Como una rana en invierno - Daniela Padoan - E-Book

Como una rana en invierno E-Book

Daniela Padoan

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"Considerad si esta es una mujer | quien no tiene cabellos ni nombre | ni fuerzas para recordarlo | vacía la mirada y frío el regazo | Como una rana en invierno". Con estos descarnados versos Primo Levi, en el célebre comienzo de Si esto es un hombre, se dirige a los lectores evocando la imagen de una mujer despojada de su identidad, expoliada de su propio cuerpo, de su regazo en cuanto lugar donde se origina la relación con el otro. ¿Qué implicaba ser mujer en Auschwitz? ¿Qué supuso y cómo se llevó a cabo esta doble profanación del ser humano y de la feminidad como elemento generador de vida? A estas preguntas contesta Daniela Padoan mediante el testimonio directo de tres mujeres –Liliana Segre, Goti Bauer y Giuliana Tedeschi– que sobrevivieron al campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau. Sus recuerdos, plasmados en una narración dialógica lúcida e implacable, contribuyen a dar visibilidad a las vivencias de las mujeres, cuya voz, silenciada por el relato de la experiencia masculina, ha sido tradicionalmente relegada a los márgenes de la historiografía de la Shoah. Y sin embargo, tal y como se lee en el epílogo de este libro, "sin olvidar ni siquiera un instante que el objetivo de los nazis era eliminar del mundo a los judíos, fueran hombres o mujeres, afrontar la particularidad del sufrimiento y de los abusos padecidos por las mujeres, así como su específica forma de resistir y testimoniar, puede servir para ampliar el ámbito de la reflexión".

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Introducción:El velo desgarrado

 

 

Cuando preparamos este libro para que se imprimiera en Italia en el año 2003, pedí que mis consideraciones se publicaran en forma de epílogo: un texto auxiliar que apareciera a continuación de las voces de las testigos de Auschwitz. El editor me lo desaconsejó y me sugirió que escribiera la habitual introducción de la autora. Para mí, sin embargo, era evidente que mi «autoría» se subordinaba al texto, tanto que me sentía intimidada frente al libro mismo, por mucho que hubiera trabajado en él durante dos años y las palabras recogidas fueran el resultado de un continuo proceso de elaboración, muy alejado de lo que se entiende por entrevista. Conversación tras conversación, iba en aumento mi preocupación por restituir las palabras, los adjetivos, las inflexiones, las pausas y los silencios que emanaban desde un fondo de oscuridad intangible y precioso. Hasta que, sin que me diera cuenta, empezó a circular por mi cuerpo la misma sangre, la misma «leche negra» de la Shoah; y cada relato, cada ofensa que ellas padecían —incluso la más pequeña— me resultaba dolorosa e inaceptable, como si hubiera sido infligida a mi propia madre. Todo esto supuso para mí un crudo aprendizaje del mundo que me obligó a fijarme en las profundidades criminales de nuestra cultura, en las taxonomías del desprecio, en los eufemismos tanto más asesinos cuanto más se disfrazan de supuestos valores, y que acabó para siempre con cualquier cuento de hadas con el que la cultura occidental se representa a sí misma. Comprendí entonces que, si no nos adentramos en la Shoah de la mano de aquellos a quienes ha marcado y corroído, es imposible acercarse a esa zona incandescente que constituye nuestra historia más reciente. Los libros de los historiadores, los archivos, los discursos éticos y políticos se quedan mudos sin este pasaje.

Las primeras palabras de Zygmunt Bauman al inicio de Modernidad y Holocausto están dedicadas a la soledad en la que se ha confinado al testigo, aun en su propia familia; incluso por parte de quien posteriormente iba a escribir páginas fundamentales para la reflexión acerca de la Shoah:

 

Tras escribir su historia personal, tanto en el ghetto como huida, Janina me dio las gracias a mí, su marido, por soportar su prolongada ausencia durante los dos años que dedicó a escribir y recordar un mundo que «no era el de su marido». Lo cierto es que yo pude escapar de ese mundo de horror e inhumanidad cuando se expandía por los rincones más remotos de Europa. Y, como muchos de mis coetáneos, nunca intenté explorarlo una vez que se desvaneció de la tierra y dejé que permaneciera entre los recuerdos tormentosos y las cicatrices aún abiertas de aquellos a los que hirió y vistió de luto.[1]

 

Han hecho falta sesenta años para que, el 27 de enero de 2005, los jefes de Estado europeos se desplazaran a Auschwitz y la conmemoración de la Shoah se convirtiera de esta forma en un momento de meditación colectiva. Y, aun así, tras unos días de «nunca más» y de liturgias de la memoria, quedó la penosa sensación de estar asistiendo a una profanación, a la afirmación de una retórica que negaba precisamente aquello que pretendía afirmar. Para que millones de personas vieran las imágenes de lo que nunca debió haber ocurrido hubo que soportar la obscenidad de los platós de televisión y la reducción a espectáculo del aniquilamiento de seis millones de individuos.

Se ha elegido instaurar el Día de la Memoria en el aniversario de la liberación de Auschwitz por parte de los soldados rusos; pero aquel día, y en los sucesivos, lejos de ser liberadas, cincuenta y ocho mil personas siguieron sufriendo, y muriendo, en la marcha de la muerte. En cierta manera, los testigos han continuado esa marcha durante toda su vida. Y nosotros —al igual que los polacos curiosos que describe Liliana Segre,[2] que veían cómo esas figuras macilentas atravesaban su pueblo y no les ofrecían un plato de comida— hemos sido incapaces de extraer una lección no moral, sino política, de aquella pérdida de humanidad que volvió obediente y dispuesta al exterminio a una masa de individuos que se consideraban a sí mismos bondadosos.

Hoy la memoria de la Shoah está amenazada por la normalización, que es tan nefasta como el negacionismo: turismo de masas, editoriales de masas, cine de masas. De esta confusión se nutren muchos profesores, quienes imparten los temarios escolares a menudo desprovistos de la formación necesaria como para ubicar histórica y políticamente el exterminio del pueblo judío en el mundo que tratan de explicar y que, además, ni siquiera están obligados a hacerlo para cumplir con los programas educativos. El proceso de banalización al que hemos asistido ha inundado toda Europa: los uniformes de los deportados a la venta en eBay como si fueran carísimos fetiches, el Arbeit macht frei del portal de Auschwitz robado por encargo, los niños deportados «adoptados» en la web, la pequeña víctima de Majdanek «resucitada» en internet, objeto de miles de mensajes de contacto y de enhorabuena. Lo que Imre Kertész llamó lo «kitsch del Holocausto»[3].

En los catorce años que lleva en las librerías, este libro ha desarrollado su propia vida independiente y ha sido objeto —para bien y para mal— de trabajos universitarios, adaptaciones teatrales, ballets e incluso un horóscopo,[4] lo que significa que se ha convertido en algo que no pertenece a nadie en concreto, como debe ser el destino de los libros. No obstante, y a pesar de estar convencida de que nadie puede testimoniar en lugar del propio testigo, este libro también me ha vinculado a una suerte de testimonio vicario e involuntario. Si pienso en la gran cantidad de veces que he visitado colegios, ayuntamientos, cárceles y universidades, destaca entre mis recuerdos una imagen que permanece indeleble. Se trata de una pequeña sala en el colegio judío de Milán, en una mañana radiante, con un público que no llega a las diez personas. Liliana Segre y Goti Bauer sentadas a mi lado, Liliana en manga corta y con su brazo tatuado al descubierto. Nos mirábamos, ellas impasibles y yo pensando: «¿Tiene sentido esta presentación? ¿A quiénes les estamos hablando? ¿Para qué?», cuando de repente se escucha, apenas atenuado por la pared del fondo, el bullicio de unos niños irrumpiendo en el pasillo al acabar una clase. Niños que, si el proyecto de exterminio racial nazi se hubiera llevado hasta el final, no estarían ahí. Esas voces decían mucho más que cualquier otra sobre la permanencia, sobre la supervivencia y sobre el testimonio, que es el establecimiento de un vínculo entre los vivos y los muertos.

El hecho de testimoniar ha supuesto, para los supervivientes, la posibilidad de elevar una plegaria pública por los desaparecidos y de convertirse en el templo en el que hacerlo, de mantener un pacto secreto con los muertos —por el hecho de estar, a diferencia de ellos, en condiciones de hablar— y con las nuevas generaciones para enseñarles a estas que el mundo de colores con dibujos colgando de las paredes de las aulas de los colegios esconde un violento engaño del que hay que aprender no solo a defenderse, sino a reconocerlo dentro de uno mismo, para poder disentir.

La del testigo es una figura inevitable que nos sigue resultando perturbadora y que no podemos volver inocua: está ahí para decirnos, con su mera presencia, que también nosotros habríamos podido, y podríamos, ser reducidos a cenizas, ser considerados nada, ser despojados de la frágil envoltura que nos da nuestra pertenencia identitaria, cultural y política. El testigo nos recuerda que nuestro mundo, junto con nuestra tradición de pensamiento, ha fracasado y que nuestras vidas están constantemente amenazadas no por la irrupción de la barbarie o la locura, sino por el mismo orden democrático y burgués que nos permite llevar una vida tranquila.

Lo que nos enseñan los testigos con su presencia es exactamente aquello que hemos intentado contener y volver inofensivo, al encerrar la potencia de su palabra en rituales de escucha casi religiosos, en dudosos ejercicios de estética y metafísica, en archivos donde los individuos, sometidos a un saber metodológico, son clasificados como si de meras fuentes y documentos se tratara. Hace unos años, Goti Bauer me dijo lo siguiente al respecto de la polémica que establecía una contraposición entre el testimonio y las disciplinas académicas:

 

Muchos hablan de nosotros como hablarían de alguien que ya no está, tienen la urgencia de razonar «más allá»del testigo. No niego que sea una cuestión importante, pero a veces da la sensación de que están deseando que nos quitemos de en medio. Una vez que hayamos muerto (y no va a hacer falta esperar mucho, porque cada vez somos menos y estamos más débiles), tendrán por fin vía libre. Ya no habrá nadie que les «pise el terreno»,nadie tendrá que lamentarse porque los testimonios copen el espacio que supuestamente correspondería a la historiografía. Pero no sé qué harán entonces, sin nuestras palabras, sin el relato de los testigos, que hemos visto y que todavía tenemos las marcas.[5]

 

No obstante, el testigo permanece —con sus palabras vivas, escritas o grabadas— como un memento mori que dota de significado político nuestro conocimiento sobre ese tipo de muerte tan específico que no es el fin de la vida, el apagarse después de haber vivido, sino una muerte industrial, categorial, suministrada con una racionalidad de carnicero por hombres y regímenes.

 

Giuliana Tedeschi falleció el 20 de junio de 2010. Goti y Liliana han seguido testimoniando en numerosas ocasiones, si bien cada vez con menor frecuencia. Goti, que hoy tiene noventa y tres años, nunca ha dejado de leer, en numerosas lenguas, textos y testimonios acerca de Auschwitz. Durante años me ha preparado Husarenkrapfen y Kipferl cada vez que nos veíamos y tomábamos el té en su salón repleto de fotografías de gente que ya no está. Con ellos, con sus queridos desaparecidos, se ha retirado a hacer una vida en la que cada vez es más grande e intenso el diálogo con los fantasmas. Una vez, en una cena, me dijo: «¿Sabes? Esta noche me he acordado de algo en lo que no había vuelto a pensar. Fíjate, me ha venido a la cabeza después de setenta años. Justo antes de bajar del tren me puse unos zapatos que llevaba en la maleta que no eran los más nuevos que tenía. Cuando estábamos ya en el andén, mi madre me dijo: “Qué pena que no te hayas puesto los otros, porque no vamos a recuperar nuestras cosas”. Después la mandaron al otro lado, y a mí me quedó grabada para siempre la imagen de su fular mientras se alejaba». La cena continuó. Hubo momentos de alegría, y en la cocina, después de recoger la mesa, nos terminamos unos restos de zanahoria aliñada con azúcar y vinagre de manzana, una receta húngara.

Liliana, que ahora tiene ochenta y siete años, después de haber testimoniado con una fuerza invencible en cientos de colegios y estadios abarrotados como en los conciertos, ha decidido ir espaciando poco a poco sus apariciones públicas antes de retirarse. «No quiero ser el último mohicano —me dijo, pero sobre todo—: no quiero morir en Auschwitz; la última etapa de mi vida la pasaré fuera del campo». Aun así, tiene guardado en un cajón de la mesita de noche el pañuelo de prisionera que llevaba en la cabeza en Birkenau.

Se ha hablado mucho de los supervivientes como víctimas, pero nunca se menciona su señoría derivada del conocimiento de algo que nosotros ignoramos; su doble pertenencia al mundo de los vivos y de los muertos. El testigo que nos mira y nos juzga es nuestro espejo, nuestra avanzada más lejana: acoger su veredicto puede ser la última posibilidad de poner radicalmente en discusión los ladrillos con los que nuestra cultura ha construido Auschwitz.

 

Noviembre de 2017

Liliana Segre

 

 

«Conocí a una chica que descubrió que estaba embarazada allí dentro, y después no la vimos nunca más. ¿Qué habrá sido de ella? ¿La matarían? ¿La obligarían a parir y matarían al bebé? Son cosas que a un hombre no le podían pasar».

 

 

Liliana Segre, nacida en Milán el 10/09/1930. Hija de Alberto y Lucia Foligno. Última residencia conocida: Milán. Arrestada en Selvetta di Viggiù (Varese) el 08/12/1943 por italianos. Prisionera en la cárcel de Varese, en la cárcel de Como y en la cárcel de Milán. Deportada a Auschwitz desde Milán el 30/01/1944.

 

Número de identificación: 75190

Lugar y fecha de liberación: alrededores de Ravensbrück, 30/04/1945

Fuente primaria: convoy 06Convoy nº 06

 

 

Se formó en Milán y en Verona el 30 de enero de 1944; llegó a Auschwitz el 6 de febrero siguiente. Viajaba bajo las siglas de la rsha. 97 hombres superaron a su llegada la selección para la cámara de gas y fueron internados en el campo con números de identificación entre el 173394 y el 173490. Las 31 mujeres identificadas recibieron los números entre el 75174 y el 75204.

Según la investigación del cdec, los deportados fueron 605 y los retornados, 20. Los prisioneros que partieron de Milán confluyeron en la cárcel local de San Vittore, procedentes de varios campos de concentración provinciales creados por las autoridades italianas específicamente para encarcelar a los judíos detenidos. En la cárcel de San Vittore estuvieron también detenidos judíos arrestados en la frontera ítalo-suiza.

No se conoce con exactitud el origen de los judíos cargados en Verona; solo se puede suponer que fueron arrestados en la Italia central. Entre los identificados en este convoy, según la investigación del cdec, los niños (nacidos después de 1931) eran 36; los ancianos (nacidos antes de 1885) eran 158; la más joven, nacida en septiembre de 1943, se llamaba Fiorella Calò; la mayor, Esmeralda Dina, tenía 87 años.

 

(En: L. Picciotto, Il libro della memoria, Ugo Mursia, Milano, 1991, p.574)

 

 

El testimonio de Liliana Segre se recogió entre el 20 de enero de 2002 y el 10 de noviembre de 2003.

 

 

Aun sabiendo que el objetivo de los nazis era eliminar del mundo a los judíos, fueran hombres o mujeres, ¿considera pertinente reflexionar sobre las diferencias entre la experiencia de unos y otras durante la deportación y el exterminio?

Sin duda. En el Lager sufrí mucho la violación de mi pudor, el desprecio que mostraban los nazis hombres hacia nosotras, mujeres humilladas; no creo que los hombres experimentaran lo mismo.

Cualquier delincuente común tenía derecho a decidir si las mujeres judías, procreadoras de un pueblo odioso, vivíamos o moríamos. Pero entonces no éramos conscientes de todo esto. Sí lo éramos del abuso, de la vergüenza, de la humillación brutal que nos arrebataba nuestra humanidad y, por tanto, también nuestra feminidad.

 

Siempre me ha impactado la imagen que sugiere Primo Levi cuando compara a las mujeres de Auschwitz con ranas en invierno.

Sí, la segunda parte del famoso poema con el que se dirige a los lectores de Si esto es un hombre: «Considerad si es una mujer | quien no tiene cabellos ni nombre | ni fuerzas para recordarlo, | vacía la mirada y frío el regazo | como una rana en invierno».[6]

Una rana en invierno evoca una criatura que se estremece, desnuda. Desnudar a un hombre delante de otro es algo sencillamente humillante y atroz. Uno está vestido, incluso con uniforme, armado, y el otro está desnudo, indefenso, en un estado de absoluta debilidad. Y, aun así, creo que una mujer desnuda delante de un hombre armado está expuesta a un ultraje todavía mayor. Te enseñan a estar siempre compuesta, a vestir adecuadamente, a sentir pudor de tu cuerpo. Y después, de golpe, el mismo día que te arrancan a tus familiares, el día en que bajas de un tren de deportación y llegas a un sitio que no sabes ni situar en el mapa, te encuentras desnuda junto a otras desgraciadas que, como tú, no entienden qué está pasando. No hay a tu alrededor nada que no dé miedo. Tú estás aterrada y, mientras tanto, los soldados pasan riéndose a carcajadas o se acomodan en un rincón alejado para observar la escena de todas esas mujeres a las que están rapando y tatuando, y que ya se sienten humilladas y torturadas por el solo hecho de estar desnudas.

 

Después venían las selecciones…

Las mujeres desfilaban desnudas entre los soldados uniformados, y alguien decidía si les permitía seguir viviendo o las enviaba a la muerte. Este abuso tan grave, tan humillante, para mí es un recuerdo inolvidable entre los millones de cosas que no he olvidado jamás. Cuando voy a los colegios suelo contar que el año antes de que me deportaran, cuando aún era una persona, me habían operado de apendicitis. En la primera selección que pasé había entre los ss un médico que me puso un dedo sobre la tripa, en la que destacaba la cicatriz. En ese momento se me paró el corazón, pensé que me enviaría a que me mataran. Pero no: se puso a explicar con autocomplacencia a sus colegas lo incompetente que era el cirujano italiano que me había operado, porque esa cicatriz se me iba a ver siempre, incluso de adulta. No me miraban como a una mujer, sino como a una res a la que hubiera que examinarle los cuartos.

Cuando mis compañeras y yo nos duchábamos, al salir del turno de la fábrica de municiones Union, teníamos que sujetar con un brazo nuestra ropa para que nadie nos la robara, y con el otro nos lavábamos bajo un fino hilo de agua, unas veces ardiendo y otras, helada, con un trocito de jabón que no había que perder, porque no iban a darnos otro. Al terminar, salíamos a la noche helada, chorreando, cubriéndonos con nuestros andrajos. Durante todo este baile grotesco bajo la ducha, los soldados pasaban burlándose de nosotras. Ese desprecio era insoportable, ese reírse de nosotras, ese castigar la mínima desobediencia obligándonos a permanecer de rodillas, desnudas, durante horas. La desnudez era una constante, y yo la vivía como un enorme acoso moral añadido a una situación ya de por sí terrible.

 

El despojo de la feminidad, el raparlas, la pérdida de la menstruación… han sido etapas comunes a todas ustedes.

Sí, nos afectó muchísimo a todas. Hacía un año que me había convertido en mujer, y recuerdo que en casa me habían hablado del rito de la primera menstruación como de un gran acontecimiento cuya magnitud, sin embargo, no llegué a entender. Recuerdo que lo pasaba bastante mal durante el periodo, y una de las primeras cosas que pensé allí dentro fue: «¿Cómo vamos a hacer cuando nos venga la menstruación?». Porque allí no había cómo protegerse. No teníamos bragas, ni siquiera un trapo para ponernos entre las piernas. Pero nunca hubo que afrontar ese problema, ya que —sea por el miedo, por la falta total de comida o porque, al parecer, nos ponían bismuto en esa sopa repugnante—, a medida que el cuerpo perdía su forma y se convertía en un esqueleto de vieja, a casi ninguna le volvió a venir la menstruación. El ayuno es tan violento que, en poquísimo tiempo, donde antes estaban los pechos, no queda nada o, en algunas mujeres, apenas un poco de piel colgando. Los huesos de la cadera te agujerean la piel, se clavan como púas en la tabla donde estás obligada a dormir sin poder ni darte la vuelta, encastrada en el cuerpo de las otras. Te miras las piernas y te parece imposible que puedan sostenerte. Tienes la cabeza rapada, no tienes espejo, no tienes nada. Eres una persona que ya no tiene nada. No tienes ni un pañuelo ni un libro ni una fotografía. No tienes nada; no tienes absolutamente nada. No posees nada más que los pocos harapos que llevas puestos. Yo tenía una chaqueta con el forro medio arrancado, y acabé usándolo para ir al baño. Todas estas cosas, día tras día, van en detrimento de tu feminidad, de tu lucha como mujer por no embrutecerte del todo. Con cada uno de estos pasos se desprendía una parte de ti.

 

¿Cómo conseguía mantener un mínimo de integridad?

Te voy a hablar de la vez que me raparon el pelo, que es una historia que no suelo contar. Como se puede ver en la única fotografía que queda de mí a los trece años, unos meses antes de que me arrestaran tenía una espesa cabellera negra, rizada, rebelde, como la que tiene hoy mi hija. Cuando me deportaron a Auschwitz ya hacía dos meses que no podía lavarme la cabeza, pero en San Vittore al menos tenía un peine y un cepillo con los que intentaba mantenerme bien peinada. El día que llegamos a Birkenau, mientras rapaban a las demás y yo ya estaba preparada, con la cabeza hacia abajo y resignada a ver caer los mechones sobre el suelo, pasa una Aufseherin —una guardiana de las ss— y le dice a la prisionera encargada de raparnos que a mí no me lo corte, que sería una pena con un pelo tan bonito. Lo entendí a pesar de que en aquel entonces todavía no sabía ni una palabra de alemán. Me dieron un pañuelo para que me cubriera la cabeza. De todo el grupito que había bajado del tren hacia la helada de Birkenau, éramos treinta las chicas a las que no habían enviado a morir: todas rapadas y yo con pelo. Así, por capricho, arbitrariamente. Sin un peine, sin un cepillo, sin una ducha durante toda la cuarentena. Yo estaba estupefacta. Todas me miraban, porque en ese contexto tener pelo era un signo distintivo. Todas las Kapo, las prisioneras ancianas que evidentemente habían hecho méritos, todas las políticas tenían pelo: éramos nosotras quienes no lo teníamos.

Quince días después, mientras trabajaba en la fábrica, siento que algo me recorre la mejilla. Me toco, lo cojo con la mano… Era un piojo, ese insecto inmundo que es el piojo y que yo no había visto en mi vida. La prisionera que estaba a mi lado (que no era italiana, no sé quién era, solo sé que estaba rapada al cero) en cuanto vio el piojo llamó a la Kapo, y esta me hizo salir enseguida y se apuntó mi número. No sabía qué iba a pasar. A la mañana siguiente se fueron todas a trabajar, pero a mí me preguntaron mi número y me dijeron: «No, tú te quedas aquí». Me mandaron a un barracón que se llamaba Sauna y allí me raparon al cero. Me resultaba tremendo tocarme la cabeza, totalmente calva. Estuve allí todo el día. No sé si puedo decir que haya sido el día más horrible de mi vida, porque he tenido muchos, pero sin duda fue uno de los peores. Me dejaron sola durante horas, desnuda, aferrada a una pequeña estufa en aquella habitación helada, enorme, con una ventana rota. Fuera había una tormenta de nieve; era febrero. No había dónde sentarse ni qué comer; no había nadie que me dijese ni una palabra. Estaba realmente al borde de la locura cuando entró otra chica a la que también acababan de rapar y que estaba esperando a que le desinfectaran la ropa. Debía de ser checoslovaca o polaca; no nos entendíamos porque ninguna de las dos había aprendido alemán todavía. Tendría unos dieciséis años. Teníamos tantas ganas de comunicarnos que nos hacíamos señas, nos saludábamos… Pero no sabíamos cómo dirigirnos la una a la otra. Cuando ella llegó me encontró a mí, pero yo había estado tantísimas horas sola, desesperada, que verla entrar fue como ver la luz. Seguimos haciéndonos gestos de saludo con las manos, pero no sabíamos cómo ir más allá. Finalmente encontramos el latín. Mea familia pulchra est. Mea patria pulchra est. Y no sé qué más nos dijimos después: «Mi corazón está triste… Es bonito que estés aquí…». Unas pocas frases, seguramente agramaticales, hilvanadas a duras penas en aquella especie de esperanto de los cultos, y que seguimos repitiendo infinitas veces, porque decir «mi casa está lejos, la familia es bonita, mi corazón está triste», en aquel contexto, en nuestra desnudez —allí sí que éramos ranas, con los soldados que pasaban y se desternillaban de risa—, nos alegraba enormemente.

 

¿Era habitual que los ss se burlaran de ustedes?

Sí. Cuando estaba sola en la Sauna, veían a ese ser ahí encogido y se morían de risa. Pero ya era bastante que no vinieran a darnos patadas, así que intentábamos ser transparentes. Esta fue una constante: ser lo más transparente posible, pasar inadvertida.

 

¿Ha logrado explicarse este episodio? ¿Fue una decisión arbitraria la de no raparla?

En ese momento no lo entendí, pero después, dándole vueltas, vi que la explicación era simple: no había ninguna lógica en nada de lo que sucedía allí, incluso si aparentemente estaba todo organizado. Por los camastros, donde dormíamos cinco o seis, campaban insectos de lo más asquerosos: chinches, piojos, bichos negros de todo tipo que correteaban sobre nuestro cuerpo, entre las costuras de la ropa. Y por el campo se paseaban ratas espantosas, grandes como gatos, que se alimentaban de los desechos, de los muertos, de todo. La suciedad que había era profunda, inimaginable, y sin embargo nosotras estábamos obligadas a recubrir nuestros camastros a la perfección con una manta que teníamos que doblar de una manera concreta, perfectamente geométrica, porque si no nos pegaban. Cuando entendí que bajo la manta podía haber cualquier asquerosidad siempre que el aspecto exterior se mantuviera impecable, encontré la respuesta a un montón de cosas.

Te pongo otro ejemplo: justo al entrar en mi barracón se pasaba al lado del cuartito de la Kapo, que tenía cortinas con volantes. Dentro —las pocas veces que abrían la puerta— se entreveía un sofá cama cubierto de cretona, y de ahí salían unos aromas que te hacían la boca agua, porque ellas comían lo que querían. Más adelante había una carretilla que de noche se llenaba de excrementos y, después, venían las koje, como se llamaban en polaco las literas de tres pisos mugrientas, repletas de gente cubierta de úlceras, enferma, que gritaba. Pero nada más entrar te topabas con aquel cuartito, ¿entiendes? Era como uno de esos videojuegos de mi nieto en los que hay un asesino escondido tras la puerta de una habitación preciosa en apariencia.

Otra imagen que puede servir para entender lo que quiero decir es que, en las condiciones físicas y psíquicas en las que estábamos, cuando íbamos a trabajar teníamos que marchar cantando. Nos dirigiéramos a la muerte o al trabajo, teníamos que pasar por delante de la pequeña orquesta de mujeres violinistas que estaban de pie en la puerta del Lager. Tocaban temas alegres: Strauss, Mozart, Rossini, Zin-zin-zin, y así. ¿Te das cuenta? Todo es un poco lo mismo. Con el pelo pasó igual: en ese momento, a esa mujer le gustó mi cabellera, y después no me volvió a mirar; no le interesaba ni lo más mínimo. En ese momento tuvo esa ocurrencia; después pasó a otra cosa. No encuentro otra explicación más allá del capricho. Podían matar a cualquiera solo porque les resultara antipática, y en ese momento a mí me dejaron el pelo. Si no hubiera sido por capricho, me habrían dado un peine, me habrían permitido lavármelo y cuidarlo, porque sabían perfectamente que con el pelo así de largo y con aquella suciedad no iba a durar mucho sin infectarme de piojos. Ella lo sabía. Quién sabe quién era esa mujer que había elegido desempeñar ese trabajo…

 

Antes ha mencionado la «transparencia» como estrategia.

Esa fue mi elección, consciente al fin y al cabo. Ahora que soy vieja me vuelvo a ver a mí misma. Seguro que a ti también te pasa que, cuando piensas en ti misma de niña —cuando ves fotografías o algún vídeo que te hayan grabado—, te ves como si fueras otra persona, aunque por dentro te parezca que eres siempre la misma. Seguro que te dices: «¡Mira qué fea!», o: «¡Qué mona era! Me acuerdo de ese vestido…». Bueno, ahora que soy abuela me veo allí, como era entonces, y me digo: «Cuántas decisiones tomaste tú sola… Qué triste estabas, qué madura fuiste, y qué ingenua… Cómo desafiaste determinados peligros sin siquiera darte cuenta…». Nadie me aconsejó sobre cómo comportarme; entendí yo sola que tenía que hacer todo lo posible para pasar inadvertida, sobre todo cuando ya no tenía pelo y me volví igual a las demás. El pelo constituía un signo de distinción, pero no tenerlo era una ventaja, porque me permitía ser todavía más invisible. Por otra parte, no habría podido hacerme cargo de aquel privilegio, porque yo soy dócil, jamás habría podido intimidar a nadie. Siempre hice lo posible para ser insignificante: no llorar, no reír, no enfermar. Tuve abscesos y fiebre, pero nunca fui a decirle a nadie que me sentía mal, porque sabía —sentía— que me habrían contestado: «Ah, ¿que estás mal? Entonces ya no nos sirves». No es fácil, con trece años, decidir que no vas a decirle a nadie que te sientes mal. Pero lo hice. Tuve tres abscesos dolorosísimos, pero los dejé pasar sin decir nada. No quería destacar por ningún motivo, y esta transparencia me servía, me servía mucho, porque yo nunca habría tenido el coraje de rebelarme; estaba aterrorizada por todo.

Estaba allí, y había tantas cosas que me aturdían por el simple hecho de estar allí que nunca miraba a mi alrededor. Hace unos años, durante un acto conmemorativo, coincidí con un deportado político que también había sido prisionero en Auschwitz. Me preguntó: «¿Te acuerdas del Vístula?». ¿El Vístula? Yo nunca vi el Vístula. Para empezar, el recorrido que nosotras hacíamos no pasaba cerca del río, pero si hubiera pasado yo ni habría mirado el Vístula, porque iba siempre mirándome los pies. Sabía perfectamente cómo eran mis zuecos, pero todo lo que me rodeaba era tan horrible que ni lo miraba. Siempre tenía miedo de no volver a encontrar mi barracón cuando salía de las duchas. Ni siquiera después de meses, sobre todo en invierno, cuando había nieve, reconocía los lugares. Todo el campo era igual; los barracones, iguales; nadie te daba respuestas, estaba prohibido andar por ahí sola. Yo iba con la cabeza gacha detrás de alguna otra a la que seguía. Era demasiado para mí, ¿entiendes? Quería mantener mi cerebro en funcionamiento, así que pensaba en otras cosas. Siempre me ha apasionado el cine y, a lo largo del camino, a lo mejor repasaba toda la trama de alguna película que hubiera visto, una de esas películas ingenuas de entonces. Escapaba de allí como podía.

 

Cuando habla de su experiencia de deportada en los colegios cuenta siempre que se imaginaba que era una estrellita, y que esto le salvó la vida.

Sí, la estrellita fue importante. De hecho, siempre uso estrellitas, como este colgante que llevo al cuello, porque me las regalan. Cuando estaba despejado la buscaba en el cielo y fantaseaba con que yo era esa estrellita… y no estaba allí, era libre. Es cierto que no tenía a mano ningún manual de supervivencia, pero probé todos los métodos para sobrevivir mentalmente. Cuando, muchos años después, leí a Bettelheim, no me reconocí en absoluto en determinadas cosas, sobre todo en la violencia que según él desarrollan quienes han vivido esta experiencia.[7]Yo soy exactamente lo contrario a una persona violenta. Soy una persona pacífica, nunca he buscado venganza; jamás sería capaz de hacer nada violento, ni siquiera a mis verdugos. No desarrollé estos mecanismos de autodefensa, pero sí otros muchos. Sobre todo, prohibirme los recuerdos. Después, sí; después los recuerdos me han golpeado durante toda la vida, pero apenas entré allí entendí que no me los podía permitir. La nostalgia era un arma terrible contra nosotras, porque ¿cómo se hace para recordar y sobrevivir sin volverse loca?

 

Se intercambiaban recetas.

Los jóvenes suelen preguntarme en los colegios de qué hablábamos en el Lager. Creen que entre las prisioneras manteníamos conversaciones elevadas, que analizábamos nuestra situación, que intentábamos entender los mecanismos del odio hacia los judíos. Y siempre me doy cuenta de que los decepciono con mi respuesta, pero las prisioneras no mantenían conversaciones filosóficas. Seguramente algunas las tuvieran, pero no entre aquellas desdichadas con las que estaba yo. A medida que nuestros cuerpos se convertían en esqueletos, a medida que los calambres en el estómago se hacían más fuertes, nos imaginábamos que comíamos y hacíamos una especie de concurso en el que cada una se inventaba la comida más sabrosa. Consistía en evocar, según el lugar del que procediéramos, montañas de espaguetis, de chucrut, de crepes. Sobre todo, los postres. En nuestra fantasía hacíamos unas tartas riquísimas, pirámides de petisúes con crema, con nata, con chocolate. O nos decíamos: «Si conseguimos volver, yo te invito». Esto era recurrente, «yo te invito a mi casa y te cocino esto y después aquello y después esto otro…». Ahora que somos viejas, Luciana Sacerdote —que vive en Génova y que estuvo conmigo en Auschwitz— y yo nos reunimos a veces y vamos a un restaurante, y siempre nos decimos: «Yo te invito y comemos esto y esto otro». Y después a una le duele el estómago, la otra se cuida para no engordar… Somos viejas y el hambre no es la de entonces, pero la recordamos siempre. Ella siempre me dice: «¡Qué hambre que tenías tú! Tenías todavía más que yo». Ella es de 1924, así que tenía veinte años. No es que con veinte años no se tuviese hambre, pero, en fin, yo tenía todavía más.

 

Entonces, a pesar de la soledad, tuvo relaciones significativas.

Luciana estaba allí con su hermana y formaban una pareja autosuficiente. Habían perdido a su madre en marzo, en el Lager. Su hermana tenía diez años más que yo; la pobre murió justo después de la liberación. Como éramos tres chicas bastante jóvenes, con el mismo tipo de educación y procedentes de familias agnósticas y burguesas, conectamos entre nosotras más que con el resto; y, además, después trabajamos en la misma fábrica, mientras que a las otras italianas que llegaron con nosotras las mandaron a otros sitios. Manteníamos una buena relación, aunque, si te digo la verdad, incluso siendo mucho más joven que ellas, yo era mucho más madura. Ellas estaban más desorientadas; en cierto sentido eran también más inconscientes. Quería asimismo a Laura, la pobre, que enfermó muy rápido del corazón: era un esqueleto hinchado, con los tobillos hinchados, el cuello hinchado… Pero estas relaciones nunca fueron esenciales, yo no quería apegarme a nadie. Sentía que no podría soportar otra separación; por eso me daban miedo las relaciones estrechas. Había otra chica que llegó más tarde, Graziella Cohen, de Roma. Ella también sobrevivió y ahora está en Sudáfrica. Teníamos una relación que puede considerarse de amistad; era una buenísima chica, analfabeta, imagínate, tenía dieciséis años y era analfabeta. Entre los judíos romanos había grupos familiares con muchísimos hijos: el padre era un vendedor ambulante y no los había mandado al colegio. Estuvimos muy unidas; tanto que cuando nos liberaron ella volvió hasta Milán conmigo. Pero después, viendo que ya no tenía a nadie, siguió hacia Roma. Se daban relaciones así… Mira, son muy pocas las personas a las que nombro, porque una constante de mi cautiverio fue la soledad. Fue una soledad profundamente deseada, porque también allí se formaban grupos y yo a veces me juntaba con chicas francesas o con alguna italiana, pero la progresiva esterilización de mis sentimientos fue muy fuerte. De aquella muchachita afectuosa que era, tan sinceramente ligada a su padre y a sus abuelos, a las amigas, me encontré de repente sola. Al cabo de los primeros veinte, veinticinco días, acusé el fuerte golpe que supuso para mí separarme de mi padre; fue como separarme del mundo, ¿entiendes? Él era el centro de mi universo y yo me encontré en una realidad demencial de la cual no quería nada; no quería formar parte de ella, e incluso las figuras que podían ser positivas para mí no me parecía que existieran realmente. Seguramente si hubiera encontrado a una Goti Bauer todo habría sido diferente, habría sido un hombro sobre el que llorar. Goti emana y con toda probabilidad emanaba un aura de una humanidad tan profunda, tan excepcional, que quien haya tenido la suerte de tenerla como compañera de cautiverio habrá estado menos presa, porque seguramente habrá esparcido su capacidad de amor entre las demás. Pero yo no encontré a nadie que me dijera: «Pobre de ti» —no habría sido poca cosa escucharlo—, ni tampoco yo se lo decía a ninguna otra. Goti, en cambio, es una persona completamente excepcional, un regalo siempre, te la encuentres en la cima del Mont Blanc, o en el infierno —como era aquello. Las personas completamente excepcionales podían aportarte algo en aquella situación, pero las demás, las simples mortales como nosotras, que no teníamos la riqueza espiritual que tiene una Goti o que tuvieron otras como Etty Hillesum o Anna Frank… Si eres una persona cualquiera con otras personas cualesquiera a las que sucede algo de esta magnitud, pretender encontrar una profunda humanidad, generosidad y disponibilidad para con el otro sería pedir demasiado. Yo no lo pedí, pero tampoco lo di. Éramos islas, ¿entiendes? Islas de verdad… ¿Sabes? Esas islas que están en medio del océano y alrededor de las cuales, por miedo a que las olas arrasen el faro, se construyen murallas, rompeolas. Así estábamos nosotras. Yo me imagino así mi mente, mi alma en aquel entonces. Quizá para que no me la arrancaran.

 

Como una manera extrema de defenderse.

Así lo viví yo. Hay un episodio que resume lo que quiero decir. Cuando trabajaba en la fábrica de Union, tenía justo delante a una chica francesa que se llamaba Janine, de la que suelo hablar a los estudiantes. Un día, una máquina le cortó los dedos de una mano. Unos días después nos llamaron para una selección. Yo la paso, desnuda, feliz de haberme salvado. Detrás de mí va Janine, con los dedos escondidos en un trapo. Oigo que la paran y le dicen a la prisionera encargada que apunte su número. Pero no me di la vuelta. Sabía que la mandaban a la cámara de gas y ni siquiera me di la vuelta para decirle una mísera palabra, para despedirme. Fui cobarde. Seguí adelante y me vestí. Lo cuento cada vez para liberarme de mi cobardía, para recordar a Janine. Soy la única testigo de ese momento y yo sí puedo recordarlo. Durante años evité esta imagen y después, cuando empecé a hablar, me vinieron a la memoria muchas personas. De algunas de ellas ni siquiera he hablado nunca, como por ejemplo de una francesa a la que se le habían roto las gafas; se llamaba Renée. Era muy miope y, de un golpe tremendo, le habían hecho añicos las gafas, así que no veía nada. Por suerte, no recuerdo cómo, había logrado recuperarlas, porque si no habría sido su perdición. Hay algunos recuerdos que me asaltan de vez en cuando, pero Janine se me ha quedado como un cuchillo clavado en el pecho. Que yo ni siquiera me diera la vuelta para despedirme da cuenta de lo dura que me había vuelto. Me protegía, había como otra yo misma, una Liliana desdoblada que no quería estar allí, que trataba de proteger a la Liliana desgraciada. Se lo cuento siempre, siempre, a los jóvenes: recordemos a Janine. La describo, quiero que reviva por un momento. Es una deuda enorme que pago en pequeñísimos plazos cada vez que la recuerdo.

 

Su padre fue una figura muy importante.

Mi padre y yo formábamos una pareja muy particular. Mi madre murió cuando yo no tenía ni siquiera un año y él se volcó conmigo. Tenía treinta y un años cuando se quedó viudo, y solo años más tarde, ya de adulta, pude darme cuenta de hasta qué punto renunció a cualquier otra alternativa. Era un hombre joven y muy guapo, con una buena posición económica, y seguramente había —yo me daba cuenta, porque era muy celosa— varias señoritas de buena familia que eran especialmente amables con él. Yo estaba celosa como no lo he vuelto a estar en mi vida, ni con mi marido ni con mis hijos. Unos celos completos, totales: era mío, tenía que ser mío, y este egoísmo, como entendí de adulta, influyó en gran medida —también negativamente— en las decisiones que se tomaron. En la familia faltaba una figura femenina joven. Había una abuela, que a mí me parecía muy vieja, aunque era menos vieja de lo que soy yo ahora…, pero no había ninguna mujer joven que tomase decisiones o que solventara los problemas prácticos que se plantearon con las políticas raciales, como por ejemplo el hecho de no poder seguir teniendo una empleada que se ocupara de la casa. Una tontería que recuerdo y que quizá no he contado nunca es que yo tenía el pelo largo y muy rizado, y, como ya no había nadie que me ayudase a desenredarlo, mi padre hizo que me lo cortara. ¿Te das cuenta de que esto del pelo se repite a lo largo de mi vida, en sentido negativo? Fui muy egoísta, pero entonces ni siquiera me planteaba el problema, un poco porque tenía este sentido de posesión y otro poco porque no lo entendía. Después, cuando crecí, cuando ya era una mujer, he pensado miles de veces en la figura de mi padre, que a los treinta y siete años se pasaba las tardes organizando sus sellos o preguntándome la lección, sin salir jamás. No tuvo una vida propia, la sacrificó completamente, en parte por el recuerdo de mi madre —que, como había muerto tan joven de un tumor devastador, había quedado como una presencia muy dulce y dolorosa en casa—, pero sobre todo para no hacerme daño a mí, porque sabía que yo me habría desesperado si él hubiera encontrado una compañera, una mujer, cualquiera que fuera más importante que yo en su vida. Por un lado, esto fue algo muy, muy grave, pero a la vez tuvo para mí muchísimo valor; fue un regalo enorme que he conservado toda la vida. Tuve a mi padre durante trece años, pero su figura ha seguido siendo dominante hasta hoy. Para mí es una figura de referencia. No hay día en que no piense en él, y han pasado sesenta años. En mis ya más de un centenar de actos conmemorativos —tú, que has estado en varios, lo habrás notado— no profundizo nunca en determinados aspectos, porque no tengo el valor de ir hasta el final del testimonio extremo. No puedo, no puedo ni siquiera en la intimidad de mi habitación —y menos en público—, imaginar, yo que estaba ahí, cuál pudo haber sido el paso siguiente, el último que dio. Al alba del 6 de febrero de 1944, cuando el tren se detuvo en Auschwitz, en un momento separaron a los hombres de las mujeres, y yo abandoné para siempre la mano de mi padre. No sabía que no volvería a verlo. Mi hijo Alberto, que lleva este nombre tan importante para mí, ahora tiene cincuenta años; mi padre tenía cuarenta y cuatro en aquel entonces. Mi hijo tiene el pelo cano, es un hombre adulto con un hijo de quince años. Ahora es él quien me protege, porque su madre está vieja. Son roles que se suceden según las épocas de la vida.

 

Hace unos años, durante una conferencia, recuerdo haberle escuchado decir que su hijo tenía la misma edad que tenía su padre entonces y que usted se sentía culpable de no haber sabido proteger a su padre como después protegió a su hijo.