Cuando escuches esta canción (AdN) - Lola Lafon - E-Book

Cuando escuches esta canción (AdN) E-Book

Lola Lafon

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Beschreibung

Una noche en la casa de Anne Frank para recuperar la verdadera voz de la adolescente más célebre de la historia Premio Décembre 2022 Premio Les Inrockuptibles 2022 «El 18 de agosto de 2021 pasé la noche en el Museo Anne Frank, en el Anexo. Anne Frank, a quien la gente conoce aunque no sepa gran cosa de ella. ¿Cómo calificar su célebre diario, que todos los escolares han leído y que ningún adulto recuerda de verdad? ¿Es un testimonio, un testamento, una obra literaria? La de una muchacha que no va a poder más que subir y bajar unas escaleras, menos de cuarenta metros cuadrados por recorrer durante setecientos sesenta días. Esa noche me la figuraba semejante a un retiro, a un silencio. Imaginaba esa noche propicia para acoger la ausencia de Anne Frank. Me equivoqué. La noche está habitada, la iluminan reflejos; en el corazón del Anexo, se hallaba aún agazapada una urgencia con la que hay que dar.»

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Seitenzahl: 161

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Es ella. Una silueta en la ventana que surge de las sombras, una chiquilla. Se asoma, con la mano en la barandilla, atraída sin duda por un rumor de risas en la calle: el de una elegante comitiva de vestidos de raso y de trajes grises.

Se vuelve, parece estar llamando a alguien: es una boda, ven, ven a ver. Insiste, con un ademán de la mano, impaciente; vuelve a llamar, que acuda alguien, rápido. Es tan bonito ese tornasol de las telas, ese lustre de los moños. Es ella, en el segundo piso de un vulgar edificio, una silueta menuda que entra en la historia, al azar de un movimiento de cámara.

Está viva, da saltitos en el sitio, esa a quien solo conocemos inmóvil, en fotos en blanco y negro. Tiene doce años. Le quedan cuatro de vida.

Son las únicas imágenes animadas de Anne Frank. Imágenes mudas, las de una breve película de aficionado rodada en 1941, seguramente por familiares de los novios. Siete segundos de vida, apenas un eclipse.

Cuánto se la quiere a esa muchacha judía que ya no existe. La única muchacha judía a quien se quiera tan locamente. Anne Frank, la hermana imaginaria de millones de niños, que, si hubiera sobrevivido, ahora tendría la edad de una abuela; Anne Frank, la eterna adolescente, que hoy podría ser hija mía; ¿tenemos para siempre la edad en que hemos dejado de vivir?

Anne Frank, a quien la gente conoce aunque no sepa gran cosa de ella. Una imagen, la de una muchacha pálida, cuyo pelo sujeta con mucha formalidad un pasador, sentada ante su pequeño secreter, con una estilográfica en la mano. Un símbolo, pero ¿de qué? ¿De la adolescencia? ¿De la Shoah? ¿De la escritura?

¿Cómo calificar su célebre diario, que todos los escolares han leído y que ningún adulto recuerda de verdad? ¿Es un testimonio, un testamento, una obra literaria? La de una adolescente encerrada para no morir, cuyas palabras no pueden estarse quietas.

La de una muchacha que no va a poder más que subir y bajar unas escaleras, menos de cuarenta metros cuadrados por recorrer durante setecientos sesenta días.

Anne Frank, a la que se dedicaron canciones, poemas y novelas, réquiems y sinfonías. Su cara se reproduce en sellos, en tazas y en pósteres, su retrato protagoniza grafitis en las paredes y se graba en medallas. Su nombre orna la fachada de cientos de escuelas y de bibliotecas, se le dio a un asteroide en 1955, sus escritos se incluyeron en el registro de la Memoria del Mundo de la Unesco en 2009, junto con la carta magna.

Anne Frank, quien en el verano de 2021 estuvo a la orden del día en todos los noticiarios neerlandeses; en Ámsterdam, unos manifestantes contrarios al pasaporte sanitario enarbolaron su retrato y entonaron: «Libertad, libertad».

Anne Frank, venerada y pisoteada.

El 18 de agosto de 2021 pasé la noche en el Museo Anne Frank, en el Anexo.

Vine a experimentar el espacio, porque el tiempo no se puede. Es imposible concebir cuánto pesan las horas, qué densidad tienen las semanas. ¿Cómo imaginar veinticinco meses de vida de ocho personas escondidas en estas exiguas habitaciones?

Así que voy a pasar toda la noche yendo de una habitación a otra. Iré del cuarto de sus padres al cuarto de baño, del desván al cuartito de estar compartido, contaré los pasos de los que disponía Anne, tan pocos pasos.

¿Cómo llamarla? Le digo «Anne», pero con esa falsa intimidad me siento a disgusto. No puedo decir «Anne», hay algo que me lo impide y que, durante esa noche, se materializará en la imposibilidad de ir a su cuarto. Entonces digo «Anne Frank», igual que se pasa lista, igual que se recuerda a la exalumna brillante de un centro escolar fantasma. Tres sílabas.

La noche me la figuraba semejante a un retiro, a un silencio. Imaginaba la noche propicia para acoger la ausencia de Anne Frank, me preparaba para ponerme al diapasón del vacío, para recibirlo.

Me equivoqué. La noche estaba habitada, la iluminaban reflejos; en el corazón del Anexo, se hallaba aún agazapada una urgencia con la que había que dar.

En este mes de mayo de 2021, Ámsterdam, igual que París, está aún parcialmente confinada. La conversación con el director del museo, Ronald Leopold, tendrá lugar por pantallas interpuestas. Es una conversación determinante; solo él puede autorizarme a pasar una noche en el Anexo. Charlamos de esto y de aquello, una forma de trabar conocimiento. Aunque se alegra del eco que halla aún la historia de Anne Frank, el director lamenta que esa adoración por la muchacha le haga sombra a su obra, la de una autora prodigio.

Hay quienes vienen todos los años, desde hace décadas, a recogerse en su cuarto. Dejan cartas, peluches, rosarios, velas. No es infrecuente que alguna visitante del museo se niegue a irse del Anexo, convencida de ser la reencarnación de la muchacha.

Que alguien se identifique hasta ese punto deja perplejo al director. Llamarla por el nombre, como hacen algunos de sus colegas, también le da apuro.

Por supuesto que trabajar a diario en el museo crea una proximidad con ella, pero Anne Frank no es ni una pariente ni una amiga.

A este respecto, no tiene intención alguna de someterme a un cuestionario, pero a Leopold le gustaría saber qué representa para mí.

Hago como si mi proyecto lo impulsara algo racional. Adopto un tono desapegado, hablo de mi trabajo, de las muchachas que están en la entraña de mis novelas: todas ellas se enfrentan al espacio que les permiten tener. Todas ellas también han visto cómo sus palabras las volvían a interpretar, las volvían a escribir unos adultos.

Improviso.

No me atrevo a decirle la verdad por temor a que Ronald Leopold me tome por una iluminada obsesionada con Anne Frank. No puedo explicarle que este proyecto de escritura es un deseo que yo misma no entiendo. Me persigue desde que se materializó, hace unas semanas.

Una noche de abril, tres sílabas, que pronuncio quizá durante el sueño, surgen de la infancia: Anne Frank.

No me he acordado de ella los días anteriores, no he leído nada de ella. Apenas si me acuerdo del Diario. Su nombre prevalece sobre la noche. Anne Frank es el objeto de mi despertar, el tema que nada disipa en los siguientes días. Retumba con algo de lo que no soy consciente.

No puedo confesarle al director que no sé qué es para mí, pero que tengo que escribir este relato.

Incluso a través de una pantalla se debe de notar mi incomodidad. Ronald Leopold me tranquiliza, no hay necesidad alguna de que le conteste en el acto. Esa misma noche le mando un correo electrónico. Seguramente mi deseo de meterme en este proyecto tiene razones «objetivas»: igual que a muchos niños, mis padres me regalaron el Diario; empecé a escribir para imitarla. Mi madre, de niña, estuvo escondida durante la guerra. Soy judía. Pero creo que todo esto no tiene importancia, o al menos no basta para explicar la voluntad de escribir este texto. Concluyo mi correo con una evasiva, citando a Marguerite Duras: «Si supiéramos algo de lo que vamos a escribir antes de hacerlo, antes de escribir, nunca escribiríamos. No valdría la pena». No tarda en llegar la respuesta: Ronald Leopold me propone que tenga una entrevista con una profesora de universidad ya jubilada.

Laureen Nussbaum es una de las últimas personas vivas que conoció bien a los Frank y es también una pionera: lleva estudiando el Diario como obra literaria desde los noventa

En la pantalla, una señora elegante y vivaracha me sonríe: Laureen presiente qué es lo estoy deseando saber. Desde hace más de sesenta años llevan haciéndole la misma pregunta: ¿cómo era de niña esa a la que Laureen llama aún su «vecinita»?

«Anne era… charlatana. ¡Tan charlatana! Aborrecía no tener razón. A los adultos les parecía inaguantable y adorable al tiempo. Yo tenía catorce años. Anne, once. Para mí era una chiquilla, la hermana de mi amiga Margot. Su padre las mimaba mucho a las dos. Era un hombre moderno para aquella época: tenía empeño en que sus hijas tuvieran una educación, en que tuvieran una opinión del mundo. No pudieron ver gran cosa de él…»

Lo mismo que los Frank, los padres de Laureen tienen que escapar de Alemania en 1933, después de la victoria del Partido Nacionalsocialista.

Emigran a los Países Bajos: el país fue neutral durante la Primer Guerra Mundial.

En Ámsterdam, ambas familias coinciden en el barrio de Merwedeplein, donde se alojan muchos refugiados de Europa central.

«Al cabo de unos meses, Margot, Anne y yo hablábamos neerlandés con fluidez. Jugábamos indistintamente con niños protestantes y católicos. Nos daba la impresión de haber encontrado un remanso.»

El 15 de mayo de 1940, Holanda capitula.

Los Frank intentan llegar a los Estados Unidos, pero la Administración estadounidense exige demasiados papeles, va a ser imposible reunirlos a tiempo. Se cierran las fronteras.

«Las medidas antijudías van apareciendo poco a poco. Nos negábamos a que nos afectasen, había que seguir con la cabeza alta. ¿Que nos prohibían coger el trasporte público o tener una bici? Pues iríamos a pie. ¿Que no nos permitían ya ir al cine ni a conciertos? Qué se le va a hacer, tocaríamos música en casa. En el verano de 1941, los directores de instituto hicieron listas de alumnos de “sangre judía”. En clase, nos obligaron a sentarnos aparte. Poco tiempo después nos expulsaron. Margot estaba destrozada, iba a esperar a sus antiguas compañeras de clase a la salida de tanto que las echaba de menos.

»¿Que los niños judíos no podían ya ir al colegio? No importaba; había muy buenos profesores judíos, haríamos nuestros propios colegios.

»Nos aferrábamos a cualquier alegría: Otto alquilaba películas y se las ponía a sus hijas. Anne hacía entradas que enviaba a sus amigas. Todo estaba imitado a la perfección: la hora de la sesión, el asiento numerado.»

Laureen acerca la silla a su escritorio, hojea un libro —veo en la tapa el perfil de Anne Frank—, se pone las gafas, se aclara la voz:

Sábado, 20 de junio de 1942

Los judíos deben llevar una estrella de David; deben entregar sus bicicletas; no les está permitido viajar en tranvía; no les está permitido viajar en coche, tampoco en coches particulares; los judíos solo pueden hacer la compra desde las tres hasta las cinco de la tarde; solo pueden ir a una peluquería judía; no pueden salir a la calle desde las ocho de la noche hasta las seis de la madrugada; no les está permitida la entrada en los teatros, cines y otros lugares de esparcimiento público; no les está permitida la entrada en las piscinas ni en las pistas de tenis, de hockey ni de ningún otro deporte; no les está permitido practicar remo; no les está permitido practicar ningún deporte en público; no les está permitido estar sentados en sus jardines después de las ocho de la noche, tampoco en los jardines de sus amigos; los judíos no pueden entrar en casa de cristianos; tienen que ir a colegios judíos, y otras cosas por el estilo. Así transcurrían nuestros días: que si esto no lo podíamos hacer, que si lo otro tampoco. Jacques siempre me dice: «Ya no me atrevo a hacer nada, porque tengo miedo de que esté prohibido».1

«Esta página de su Diario es la primera que da cuenta de algo que no sea su vida de colegiala… Recuerdo otra prohibición —añade Laureen—. A los judíos no les estaba permitido ya tener palomas. Los nazis no pasaban una… La estrella amarilla se volvió obligatoria en enero de 1942. Era una humillación tan grande que te señalaran como a un apestado. Ya no me atrevía a salir de casa. Había redadas, en pleno centro de Ámsterdam los nazis detenían a los judíos a cientos, los obligaban a arrodillarse, a… hacer cosas… envilecedoras. Era sabido que los deportaban a Mauthausen. A todas las familias les daba miedo recibir eso que se llamaba una “citación”. La Gestapo se las enviaba a los judíos jóvenes, entre dieciséis y veinte años. Tenían nueve días para presentarse ante la policía. Margot y yo acabábamos de cumplir los dieciséis.»

El lunes 6 de julio de 1942, Margot no va a clase. Preocupada, Laureen decide ir a casa de su amiga. La puerta del piso de los Frank está entornada. Las habitaciones están vacías, las camas sin hacer.

La víspera, un agente de la Gestapo había llamado a casa de los Frank, portador de la terrible citación: Margot tenía que coger unas cuantas cosas y presentarse en el convoy que va a llevarla a un «campo de trabajo».

Aunque Laureen recuerda que se quedó anonadada, la marcha de los Frank no la extrañó.

«Míster Frank decía cada vez con mayor frecuencia que no pensaba esperar a que la Gestapo fuese a buscarlos. Todo el mundo pensaba que habían escapado a Suiza, nunca hubiera podido imaginarme que Margot y Anne estaban tan cerca, en la misma ciudad que yo…»

1 Los fragmentos del Diario de Anne Frank son traducción del neerlandés de Diego J. Puls, en la edición de Debolsillo, 2021. (N. de la T.)

Hoy aún, Lauren lo llama míster Frank, ese señor elegante, director de una empresa pequeña de pectina, cuya erudición y tranquilidad tanto la impresionaron de pequeña.

Un judío liberal, con métodos educativos modernos; nada más llegar a los Países Bajos, matricula a su hija menor en el centro de preescolar Montessori, en Merwedeplein.

Un judío alemán, oficial del ejército durante la Primera Guerra Mundial, condecorado por su valentía en combate. A lo mejor piensa que eso seguramente lo va a proteger. Pero para los nazis míster Frank es antes judío que alemán.

Laureen no va a volver a verlo hasta junio de 1945: un hombre irreconocible, esquelético y exhausto. Un superviviente de Auschwitz-Birkenau, un viudo: Edith murió en Auschwitz el 6 de enero de 1945.

No grabo a Laureen Nussbaum, prefiero tomar notas: en mi libreta, el terrible periplo de Otto Frank es una sucesión de números. Cinco meses de peregrinación y vida errante durante los que intenta regresar a Ámsterdam.

El 27 de enero de 1945, el Ejército Rojo entra en el campo de exterminio. Otto está tan débil que no puede marcharse por no haber recuperado aún unas pocas fuerzas. En febrero, los combates siguen en gran parte de Europa: sería peligroso viajar. Cuando Otto Frank recibe por fin el documento que lo autoriza a hacerlo, hay que seguir esperando, las carreteras polacas están destruidas.

El 5 de marzo, Otto Frank llega a Katowice. Se queda tres semanas. El 1 de abril coge el tren para Odesa; el viaje va a durar casi cuatro semanas. Desde allí consigue coger, con otros supervivientes, un barco que se dirige a Marsella. En Francia, encuentra un tren para Roermond, en los Países Bajos. El 2 de junio, un coche lo lleva de Roermond a Ámsterdam.

Cuando, un domingo, llama a la puerta de los padres de Laureen, «míster Frank» no tiene ya ni alojamiento, ni familia, ni esa tranquila confianza en sí mismo que le caracterizaba. Es un extraviado entre los vivos.

Solo habla de ellas, tiene que encontrar a sus hijas. Sabe que las deportaron a Bergen-Belsen. Se aferra a lo jóvenes que son: seguro que han sobrevivido.

Pone este anuncio en los diarios neerlandeses: «Se solicita información sobre Margot Frank, 19 años, y Anne Frank, 16 años, en enero en convoy a Bergen-Belsen. Tel.: 37059».

Todas las mañanas se presenta, a la hora de abrir, en el local de la Cruz Roja. Saca una foto del bolsillo: ¿a lo mejor saben ustedes algo de Margot, de Anne?

Patea los hospitales: ¿han visto a Anne, a Margot? Recorre las estaciones a las que empiezan a llegar escasas supervivientes de Bergen-Belsen. Las interpela, a todas les enseña la foto de sus hijas.

Míster Frank, cuando va a almorzar a casa de los padres de Laureen, los domingos, habla en futuro, nunca en condicional. Dice «cuando las encuentre».

El 18 de julio de 1945, Otto Frank deja de buscar. La carta que acaba de recibir es breve, cinco líneas que firma una enfermera joven de Bergen-Belsen, Lientje Brilleslijper.

La deportaron junto con su hermana Janny; las dos formaban parte de la Resistencia, estuvieron internadas en los campos de Westerbork, de Auschwitz y, luego, de Bergen-Belsen. Como las hermanas Frank.

La carta de Lientje confirma la muerte de las dos hijas de Otto.

Laureen se disculpa, se levanta y se esfuma, desaparece de la pantalla. Oigo abrirse un grifo, luego la frágil silueta vuelve a aparecer con un vaso de agua.

Temo que nuestra conversación suponga un mal trago para ella y quedamos en volver a llamarnos otra tarde.

Cuando estoy a punto de desconectarme, Laureen me indica con una seña que me quede: le gustaría hablarme un poco del Diario… Algunos encuentros comienzan en el momento de separarse, cuando el tiempo apremia. Entonces las palabras palpitan en la entraña de lo esencial.

Esas frases las anoté; luego se quedaron ahogadas en el resto de nuestra conversación. Sin duda era demasiado pronto para que comprendiese la advertencia de Laureen.

Esa noche me aconseja que me fije en la contraportada de las diversas ediciones del Diario. Son de lo más revelador. Lo que los editores han decidido destacar y, también, las palabras que han evitado utilizar.

En la década de 1960, por ejemplo, me dice Laureen, se podía leer lo siguiente: «Leer el diario es asistir al florecimiento de una adolescente ante la adversidad».

Cuando se publica en los Estados Unidos, le piden a Eleanor Roosevelt que añada un prólogo. Elogia en él «la nobleza de la mente humana», le emociona ese «mensaje de esperanza». El Diario es un «monumento» dedicado a todos quienes «laboran por la paz».

Ni una alusión al régimen nazi ni a la Shoah. Ni una palabra acerca de las condiciones en que escribió Anne Frank.

«Anne no laboraba por la paz. Le ganaba tiempo a la muerte escribiendo su vida. Que no se le olvide esto —insiste Laureen Nussbaum—: Anne Frank quería que la leyesen, no que la venerasen. Hannah Arendt llamaba a la adoración de la que se la hace objeto “sentimentalismo barato a costa de una catástrofe inmensa”… No es una santa. No es un símbolo. Su Diario es la obra de una muchacha víctima de un genocidio perpetrado ante la absoluta indiferencia de todos aquellos que estaban enterados. No use la palabra esperanza, por favor.»

Nuestro intercambio es un primer paso en la oscuridad. Un paso en el vacío también, que me revela la extensión de mi ignorancia. Este texto del que se han vendido más de treinta millones de ejemplares en el mundo no es un simple diario íntimo ni un testamento. Es negar la trayectoria de la autora Anne Frank, reducirla a un testimonio, me dijo Laureen. Anne quería ser escritora o periodista, lo puso por escrito.

En mi libreta, un corro de signos de interrogación rodea una fecha subrayada, la del 29 de marzo de 1944.