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De la autora de La pequeña comunista que no sonreía nunca, una novela descarnada y emotiva sobre el abuso, el maltrato, la traición y la vergüenza Finalista del Premio Goncourt 2020 Premio Landerneau des Lecteurs Premio de Novela de los estudiantes France Culture - Télérama 1984. A Cléo, de trece años, que lleva con sus padres una existencia modesta en el extrarradio parisino, le proponen un buen día una beca, que concede una misteriosa Fundación, para conseguir su sueño: llegar a ser bailarina de modern jazz. Pero en lo que cae es en una trampa, un comercio sexual, en la que queda atrapada y a la que lleva a otras colegialas. 2019. Aparece en Internet un fichero de fotos, la policía busca testigos entre las que fueron víctimas de la Fundación. Bailarina profesional ya, Cléo se percata de que un pasado que no acaba de pasar ha vuelto a buscarla y de que ya es hora de plantarle cara a su doble carga de víctima y de culpable. Zozobrar va recorriendo las diversas etapas del destino de Cléo a través de la mirada de quienes la conocieron, mientras su personaje se difracta y se recompone sin parar, a imagen y semejanza de nuestras identidades mutantes y de los misterios que las rigen. Lola Lafon, al pasar revista a los abusos desde el enfoque de la fractura social y racial, brinda aquí una candente reflexión acerca de los callejones sin salida del perdón al tiempo que rinde homenaje al mundo de los espectáculos populares de variedades, donde las sonrisas se contratan y las pestañas postizas son de rigor: erotismo y sufrimiento del cuerpo, magia del escenario y de los bastidores del dolor.
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Seitenzahl: 310
Veröffentlichungsjahr: 2021
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El perdón, si es que hay perdón, no puede ni debe perdonar más que lo imperdonable, lo inexpiable, y por lo tanto hacer lo imposible.
JACQUES DERRIDAPerdonar
A falta de perdón, dadle tiempo al olvido.
ALFRED DE MUSSET La noche de octubre
Esas razones que hacen vanas nuestrasrazones.
Esas cosas tan hondas que nos quitanel sueño.
JEAN-JACQUES GOLDMANVeiller tard
Había cruzado por tantos decorados, apariencias, una vida de oscuridad y de reanudaciones. Lo sabía todo de las reinvenciones. Conocía los bastidores de tantos teatros, su olor a madera, esos pasillos tortuosos en los que se daban empujones las bailarinas, las paredes rozadas, de color de rosa, de camerinos sin ventanas con el linóleo descolorido, esos espejos con un marco de bombillas, esos tocadores donde una encargada de vestuario le dejaba la ropa con un papelito prendido con un alfiler: CLÉO.
Un tanga crema, unos pantis color carne para ponérselos debajo de las medias de rejilla, un sujetador cuajado de perlas y de lentejuelas, los guantes marfil hasta el codo y las sandalias de tacones reforzadas con una tira elástica coral en el empeine.
Cléo llegaba antes que las demás. Le gustaba ese intervalo en el que nadie se azacanaba aún alrededor de ella. Ese silencio sin altibajos que apenas alteraban las voces de los técnicos que comprobaban en el escenario si las luces funcionaban. Se quitaba la ropa de calle, se ponía un pantalón de chándal y luego, con el torso al aire, sentada delante del espejo iniciaba ese proceso que la vería desaparecer.
Media hora para borrarse: se echaba el maquillaje Porcelaine 0.1 en la palma de la mano y empapaba con él la esponja de látex, el color beige le anulaba el rosa de los labios, el morado trémulo de los párpados, las pecas en la parte de arriba de las mejillas, las venillas de las muñecas, la cicatriz de la operación de apendicitis, el antojo del muslo, un lunar en el pecho izquierdo. Había que pedir ayuda a otra bailarina para la espalda y las nalgas.
El maquillador y peluquero pasaba a las seis, con una riñonera en la cintura rebosante de pinceles; volvía a empolvarle la frente a una, le ponía corrector de ojeras en un grano a otra, retocaba el trazo temblón de lápiz de ojos, su aliento mentolado y tranquilo acariciaba las mejillas, el ruido correoso de la goma de mascar que llevaba siempre en la boca hacía las veces de nana; las muchachas se adormilaban en una nube de laca. A las siete, la cara nocturna de Cléo era igual que la de todas las demás bailarinas: una cara anónima con pestañas postizas que corrían por cuenta de la casa, con mejillas teñidas de rosa fucsia, con ojos que el color negro agrandaban salvajemente, con nácares en los pómulos hasta las cejas.
Cléo había estado detrás de decenas de telones de terciopelo púrpura, de colgaduras, de forillos de fieltro, había llevado a cabo ese mismo ritual cientos de veces, esas comprobaciones con apariencia de encantamiento: mover la cabeza a derecha e izquierda para comprobar que el peinado aguanta, dar saltitos sin moverse del sitio para que no se enfríen los músculos de los muslos mientras se espera la señal del regidor, esa cuenta atrás 4, 3, 2, 1. Las encargadas de vestuario revisaban, aseguraban por última vez el ritual tocado con adornos de plumas, esa engañosa corona de suavidad cuyos armazones oprimían los omoplatos, una mochila de hierro.
A Cléo y a las demás les gustaba intuirlos detrás del telón e interpretaban el mínimo estornudo o el último carraspeo de los espectadores; anda, esta noche estaban nerviosos.
Nada más bajarse del autobús —venían de Dijon, de Rodez, del aeropuerto— se acomodaban con un barullo de colegiales, deslumbrados por los reflejos, los de las copas de cristal colocadas en su mesa y los de cobre de los cubos de champán; los dejaba maravillados la rosa blanca en la transparencia de su florero, las atenciones de los camareros, los asientos corridos rojos y los manteles blancos, las venas del mármol de la escalinata principal. Los hombres se alisaban los pantalones, arrugados durante el viaje, las mujeres habían ido a la peluquería para la ocasión. Las entradas que iban en la cartera eran un regalo de cumpleaños, un regalo de bodas, sacadas hacía mucho: una cantidad que no se gastaba más que una vez en la vida. Se apagaban las luces en la sala y recibían la oscuridad con un cuchicheo embelesado, en ella iban a disolver sus preocupaciones, deudas y soledades. Todas las noches, cuando Cléo entraba en el escenario, el calor polvoriento de los focos la sorprendía hasta metérsele en la combadura de los riñones.
Las bailarinas aparecían, unidas por un hilo de gracilidad y metiendo la cintura, con los brazos abiertos y levemente arqueados; trazaban un nuevo horizonte, una línea adornada con los diamantes de sonrisas idénticas y lacadas, un conjunto de piernas ordenadas, una exuberancia de frufrús y lentejuelas.
A la salida del teatro, los espectadores se cruzaban con ellas sin reconocerlas: unas muchachas paliduchas y cansadas con el pelo opaco de laca.
Cléo había leído esto: la fascinación de los bebés por el espejear de un plato de porcelana procedía de nuestro temor ancestral a morirnos de sed.
Cléo había leído esto: la invención de las lentejuelas era accidental. Era obra de Henry Rushman, empleado de una empresa que, en Nueva Jersey, se libraba de los residuos de plástico triturándolos. ¡Cuántos años pasados padeciendo el estruendo de las máquinas hasta aquel día de 1934 en que, cuando se disponía a salir del taller, Rushman divisó en la cuba, entre los restos, un diamante con reflejos turquesa! Con el débil resplandor de la luz del día que les caía encima, la plata y el oro espolvoreaban la trituradora, micas llameantes. Los desperdicios reflejaban la luz.
Las lentejuelas nacían de algo considerado desdeñable: poseían la hermosura de la incertidumbre. A veces le objetaban a Cléo que todo aquello era pacotilla, lo mismo que los collares de strass posados en el plexo y esos abalorios de color rubí que le ceñían la cintura.
Todo era falso, en eso residía la hermosura turbadora de aquel mundo, replicaba ella, Las chicas fingían estar desnudas, sobreactuaban su júbilo en el escenario durante noventa minutos, ça c’est Paris, venían de Ucrania, de España o de Clermont-Ferrand. El sudor empañaba el brillo del raso de los bustiers, los rastros amarillentos persistían pese a las limpiezas, los tangas los pulverizaban con espray antibacteriano, las medias de rejilla se clavaban en la carne blanda de los muslos, dejaban tachones cuadriculados; desde lejos, no se notaba nada.
Un técnico de iluminación le había dicho a Cléo que las panas más modestas centelleaban bajo los focos; en cambio, volvían muy sosos los reflejos de las sedas auténticas. La luz escamoteaba los sietes, las arrugas de la ropa, los rastros de celulitis, las cicatrices; atenuaba las arrugas de la cara y el pelirrojo chillón de un tinte de pelo barato. Los bustiers hechos de lentejuelas le dejaban placas bermellón en los costados a Cléo, tajos burdeos bajo las axilas, restos de plástico que el sudor afilaba. De lejos no se notaba nada.
Bailar era aprender a disociar. Pies puñales y muñecas lazos. Fuerza y languidez. Sonrisa pese a un dolor persistente, sonrisa pese a las arcadas, un efecto secundario de los antiinflamatorios.
A los doce años, cinco meses y una semana, los padres de Cléo le ofrecieron ir a clase de danza, preocupados por verla aplatanada delante del televisor los miércoles y los sábados por la tarde. La academia privada de la señora Nicolle estaba a rebosar de alumnas del centro de secundaria privado La Providence, esas Domitille, Eugénie, Béatrice. En el vestuario, Cléo las oyó comentar un fin de semana en Normandía, vacaciones en las Baleares, una estancia lingüística en los Estados Unidos. El coche de mamá, el de papá. La asistenta, la niñera, los abonos a La Comédie-Française y al Théâtre des Champs-Élysées.
Cléo callaba prudentemente sus señas —el Fontenay de las urbanizaciones—, el Ford Escort de sus padres, y también el oficio de su madre, dependienta en una tienda de ropa para mujeres de tallas grandes.
Las madres de las Domitille asistían regularmente a las clases, sentadas en las sillas de madera colocadas al fondo de la sala. Cruzaban los tobillos, pero no las rodillas Se agolpaban todas alrededor de la señora Nicolle, le daban coba, exigiéndole que fuera más severa con sus hijas. Su feroz deseo de llevarlas hasta las puertas de un porvenir del que ellas se habían visto excluidas era palpable, ese deseo de tener hijas cristalinas, inmateriales, sílfides de cuerpo vacío de la mala sangre de ellas.
Cléo había pasado el curso esmerándose en hablar el lenguaje de la danza clásica, igual que se intenta «coger el acento» de una lengua extranjera sin haberla tenido nunca en los labios. Había intentado hacerse con el preciosismo y la mirada altiva de esas a quienes la señora Nicolle les ponía de ejemplo porque tenían «clase»: princesas, duquesas. Sin éxito alguno.
Al final de curso, la señora Nicolle le sugirió que hiciera otra cosa: ¿gimnasia quizá? A Cléo no le faltaba energía. Pero gracilidad…
Cléo volvió a la morosidad de los sábados delante de la televisión. Ahí fue donde los vio por primera vez: relumbrantes, esos bailarines ondulaban como ríos veloces. Anunciaban los créditos de la emisión preferida de su madre: Champs-Élysées.
Antes de que Michel Drucker los despidiera: Un fuerte aplauso para los bailarines que van a dejar el plató, Cléo se acercaba a la pequeña pantalla para descifrar sus piruetas, esos estribillos jubilosos que concluían con un brinco, a mucha distancia de la afectación de las Domitille de la academia de la señora Nicolle: esto es lo que ella quería hacer.
Desde la primera clase de modern jazz en la MJC1 de Fontenay, Stan la zarandeó, la agarró por la mitad del cuerpo, la transportó. Hablaba de caderas. Pelvis. Bajo vientre. Plexo. Fuerza. Aplaudía a sus alumnos cuando conseguían encadenar los pasos, vistiendo un pantalón de jogging y una camiseta de tirantes negra por la que le asomaba el nacimiento de los pectorales.
El ventanal de la sala se empañaba al cabo de diez minutos, las paredes se constelaban de diminutas gotas de sudor, los bajos de las mezclas de Grandmaster Flash o de Irène Cara saturaban los bafles.
Esa a la que Cléo sorprendía en el espejo después de una diagonal de chassés, step-touch, spin, no tenía nada que ver con una duquesa, con el flequillo pegado a la frente y los pómulos encendidos. Esa a la que Cléo sorprendía en el espejo había adquirido en pocas semanas la combadura de una incitación muy alejada de la tiesura de adolescentes desdeñosas que metían la tripa y apretaban las nalgas en la academia de la señora Nicolle.
Por las noches, en su cuarto, Cléo, con el walkman pegado al oído, cortaba el tiempo en rebanadas de ocho. Flexiones contra la pared, 5-Y-6-Y-7-Y-8. Series de abdominales, Y-1-Y-2-Y-3-Y-4. Equilibrios, Y-7-Y-8.
Las clases de Stan eran una mezcla de misa, de fiesta y de concentración. AGAIN: Stan exigía que repitieran, que volvieran a hacerlo; el dolor de una punzada en el costado le cortaba el resuello a Cléo, pero el dolor no era sino un camino montañoso, una cuesta arriba. Cuando se coronaba, solo quedaba el resplandor de una liberación.
Cléo se esmeraba en calcar lo que le veía hacer a Stan, en domesticar un gesto, en que se le imprimiera en las fibras de un músculo que Cléo imaginaba como un filete con estrías de sangre color coral. Ahí era, cuando el cuerpo protestaba, suplicaba, donde había que quedar encima.
Cléo sabía cosas que las chicas de trece años no sabían. Obedecer sin poner en tela de juicio. Aplaudir a Stan al final de la clase aunque se hubiera pasado hora y media pinchándola. Agradecérselo incluso. Repetir. Por las noches, no conseguir dormirse de tanto como le temblaban las piernas bajo las sábanas. Al despertarse, notar que tenía tiesas las pantorrillas salvajemente estiradas, después de la ducha darles alcanfor a los isquiotibiales paralizados. Sus padres le tomaban el pelo porque por las mañanas andaba como una anciana coja. Ni un día sin un dolor nuevo, aquí o allá.
Stan había enumerado lo que a partir de ahora habría que evitar: Cléo tendría que renunciar al esquí, a los patines, a salir a correr o a bajar las escaleras a toda velocidad. Por las noches, a su madre, que planchaba en la cocina después de cenar, Cléo le contaba esa vida diaria militar que le encantaba: había conseguido dar una doble vuelta y Stan la había ascendido, de la última fila a la penúltima. A Stan lo había irritado tener que volverle a explicar la secuencia, pero había dicho que si llegaba a profesional…
Las palabras mágicas: si llegaba a profesional. Desde que alguien las había pronunciado, Cléo no podía estarse quieta. Sentada a la mesa, daba con el pie en el suelo. Daba golpecitos con el índice. Repetía las preguntas en cuanto no contestaban en el acto. Le parecía que el presente había dejado de correr, petrificado entre los escenarios familiares: el patio del instituto2, el comedor escolar, el puestecito donde los alumnos compraban creps al salir de clase, la piscina de Fontenay los sábados, la compra en Leclerc con su madre, fregar los platos por cinco francos, los sábados delante del programa de Drucker con el plato en equilibro en las rodillas. Y los domingos por la noche entre tristeza y alivio porque el lunes iba a abrir la puerta cerrada de la casa familiar, lavarse la cabeza, secarse el pelo, oír a sus padres diciéndose cantidades, irritados, los gastos de comunidad iban a subir otra vez.
Estaba en tercer curso de secundaria. Tendría que esperar a terminar el instituto, y luego terminar el liceo, igual que se asiste a un discurso interminable. El motor del paso del tiempo fallaba, un motor asmático que no arrancaba más que a base de sudor y de chasquear los dedos en las clases de Stan. El baile le daría paciencia para vivir, era cuanto existía, había escrito Cléo con énfasis en su diario.
Pero no era cierto. No había sabido esperar: se había metido por el primer desvío. Cathy había entornado la puerta del porvenir y Cléo había echado a correr, sujetándola con el pie, sin mirar por dónde iba, dispuesta a saltarse todas las casillas del tablero. Por supuesto que Cathy fue una aparición de ensueño en la vida de Cléo.
1 Maisons des Jeunes et de la Culture: cadena de asociaciones del movimiento Éducation populaire. (N. de la T.)
2 Los ciclos escolares franceses se cursan en tres centros sucesivos, école para la enseñanza primaria, collège para el primer ciclo de secundaria, que dura cuatro años, y lycée para el segundo ciclo, que dura tres. Dada la falta de equivalencia con la organización de la enseñanza en España, hemos optado, de forma un tanto arbitraria pero en aras de la claridad, por llamar en esta traducción escuela a l’ecole (hasta los diez años), instituto al collège (hasta los catorce) y liceo al lycée (hasta los diecisiete). (N. de la T.)
Se llamaba Catherine, pero prefería que la llamasen Cathy.
Había asistido a las clases de baile de Stan desde el vestíbulo, igual que aquellas madres que iban a recoger a sus hijas, pero Catherine no iba a recoger a su hija. Se había acercado a Cléo, que se encaminaba hacia el vestuario, despeinada y sudorosa; hola, ¿podría concederle unos momentos? Nunca había preguntado nadie a Cléo si podía concederle unos momentos. Los vaqueros claros cayendo rectos sobre las botas cámel, cámel también el abrigo largo, un tono melocotón se va degradando de los labios a los pómulos, en las orejas grandes aros de plata y una sonrisa de auxiliar de vuelo. ¿Se llamaba Cléo? ¿Había visto la película Cléo de 5 a 7? ¿No? ¡Tenía que verla a toda costa!
Cathy representaba a una fundación. ¿Tenía idea Cléo de lo que quería decir eso?
(Sonrisa.) Bueno, pues la Fundación Galatea apoyaba a las adolescentes que tenían capacidades y proyectos excepcionales. Cléo, consciente de su flequillo sucio de sudor, de sus mejillas encendidas, saltaba de un pie a otro.
Qué suerte tener un pelo tan largo —Cathy señalaba la cola de caballo—, ella no conseguía nunca dejarse crecer tanto el pelo, no tenía ni pizca de paciencia (mohín, suspiro, un mechón caoba enroscado en el índice).
En resumidas cuentas, la fundación daba becas de estudios. En todos los apartados.
Stan había cerrado la puerta de la sala de baile: Good work, Cléo.
¡Tenía razón! Cathy había«localizado»enseguida a Cléo entre las demás. En eso consistía su trabajo: en tener olfato (índice en la punta de la nariz).
Más guapa que una madre y más fascinante que una amiga, Cathy tarareaba un estribillo que los adultos no entendían, hablaba como en una lengua adolescente salpicada de palabras mágicas: futuro, localizada, excepcional.
¿Esa chica tan guapa, Anne Keller, que actuaba con Sophie Marceau en Quince años recién cumplidos? Fue Cathy quien la «localizó» en una academia de baile y le hizo un test. El resto lo hizo la fundación. Bingo. ¿Veronika en la portada de la nueva revista 20 ans? Ídem. Fue Cathy quien se la presentó a David Hamilton. Y distaba mucho de tener el carisma de Cléo.
Cléo se encogió de hombros, decepcionada: no quería ser maniquí ni artista.
¡Por supuesto! Cathy citaba esas dos, pero podía citar bailarinas, deportistas y futuras estilistas. ¡De lo que se trataba era de apuntar a la excelencia!
Cléo no iba a pasarse años en esa MJC. Había que ser ambiciosa cuando se tenían capacidades como las suyas. Si a Cléo le interesaba, ¿podía volver Cathy para hablarle del asunto? ¿Quedamos para el sábado? ¿Aquí?
LOCALIZACIÓN, LOCALIZADA, LOCALIZAR, verbo transitivo: vislumbrar, distinguir, fijarse, entre otros, en alguien o algo.
Cléo llegó como una tromba a la mesa de la cena, tenía que contarles algo, su madre le hizo una seña para que se callase, ya hablarían al final del telediario.
En París, las prostitutas de la calle de Saint-Denis se manifestaban contra su programada expulsión. En Nantes, a unos tradicionalistas católicos que amenazaban con quemar un cine donde proyectaban la última película de Godard, Yo te saludo, María, los habían recibido unos punkis armados con cubos de agua, bombas fétidas y petardos.
La actriz entrevistada, Myriem Roussel, estaba entusiasmada con su suerte: Jean-Luc Godard la había «localizado» en una academia de baile.
Hubo que esperar a la información del tiempo para poder contar a sus padres que: una mujer muy elegante / una fundación / una beca / escuelas increíbles / aprender mucho / mi futuro.
¿Buscan feas? dijo su hermano pequeño con una risita. No, contestó ella, altanera: proyectos excepcionales.
Pronunciar esas palabras la proyectaba fuera del rectángulo del comedor, de esa existencia de esquinas acartonadas. Lejos de sus padres tirados en el sofá, con la espalda hecha a aguantarlo todo; era terrible su lentitud en vivir, ese bucle de amargura en el que se hallaban como en un laberinto, despotricando con la información del tiempo, que decían lo primero que se les ocurría, con las rebajas, que nunca eran rebajas. La misión de sus padres parecía consistir en descubrir los timos, estaban encantados cuanto hallaban pruebas de una equivocación en un ticket de caja.
Si costaba dinero presentarse a esa beca, ni hablar de ello. Se oía hablar por todas partes de esos cazabobos. No, gracias.
A su madre se le erizaban las pestañas, unos bastoncillos cortos y tiesos de rímel que por las noches se le desmigajaba en los pómulos: las largas pestañas de Cathy tenían una curva armoniosa.
Cléo volvió a su cuarto con alivio, extrayéndose de la vulgaridad de sus padres como de un barrio en el que hubiera pasado años extraviada.
Todo estaba listo para el resto de la «historia». El futuro se parecía a una embriaguez.
Allí estaba Cathy el sábado, como había quedado, detrás de la cristalera, haciendo una seña con la mano. Le había propuesto tomar una coca en la cafetería.
La atendía cuando hablaba como en las series de televisión americanas, asintiendo con la cabeza, muy seria. Ay, qué felicidad que a una le hicieran preguntas. Háblame de ti. ¿Sabía ya Cléo a qué liceo iba a ir? ¿Era cinéfila? Eso era importante para una artista, interesarse por las demás formas de arte. ¿La pintura? ¿Qué leía? ¿Tenía amigas o prefería hacerle confidencias a su madre? ¿No tienes una amiga íntima? A Cathy no le sorprendía; cuando una no es como los demás… La mayoría de las adolescentes resultaban tan convencionales; ella también se había sentido sola en clase. Pero ese era quizá el precio que había que pagar cuando estabas destinada a algo mejor.
Por cierto, ¿tenía Cléo una lista de los cursillos que le gustaría hacer?
¡Ay! Qué felicidad pronunciar esos nombres leídos en Danser: el cursillo de verano de Montpellier, y el del Centro de Danza Internacional Rosella-Hightower, en Cannes.
Vale, pero no le daría miedo a Cléo salir de Francia, ¿verdad? ¡Había que aspirar a más! La ambición impresionaba siempre a los miembros del tribunal: ¿por qué no hacer una audición para la High School Performing Arts de Nueva York para este verano? La escuela de Fama. Cléo había visto la película, ¿no?
Pues es que… no la habían puesto por la tele y ella iba pocas veces al cine, además el inglés no era su punto fuerte. Y encima sus padres no la dejarían de ninguna manera irse sola tan lejos. No antes de cumplir quince años. O incluso dieciséis.
¡Perfecto! Bastaba con añadir al dossier que Cléo necesitaba clases de inglés. Y no tenía por qué preocuparse: Cathy sabía mucho de padres (guiño). Hablaría con ellos. Era lógico que los padres se preocupasen, pero cuando se quiere a los hijos no se opone uno a sus deseos. Ella tenía un hijo. Tenía casi la edad de Cléo y vivía con su abuela en Drôme. Una historia complicada, lo echaba mucho de menos… Cathy se calló. (Mirada perdida en el vacío. Silencio.) El hijo de Cathy, un jalón tranquilizador: estábamos en terreno conocido con una mamá la mar de triste.
Y… ¿era complicado rellenar ese dossier Galatea?
Cathy le despeinó el flequillo: que no se preocupase, ya se encargaba ella de todo.
Habría que tener paciencia. Y no entusiasmarse demasiado porque la fundación tenía sus propios criterios. Cathy no formaba parte del tribunal; solo presentaba las candidaturas. Pero no se privaba de apoyar algunas. (Sonrisa. Guiño.)
Por la noche, Cléo buscó en el diccionario la definición de cinéfilo / fundamentado / criterios.
Cuando cerraba los ojos, la Fundación Galatea se le aparecía con las galas de un edificio antiguo, algo así como una clínica de color crema con un jardín rodeado de altas verjas de hierro forjado, con pasillos que recorrían mujeres de pelo liso y brazos cargados de dossieres que sometían a unos hombres trajeados: proyectos de casos excepcionales.
Le ensoñación en cinemascope de Cléo se cargaba de preocupaciones: ¿Nueva York? Ni siquiera sabría preguntar si se perdía. ¿Y dónde iba a dormir? No conocía a nadie. Tendría menos amigas aún que aquí. Se quedaba dormida, avergonzada de sí misma, de su cobardía, semejante a la de sus padres, de su falta de ambición con la que Cathy no había dado aún.
El viernes por la noche su madre cogió el teléfono. Su madre, arrullando como una paloma. ¡Encantada! Cléo nos ha hablado mucho de usted. ¡Formidable! ¡Qué buena noticia! Se lo agradecemos.
Su madre, rejuvenecida, resplandeciente, a Cléo: ¡has pasado la primera selección!
Cathy la había citado el miércoles a las cinco, había que celebrar ese primer éxito.
Cléo no había ido nunca a esa cervecería, cerca de la plaza del Ayuntamiento: los asientos corridos color burdeos, los chalecos oscuros de los camareros, la música en sordina, a Cléo le parecía que fuera donde fuera Cathy, incluso en Fontenay, se movía en un entorno refinado. Cléo no conseguía imaginársela vaciando un lavavajillas o echando pestes por una alfombra torcida, como su madre.
La llevó a casa en coche. Después de quitar el contacto, se echó hacia atrás, pegándose a la ventanilla, déjame que te mire.
(Ceño fruncido. Labio inferior mordisqueado.) La ropa era importante. Sobre todo cuando se es artista. Decía quién era una. Y Cléo no era ya una niña. Había más creatividad en ella de lo que su forma de vestir permitía suponer. Cuando se tiene un cuerpo bonito no hay que ocultarlo.
Cléo, con el cinturón de seguridad entre los pechos y el sofoco subido a las mejillas, era consciente de la vulgaridad de su atuendo; ese jersey acrílico azul marino, ese pantalón de una tela corriente, que había elegido su madre, esa cazadora de aviador de cuero de imitación que le había regalado su abuela por Navidad, aunque algunos alumnos de tercero de secundaria llevaban un Chevignon auténtico.
¿Y por qué no ir de compras a París, entre chicas, el sábado por la tarde? Le echarían tiempo a buscarle un estilo. ¡Sería de lo más simpático! Los papeles invertidos. Cathy juntando las manos, suplicante, adolescente.
¿Cuál es tu barrio preferido? le preguntó Cathy. Cléo mencionó Créteil Soleil y también Le Forum des Halles, había ido con su prima.
El París de Cléo era el de las compras navideñas y las rebajas de verano. También ese que se visitaba con profesores, Beaubourg en primero y la torre Saint-Jacques en segundo. Una ciudad lejana, pero a tiro de RER3 A, cuatro estaciones del andén húmedo y ventoso de Fontenay. Los asientos pintarrajeados olían a cigarrillo húmedo, unos hombres se sentaban delante de su madre y de ella, abiertos de piernas y con las miradas pasando de una a otra y, desde hacía poco, se demoraban en Cléo. Una ciudad ruidosa de la que se volvía agotado, aturdido por la voz sobrexcitada de los animadores de la NRJ4 que retransmitía en las tiendas de Le Forum, aturdidos por los hábiles zigzags de los transeúntes para no chocar sin moderar la velocidad.
Su madre le había dado cincuenta francos; ni hablar de ser una mantenida. Que la Cathy esa no se creyera que Cléo era una pobre.
El París de Cathy no sabía nada de las aglomeraciones de Le Forum des Halles, no consistía sino en callejuelas tortuosas en las que anticuarios soñolientos vigilaban un montón de cosas doradas; Cathy y su risa de pájaro parecían hechizarlos cuando confesaba «aficiones lujosas, un amor por lo maravilloso».
Cathy, vestido negro y cazadora corta de cuero, le cogía el brazo para cruzar, una amiga de cine. En una librería americana le compró, sin preguntar el precio, una abultada revista, Dancing. En una perfumería de Les Champs-Élysées, unas dependientas con traje de chaqueta azul cobalto la llamaron señorita; Cléo, a quien vaporizaban con brumas alcoholizadas, flores de color de rosa y bergamota, lluvias azucaradas y almizcle discreto, Cléo, olfateada, sobre la que se inclinaban hadas dedicadas a hallar para ella la identidad de una estela. Cathy en el probador de las Galeries Lafayette: que se pruebe esta falda, cuando se tiene un cuerpo bonito, puede una permitírselo todo. Cléo y Cathy en la caja; Cléo apurada, su madre le había dado cincuenta francos y…
Cathy la interrumpía: ¡no iba a andar hablando de dinero a su edad! Cléo intentaba que se le quedase todo: los libreros de lance en los muelles, el hocico rosa viejo del cachorrito en la tienda de animales del muelle de La Méssigerie, el olor a paja y orina, las piernas con pantis transparentes y los pies oprimidos en zapatos de salón de charol de las dependientas, la vehemencia del Sena malva y pardo y la pared borrosa de la bruma que se alzaba alrededor de un horizonte de piedra: los puentes.
En el salón de té, Cathy pidió por ella, la camarera la tomó por hija suya; a Cléo la emocionó que una desconocida hallase en ella la huella de la sonrisa de Cathy.
¿El amor se parecía a ese desbordamiento, a ese tremendo batiburrillo de vértigos y de sonrisas, a ese deseo de poner en pausa el presente?
3 Réseau Express Régional, tren suburbano. (N. de la T.)
4 Cadena de radio privada de difusión nacional. (N. de la T.)
Al miércoles siguiente, Cathy, en el vestíbulo, engolfada en una charla con una rubia con el pelo recogido en un moño y un bodi azul cielo con faldita a juego. Cathy hizo amago de un saludo indiferente sin dejar de hablar. Cuando Cléo salió del vestuario, Cathy ya se había ido.
Eliminada, sustituida, olvidada.
Pero volvió el sábado, toda ella almizcle y especias y el pelo caoba planchado hasta las puntas. Aplaudió a Cléo cuando esta cruzó la puerta de la clase: ¡solo se la veía a ella! ¿Habían ido sus padres a verla bailar hacía poco? ¿No? ¡Qué lástima!
Cathy no estaba autorizada para contarlo, pero se había cruzado con un miembro de la fundación a quien le había extrañado que su dossier no estuviera aún completo. Eso presagiaba lo mejor. Solo faltaba una foto bonita. Ya se encargaba Cathy, era un mero requisito. Y haría falta una entrevista con sus padres ahora que las cosas ya estaban en marcha. ¿El sábado?
Su madre llegó tarde a la MJC. No oyó a Stan exclamar ¡SÍ CLÉO!
Cléo, a quien Cathy aplaudió cuando cruzó la puerta acristalada, a quien su madre dio un beso de compromiso, su hija con el maillot empapado de sudor y las mejillas ardiendo.
Su madre sometió a Cathy a una serie de preguntas puntillosas: si por ventura a su hija le dieran la beca y se fuera a Cannes o a otro sitio, ¿quién iba a estar con ella? No es que fuera mal pensada, pero… ¿Habría que abrir una cuenta bancaria especial a nombre de Cléo, pese a tener la edad que tenía? Y para las fotos no pensaban adelantar el dinero.
La voz de su madre clavaba la aguja una y otra vez como una máquina de coser impertinente.
Cathy, más suave que un guante, a su madre: debe de estar usted muy orgullosa de su hija.
Su madre hizo una pausa antes de asentir, como si acabase de plantearle un acertijo complicado.
Oye, qué elegante esa Cathy tuya, menudo abrigo, le dijo su madre en el coche. Paga bien su fundación.
Las clientas de la tienda de ropa «cómoda y clásica, con buena hechura» iban escaseando; su madre se quejaba de que ahora a las mujeres solo les gustaban los vaqueros que hacían las nalgas planas, o los pantalones de jogging, que visten tanto como un pijama. Cathy, por lo menos, iba clásica e impecable.
Sus padres firmaron la autorización: el abajo firmante autoriza a su hija Cléo a participar en una sesión fotográfica para completar el dossier de la beca Galatea.
Por mucho que Cléo protestó diciendo que esa desconfianza era una «vergüenza», su padre había añadido de su puño y letra: debido a la edad de Cléo, había que enseñarle a él las fotos antes de que entrasen en circulación.
Tantas novedades en la vida de Cléo. Olores, los que impregnaban el coche de Cathy, esos heliotropos dulces de su perfume. Opium, mezclado con el olor pelirrojo del cuero. Materias: la seda carmín de un fular que Cathy se quitó del cuello para dárselo un día en que a Cléo se le había olvidado la bufanda.
La falda de tela vaquera, el fular y el jersey de mohair turquesa habían colocado, en una mañana, a Cléo en pleno centro de la atención de su clase. Borrada la aburrida Cléo sin pecho ni lápiz de ojos que solo sentía interés por su baile, que ni fumaba ni bebía, a la que nunca habían pillado robando en Auchan y que no tenía ningún chico en el punto de mira.
Cléo había contado lo de la fundación, disfrutando de los ojos como platos y de las preguntas. Al día siguiente, un trío de tercero se había dirigido a ella en el recreo: ¿era Cléo? ¿De cuánto era la beca? ¿Las daban también para deporte?
Cléo, a quien las menos impresionables saludaban también, esas de 4.º 5 cuyos tacones altos retumbaban por los pasillos: garabateaban nombres de chicos en los márgenes de sus cuadernos durante las clases a las que se dignaban asistir, los profesores suspiraban al decir sus nombres cuando pasaban lista, otra vez ha faltado, encendían los cigarrillos guiñando los ojos.
Unas pocas escépticas torcían el gesto: Cléo acabaría saliendo en pelota en una revista, pasa a diario. Qué tontería, protestaba otra. ¡Cathy era una mujer! ¡No un viejo pervertido!
Repetían, como si la conocieran, ese nombre cuyos perfiles sabían, desde el abrigo largo hasta las mechas caoba, Cathy. Cléo, impregnada de un milagro, portadora de una historia cuya continuación esperaban ellas cada mañana, asiduas, a su alrededor como para una boda, para un bautismo. ¿Has sabido algo de Cathy?
Su madre, durante el desayuno, le pasó revista, desde la cola de caballo hasta las zapatillas deportivas que Cléo había escogido para la sesión fotográfica: perfecta. La calle tranquila en la que Cathy había aparcado pertenecía a un París de siluetas añosas con gabanes beige. El edificio tenía detalles exquisitos de museo, esos balcones, esas columnatas, ese portal de mármol cuyo parqué cubría una alfombra verde pino. El ascensor estrecho se paraba con un hipido. Cathy se había sobresaltado, traviesa: todo en el barrio olía a viejo.
Las contraventanas del piso estaban cerradas, las cortinas corridas. Una mesa redonda, unas cuantas sillas, una alfombra enrollada como para una mudanza. Cathy vació un cenicero, renegando, ya podrían haber limpiado esos, caramba.
Tuvo mucha paciencia, tranquilizando a Cléo cuando esta decretó que estaba «superespantosa» en las fotos polaroid que Cathy le iba enseñando sobre la marcha. Lo único que hacía falta era que se relajase.
RELAJARSE: liberar la mente de los motivos de preocupación, de cualquier tensión nerviosa o intelectual, no crisparse, estar sin conflictos y sin agresividad.
El billete de cien francos sorprendió y apuró a Cléo: no se sabía si la iban a coger y sus padres no querían tener deudas.
En cualquier caso no era un anticipo a cuenta de la deuda, sino la justa compensación por el tiempo empleado, había explicado Cathy. Y no se decía «pagar», sino «remunerar».
Pero esto —Cathy había sacado de una bolsa de plástico un bodi verde esmeralda— era un regalo.
Su padre dio un silbido de muchacho cuando Cléo sacó el billete del bolsillo, ¡su niña era una star! Miró mucho rato las fotos polaroid, regalo de Cathy: era efectivamente su Cléo, muy natural.
Cléo se empeñó en cenar con el bodi puesto, su madre había pasado revista a las costuras, impresionada, vaya diferencia con los de Carrefour. Pero había que podérselo permitir.
Cathy llamó pasados dos días, proponiendo invitar a comer a Cléo el miércoles en un restaurante para hablar, el padre de Cléo pareció preocupado: con tal de que no fuera para darle una mala noticia.
Cléo sentada enfrente de Cathy en ese establecimiento parisino con las paredes decoradas con retratos de parroquianos: Delon, Christie Brinkley, Brooke Shields. Cléo, trece años, cuatro meses y once días, que le señalaba con el dedo a Cathy a una presentadora de la tele en la mesa de al lado y a la que regaña enseguida Cathy con un esas cosas no se hacen. Cléo que asiente, incluso aunque realmente no sepa de qué está hablando Cathy cuando clama que una artista tiene que ser abierta. Ni pizca de cortada.
Si seleccionan el dossier de Cléo, tendrá que demostrar madurez ante los miembros del tribunal. Demostrarles lo que vale.
Cléo que asiente, aunque realmente no sepa de qué está hablando Cathy, salvo que eso que dice da por buena una frontera entre sus padres y ella. Y qué suerte estar del lado bueno, del lado bonito de la frontera. Cléo, que en esos momentos siente un cariño apasionado por el decorado de su nueva vida: el grueso mantel inmaculado, tieso como una sábana de pueblo, las atenciones del camarero, los modales de Cathy que ella calca: el tenedor pequeño para la loncha de salmón ahumado, los golpecitos en los labios con la servilleta de cenefa granate. Las miradas apreciativas de dos hombres que se han acercado a saludar a Cathy y se demoran en ella, Cathy va siempre tan bien acompañada.
Cléo sentada a lo sastre en su cama, por la noche, jurando en su diario que va a estar «a la altura». ¿Por qué ella, un metro sesenta y ocho, castaña de ojos avellana? Y ¿por qué no?
¡Uno de los miembros más influyentes del tribunal había leído su dossier y quería conocerla! Cathy le prometió a la madre de Cléo que se quedaría con ella durante la entrevista.
