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En América Latina, las calles y las redes son caja de resonancia de un descontento social generalizado y de un creciente cuestionamiento a la democracia: protestas callejeras y paros contra medidas gubernamentales; manifestaciones a favor o en contra de presidentes, congresos y tribunales; encendidas campañas pro- y antiderechos. ¿Alcanza con hablar de polarización y antipolítica, o hay que refinar los conceptos para comprender mejor de qué se quejan quienes se quejan y por qué votan como lo hacen? Este libro traza algunas coordenadas para caracterizar y distinguir las formas de ese hartazgo social, y potenciar la búsqueda de salidas sin anteojeras analíticas. Así, aporta tres escenarios: la polarización ideológico-afectiva, en la que el adversario se presenta como el responsable de todos los problemas mientras que los propios son quienes pueden resolverlos (como en Brasil, Uruguay y la Argentina); el descontento generalizado, en el que las élites políticas son percibidas como separadas y hasta contrarias a los intereses de las mayorías sociales (como en Colombia, Chile y Perú), y la polarización centrada en la irrupción de un líder, un outsider que propone un futuro promisorio asociado a su figura (como AMLO en México y Bukele en El Salvador). La variedad de escenarios de conflicto tiene sin embargo un marco común: las crisis de las izquierdas latinoamericanas no termina y las derechas radicales lo están aprovechando con líderes capaces de encarnar el descontento. La pregunta, inquietante, está abierta: ¿se está construyendo un nuevo consenso organizado por la ultraderecha, o atravesamos solo un nuevo capítulo de un tiempo de agitación y frustraciones sin final a la vista?
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Seitenzahl: 341
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Índice
Cubierta
Índice
Portada
Copyright
Introducción. Después del boom: América Latina, entre la polarización y el descontento (Gabriel Kessler, Gabriel Vommaro)
1. Dinámicas políticas y electorales luego del “giro a la izquierda” (Santiago Anria, Rocío Salas-Lewin, Kenneth M. Roberts)
2. La Argentina: entre polarización, crisis y persistencia de clivajes tradicionales (Gabriel Kessler, Gabriel Vommaro, Gonzalo Assusa)
3. La radicalización del conflicto político en Brasil (Richard Miskolci)
4. Señales confusas y desalineamiento ideológico: agendas, encuadres y la arena electoral en Colombia (Juan Carlos Rodríguez-Raga, Juan Andrés Calderón Herrera)
5. Bukelismo y tecnoutopía: estrategias comunicativas y conflicto en torno a un líder emergente (Amparo Marroquín Parducci, Carlos Iván Orellana)
6. Un líder altamente polarizador en una sociedad escasamente polarizada: México durante el gobierno de López Obrador (Nitzan Shoshan, Ana Paulina Gutiérrez Martínez)
7. Chile: desapego y politización sin identificación con la política institucional (Kathya Araujo)
8. Una crisis por delante. Perú como caso de descontento social generalizado y polarización entre dos identidades negativas (Carlos Meléndez)
A modo de conclusiones (Gabriel Kessler, Gabriel Vommaro)
Epílogo. Polarización y descontento (Federico Neiburg)
Agradecimientos
Acerca de las y los autores
Gabriel Kessler
Gabriel Vommaro
compiladores
LA ERA DEL HARTAZGO
Líderes disruptivos, polarización y antipolítica en América Latina
Vommaro, Gabriel
La era del hartazgo / Gabriel Vommaro; Gabriel Kessler.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2025.
Libro digital, EPUB.- (Sociología y Política)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-801-439-5
1. Sociología. 2. Política. 3. Sociología Política. I. Kessler, Gabriel II. Título
CDD 320
© 2024, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de portada: Pablo Font
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: abril de 2025
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-439-5
Introducción
Después del boom: América Latina, entre la polarización y el descontentoGabriel Kessler, Gabriel Vommaro
Un continente convulsionado
El 21 de noviembre de 2019, en Colombia, sindicatos y organizaciones sociales convocaron a una jornada de paro nacional contra lo que denominaban “el paquetazo”, un conjunto de medidas impulsado por el gobierno de Iván Duque que incluía el aumento de la edad jubilatoria, la reducción del salario mínimo para los jóvenes, medidas de austeridad fiscal y proyectos de reforma laboral. Las movilizaciones asociadas al “Paro Nacional #21N” se extendieron durante largas semanas. Dieciocho meses más tarde, se iniciaron nuevas protestas, conocidas como “el estallido”, esta vez desencadenadas por el anuncio de un proyecto de reforma tributaria propuesto por Duque.
Entre octubre de 2019 y marzo de 2020, Chile también tuvo su “estallido”. Todo comenzó con una protesta contra el alza en la tarifa del transporte público de Santiago. Miles de estudiantes secundarios se organizaron para realizar actos de evasión masiva, como saltar el molinete, en el metro de esa ciudad. Tras una dura respuesta del gobierno de Sebastián Piñera, que incluyó la clausura del metro y la represión a los manifestantes por parte de los carabineros, se propagaron los focos de protestas, saqueos y disturbios violentos a lo largo de todo el país. Piñera decretó el estado de emergencia en las comunas del Gran Santiago y el toque de queda a partir de la noche del sábado 19 de octubre. Las protestas se prolongaron durante meses y el paisaje urbano de la capital de ese país se modificó drásticamente desde entonces.
En Perú, a partir de diciembre de 2022 y con mayor fuerza desde enero de 2023 estallaron masivas movilizaciones en apoyo al presidente recién destituido, Pedro Castillo, que, entre otras medidas, había intentado disolver el Congreso e intervenir el Poder Judicial para enfrentar el inminente proceso de destitución, el tercero en su corto período en el poder. Según una cronista extranjera, “un himno de protesta se grita en las calles: ‘Esta democracia ya no es democracia’”.[1]
En Ecuador, en octubre de 2019, tuvo lugar una ola de movilizaciones a nivel nacional contra las medidas económicas de austeridad del gobierno de Lenín Moreno. En junio de 2022, otra vez hubo masivas protestas que exigieron al gobierno, ya con Guillermo Lasso como presidente, compensaciones sociales y económicas en el marco de una economía golpeada por la inflación y el desempleo.
En Honduras, los sindicatos de médicos y profesores iniciaron protestas contra reformas en la salud y la educación públicas que, según afirmaban, perseguían su privatización. Estas protestas recibieron amplias adhesiones, y al poco tiempo ya exigían la renuncia del presidente, por entonces acusado de connivencia con el narcotráfico.
Tras la victoria de Lula en 2022, hubo movilizaciones asociadas al proceso electoral en Brasil. Mientras los partidarios del líder del Partido de los Trabajadores (PT) celebraban su regreso al poder tras haber pasado por la cárcel y estar proscripto en el proceso electoral de 2018, un bloque consolidado de apoyos al presidente saliente, Jair Bolsonaro, daba cuenta de la resiliencia de ese movimiento de extrema derecha, cuya irrupción electoral en 2018 había sorprendido a la mayor parte de los observadores. El 8 de enero de 2023, un grupo de militantes pro-Bolsonaro, que se negaban a aceptar el resultado de las elecciones presidenciales, irrumpió en la Plaza de los Tres Poderes, en Brasilia, ingresó en la sede del Congreso y en el Superior Tribunal de Justicia, blanco principal de su ira, e intentó invadir el Palacio de Planalto.
En octubre de 2023, en Guatemala, otro proceso electoral conflictivo dio lugar a manifestaciones masivas en apoyo al presidente electo, cuya asunción el Tribunal Supremo Electoral amenazaba impedir en virtud de irregularidades en las firmas de aval al partido. El ganador era Bernardo Arévalo, y se había impuesto a los candidatos de los desprestigiados partidos de ese país.
En la Argentina, entre 2018 y 2020, y en México, entre 2022 y 2023, se organizaron manifestaciones masivas en favor y en contra de la legalización del aborto. Estas movilizaciones dieron cuenta tanto de la solidez del activismo feminista como del crecimiento de los movimientos conservadores, que estaban en la base de la reacción a los avances en materia cultural en buena parte de la región. Feministas proderechos y grupos conservadores tenían diferentes bases de apoyo y se integraban a diferentes tipos de coalición en cada caso –con vínculos partidarios más sólidos en la Argentina que en México–, pero en conjunto daban cuenta de una fuerte presencia de la agenda cultural en la región y de su capacidad de traccionar energías y pasiones políticas.
El repaso no es exhaustivo, pero permite ilustrar que América Latina es, en los últimos años, una región convulsionada y sumida en un proceso de inestabilidad. En efecto, tras un ciclo económico ascendente en el que los indicadores sociales mejoraron en casi toda la región, se vive un período de creciente descontento y conflicto social y político. América Latina cruje. El descontento tiene fuentes diversas, que van desde el alza de los precios de la canasta básica y la energía y los problemas de inseguridad y corrupción, hasta el aumento de impuestos y la acumulación de deficiencias en los servicios públicos. Entre 2003 y 2010, los indicadores sociales y distributivos mejoraron en toda la región, para luego estancarse hasta 2015, cuando la situación empezó a empeorar claramente, hasta agravarse por completo en 2020 a raíz de la pandemia de covid-19 (Benza y Kessler, 2021). Cuando los recursos del boom de las materias primas comenzaron a escasear, quedaron deudas redistributivas, Estados con dificultad para proveer bienes de calidad y sospechas generalizadas de corrupción. Estas “deudas” alimentaron las frustraciones entre los ciudadanos. Las fuerzas de izquierda que habían traído vientos de cambio a principios del siglo XXI se volvieron el establishment a desafiar. El fortalecimiento de oposiciones de derecha hizo presagiar un giro político similar a la “marea rosa” de los años 2000. Pero ese giro no tuvo lugar. En cambio, la región ingresó en un período caracterizado por la inestabilidad política (ciclos electorales cortos, caída de la confianza en los gobiernos y en la democracia) y el descontento social (protestas, movilizaciones). También por el surgimiento de propuestas de derecha radical. Según datos del Barómetro de las Américas-Lapop, entre 2004 y 2023 la satisfacción con el funcionamiento de la democracia en la región cayó 11 puntos.
Los conflictos sociales principales, como vimos, varían de un país a otro. En algunos casos se trata de masivas protestas callejeras contra políticas públicas o medidas gubernamentales (aumento de impuestos, reducción de subsidios y políticas sociales por parte del Estado), como las que tuvieron lugar en Chile, Colombia y Ecuador entre 2019 y 2022; en otros, manifestaciones a favor o en contra de presidentes, cámaras legislativas o tribunales de justicia se llevan buena parte de las energías del descontento, como en Brasil y Perú; también hay masivas movilizaciones en apoyo u oposición a cambios legislativos, como en el caso del aborto en la Argentina o la reforma electoral en México. ¿Cómo puede entenderse esta variedad de escenarios de conflicto? Este libro ofrece un panorama exhaustivo y comprensivo de la conflictividad social en América Latina. Argumentamos que esta conflictividad social, tras el fin del boom de las materias primas, puede aprehenderse en tres tipos de escenarios: polarización ideológica con componentes afectivos, descontento generalizado y polarización en torno a un líder emergente. En conjunto, estos tres tipos nos hablan de los modos en que las sociedades latinoamericanas procesan y organizan sus conflictos y sus demandas.
Los datos en que se basa este libro provienen principalmente de una investigación realizada entre 2021 y 2024 en el marco del proyecto Polder (Polarización, Derechos y Democracia en América Latina). Esta investigación empleó métodos mixtos e incluyó datos de encuestas regionales y grupos focales realizados en la Argentina, Brasil, Colombia, El Salvador y México (como se indica en el recuadro metodológico). En los grupos focales pedimos a los participantes que brindaran sus opiniones respecto a las agendas más importantes del debate público en la región y captamos los temas que despertaban la mayor atención y controversia entre la gama de asuntos indagados. Los grupos focales son particularmente fructíferos para captar matices y diferencias en las posiciones sobre temas de debate público, especialmente sobre temas controvertidos (Cyr, 2017). Asimismo, los datos de encuestas regionales permitieron construir series históricas de las posiciones de las sociedades latinoamericanas sobre estos temas.
Metodología del estudio
El proyecto Polder, con apoyo de la Ford Foundation, llevó a cabo una investigación comparativa en cinco países (la Argentina, Brasil, Colombia, El Salvador y México) sobre polarización y conflicto político en las y los votantes. Los datos se recopilaron en ochenta grupos focales, entre agosto de 2021 y noviembre de 2022. Reclutamos a personas que votaron por los principales candidatos en las elecciones presidenciales anteriores al trabajo de campo y que vivían en la ciudad más importante y en ciudades seleccionadas por el peso del voto a opciones conservadoras, con el objeto de captar el crecimiento de las derechas políticas. En los grupos se pidió a los participantes que opinaran sobre los temas centrales de la agenda política, económica, social y cultural de la región: seguridad, migración, ayudas sociales, impuestos, corrupción, cuestiones de género, diversidad sexual y derechos reproductivos, y el manejo sanitario y económico de la pandemia de covid-19 por parte de los gobiernos nacional y subnacionales. Los grupos focales fueron codificados con el software Atlas.ti y se realizó un análisis de contenido a partir de un proceso de codificación que seguía la guía de pautas, a lo que se incorporaron temas emergentes. Los datos cuantitativos provienen del análisis de las series históricas de las encuestas World Values Survey (WVS, a partir de la década de 1980 hasta 2018) y Barómetro de las Américas-Lapop (BA, a partir de mediados de los años noventa hasta 2023). Sobre la base de los datos de las encuestas regionales construimos agendas partiendo de la agregación de preguntas sobre temáticas similares –agenda económica, agenda cultural, agenda social– que nos permitieron aprehender el proceso histórico que configura escenarios de organización de demandas sobre los problemas. Combinamos estos datos (la película) con los de nuestros grupos focales (la foto) que nos permitieron identificar tanto los temas controversiales principales como los encuadres sociales utilizados por los participantes para referirse a ellos; asimismo, comparamos encuadres entre individuos de distintas ideologías o preferencias políticas, así como en relación con otros perfiles diferenciados, según sexo, clase, grupo de edad o región de cada país. Por último, consultamos fuentes secundarias, redes sociales y archivos de datos estadísticos de los diferentes casos.
Coordenadas del debate
De los diferentes escenarios de conflictividad presentes en América Latina, la polarización es el que más atención ha concitado en los estudios académicos y en el debate público. Sin embargo, no hay unanimidad sobre cómo dicha polarización gravita en la sociedad. El derrumbe de la Unión Soviética llevó a vaticinar el fin de la polarización ideológica, lo cual era comprensible, pues uno de los polos, el comunismo, había entrado en una severa crisis. Los años noventa se caracterizaron por el auge del neoliberalismo y por un desplazamiento hacia demandas asociadas con valores “posmateriales”. Se suponía que el disenso sobre aspectos económico-distributivos era asunto del pasado. El fin de la Historia anunciado por Francis Fukuyama o la Tercera Vía en el laborismo inglés, el “alineamiento” creciente en los valores y las actitudes de votantes demócratas y republicanos en los Estados Unidos parecieron indicar una tendencia compartida en el mundo desarrollado hacia el consenso en esta materia. La ilusión duró poco. Y el fin del sueño vino sobre todo por derecha. El fortalecimiento de partidos de extrema derecha con discursos xenófobos antiinmigrantes en Europa y la radicalización paulatina de los políticos republicanos en los Estados Unidos mostraron el inicio de una nueva época de creciente polarización en Occidente. La presidencia de Barack Obama catalizó aún más la radicalización de los republicanos y el triunfo de Donald Trump galvanizó una polarización persistente. El nuevo contexto explica el interés político y académico en los Estados Unidos por la polarización. ¿Cuáles son los ejes de debate que se establecieron? ¿Cómo dialogan con las realidades latinoamericanas?
Los estudios que sostienen la tesis de la “guerra cultural” en los Estados Unidos afirman que la polarización debe entenderse como un proceso iniciado en la década de 1950 con el fin de la hegemonía de la “América normativa” (Hartmann, 2015; Hunter, 1991). A partir de la década de 1960 se inició, siguiendo esta tesis, un período de cuestionamiento radical de todos los fundamentos de esa sociedad de cambios lentos, y adquirió particular intensidad en términos de género, raciales y culturales, más que en términos distributivos. Ante lo que consideraban una ofensiva de las demandas y las conquistas progresistas, los sectores conservadores organizaron estrategias para recuperar la hegemonía perdida: la “guerra cultural” tomó fuerza desde finales de la década de 1970 con la Revolución Conservadora, que luchaba por el “alma de América” (Marone y otros, 2014).
La controversia en torno a la guerra cultural da pie a otro debate no saldado: ¿la polarización se limita a las élites (sobre todo, a dirigentes y activistas políticos) o alcanza a la sociedad en su conjunto? (Fiorina y Abrams, 2008). Quienes se oponen a la idea de una guerra cultural esgrimen sobre todo encuestas de las últimas décadas que muestran la tendencia a la moderación de la sociedad estadounidense y afirman que, a lo sumo, la polarización se ha producido en las élites (DiMaggio, Evans y Bryson, 1996). Principalmente, se han identificado dos tipos de procesos que ayudan a entender las dinámicas de polarización en los núcleos más politizados de la sociedad. Uno es el political sorting, esto es, el proceso por el cual se configura una mayor homogeneidad ideológica en cada partido debido a la migración de los demócratas más conservadores (sobre todo del Sur) al Partido Republicano, y de los republicanos más moderados hacia el Partido Demócrata (Mason, 2015).
Otros autores sostienen que la polarización guiada por la política es solo una foto en un proceso que tiende a la convergencia de posiciones en el centro. Así, lo que en un momento dado parece polarización ante ciertos tópicos es en rigor la punta del iceberg de un proceso de secularización de más largo alcance, en el que tenderán a encontrarse progresistas –que “parten” primero en el camino secular– y conservadores –que “llegan” más tarde–. En esta línea, algunos trabajos muestran que los votantes demócratas avanzaron antes hacia posiciones progresistas y, en esa fase, se alejaron de las posiciones de los votantes republicanos en materia cultural (por ello parece haber polarización), pero al cabo de algunos años fueron acercando sus posiciones en casi todos los temas de esa agenda (aunque no en los distributivos) (Baldassarri y Bearman, 2007).
Ciertamente, el debate sobre polarización en América Latina es más incipiente.[2] Desde el ascenso al poder de los regímenes posneoliberales durante el llamado “giro a la izquierda”, a comienzos del siglo XXI, la polarización se ha extendido en distintos países y coyunturas electorales en, al menos, la Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Nicaragua, Venezuela y, más recientemente, en México, El Salvador y Perú. Aunque es evidente que en cada país los actores, dinámicas, intensidad y consecuencias de la polarización son distintos, varias investigaciones regionales de opinión pública señalan una creciente inquietud por la relación entre polarización y erosión democrática (Lupu, Oliveros y Schiumerini, 2021), ya sea porque la polarización dificulta el arribo a consensos básicos, o in extremis, porque se podría preferir un régimen no democrático antes que la llegada al poder del grupo político rival (Somer, McCoy y Luke, 2021; Schedler, 2023). En los últimos años, contamos con trabajos sobre polarización en las élites (Singer, 2016; Béjar, Moraes y López-Cariboni, 2020) y en los votantes (Zechmeister y Corral, 2013), con estudios sobre la polarización en el espacio público digital (Aruguete, Calvo y Ventura, 2021; Waisbord, 2020) y con estudios sobre polarización en la sociedad en relación con coyunturas o temas específicos, como la pandemia de covid-19 (Calvo y Ventura, 2021).
La concentración de los estudios sobre polarización en un caso determinado –los Estados Unidos– genera dificultades para el estudio de estos procesos en contextos diferentes. Los Estados Unidos tienen una realidad única, que los vuelve un caso “provincial” en cierto sentido: el escenario político ha estado dominado por dos identidades políticas bastante estables: republicanos y demócratas. Por el contrario, en América Latina, pero también en buena parte de Europa, los partidos más antiguos entraron en crisis y surgieron nuevos. Sin embargo, el llamado “giro a la izquierda” que tuvo lugar en América Latina a comienzos del siglo XXI generó condiciones para utilizar ciertos elementos de la caja de herramientas elaborada para entender la polarización en los Estados Unidos. La construcción de coaliciones sociopolíticas de izquierda y de derecha que agregaron demandas de diferente tipo llevó a los votantes a adoptar puntos de vista más o menos progresistas o más o menos conservadores en diferentes agendas. Por caso, las izquierdas latinoamericanas tradicionalmente desconfiadas de los movimientos feministas y de diversidad sexual incorporaron sus demandas y parte de sus encuadres sobre cuestiones de derechos sexuales y reproductivos, modelos de familia, etc. Esto fue así incluso en el caso del peronismo en la Argentina, un partido históricamente más alejado del progresismo cultural.
La discusión actual sobre polarización y conflicto político en América Latina está centrada en cuatro ejes. El primero, tal como en los Estados Unidos, es si las sociedades están polarizadas o no y, si fuera el caso, en torno a qué asuntos: puede ser con relación al voto, a las opiniones sobre ciertos temas controversiales, etc. También es preciso calibrar si la polarización es persistente o solo coyuntural, por ejemplo, en momentos de segunda vuelta en torno a dos candidatos o por un evento específico, como sucedió con el plebiscito por el Acuerdo de Paz en Colombia, en 2016. La Argentina, Brasil, Uruguay y Bolivia son ejemplos duraderos de polarización del voto y de las actitudes. Por su parte, El Salvador y, en cierto modo, Chile son casos de polarización debilitada. En estos países, tras un período duradero de polarización, se produjo algún tipo de reconfiguración –descontento generalizado, como en Ecuador, o emergencia de un líder polarizante, como en El Salvador o lo que Juan Pablo Luna llama “limbo”, para el caso de Chile–, por la cual coaliciones débiles en términos de sus anclajes sociales terminaron siendo desafiadas por el descontento generalizado y la emergencia de nuevas formas de activismo que, como sostiene Kathya Araujo en el capítulo 7 de este libro, llevan a cabo un proceso de “politización sin identificación (partidaria)”. En definitiva, al enfocarnos en el contexto latinoamericano vemos que la polarización es solo uno de los posibles escenarios de conflictividad.
El segundo eje de debate es si la polarización es eminentemente ideológica o afectiva. La idea de polarización afectiva sugiere que los individuos que forman parte de grupos polarizados tienden a sobrestimar las diferencias ideológicas con los miembros del grupo externo, lo que genera una fuerte animadversión hacia el otro, al tiempo que refuerza la idea de una mayor cercanía y valoración moral positiva del propio grupo (Iyengar y otros, 2019). En coincidencia con lo que se ve en otros contextos (Webster y Abramowitz, 2017; Gidron, Adams y Horne, 2023; Orr, Fowler y Huber, 2023), ambas dimensiones se combinan en la práctica: se valora negativamente a los miembros de un grupo al que se ve como opuesto en términos de posicionamientos políticos y eso puede suscitar/reforzar emociones negativas respecto de ese grupo. Así, la polarización es tanto ideológica, porque los campos opuestos tienen opiniones muy diferentes sobre temas cruciales, como afectiva, porque estos campos tienden a descalificar moralmente al grupo opuesto y, en ciertos casos de votantes de derecha radical, hasta prefieren una salida no democrática a que asuma el candidato que representa a ese “otro”. Asimismo, el factor tiempo cumple un rol clave para ambos componentes: a mayor duración de la polarización, mayor politización en la sociedad, entendida como interés por los asuntos públicos, desarrollo de opiniones fuertes sobre ellos y propensión a algún tipo de involucramiento en formas de participación, pero también mayores niveles de sentimientos negativos hacia el otro.
La tercera pregunta es ¿polarización en torno a qué? Nuestros grupos focales corroboran un acuerdo más o menos extendido en las ciencias sociales de la región: los temas centrales de conflicto son la cuestión distributiva, los tópicos culturales (como derechos de género y LGTBQI+), y la inseguridad. América Latina ha conocido en el siglo XXI un ininterrumpido avance en términos de derechos (Corrales, 2021) y de modernización cultural, que se expresa en el creciente apoyo a la igualdad de género, el matrimonio igualitario y la adopción gay (Kessler, Vommaro y Assusa, 2023). El aborto sigue siendo divisivo y, en muchos países, de apoyo minoritario. Pero lo cierto es que en algunos países latinoamericanos muy polarizados –como la Argentina o Brasil– en las últimas décadas tuvo lugar un proceso de secularización creciente, es decir, de pérdida de peso de las posiciones conservadoras en materia cultural (De Abreu, Chiu y Desposato, 2023). En todo caso, lo que explica la polarización en estos países no es tanto la estática conservadora, sino la dinámica progresista combinada con lo que llamamos “núcleos de ideas conservadoras resilientes” (Kessler, Vommaro y Assusa, 2023), es decir, posiciones conservadoras persistentes incluso en temas en los que el consenso progresista avanzó de manera evidente. Por caso, en la Argentina, aunque el divorcio es legal desde 1987, luego de un largo debate legislativo y de movilizaciones sociales a favor y en contra –estas últimas, organizadas por sectores religiosos–, aún en 2017 un 20% de los entrevistados por la WVS lo consideraba “injustificable”. Sin embargo, solo en aquellos países en los que los actores conservadores lograron organizarse a partir de grupos religiosos –tanto católicos como, y cada vez más, evangélicos– y construir coaliciones con otros actores políticos –incluidos los partidos de derecha– los temas culturales se volvieron principios de división política eficientes (Biroli y Caminotti, 2020).
También la seguridad es, desde hace décadas, una agenda divisiva en la región. Se trata de la primera o segunda preocupación en todos los países. Además, desde fines de los años noventa las derechas han utilizado en buena parte de la región el discurso de la “mano dura” para acceder a electorados populares a los que su discurso económico llega con más dificultad (Holland, 2013). En este contexto, no es sorpresivo que exista polarización –en especial en países en los que surgió una coalición de izquierda fuerte que propuso una narrativa alternativa a la mano dura– entre quienes apoyan medidas más punitivas y quienes no.
Por su parte, la cuestión distributiva no sigue una evolución lineal, como vimos con relación al género y la modernización cultural. Los estudios muestran hasta mediados de los años noventa un consenso a favor de privatizaciones de empresas públicas y, más en general, a favor de la disminución del rol del Estado en la vida social. A renglón seguido, cuando comienzan a experimentarse las consecuencias de pobreza y desigualdad de las reformas neoliberales, se forjó un creciente consenso en sentido inverso, a favor de la intervención del Estado. Ya en los últimos años, este consenso empezó a debilitarse, en parte cuando surgieron opciones de derecha que se enfrentaron a los gobiernos posneoliberales. En particular, la crítica se centró en el efecto negativo de los impuestos y sus criterios de justicia, en el gasto en programas sociales –juzgado como excesivo– y en una visión negativa del empleo público, en especial en países donde el Estado se expandió más, como la Argentina y Brasil. Sin duda, esta mirada negativa se acrecentó con la pandemia de covid-19, cuando los trabajadores del sector público fueron vistos como protegidos por el Estado en comparación con el resto de la población económicamente activa. Las bases sociales de la reacción distributiva comienzan a ser objeto de estudio. Algunas investigaciones señalaron, en particular en el caso de Brasil, que la clase media comenzó a votar en contra de los gobiernos del PT que la habían hecho prosperar en rechazo a las políticas que buscaban reducir desigualdades de raza y de estatus (Porto, 2023). Otros estudios sobre el mismo caso mostraron divergencias en las mismas clases medias, con combinación de un voto económico (personas que votaron en contra del PT al sentir que su situación empeoró) y un voto más vinculado a cuestiones ideológicas, religiosas o simplemente de deseo de cambio, ya que el PT gobernaba el país desde 2002 (Kessler, Miskolci y Vommaro, 2024). En esa línea argumenta el capítulo 3, de Richard Miskolci, en este volumen. Asimismo, hay razones para creer que el fin del ciclo económico ascendente impulsado por el boom de las materias primas aumentó la fragilidad de las clases medias emergentes, en especial en los sectores no protegidos directamente por el Estado, lo que puede ser el motivo del alejamiento de estas clases de los programas defendidos por la izquierda.
El cuarto eje de debate tiene que ver con la intensidad de la polarización a izquierda y derecha. Aunque el giro a la izquierda, como señalamos, produjo la politización de las agendas distributiva –tras el ciclo del consenso neoliberal– y cultural –poco alineada con coaliciones partidarias hasta entonces–, fue con la crisis de los gobiernos posneoliberales y el fortalecimiento de fuerzas de derecha que el interés por la polarización y el conflicto ideológico se volvió más relevante en las ciencias sociales y en el espacio público en general. El triunfo de Bolsonaro en Brasil, en 2018, el ascenso y posterior radicalización de Nayib Bukele en El Salvador, la llegada de José Antonio Kast a la segunda vuelta en Chile en 2022, el triunfo de Mauricio Macri en 2015 y, luego, de Javier Milei en 2023 en la Argentina, y los buenos desempeños de candidatos conservadores en Colombia, Perú, Uruguay, entre otros, dan cuenta de la revitalización de la derecha en la región y de la heterogeneidad de variantes disponibles. También muestran que las opciones radicales se volvieron competitivas y lograron, a través de innovaciones programáticas y estéticas, desafiar consensos culturales y desplazar a las derechas mainstream (Borges, Lloyd y Vommaro, 2024). Sin duda, el ascenso de esta derecha es parte de un proceso global, aunque con particularidades regionales y nacionales. Su oferta programática tiene en común conservadurismo social y rechazo a los avances de género y derechos LGTBQI+, una agenda de seguridad punitiva, distintos grados de liberalismo económico y, en ciertos países –como en Chile–, una abierta postura contra las reivindicaciones indígenas así como xenofobia, en particular contra los migrantes venezolanos. La novedad es que han logrado atraer a públicos diversos: tanto a los votantes tradicionales de las derechas más conservadoras (adultos mayores, sectores religiosos, personas de zonas rurales), como a jóvenes, en particular varones, que ven a esta derecha como una opción antiestablishment y antiprogresista, en particular donde hubo gobiernos de izquierda duraderos, pero también de centro.
La radicalidad de estas derechas llevó a algunos autores a hablar de polarización asimétrica, es decir, de una polarización causada por la adopción de posiciones extremas por parte de las derechas. Este debate se originó en los Estados Unidos, donde se advirtió que la radicalización de las derechas tiene efectos nocivos para la gobernabilidad y la convivencia democrática, ya que incentiva o refuerza la animadversión de los militantes republicanos “duros” respecto de los demócratas (Levitsky y Ziblatt, 2018). ¿Sucede algo similar en América Latina? Retrospectivamente, vemos que en esta región hubo primero un giro hacia posiciones más progresistas o de izquierda en cuestiones distributivas y en ciertos países, sobre todo en la Argentina y Brasil, en términos culturales, de los partidos y movimientos nacional-populares y/o de izquierda que llegaron al poder a principios del siglo XXI. Las primeras fuerzas de oposición a tales movimientos, en algunos casos constituidos previamente, como el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) en Brasil y otros más novedosos, como la Propuesta Republicana (PRO) en la Argentina, adoptaron posiciones relativamente moderadas (Vommaro, 2023). Fue recién hacia 2018 con el triunfo de Bolsonaro, el ascenso de Kast en Chile y de Milei en la Argentina que se produjo una radicalización de una parte de la derecha. Si en el nuevo contexto político es posible hablar de una polarización asimétrica, al mirar esta polarización en términos de proceso advertimos que la derecha radical surgió luego de un movimiento de los gobiernos posneoliberales hacia la izquierda y/o el progresismo, y tras un segundo movimiento de moderación de las derechas mainstream que trataron de plegarse a esos consensos. La radicalización de las ofertas de derecha alternativa desafió a unos y otros. Como muestra el capítulo 1, de Santiago Anria, Rocío Salas-Lewin y Kenneth Roberts, lo que caracteriza al escenario político contemporáneo no es la desaparición de las posiciones moderadas o centristas, sino que los polos traccionan a ese centro y licúan su poder. Eso ocurrió, en buena parte, en la relación entre la derecha mainstream y la derecha radical.
Este breve recorrido no puede concluir sin una mención a los “sospechosos de siempre”: los medios y, en particular, los medios digitales. Aunque no es un tema que abordemos en este libro, una importante cantidad de estudios se preguntan por el efecto del nuevo panorama mediático en la polarización (Persily y Tucker, 2020). El eje de la discusión son los efectos de la cámara de eco o burbujas informativas: el hecho de que cada vez más seguimos y confiamos en medios o personalidades mediáticas que confirman y refuerzan nuestras ideas previas y las emociones asociadas a ellas (Dubois y Blank, 2018). En este contexto, en el Norte, así como en América Latina, la preocupación por las fake news y las deep fake son crecientes (Calvo y Aruguete, 2020). Los estudios muestran la fuerte inversión de los influencers de derecha radical en estrategias digitales, en especial en momentos en que los medios conservadores mainstream les daban la espalda (Kessler, Vommaro y Paladino, 2022). Asimismo, se ha establecido una conexión internacional entre estrategas ligados a Trump y la extrema derecha estadounidense con los entornos de Bolsonaro y Milei.[3] A ello puede sumarse el caso de Bukele, quien ha sido pionero en usar las redes sociales para intentar construir una realidad política según sus coordenadas, tal como lo muestra el capítulo 5, de Amparo Marroquín Parducci y de Carlos Iván Orellana.[4] Los estudios muestran la diseminación de discursos de odio de la derecha radical, la proliferación de fake news en distintos contextos (Miskolci y De Figueiredo Balieiro, 2023) y han demostrado que cuanto más polarizada está una sociedad o una coyuntura determinada, más apegados están los individuos a noticias, no importa si verdaderas o falsas, que reafirman sus creencias. Por lo demás, la inteligencia artificial (IA) parece proveer mayor sofisticación y efecto de veracidad a imágenes y noticias falsas, y prima un pesimismo y cierta desorientación sobre cómo hacer frente a estas amenazas, ya que hay dudas sobre la eficacia actual del fact checking y otras estrategias que intentan contrarrestar los efectos de la información falsa. Ciertamente, la esfera pública digital es un espacio central de organización –y desorganización– del conflicto en las sociedades. En este libro, nos enfocamos en los efectos de esta esfera pública digital, así como de los agentes de representación social y política, en el modo en que las sociedades latinoamericanas organizan su descontento. Para ello, es crucial el concepto de encuadre que desarrollamos en el siguiente punto.
Escenarios y encuadres
Para comprender las características de los diferentes tipos de escenarios de conflicto, seguimos la teoría de los encuadres sociales (frames). Según Entman (1993), los encuadres son selecciones de algunos aspectos de la realidad percibida que se asocian a una determinada definición del problema, su interpretación causal y un conjunto de posibles soluciones.[5] Es decir que se trata de construcciones sociales que nos permiten organizar significativamente nuestro malestar e identificar sus soluciones. Consideremos, por ejemplo, la cuestión de la seguridad. El problema puede entenderse como resultado de castigos débiles y de restricciones impuestas al accionar de las fuerzas de seguridad, o como consecuencia de problemas socioeducativos más amplios. Según a quién se identifique como responsable del problema y de darle solución, las críticas pueden dirigirse al Estado, a los políticos, a los jueces (por su “garantismo”) o al sistema social imperante. Dependiendo del diagnóstico que realicemos, las soluciones pueden estar asociadas a la aplicación de políticas de mano dura o de programas de inclusión social, por ejemplo. De este modo, las diferentes formas de definir el problema, los responsables y las posibles soluciones van configurando diferentes formas de estructurar el conflicto y organizar el descontento de las sociedades. Las sociedades latinoamericanas crujen, pero no de cualquier manera.
La literatura sobre movimientos sociales ha demostrado que los encuadres suelen ser producidos estratégicamente por líderes y activistas en función de su ajuste a valores e ideas socialmente compartidas, con el objetivo de alcanzar un amplio consenso social a sus demandas. Podemos ampliar esta aseveración a los líderes y activistas partidarios: los partidos, como “agentes de representación”, en coalición con actores sociales, producen encuadres sobre temas de agenda que buscan alcanzar consensos amplios entre los ciudadanos. Con fines operativos, tomamos a los encuadres sobre los temas principales con un grado de generalidad alta, en un momento en que se han estabilizado y, por ende, circulan con una configuración determinada. Si, de manera esquemática, asumimos que los encuadres tienen origen (por supuesto con negociación, interacción y selección de cada individuo y su entorno cercano) en los discursos de actores políticos y en los medios, entre otros agentes, lo que varía en cada escenario es su grado de arraigo en la sociedad, es decir, su capacidad de volverse, en términos de Reese, “principios organizadores socialmente compartidos y persistentes en el tiempo” (2001: 11).
¿Cómo describir cada escenario de conflicto en función de la teoría de los encuadres? En lo que sigue, describimos el modo en que se comportan estos escenarios a partir de los encuadres que, en cada caso, expresan las posiciones sociales en relación con los principales temas de agenda en América Latina: la cuestión económica y distributiva, la cuestión cultural y la seguridad.
En el escenario de polarización ideológica con componentes afectivos, las preferencias y puntos de vista de la sociedad se organizan mediante una polarización que identifica al adversario como responsable de los problemas, que por lo tanto es visto como incapaz de resolverlos. En cambio, se identifica al propio grupo como aquel que podría traer soluciones. En estos contextos, los partidos suelen actuar como agentes de representación y forman coaliciones sociopolíticas que les permiten movilizar a algunos segmentos de la sociedad. Como resultado de esta movilización, los votantes progresistas tienden a compartir encuadres progresistas sobre las distintas agendas; lo mismo ocurre con los votantes conservadores. Esta alineación suele ir acompañada de sentimientos de antipatía mutua. Casos de este tipo de escenario son Brasil, Uruguay y la Argentina.
En escenarios de descontento generalizado, la sociedad desarrolla un sentimiento de desafección hacia sus élites políticas, a las que considera unidas en el objetivo de favorecer sus propios intereses, más allá de diferencias partidistas o ideológicas. Si bien los partidos organizan el escenario electoral, son débiles agentes de representación y, por lo tanto, no organizan el conflicto en el plano social. Son percibidos como una élite separada y hasta contraria a la experiencia de las mayorías sociales. Así las cosas, ninguna oferta política disponible es vista como una solución eficiente a las fuentes del descontento. El descontento generalizado convive con una combinación de protestas masivas y desapego hacia la oferta política. En este contexto, con partidos con débil capacidad de difusión de encuadres, los votantes utilizan encuadres sobre los distintos temas de agenda que están débilmente alineados con el voto, y en algunos temas, como los culturales, provienen de fuentes religiosas. Tal es el caso de Colombia y, con matices, los de Chile y Perú.
Por último, en los escenarios de polarización centrada en la figura de un líder emergente, esta opera en el plano electoral, pero no organiza las preferencias y demandas dentro de las principales agendas de la sociedad. El líder emergente suele surgir en uno de los escenarios anteriores –debilitando la polarización entre dos coaliciones o canalizando el descontento generalizado– con un discurso que lo presenta como un outsider que viene a superar el pasado –vinculado a las élites establecidas– y a proponer un futuro promisorio asociado a su figura. Aparece así como capaz de resolver los problemas de forma eficiente, precisamente porque puede romper con ese pasado. Los afectos se organizan en torno a ese líder, pero esta afectividad no informa las posiciones sobre la mayor parte de las agendas. Debilitados en el nuevo escenario, los grupos no alineados con el líder tienden a tener encuadres descoordinados para abordar los problemas. Como resultado, surge una dispersión de interpretaciones y atribuciones políticas. Sirvan de ejemplo la polarización alrededor de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México y de Bukele en El Salvador, aunque ambas figuras se sitúen en espacios ideológicos diferenciados. ¿Por qué no ubicar a la Argentina de Milei en este contexto? Como se muestra en este libro, hay indicios de que, en este caso, tras una desorganización momentánea de la polarización ideológica con componentes afectivos, el discurso de Milei se asienta en buena parte de los encuadres de la coalición sociopolítica de centroderecha que lo precedió, aunque los extrema. En términos de organización de las demandas sociales, se trata de un escenario que representa más una continuidad que una ruptura con la polarización anterior, aun cuando la radicalidad del discurso de Milei, los elementos de conservadurismo cultural y su componente antiestablishment le añaden características particulares.
Tres aclaraciones importantes sobre los tipos de escenarios: en primer lugar, se trata de tipos ideales, que tienen una manifestación empírica impura en la realidad. En definitiva, los casos nunca se ajustan completamente a estos tipos, y siempre incluyen características de algún otro tipo. En segundo lugar, los tipos son dinámicos: los casos empíricos pueden pasar de un tipo a otro. Por ejemplo, el descontento puede ser canalizado por coaliciones alineadas ideológicamente de un modo más horizontal (distribuyendo preferencias entre los adversarios) que vertical (la sociedad contra las élites), pero también puede llevar al apoyo a líderes polarizadores. Pero la secuencia no está definida por la teoría. No hay así, en nuestro esquema, un componente evolutivo o teleológico. En tercer lugar, el descontento generalizado y la polarización política con componentes afectivos son escenarios más estables en su configuración, mientras que el escenario de polarización centrada en la figura de un líder emergente tiene un derrotero más incierto: su acción puede derivar en una división duradera de la sociedad, con la generación de dos campos antagónicos, o, si esto no sucede, contribuir al recrudecimiento del malestar social generalizado. También es posible que ese líder emergente intente construir un régimen autoritario, pero ese escenario escapa a los límites de este esquema. Los capítulos que componen este libro dan cuenta de la complejidad de los escenarios y de cómo los casos conjugan elementos de cada uno de ellos.
Coaliciones políticas y escenarios de conflicto social
El modo en que se organizó la oferta política durante el “giro a la izquierda” es un factor explicativo clave del tipo de escenario de conflicto social en América Latina al final de ese período, cuando cambia el contexto económico, tras el fin del boom de las materias primas y, más tarde, con la pandemia de covid-19. En los países en que existieron coaliciones sociopolíticas de izquierda que aprovecharon las ventajas de un período de aumento del excedente disponible para la redistribución, estas influyeron en la configuración de ideologías políticas que articularon encuadres progresistas tanto en la dimensión distributiva como en la cultural y en la seguridad. La existencia de coaliciones sociopolíticas de izquierda generó un desafío para los actores conservadores (Luna y Rovira Kaltwasser, 2014) y los impulsó a desarrollar estrategias para reconstruir coaliciones sociopolíticas a la altura de ese desafío (Borges, Lloyd y Vommaro, 2024). Esto dio como resultado escenarios polarizados de estructuración del conflicto. En cambio, en los casos en que no hubo una coalición de izquierda competitiva, no existió un agente eficaz de articulación de encuadres progresistas. En ausencia de esta coalición de izquierda, la acumulación de problemas sociales dio lugar a escenarios de descontento social generalizado cuyo punto de articulación suele ser una mirada negativa sobre las élites políticas.
Siguiendo a Roberts (2014), consideramos que estas coaliciones fueron los agentes de repolitización de la agenda económica y de canalización del descontento en el ciclo posneoliberal. Nos centramos en la existencia de coaliciones sociopolíticas y no solo de una oferta electoral competitiva, puesto que son estas coaliciones las que se mostraron más eficaces tanto para agregar intereses sociales como para proponer encuadres sobre temas de agenda con capacidad de penetración en sus votantes (Luna y otros, 2021). Las coaliciones sociopolíticas de izquierda, por caso, articularon encuadres progresistas tanto en la dimensión distributiva como en la dimensión cultural y en la seguridad. Y tuvieron más chances de permear en los votantes en cuanto existió una cierta coordinación en los mensajes entre los políticos profesionales y los activistas especializados de la sociedad civil, los movimientos sociales, etc. Estas coaliciones produjeron un ordenamiento del conflicto guiado por las ideologías difundidas por los partidos. Esto es, los individuos atraídos por esas ofertas políticas fueron modificando o adoptando los nuevos frames a medida que sus partidos lo hicieron (por ejemplo, la agenda de diversidad sexual fue adoptada por el kirchnerismo y de algún modo transmitida a su base).
