Controversias sobre la desigualdad - Gabriel Kessler - E-Book

Controversias sobre la desigualdad E-Book

Gabriel Kessler

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Beschreibung

Según el autor es posible constatar un movimiento hacia una mayor igualdad en ciertas dimensiones, pero también la perdurabilidad o el reforzamiento de desigualdades en otras. A partir del análisis de investigaciones e indicadores elaborados por especialistas, se analizan temas como el mercado de trabajo, la distribución del ingreso, la situación de la salud, la educación y la vivienda entre otras.

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Seitenzahl: 401

Veröffentlichungsjahr: 2015

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COLECCIÓN POPULAR 720  CONTROVERSIAS SOBRE LA DESIGUALDAD

Serie Breves dirigida por MARIANO BEN PLOTKIN

GABRIEL KESSLER

CONTROVERSIAS SOBRE LA DESIGUALDAD

Argentina, 2003-2013

MÉXICO - ARGENTINA - BRASIL - COLOMBIA - CHILE - ESPAÑAESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA - GUATEMALA - PERÚ - VENEZUELA

Primera edición, 2014 Primera edición electrónica, 2015

Diseño de tapa: Juan Balaguer

D.R. © 2014, Fondo de Cultura Económica de Argentina, S.A. El Salvador 5665; C1414BQE Buenos Aires, [email protected] / www.fce.com.ar Carr. Picacho Ajusco 227; 14738 México D.F.

Comentarios:[email protected]

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-3325-5 (ePub)ISBN 978-987-71-9016-8 (impreso)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

Agradecimientos

Introducción

I.La desigualdad y sus interrogantes

Una mirada multidimensional

Dimensiones y comparaciones

Indicadores presentes y pasados

Hitos comparativos e intensidades

¿Qué es lo opuesto a la desigualdad?

Las causas de la desigualdad

Las consecuencias de la desigualdad

En resumen

II.Distribución del ingreso y el trabajo

El coeficiente de Gini disminuye: ¿la igualdad crece?

Políticas laborales y coberturas sociales

Controversias sobre la distribución funcional

Miradas críticas I: la heterogeneidad estructural

Miradas críticas II: inflación e impuestos a las ganancias

Miradas críticas III: los desacuerdos sobre la pobreza

Desigualdad e impuestos

Desigualdades de género

En resumidas cuentas

III.Tendencias contrapuestas en educación, salud y vivienda

Igualdad y desigualdad en educación

Salud

Vivienda y hábitat

A modo de resumen

IV.Territorios, infraestructura y cuestión rural

Núcleos de exclusión y relegación

Desarrollo humano y brechas de desarrollo

Concentración geográfica y desigualdades provinciales

Dinámicas económicas provinciales

Infraestructura y desigualdad

Las brechas de infraestructura

Transporte en el Área Metropolitana de Buenos Aires

Subsidios, inversión y desigualdad

Infraestructura, territorio y las políticas del período

Tendencias de igualdad y desigualdad

Cuestión rural y desigualdad

La propiedad de la tierra hoy

El modelo de agronegocios y su impacto

La agricultura en las zonas extrapampeanas

Mercado de trabajo rural

En síntesis

V.Inseguridad y delito urbano

La configuración del delito y del temor

Tipos de delito, datos y fuentes

Evolución del delito en Buenos Aires

El delito en las provincias

¿Quiénes son los más victimizados?

Homicidios y desigualdad

Los economistas y el incremento del delito

Las explicaciones sociológicas

¿Disminuye la desigualdad pero no el delito?

Las políticas de seguridad

La extensión del sentimiento de inseguridad

En resumen

Reflexiones finales

Bibliografía

AGRADECIMIENTOS

REALICÉ este libro como investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con sede en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Parte del trabajo fue realizado en el marco del Proyecto de Investigación Científica y Tecnológica (PICT) 2008-0769, financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología, y del Proyecto de Investigación Plurianual (PIP) 0414 del CONICET. Agradezco a estas instituciones públicas por brindarme las condiciones para desarrollar mis tareas de investigación día a día desde hace años.

Una cantidad de colegas, amigas y amigos me brindaron generosamente materiales e informaciones, respondieron a mis dudas y/o leyeron partes del texto, y realizaron comentarios y críticas. Mi profundo agradecimiento a Alejandra Birgin, Inés Dussel, Agustín Salvia, Karina Bidaseca, Rosalía Cortés, Eleonor Faur, Federico Tobar, Héctor Palomino, Maristella Svampa, Eduardo Reese, Andrea Gutiérrez, Adriana Chazarreta, Valeria Hernández, Máximo Sozzo, Mercedes Di Virgilio, Gabriela Catterberg, Gonzalo Assusa, Mariana Luzzi y Daniel Kozak. Un particular reconocimiento a Gabriela Benza, quien ha sido una lectora generosa y profunda de todo el manuscrito. Por supuesto, la responsabilidad por las opiniones y posiciones del texto y, eventualmente, por sus falencias es exclusivamente mía.

Un agradecimiento también a Mariano Plotkin por estimularme a escribir este libro.

INTRODUCCIÓN

EN 2013, al cumplirse los diez años de la asunción a la presidencia de Néstor Kirchner, se suscitó un profundo debate en torno a un interrogante: ¿década ganada? El decenio transcurrido dio lugar a una suerte de balance sobre el que distintas voces se han pronunciado en formas diversas. Uno de los temas centrales es si la sociedad argentina se ha tornado menos desigual que en el pasado reciente y, si fuera así, en qué medida. La pregunta ha generado un creciente diferendo sobre los cambios luego de 2003. En rigor, no es una controversia tan reciente; podemos marcar 2007 o 2008 como un año que ha partido aguas. Hasta entonces había consenso sobre las mejoras respecto de 2002. Los datos eran casi incontestables (y por supuesto, confiables): la recuperación del empleo, el descenso de la pobreza y la reactivación económica en general dejaban poco lugar a dudas. Desde entonces, comienza una bifurcación cada vez más pronunciada en la evaluación del presente. Mientras ciertos discursos postulan que vivimos una época de transformaciones radicales respecto de los años noventa, comparable con pocos momentos pasados de Argentina en materia de disminución de la desigualdad, otras voces, por el contrario, han ido subrayando continuidades con la década anterior y, cuando más, rescatan contados cambios como realmente significativos. Ambas posiciones avalan sus afirmaciones con trabajos, datos e indicadores.

A medida que el debate en estos años se iba polarizando, más nos fuimos convenciendo de que era necesario atender a ambos planteos para componer una imagen que escapara de la postura dicotómica. No por una voluntad de ofrecer una tercera opción superadora de los opuestos, sino debido a la convicción de que había partes de razón en cada uno de ellos y de que era posible elucidar las claves de las posiciones encontradas. En particular, porque desde cada polo se ha apelado con frecuencia a dimensiones de análisis, datos, indicadores e hitos de comparación distintos. No se trata de una situación inédita: en una controversia política sobre el sentido de un período, es nodal la pugna por establecer la agenda de los temas y los parámetros a partir de los cuales evaluar la época.

¿Por qué elegir igualdad y desigualdad como punto de mira del período? En primer término, como se dijo, porque está en el espíritu de estos tiempos. La reducción de la desigualdad ha sido profusamente presentada tanto en la fundamentación de políticas como en las reivindicaciones de distintos grupos sociales; al punto que igualdad y desigualdad han ido convirtiéndose en una lente de la que parte de la sociedad y también el propio gobierno se valen a la hora de juzgar este ciclo. Pero la metáfora de la lente no debe llamar a confusiones: no se trata de un punto de mira unívoco y diáfano, sino que la definición misma de qué tipo de igualdad y desigualdad, en qué esferas y respecto a cuándo también está sujeta a posiciones diversas. A decir verdad, el tema trasciende nuestras fronteras: la desigualdad persistente continúa siendo el gran enigma latinoamericano, una de las claves de bóveda para entender procesos políticos, sociales y culturales presentes y pasados. Así, por ejemplo, la transmisión intergeneracional de la desigualdad fue el tema del Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) correspondiente a 2010 (PNUD, 2010a).

Sin embargo, si bien hemos escuchado en forma reiterada que nuestra región no es la más pobre sino la más desigual del planeta, los tiempos parecerían estar cambiando. Distintos trabajos señalan la reversión de la desigualdad y celebran la emergencia o el crecimiento de una clase media en países otrora caracterizados por una estructura social polarizada, describiendo la "democratización del consumo" por el nuevo acceso de franjas de sectores populares a bienes que antes les estaban vedados. Tanto es así que, al parecer, esa desigualdad persistente estaría por fin conociendo una reversión. Optimismo que tiene sus críticos, ya sea los que no acuerdan con este juicio de disminución de las inequidades o los que son cautos sobre su sustentabilidad en el tiempo. Amén de ello, si en ciertos momentos de nuestra historia la desigualdad parecía haber sido aceptada y aun naturalizada, hoy eso ya no sucede: la desigualdad importa a las sociedades, y mucho. Según el Barómetro de las Américas de 2013, la mayor parte de las y los entrevistados argentinos considera que el Estado debe intervenir para reducir las diferencias entre ricos y pobres; y salvo en Estados Unidos, en el resto de América también es mayoritario el sostén a dicho juicio.

El abordaje de la cuestión social desde la desigualdad también ha ganado adeptos porque prometía superar las limitaciones de la noción de pobreza, central en los estudios de los años noventa. Que no se malentienda: nadie ha dudado de la importancia de este tema, dado su gran incremento, pero el descontento cundió porque se circunscribía a un grupo más que a los procesos que había producido tal aumento. La desconfianza se extendió porque los mismos organismos multilaterales promotores de ajustes y reformas, cuyas recomendaciones de políticas eran una de las causas del problema, fueron los que promovieron parte de tales estudios. Entre tanto, hubo conceptos alternativos, como el de exclusión social, pero sin que se llegase a un consenso sobre su definición, y a la hora de intentar mensurar a los excluidos, a menudo resultaban ser los mismos pobres.

En contraposición, la desigualdad, en tanto noción relacional, permitió reinscribir a la pobreza dentro de la dinámica social y entenderla como un subproducto de las inequidades; puso en conexión la cuestión social con debates políticos y filosóficos de largo aliento, con los principios de justicia que debería regir una sociedad, con las formas de la ciudadanía, entre otras cuestiones. Una de sus cualidades, no menor, es que se podía traducir en indicadores cuantificables y, de ese modo, comparar entre países o establecer una relación con el pasado. La apelación a la desigualdad pareció entonces resolver estos y otros problemas que los conceptos anteriores presentaban. Tanto fue así que elucidar las causas, los engranajes y las consecuencias de la desigualdad fue una de las promesas de las ciencias sociales latinoamericanas de la última década, con mayor o menor fortuna en sus resultados.

Ahora bien, un punto de inflexión se produjo en el debate a pocos años de comenzado el nuevo milenio. La ya mencionada reversión de las tendencias hizo necesario empezar a considerar ahora los cambios positivos que se iban produciendo con la perdurabilidad de inequidades. En ese punto se ubica el objetivo de este libro: cuando sostenemos que hay parte de razón en ambas posiciones, surge una idea que nos guiará a lo largo de estas páginas, la de tendencias contrapuestas. Consideramos que, en el período que nos convoca, hubo claros movimientos hacia una mayor igualdad en ciertas dimensiones, pero también la perdurabilidad, o en ciertos casos hasta el reforzamiento, de desigualdades en otras. En rigor, como intentaremos mostrar a lo largo de los capítulos del libro, se trataría de un proceso complejo, con variedad de aristas, y este es el meollo de la cuestión. En algunos casos, las tendencias contrapuestas se verán en una misma dimensión, como pueden ser salud o educación. Pero también aquello que genera mayor igualdad en una esfera (como, por ejemplo, la reactivación general) podrá ser una clave explicativa para comprender la perdurabilidad o aun el crecimiento de la desigualdad en otra (como en el acceso a las viviendas).

Las temporalidades de los procesos no son idénticas: algunos siguen más de cerca los ciclos políticos; otros tendrán sus propios hitos centrales y puntos de inflexión. Asimismo, muchas desigualdades provienen de los años noventa, pero otras de tiempos anteriores. Intentaremos mostrar que estas tendencias contrapuestas, lejos de neutralizarse o balancearse, como si se tratara solo de diferencias cuantitativas en una misma dimensión (por ejemplo, tendencia hacia la mejora de ingresos a través del trabajo, pero aumento de la presión impositiva o del precio de determinados bienes o servicios que amengua parte de estos progresos), pueden referirse a procesos distintos y que, por ende, el efecto de composición será cualitativamente novedoso. Creemos, en pocas palabras, que esta época está caracterizada por estas tendencias contrapuestas; eso es lo que permite que un balance unívoco sea muy difícil de realizar y es una de las canteras de las que se nutren las controversias actuales.

El diferendo sobre nuestro período se contrapone con el alto consenso, tanto en el campo académico como en la opinión pública, sobre los años noventa: la década neoliberal es sinónimo de crisis social, desempleo, pobreza y desigualdad. Sobre los años del gobierno de Alfonsín, el balance es más matizado: si bien se ha llamado a los años ochenta la "década perdida" en toda la región por el estancamiento económico, los indicadores de desigualdad y pobreza fueron oscilantes y la desigualdad no es ni ha sido el punto de mira con el que se lee la transición democrática. Sí es el caso para los años noventa. Un cúmulo de investigaciones sobre ese decenio han dado suficientes pruebas de la magnitud y las aristas de la degradación social. Se ha demostrado el proceso de polarización social entre las clases; la retracción del empleo industrial; el incremento de la precariedad y la inestabilidad laboral, del desempleo y de la pobreza; la territorialización de los sectores populares cuando el barrio se transformaba en el mayor soporte relacional y de búsqueda de recursos, mientras las políticas sociales focalizadas los tornaban en "barrios bajo planes". Los sectores medios, por su parte, se vieron segmentados en una mínima parte que se enriqueció, una gran parte que descendió económicamente y otra que quedó sin grandes variaciones. Los sectores altos también experimentaron cambios, con una hibridación entre una vieja cúpula y los recién llegados. La cuestión rural daba a su vez cuenta de la crisis, en particular por la expulsión de población y la concentración de la propiedad en contra de los propietarios más pequeños. Las reacciones sociales desde mediados de la década a lo largo y ancho del país mostraron nuevas formas de protesta y acción colectiva. La crisis de 2001 y los siguientes años de conflicto y posterior recuperación dejaron a la Argentina de 2002 con indicadores inauditos en términos de desigualdad de ingresos y pobreza.

El panorama recién descrito no resume todo lo que ha sucedido: ha habido cambios que no se dejaron subsumir en la reforma neoliberal, o, mejor dicho, a pesar de ello pudo desplegarse una agenda en algunos temas como la igualdad de género, la violencia doméstica, el aumento de la inclusión educativa o el reconocimiento de nuevos derechos en la constitución de 1994. Ciertos indicadores sociales mejoraron en términos agregados (muchas veces por procesos que se habían producido años o décadas antes), aunque en paralelo aumentaron las desigualdades entre las provincias, como, por ejemplo, en mortalidad infantil. En pocas palabras, no solo en este período puede haber tendencias contrapuestas y temporalidades diversas.

Retornemos al diferendo sobre nuestra década. Una de sus razones, insoslayables, es la pérdida de confiabilidad de los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) luego de su intervención en 2007. Esto ha desarticulado los parámetros comunes de referencia sobre la inflación y la pobreza a tal grado que en 2013 la diferencia entre la tasa de pobreza oficial y la acuñada por un respetable centro de investigación era de veinte puntos. Mientras tal anomalía no termine de resolverse, será imposible llegar a consensos sobre determinados temas. Se trata de un problema central, pero no el único. La prueba es que los debates afectan a temas cuyos datos no son motivos de tales divergencias. Entre ellos, una controversia común a todo período que intenta construir su propio balance de lo hecho: cuánto es considerado pesada herencia que no puede pretenderse que se resuelva en pocos años y cuándo lo pasado se transforma en presente y pasa así a ser responsabilidad de la misma época. La respuesta no nos la darán solamente los datos; estos más bien pueden usarse para fundamentar una posición tomada de antemano. La responsabilidad sobre un problema es, nuevamente, parte de lo que se disputa en una época y en un ciclo político. Este diferendo está vinculado al hecho de que, a medida que la situación de crisis se aleja, 2001-2002 deja de ser el hito de comparación obligado. Acordar con cuál año o época es correcto establecer el contrapunto para llegar a un balance está sujeto a debate. En tal sentido, las imágenes que circulan son muy potentes: estamos igual que en los años noventa; se recuperó todo lo perdido o tan solo parte de ello. Usar años específicos puede ser una herramienta argumentativa eficaz, pero consideramos que es más fructífero articularlo con la comparación de tendencias en distintas épocas. En fin, el desdibujamiento de 2001 como mojón obligado también vuelve más importante la comparación con otros países.

La tercera expresión del desacuerdo es la creciente pluralidad de dimensiones de comparación. En rigor, no es un tema nuevo ni local: el descontento con las visiones exclusivamente centradas en la distribución del ingreso tiene larga data. Algunos debates se orientan a pluralizar las dimensiones en las cuales cotejar la desigualdad. No se niega la vinculación de otras inequidades con las económicas, sino que se afirma que poseen su propia dinámica y, en ocasiones, una autonomía relativa. Mientras que en los años noventa casi todos los indicadores de desigualdad se incrementaban, cuando el horizonte es de mayor igualdad —o al menos eso es lo que se discute—, la pluralidad de esferas resulta del descontento con la mirada exclusivamente económica y con el hecho de que no todas las dimensiones evolucionan de igual modo. A su vez, luchas recientes y pasadas, debates sobre nuevos derechos, identidades y demandas antes no legitimadas comienzan a visibilizarse e inscribirse en el lenguaje de la igualdad y la desigualdad. En efecto, en un período de menor desigualdad, lejos de menguar las demandas, estas pueden acrecentarse y también multiplicarse las dimensiones que los distintos actores intentan que se tomen en cuenta para disminuir las injusticias.

El panorama trazado puede sugerir un dejo de desazón sobre el camino que va a recorrer este libro: si tantos son los hitos, las opciones y las variables para elegir, ¿significa que cualquier juicio conclusivo sobre el tema es imposible o rebatible por otro arsenal de indicadores y parámetros de comparación de signo opuesto? Intentaremos presentar las claves de los debates y también fijar posición en cada tema. Este libro se basa en un análisis de trabajos y datos producidos en el período 2003-2013. Hemos recopilado un corpus muy extenso de investigaciones e indicadores elaborados por especialistas, organismos públicos, universidades y centros de investigación con posiciones y miradas diversas. Elegimos centrarnos en los ejes donde consideramos que hay mayores controversias, presentando datos de las tendencias contrapuestas. Y si bien este libro ofrece una cantidad importante de indicadores que ilustran estas tendencias, de todos modos, para lograr claridad en los planteos, también hemos dejado de lado una multiplicidad de textos e informaciones consultados.

Como hemos dicho, lejos estamos de la intención de emitir una verdad sobre esta época, aunque al finalizar el recorrido presentaremos nuestro propio balance. De todos modos, el lector no encontrará una gran preocupación por terciar el diferendo y una conclusión tajante sobre si fue o no una década ganada. Al fin de cuentas, nuestra propia hipótesis de una desigualdad multifacética y de la existencia de tendencias contrapuestas en el período ya sugiere matices. No dudamos que mucho ha cambiado respecto de los años noventa; también que muchos problemas se mantienen y otros nuevos han surgido. Pero por sobre todo, más que la década transcurrida, nos preocupa el futuro; aquello que queda por hacer y los problemas que seguiremos enfrentando. En ese sentido, nos parece necesario encontrar puntos de consenso sobre lo que debe ser salvaguardado y lo que debe ser transformado. Esta sí es una de nuestras inquietudes: una muestra de la labilidad de ciertos procesos es que mucho de lo que creíamos que se había perdido para siempre en los años noventa y en 2001 pudo ser recuperado más rápidamente de lo que imaginábamos. Su contrapartida, creemos, es que aquello que se ha logrado en materia de disminución de la desigualdad —no podemos decir todavía si mucho o poco— también es frágil, por lo que llegar a consensos básicos sobre ciertos objetivos alcanzados para preservarlos y profundizarlos en caso de que se requiera es uno de los desafíos del presente y parte de lo que este libro pretende sugerir a quienes lo lean.

I. LA DESIGUALDAD Y SUS INTERROGANTES

LA DESIGUALDAD ha sido tan vastamente tratada por la economía, la filosofía, la sociología y otras disciplinas que lejos está de ser un concepto unívoco. Por ello el modo en que formulemos nuestros interrogantes va a configurar, en cierta medida, el cuadro de situación resultante. En este capítulo, antes de adentrarnos en los distintos temas, daremos cuenta de una serie de decisiones concernientes a debates nodales, que nos guiarán luego en la indagación de cada cuestión.

UNA MIRADA MULTIDIMENSIONAL

La pregunta obligada para comenzar es: ¿desigualdad de qué? Durante largo tiempo y para muchos aún hoy, la respuesta ha sido evidente: desigualdad de ingresos. En la medida en que en las sociedades capitalistas el dinero constituye el rector principal de distribución de otros bienes y servicios, la repartición de la riqueza ha sido y sigue siendo el tema central de las preocupaciones académicas y de las luchas en pos de disminuir las injusticias sociales. Desde esta perspectiva, aunque se acepte que las esferas de bienestar son plurales, no tendría mayor sentido multiplicar las dimensiones por examinar, dado que todas estarían interrelacionadas con las desigualdades de ingresos, como causa explicativa o, cuando menos, al evidenciarse un “aire de familia" —parafraseando a Michael Walzer (1993)— entre quienes están peor ubicados en la distribución de cada uno de los factores de bienestar. Utilizamos el concepto de bienestar sabiendo que tiene tras de sí una larga historia de debates. Adoptamos una perspectiva cercana a la de Amartya Sen (1998), quien lo emplea para dar cuenta de dimensiones, esferas o ámbitos en los cuales se produce una distribución diferencial de bienes y servicios originando grados de libertad, autonomía y posibilidades de realización personales desiguales.

Pero aun la mirada unidimensional no es ajena a debates, como veremos en el próximo capítulo. En efecto, ¿qué distribución es la que capta realmente el grado de desigualdad? ¿Aquella que se produce entre individuos u hogares, como muestra el coeficiente de Gini? ¿O, por el contrario, deberíamos atender a la llamada distribución funcional o primaria, entre capital y trabajo? Asimismo, la repartición difiere antes de los impuestos y después, y el panorama cambia cuando se pondera la forma en que el gasto público se distribuye entre los estratos. Tampoco la desigualdad objetiva y su percepción subjetiva por lo general coinciden. Los estudios muestran que los países se ordenan de modo diferente si se mide la desigualdad objetiva o cuando se utiliza la percepción subjetiva de la población sobre las inequidades (Chauvel, 2006). Así, aun la desigualdad de ingresos no está exenta de controversias.

A decir verdad, nadie discute su centralidad, pero sí que sea la única faceta de bienestar válida para indagar. Diferentes indicadores han integrado otras dimensiones como salud, educación, vivienda, a las que se han incorporado condiciones del medio ambiente, acceso a la justicia, respeto o reconocimiento de la diversidad, entre otras. Tampoco la desigualdad de ingresos se reproduce en forma idéntica en otros ámbitos. En cada uno de los temas revisados se verán dinámicas, hitos y temporalidades específicos, y uno de sus corolarios es que las políticas para disminuir la desigualdad en cada una de las esferas serán distintas. En efecto, hay un margen de maniobras para que las políticas establezcan otros principios distributivos que no sean el ingreso. Asimismo, se plantea la pregunta sobre qué grupos específicos —según su género, pertenencia étnico-nacional o a alguna otra minoría, lugar de residencia, entre otras— sufren las mayores desigualdades en cada una de las esferas.

El llamado a incluir facetas del bienestar diferentes al económico no es nuevo. Comienza con una crítica al ordenamiento de países por producto bruto interno (PBI) o por ingresos medios cuya primera respuesta fue el índice de desarrollo humano (IDH), acuñado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en los años noventa, que aunaba los ingresos, la esperanza de vida y los niveles educativos, ordenando a los países en un ranking. Si bien fue un avance en cuanto a pluralizar las esferas, los promedios nacionales podían esconder distintos niveles de desigualdad interna, razón por la cual se concibió luego un IDH sensible a la desigualdad, que “penalizaba" el valor obtenido por un país en la medida que la inequidad fuera elevada, como veremos en el capítulo IV. En la misma dirección, se estableció un IDH sensible al género para captar este tipo de disparidades.

Las críticas a las miradas unidimensionales alcanzaron a casi todos los indicadores; también a la pobreza. Y es así que en los últimos años asistimos al desarrollo de mediciones de pobreza multidimensional, incluyendo otras dimensiones además de la de ingresos. Pero la pobreza, como dijimos, también tuvo sus críticos. Se la recusó por dirigir la mirada a un grupo específico, sin develar necesariamente las dinámicas productoras de esta situación, como la explotación, y desatendiendo a las clases sociales y sus conflictivas relaciones. Los años noventa fueron al mismo tiempo una década de multiplicación de estudios sobre la pobreza como del intento de desarrollar otras categorías que pudieran suplir sus falencias. Uno de las alternativas más difundidas, la exclusión social, fue objeto de muchos trabajos, pero nunca de un consenso sobre su definición. Así, por ejemplo, para Amartya Sen (2000), quien trata de articular la idea de exclusión social con su esquema de capacidades, el eje está puesto en la exclusión de relaciones sociales significativas, que a su vez puede implicar la privación de otras capacidades (acceso al crédito o a oportunidades laborales) y llevar de ese modo a la pobreza.

En una vinculación más clásica con las tres esferas de ciudadanía de T. H. Marshall, para Graham Room (1995), la exclusión es la negación o la no obtención de derechos civiles, sociales y políticos. Por su lado, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) (Rodgers, 1994) estableció tres esferas de exclusión: del trabajo, en el trabajo (por no acceso a derechos laborales) y de ciertos bienes y servicios válidos según los distintos países. Luego, siguiendo las particularidades locales, se señalan otras esferas: la exclusión de la tierra en los países con fuerte pobreza rural, de la justicia y la libertad en países no democráticos, de igualdad de género en aquellos signados por la discriminación, de crédito en países con alto grado de informalidad, entre otras. Un debate interesante, sin duda, pero que muestra la dificultad de acordar un criterio unívoco para definir la exclusión social.

América Latina y nuestro país en particular también fueron escenario de estos debates e intentos de nuevos modos de estudiar la cuestión social. En este sentido, en los últimos años ha cobrado creciente centralidad la preocupación por la desigualdad. En rigor, el tema nunca ha estado totalmente ausente, pero la situación de crisis de los años noventa contribuyó a privilegiar una preocupación por la pobreza y la exclusión. Influyó también que los organismos multilaterales, que fijaron parte de la agenda de investigación durante años pasados, evitaron por entonces discutir el tema. Hoy la desigualdad social ha vuelto al centro del debate público y académico. Pero este retorno no puede desconocer las miradas multidimensionales ya aceptadas para los otros conceptos. La desigualdad plural lleva a examinar en cada cuestión causas y consecuencias propias, así como su interrelación con la dinámica de otros temas. Nuestra postura es que resulta necesario articular esta mirada multidimensional de la desigualdad con conceptos como exclusión, pobreza, bienestar y condiciones de vida en general, dado que mientras el primero se vincula con procesos sociales más generales, los segundos permiten apreciar más claramente la situación de las poblaciones más vulnerables. En otras palabras, si fue necesario pasar de los grupos específicos a los procesos, a la hora de precisar la forma en que la desigualdad (o las tendencias contrapuestas) afecta en forma específica a distintos grupos, nos será de utilidad vincularla con los otros conceptos para volver nuevamente de los procesos a los grupos y las poblaciones.

DIMENSIONES Y COMPARACIONES

Una vez adoptada una mirada multidimensional, la pregunta siguiente es cuáles esferas explorar. ¿Nos circunscribimos a las áreas de bienestar más clásicas como salud, educación o vivienda, o incluimos otras tales como ocio o acceso a la justicia? A esto se agrega la pregunta de lo que la sociología llamaría “unidades de análisis" a comparar, que pueden ser individuos, grupos étnicos, clases sociales o territorios. A lo largo del libro, en ocasiones examinaremos las diferencias entre individuos; en otras, cotejaremos grupos tradicionalmente tomados en cuenta por las ciencias sociales, como las clases sociales o los estratos de ingresos; y nuestra mirada también se dirigirá al género, a las minorías étnicas o de otro tipo, y a los territorios. Sin duda, una decisión atañe al modo de incluir la cuestión de género en tanto es un factor explicativo de la desigualdad, tal como las clases sociales. El dilema es si dedicarle un capítulo específico o, como haremos, incluirla por medio de una mirada transversal a todas las dimensiones (su riesgo también es conocido: que quede invisibilizada por esta misma transversalidad). Nos preguntamos, asimismo, cómo establecer la relación entre la desigualdad y temas tales como diversidad, situación de las minorías y las distintas formas de discriminación.

Una desventaja del abordaje multidimensional es la multiplicación indefinida de esferas. Zygmunt Bauman (2011) afirma que, cuando la oposición entre capitalismo y comunismo estructuraba el campo político, primaba cierto acuerdo sobre cuáles eran las necesidades, y que estas eran limitadas. Una de las características de la Modernidad tardía es que aparecen como infinitas, transformadas ahora en deseos. Acordamos con la idea de una multiplicación actual de las dimensiones examinadas bajo la lente de la igualdad y la desigualdad. Sin embargo, no creemos que se deba solo a una expansión de los deseos, sino que la demanda por igualdad suele incrementarse cuando la sociedad se ve a sí misma más próspera, reavivándose la promesa democrática de mayor justicia social. En otras palabras, cuando ciertas necesidades básicas parecen estar más cubiertas, suele extenderse la demanda por la satisfacción de otras hasta entonces menos presentes en el espacio público. Uno de los efectos de esta lógica expansiva de la demanda por igualdad es que el descontento y las denuncias por las injusticias pueden tener tanta o hasta mayor presencia en un período de mayor bienestar que en un pasado de inequidad más pronunciada. El riesgo para un estudio como el nuestro es no establecer cierta distancia entre el juicio del investigador y el espíritu de la época, llegando quizás erróneamente a una conclusión de desigualdades en expansión.

Intentando sortear este riesgo, en este libro adoptamos lo que Paul Ricreur (1995) ha llamado un “pluralismo controlado" de las esferas por considerar, elegidas en virtud de tres criterios: relevancia, dinámicas propias y controversia. La primera pregunta es cómo juzgar la relevancia. Esto nos lleva al debate entre una perspectiva estructural y otra constructivista. Para la primera, no es tan importante la mirada de los actores sobre si esa desigualdad es significativa, ya que con ciertos datos objetivos sería suficiente para justificar la elección de un problema; mientras que para la segunda, la preeminencia está dada por el lugar de la cuestión en el espacio público, más allá de las constataciones objetivas. Al fin de cuentas, un tema puede preocupar, causar indignación o estar en la base de acciones colectivas mucho más que otros cuya gravedad, si se lo evaluara desde determinados indicadores, podría ser considerada mayor. Tomando elementos de ambas posturas, elegimos dar una respuesta desde la perspectiva de los problemas públicos. Para este paradigma, existe en cada momento una variedad de problemas que compiten entre sí para transformarse en un problema de sociedad, intentando atraer la consideración del Estado y de la opinión pública.

Ahora bien, algo se transforma en un problema público cuando se da una serie de condiciones: consenso social de que es un tema importante, trabajo de los especialistas, apelación al Estado a dar respuestas, existencia de indicadores y categorías convincentes que permiten que un tema se estabilice como preocupación en la arena pública. Desde nuestra perspectiva (que no es la de un constructivismo extremo, para el cual no importan las condiciones objetivas para que un tema se emplace en tanto problema público), en primer lugar tiene que haber algún tipo de experiencia colectiva de malestar, descontento o sufrimiento social sobre la desigualdad en la esfera en cuestión, y, en segundo lugar, a tal experiencia deberemos poder aunar una serie de datos que avalen su relevancia. En síntesis, cada tema debe reunir preocupación social con un sustento estructural.

Desde esta perspectiva, en los dos capítulos que siguen nos centramos en dimensiones clásicas, como distribución del ingreso y luego educación, salud y vivienda. Sobre ellos hay consenso acerca de su relevancia como esferas de bienestar, así como existe una serie de indicadores que contribuyen a ubicarlos en el centro de la discusión sobre desigualdad. A continuación, en el cuarto capítulo, nos ocupamos de las desigualdades territoriales, un punto de mira complementario a las desigualdades entre individuos o clases. Y nos adentramos en otros problemas cuya relevancia para una agenda de desigualdad es propia de nuestra época: nos referimos a la infraestructura, en particular el transporte, así como a la cuestión rural. No dudamos de que, de manera objetiva, estos temas han sido siempre significativos, pero cobraron centralidad en el debate más recientemente: en el primer caso, sobre todo por hechos trágicos; en el otro, por la expansión del modelo sojero. Algo similar sucede con nuestro quinto capítulo, en el que incluimos otro tema que conjuga alta preocupación con una relación cuando menos controvertida con la desigualdad; nos referimos al delito y la inseguridad. De este modo, nuestras esferas y puntos de mira son indisociables de las discusiones actuales de la sociedad argentina. Sin lugar a dudas, una década antes o en otros contextos, este libro recorrería dimensiones en parte comunes y en parte distintas a las que aquí presentaremos.

Nuestra elección también se ha guiado por lo que llamamos dinámicas propias. ¿A qué nos referimos? Al hecho de que, sin desconocer la existencia de desigualdades económicas que permean a todas las restantes, cuando se mira desde las dimensiones analizadas, existe un margen de maniobra para influir en ellas. A modo de ejemplo, nadie duda de que el nivel socioeconómico de los estudiantes influye en su desempeño educativo, pero tampoco de que el peso de esas desigualdades de origen se puede atenuar o no en el terreno escolar en la medida que existan políticas al respecto. Algo similar podríamos decir de todas las dimensiones elegidas. Con dinámicas propias queremos decir, entonces, que hay un margen de maniobra en las dimensiones estudiadas para que las distintas políticas sectoriales, como las de vivienda, educación, salud o infraestructura, entre otras, atenúen la reproducción de las desigualdades económicas en su esfera específica. En segundo lugar, asumimos que los procesos pueden tener temporalidad propia, a diferencia de lo que sucede con el decurso de los ingresos. Por ello, en cada esfera podrán también señalarse tendencias y procesos con un grado de especificidad propia y diferente de las otras. En todas es importante el punto de partida de nuestro período de análisis: si por un lado el signo de 2003 es la profunda crisis socioeconómica, cierto es que en cada una de las dimensiones cobró manifestaciones específicas. A esto se debe agregar que, en muchos casos, a las nuevas carencias se sumaron otras persistentes desde tiempo atrás.

El tercer criterio fue elegir aquellos temas en los cuales se plantean controversias, donde tanto las posturas de los actores como el examen de los indicadores originan debates o al menos podrían generarlos. Por estas mismas razones, algunas cuestiones se han dejado de lado, dado que el nivel de controversias es menor. Nos referimos, en particular, a temas de diversidad sexual, donde la ley de matrimonio igualitario, la ley de identidad de género y una actitud decididamente más abierta son innegables y conforman movimientos en pos de mayor igualdad. En relación con los distintos grupos sociales, no todos han conocido un trato similar: en particular pensamos en la grave situación de los pueblos originarios, que será abordada en distintos capítulos. En otras cuestiones ha habido leyes interesantes, como la vinculada a la salud mental, pero su aplicación ha sido poco satisfactoria hasta ahora, o la nueva ley migratoria, cuyo espíritu incluyente es innegable. En relación con el género, ha habido avances en muchos de sus aspectos; sin embargo, perduran inequidades que serán tratadas en los capítulos correspondientes, en particular en el de ingresos y mercado de trabajo.

Por último, hay otros temas que nos hubiera gustado tratar y por distintas razones no lo hemos hecho. Uno es el acceso a la justicia, un factor de igualdad central. En este caso, nos parecían insuficientes los indicadores a los que accedimos como para poder tener y brindar un panorama claro. Es indudable que en ciertas cuestiones como las nombradas recién, como diversidad y discriminación, ha habido avances importantes en cuanto a derechos, si bien aún resta poder tener una visión sobre su implementación efectiva. El otro tema central, al que solo tangencialmente nos referimos en algunos capítulos dado que otras y otros colegas están llevando a cabo un debate importante, es el que incumbe, en Argentina y en otros países de la región, al modelo productivo actual y su impacto en la igualdad presente y futura de nuestra sociedad. En efecto, el llamado “neoextractivismo”, o lo que Maristella Svampa (2013) ha llamado el “nuevo consenso de las commodities”, tiene sus puntos de intersección sobre el debate en torno a la desigualdad, en cuanto se discute cómo afecta a las sociedades un tipo de desarrollo basado en la explotación de determinados recursos naturales, en su mayor parte no renovables y con innegable impacto en el medio ambiente y social. Si bien daremos cuenta de parte de este debate al tratar el modelo sojero, haremos poca referencia al tema de la minería, otro de los ejes de esta discusión.

INDICADORES PRESENTES Y PASADOS

La imagen global de la sociedad resultará tanto de las esferas que se incluyan en el análisis como de aquellas que se excluyan. De hecho, parte de los diferendos actuales se asientan en la consideración de cuestiones distintas para apoyar un juicio positivo o uno crítico. En nuestro caso, en la medida en que nos guía la idea de las tendencias contrapuestas, las esferas que escogimos contribuirán a ilustrar tal argumento. En los diferendos gravita no solo la elección de esferas, sino también los indicadores utilizados para explorar cada una de ellas. En educación, por ejemplo, un juicio puede derivarse del aumento de la cobertura y otro muy distinto si nos centramos en las disparidades en la calidad o en el rendimiento educativo. En relación con esto, retomamos los principios que guiaron la elección de esferas: elegir un grupo de indicadores relevantes, aquellos que lo sean estructuralmente, por la forma en que inciden en el bienestar y también por ser parte de las controversias actuales.

También aquí la perspectiva de los problemas públicos nos es de ayuda por dos razones. En primer lugar, para el caso de ciertas temáticas que no eran casi tomadas en cuenta hasta hace pocos años, como la calidad educativa. Su relativa novedad no quiere decir que el problema sea reciente, sino que no estaba construido en tanto tal y, por ende, no existía para nosotros ni para el resto de la sociedad. En efecto, es habitual construir imágenes nostálgicas de un pasado en que supuestamente el problema en cuestión no habría existido, cuando en realidad nuestras categorías e indicadores son lo novedoso. Tan solo para señalar algunos temas, la violencia escolar o la de género tienen una historia relativamente reciente como problema público (con sus leyes, expertos e instituciones), pero nadie afirmaría que sean cuestiones nuevas.

El segundo punto es que nuestra posición como analistas sociales, nuestros conceptos e indicadores, lejos de ser considerada como una observación externa procedente a catalogar una realidad objetiva preexistente, es parte activa (con nuestros juicios y nuestras categorías estadísticas) de la puesta en forma y la puesta en sentido de esa realidad. En otras palabras, volviendo al ejemplo dado, no es posible pensar la problemática de la calidad educativa sino en relación con el debate, las pruebas internacionales, la opinión de los expertos y los rankings. Ahora bien, sostener que un problema es una construcción social no implica restarle validez a su importancia. De lo que se trata es de comprender la imposibilidad de pensar y discutirlo sin las categorías, los relatos y los indicadores que le dan existencia social.

De todos modos, a veces mirar el pasado con las categorías del presente nos ayuda a cuestionar imágenes consolidadas. Por ejemplo, la imagen de una sociedad argentina más igualitaria y con gran movilidad social, tal como aparece en textos canónicos de la sociología local (como Germani, 1962), cambia si adoptamos una perspectiva de género y federal. Tales imágenes se basaron en investigaciones que se centraron en la región metropolitana y que no tomaban en cuenta la situación ni de las provincias ni de las mujeres; las encuestas de movilidad inter e intrageneracional, tal como era habitual en todo el mundo, investigaban la ocupación de los hombres. Se suponía que la situación masculina definía la de las mujeres, unidas a un hombre proveedor principal. Así las cosas, mirada desde hoy, posiblemente la movilidad social no haya sido tan evidente para todos y, sobre todo, para todas; y en consonancia, los años posteriores, vistos como de estancamiento o caída, como muestran ciertos trabajos (Jorrat, 2005), hayan significado para las mujeres una situación más móvil, en particular por un acceso mayor que sus predecesoras a la educación y a puestos más calificados en el mercado de trabajo. En fin, de lo que se trata es de ser cuidadosos en lo que se deduce de las propias categorías e indicadores y no caer en la habitual “trampa del realismo", como la llamó Raymond Boudon (1984), transformando las categorías de los analistas en propiedades de los hechos. Por ello, poder dar cuenta de los debates que subyacen en los indicadores elegidos y poder contrastarlos con otros que brinden una perspectiva diferente será parte de las tareas que nos proponemos.

HITOS COMPARATIVOS E INTENSIDADES

Para establecer un juicio sobre la igualdad y la desigualdad en nuestro período, es preciso comparar. El punto que se debe decidir es con qué contrastar. ¿Con el pasado? ¿Con otros países? No es una decisión sin consecuencias: afirmar que las cosas están mejor que en 2002 es hoy ya una obviedad; pero también usar un año puntual del pasado en tanto referencia para dar un juicio conclusivo tiene sus bemoles: puedo escoger uno u otro según si quiero enfatizar una mirada positiva o una negativa sobre el presente. Nos parece más adecuado cotejar tendencias del período presente con otro del pasado, lo que permite una contrastación más sólida que entre hitos temporales aislados.

En segundo lugar, intentaremos una contraposición con otros países en una situación de partida comparable y en un período similar. Esto nos puede dar pistas del desempeño de Argentina en términos relativos, lo que ayuda a justipreciar si la mejora de un indicador es satisfactoria. En tercer lugar, es necesario poner en relación los avances o retrocesos en un problema con lo acaecido en otros que forman parte de una misma esfera de bienestar. Así, por ejemplo, si se logra un acceso más equitativo en fertilización asistida o aun en tratamientos para el VIH-sida, pero el mal de Chagas sigue siendo un tema de alta prevalencia y sus medicamentos son caros o no hay seguros para las llamadas “enfermedades catastróficas”, esto sin duda afectará el juicio sobre la desigualdad en salud. Otra cuestión para considerar es la competencia entre temas por la asignación de recursos: nos referimos a que hay un debate necesario entre disminución de la desigualdad, asignación de recursos y eficacia del gasto. ¿Qué decir cuando un indicador ha mejorado y las brechas entre los grupos han disminuido, pero con un gasto mucho mayor al que se observa en otros países que lograron resultados similares o aun mejores? ¿Podemos sostener el mismo juicio que si el logro se hubiera alcanzado con menor costo y, por ende, permitiendo que una parte de los recursos se destinaran a disminuir otras desigualdades?

Hay otra pregunta que nos interesa plantear, aunque tampoco obtengamos fácilmente respuestas. Nos referimos a la intensidad de la desigualdad. Más o menos desigual es el interrogante central de este libro, pero quisiéramos que la respuesta no fuera solo en términos dicotómicos, sino poder interpretar el significado de esas diferencias. En efecto, ¿qué implica una determinada intensidad de desigualdad respecto de otra? ¿Cómo hacer que una diferencia cuantitativa sea significativa como consecuencia cualitativa? ¿Cómo se traducen en condiciones de vida dos diferencias de desigualdad en cada esfera? Un coeficiente de Gini —que mide desigualdad de ingresos— mayor a 0,5 no implica solo una distribución de ingresos más desigual que si fuera 0,3, sino que detrás de cada valor hay un conjunto de procesos sociales, causas y consecuencias particulares. Más complejo resulta aun en otras dimensiones de bienestar, donde lo que se distribuye no es tan claramente fungible en dinero. Así, si solo el 40% de la población tiene acceso a servicios de salud de cierta calidad, en otra sociedad asciende al 60% y en una tercera, al 80%, sin duda en los tres casos serán diferentes los procesos de salud y enfermedad, la estructura demográfica resultante de esperanzas de vida o la experiencia social de riesgo y temor frente a las eventuales dolencias.

¿En qué se originan las intensidades diferenciadas de la desigualdad? son el resultado de una conjunción de procesos, tanto aquellos que producen como los que contrarrestan la desigualdad en cada esfera. En algunos casos, habrá derechos sociales efectivos que asegurarán un umbral de ciudadanía social y que en cada esfera se traducirán en niveles de menor o mayor desigualdad de acceso a bienes y servicios. Así, por ejemplo, leyes de educación obligatoria, de ingreso ciudadano, de prestaciones médicas, de cupos para grupos sociales subalternos contribuirán a regular las intensidades de la desigualdad. En todo caso, adelantando que será la pregunta más difícil de responder, nos parece importante dejarla planteada, ya que —con excepción de lo relativo a la desigualdad de ingresos— pocas veces los trabajos sobre el tema lo hacen.

¿QUÉ ES LO OPUESTO A LA DESIGUALDAD?

La respuesta parece obvia: la igualdad. Sin embargo, aun si esta fuera la contestación, no es un concepto unívoco. Sabemos que el punto de partida de todo debate y toda pugna es la desigualdad, porque ella es la que nos interpela, genera indignación, motiva la búsqueda de justicia o de reparación. Pero un libro sobre desigualdad debe plantearse qué horizonte de igualdad presupone o pretende. Una primera decisión es, siguiendo a François Dubet (2011), elegir entre un horizonte de igualdad de posiciones o igualdad de oportunidades. La primera hace referencia a que los distintos grupos o categorías sociales ocupen lugares en la estructura social cuyos beneficios sean más o menos similares. El ideal es una sociedad donde los ingresos, el acceso a la salud, la educación y otros bienes y servicios básicos tengan una distribución que tienda a la igualdad, más allá de la diversidad de situaciones ocupacionales. Las sociedades socialdemócratas del norte de Europa podrían ser el ejemplo histórico más acabado.

La otra posición es la igualdad de oportunidades, más cercana al ideal estadounidense. Su idea rectora es la meritocracia, y la igualdad consiste en asegurar que todas y todos puedan competir en igualdad de condiciones por los lugares más deseables de la estructura social. La meta sería la competencia perfec