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Las cartas de amor de Pablo Neruda reunidas en esta edición muestran la exaltación y la inquietud del hombre enamorado con respecto a sus numerosas musas (Terusa, Albertina, Olga, Delia, Matilde, etc.). También contemplan el vínculo profundo que une al joven poeta con su hermana Laura, su confidente preferida, y a su "mamadre", Trinidad Candia Marverde, que sustituyó a su madre verdadera, muerta prematuramente. A ambas se dirigen muestras de afecto y atención que enriquecen la exuberante lista de la experiencia amorosa de Neruda, aportando el matiz de ternura que alberga el corazón del poeta. El epistolario amoroso de Neruda (aparte de algunas cartas a Terusa, Albertina y Matilde, capaces de crear un mundo exclusivo de pasión y ensueño) revela un espacio poblado de referencias personales y, al mismo tiempo, muestra la extraordinaria riqueza de los intereses vitales del poeta. Las misivas de amor tienen un carácter eminentemente privado en el que conviven, junto a los apelativos y las palabras ardientes reservadas a las mujeres amadas, la presencia de compañeros, vecinos, parientes, y la evocación de acontecimientos que a veces iluminan la gestación del mundo poético del autor.
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Seitenzahl: 349
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Pablo Neruda
Cartas de amor
Edición de Gabriele Morelli
INTRODUCCIÓN
Amor: pasión, ternura y cariño
Cartas a Laura y a su mamadre
El Álbum Terusa
Albertina Rosa Azócar, la pasión ardiente en la urbe
El encuentro en Santiago
La escritura del epistolario a Albertina
El idilio con la odontóloga Olga Margarita Burgos
De Maruca a Delia del Carril
Delia del Carril
La relación con Nancy Cunard
Las cartas a la Hormiga
El nuevo amor, Matilde Urrutia
Cartas de amor a Matilde
Alicia, último amor del poeta anciano, y el Álbum de Isla Negra
ESTA EDICIÓN
Procedencia de las cartas
Criterios
Agradecimientos
ABREVIATURAS
BIBLIOGRAFÍA
CARTAS DE AMOR
Cartas a Laura (1926-1934)
Cartas a Terusa (1922-1924)
Cartas a Albertina (1922-1932)
Cartas a Olga (1933)
Cartas a Delia (1936-1952)
Cartas a Matilde (1950-1973)
APÉNDICE
Testimonio de Albertina Rosa Azócar
Poemas enviados a Albertina
CRÉDITOS
A Fausta,para siempre
El epistolario amoroso posee convenciones y formas retóricas distintas a las de la narrativa o la lírica, de las que difiere por la centralidad que el autor asigna a la realidad vivida frente a la ficción o la transfiguración poética. En las cartas se impone la expresión del amor en sus varias facetas, tanto en el éxtasis de la entrega como en el tormento causado por la ausencia o por el desdén de la amada. Además, el sujeto entabla una doble lucha: contra la magnitud de su deseo erótico que lo exalta y lo oprime, y contra el límite de un lenguaje incapaz de traducir la profunda verdad del sentimiento. De ahí proviene el uso continuo de la palabra «amor» y del sintagma «te amo», que denuncian la desconfianza del yo hacia un léxico insuficiente para representar toda la pujanza del sentir, y por eso, alguna vez, la recurrencia al balbuceo infantil.
Las cartas de amor de Pablo Neruda muestran la exaltación y la inquietud del hombre enamorado con respecto a sus numerosas musas (Terusa, Albertina, Olga, Delia, Matilde, etc.). También contemplan el vínculo profundo que une al joven poeta con su hermana Laura, su confidente preferida, y con su «mamadre», Trinidad Candia Marverde, que sustituyó a su madre verdadera, muerta prematuramente. A ellas se dirigen muestras de afecto y atención que enriquecen la exuberante lista de la experiencia amorosa del poeta y por ello se engastan en este libro, aportando el matiz de ternura que alberga el corazón. Además, manifiestan la relación asidua de Pablo con su hermana Laura, la «conejita», como la llama, y la actitud cariñosa que reserva a su querida mamadre, «ángel familiar de mi infancia», a quien dedica estos versos conmovedores:
Oh dulce mamadre
—nunca pude
decir madrastra—,
ahora
mi boca tiembla para definirte,
porque apenas
abrí el entendimiento
vi la bondad vestida de pobre trapo oscuro,
la santidad más útil:
la del agua y la harina
[«La mamadre»,Memorial de Isla Negra, OCII: 1144-1145]
El joven Neruda en 1921.
En efecto, si el estigma del amor despliega un amplio registro de voces, es importante no privar al lector de las cartas que revelan el trato íntimo del poeta con sus familiares, pues son otro destello de luz que el fuego del amor regala. El afecto y cariño, lejos de ser expresiones menores frente al ímpetu ardiente de la pasión, hacen patente un vínculo fuerte y profundo como el otorgado por el deseo erótico.
De todos modos, el epistolario amoroso de Neruda —aparte de algunas cartas a Terusa, Albertina y Matilde, capaces de crear un mundo exclusivo de pasión y ensueño— revela un espacio poblado de referencias personales y, al mismo tiempo, muestra la extraordinaria riqueza de los intereses vitales del poeta. Es decir, las misivas de amor de Pablo tienen un carácter eminentemente privado en el que conviven, junto a los apelativos y las palabras ardientes reservadas a las mujeres amadas, la presencia de compañeros, vecinos, parientes, y la evocación de acontecimientos que a veces iluminan la gestación del mundo poético de nuestro autor. Además, en algunos casos, lo que ha quedado, como en las cartas a Terusa y Delia del Carril, son fragmentos de una relación que el tiempo ha cubierto de silencio o borrado para siempre.
La correspondencia con su hermana Laura se abre cuando el joven Pablo llega a Santiago para asistir al Instituto Pedagógico en la Universidad de la capital. El contacto con la casa paterna se establece a través de las cartas enviadas a la hermana, hecho que confirma algo que la biografía nerudiana ha dado a conocer con cierto énfasis romántico: la grave dificultad económica que vive el joven en las humildes pensiones de la urbe, ubicadas en las calles Maruri, Echaurren, Amunátegui, Manuel Rodríguez y García Reyes. El estudiante dependía de los escasos recursos enviados por su padre, ferroviario, José del Carmen Reyes Morales, y muy a menudo el joven pasaba hambre y vagaba sin saber dónde comer ni dónde acostarse. Neruda ha contado en varias ocasiones, en particular en el capítulo «Las casas de pensión» de su libro Confieso que he vivido, la vida de aquellos años en Santiago, que fueron «de un hambre completa» [CHV: 48]. Los recuerdos dejados por otros testigos —Laura Arrué1 y María Antonia de la Puente Silva, prima de Álvaro Hinojosa Silva, íntimo de Pablo— añaden anécdotas divertidas (para el lector de hoy) sobre aquella angustiada estancia del pensionista ambulante. Informa María Antonia que un día Pablo y dos amigos no sabían dónde pasar la noche y recurrieron a una pariente lejana de Álvaro, quien sólo podía ofrecerles el cuarto de baño: «Ahí en la tina, tapados con diarios —relata la mujer—, durmieron varias noches» [CL: 14].
Son 66 las cartas de Neruda a su hermana Laura y su familia, y cubren el período que va desde 1922 hasta 1952. Por razones de espacio hemos seleccionado las más significativas, limitándolas al arco temporal de la vida de Pablo como estudiante en Santiago y después como cónsul honorario de Chile en Rangoon. Igualmente hemos recogido las que acompañan su regreso a Santiago y asimismo, al inicio de septiembre de 1933, las misivas que el poeta envía a la «conejita» tras el nuevo cargo consular en Buenos Aires, donde se instala con Maruca (María Antonieta Hagenaar Vogelzang), con quien se había casado el 6 de diciembre de 1930 en Java. Pero su esposa, reacia a toda forma de convivencia social y compañía intelectual, no acepta la presencia de los numerosos amigos escritores que les visitaban con frecuencia en su casa, o les invitaban al café Signo y a otros conocidos lugares de tertulias literarias. Precisamente en Buenos Aires Neruda conoce a García Lorca, con quien de inmediato traba una intensa amistad. Allí ambos leen el «Discurso al alimón» en honor de Rubén Darío y publican juntos el libro Paloma por dentro2, que incluye 7 poemas de Neruda ilustrados por Lorca y que entran con algunas variantes en la segunda edición de Residencia en la tierra (Madrid, 1935) Algunos («Unidad», «Sabor», «Colección nocturna», «Arte poética») ya habían aparecido en la revista Poesía (4-5, agosto-septiembre de 1933), dirigida por su amigo Pedro Juan Vignale. La relación de amistad que se crea entre los dos poetas es inmediata y relevante la influencia ejercida por el granadino, quien lee al amigo los poemas del nuevo ciclo que integrarán el libro Poeta en Nueva York. Cuatro poemas lorquianos ya se publicarán en Poesía (6-7, octubre-noviembre de 1933): «Iglesia abandonada», «Paisaje de la multitud que vomita (Anochecer en Coney Island)», «Poema doble del lago Eden» y el soneto «Adán», este último dedicado a «Pablo Neruda, rodeado de fantasmas».
Revisando estos y otros datos, el estudioso Hernán Loyola [2011b: 1-22] ha señalado el evidente influjo ejercido por el libro neoyorquino de Federico, que llega a Pablo en un momento de intensa crisis conyugal y existencial. Además, recordamos, como apéndice de la estrecha relación de los dos amigos, la conocida y sabrosa aventura «erótico-cósmica» contada en sus memorias por Neruda, que acaeció en el mirador de una torre, tuvo como paternaire a «una poetisa alta, rubia y vaporosa» y contó con la presencia cómplice de Federico. Mientras la pareja se disponía a hacer el amor, Federico se aparta de la escena, obedeciendo al amigo que le impone la función de centinela, pero en la prisa rueda por los escalones oscuros de la torre y se rompe la pierna. Existe otra versión diferente, contada por Blanca Luisa Brum, mujer muy atractiva y esposa del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, que reivindica el papel de protagonista en el episodio, aunque expone su negativa al intento erótico de Pablo y su llamada de auxilio a Lorca [Achúgar: 87].
Pero volvamos a la correspondencia de Pablo enviada a su hermana Laura a comienzos de los años veinte, que documenta el momento de la búsqueda de su ser poético en lucha contra la pobreza y la soledad, y al mismo tiempo registra la nostalgia por la familia lejana. Algunas fotos amarillas de la época lo retratan demacrado y melancólico, en pose de poeta romántico, asiduo a las tertulias estudiantiles de la capital. La semblanza dejada por la citada Laura Arrué, amiga y amante del poeta, lo describe alto y delgado, con la vieja capa negra de su padre ferroviario y el sombrero alón; también ella rememora su voz quejosa —la inconfundible voz de Neruda, su «sonsonete» diría Albertina Azócar—, mientras lee en octubre de 1921 su poema «Canción de la Fiesta» en los Juegos Florales, certamen en el que gana el primer premio [Arrué: 52].
El estudiante poeta aún no advierte el peso de la injusticia social, ni siente la llamada del compromiso político; en cambio, bulle en su interior el deseo vivo y punzante de la creación, inspirado por el sentimiento ardiente de la pasión amorosa. Es un joven sensible a la atracción del cuerpo femenino pero, por otra parte, mira con afecto a la presencia discreta y vigilante de su hermanita y a la persona cariñosa de su mamadre, que custodian el hogar de su infancia y le recuerdan el paisaje natal de la selva austral, el cielo húmedo de Temuco. En una epístola tardía, fechada el 25 de agosto de 1934, que Neruda envía desde Madrid a su padre, le cuenta el nacimiento de su hija Malva Marina Trinidad («una muñequita, con ojos azules como su abuelo»). Pablo compara el calor tremendo del verano madrileño con el recuerdo del otoño que empieza en Chile y comenta: «Cuando me acuerdo del mes de septiembre en Temuco, de los duraznos con flor, me dan ganas de volver a verlos a Uds. y a jugar al volantín» [OCV: 836].
A partir de la primera carta, fechada el 8 de octubre de 1926, se impone la urgencia de buscar el dinero y la pensión en donde alojarse, comer y resguardarse del frío terrible del invierno santiaguino. En cambio, la breve misiva enviada a la hermana a finales del año es una nota confidencial que reserva a su conejita, corresponsal casi única de la familia. Le informa acerca de su estado actual de penuria e inquietud y del propósito de viajar a Europa sin volver a Temuco para las fiestas navideñas, debido a la relación conflictiva que se ha creado con su padre, quien le reprocha su escaso empeño escolar: «Estoy tan aburrido de pelearme con mi padre», se queja el joven. Meses después comunica a Laura que el viaje se ha retrasado porque él está ocupado con el negocio de los faciógrafos3, sugerido por el amigo Álvaro, con el que cree poder remediar su difícil situación económica.
Las cartas posteriores remiten a las varias etapas del largo periplo de Pablo, compartido con su entrañable amigo Álvaro, que inicia en junio de 1927, pasando por tierras y ciudades argentinas (Mendoza y Buenos Aires), y que sigue con el viaje en el vapor Baden con dirección a Lisboa, y después Madrid y París. Según la misiva de julio 1927, el poeta permanece dos semanas en la ciudad del Sena, antes de embarcarse el 1 o 2 de agosto rumbo a Rangoon, en Birmania. Recordará el poeta en los versos del Canto general su largo viaje por mares y puertos lejanos, y su encuentro con la muchedumbre de pobres hambrientos:
Y salí por los mares a los puertos.
El mundo entre las grúas
y las bodegas de la orilla sórdida
mostró en su grieta chusmas y mendigos,
compañías de hambrientos espectrales
en el costado de los barcos.
[«VI, El Viajero», OCI: 812]
La misiva, fechada 28 de octubre, confirma su llegada a la capital oriental, que considera «una gran ciudad bastante hermosa pero donde me aburriré en poco tiempo». Dos meses después (el correo, lamenta el poeta, se demora un mes y veinte días en llegar), Pablo empieza otro largo viaje. Siempre acompañado de Álvaro, va a Siam, Japón y Shangai. Tanto en Japón como en China sufre «un frío del demonio» y varias enfermedades que le obligan a volver a Rangoon «por temor de las pulmonías y los estornudos». Una carta del 14 de marzo de 1929 confirma su llegada a Colombo, en la isla de Ceylán, adonde lo ha destinado el Gobierno.
Es un período de gran angustia y tremenda soledad, pero también de intensas lecturas, como la de la obra de Marcel Proust4. Lo confirma el testimonio biográfico de las cartas enviadas al escritor argentino Héctor A. Eandi5, que describen la temporada siniestra transcurrida en Rangoon, una especie de saison en enfer que abona y alimenta el terreno preparatorio del libro Residencia en la tierra. En septiembre de 1928 Pablo comunica a los amigos Héctor y González Vera que casi ha completado el nuevo libro, y el 5 de septiembre de 1931 escribe a Eandi que está leyendo toda la obra de Proust por cuarta vez; además añade: «Me gusta más que antes» [OCV: 960]. También envía colaboraciones a La Nación de Santiago. Naturalmente muestra sus inquietudes espirituales e intereses literarios, mientras que a su hermana Laura y a su familia les reserva sus preocupaciones cotidianas, asegurándoles que su silencio no significa olvido ni es índice de desinterés, sino la prueba de que se encuentra bien, que no le pasa nada. Es una mentira conmovedora del hijo a la familia, a la que, en cuanto puede, esconde o minimiza sus penas, en particular las más íntimas y ontológicas. Solo a la «querida hermanita de mi alma» —como escribe en su última carta del 28 de marzo de 1934, a quien además había confesado la soledad que lo aprisiona— anticipa la noticia de su inminente viaje a España, país del que el Gobierno chileno lo ha nombrado cónsul. Quiere que se lo diga a su padre, pero aún no a su madre «porque puede sufrir pensando que está muy lejos»: otra muestra de delicadeza y ternura hacia su querida mamadre.
Entre las misivas reservadas a la familia figura también una larga carta de Pablo a su mamadre, enviada desde Colombo el 14 de marzo de 1929. El cariño y atención hacia ella emergen ya en el detalle de la fecha de la epístola —dactilografiada para que pueda leerla mejor—, y en el saludo inicial afectuoso dirigido a «Mi queridísima y recordada mamá». Es una de las más interesantes por la riqueza y variedad de las informaciones que contiene. Pablo transmite una serie de detalles sobre su vida cotidiana (callando otros, obviamente, como el consumo de opio, etc.), y todo en un lenguaje sencillo y lleno de humor, muy cercano al habla viva y chispeante del ambiente popular de su familia. El poeta, por ejemplo, cuenta a su madre que ha arrendado un bungalow y pronto aclara que se trata de un «chalet a la orilla del mar». Comenta además que su cargo le impone contar con varios criados en su casa («dos sirvientes, un cocinero y un mozo») y revela que todos roban el dinero de la compra, porque él, blanco y cónsul, no puede hacerla para no perder el respeto de la gente. Igualmente informa que su conocida flojera y deseo de reposo han aumentado con el calor del lugar y, para que lo compruebe, se dirige a ella con estas palabras:
[...] si usted, mi querida mamá, pasara por mi casa en Colombo, oiría cómo grito de la mañana a la noche al mozo para que me pase cigarrillos, papel, limonada, y me tenga listos los pantalones, las camisas y todos los artefactos necesarios para vivir.
Como se ve, pasa de la forma descriptiva al estilo directo, obligando al corresponsal a escuchar su voz. De este modo, la lejanía —la inmensa distancia geográfica— desaparece, gracias al vínculo creado por el lenguaje: la mamadre está presente, oye la voz de Pablo gritando a su mozo que le acerque los bártulos precisos para su existencia cotidiana. Incluso la triple enumeración de los objetos mencionados («cigarrillos, papel, limonada»; «pantalones», «camisas», «artefactos») responde a una clase de mensaje fácilmente compresible y asimilable en la psicología sencilla de su mamadre. Tampoco Pablo esquiva la información sobre las dificultades económicas, el abandono y soledad, aunque no indica ni las causas ni las consecuencias. Callando su llanto en un desahogo solitario, intenta reaccionar recurriendo a sus fuerzas interiores:
A veces me siento pobre y abandonado, y es que a menudo tengo preocupaciones y molestias que antes no conocía. Pero la vida se debe emprender con valentía, y si me quejo, no es para que nadie me escuche, sino para desahogarme solo.
La carta es paradigmática del mensaje epistolar que mezcla el lenguaje narrativo con la comunicación de tipo oral, esta última representada por los verbos dicendi («debo decirle», «Como le iba diciendo»), de petición («Mamá, le ruego que») o estructuras interrogativas («Cómo está la salud de mi señor Padre?», «Qué es de Rodolfo, Teresa...?»). El primer caso le sirve a Pablo para reanudar un cuento interrumpido, y los demás para crear, gracias al auxilio de la voz, un diálogo abierto, borrando distancia y geografías.
Se trata de la misiva en la que Pablo trata más detalladamente sobre su jornada cotidiana. Las referencias y datos sobre la ubicación de su casa son precisos y objetivos. El poeta, siguiendo el orden triple del enunciado, traduce la imagen del lugar en términos de geografía chilena: «vivo a la orilla del mar, en las afueras de esta gran ciudad, en una aldea que se llama Wellawatta, y que tiene cierto parecido con el nunca olvidado Puerto Saavedra». Al mismo tiempo describe las horas y los quehaceres del día, acudiendo al triple uso del adverbio «luego» para marcar el orden de la secuencia temporal: «Luego me meto al agua [...]. Luego vuelvo a casa [...]. Luego trabajo». La repetición es propia del lenguaje sencillo y familiar. El poeta no ahorra datos personales, incluso íntimos, confesando que le hace falta una mujer —«una señora», dice por respeto a su madre— y acompaña la noticia con un guiño divertido: «parece que nadie quiere al feo de su hijo». El humor y la chispa son ingredientes naturales en estas páginas de la correspondencia familiar, que ayudan a superar los momentos de tristeza y soledad que el joven atraviesa. Por supuesto, el poeta omite la impetuosa experiencia erótica que sostuvo con la indígena Josie Bliss, «especie de pantera birmana», episodio que sí cuenta en su libro de memorias:
Me adentré tanto en el alma y vida de esa gente, que me enamoré de una nativa. Se vestía como una inglesa y su nombre de calle era Josie Bliss. Pero en la intimidad de su casa, que pronto compartí, se despojaba de tales prendas y de tal nombre para usar su deslumbrante sarong y su recóndito nombre birmano.
[CHV: 124]
A la abundancia de noticias en torno a su estancia en Colombo, la carta suma preguntas acuciantes sobre la enfermedad de su padre, sobre sus hermanos y su mamadre, sus parientes y amigos: Rodolfo, Teresa, el niño Raúl, su familia Reyes, el abuelito, el tío Abdías, Amós, Oseas, José Angelito, el primo curita, Manuel Basoalto y la tía Rosa. Asegura que los recuerda a todos; se acuerda «hasta de aquellos que no piensan en mí o no me quieren». El vínculo afectivo sigue intenso, profundo, y encuentra su declaración, su confesión sincera, abierta.
Las 13 cartas a Terusa cubren un período de sólo dos años, que van de 1922 a 1924. Más que cartas son fragmentos de misivas que Pablo envía a una chica de nombre Teresa y que esta copia al final de su Álbum —un cuaderno forrado en cuero con hojas de cartulina gruesa de varios colores: rosa, celeste y verde agua—, donde antes aparecen poemas y textos en prosa de Neruda en gran parte inéditos [AT: 45-55]6.
Terusa, alias de Teresa Vásquez, nacida en 1903 e hija de Adolfo León y de Rosa Bettiens —asumirá el apellido Vásquez del segundo marido de su madre—, es la muchacha a quien el joven poeta corona reina de los Juegos Florales en Temuco durante la primavera de 1920, y a quien llama Andaluza por su manera de vestir durante una fiesta: una chica «muy linda y muy alegre», según los testigos. Pablo, que evoca sus «ojos anchos», vuelve a encontrarla en Puerto Saavedra durante el verano austral (febrero de 1923). Allí se aman, como canta el poeta en el libro Memorial de Isla Negra:
Oh amor
de la primera luz del alba,
del mediodía acérrimo
y sus lanzas,
amor con todo el cielo
gota a gota
cuando la noche cruza
por el mundo
en su total navío,
oh amor
de soledad
adolescente
[«La luna en el laberinto, “Amores”: Terusa (I)», OCII: 1174]
En el texto número 5 del Álbum —cuaderno habitual para señoritas que también tiene Laura Arrué7—, Neruda reproduce en mayúsculas sus nombres, PAOLO y TERESA (a la italiana el del poeta)8, que escribió en la arena mojada del mar. El texto siguiente reza estos versos ardientes de pasión:
En la hora del beso fuimos
cada uno boca y racimo,
racimo y boca, cada uno,
y amor como el que me entregó
y dolor como el que me dio
nunca pudo probar ninguno.
Se trata de un amor compartido y después naufragado en el tiempo, según Neruda recuerda a Terusa en su poema citado «La luna en el laberinto». A la joven dedica otros versos palpitantes de deseo y nostalgia:
Terusa de ojos anchos,
a la luna
o al sol del invierno, cuando
las provincias
reciben el dolor, la alevosía
del olvido inmenso
[...]
Terusa
abierta entre las amapolas,
centella
negra
del primer dolor
A diferencia del romance con Albertina Rosa vivido en las humildes pensiones de Santiago y de cuyo epistolario hablaremos después, la historia sentimental entretejida con Terusa «es rural y silvestre, pero con rumor del océano cercano: amor a sombra de bosques, amor a plena luz de costa y roquerío» [NBL: 134]. Según las confesiones del poeta, Terusa es Marisol, una de las dos musas (la otra, Marisombra, es Albertina Rosa) que inspiran el libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Ella para el poeta representa:
[...] el idilio de la provincia encantada con inmensas estrellas nocturnas y ojos oscuros como el cielo mojado de Temuco. Ella figura con su alegría y su vivaz belleza en casi todas las páginas, rodeada por las aguas del puerto y por la media luna sobre las montañas.
[CHV: 75-76]
El paisaje que acoge a Marisol es Puerto Saavedra, territorio fronterizo dividido entre selva y mar, con la inmensa desembocadura del río Cautín al fondo, los puertos Carahue y Bajo Imperial. Este enclave es testigo de otra aventura sentimental, con la joven María Parodi, que Pablo evoca en su libro Para nacer he nacido:
Puerto de Saavedra tenía olor a oda marina y a madreperla. Detrás de cada casa había jardines con glorietas y las enredaderas perfumaban la soledad de aquellos días transparentes.
Allí también me sorprendieron los ojos negros y repentinos de María Parodi. Cambiábamos papelitos para que desparecieran en la mano. Más tarde escribí para ella el número diecinueve de mis Veinte poemas.
[PNHN: 265]
Según declara el propio Neruda, Terusa inspira los versos de muchos textos del libro juvenil Veinte poemas: los números 3, 4, 6, 8, 9, 10, 12, 16 y, en particular, el célebre poema 20 que figura en la antología universal de la poesía amorosa, como también la no menos conocida «Canción desesperada»9. En cambio, a Albertina Rosa se destinan las demás composiciones, aunque en otras declaraciones el poeta se confunde y baraja nombres y personas del poemario. Separan a los dos enamorados las diferencias sociales: Teresa pertenece a una distinguida familia de Temuco, en cambio Pablo es un adolescente sin fortuna y sin porvenir, y a quien la madre de la muchacha llamaba «un juglar espantoso», mientras que el padre lo tildaba con el mote despectivo «El Jote», por el disfraz fúnebre de su capa negra y el sombrero alón. La relación sentimental acaba en 1924 y los dos no volvieron nunca a encontrarse. Teresa se casará en 1942 y seguramente en este cambio de vida decidió tirar las cartas, copiando sólo algunas partes en las páginas finales del álbum juvenil que por fortuna no destruyó.
María Parodi, amor juvenil de Veinte poemas.
Los textos de Pablo, en prosa y verso, incluidos en el Álbum, en gran parte son incorporados en Crepusculario y El hondero entusiasta, y anuncian el cambio de dirección del yo poético. En sus páginas se advierte la presencia de un nuevo concepto de espacio, aunque dentro de un marco geográfico preciso, que expresa el ansia y la aspiración del poeta hacia una idea de vastedad y grandeza que no se precisa, pero que se configura como un lugar mítico, al cual el joven se entrega con toda su alma embriagada de amor y tristeza. La idea trasluce un impulso que se alza y muere como la ola del mar, un deseo potente que consiste en saber que no puede llegar a la meta final, pero tiende a su conquista. En este esfuerzo declara y se pregunta el poeta: «No alcanzar, no encontrar, no saciar el ansia innumerable: ¿es ésta pues la fuente de la felicidad?» (texto 2 del Álbum). Desde esta perspectiva, la presencia de la mujer deseada asume el significado de un estímulo, no es el objetivo del ideal que el joven Pablo cree realizable sólo a través de su poesía. La amada inspira en tanto que la aspiración al amor compartido se vuelca en la palabra poética, pero además es soporte que regala la belleza de su cuerpo.
Igualmente en el texto 1, escrito en un largo bote abandonado que sirve de refugio privilegiado al joven para sus recuerdos sumergidos en el tiempo, la evocación de la musa le alivia de su angustia existencial. «No pienso en ti —escribe—, pero, abandonado a todas las fuerzas de mi corazón, a ti también me abandono y me entrego, oh amor que sostienes mis tumultuosos ensueños, como la tierra del fondo del mar sostiene las desamparadas corrientes y las mareas incontenibles». El acto de entrega se sustenta en una idea de vastedad y fluidez: «Me entrego al cielo que me cubre / y me abandono a la corriente», en «Puerto fluvial», según se lee en el texto 8. Traduce una insatisfacción de orden metafísico en que la presencia de la mujer (su cuerpo y su gracia) participa en el proceso de inmersión del yo dentro de la materia palpitante: «Oh la alegría de entregarse / entregarse, entregarse siempre!», declara Pablo en el mismo poema. Nace una palabra viva y dinámica que sucesivamente abrirá la escritura del poeta hacia el mundo.
Estas consideraciones ayudan a la lectura de los 13 mensajes que forman el epistolario de Neruda a Terusa. Se trata de fragmentos desiguales en cantidad y calidad; por ejemplo, el texto 11 informa que el poeta ha escrito «versos llenos de tu recuerdo, de tu recuerdo, que es lo único hermoso que tienen».
En general, la destinataria ha copiado solo las líneas que ofrecen la imagen radiante de ella o recogen las declaraciones de amor que el poeta, recluido en su soledad, le dedica. Algunas cartas arrojan luz sobre el comienzo de un romance pleno de largas e intensas miradas, que nace en los biógrafos, como entonces se llamaban las salas cinematográficas en Chile. Escribe Pablo en la primera carta: «Recuerdas —allá— las tardes en los biógrafos cuando nos mirábamos largamente? Todavía no nos hablábamos, pero ya tú me hacías feliz». En la segunda carta, surge como cómplice el espectáculo del otoño: «Otoño, y tú siempre eres bella y alegre como aquella Primavera en que aprendí a quererte». La imagen del tiempo y de la estación primaveral domina el pulso de la correspondencia: «Ha llovido ayer, también hoy», «Ya terminó la nieve. Te he hablado, Reina, de las estrellas y de la nieve». El enamorado pregunta: «Te fijas en la belleza de estos comienzos de Otoño? Las tardes a veces son maravillas». También le transmite a Terusa sus ataques de tristeza y melancolía, y entonces: «Para qué escribirte durante esos momentos!».
Es interesante ver cómo la palabra poética incrusta ritmos distintos que registran la presencia de la amada o lamentan el vacío de la separación. A veces, la llegada de una misiva esperada crea un brusco salto emotivo, capaz de eliminar cualquier distancia, borrar la nube que cubre la luz del día: «qué dulce, qué hermoso es recibir cartas lejanas, de la mujer amada, de ti». En esta secuencia el lector nota la anáfora del adjetivo exclamativo «qué» y de la preposición «de», nexos léxicos y sonoros que favorecen la evocación de la muchacha lejana. A veces la ausencia puede exorcizarse por el envío de una fotografía y del dibujo de su cuarto. Las imágenes son amuletos, signos tangibles del eterno amor, en particular cuando el poeta está solo y escribe versos en una noche cuajada de estrellas («Es de noche y acabo de llegar. Cuánto diera por estar contigo en esta noche de estrellas!»). Este fragmento de la carta 8 trae a la memoria los célebres versos del poema 20 de Veinte poemas.
Paralelamente, y en el mismo arco de tiempo que va de 1922 a 1927, se desarrolla otra historia de amor, la entretejida con Albertina Rosa Azócar, la muchacha de la vivencia estudiantil de Pablo en Santiago. Es la Marisombra, protagonista del libro Veinte poemas, quien además ha conservado casi toda la documentación epistolar que recoge nuestra edición. La reserva sobre su integridad es obligatoria, porque probablemente ha desaparecido, quizás por una comprensible autocensura, toda alusión a los momentos más íntimos evocados en cambio en muchos versos del libro.
Es decir, el tiempo y el espacio de la aventura sentimental coinciden con los de las cartas anteriores y son análogas las coordenadas geográficas que recuerdan los encuentros de amor vividos en Santiago y las temporadas pasadas en Puerto Saavedra, en la desembocadura del río Imperial, ruidoso de viento, aguas y gritos de gaviotas. La diferencia que existe entre la experiencia privada de la correspondencia anterior y la de Albertina es que ésta, en algunos momentos, acoge también los versos que el joven Pablo escribe a la amada. Nos encontramos con uno de los pocos ejemplos en que el epistolario conserva, junto con la historia de amor, también la génesis del acto creativo. En suma, en este caso la carta se torna en vehículo de conocimiento del proceso generativo de la obra.
El Testimonio de Albertina Rosa —en el Apéndice del libro— informa sobre la relación nacida entre los dos jóvenes a partir de su primer encuentro en Santiago, donde se inicia el romance. La correspondencia permite seguir el gradual desarrollo de la historia y comprobar la incierta respuesta de Albertina frente a la ardiente pasión del amante. La experiencia amorosa asume en la consciencia del joven Pablo el signo de una realidad interior que alimenta el canto. Es el mensaje más preñado que brota de la lectura de las cartas, donde las llamadas a la poesía, y en particular a la génesis del libro Veinte poemas, se repiten con frecuencia hasta el punto de que muchos versos de esta y otra obra participan del mismo material que la correspondencia. Para una mejor recepción y autonomía, estos versos están reunidos y colocados en la sección final del Apéndice del libro.
Albertina Rosa de las Nieves Azócar Soto —nombre completo de la musa inspiradora— nace en Lota Alto el 21 de mayo de 1902. En 1921, con el hermano Rubén y la hermana Adelina Elvita, tutora de la moral familiar, se traslada a Santiago para seguir los estudios en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. También Neruda, dos años más joven, abandona Temuco, donde vive su familia que es originaria de Parral, y va a vivir a la capital chilena con gran estrechez de medios económicos. En Santiago, Pablo sigue los cursos universitarios en el mismo Instituto Pedagógico y coincide con Albertina en las clases de francés y con su hermano Rubén, con quien entablará una gran amistad; no en vano éste se convertirá en cómplice del romance de los dos enamorados. El sábado, en una sala del Instituto con numerosos estudiantes, los jóvenes poetas se reúnen para leer sus versos. He aquí el relato de Albertina:
[...] ahí conocí a Pablo recitando «Farewell»... y como Pablo tiene... tenía una voz así cansada para recitar, entonces con una compañera mía lo imitábamos... así nos fuimos conociendo y simpatizamos. Después de clase salíamos a caminar por la Avenida Cumming y, yo vivía en Grajales, él un cité cerca... por Echaurren, así es que hacíamos el camino juntos a casa... y bueno... ahí principió «el romance»... hace tanto tiempo figúrese, ya ni me acuerdo...10.
Es el año 1921 y en diciembre Albertina ha de regresar a Lota Alto para pasar con su familia las fiestas navideñas. Los dos jóvenes viajan juntos en tren hasta la estación de San Rosendo, para después separarse y seguir cada uno su destino: Albertina va antes a Concepción y luego a Lota Alto, mientras que Pablo se dirige a su casa paterna de Temuco. Las clases se inician en marzo, y en marzo se reanuda el romance, tejido de encuentros apasionados en las oscuras pensiones o en los escondrijos románticos de la ciudad. En Santiago, durante el año 1922, Pablo y Albertina se ven asiduamente. Queriendo recordar a las musas principales que inspiraron los versos de Veinte poemas, bajo los pseudónimos de Marisol (Terusa) y Marisombra (Albertina), escribe Neruda:
Marisol es el idilio de la provincia encantada, con inmensas estrellas nocturnas y ojos oscuros como el cielo mojado de Temuco. Ella figura con su alegría y su vivaz belleza en casi todas las páginas, rodeada por las aguas del puerto y la media luna sobre las montañas. Marisombra es la estudiante del la capital. Boina gris, ojos suavísimos, el constante olor a madreselva del errante amor estudiantil, el sosiego físico de los apasionados encuentros en los escondrijos de la urbe.
[CHV: 75-76]
El idilio sigue marcado por apasionados encuentros y manifestaciones de cariño por parte de Pablo, y por inciertas y discontinuas participaciones de Albertina. Durante las fases de separación, ella deja pasar largos períodos de silencio antes de responder a las llamadas apasionadas del poeta. En mayo de 1923, a causa de una súbita enfermedad, la muchacha abandona Santiago e ingresa en un hospital para ser operada; después prolonga la convalecencia en Lota Alto. La lejanía entre los enamorados aumenta con el tiempo y la distancia ya que, inaugurada en Concepción una nueva Facultad de Pedagogía, los padres imponen a Albertina que deje la capital para asistir a esta sede más cercana. La muchacha no sabe oponerse a la voluntad de la familia, y por ello, turbada y confusa por su débil comportamiento, tampoco responde a las súplicas de Pablo que le pide el regreso a Santiago.
Excepto algún fugaz encuentro en Concepción, en 1924 los dos siguen viviendo lejos, a pesar de que Pablo envía numerosos mensajes para mantener vivo el sentimiento. Pero pronto el joven poeta deja los estudios universitarios; eso comporta la inmediata suspensión de la modesta ayuda económica que recibe del padre. El primer semestre de 1925 transcurre con una gran incertidumbre. Pablo trata de reanudar la relación con Albertina, que continúa pasiva e indiferente a sus apremiantes ruegos. En agosto, Neruda acompaña a Rubén a Ancud, donde el amigo es nombrado profesor de liceo, e invita a la muchacha a reunirse con él; pero poco después, dolido por su frío comportamiento, vuelve a Temuco y se enfrenta con su padre que no acepta el abandono de los estudios universitarios. Amargado y confuso, entonces decide ir a Santiago, donde pasa un período de gran soledad y pobreza.
En aquellos momentos Neruda es nombrado cónsul honorario en Rangoon, en la lejana Birmania, mientras que Albertina obtiene una beca para ir a Bélgica a estudiar el método pedagógico de Ovide Decroly; el 4 de diciembre de 1929, sale para Londres donde pasa la Navidad y la Nochevieja con una amiga. De nuevo, los dos se encuentran distantes, separados por una vasta geografía: él en Oriente y ella de viaje por Europa. No obstante, Pablo no se resigna a la pérdida de su Mocosa y le envía continuos y fervorosos mensajes, que a veces se pierden y a menudo carecen de respuesta. El joven no se rinde, sigue buscándola desesperadamente, la invita a ir a verlo, le dice que quiere casarse con ella y por esta razón ha adornado su bungalow con muebles nuevos y ha renovado la cocina. Escribe a Albertina y le ruega que cambie el billete de regreso para Chile por otro que la lleve a Colombo en Ceylán, donde él vive en este momento.
Las invitaciones de Pablo a su amada son incesantes, incluso cuando la chica alega que ha preferido cumplir con lo concertado con la universidad que la había mandado al extranjero. El rechazo y sobre todo los incomprensibles silencios de Albertina crean en el joven gran desánimo e irritación hasta el punto de que en diciembre de 1930, vencido por la soledad y la lejanía, decide casarse con una joven holandesa, María Antonieta Hagenaar (Maruca), que vive en la isla.
Neruda regresa con Maruca a Chile en 1932 y pronto empiezan sus tentativas de acercamiento y la solicitud de nuevos encuentros con la muchacha, que algunos biógrafos creen que ocurrieron en secreto. La realidad es que en 1935 Albertina se casa con el poeta Ángel Cruchaga Santa María, amigo de Neruda, y al cual Pablo dedicará un poema en el libro Las odas elementales. Ella ha dejado un testimonio significativo sobre la figura de su consorte, que sugiere indirectamente también la causa de su rechazo al ardiente y apasionado poeta: «[Ángel] —ha confesado— era diez años mayor que yo. Muy distinto de Pablo. Un solterón, una persona muy fina, muy distinta de Pablo, muy tranquila» [Teitelboim: 130].
El epistolario con Albertina empieza mostrando el leitmotiv fundamental de la escritura: la protesta del joven y su punzante dolor (tanto que amenaza con el suicidio) por el mutismo y las respuestas tardías de la chica. De ahí el despliegue de noticias e informaciones externas que Pablo da en su carta inicial, fechada en Temuco enero de 1922 o 1923, sobre la presencia de la hermana en la casa familiar, el tiempo caluroso del verano, la incierta preparación para los exámenes, la visita hacia un campamento de gitanos para consultar el destino, etc. Las primeras cartas muestran a un joven que trata de hacer mella en el corazón de Albertina («lombriz zalamera, lombriz regalona», la llama), extraña e indiferente a cualquier interés y curiosidad de la vida: «No comes, no sales, no conversas, no peleas, no lees», escribe Pablo, mitigando el reproche a través del juego repetitivo del adverbio de negación.
En otras misivas es aún más evidente el uso lúdico del lenguaje juvenil. Un ejemplo se encuentra en la carta 84, donde Pablo, para confesar a Albertina la plenitud de su amor, sustituye la palabra «corazón» —tan presente en el epistolario— por el sustantivo «cucharón», creando un efecto corrosivo y cómico que se logra por el juego fonético de la asonancia final. Con más gracia aparece en la carta 39, que muestra deliberados errores gramaticales, cometidos para entretener a la chica. Otras formas de lenguaje divertido e irónico surgen en el diálogo entre Pablo y su amada, cuando el poeta recurre a cambios repentinos del tú a la tercera persona, probablemente para exorcizar el patetismo de sus sentimientos o para ocultar el dolor causado por la soledad y la lejanía. Lo mismo ocurre con los calificativos dirigidos al hermano de la musa, Rubén («macaco-guanaco», etc.), evidentemente marcados por la rima, que parecen proceder del adjetivo «retaco» referido a su baja estatura.
El silencio de Albertina preocupa al joven, lo turba y lo hiere profundamente. Pablo define sus sentimientos no correspondidos mediante una imagen peculiar: confesando que cuando le escribe tiene la sensación de «hablar a través de una pared», sin poder oír su voz. En otras palabras, el silencio de la amada le produce un aislamiento, o mejor un vacío físico que traduce tanto su carácter reservado como la ausencia de la persona que el joven echa de menos y cuyo cuerpo desea abrazar. En varias ocasiones —véase la carta 4— la lejanía le suscita una gran soledad: «Pon la cabecera hacia el Sur, hacia donde yo estoy recordándote», le aconseja, y añade: «Aquí los días son acalorados, atroces. En las tardes un viento abominable de cascajos y tierra suelta. Salgo todos los días, a la montaña, al río, a las quintas, para no morirme». En las últimas misivas, cuando Pablo no entiende el obstinado silencio de Albertina y, sobre todo, le duele que haya rechazado su invitación a ir a verlo, las frases se llenan de sutil nostalgia y honda melancolía, como sucede al comienzo de la carta 94:
Tu bello retrato está sobre mi mesa de noche: le hice hacer un marco de madera preciosa: tamarindo, y tus ojos que creí no irían a verme nunca más me miran noche y día.
Es extraño que vuelva a escribirte de esta manera cuando no sé nada de ti, ni de qué piensas de mí. Pero, en verdad, todo este largo tiempo has estado cerca de mí, y tu recuerdo me dolía a veces como una herida.
El joven Neruda adorna su correspondencia, normalmente manuscrita, con dibujos, fotografías, bocetos de las humildes pensiones en las que reside, utilizando tintas de diferentes colores —rojo, azul, negro y ocre—, una policromía que persigue llamar la atención de la chica distraída. Lo mismo ocurre con el variado uso de apodos cariñosos, entre los que prevalece el de «mala pécora», que responde a la capacidad imaginativa del gran poeta, aunque puede proceder de su inseguridad y de la imposibilidad de percibir a la mujer como suya.
También hay momentos en que las cartas dejan entrever un mundo misterioso, escondido detrás de la apariencia de las cosas, un ámbito mágico y lejano que surge de la soledad, capaz de encender la gran imaginación del poeta. En la misiva 44 escuchamos el toque de medianoche del viejo reloj de su casa familiar de Temuco: «Es la hora de las brujas —escribe—, pero en esta noche tranquila del verano no hay más brujas que las estrellas». Encerrado en el silencio del pueblo y pensando en la amada, el joven percibe una realidad que asume formas e imágenes ensanchadas que facilitan el sueño y la evasión, mientras sigue obsesionante el deseo de Albertina: «llegué a las 2 de la noche —le comunica en la carta 65— van a ser las 5 y no puedo dormir, estoy como con fiebre, nervioso, con frío, ah, me hace falta el calor de tu cariño que he olvidado un poco; si supiera que iba a besarte mañana, me dormiría con tranquilidad».
Las referencias a la poesía son muchas, especialmente al libro de versos en el que está trabajando y que recoge los poemas de amor inspirados por su amada, ahora «Arabella». Una misiva anterior, de enero de 1924, informaba: «Estoy arreglando los originales de mi libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Hay allí muchas cosas para mi Pequeña lejana». Además, en mayo de 1925, el joven afirma: «que están en prensa mis libros Tentativa del hombre infinito y Caja de naipes, y Crepusculario, que los recibirá dentro de poco». El 9 de enero de 1927, desde la pensión de la calle Amunátegui de Santiago, Pablo anuncia la publicación de su último poemario —se trata de
