Cómo prosperar en la economía sostenible - John Thackara - E-Book

Cómo prosperar en la economía sostenible E-Book

John Thackara

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Beschreibung

Cómo Prosperar en la Economía Sostenible, Diseñar Hoy en el Mundo del Mañana, es una obra indispensable para comprender la relación entre diseño e innovación social en el necesario empeño por construir un futuro sostenible. A partir de toda una vida de viajes en busca de alternativas reales, Thackara describe cómo todas las comunidades del mundo están cambiando hacia una mejor economía a partir de cero. Cada capítulo trata sobre formas creativas para hacer frente a necesidades importantes como la restauración de la tierra, con la que compartimos hogar, agua, alimentos... La lectura de estos ejemplos habla positivamente de una economía sostenible, dejando de lado la obsesión con los aspectos materiales. El libro describe las prácticas sociales, desde las pequeñas cosas a todo lo que nos rodea y nunca reparamos en ello. El crecimiento, en esta nueva economía, significa el cuidado del suelo, biodiversidad, cuencas hidrográficas, para generar una economía más saludable y resistente. Poniendo foco en valores que sostengan la administración y la salud, en lugar de la extracción y la decadencia.

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Seitenzahl: 390

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cómo prosperar en la economía sostenible

Consejo Editorial

Director

Dr. Marcelo Leslabay

Juli Capella

Dr. Manuel Bañó

Ezio Manzini

Santiago Miranda

Dr. Eugenio Vega

Cómo prosperar en la economía sostenible

Diseñar hoy el mundo del futuro

John Thackara

Experimenta Theoria

Título original:

How to Thrive in the Next Economy

Primera edición en Experimenta Theoria: noviembre, 2016

© 2015, Thames & Hudson.

© 2016, de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Experimenta Editorial

Calle Investigación, 7, Pol. Ind. Los Olivos.

28906 Getafe, Madrid, España

www.experimenta.es

© 2016, Eugenio Vega Pindado, por la traducción

Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Diseño de portada: Fidel López

Fotografía de portada: Ethan Daniels / Shutterstock fotos

De la edición impresa:

ISBN: 978-84-944817-2-2

Depósito Legal: M-40087-2016

De la edición electrónica:

e-ISBN: 978-84-18049-29-3

Digitalización: Proyecto451

Índice de contenido

Portadilla

1. Cambio: de hacer menos daño, a dejar las cosas mejor de lo que están

Energía

Dinero

Crecimiento

Riesgo

La brecha metabólica

2. Tierra: de sanar el suelo, a pensar como un bosque

Sanar la Tierra

Lo que importa es el paso del tiempo, no el número de animales

Pensar como un bosque

Biorregiones

Administración sostenible y mayordomía

Suelo y alma

3. Conservar el agua: de recoger la lluvia a recuperar los ríos

Sistemas urbanos de drenaje sostenible (SUDS)

La recuperación de los ríos

Hígados verdes

Un millón de cisternas

Administración ecológica del agua

Escala biorregional

El agua como sistema ecológico y social

Del tiempo cronológico al tiempo ecológico

La sabiduría del agua

4. Vivienda: de levantar el pavimento urbano, a los caminos de polinización

Naturaleza de arriba abajo

Wild City

Alimentación informal

También los suburbios

¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!

Exceso de construcción

La ciudad pastiche

Aprendiendo del Sur

Caminos de polinización

Recuperando la ciudad

Construcción de lugares (Place Making)

5. Alimentación: de la agricultura social, al bien común

Alimentar al mundo

Más allá de la almendra sedienta

Conexión arriba abajo y de abajo arriba

Regreso al futuro

Un nuevo metabolismo

Distribución colaborativa

Agricultura social

Alimentos como bien común

6. Ropa: del barro a la camisa y del suelo a la piel

Causar menos daño

Mantén tus cosas vivas

Del suelo a la piel

Almacenes de piel, también

La tierra antes que la “economía”

Redes de fibra textil

7. Movilidad: De hacer portes en dos ruedas, a la conmutación en la nube

¿Es la movilidad una necesidad básica?

Historia de dos trenes

El verdadero coste de la infraestructura

La compresión espacio-tiempo

No solo es espacio vacío

¿Me hará sudar?

Ciudades que cuentan calorías

Tránsito masivo

Pueden ser baratas, pero ¿son limpias?

Innovación distribuida

De la locura a la gobernanza

Desplazamientos en la nube

El turismo, también

El viaje para “dejar las cosas mejor” de lo que están

8. Salud: del tratamiento médico al cuidado, del yo al nosotros

El pico de la obesidad

El complejo industrial médico

Salud del 5%

Dando la vuelta a la pirámide

Salud peer to peer

Médicos y demencia

Abuelas abandonadas en la montaña

9. Bien común: de la moneda social al arte de recibir

Desvío del dinero

Buen Vivir

En común

El derecho de la naturaleza

Un nuevo concepto del mundo

10. Conocimiento: de cómo ver a cómo comportarse

Desierto de lo real

Comunicación medioambiental

Nuevas formas de conocimiento

En conexión

La mente salvaje

Estar allí

Cómo se produce el cambio

Nuestro animado mundo

11. Referencias e índices

Bibliografía

Agradecimientos

A propósito de un nuevo libro de John Thackara

¿Qué será de la tierra fértil si seguimos consumiéndola al ritmo actual (en el que perdemos tres o cuatro toneladas por persona y año)? ¿Cómo podemos alimentar a una población de siete mil millones de personas (y que necesariamente se incrementará en dos o tres mil millones en los próximos decenios)? ¿Quién se hará cargo de los ancianos enfermos, cuando las estadísticas, que no dejan lugar a dudas, señalan que en los próximos años serán decenas de millones, cuando, de aquí a 2030 se duplique en Europa el número de mayores de 75 años, la mitad de los cuales vivirán solos y un alto porcentaje sufrirá algún tipo de demencia? Preguntas como estas son, a un tiempo, prácticas y filosóficas. Y son tan fundamentales e inquietantes que la mayoría de nosotros prefiere no pensar en lo que conllevan.

John Thackara sin embargo, no solo discute con datos y pruebas científicas las causas que provocan estos interrogantes, sino que apunta lo que podrían ser las respuestas. Y esas respuestas no son sorprendentes soluciones basadas en las tecnologías del futuro, ni iniciativas que requieran genios sociales sin precedentes para su ejecución. Son propuestas que se basan en formas viables de hacer y de ser. Tanto es así que muchas ya se han puesto en práctica. Este es el mensaje del libro: un mensaje urgente (por la propia naturaleza de los problemas), oportuno (porque lo que propone como solución, es hoy factible) y, en última instancia, esperanzador (porque, aunque quede casi siempre fuera de la atención de los medios de comunicación, son cada vez más quienes se mueven en esa dirección resiliente y sostenible).

Lo que ofrece el libro es, por tanto, un conjunto de orientaciones para hacer frente a problemas complejos: soluciones que mezclan las habilidades propias el sentido común y las formas de hacer tradicional, con las nuevas tecnologías, algo que puede parecer sencillo. Así, por ejemplo, la respuesta al consumo de suelo fértil y a cómo alimentar a una población creciente es, en última instancia, la misma: apoyar las actividades de los pequeños agricultores que aplican los principios de la agricultura ecológica, la integración del conocimiento antiguo y nuevo (que puede regenerar la fertilidad del suelo y producir en abundancia, así como proporcionar trabajo y dignidad a cientos de millones de personas). Del mismo modo, con una población que envejece, la demencia terminará siendo una enfermedad habitual, y ante la demanda de atención que provoca, la respuesta radica en el apoyo a los cuidadores que, con empatía y dedicación, tratan a diario con ancianos y enfermos. Parece sencillo y en cierto modo lo es porque todo lo que se necesita para ello ya existe; basta con desearlo y hacerlo. En la práctica, sin embargo, sabemos que la aplicación de soluciones basadas en estas ideas no será fácil.

El principal obstáculo práctico es que esos pequeños agricultores y cuidadores no contribuyen al negocio de las grandes empresas (y por ello son objeto de un intenso boicot). No solo eso. Con el actual modelo económico estas soluciones no parecen sostenibles. Y en efecto, su existencia no se adapta a lo que, en general, se espera de algo que sea “moderno”, no se corresponde a la idea de progreso que, a pesar de la evidencia de su crisis, sigue siendo dominante.

¿Y entonces qué hacer? Deben dejarse de lado, no solo los antiguos modelos económicos sino las viejas ideas de desarrollo y progreso. Y ponerse a imaginar, a pesar de los desastres a los que asistimos, formas de ser y de hacer que permitan que nuestra inteligencia y nuestra creatividad se muevan en la dirección correcta. Hoy día, a pesar de la situación catastrófica en que nos encontramos, se hace necesario aplicar este principio simple pero revolucionario: actuar de manera que al final de cualquier acción, el mundo tenga mejor salud que la que tenía previamente. ¿Qué significa esta reorientación radical para aquellos que en estos años han decidido operar en la dirección de la economía verde? Expreso esta idea con las propias palabras de Thackara: esta reorientación supone un cambio que va “de hacer menos daño, a dejar las cosas mejor de lo que estaban”.

¿Se puede conseguir este objetivo? Sí. No solo es posible, sino que más gente de la que imaginamos lo está haciendo ya. Para muchas comunidades premodernas esta manera de actuar tiene que ver directamente con la tradición. Sin embargo, para muchas personas y comunidades es el resultado de una elección consciente. Una alternativa que, al combinar conocimientos tradicionales con otros nuevos, produce redes socio-técnicas sin precedentes.

Aunque a menudo se inspire en conocimientos y prácticas tradicionales (como se observa en tantas partes del mundo) el libro está muy lejos de representar un punto de vista nostálgico. No propone una vuelta al pasado del mismo modo que no sueña con un salto hacia un futuro tecnológico. Es un libro realista que examina los principales problemas con los que nos enfrentamos en la actualidad, y busca soluciones que puedan ponerse en práctica, dondequiera que sea: en los laboratorios más avanzados, o en las culturas y las prácticas tradicionales de un pueblo indio. De esta libre combinación de ideas surge un nuevo mundo, sin sujeción a las tendencias tecnológicas y económicas dominantes; pero sin sometimiento a las limitaciones que suponen la tradición que acata el mito moderno (que, haciendo uso de las propias palabras de Thackara, se resume en la frase: “la biosfera es un repositorio de recursos para impulsar un crecimiento sin fin”); un mundo que ve el futuro en forma de metarrelatos donde los humanos ya no son el centro del universo, sino que se reconocen como parte de él, como parte de un planeta con el que viven (y no sobre el que viven).

Este es un libro optimista. Un optimismo basado en la idea de que son muchos los seres humanos que pueden obrar de acuerdo con el sentido común. Y que ese sentido común, al final, puede prevalecer. Por supuesto, viendo lo que sucede, es evidente que esa confianza pueda ser escasa: el sentido común parece un bien escaso. Pero el optimismo de Thackara no es solo una actitud personal; se deriva del creciente número de personas y organizaciones que en la actualidad se mueven fuera de esa jaula que constituye el sistema dominante (y su inseparable crisis). Pero no solo por eso. También se basa en una teoría sólida del cambio, según la cual los grandes sistemas se modifican a partir de una multiplicidad de transformaciones no planificadas que se producen en todas las escalas; en primer lugar, en el comportamiento molecular de los individuos y las organizaciones.

Dicho esto, ¿por qué el título del libro habla de la economía que está por venir y el subtítulo incluye la palabra diseño? Es evidente que Thackara utiliza ambos términos de una manera inusual: la economía a la que hace referencia está bien lejos de los modelos económicos dominantes. Es una economía entendida en el sentido que apuntan las raíces griegas oikos y nomia: el arte de la administración de la casa, lo que incluye a los seres humanos, a los otros seres vivos y a todo el planeta. Una economía que sabe cómo hacer referencia al territorio y que es capaz de regenerar los bienes comunes.

Por otro lado, el diseño evocado en el subtítulo no tiene que ver con el diseño del siglo XX, vinculado al ámbito de los productos industriales y practicado solo por profesionales con experiencia. El diseño del que trata tiene más que ver con una capacidad generalizada, con un diseño difuso, necesario para concebir y poner en práctica los nuevos sistemas socio-culturales. Una actividad para la concepción y realización, tal como practican los diferentes actores sociales, apoyada o no por el diseño, que experimente con ellos para saber dialogar, escuchar y que sea capaz de aportar su cultura específica.

¿Va a suceder todo esto? Si tenemos en cuenta el pensamiento dominante y miramos solo lo que resulta obvio, podría pensarse que no. Pero mirándolo mejor, quizá podamos decir que tal vez sí. Para que esto ocurra, es necesario involucrarse y asumir riesgos. Y en ese aspecto Thackara no pronuncia sermones moralistas; no dice a los demás cómo deben vivir, pero, sin embargo, nos da su ejemplo personal. Y no solo porque entre líneas de lo que escribe podemos verlo mientras produce compost o se ocupa de un familiar viejo y enfermo, sino también por el método valiente y arriesgado que adopta en la construcción de este libro y del que nos permite participar.

De hecho, Thackara declara con frecuencia, de una forma casi ingenua, que trata temas de los que, hasta hacía bien poco, no sabía nada, o casi nada. Pero, una vez expresado ese interés, se dedica a buscar información, acepta una idea y de ella surgen las preguntas.

Esta forma de hacer, no demasiado evidente, pero presente en muchas páginas del libro, señala algo importante: estamos inevitablemente mal informados ante la complejidad del mundo. No todos, ni siquiera aquellos que son expertos en algo pueden serlo en todo. Al tomar conciencia de ello lo que propone Thackara no es el conocimiento experto, sino el conocimiento proyectual: una forma de entendimiento que nos permita hablar con distintos expertos para centrarnos en las preguntas básicas, para vislumbrar posibles respuestas, aún sabiendo que podemos equivocarnos. Y por tanto, preparados, en caso de que la retroalimentación del entorno nos lleve a detectar errores, para asumirlos y cambiar de rumbo.

Ezio Manzini

1. Cambio: de hacer menos daño, a dejar las cosas mejor de lo que están

En un cruce polvoriento de la larga carretera que une Kanpur con Lucknow en Uttar Pradesh, en la India, nos topamos con una enorme pantalla de video colocada en la parte posterior de un camión de caja plana. Mirábamos atónitos las imágenes junto a una docena de aldeanos, otros cuatro que iban en bicicleta y una vaca. La parte izquierda de la pantalla mostraba el paisaje cálido, polvoriento y miserable de las orillas del Ganges en cuya vasta y fértil llanura nos encontrábamos. La parte derecha dejaba ver un futuro prometedor: ciudades activas, líneas de montaje robotizadas y trenes de alta velocidad. A esta secuencia con el antes y el después de tan gran transformación, seguía un video a pantalla completa donde brotaban, como setas de verde hierba brillante, bloques de apartamentos generados por ordenador en ambas orillas del Ganves. “Bienvenidos a Trans-Ganga HighTech City”, decía una voz en off.

“¡Que la suerte esté siempre de vuestra parte!” murmuraba mi joven compañera. “Estos son unos verdaderos Juegos del Hambre!”, explicaba, y a continuación describía una película que todos habían visto excepto yo, (1) en la que una joven llamada Katniss vive en una nación distópica y postapocalíptica. Cada año el Capitolio, donde habitan los ricos, afirma su poder sobre las regiones pobres que la rodean con la organización de los Juegos del hambre, una competición donde niños y niñas de esas zonas más pobres, seleccionados por sorteo, compiten hasta la muerte en una batalla televisada. Supe así que la frase “¡Que la suerte esté siempre de vuestra parte!” es la que pronuncia el espeluznante gobernador cuando inaugura unos juegos donde todos los competidores, menos uno, terminan muriendo.

Trans-Ganga, una ciudad High Tech, se asemeja demasiado a esos Juegos del Hambre: luminosa, cerrada, rodeada de problemas sociales y paisajes degradados. Trans-Ganga es una de las cien ciudades de la India que quieren construir los promotores urbanísticos en esa tierra verde de pequeños agricultores y biodiversidad. Prometen a los inversores leyes especiales para garantizar que millones de indios pobres queden “excluidos de los privilegios de tan gran infraestructura”. (2) Si ya esos impactos físicos y sociales son bastante inquietantes, lo que realmente pone al límite el nivel de ansiedad son las nítidas y alegres voces que proclaman en las pantallas que estas iniciativas son por el bien de todos. Cuando alguna voz se alza para protestar por los efectos negativos de esos planes, las mentes más luminosas culpan a los perdedores de su propia desgracia: ¡Conseguid un trabajo! ¡Esforzaos más! ¡Que la suerte esté siempre de vuestro lado!

Las palabras que elegimos son importantes porque tratan de dar sentido a los nuevos tiempos. Así, lo que en el hombre es reducción energética (3), en la mujer es transición energética (4). Hablar de una crisis inminente, da miedo, pero darse cuenta de que la crisis ya está en marcha, no tanto. El final del crecimiento suena duro, pero no es el final de la vida. El colapso de la civilización es una perspectiva aterradora, pero el nacimiento de otra nueva pone las cosas bajo una luz diferente. El físico italiano Ugo Bardi, que se tiene a sí mismo por un científico estoico, bromeaba: “después de todo, ¿en qué consiste el hundimiento de la civilización, aparte de que sea un período en el que las cosas cambian con más rápidez de lo normal?”. (5)

La visión apocalíptica se expresa con un lenguaje de peligro y colapso. La civilización industrial está a punto de estallar, dicen los “catastrofistas”. Para ellos, lo mejor que podemos hacer es echarnos al monte con un camión cargado de armas y comida de sobra. En el otro extremo, los optimistas aficionados a la tecnología confían en que las soluciones artificiales nos permitirán seguir como de costumbre en poco tiempo. Y ¿qué pasa con el resto de nosotros? La mayoría de quienes conozco están preocupados por lo que sucede pero guardan silencio; piensan menos en el colapso de la civilización que en buscar trabajo o en dar de comer a sus hijos. Sin embargo, tanto ellos como nosotros nos sentimos cada vez menos seguros. No ayuda mucho que los medios de comunicación estén saturados de fatuos consejos acerca de lo que debemos hacer: ¿conducir un Tesla? (6), ¿cambiar una bombilla? Nos hace falta un descanso.

Este libro es ese necesario tiempo muerto. Sus páginas hablan de un tercer movimiento social que surge en paralelo a la crisis global, mucho mayor que el integrado por esos catastrofistas dispuestos a empuñar un rifle, o por quienes sueñan con la tecnología verde. Este movimiento queda fuera de los medios de comunicación, pero incluye cada vez a más grupos activos. Muchas comunidades de todo el mundo impulsan en silencio una economía alternativa a partir de cero. Como puede leerse en los capítulos que siguen, esto incluye ángeles energéticos, magos del viento y administradores de las cuencas hidrográficas. Hay también planificadores biorregionales, historiadores ecológicos, ciudadanos forestales, removedores de presas, restauradores de ríos, recolectores de lluvia, agricultores urbanos, banqueros de semillas y maestros conserveros. Conoceremos también a desmanteladores de edificios, reacondicionadores de bloques de oficinas y recolectores de grano.

Hay pintores naturales y fontaneros verdes, renovadores de remolques y corredores de acciones de la tierra. El movimiento implica a recicladores informáticos, re-mezcladores de hardware y recicladores textiles, y se extiende hasta los diseñadores de moneda local. Y cuenta también con médicos comunitarios, cuidadores de ancianos y maestros de la ecología.

Para la inmensa mayoría de la gente sobre la que escribo los cambios son consecuencia de la necesidad, no de un estilo de vida libremente elegido. Pocos de ellos luchan por el poder político o por presentarse a las elecciones. Se agrupan en el marco de una economía social y solidaria. Esos diferentes grupos y movimientos tienen nombres como Ciudades en Transición, Compartible, Peer to Peer, Decrecimiento o Buen Vivir. Entre ellos se incluyen FabLabs, espacios para hackers o el movimiento maker. (7) Algunos se han hecho cargo de edificios abandonados: castillos, aparcamientos, puertos, muelles, hospitales o antiguos emplazamientos militares. Hay organizaciones que hacen campaña, ya sea por la slow food, los derechos de la naturaleza o la conservación de las semillas, por no hablar del biorregionalismo y la comunización. (8) Y su número crece. Hasta un 12 % de los ciudadanos económicamente activos en Suecia, Bélgica, Francia, Holanda e Italia trabajan en algún tipo de empresa social, aparte de la enorme cantidad de trabajo no remunerado que ya se practica en el hogar y en la economía solidaria.

Aunque estos proyectos sean muy diversos, todos ellos actúan, en expresión del escritor español Amador Fernández-Savater, como “mensajeros de una nueva narración del mundo”. (9) Un hilo verde da vida a toda esta historia: el reconocimiento de que nuestra vida depende de las plantas, los animales, el aire, el agua y los suelos que nos rodean. La filósofa Joanna Macy describe la aparición de este nuevo relato como el “Gran Cambio”, una profunda transformación en la manera en que percibimos lo que somos y un despertar ante el hecho de que no podemos ser ajenos a la Tierra entendida como un complejo formado por sistemas vivos. (10) Desde los virus sub-microscópicos a las vastas redes del subsuelo que soportan los árboles, este nuevo relato ve a la Tierra entera animada por interacciones complejas entre las formas vivas, las rocas, la atmósfera y el agua. Explicado así, tanto por la ciencia como por la filosofía, no puede contemplarse el planeta como una reserva de recursos inertes. Al contrario: los suelos sanos, los sistemas vivos y las maneras en que podemos ayudar a regenerarlos ofrecen un “por qué” a la actividad económica que no aparece en el relato dominante. El tipo de crecimiento que tiene sentido en esta nueva historia, es la regeneración de la vida en la Tierra.

La noción de una economía viva puede sonar muy poética pero algo vaga. ¿Dónde está su manifiesto?, se preguntará cualquiera, ¿quién está al frente de todo eso? Pero son preguntas pasadas de moda. El relato que hace Macy, una transformación que, por otra parte, se manifiesta de forma tranquila, es coherente con la manera en que los científicos explican cómo cambian los sistemas complejos. Cuando se acumulan muchas alteraciones, intervenciones y perturbaciones a lo largo del tiempo, el sistema alcanza un punto de inflexión; de pronto, en un momento que es difícil predecir, una pequeña descarga de energía desencadena una liberación aún mayor, o un cambio de fase, y cambia todo el sistema en su conjunto. La sostenibilidad, en otras palabras, no es algo que pueda ser dirigido o exigido a los políticos; es una condición que emerge a través de pequeños incrementos, pero que supone un cambio brusco en muchas escalas diferentes. “Todas las grandes transformaciones han sido impensables hasta que finalmente han tenido lugar”, confirmaba el filósofo francés Edgar Morin. “El hecho de que un sistema de creencias esté profundamente arraigado no quiere decir que no pueda transformarse”. (11)

Este es un libro optimista, pero no de una manera ingenua. Si debo convencer a alguien de que lo que está por venir es el presagio de esa nueva economía que necesitamos de forma tan urgente, debo analizar antes las poderosas pero ocultas razones por las que no es posible volver a la normalidad.

Energía

En 1971 un geólogo llamado Earl Cook evaluó la cantidad de energía “obtenida del medio ambiente” por distintos sistemas económicos. (12) Cook descubrió que quien vive en una ciudad moderna necesita unos 230.000 kilocalorías diarias para que su cuerpo y su alma sigan unidos. Cifras llamativas si se comparan con las del cazador-recolector de diez mil años atrás que necesitaba unas 5.000 kilocalorías cada día para salir adelante. Esa brecha entre vidas simples y complejas se ha ampliado a un ritmo acelerado desde 1971. Si se tienen en cuenta los sistemas, las redes y los artefactos que forman la vida moderna (coches, aviones, fábricas, edificios, infraestructura, calefacción, refrigeración, iluminación, comida, agua, hospitales, sistemas de información y sus correspondientes gadgets), un neoyorquino o un londinense de hoy “necesitan” sesenta veces más energía y recursos que el cazador-recolector de antaño. Dicho de otro modo: los ciudadanos estadounidenses gastan en la actualidad más energía y recursos físicos en un mes de la que necesitaron nuestros bisabuelos durante toda su vida.

Si pensáramos racionalmente, todo esto nos parecería alarmante, pero no lo hacemos. Simplemente ignoramos el hecho de que todas estas “necesidades” dependen de flujos crecientes de energía barata e intensa. Las creencias nos dicen una cosa, pero las matemáticas y las leyes de la física sugieren todo lo contrario. El crecimiento exponencial de cualquier cosa tangible o del consumo de energía no puede continuar de manera indefinida en un universo finito. Como explica con paciencia Tom Murphy, profesor de física norteamericano, incluso si la tasa futura de crecimiento energético en nuestra economía se redujera a un nivel inferior al actual, seguiríamos multiplicando esas cifras por 10 cada 100 años; en 275 años llegaríamos a 600 veces nuestras cifras actuales de consumo. Sin duda, puede argumentarse que el crecimiento económico no depende del crecimiento de la energía y que podría seguir a ese ritmo hasta el infinito. Pero no es así. El dinero que se multiplica produce siempre impactos físicos en la economía de la Tierra. “La energía es la capacidad para trabajar; es el elemento vital de cualquier actividad”, explica el profesor Murphy. “Pensemos en ello: mantener un crecimiento del PIB de forma indefinida a partir de una dieta fija de energía significaría que cualquier cosa que requiera energía se convierta en una parte cada vez menor del PIB, hasta que alcance un valor insignificante. Pero la comida, el calor y la ropa nunca serán necesidades insignificantes. Hay mucho sitio para las actividades económicas que utilizan menos energía, pero eso no es lo mismo que reducir la intensidad energética a cero”. (13) Es imposible un crecimiento indefinido del PIB. (14)

El mundo no está en riesgo de quedarse sin energía, ni a corto, ni siquiera a medio plazo. En rigor no nos enfrentamos a una crisis de la energía sino a una crisis de la exergía, (15) es decir, nos enfrentamos a la escasez de una energía muy concentrada y fácil de obtener que pueda utilizarse sin problemas para impulsar la actividad económica. En su forma más dinámica, la economía termo-industrial creció gracias a un petróleo que, si no brotaba literalmente del suelo, se extraía sin esfuerzo mediante máquinas movidas igualmente por petróleo. Desde entonces, hemos esquilmado los combustibles de fácil acceso y la extracción de energía se hace más difícil y más cara cada año. Para empeorar las cosas, este mundo hecho por el hombre se ha vuelto mucho más complicado; basta pensar en todas las redes informáticas, los sistemas aéreos y los sofisticados hospitales que para mantener “el sistema” en funcionamiento usan más energía de lo que hubiera sido necesario hace apenas una generación por un servicio más sencillo pero igualmente eficaz para cualquiera de nosotros.

Con el ánimo de saber por donde van los tiros fui al Palacio de Westminster en Londres. Habían invitado a Charles Hall, un profesor de ecología norteamericano, a que diese una conferencia sobre el retorno energético por energía invertida (Energy Return on Energy Invested, EROEI). Según decía, el principio central de esta idea es que se necesita energía para obtener energía, y si ese proceso supone un gran esfuerzo, y por tanto, un coste importante, no se invertirá en ello y no será posible disponer de la energía necesaria que haga funcionar el sistema. El profesor Hall nos mostró cómo a través del tiempo ha variado el número de barriles de petróleo que se obtienen para la actividad economía, por cada barril invertido en la extracción:

1930

1:100

1970

1:25

1990

1:15

Hall señalaba que la mayoría de las soluciones energéticas que se pregonan hoy día, desde las arenas bituminosas en Alberta a los paneles solares en España son inferiores al umbral 1:15 por debajo del cual la inversión nunca es rentable. Y para concluir señalaba que “no se puede tener una economía sin energía. ¡La energía hace que funcione el sistema!”, y recordaba a Tom Murphy cuando añadía que los “combustibles de mala calidad significan un crecimiento de mala calidad”. Nunca olvidaré el silencio que siguió a su exposición. En ese momento, un veterano miembro del Parlamento se puso de pie, agradeció el profesor Hall su “interesante presentación” y añadió, “pero, por supuesto, para un político electo, reducir la riqueza es algo imposible de vender”, y se sentó. A continuación, el profesor Hall, el científico, dijo que él era un hombre de números, que no era un político, y se sentó, también. Finalmente, nos fuimos todos a casa.

Los optimistas de la tecnología creen que la energía renovable propiciada por la innovación nos permitirá seguir como siempre, pero están abocados a una gran decepción. Casi todos los planes para una transición a las energías renovables parten de un error esencial: consideran las “necesidades” energéticas como algo fijo, calculan la cantidad de fuentes de energía renovables necesarias para satisfacerlas, y luego, bueno, todo se olvida. Los optimistas de la energía verde no tienen respuesta para esta incongruencia lógica: se necesitan cantidades astronómicas de combustibles fósiles, y de dinero, para implementar sistemas de energía “verde”: hacen falta 200 kilómetros de cobre para la turbina de un molino de viento, por poner un ejemplo. Habría muchos menos aerogeneradores de los que existen si tuvieran que fabricarse, instalarse y mantenerse gracias a energía exclusivamente eólica. Adaptar los sistemas energéticos a una dimensión que permitiera el funcionamiento de la actual sociedad industrial, haría necesaria una gran inversión de materiales, dinero y esfuerzo organizativo que no sería posible en la crisis que vivimos con su deflación global. Gail Tverberg, actuario y blogger, decía sin rodeos: “Más allá de las matemáticas, de la termodinámica o de la simple lógica, la falta de liquidez para invertir en infraestructuras terminaría con el sistema”. (16)

En comparación con las leyes de las matemáticas, la física y el sentido común, nuestra creencia en una economía de energía intensiva que se expande hasta el infinito en un mundo finito, parece irracional. Aunque una expresión más adecuada sería fuera de control. Muchas personas inteligentes piensan que el crecimiento no parará nunca porque es lo único que han conocido en su vida. Creen en lo inevitable del progreso, porque las cosas siempre han sido así. Creen que deben tomarse decisiones audaces sin tener en cuenta las consecuencias, porque no ha habido consecuencias negativas, o mejor dicho, ninguno las ha experimentado personalmente. Creen que el hombre es un ser especial y que el progreso es imparable, porque ninguna experiencia les ha dado motivos para pensar lo contrario. Estos mitos fundacionales de la edad moderna (la razón, el progreso, el dominio sobre la naturaleza) no son otra cosa que narraciones alimentadas por el petróleo. En la década de los cincuenta, cuando Milton Friedman expuso el pensamiento económico que ha dominado el discurso político hasta hoy, se podía comprar un barril de petróleo por tres dólares y medio.

Dinero

Los pronósticos sobre el pico de la energía (17) son controvertidos. Aunque cada vez más gente tiende a culpar a los banqueros de nuestros problemas económicos, es una acusación mal dirigida. Esos hombres y mujeres tan trajeados pueden resultar antipáticos, es cierto, pero son más prisioneros de un sistema ineficaz que dueños, en este caso, del dinero. Y el destino del sistema monetario está ligado íntimamente a la suerte de la energía; el dinero y la energía deben considerarse como dos caras de una misma moneda.

Antes de escribir este libro, creía vagamente que la tarea de los bancos era recoger depósitos y ahorros de un montón de gente y dejar esos recursos a otras personas en forma de préstamos, hipotecas y tarjetas de crédito. Pero de ningún modo esto es así. Aunque los banqueros describan su negocio principal como “prestar” dinero, lo que realmente hacen es crearlo. Cuando cualquiera de nosotros pide dinero a un banco, y el banco dice que “transfiere” fondos a nuestra cuenta, esos fondos no salen de ninguna caja fuerte, ni siquiera llegan mediante una comunicación de otro sitio. El dinero se crea en ese momento, y solo una pequeña fracción está respaldada por activos como pueden ser las escrituras de una casa, o un lingote de oro bien guardado en una cámara acorazada. En la mayoría de los casos hacen préstamos cuando les parece. Y lo que es más curioso, a pesar de que usted y yo recibamos dinero para que lo gastemos, esos préstamos se registran en los balances de los bancos como activos. La razón parece estar en que el interés del préstamo que debemos pagar representa un flujo constante de ganancias para ellos. Y debido a que muchos banqueros cobran mediante comisiones sobre esos nuevos préstamos, es un incentivo más para prestar tanto como puedan.

Cuando la economía crece, esta peculiar manera de funcionar no tiene mayor importancia: como la gente compra más cosas, con frecuencia mediante el crédito bancario, y como las empresas piden dinero para aumentar su producción de bienes, los intereses de los préstamos concedidos se pagan sin problema. Pero cuando el crecimiento económico se estanca, por ejemplo, porque hay menos energía barata para impulsar el crecimiento, deja de entrar dinero en el sistema y comienza un destructivo círculo vicioso. No se pagan los intereses de los préstamos, se multiplican los impagos, se pierden puestos de trabajo, la gente gasta menos, las empresas no piden tantos créditos, llega menos dinero a la economía y la crisis de la deuda se vuelve más intensa.

Esta lógica “de que nada es como parece” propia del sistema monetario se hace más difícil de entender por los inefables números que se utilizan para describirla. En el momento de escribir estas líneas, se estima que toda la deuda global rondaría los 200 billones de dólares. Pero ¿qué significa esa cifra? Bueno, veámoslo de la siguiente manera: imaginemos un gobierno mundial que, hipotecado con esa deuda de 200 billones de dólares, decidiera devolverla a razón de un dólar por segundo. Pagar un millón a ese ritmo llevaría 11,5 días; pagar 1.000 millones, 32 años; pero para pagar los 200 billones, a razón de un dólar por segundo, serían necesarios seis millones y medio de años. (18) Esta es la razón, junto con la crisis energética, por la que por mucho que quisiéramos las cosas no podrían volver a ser como antes. No es posible. Como explicaba Gail Tverberg, “un modelo de crecimiento económico infinito obliga a que la rueda del hámster gire cada vez más deprisa, hasta que el hámster reviente”. (19) Culpar a los banqueros de la inminente muerte del hámster no es otra cosa que desconocer que lo que hace girar la rueda es el sistema que forman la energía y el dinero.

Crecimiento

Si el esfuerzo maníaco por el crecimiento fuera solo cosa de números, podríamos considerarlo como una idea equivocada pero inofensiva. Sin embargo, el dinero no es solo una abstracción. Como ya han explicado los profesores Murphy y Hall, el dinero hace que se lleve a cabo el trabajo en el mundo real. Cuando un sistema crece para sobrevivir, pero fomenta trabajo destructivo, las consecuencias son catastróficas.

Me di cuenta de esta sombría consecuencia en una reunión con 200 gerentes de sostenibilidad de un famoso gigante de la producción de muebles para el hogar en Suecia. Durante veinte años de duro trabajo por la sostenibilidad, esta empresa ha llevado a cabo miles de iniciativas que se registran en una “lista interminable” de mejoras rigurosamente probadas. El repertorio es sorprendente, incluso admirable, con excepción de un hecho: lo único que no se han planteado es dejar de crecer. Al contrario: se han comprometido a duplicar su tamaño en 2020. Para esa fecha, el número de clientes que visiten sus inmensos almacenes cada año pasará de los 650 millones de visitantes actuales a 1.500 millones. ¿Y por qué? El alto directivo que informó en nuestro encuentro sobre este plan situó este crecimiento en su contexto: “El crecimiento es necesario para financiar las mejoras de sostenibilidad que queremos llevar a cabo”.

Podemos ver con más claridad el error fatal de este argumento si hablamos de la madera. Esta empresa, que es el tercer mayor consumidor mundial de esta materia prima, ha prometido que en 2017 la mitad de toda la que utilice será o bien reciclada, o procederá de bosques gestionados de forma responsable frente al 17 % actual. Sin duda el 50 % supone un gran avance frente al 17 %, pero también plantea la pregunta: ¿qué pasa con la otra mitad de la madera? Como la compañía duplica su tamaño, esa segunda cantidad, esa mitad no certificada, esa mitad de origen no fiable, será pronto dos veces tan grande como toda la madera que ahora utiliza. El impacto de la voracidad de esta empresa sobre los recursos forestales será terrible. Las personas inteligentes y comprometidas que he conocido en Suecia, junto con los equipos de sostenibilidad en cientos de grandes empresas del mundo, se enfrentan a un terrible dilema: por mucho que trabajen, por muchas fugas que reparen en los ciclos de producción en los próximos años, el impacto negativo neto de las actividades de esas empresas en los sistemas vivos del mundo será aún mayor de lo que es hoy. Y todo por culpa de la tasa de crecimiento anual. No importa cuántas marcas proclamen que sus productos se verifican, se acreditan o certifican como sostenibles; mientras el crecimiento siga siendo la motivación principal de la empresa, cualquier promesa de dejar el mundo tan “inmaculado como sea posible” no se puede cumplir.

Si la falta de datos fuera el principal obstáculo, sería fácil encontrar ayuda. Tras un esfuerzo internacional amplio, un conjunto de herramientas de contabilidad conocido como Economía de los Ecosistemas y de la Biodiversidad (The Economics of Ecosystems and Biodiversity, TEEB), ha puesto precio a los servicios prestados por la naturaleza a la industria; y muchos gobiernos y empresas han aceptado esta propuesta. (20) Desafortunadamente, esta herramienta solo ha empeorado las cosas. La teoría decía que conocer el valor de los ecosistemas podría llevar a las empresas a cuidarlos mejor, pero los números que proporciona un instrumento como este han sido como la sangre en el agua: han llamado la atención de los inversores más depredadores. Los sistemas vivos (las cuencas hidrográficas, los minerales, los alimentos y la tierra) han terminado convertidos en activos “financieros” que, vistos como algo abstracto, no son más que nuevos objetos para la especulación. (21) Gracias al diseño, estos productos financieros contienen poderosos incentivos para que sus propietarios extraigan los activos a un ritmo acelerado. Esta mercantilización de la naturaleza ha dado lugar a un fenómeno no menos siniestro llamado “compensación de la biodiversidad”. Esto quiere decir que la destrucción de un ecosistema por la minería, por la exploración de tierras vírgenes o por una infraestructura de gran envergadura puede “compensarse” con la creación de un poco de naturaleza en cualquier otro sitio. (22) Una argucia así es ideal para las empresas que excavan minas o vierten hormigón porque proporciona trabajo a un ejército de los intermediarios, aunque el resultado para el suelo sea la destrucción acelerada del medio ambiente. La naturaleza es única y compleja. Algunos ecosistemas han necesitado cientos de años para llegar a su estado actual. La pretensión de que el hábitat puede recrearse como se quiera es otra idea falsa. (23)

Riesgo

Ninguna de las sombrías tendencias que he descrito anteriormente es una especulación catastrofista. Lloyds, en Londres, el epicentro en la gestión del riesgo global, ha advertido de que “es probable una crisis de suministro de petróleo a corto y medio plazo”. Para otro referente capitalista, el Foro Económico Mundial (WEF), el denominado peak oil, (24) el pico del petróleo es solo un elemento más en una guia sobre futuribles denominada Semillas de la distopia (Seeds of Dystopia). Lo más destacado de este entretenido informe es que incluye, entre otras cosas, una pandemia vírica asesina, una deflación inmanejable, una tormenta geomagnética que elimina Internet, una escasez mundial de alimentos y una “destrucción geofísica sin precedentes”. (25) Estos riesgos top trending “son una advertencia saludable acerca de nuestros sistemas más inestables” para el Foro Económico Mundial. Y no es el único en ocuparse de un panorama tan poco esperanzador. Lo que Global Risks hace por la economía, Global Trends 2030 lo hace por la geopolítica y la seguridad. (26) Este último informe, publicado por el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos, advierte de que “estamos en un momento crítico de la historia humana […] los desastres naturales pueden llevar a los gobiernos al colapso”. Los climatólogos y ecólogos refuerzan estas advertencias. El Centro de Resiliencia de Estocolmo (SRC), por ejemplo, ha delineado nueve “límites planetarios” para los sistemas esenciales de vida, más allá de los cuales no hay nada que hacer. (27) El mapa del SRC es lo suficientemente alarmante (ya hemos rebasado la línea roja en tres de esos nueve sistemas) pero solo presenta los riesgos conocidos. Aún más alarmante es la posibilidad de una denominada “sorpresa” ecológica, un cambio transformacional, en uno o más sistemas naturales o humanos que pudiera ser repentino, no lineal, y catastrófico. Noah Raford, en su calidad de investigador de sistemas complejos explica que una interconexión excesiva hace que los sistemas se vuelvan vulnerables a la “transición de fase”, una palabra que suena más suave de lo que probablemente significa. Cuando un sistema alcanza un estado crítico, explica Raford, “incluso un cambio pequeño puede conducir a la fluctuación masiva y al colapso”. (28) Sabemos que estos acontecimientos pueden ocurrir, pero no sabemos cuándo, no son predecibles.

Estas alarmas alimentan a la comunidad catastrofista, pero no todos están de acuerdo en que tengamos que tomar en serio tales peligros. Al contrario, las tendencias que para cualquiera de nosotros suponen un “riesgo”, para otros son oportunidades. Algunos seguidores de la tecnología ven el aumento de la interdependencia de los sistemas como una buena noticia; significa que nuestra economía está en un crecimiento evolutivo hacia un modo “postproductivo”. (29) Las fronteras y los límites son también un anatema para el Foro Económico Mundial; los riesgos se describen en sus fatalistas informes como “oportunidades de transformación” que debemos aprovechar para “mejorar el estado del planeta” y perseguir el “objetivo fundamental [...] de un futuro crecimiento”. (30) No hay ningún reconocimiento (ni una palabra) de que ese crecimiento económico pudiera ser posiblemente la causa de estas tendencias mortales para la biosfera. Simplemente se ignora el hecho de que un crecimiento exponencial en un planeta limitado contraviene las leyes básicas de la física y de la matemática. (31)

Esto no significa negar que la resiliencia, “la capacidad de recuperarse” como bien explica un libro, (32) sea una condición deseable. El problema es que mucha gente percibe la resiliencia, ya sea dinámica o de otro tipo, como una nueva variedad de la gestión de riesgos que brinda la oportunidad de continuar con la rutina de siempre. “No podemos evitar impactos en un mundo cada vez más complejo, lo único que podemos hacer es fabricar mejores amortiguadores”, decía un comentarista. La metáfora serviría sólamante si todo lo que nos rodea fuera una carretera asfaltada desfigurada por los baches, pero no es así. Esos “bultos” sobre los que conducimos parecen más bien los cuerpos, metafóricos o no, de los sistemas vivos.

La brecha metabólica

¿Por qué alguien podría llegar a considerar la posibilidad de hacer eso? Si esos poderosos individuos no son estúpidos, entonces ¿por qué creen tan firmemente en un sistema que lleva al ecocidio? La explicación que parece más razonable es la existencia de una “brecha metabólica” entre el hombre y la Tierra. La idea es que una combinación de superficies pavimentadas y medios de comunicación omnipresentes nos ciega cognitivamente y nos impide ver la salud de los sistemas vivos de que formamos parte. (33) Como Timothy Morton expresa de forma tan elocuente, una buena manera de pensar acerca de la brecha metabólica es que “ya ha tenido lugar la catástrofe ecológica”. (34)

¿Puede repararse esa brecha metabólica? En un libro de 1962, The Structure of Scientific Revolutions, Thomas Kuhn introdujo el término “cambio de paradigma” para describir la forma en que las cosmovisiones científicas se someten periódicamente a una transformación radical en lo que parece a su vez un salto inesperado. (35) Estos “repentinos” cambios de paradigma en la visión del mundo duran años, a veces décadas, en las que los científicos perciben anomalías que no encajan con la tendencia dominante. ¿Es quizá inminente un cambio de paradigma en la forma de entender el “progreso” y la “economía”? ¿Hay motivos para ser optimistas y pensar que el mito moderno de que la biosfera es un repositorio de recursos para impulsar un crecimiento sin fin pueda ser sustituido por algo nuevo? En los capítulos que siguen propongo otra historia que, en efecto, nace ahora. Este nuevo relato describe una economía basada en la energía social, con el 5 % de los recursos actuales, que no solo sea posible sino que haga de este planeta un mundo mejor. Esta historia no trata de una futura utopía imaginada; se basa en medidas que se tomen hoy, que permitan impulsar una nueva narrativa. De acuerdo con el Consejo Alemán Asesor sobre Cambio Global (Wissenschaftliche Beirat der Bundesregierung Globale Umweltveränderungen), un importante organismo científico que asesora al Gobierno Federal alemán sobre “Megatendencias del Sistema Tierra”, se ha iniciado una “transformación global de los valores” en torno a estos principios. (36) Este pensamiento post-materialista no se limita a la sensibilidad verde del mundo rico. En Corea del Sur, México, Brasil, India y China, esta institución vio que una mayoría significativa de la gente “apoya medidas ambiciosas para la protección del clima” y que para lograrlo da “la bienvenida a un nuevo sistema económico”. (37) Aunque los valores descritos están aún en un estado “latente”, y a pesar de que numerosas leyes y mucha inercia institucional siguen siendo un obstáculo, su conclusión es que el cambio político y social es algo real que avanza cada día que pasa.

Esto plantea interesantes cuestiones: cabe preguntarse si es posible que tengan lugar profundos cambios de paradigma en las visiones del mundo de la ciencia, si las “sorpresas” ecológicas pueden transformar los sistemas naturales, como han demostrado los científicos, y si los actuales estados monolíticos pudieran mudar por la “multipolarización”, como predicen los think tanks militares. En ese caso, es seguro que el profundo desfase en los sistemas culturales de creencias abriría el camino a algo totalmente nuevo. Una consecuencia de todo ello anima a un cierto entusiasmo: cuando en la era de las redes, incluso las más pequeñas acciones pueden contribuir a la transformación del sistema, los esfuerzos apasionados pero insignificantes que hemos hecho hasta el momento no serán en vano. Es algo parecido a la imagen de un rompecabezas que aparece lentamente a medida que añadimos una nueva pieza.

1 . Nota de la traducción. Los juegos del hambre, originalmente The Hunger Games, es una novela escrita por Suzanne Collins y publicada en 2008 que gira en torno a la pobreza extrema, el hambre, la opresión y las consecuencias de la guerra en un escenario distópico. La trama se centra en un acontecimiento anual donde unos jóvenes deben luchar hasta morir en una contienda transmitida por televisión. Un año después sus derechos fueron adquiridos para llevar su argumento al cine con gran éxito de público.

2 . Vidyut, ‘Smart Cities or Cleverly Disguised Corporate Colonies?’, Aam janata, 14 de febrero de 2015, https://aamjanata.com/smart-cities-cleverly-disguised-corporate-colonies/

3 . Reducción energética: retener solo las notas esenciales de una vivencia o de su objeto. RAE.

4 . Transición energética: acción y efecto de pasar de un modo [energético} de ser o estar a otro distinto. RAE.

5 . Bardi, Ugo, ‘Tainter’s law: Where is the physics?’, Our Finite World, 27 de marzo de 2011, http://ourfiniteworld.com/2011/03/31/tainters-law-where-is-the-physics/

6 . Nota de la traducción: Tesla Motors es una compañía estadounidense creada en 2003 en Silicon Valley y dedicada al diseño, la fabricación y venta de coches eléctricos de gran potencia, aspecto deportivo y precios elevados. Los automóviles Tesla compiten en el mercado con modelos de Audi, BMW, Mercedes o Jaguar.

7 . Nota de la traducción. El movimiento maker es una cultura basada en la tecnología de la cultura Do It Yourself, o hágalo usted mismo. Existe una expresión en castellano para referirse a este concepto, cultura hacedora, que no ha alcanzado suficiente aceptación.

8 . Nota de la traducción. La ‘comunización’ supone la abolición de cualquier forma de propiedad sobre los medios de producción, ya sea privada o pública, que suprime tanto el trabajo asalariado como el dinero. En lugar de empresas, propone la administración en común de los recursos y de los servicios. Esta idea apareció a principios de los años setenta a partir de ciertos movimientos radicales de izquierda en Alemania, Francia e Italia para impulsar una nueva concepción del comunismo.

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