suyo, sino una obligación para él y todos los demás”.

FERNANDO SAVATER

ÍNDICE

Introducción

Tiempos de alboroto

Noviembre 2019

De repente en primavera

Diciembre 2019

El angelismo de las bellas almas

Enero 2020

El año de las muñecas rusas

Febrero 2020

Cuento de verano

Marzo 2020

Marzo

Abril 2020

El ego en cuarentena

Mayo 2020

¿El día después?

Junio 2020

Templanza

Julio 2020

Pandemias y política

Agosto 2020

Retroceso o decadencia

Septiembre 2020

Nueva Constitución y democracia

Octubre 2020

Aclarando el guirigay

Noviembre 2020

Una semana después

Diciembre 2020

La fragilidad de lo precioso

Enero 2021

Modestas esperanzas

Febrero 2021

“Me gustas cuando callas”

Marzo 2021

Elogio de la serenidad

Abril 2021

¿Dónde están las águilas?

Mayo 2021

La razón desdeñada

Junio 2021

Después de la tormenta

Julio 2021

Elogio de los compromisos en política

Agosto 2021

La inflación identitaria

Septiembre 2021

Algo va mal

Octubre 2021

La aldea Potemkin

Noviembre 2021

Quince días

Diciembre 2021

La segunda vuelta, tiempo de moderación

Enero 2022

Ahora, la realidad

Febrero 2022

Un deseo de esperanza

Marzo 2022

Ad portas

Abril 2022

Elogio de la duda

Mayo 2022

¿Qué hay de la semejanza?

Junio 2022

Plebiscito de salida

Julio 2022

Estado de bienestar y Constitución

Agosto 2022

La salida es política

Septiembre 2022

El estallido de las urnas

Octubre 2022

Los peligros de la hipoacusia en política

Noviembre, 2022

Tiempos duros, realismo ineludible

Introducción

Tiempos de alboroto

Realmente este libro no fue idea mía, fue una idea de mi editor amigo e interlocutor Arturo Infante, quien en una de nuestras habituales conversaciones me comentó que quizás sería una buena idea reunir en un libro las columnas de los últimos tres años que mensualmente publico en el diario La Tercera. El periódico, al ser consultado, las puso gentilmente a nuestra disposición, actitud generosa que agradecemos.

Al juntarlas y releerlas, vi que efectivamente podría tener sentido, porque esos últimos años habían sido un trienio muy particular en la historia de Chile. Un período agitado, inestable y crispado, muy distinto a aquel que acompañó la marcha del país desde el retorno de la democracia.

Esos años duros y turbulentos incluyeron además una inquietante invitada de piedra: la pandemia.

Las referidas columnas, al ser mensuales, están cerca de la actualidad pero no encima de ella y como no son del todo breves, dejan espacio para una cierta distancia reflexiva que permite al columnista pasar sus emociones por el cedazo de la razón y dejar que sus impresiones acerca de los acontecimientos sean templadas por el paso del tiempo.

Al releerlas no tuve que sonrojarme por encontrar un juicio atolondrado, lejano a lo que pienso hoy una vez que el tiempo ha hecho su trabajo de poner muchas cosas en su lugar dejando al desnudo visiones desmesuradas del momento o juicios absurdos.

Por supuesto, ellas contienen esperanzas que no se cumplieron, los hechos mostraron que eran demasiado ambiciosas, solicitaban a guerreros y fanáticos una actitud de templanza y buena voluntad ajenas a lo más profundo de su carácter y sus rígidas convicciones.

Algunos consejos para quienes ocupaban y ocupan posiciones de poder no fueron escuchados ni menos tomados en cuenta. Es claro que esas personas estaban en su justo derecho, no tenían porqué hacer caso a un columnista de a pie, que finalmente no tienen más ambición que exponer sus ideas a sus lectores.

En ese plano, creo que el conjunto de columnas se mantiene en un espacio de libertad, de ausencia de partisanismo y se inspira en un núcleo de valores amplios y hechos públicos por el autor. Si bien de pronto puede escapar una mirada irónica, los nombres de personajes y personajillos casi no aparecen. Ellas tratan de debatir ideas más que de interpelar personas.

Como dice un buen amigo futbolero “se trata más bien de ir a la pelota que al hombre”. Ello hace de cada una de ellas algo vigente, cuya pertinencia será, por cierto, juicio del lector.

Me parece necesario enmarcarlas en una mirada de conjunto, con los ojos de hoy, una vez que el tiempo ha pasado y muchos de los acontecimientos han tenido un desenlace a lo menos parcial.

Es lo que me propongo hacer en las líneas que vienen a continuación.

“De repente en primavera”, fue el título de mi primera columna, escrita después del 18 de octubre de 2019. Con ese título parafraseaba la obra de teatro de Tennessee Williams, que con guión del propio autor y de Gore Vidal con la dirección de Joseph L. Mankiewicz y las magníficas actuaciones de Elizabeth Taylor, Katharine Hepburn y Montgomery Clift, dio origen en 1959 a la extraordinaria película “De repente en el verano”.

Hasta allí el parecido, porque no me cuento entre quienes vivieron ese día de violencia, y los que le siguieron, como un magnífico acto de rebeldía, como una espléndida revuelta que anunciaba vientos revolucionarios, como la justa redención de “los que ansían pan”, como el fuego purificador de tanto abuso y sufrimiento, como tampoco entre aquellos que señalando no gustar de la violencia la comprendían como necesaria para lograr los cambios o como algo que si bien causa estragos es, al fin y al cabo, “la partera de la historia”.

Ninguna razón me pareció buena para explicar el incendio de 7 estaciones de Metro en La Florida, Puente Alto y Maipú, la destrucción de varias otras en Santiago y la de otras 18, el día después.

El Metro, símbolo de un Chile que se acercaba al umbral del desarrollo, quedó a muy mal traer. En los días y semanas siguientes la destrucción se expandió a museos, embajadas, negocios, supermercados, parques, plazas e iglesias.

La algarada se extendió a Valparaíso, Concepción y otras ciudades, destruyendo el centro de esas ciudades y barrios enteros.

A través de muchos actos de violencia resultaron miles de personas heridas y 34 personas muertas. De los heridos 2.000 fueron carabineros, de acuerdo a la información que nos entregó Iván Poduje, arquitecto y urbanista que siguió muy de cerca lo sucedido.

Claro que hubo represión ante la violencia, pero no una acción del gobierno destinada a una violación sistemática de los derechos humanos. La prensa actuó siempre sin censura y las libertades se mantuvieron en ocasiones a costa del orden público. La situación se volvió muy dura, pero la sombra de una dictadura jamás asomó su rostro.

Durante varias semanas se combinaron acciones organizadas y espontáneas, hasta que luego de una noche particularmente destructiva, el 15 de noviembre un amplio número de congresistas logró el acuerdo “La Paz Social y la Nueva Constitución”. Ello marcó un camino y una inflexión importante, que produciría si no un apaciguamiento total, un cierto regreso a una situación algo más tranquila y un alejamiento del miedo y la incertidumbre básica en relación al futuro de la convivencia democrática.

Si la violencia fue la marca indeleble de lo sucedido, no todo fue así.

Hubo también grandes manifestaciones de descontento ciudadano que se expresaron en plazas y calles de manera pacífica, incluso con aspectos lúdicos. Era la expresión de un malestar, de una frustración con bastante contenido generacional, sobre todo de sectores medios, los que –utilizando las palabras del pensador francés de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX Alexis de Tocqueville–, habiendo logrado avances sociales importantes “más sentían lo que les faltaba”.

La disminución de la capacidad del país para dar respuestas a sus nuevas aspiraciones y esfuerzos por llegar más lejos en sus vidas, les producía desencanto, desilusión y finalmente ira.

Esos sectores que participaban en las manifestaciones pacíficas no estaban dispuestos a realizar acciones de violencia, pero se mostraban reacios a condenar a quienes la ejercían.

Aquello dejó libre las manos de traficantes y saqueadores, a miembros de las barras bravas, a jóvenes enrabiados, a extremistas convencidos de estar a las puertas del Palacio de Invierno, anarquistas primarios y muchachos y adultos fronterizos al mundo del delito, muy parecidos a la masa informe que en el siglo XIX Marx describía como lumpen proletariado, para llevar a cabo su obra destructiva.

Una actitud similar de comprensión tenían las “bellas almas”, cuya pureza de sentimientos encontraba siempre alguna razón para comprender la violencia y como no, los nostálgicos de su juventud revolucionaria que miraban con lágrimas tiernas la pantalla del televisor en una orgía de izquierdismo senil. Un golpe de vitalidad recorría sus viejos huesos.

¿Cómo se llegó a esa situación?

No hay una respuesta simple.

Es explicable entonces que el gobierno de derecha, que no hacía tanto tiempo había triunfado en los comicios electorales con una cierta holgura, no entendiera lo que pasaba.

No es raro que en la casa presidencial alguien describiera lo que pasaba, como una invasión de alienígenas y que el presidente Piñera anduviera algún tiempo como dice el gran tango “Naranjo en flor”, “sin pensamiento”, con la mirada atónita y la palabra escasa.

Simplemente no reconocía el país.

Los protagonistas de la revuelta y quienes solidarizaban con ellos, comenzaron a hablar de la inutilidad de la transición democrática, de la perfecta continuidad del neoliberalismo de la dictadura, de los 30 años perdidos, incluso recuerdo a una comentarista de centro izquierda que llegó a hablar de la continuidad de los 46 años, englobando en un solo todo los años de la dictadura y los años de la democracia que siguió. También recuerdo a personas de discurso de izquierda tradicional pero con el seso arrebolado por los acontecimientos, algunos ya bien mayorcitos, señalando con toda seriedad la conveniencia de derrocar a Piñera.

En ese clima, la izquierda radical floreció y usó el Twitter con desmesura con más insultos que opiniones, cuestión que hoy resienten en sus sillones de palacio.

La centroizquierda tradicional se dedicó a realizar una penosa autocrítica, más a sus virtudes que a sus errores, condenando con mesura apenas susurrada la violencia y convirtiéndose en guardianes rigurosos de los excesos de la policía.

Por cierto, tales excesos sucedieron a través de hechos graves y condenables, pero se persiguieron y se juzgaron por las instituciones que debían hacerlo.

La verdad es que los 30 años no fueron un solo período compacto con resultados idénticos. Si nos fijamos en los indicadores socioeconómicos y en la capacidad de gobierno, parecería más exacto hacer una división entre los primeros 20 y los últimos 10.

Los primeros 20 años fueron escenario de un fuerte impulso propulsivo del país, con alto crecimiento, transformaciones sociales y una notable mejoría del bienestar.

En pocos años muchas familias salieron de la pobreza, mejoraron los ingresos y aumentó la escolaridad. En esos años, Chile dio un salto en su infraestructura y comenzó a tener una creciente presencia en el mundo. Expandió sus libertades y comenzó con el rescate de la memoria, trayendo a la luz los crímenes de la dictadura, enjuiciando a muchos de los responsables de tales crímenes y resquebrajando la fuerza de los poderes fácticos.

La democracia y las libertades se fueron perfeccionado paso a paso en ocasiones, quizás, con exceso de prudencia. También hubo cambios en la estructura socio económica instalada por la dictadura y marcada por la doctrina neoliberal. Poco a poco se caminó hacia una economía de mercado que comenzó a convivir con políticas públicas que perseguían mayor justicia social e inclusividad.

No se explica de otra forma que un país prestigioso por sus largos períodos de institucionalidad democrática, pero de crecimiento lento y de altos niveles de desigualdad y pobreza, modesto en materia de desarrollo, moviéndose en un nivel de medianía y hasta de mediocridad en el siglo XX, comenzara a estar a la cabeza de la región en casi todos los indicadores económicos y sociales, incluso en los más complejos como el de desarrollo humano del PNUD.

No es producto de la casualidad que la pobreza cayera del 38,7% en 1990 (68,2% de acuerdo a los estándares de medición actual) a 8,6% en 2017. Una de las disminuciones de la pobreza más rápida del mundo.

La desigualdad en la distribución del ingreso, cuyo descenso de la brecha fue mucho más moderado, cayó de 0,55 a 0,46 entre los mismos años, de acuerdo al índice de Gini. Si bien ese nivel de desigualdad continúa siendo inaceptablemente alto, la caída que se produjo fue significativa.

A ello hay que agregar que el 20% más pobre mejoró más rápido que los quintiles superiores.

Los avances de los indicadores de bienestar, aumentaron en los más distintos campos y se produjo un cambio positivo en el país de una magnitud sin antecedentes en su historia.

En la mayoría de los hogares los hijos comenzaron a tener expectativas de mejor calidad de vida que la de sus padres, sus horizontes se ampliaron y sus expectativas de bienestar y consumo, también.

Ello no quiere decir que Chile alcanzó un desarrollo integral equitativo, que no dejaran de existir trabas para el progreso de las personas con menor capital cultural, que el crecimiento cuantitativo de la escolaridad fuera de la mano con la calidad, que diversas discriminaciones étnicas y de género desaparecieran, que los avances en atención de salud estuvieran a las alturas de las expectativas para una gran parte de la población o que el problema de la vivienda y la integración urbana avanzaran con la velocidad requerida.

Todavía quedaba un largo trecho para atravesar el umbral del desarrollo.

Los últimos diez años no lo lograron, el impulso propulsivo decayó. Si bien los indicadores socioeconómicos se mantuvieron a la cabeza de América latina, ello no fue producto de nuestra virtud, sino más bien del andar cansino de los países de la región.

Cuanto más crecían las aspiraciones y aumentaba la población a través de la migración que llegó en un número sin precedentes desde todos los países de América Latina atraída por los buenos resultados de Chile –llegando a ser un millón y medio y representando al 8% de la población– más lentas se volvieron las respuestas.

Las tendencias positivas perdieron velocidad y los proyectos colectivos políticos que movieron a la Concertación, comenzaron a desmigajarse.

El miedo a un pasado terrible y el orgullo por los buenos resultados del caminar prudente ya no los unía.

Comenzaron a surgir tendencias centrífugas en la centroizquierda, proyectos personalistas, grupos clientelares y nostalgias del izquierdismo retórico de otrora.

Miraron con admiración los jardines del vecindario, enamorados de las palabras encendidas que se pronunciaban en Argentina, Venezuela, Bolivia y otros países sin evaluar los efectos reales que ese discurso tenía sobre aquellas naciones.

Por otra parte, el conservadurismo de la derecha que continuaba pensando en un país inmóvil, ajeno a una sociedad que ya había cambiado con más nostalgias que ideas, parecía incapaz de renovarse.

Sin embargo, la caída no fue solo del mundo político. La Iglesia católica perdió credibilidad cuando aparecieron demasiados casos en los que la práctica contradecía la prédica.

Un número de empresarios mostró una gran lejanía con la ética del capitalismo a través de colusiones, abusos y fraudes.

En las instituciones armadas y de orden, que habían recuperado en la opinión pública su rol de instituciones permanentes, salieron a la luz chanchullos más ligados al bolsillo que al patriotismo.

En fin, el país comenzó a mostrar la cara oscura de la luna y esta no era ni bella ni pudorosa.

En ese marco se ampliaron también fenómenos globales como el narcotráfico y una criminalidad más dura, que puso en jaque la seguridad ciudadana, especialmente en los sectores más vulnerables.

En la Araucanía emergieron grupos minoritarios violentos y extremista.

Más o menos al mismo tiempo en las grandes ciudades y particularmente en Santiago, adquirió fuerza un movimiento estudiantil maximalista que criticó el camino recorrido por la democracia chilena.

Su planteamiento fue simple: la gradualidad fue una gran traición a los intereses populares. La mantención de la economía de mercado fue sinónimo de neoliberalismo, vale decir, del mal absoluto. Las bases de la dictadura no se movieron un ápice.

Ellos, hijos de la democracia, pensaron en una refundación para alcanzar una sociedad distinta, cuyos contornos tenía tonos difusos, donde se mezclan propuestas populistas, identitarias, antiglobalizantes, en fin un caleidoscopio difícil de definir.

Dirigidos con audacia y habilidad por activistas con buen instinto político, crearon partidos aproximativos pero eficaces expandieron su influencia frente a una centro izquierda achunchada que hizo uso entusiasta del cilicio

Los gobiernos de ese período, tanto de derecha como de centro izquierda, no lograron concitar apoyos mayoritarios a su gestión y terminaron sin sucesión. Dejaron a una población crispada y malhumorada que eligió al candidato del signo contrario con más escepticismo que grandes esperanzas.

Así, terminaron conviviendo dos realidades: la de las estadísticas de los hechos medibles que mostraba un país donde todavía predominaban los buenos resultados por sobre los errores y el país de las percepciones, de la subjetividad, molesto y gruñón cuya mirada estaba puesta en las injusticias, los obstáculos y la desconfianza.

El país donde predominaban esas percepciones es el que abre la puerta al 18 de octubre de 2019 y que estará muy presente en los años siguientes, aun cuando la vida y las historia que nunca es lineal, terminará redimensionándolo bruscamente.

Pero retomemos nuestro recorrido. Cuando todavía nos debatíamos entre actos de violencia que continuaban, aunque en un tono menor que en los comienzos del estallido, mientras la perspectiva de recuperar un futuro de paz comenzaba a depender del proceso constitucional, de pronto, al final del verano del 2020, una catástrofe nos recordó que no éramos un mundo en sí mismo, que éramos un pequeñito trozo de la especie humana. Sobre nuestras cabezas cayó el COVID-19.

Con la llegada de la pandemia también arribó el miedo y la muerte y, curiosamente, en un país donde todo parecía dividirnos, llegó algo que nos unía, que nos atacaba sin reconocer banderas y que no era producto de ningún sector social o político.

Fue algo inesperado. La última gran pandemia, la influenza, había tenido lugar en 1957, demasiado lejana en el tiempo, apenas centelleante en la memoria de los más viejos.

La pandemia ocupó todo el espacio y buena parte de la energía colectiva e individual.

Esa vieja compañera de la humanidad, viajaba velozmente y no reconocía fronteras. Como todo el mundo, Chile comenzó a vivir su primera pandemia híper global, en una gran indefensión. La protección se buscaba a través del ensayo y el error y la anormal normalidad en la que vivía cambió de rumbo.

Al gobierno se le abrió una gran oportunidad de sobrevivencia y de cierta recuperación. Después de tanta maldición resultaba que el país y los 30 años no habían sido ni tan perversos ni incapaces, que el Estado y el sistema de salud, con todos sus problemas y límites, exhibían una cierta capacidad de respuesta.

El presidente Piñera mostró lo mejor que sabe hacer, comprar rápido y bien. Así lo hizo con las vacunas y los chilenos partieron disciplinadamente a vacunarse, se quedaron en casa cuando debían hacerlo, se pusieron las mascarillas y poco a poco comenzó a vislumbrarse la salida del túnel. En Chile casi no hubo un movimiento antivacuna, unos pequeños grupos causaron más hilaridad que reproche.

Los errores cometidos fueron menos que los aciertos y en algo se elevó la confianza social. Los vientos de revuelta tuvieron que esperar tiempos mejores.

Ello permitió un cierto regreso a la calma, pero a una calma tensa, la economía chilena al igual que la economía mundial vivió la parálisis y la recesión. Muchas empresa quebraron, la pobreza llegó hasta un 14,5% y el trabajo formal se jibarizó.

Las escuelas cerraron quizás en demasía, el funcionamiento social comenzó a depender en buena parte del trabajo a distancia, vale decir de la capacidad digital que no era del todo masiva. La brecha de desigualdad, en consecuencia, se amplió.

Comenzó incluso a crecer la inseguridad alimentaria. Se hicieron necesarias transferencias de emergencia en tiempos en que la reservas ya iban de caída así como subvenciones a las empresas pequeñas y medianas que no podían resistir el descenso de su actividad.

El desordenado cuadro político existente favoreció tendencias populistas en el Congreso y un cierto desorden fiscal que un gobierno debilitado no pudo ni supo controlar.

El criticado sistema de pensiones se convirtió en fuente de retiro de fondos, en algunos casos respondiendo a necesidades imperiosas, aunque en otros como forma de rescate de ahorros y de consumo no siempre indispensable, generando en parte las bases del actual proceso inflacionario.

En todo caso, el país mostró su resiliencia. Salió más pobre, con menos previsión, con un futuro incierto, pero salió.

Las pérdidas de vidas fueron dolorosas e irremplazables, pero hubo un esfuerzo decisivo de las instituciones de salud. Se desarrolló la solidaridad y las instituciones del Estado mostraron estar golpeadas pero en ningún caso destruidas.

¿Cuánto daño psicológico nos produjo? Los veremos con el tiempo, quizás la mayor huella quede en los niños y en los jóvenes con su escolaridad completamente alteradas.

Ya en 2019 Chile había crecido muy poco, apenas un 0,8%. En 2020 decreció en -6%. En 2021 a través de los retiros exagerados y de los abultados bonos el país creció un 11,7%, pero el 2022 el crecimiento fue apenas de un 2%. Para el 2023 la proyección es de un decrecimiento de -1,3%, por lo tanto, estamos en dificultades, muy lejos de un camino de crecimiento que permita recuperar los niveles de bienestar perdidos.

Entre pandemia y post pandemia, es decir entre el período que va desde el cuarto trimestre de 2020 al tercer trimestre de 2022, hubo años de intensa actividad electoral. El 25 de octubre de 2020 el 50,95 % de los ciudadanos habilitados votó por una nueva Constitución: el 78,8% lo hizo a favor y solo el 21,72% lo hizo en contra.

El 15 y 16 de mayo de 2021 se eligieron los convencionales constituyentes, junto con los gobernadores regionales, alcaldes y concejales. En esa ocasión votó el 41,51% de ciudadanos habilitados.

El 21 de noviembre de 2021 se realizó la primera vuelta de las elecciones presidenciales junto con las elecciones parlamentarias y el 19 de diciembre, la segunda vuelta presidencial. En la primera vuelta votó el 47,83% y en la segunda el 55,64% de quienes están habilitados en el padrón electoral.

Finalmente, el plebiscito constitucional de salida, esta vez con voto obligatorio e inscripción automática, se realizó el 4 de septiembre de 2022. Votó el 85,86% de los ciudadanos en posibilidad de hacerlo.

Durante todo este período se realizaron, además, elecciones primarias.

Los medios de comunicación y la tensión política se volcaron hacia adentro, prestando menos atención de la normal a lo que sucedía fuera de nuestras fronteras, es decir, a un mundo que tendía a poblarse de malas noticias económicas y geopolíticas.

Entre elección y elección las redes sociales se volvieron cada vez más truculentas, con más insultos que opiniones, el clima político se degradó y tendió a una creciente polarización.

La primera elección importante fue la de los convencionales constituyentes que se realizó en medio de un ambiente exultante por la gran votación que obtuvo la idea de una nueva Constitución. Sin embargo, la participación electoral fue baja. Como la política y los políticos tienen una baja evaluación, en particular los partidos tradicionales, recorrió Chile el fantasma de los independientes, a quienes se les atribuyó virtudes de equilibrio y de interés por el bien público. Se cambiaron incluso las reglas electorales para permitirles mayor presencia.

El prurito de la diversidad daba un gran valor a una fuerte representación de los pueblos originarios que se serían portadores de presencias ancestrales abusadas ayer y hoy, tanto así que junto a algunos de ellos se agregaron otros que ya no existen, pero que surgían de un imaginario dado a las ensoñaciones.

Resultó que los independientes no lo eran en su gran mayoría. Claro, no pertenecían a partidos políticos pero conformaban asociaciones doctrinarias en su mayoría de extrema izquierda. Hubo algunos paladines de la violencia, un enfermo imaginario y varios militantes temáticos, representantes de una versión muy radical del feminismo y ambientalistas extremos.

Los 17 electos como representantes de los pueblos originarios, algunos con muy pocos votos, resultaron de un identitarismo pantagruélico, contradiciendo el voto más bien conservador que normalmente estos pueblos expresan en las urnas.

Se constituyó un cuerpo altamente expresivo, con mucha presencia histriónica que nunca tuvo como meta construir una propuesta de proyecto constitucional en torno al cual pudiera surgir un acuerdo, en el que si bien nadie se sintiera enteramente representado, tampoco se sintiera del todo ajeno.

Se hizo imposible entonces redactar una ley de leyes que facilitara un Estado social portador de mayor progreso, mayor igualdad, derechos sociales más extendidos, pero que al mismo tiempo protegiera las libertades individuales y asegurara la democracia procedimental como valor permanente e indispensable, adecuándola a las nuevas posibilidades de la sociedad de la información del siglo XXI.

Dejando de lado los múltiples excesos y desatinos que disgustaron a muchos ciudadanos, el texto final entregado fue portador de un profundo sesgo político partisano, escrito en parte como una Constitución y en parte como un programa político maximalista que menoscababa los equilibrios democráticos y exacerbaba las tendencia hacia un identitarismo extremo.

Al parecer, en muchos convencionales existía el convencimiento de que encarnaban la voluntad de una inmensa mayoría y que el plebiscito de salida no sería sino un acto celebratorio final, una suerte de epifanía fundamentalista construida por la izquierda radical, la izquierda de la izquierda radical y un centro izquierda venido a menos incapaz de hacer valer sus diferencias, aprobando cosas en las que no creía.

La derecha se sentía derrotada y se preparaba a sobrevivir en un invierno polar sin muchas esperanzas en el futuro pero, ¡miracolo! en sectores reformadores que habían sido dados por muertos, comenzó a brillar una lucecita, en un primer momento casi testimonial, que más tarde creció.

La segunda elección importante fue la presidencial.

Digamos antes que la elección parlamentaria tuvo un resultado menos sesgado que la elección constituyente, pues los partidos tradicionales pusieron en valor su enraizamiento territorial. La antipolítica logró un espacio para un populismo difícil de caracterizar a través del Partido de la Gente, la izquierda radical maximizó su presencia pero no resultó un tsunami, todo lo cual generó un equilibrio inestable carente de mayorías claras que hace obligatoria la negociación y que le haría difícil la vida a cualquier gobierno.

En suma, no se eligió el Congreso ideal para una refundación, pero tampoco para un buen gobierno.

La elección presidencial concluyó con una polarización matizada. En la derecha, los primeros rostros en caer fueron los tradicionales, los más serios y los más livianos, quedando representada por el candidato de la derecha más extrema José Antonio Kast, una suerte de Bolsonaro estilizado, con dicción más escolarizada y mejores modales.

Los partidos de centro izquierda quedaron fuera de juego, solo como fuerza de apoyo de la izquierda radical. Boric derrotó a Jadue, candidato del Partido Comunista, quien representó la versión más tosca de un izquierdismo sin concesiones.

La primera vuelta fue desilusionante para Boric, pues obtuvo menos votos que Kast por lo que decidió modificar su relato, combinando su discurso refundacional con finos toques de social democracia, aquietando los temores de cercanías al bolivarianismo y a colectivismos de la vieja escuela.

Michelle Bachelet pasó a ser, con entusiasmo, cercana y admirada amiga y Ricardo Lagos, símbolo del reformismo atacado durante años, se convirtió de improviso en un Presidente que merecía todo el respeto.