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A fines de 1956, Sebastián Salazar Bondy llega a París becado por el gobierno francés para seguir estudios en el Conservatoire National d'Art Dramatique con Jean Vilar, por entonces una de las figuras más prominentes de la cultura francesa. Durante su estadía europea, que se prolongará por diez meses, Salazar Bondy viajará a ciudades como Oslo, Copenhague, Avignon, Madrid y Barcelona, entre otras, y escribirá sobre literatura, arte, cine y teatro, pero también sobre la política, la opinión pública, la experiencia urbana y otros aspectos de la vida en el Viejo Continente. Enviadas a Lima apenas escritas, esas crónicas se publican en el diario La Prensa. Meses después, en el barco de regreso, Salazar Bondy escribirá "son muchos los días de la travesía, muchos e idénticos, y los dos cabos del viaje son de un extremo Europa y del otro América. Entre esos dos polos está en este instante nuestra vida, como en una pausa que conduce, por su flujo lento e implacable, a la meditación" con lo cual describe el talante de sus textos que, a pesar del tema europeo, no dejan de tener al Perú como horizonte pues todo lo que absorbió y describió fue destinado a servir de espejo en el que los peruanos pudiéramos vernos reflejados y entendernos mejor a nosotros mismos.
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Seitenzahl: 233
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Crónicas desde Europa (1956-1957)
Sebastián Salazar Bondy Alejandro Susti (editor)
Colección Humanidades
Crónicas desde Europa (1956-1957)
Sebastián Salazar Bondy
Primera edición: abril, 2024
Primera edición electrónica: febrero, 2025
De esta edición
© Universidad de Lima
Fondo Editorial
Av. Javier Prado Este 4600
Urb. Fundo Monterrico Chico
Santiago de Surco, Lima, Perú
Código postal 15023
Teléfono (511) 437-6767, anexo 30131
www.ulima.edu.pe
Edición, diseño y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima.
Imagen de carátula: intervención de una fotografía de Sebastián Salazar Bondy en la Rue La Fayette, el 12 de noviembre de 1956. Archivo personal del autor.
Versión e-book 2025
Digitalizado por Papyrus Ediciones E.I.R.L.
https://papyrus.com.pe/
Teléfono: 51-980-702-139
Calle 3 Mz. D Lt. 15 Asoc. Las Colinas, Callao
Lima - Perú
Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN 978-9972-45-654-1
Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú n.o 2025-01099
A inicios de noviembre de 1956, Sebastián Salazar Bondy llega a París becado por el Gobierno francés para seguir estudios en el Conservatoire National d’Art Dramatique, donde trabaja con Jean Vilar (Oquendo, 1966; Hirschhorn, 1990). Su estadía en la capital francesa y en diversas ciudades europeas a lo largo de aproximadamente diez meses, sin embargo, no es excusa para alejarse de la labor que, desde 1952 desempeña como articulista en el diario La Prensa de Lima. Así, en el Viejo Continente, Salazar Bondy produce un número significativo de crónicas en las que aborda la coyuntura política francesa e internacional, así como la vida cultural parisiense y europea: las exposiciones de arte, la edición de libros de autores consagrados, la crítica teatral y de cine y, en general, las impresiones que producen en él la contemplación y el goce de nuevos paisajes y gentes de los países que visita.
En estas crónicas también se presiente la mirada del escritor “de paso”, del testigo de la febril marcha de la vida cotidiana urbana que contempla “desde el mirador de un hotelito de una calle burguesa”:
Las calles son escenario de la vida de la multitud, los teatros levantan sus prodigiosos telones cuotidianamente ante salas abarrotadas, los cines reciben su diaria avalancha de muchedumbres, Pigalle brilla de luces, Saint-Germain-des-Prés no cesa en su noctambulismo polícromo y cosmopolita, Montmartre existe pleno de canciones, sombras y aromas. (“Ante el rostro de una ciudad”)Se trata, pues, de páginas impregnadas de la energía que irradia el nuevo mundo que, lejos de ser el Viejo Continente que apenas una década antes ha sobrevivido los embates de la guerra, rebosa de energía y plena vida que Salazar Bondy proyecta en sus crónicas, con frecuencia casi diaria y con la conciencia de quien sabe que el suyo no es el viaje del turista, como se constata en el texto que cierra su travesía europea:
Para un americano, volver tras una estada en el Viejo Mundo, tras una estada que no ha sido de ocio sino de tarea, de placer sino de ávido aprendizaje, constituye —debe constituir— una alegría, una alegría casi cósmica. Ante todo, llama la atención, el trabajo, la creación, en una palabra. (“Meditación de altamar”)Para Salazar Bondy, por lo tanto, el viaje constituye una etapa más en el proceso de (re)encontrarse con el país que lleva consigo donde quiera que vaya: la suya no es la experiencia de quien busca exiliarse de la patria o la del anónimo latinoamericano cuyo talento se desperdicia por los corredores del azar —como atestiguará más tarde a través de los personajes que pueblan Pobre gente de París (1958), novela que publicará a su regreso—. Como señala en el fragmento citado, más que la nostalgia por los días idos, la de Salazar Bondy es la “alegría casi cósmica” de constatar que la creación continuará más allá de todo lo vivido y aprendido.
Pero si volvemos a rastrear las huellas del viajero, en ellas reconoceremos las transformaciones que va sufriendo su subjetividad al recorrer las distancias simbólicas y físicas que lo separan de sus sucesivos destinos. Distinguiremos las marcas del flâneur que se habían anunciado un siglo antes en los poemas en prosa de Baudelaire o en las pinturas de Manet: la mirada de quien, al desplazarse en soledad y “en baño de multitudes”, descubre su propia condición de “paseante solitario y meditabundo”1 por las calles y avenidas de la urbe parisiense o en las más silenciosas pero también agitadas ciudades del norte de Europa —Copenhague, Estocolmo, Oslo— o al atravesar los Pirineos, llegar a la península ibérica y recorrer sus ciudades —Madrid, Toledo, Sevilla, Córdoba, Barcelona— se siente viajar a través del tiempo:
Entre París y Madrid no solo median las distancias de tiempo y espacio, sino, lo que es más definitivo aún, las diferencias nacionales, tan firmemente sostenidas y alimentadas por los dos pueblos de cada lado de los Pirineos. No bien el viajero ha dejado atrás la tierra francesa, la verde tierra donde florecen viñas y castillos, donde los rostros, donde los burgos, dicen con su rosada elocuencia de la generosidad con que se dan los frutos y las riquezas, pasado el ínterin vasco, sobreviene el paisaje español de ruda austeridad, asiento de villas y ciudades, cuyo semblante expresa el duro trabajo que exige la vida, en las cuales aparecen, además, los signos de una historia que, a diferencia de la del país vecino, no ha sido siempre pródiga en dichas populares. Si París, vale decir Francia, es una cabeza luminosa, Madrid, o sea España, es un corazón palpitante. (“Primera versión de Madrid”)En estos textos resurgen, además, los múltiples temas que abordó en sus artículos periodísticos: la literatura, la política, el teatro, el cine, la pintura o la arquitectura. Estas dos últimas se encuentran presentes, por ejemplo, en su visita a Toledo, ciudad que describe a partir de una cita de Cervantes: “Toledo. Peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades”:
Y ante los cuadros del Greco de la Catedral, del Museo, de Santo Tomé (el famoso, indescriptible El entierro del conde de Orgaz), ante el claustro gótico de San Juan de los Reyes, ante las sinagogas, ante las portadas románicas, platerescas, barrocas, se oyen los discursos de los guías en inglés, francés, alemán, italiano, mezclados con los gritos de los pregoneros que ofrecen cacharros o chucherías de uno y otro extremo del país. La peñascosa pesadumbre se hace espuma cosmopolita. (“Corpus en la peñascosa pesadumbre”)Este Salazar Bondy, viajero y “en tránsito” —faceta que, dicho sea de paso, ha pasado inadvertida para la crítica2—, escribe asiduamente sobre teatro —el principal motivo por el que se encuentra en París3— y, sobre todo, acerca de la compañía teatral que dirige Jean Vilar:
[El] Théâtre National Populaire, conocido aquí y fuera de aquí por las tres iniciales [de] su nombre. El TNP, que ocupa la enorme sala del Palais Chaillot, es una institución subvencionada por el Estado cuya misión es poner al alcance del gran público, a bajo precio, el arte dramático de Francia y del resto del mundo. A su cabeza está uno de los directores más hábiles del momento, Jean Vilar, quien reúne en su personalidad las dotes, a veces incompatibles, de excelente metteur y de eficaz organizador. Terminada su temporada en París, el conjunto del TNP sale a los barrios parisienses y a las provincias. Más tarde reunirá a las juventudes en el Festival de Avignon. (“El TNP en América”)O escribe respecto al espectáculo de las ciudades que visita, en particular, París y Madrid:
No doy ningún juicio de valor, porque cada vez que vengo a este punto de París soy feliz: ¿no amo, acaso, el teatro? Sentarse en una terraza, con un café como pretexto, y contemplar los que van y vienen, es un espectáculo increíble. (“Instantánea de Saint-Germain-des-Prés”)Grato paseo el de remontar la Gran Vía entre la multitud parlanchina y llegar a la plaza de Cibeles en donde se juntan la famosa calle de Alcalá, el Prado y la Castellana, y bajo el buen sol matinal sentarse en las veredas a gozar el sol limpio y el aire puro. No importa la impertinencia de los pordioseros o las vendedoras de lotería, el ruido del tráfago urbano, las tropillas de turistas: no hay capital de Europa que no tenga la impronta de esta época de mendicidad y opulencia. (“En busca de algo oculto”)Así, el Théâtre National Populaire, junto con las reflexiones sobre la tensa situación política que se vive en Francia —la guerra en Argelia—, sus apreciaciones sobre el arte abstracto —por el cual siempre sintió poca admiración, como por las “antiguallas” del dadaísmo—, las falsas ilusiones que proyectan los nuevos héroes y heroínas de la industria cinematográfica hollywoodense, las atávicas imágenes de un Perú ancestral escondidas en un documental, pero, sobre todo —y vuelvo a insistir en ello—, las visiones y los descubrimientos que le revelan todo aquello que “está más cerca del corazón” anidarán en el fondo de su sensibilidad, como sucederá en aquella región del sur de España, la tierra de los andaluces:
Para un americano, el sur de España está más cerca del corazón, no porque su gente se parezca más a la nuestra —que no es verdad—, no porque tengan más semejanzas los trópicos ardientes con estos valles [en] los cuales olivos y parras, y ahora el algodón, florecen al fuego del sol implacable, sino porque nuestros vicios y nuestras virtudes son similares a la tradicional incapacidad práctica del andaluz, que no es uno sino vario y múltiple. (“Crónica impresionista de Andalucía”)En estos textos, por tanto, nos reencontraremos con “el otro [y] el mismo” —como titulara Borges, a quien Salazar Bondy admiró, uno de sus libros de poemas—, con el articulista, el cronista, el político, el dramaturgo y hasta el poeta —pues en París escribe la mayoría de los poemas que formarán, más adelante, parte de su poemario Confidencia en alta voz (1960)—. Nos reencontraremos con su “sombra, una afilada aguja que hiere la calle” —como escribe en su “Testamento ológrafo”, poema con el que principia El tacto de la araña (1965)—, al conmemorarse en este año 2024 el centenario de su nacimiento.
* * *
Quiero agradecer, una vez más, al rector de la Universidad de Lima, Dr. Óscar Quezada Macchiavello, y al director del Fondo Editorial de la Universidad de Lima, Giancarlo Carbone de Mora Campos, por su interés y entusiasmo en difundir la obra de Sebastián Salazar Bondy.
Alejandro Susti
Noviembre, 2023
Baudelaire, Ch. (2005). Paraísos artificiales. El spleen de París (L. Echávarri, Trad.). Losada.
Hirschhorn, G. (1990). Sebastián Salazar Bondy. Bibliografía. IDECSA (Instituto de Estudios Cultura y Sociedad en los Andes).
Oquendo, A. (1966). Cronología sumaria de Sebastián Salazar Bondy. Homenaje a SSB. Revista Peruana de Cultura, (7-8), 152-160.
1 “Multitud, soledad: palabras equivalentes e intercambiables para el poeta diligente y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad tampoco sabe estar solo entre una multitud ajetreada” (Baudelaire, 2005, p. 231).
2 El tema del viaje en la obra periodística y literaria de Salazar Bondy no ha sido hasta el momento estudiado. Como bien se sabe, desde 1947 hasta 1950, el autor permanece en Buenos Aires, ciudad en la que vivió casado con la actriz argentina Inda Ledesma (1926-2010), integrante por ese entonces de la compañía de teatro de Margarita Xirgu (1888-1969) que llegó a Lima en 1946. Sin embargo, antes y después de esa fecha, sus salidas al exterior fueron continuas: Chile, Colombia, Panamá, en 1946; Ecuador, Colombia, Venezuela y Chile, en 1952; Chile, también, en 1956, 1959 y 1960; China y la URSS, en 1960; Caracas y Buenos Aires, en 1961; Cuba, en 1962; Japón, en 1963; México y Chile, en 1964; Italia y Yugoslavia, a comienzos de 1965.
3 Hacia el final de su periplo, Salazar Bondy asiste al Festival de Teatro que se organiza en la antigua ciudad papal de Avignon, en donde se presenta el Teatro Nacional Popular, dirigido por Vilar, en un anfiteatro romano, ante “más de dos mil espectadores [que] siguieron la acción con su atenta disposición y su franco regocijo”.
París(9 de noviembre). Mientras las llamas se elevan en Egipto y en Hungría, París vive un inquietante momento político y espiritual. Manifestaciones y contramanifestaciones desbordan algunas calles y bulevares. La policía hace sonar su sirena en demanda de vía libre y los grupos ciudadanos debaten libremente los acontecimientos. No se oculta que el hombre de la calle contempla atemorizado la lucha interna y padece, con dramática serenidad, la terrible idea de una próxima guerra. El cronista ha llegado a esta grande y hermosa ciudad al lado de la cual, según Malaparte, todo el resto del mundo es un suburbio, en un instante de sintomática crisis.
El drama de la hora se manifiesta en los diarios, en las páginas que la ardorosa prensa de la urbe dedica a las opiniones de la gente más representativa de la inteligencia francesa sobre la actitud de Moscú con respecto a la rebelión húngara. Días atrás, una carta de los escritores polacos al diario comunista L’Humanité, que este no publicó, pero que fue conocida a través del semanario L’Express, abrió los fuegos. Los polacos reprocharon a sus correligionarios de Francia el haber adulterado las noticias sobre su patria y mentido con relación a la justa insurgencia magiar, solo por servir a sus intereses locales.
El guante ha sido recibido por un grupo de intelectuales franceses a cuya cabeza se halla Jean Paul Sartre, recientemente el más calificado pensador prosoviético, y a quien seguían gentes como Simone de Beauvoir, Vercors, Roger Vailland y algunos escritores inscritos en las filas bolcheviques. Su protesta ante el gobierno soviético reposaba en su absoluto rechazo al “empleo de cañones y tanques para reprimir la revuelta del pueblo húngaro…”. Calificados progresistas como Mauriac, notable novelista católico, Jean Wahl, destacado filósofo, Pierre Emmanuel, notable poeta, a los que seguía toda suerte de gentes del arte, las letras, la ciencia y la cultura, manifestaron su disconformidad con la línea del partido de Thorez y con los procedimientos de Moscú. El propio Aragon, la figura más alta de la intelectualidad comunista de esta parte de Europa, suscribió una reclamación colectiva del Comité Nacional de Escritores de Francia al Gobierno de Budapest.
La controversia —controversia puesto que L’Humanité hizo caso omiso de hechos tan objetivos— no se reservó a la intelectualidad. El hombre corriente de París trasunta ahora las mismas preocupaciones que Sartre o Mauriac. En el corrillo uno grita: “¡Los rusos están asesinando niños del pueblo!”. Y otro responde: “¿Y a quiénes estamos matando los franceses y los ingleses en Egipto?”. Eso es nada menos que lo que se dicen, en constante retruque, Le Figaro, el diario conservador, y L’Humanité, el órgano rojo. La asamblea urbana, como el Parlamento, muestra al mundo occidental confrontando un dilema hamletiano.
En este ruido, en este clima emocional, en esta agitación vital y afortunadamente democrática, llega el cronista a París. Ello puede no ser bueno para un turista, para aquel que busca el placer que la encantadora ciudad suele ofrecer a precios de oro. Pero, en cambio, es excelente, para aquel que quiere conocer a fondo la realidad de ese viejo e ilustre mundo, cuya capital, sin duda, está aquí, a orillas del Sena. Desde el mirador de un hotelito de una calle burguesa, cerca de donde Vallejo escribiera su hermosa elegía a Alfonso de Silva, tal vez sea posible tener una visión veraz y profunda de comunidad tan activa y discrepante. Si así fuera, a través de esta columna el lector de La Prensa la tendrá, tal como al periodista se le revela.
La Prensa, Lima, 19 de noviembre de 1956, p. 8
París (10 de noviembre). En esta ciudad, donde vive perenne la memoria de tanto personaje y tanto acontecimiento de eterna vigencia, un peruano puede realizar un homenaje a César Vallejo. El poeta pasó aquí varios años de su existencia, y aquí, como premonitoriamente él mismo lo considerara, murió un 15 de abril, hace 28 años1, durante la semana del duelo cristiano. Es en estas calles y estas casas, entre estos árboles y bajo estas nubes, donde uno puede alcanzar parte de la presencia real de aquel cholo triste y dulce, que con tan hondo quejido expresara la soledad del individuo contemporáneo y su sed de ser con todos para todos.
El itinerario no debe, por supuesto, tener un plan previo. No me propongo partir de la estación por donde él arribó a la urbe —la cual, de otra parte, ignoro—, sino marchar por los lugares que frecuentó y citó, sin más documento para ello que el recuerdo de algunos de sus Poemas humanos. A un paso me queda la calle Riboutté (“Esa noche dormiste, entre tu sueño / y mi sueño, en la rue de Riboutté”, le dice a Alfonso de Silva), y a ella voy. Es una vía estrecha, perpendicular a la calle Lafayette, centro de comercio y actividad bancaria. No es un barrio “intelectual”, de fantoches y turistas, sino un sector poblado de gente que hace el país en su tarea diaria, sin pausas ociosas. ¿Cuál es el hotel —me pregunto— en donde ese sueño se llenó de otro sueño? Hay varios, y uno de ellos es demasiado elegante. Miro el interior de estos hospedajes, husmeo su aire viejo y acogedor y vuelvo a la memoria. “El hôtel des Écoles funciona siempre / y todavía compran mandarinas…”, dice en otra parte del poema. En todo caso, el hôtel des Écoles ya no funciona y solo queda de él la poesía…
No es hoy un jueves, pero es otoño, como la época en que nuestro poeta cantara su propia muerte. Hubo aguacero en la mañana y hubo, quizá, en el alma de muchos seres la misma tremenda intuición del taciturno mestizo. Marchando sobre las aceras húmedas voy hacia la Comedia Francesa para sentarme en el café de la Regencia. “Cuando entro, el polvo inmóvil se ha puesto ya de pie”, puedo decir como el amado compatriota. No encuentro la pieza recóndita, la butaca y la mesa que él nombra en su poema “Sombrero, abrigo, guantes”, pero puedo palpar esa visión profunda y trascendental de sentir, en cambio, “el cómo qué sencillo, qué fulminante el cuándo!”.
Busco, después, los castaños de París, porque a Vallejo la vida le gustaba “con mi muerte querida y mi café / y viendo los frondosos castaños de París”, como escribiera en noviembre del 37. Ahí están: los contemplo, los saludo, los comienzo a querer, porque son el mejor monumento para su vida, su poesía y su perdurable ausencia. Ante ellos concluye este paseo, aunque podría tener su fin en el cementerio de Montrouge, ante su tumba. No hace falta más. ¿Tiene, acaso, tumba quien existe tan adentro de nosotros, quien deja una huella tan neta en el alma de quienes lo han leído, quien resucita cada vez que evocamos su obra como expresión de un espíritu representativo? Él, como todos aquellos que hicieron palabra a lo inefable, encuentra un lecho en cada corazón.
La Prensa, Lima, 21 de noviembre de 1956, p. 8
1 De acuerdo con la fecha del artículo, se trataría en realidad no de 28 años, sino de 18, pues la muerte de Vallejo ocurre en 1938 (nota del editor).
París (14 de noviembre). Las cartas de Lima expresan claramente que, visto desde allá, el panorama de la Europa del momento se ofrece como presa del pánico y la desesperanza, al borde de una catástrofe bélica. Sé de personas que han sido llamadas por los suyos por temor al estallido inminente de la guerra, como si la salvación dependiera de una oportunidad huida del probable campo de acción de los bombarderos y los tanques. El espejismo es explicable si se piensa que, por razones obvias, las primeras planas de los diarios están dedicadas, con profusión informativa, a los problemas internacionales, especialmente a los que se desarrollan en el Medio Oriente y en las zonas de influencia soviética, cuyos ecos en las calles de una capital como París son inmediatos.
La realidad aquí, sin embargo, es otra. Quien arribe a tierra europea en estos días y se sumerja en una de sus urbes no distinguirá el ardor que las noticias evidencian, no tendrá, por supuesto, esa visión trágica que tanto alarma. París, por ejemplo, muestra su rostro tradicional. Excepto las manifestaciones públicas de hace unos días, nada ha alterado la faz del centro de Francia. Las calles son escenario de la vida de la multitud, los teatros levantan sus prodigiosos telones cuotidianamente ante salas abarrotadas, los cines reciben su diaria avalancha de muchedumbres, Pigalle brilla de luces, Saint-Germain-des-Prés no cesa en su noctambulismo polícromo y cosmopolita, Montmartre existe pleno de canciones, sombras y aromas.
Y, si bien los diarios y las revistas reservan a los despachos de Egipto y Hungría sus mejores lugares, sus páginas están colmadas con artículos que tratan de temas pacíficos, interesantes o curiosos. Tal vez este sea el mejor testimonio de que no hay terror. Por ejemplo, el delegado francés al Congreso Mundial de Hotelería plantea a sus compatriotas un problema vital de la gastronomía. “¿Debe comerse la ensalada con o sin cuchillo?”, se pregunta el buen señor Decaux, cuya amplia sonrisa ocupa dos columnas del periódico. Él espera imponer, con su simpatía y su dialéctica, la tesis nacional que niega al instrumento cortante toda intervención en dicho plato. A su lado, una columnista habla de los regalos de Navidad y aconseja, con juiciosa mesura, los más baratos y útiles. Así el resto.
Aparte de los teatros y los cines, de los restaurantes y las boites, el parisiense ha podido ver en estos peligrosos días al Circo de Pekín, una especie superior de fiesta de color, música, gracia y habilidad, y ha podido contemplar el juego maravilloso de Puskas, el genial futbolista húngaro, ante los principales cuadros franceses. La despedida que le ha tributado la afición francesa al famoso equipo húngaro, antes de retornar a su torturada patria, ha sido calurosa, no solo por los triunfos que aquí ha obtenido, sino por la significación que en estos días tiene Budapest para el mundo.
La huelga decretada por la CGT (organización obrera dirigida por los comunistas) no fue advertida por nadie. Solo una línea del metro y una de autobuses acataron la orden de paro parcial y París fue y vino por sus laberintos urbanos sin complicación de ninguna clase, alegremente, batallando ya con la lluvia que señala un invierno tan crudo como el pasado. ¿Indiferencia? De ninguna manera. No se habla de otra cosa, en primer término, que de política, pero nadie supone ni remotamente que la cuerda se romperá. “Hemos sufrido mucho, señor —me dice un mozo de café cuando le pregunto qué piensa de la situación—, y no queremos que nuestros hijos sean víctimas de lo mismo”.
Pienso que va a ser muy difícil que la paz —de algún modo tenemos que llamar a la situación actual— se quiebre por voluntad del hombre común. La vida corre y no es posible quedarse atrás o andar en sentido contrario. Por algo, contra los medios modernos de destrucción, hay ahora una máquina de escribir electrónica que es la perfecta dactilógrafa, unos versos de Molière redivivos en la boca de excelentes comediantes, un vaso de vino en cada hora de descanso y mucho amor en el corazón de todas las gentes…
La Prensa, Lima, 22 de noviembre de 1956, p. 8
París (14 de noviembre). En la prensa parisiense se comenta en estos días, en algunos casos con ardor, el aún oscuro episodio de la muerte del gran poeta español Federico García Lorca. El tema, tantas veces tratado, ha sido reactualizado por la reciente aparición, bajo el signo de las ediciones Plon, del libro Federico García Lorca, l’homme, l’oeuvre (1956), de Jean-Louis Schonberg, algunos de cuyos capítulos —entre ellos, precisamente, el que se ocupa del fusilamiento del autor de Romancero gitano (1928)— se publicaron en las páginas de Le Figaro Littéraire.
En pocas palabras, Schonberg intenta demostrar que la vida y la poesía de Lorca estuvieron permanentemente determinadas por móviles de morbosa índole sexual. El escritor existió y creó bajo la presión de una desviación erótica, y su muerte, de la misma manera, se debió a un rencor pasional. Las pruebas que aporta el crítico son precarias y su mise au point resulta, así, traída de los cabellos. Hasta la salida del amplio volumen que firma, Schonberg era desconocido en los medios literarios en Francia, y al parecer su manuscrito rodó de editor en editor sin hallar en mucho tiempo empresario dispuesto a imprimirlo.
La primera reacción fue la del español José Bergamín, actualmente en esta ciudad, quien envió a Le Figaro Littéraire una larga refutación, que el semanario hizo pública solo en parte. Demasiado frondosa, la protesta del pensador católico, en el exilio desde la guerra civil, si bien logró restar todo valor a la tesis de Schonberg, atrajo sobre el libro la atención de los lectores parisienses, quienes —según opinión de los escritores y los editores más serios— muestran una avidez cada vez mayor por los textos escandalosos, de asunto exótico o audaz.
