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«Todo afloramiento es una advertencia, cualquier roca señala una dinámica mayor que sí misma, nuestro presente se nutre de los vestigios del pasado. Estas son las tres intuiciones de la geología científica. Mejor todavía: las piedras no son "sustantivos" sino "verbos", son "pruebas visibles de procesos", testigos de historias locales que repercuten en dinámicas que operan a escala terrestre. Para Marcia Bjornerud, toda piedra posee un lenguaje y una gramática propios. Afirma que la Tierra es como un pergamino que conserva casi todos sus estratos pese a los huracanes, las inundaciones y los seísmos que revuelven, mezclan y amasan los sedimentos. La Tierra es un texto constantemente borrado, tachado, reescrito, que se construye por destrucción y restauración.» Olivier Remaud nos invita a contemplar el baile de las montañas. Filósofo y gran caminante, explora la dimensión vital de lo que siempre vemos como inanimado: montañas, acantilados, rocas. Su mirada poética nos revela la vida que contienen y la vida de la que provienen.
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Seitenzahl: 334
Veröffentlichungsjahr: 2024
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NARRATIVAS GALLO NERO89
Cuando las montañas bailan
Relatos de la Tierra íntima
Olivier Remaud
Traducción deInés Clavero Hernández
Título original:Quand les montagnes dansent. Récits de la terre intime
Primera edición: marzo 2024
© Actes Sud, 2023 All rights reserved
© 2024 de la presente edición: Gallo Nero Ediciones, S. L.
© 2024 de la traducción: Inés Clavero Hernández
Diseño de cubierta: Raúl Fernández
Corrección: Chris Christoffersen
Maquetación: David Anglès
Conversión a formato digital: Ingrid J. Rodríguez
La traducción de este libro se rige por el contrato tipopropuesto por Ace Traductores
ISBN: 978-84-19168-57-3
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
Cuando las montañas bailan
Para crear un nuevo mundo hay que partir de uno antiguo, no cabe duda. Para encontrar un mundo, quizá haya que haber perdido otro. Quizá haya que estar perdida. El baile de la renovación, el mismo que creó el mundo, siempre se ha bailado aquí, al filo de las cosas, en el borde, en una orilla brumosa.
Ursula K. Le Guin
Dancing at the Edge of the World (1989)
1
Lo recuerdo como se recuerda el agua clara.
Primero, una caja de cartón en la entrada de casa de mis padres. Ya la había visto antes, en el sótano, junto a más cajas, entre tarros de mermelada, conservas y las tumbonas del jardín, pero nunca en medio del recibidor. Aquel día había algo raro, un movimiento, un ligero temblor. Las solapas superiores estaban medio cerradas y los dos orificios laterales eran demasiado estrechos para atisbar el interior. Solo se oía una respiración, un aliento discreto, quizá incluso unos susurros. Un cuerpo se estremecía, confinado entre las paredes de su casa de papel.
Mi madre la abrió. Había una bola de pelo color canela acurrucada al fondo. Empezó a asomar una cara despeinada, unos ojos como platos, un cuerpo nervudo que se estiró poco a poco despidiendo reflejos rubios dignos de un sol de otoño. Estábamos los cuatro inclinados sobre la caja abierta de par en par, con la sonrisa en la boca, embelesados. Era un acontecimiento para la familia. Él debió de pensar que le había llegado la hora. Probablemente le sorprendió que su existencia terminara tan pronto. Una jauría feroz iba a devorarlo, tenía miedo.
Así que era eso lo que nadie me había contado. Hay ciertos silencios y ciertas sonrisas que los niños adivinan. Que entienden mejor que cualquier frase. Basta un gesto en la mirada. No hay vocabulario que tenga ese poder.
Salió de la caja de un brinco y enfiló el pasillo a la carrera, como un diablillo de pelaje incandescente, pero la puerta del baño bloqueaba el paso al otro extremo. Atrapado en un callejón sin salida, dobló a la izquierda derrapando sobre las baldosas y huyó al cuarto más cercano. El aroma de la moqueta debió de seducirlo, la mezcla de olores misteriosos puso en marcha el diaporama de su memoria atávica y por su cerebro empezaron a desfilar a toda velocidad imágenes de herbazales y pastos de altura. Acababa de encontrarse una guarida. Mi habitación.
Mis padres, mi hermano y yo nos miramos. Un quinto miembro de la familia, que no era ni una hermanita ni un hermanito, aparecía con sus propias historias, emociones y expectativas. Ese animal alborotado del que lo desconocía todo me atraía. Aunque estaba desconcertado, quería verlo más de cerca, quería tocarlo. Me lancé a su encuentro trotando de impaciencia.
No me llevó mucho tiempo. Estaba debajo de mi cama, como un murciélago en su cueva, al amparo de aquel trocito de penumbra. Nuestro primer cara a cara fue de naturaleza espeleológica: él agarrado a las patas de madera, arrinconado al fondo, pegado a la pared, yo sobre el armazón metálico del somier, con la nariz entre ácaros, hebras y pelusas.
Yo tendría cinco años, por lo menos, y él, como mucho, tres meses. En realidad, ambos estábamos en los comienzos. Un fugaz intercambio de miradas, unos gañidos tímidos, un latido de vida salvaje. Le tendí la mano, me la olfateó y empezó a lamerme la palma con babosa profusión. Quedaba sellada una amistad, un juramento mudo, una alianza para toda la vida.
Aquel pequeño pastor de los Pirineos no tardó en convertirse en mi mejor amigo. Jamás rehuyó un pensamiento, siempre aceptó mis palabras con una mirada dulce. Con el paso del tiempo fui confiándoselo todo: mis alegrías de niño, mis dudas de adolescente, mis anhelos de ser humano. Se llamaba Iriou du Ic, un nombre que dejaba adivinar la región de su pedigrí, pero enseguida se lo cambiamos a Youyou. Crecía a pasos agigantados. Su pelaje iba adquiriendo vigor, sus músculos ganaban fuerza y su silueta, elegancia. Era bello.
Vivíamos junto a un bosque de troncos enmarañados del que nos separaba una pista sin asfaltar. En cuanto volvía del colegio, me iba al bosque con Youyou. Conforme pasaban los días, aprendimos a orientarnos mejor en el laberinto de sus senderos tortuosos. Uno de ellos conducía a un pequeño claro bañado por una suave luz. En aquel paraíso rodeado de zarzas y arbustos, nos inventábamos vidas nuevas.
Solía jugar al juego del «barón rampante». Como el joven Cosimo de la novela epónima de Italo Calvino sobre la Ilustración, me encaramaba a los robles y construía cabañas en las alturas. Después de localizar el tronco idóneo, subía los tablones que me llevaba de casa. Los encajaba entre las ramas más grandes para tener una plataforma estable sin dañar la corteza con clavos. Luego, con un viejo cordel, ataba las ramitas que encontraba por el suelo y armaba un cuadrado que dejaba pasar la luz. Sin ventanas, sin armazón, una simple techumbre de celosía. Allí arriba, entre las copas, esperaba la caída de la noche. Las hojas susurraban y los cárabos desfilaban. Abajo, las ranas se congregaban para cantar, los carboneros husmeaban entre la hierba en busca de arañas u hormigas y los tejones excavaban los conductos de sus madrigueras sacando la tierra con las patas traseras.
La posición sobreelevada tiene muchas ventajas. Satisface la necesidad de horizonte y aguza la vista: «quien quiere mirar bien la tierra debe mantenerse a la distancia necesaria», escribió Calvino. Cosimo se niega a vivir confinado entre las paredes de su bella y suntuosa morada. Encaramado a los árboles, abandona sus prejuicios de barón. Ayuda a los campesinos que abren los surcos diciéndoles si las líneas están rectas, les informa de la madurez de los tomates de los campos aledaños, hasta inventa un mecanismo de riego y evita un incendio en el bosque. Van pasando los años y Cosimo ama, reflexiona y aconseja a los más grandes de este mundo desde sauces, fresnos y encinas. Con él, la Ilustración se vuelve arbórea y aérea. Pero Cosimo no quiere bajar de los árboles nunca más. Llegado al fin de su vida, se niega a que lo entierren. Se agarra al ancla de un globo aerostático que pasa por encima y se aleja por los aires para no regresar jamás. Lo más probable es que acabara cayendo al mar. De tanto querer elevarse, acaba ahogándose.1
Para mí, trepar a las copas de los árboles era un juego, no un destino. En aquellas cabañas suspendidas, conversaba con el viento y las nubes. Escrutaba la fauna de las ramas y me divertía descifrando los sonidos que inmortalizan el crepúsculo. Me sentía liviano, tan libre de preocupaciones como una gota de rocío. Pero Youyou no podía acompañarme. A su pesar, permanecía remiso al pie de los árboles, montando guardia. Por nada del mundo lo habría dejado ahí solo demasiado tiempo. Al cabo de unas horas, me deslizaba tronco abajo para estrecharlo entre mis brazos. Ver la tierra de cerca es todavía mejor.
Aquel bosque de Touraine era mágico. Youyou y yo éramos como dos habitantes de una selva tropical que hablaban con tucanes, jaguares, pitones y nubes de mariposas azules. Remontábamos ríos de nombres inventados a bordo de largas piraguas para alcanzar una divisoria de aguas donde habían de sucedernos hazañas extraordinarias. A veces, cambiábamos de latitud y poníamos rumbo a los hielos, al Gran Norte, para deslizarnos por la banquisa en trineo soñando despiertos. Validábamos todas nuestras aventuras tomando como testigo al primer gorrión que revoloteaba ante nuestros ojos.
A nuestro alrededor, la enmarañada arboleda ocultaba misterios. Entre mis amigos y amigas, también entre la gente del pueblo, se decía que una vieja carroza con aires de galeón hundido yacía en el fondo de una laguna. El pecio ancestral acogía a los seres que llegaban a él engullidos por las arenas movedizas de la zona. La gente desaparecía, circulaban turbias historias de miedo. Pasábamos de largo en bicicleta con un escalofrío y pedaleábamos un poco más rápido, pero nunca ocurría nada.
Entre mi madre y yo nos ocupábamos del cuidado de Youyou. Cuando volvíamos de hacer la compra, nos recibía con brincos y ladridos de alegría. Una veces comía carne cruda y otras, unos patés preparados que yo probaba previamente como el catador personal de Cleopatra: con escrupulosidad. Sentado sobre los cuartos traseros, con el morro apuntando hacia arriba, Youyou esperaba el veredicto de mi boca. Yo arrugaba la nariz, consciente de que mis muecas le hacían reír, aunque tampoco era cuestión de torturarlo. En esos momentos tenía tanta hambre que ladraba meneando el rabo, en una mezcla de impaciencia y felicidad anticipadas. Me interrogaba con la mirada: ¿estará tan bueno como la última vez? Después, en cuanto la escudilla tocaba el suelo, hundía la cabeza en ella y la hacía girar como una peonza enloquecida. Devoraba sin masticar y engullía haciendo chocar los colmillos contra el comedero. El ágape era breve. Y nosotros recogíamos un cuenco vacío y relamido que casi podríamos haber guardado de nuevo en la alacena.
El cuerpo de Youyou era fino. Tenía músculos largos y un manto de pelo protector, más espeso en invierno que en verano, que lo envolvía como el mejor de los aislantes. Su abundante pelaje requería cuidados frecuentes y varias veces a la semana le pasaba un cepillo metálico para desenredárselo y otro de púas suaves para darle lustre. Una vez quise usarlos en mi cabeza y estuve a punto de desollarme el cuero cabelludo. No teníamos la misma pelambrera.
El ejercicio de cepillado requería grandes dosis de paciencia. La operación se realizaba al final del día, duraba una media hora y yo la ejecutaba con la dedicación de un profesional. Después de peinar, tocaba desparasitar. Le estiraba las extremidades en busca de las garrapatas que traía del bosque húmedo. Con una serenidad olímpica y un cuerpo completamente elástico, se entregaba y me dejaba hacer. No ignoraba que las garrapatas resistían sus lametazos y sus arañazos, ni tampoco que esos parásitos podían acarrear consecuencias graves para su organismo. Cuando daba con una, a veces varias, ocultas entre los pliegues de la piel, se la quitaba con alcohol de noventa grados y unas pinzas de depilar. Me sumergía, lupa en mano, en el universo de los ácaros arácnidos poniendo siempre cuidado en no dejar nada bajo la piel, fascinado con el cambio de volumen de su abdomen cuando estaba henchido de la sangre de su víctima. Y las hileras de dientes que les ayudan a aferrarse a la epidermis me intrigaban aún más. Las sesiones de peluquería me abrían las puertas de una infinidad de pequeños mundos ocultos.
Aprovechaba aquellos momentos de relajación para frotarle los dientes con un cuarto de limón. En cuanto Youyou detectaba el olor de la pulpa, salía bruscamente de su letargo y se rebelaba. Librábamos entonces un combate encarnizado: mis frágiles manos contra su poderosa mandíbula. Odiaba el limón. Siempre conseguía zafarse, me atrapaba los dedos y me los apretaba entre sus colmillos. Nunca me mordió. Lo más probable es que quisiera hacerme entender que sus caninos eran inalterables y se burlaban del paso del tiempo. Pero ¿acaso no nos habían asegurado que las vitaminas del cítrico serían beneficiosas para la salud de su dentición de carnívoro? Para el niño que yo era, el consejo del veterinario se adecuaba a la situación de Youyou: mi perro no tenía cepillo de dientes. Yo ya había intentado prestarle el mío cargado hasta arriba de dentífrico. Nunca tuve éxito.
Día tras día, lo observaba. Cuando me olisqueaba, yo lo olisqueaba a él. Cuando me daba golpecitos con el morro en la cara, me quitaba las gafas para facilitarle la tarea y le imitaba. Quería sintonizar con él, ser como él, fundirme en él.
Fueron pasando los años. Empezamos a escuchar música juntos. Los vinilos y las cintas de casete grabadas se acumulaban. Alternaba entre la new wave y el rock: The Doors, Pink Floyd, The Cure, Siouxsie and the Banshees, Kate Bush, Dire Straits y un largo etcétera. Youyou y yo aprendíamos inglés canturreando los estribillos en bucle. Al ritmo de los compases de la batería y los slides de la guitarra eléctrica, Youyou erguía las orejas y meneaba el rabo con un brillo en los ojos.
Contagiado por la pasión cinéfila, me fijaba mucho en las bandas sonoras. Por aquel entonces, los cines Studio de Tours, situados en el barrio de la catedral frente al Conservatorio, solo tenían cuatro salas. Recuerdo el día que vi 2001. Una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, una obra de imágenes icónicas: el ballet de astronaves en el vacío sideral, el bolígrafo flotando en un pasillo ingrávido, la épica carrera en el corazón de una estación pivotante, HAL, aquel ordenador servicial que se vuelve un temible enemigo y, cómo no, el monolito de materia negra erigido en el desierto en los albores de la humanidad sobre la Tierra que reaparece en una base lunar habitada. Al acercarse a Júpiter, el astronauta David Bowman, único superviviente de la tripulación, sufre alucinaciones dignas del último viaje del alma en El libro tibetano de los muertos. Los últimos minutos, la pantalla se convierte en un estroboscopio gigante, rayado por coloridos haces de luz. El psicodélico final de la película de Kubrick absorbió a todos los espectadores de la sala. Fue impresionante.
Mis padres habían comprado la cinta. Las teclas de nuestro viejo casete estaban cansadas. Había que apretarlas con fuerza, pero despedían sonidos honorables. A Youyou le intrigaban los compases largos y majestuosos de Así habló Zaratustra que abren la película. Le entusiasmaban las melodías encantadas de El Danubio azul, especialmente mientras lo cepillaba de la cabeza a los pies. En cambio, las ansiosas atmósferas de György Ligeti le angustiaban un poco. Prefería a todas luces los valses vieneses de Johann Strauss. Nos quedábamos tumbados en la moqueta de mi cuarto, inmóviles, con los ojos cerrados, cuerpo contra cuerpo, en una serenidad insólita. Las notas bailaban en nuestra cabeza. Nos gustaba repetir esos momentos.
Nuestra casa tenía un modesto jardín. Nos divertíamos jugando con pelotas y trozos de madera que yo lanzaba en todas direcciones y Youyou corría a buscar hasta los rincones más inverosímiles. También jugaba al tenis contra el portón del garaje con una pelota de espuma. Devolvía el revés a dos manos con un raqueta de madera para imitar a Björn Borg y sacaba a lo John McEnroe, con un amplio gesto del brazo. Al principio, Youyou intentaba atrapar el proyectil amarillo y blando, hasta que entendió que no le iba destinado y que aquella especie de calentamiento pertenecía a un deporte que yo practicaba fuera, en unas pistas más grandes a las que mi madre y yo íbamos los miércoles por la tarde. Seguía mis partidos contra rivales imaginarios sentado en el último peldaño de la escalinata, cautivado por el ruido sordo de la pelota. Juntos llevábamos la cuenta de los puntos.
El jardín rodeaba la casa. No recuerdo cuándo empezamos a echar carreras, sin duda muy pronto. Era Youyou quien decidía el momento. Bastaba que me mirara con una sonrisa para hacerme saber que una ronda infernal estaba a punto de empezar. La línea de salida estaba cerca de la rampa del garaje, frente a la puerta de entrada. Nuestro ritual era de lo más básico. Nos colocábamos en posición de salida, con el cuerpo apoyado sobre la yema de los dedos. «¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!», gritaba yo. Y tras dejar pasar unos segundos, subiendo aún más la voz, añadía: «¡Ya!». Youyou arrancaba a toda velocidad y corría delante de mí como propulsado por una máquina a máxima potencia. Yo aún no había completado ni la mitad de la vuelta cuando me adelantaba, ralentizaba un poco, se volvía para guiñarme un ojo, y apretaba el paso de nuevo. No era arrogancia, sino simple complicidad. Corría librando ángulos y curvas con un arte sin parangón. Rozaba hojas y arbustos sin dañarlos. Nunca derrapaba, excepto cuando había barro, ni arrancaba ninguna planta. En aquella pista sin grandes obstáculos, más allá de un murete que saltar, encarnaba la velocidad en estado puro. Desafiaba los cronómetros, batía todos los récords mundiales y subía siempre al peldaño más alto del podio. Era mi perro cohete.
Todos los veranos hacíamos un viaje familiar. Durante un ardiente mes de agosto de finales de los setenta, descubrimos la sierra de Queyras, en el departamento de los Altos Alpes, adonde fuimos de camping. Recuerdo el momento en que mi padre desplegó un gran mapa de la región sobre la mesa redonda del comedor, mucho antes de la partida. Nuestros dedos lo rozaron en busca de un lugar donde pasar nuestras tres semanas de vacaciones. Todavía recuerdo el toque sordo de su dedo índice al tamborilear sobre el papel. El trazado de una carretera que se interrumpía de golpe le había llamado la atención. Las líneas de las curvas de nivel estaban apretadas. Al final de la carretera, el mapa indicaba un pueblecito de montaña llamado Ceillac. No hubo discusión, estuvimos todos de acuerdo: ¡iríamos allí!
Pusimos rumbo a la tierra donde en los pastos de montaña resuenan silbidos, donde las marmotas avistan al águila real que planea sobre sus cabezas con sus temibles garras abiertas, donde los alerces y los pinos cembros se abren paso a codazos para escalar las paredes de la ladera y rivalizar con los rebecos. Nos instalamos en un camping en el lindero del bosque, junto al torrente del Mélezet. Además de la panoplia multicolor de vasos y platos, teníamos lo necesario para cenar al fresco bajo los árboles antes de que cayera la noche y almorzar cuando nos íbamos de excursión a los alrededores: sombrilla, mesa, sillas, navajas Opinel, todo plegable para caber sin problema en el maletero del coche. Mis padres dormían en una pequeña caravana alquilada. Mi hermano y yo en una estrecha canadiense de color azul, con una única cremallera central. Embutidos en nuestros sacos de dormir, parecíamos sardinas en lata. Youyou era el atento vigilante que cuidaba de todo, apostado fuera, al raso, bajo un cielo cristalino que debía de inspirarle ganas de alzar el vuelo. Mi padre había dado en el clavo: aquel cul-de-sac era sublime.
Nos gustaba el senderismo. Un día, decidimos subir hasta el lago Miroir y enlazar con el Sainte-Anne. Primero había que remontar el torrente del Mélezet, pasar la cascada de la Pisse y continuar por el bosque. Es una ascensión tranquila pero pronunciada. El sendero atraviesa bosques de alerces y conduce, una vez pasados los lagos de Prés Soubeyran y Miroir, hacia un paisaje que en otra era fue glaciar. En la cumbre, a algo más de dos mil cuatrocientos metros, se despliega un circo de peñascos calcáreos coronado por los picos recortados de la Font Sancte. Allí reinaba el lago Saint-Anne, resguardado y magnífico, rodeado de glaciares rocosos, Juncus arcticus, Carex bicolor y Saxifraga adscendens, esas plantas «rompepiedras» que siempre me han abierto un horizonte de ensoñación infinita. En la orilla, a ras de suelo, flotan nubes de alas blanquecinas con sombras grises y motitas negras: pequeños apolos, las mariposas de las montañas.
Durante el ascenso, Youyou no paraba de correr. Nosotros éramos su rebaño. Cumplía con su papel de guardián inmemorial, amigo de los animales y defensor de los débiles. Mientras caminábamos, controlaba los alrededores con su hocico tembloroso, ora apuntando al aire, ora pegado al suelo. Nos adelantaba para asegurarse de que ningún peligro nos precedía, y después volvía hasta nosotros y continuaba valle abajo para comprobar que nadie nos seguía demasiado de cerca. Cuando ladraba varias veces seguidas, sabíamos que alguna presencia se aproximaba. Hacía calor, estaba sediento. Él caminaba el doble, si no el triple, que nosotros. Después de todo, trotaba montaña arriba y abajo, en vertical. Iba con la lengua fuera, colgando, asfixiado pero incansable. Cuando desaparecía, era para ir al torrente a beber agua.
En el lago Saint-Anne, soltamos las mochilas y extendimos el mantel que había de acoger nuestro pícnic. Los instantes posteriores al esfuerzo son sublimes: el bocadillo de sardinillas con tomate obtiene la mejor puntuación en las grandes guías gastronómicas, la manzana de temporada a mordiscos resucita los sentidos fatigados, y la tableta de chocolate negro adquiere directamente un aura cósmica. Después, todo el mundo se tumba en la hierba, duerme o deja que la mente divague. Aquel día, Youyou y yo teníamos energía para dar y tomar. Una vez repuesto él también del esfuerzo, se puso a olisquear el suelo con insistencia y yo lo seguí reptando por el mullido tapiz de hierba. Me agarré a sus patas y nos echamos a rodar entre risas hasta el borde del lago.
De pronto, sucedió un acontecimiento inexplicable: me hundí en la tierra. El suelo me aspiró, como si me hubiera caído en una sima profunda. Sin embargo, no había allí ningún barranco desconocido ni ninguna grieta oculta entre la vegetación, tampoco nadie a nuestro alrededor parecía notar nada raro. Nuestro agitado descenso tampoco explicaba el fenómeno. La cabeza no me daba vueltas, veía claro, no amenazaban náuseas ni vahídos en el horizonte, no notaba síntomas de malestar. Ocurría algo de otra índole. La montaña se había apoderado completamente de mí, respiraba y me tenía atrapado en su aliento. Y yo me fundía en ella, iba a nadar en sus gélidas aguas, a mezclarme con sus sedimentos, a tomar sus galerías subterráneas y a reunirme con las truchas de puntos rojos que me esperaban más abajo en el torrente.
Youyou me lanzó un enésimo vistazo. Él ya lo sabía; como todos los animales y todas las plantas, captaba los sonidos que emanan de los límites de la Tierra. Hacía tiempo que sus sentidos le habían enseñado que las fronteras entre los seres vivos y los elementos son fluidas. Sin duda conocía los lugares de esa montaña donde unas puertas invisibles se abren a tiempos pretéritos y universos paralelos. Quizá incluso viajaba, por la noche, a otras esferas etéreas, como los chamanes de Siberia oriental, para plantear sus consultas a los espíritus. Mi querido nigromante me había hechizado para iniciarme en mis futuras reencarnaciones. ¿O acaso la montaña me estaba invitando a entrar en su sueño para conversar con ella?
Allí estaba, alucinado tras aquella experiencia sorprendente, pasmado ante la magnitud de aquel inesperado terremoto. Un vértigo me había empujado a otra dimensión de la realidad en la que es imposible mantenerse erguido, en posición vertical, sobre ambos pies, pues todo rueda, se enrosca, da vueltas y comunica.
En una de sus entrevistas, el filósofo Gilles Deleuze sostiene que si no tenemos «intercesores», estamos «perdidos».2 Es radical, pero no le falta razón. En este caso, ¿qué es un intercesor para nosotros? Un enlace que nos dice que los animales (humanos incluidos), los vegetales y los minerales están relacionados; un ser vivo que nos enseña que ni estamos solos ni debemos estarlo, es más, que si lo estuviéramos correríamos el riesgo de equivocarnos de mundo. Cuando uno tiene un intercesor ya no da por sentado que está al mando, sino que suelta las riendas del planeta y aprende otra manera de vivir en una Tierra que va más allá de lo humano.
En aquel momento, Youyou fue mi intercesor. Fue mi perro-enlace con la montaña, mi agente geológico, mi guía subterráneo, mi Virgilio chamánico, un auténtico mediador y no un simple intermediario. Fue el preceptor humilde y delicado que me abrió el camino hacia los mundos salvajes. Los árboles del bosque de mi niñez me iniciaron en una fauna variada. Youyou completó su labor. Conecté con el mundo vivo gracias a él, está claro. Aquella excursión, primero anodina, fue su obra indirecta, como si hubiera tenido una tarea encomendada para ayudarme a su manera. Él fue quien me presentó a las fuerzas íntimas de la Tierra. Sin él, tal vez no habría advertido hasta qué punto la montaña nutre a los seres que la habitan, ni que sus territorios son teatros donde cada cual se expresa. Me habría perdido la historia de las capas rocosas, de cuya existencia depende hasta la chova piquigualda. Youyou me permitió aceptar la amistad un poco loca que nos une a los elementos naturales. Me hizo intuir que esos elementos son también, a su vez, intercesores.
Tenemos mucho tiempo en nosotros. Todos los tiempos espesos y profundos de la Tierra que, al filo de los siglos, han ido construyendo nuestras células, nuestras conductas, nuestras ideas. La montaña también «posee un interior», como dijo la escritora Nan Shepherd. También yo, como ella, debía de estar en ese interior, había dejado de ser espectador, había salido de mi cuerpo y entrado en los estratos del subsuelo. Aquel día, Youyou me invitó a ver la montaña como ella «debe verse a sí misma».3
Desde entonces, siento que cualquier roca pertenece a un vasto ciclo, que nada es realmente horizontal, que todo tiene una forma más o menos cóncava o convexa, sinclinal o anticlinal. Intuyo cuánto deben los seres vivos a las aberturas de los océanos, a los arcos volcánicos, a los plegamientos profundos de la Tierra, a las temperaturas antiguas, a la humedad del aire, el viento y los suelos, a los relieves intrincados. Las montañas llevan el recuerdo del agua. Flotan y rebotan sin cesar, como almohadas que recuperan la forma. Son una obra esculpida por los glaciares, la erosión, la gravedad, la lluvia, el hielo y un sinfín de causas. De este baile volveremos a hablar.
Los años siguieron pasando. Youyou envejecía, siempre gozando de buena salud, con una vitalidad excepcional. Hasta que un día enfermó. Su tren inferior se había debilitado, su pelaje ya no brillaba, le dolía cuando se lo cepillábamos. Se pasaba el tiempo gimiendo de dolor, sin tregua. Le costaba moverse y ya solo echaba carreras en sueños. Un día, dejó de comer. Estábamos demolidos. Mi padre lo llevó al veterinario. Al parecer, no se podía hacer nada para aliviar su sufrimiento.
Cuando volvió, era un cuerpo pesado y blando, un ángel que acababa de abandonar el combate contra la gravedad y al que tomé entre mis brazos. Mis padres habían cavado una sepultura al fondo del jardín. Lo dejé en la tierra, entre las capas de arena y arcilla, justo al lado de un arbusto en flor, custodiado por unos caracoles. El regreso a la Tierra y a su lecho. Después, rellenamos el hoyo entre un mar de lágrimas. Las aguas del mundo entero llegaban hasta nuestro pequeño municipio rural. Estaba destrozado, inundado por la desesperanza. Mi universo se volvía líquido. El primer ser querido que muere y tantas vivencias compartidas, tantos aprendizajes, tantos recuerdos.
Así termina la historia de mi intercesor.
Así empiezan todas las que inspiró.
La necesidad no lo gobierna todo. Otro giro del destino propició mi reencuentro con la sierra de Queyras. En 2007, estábamos por la zona de Aix-en-Provence. Hacía un calor de mil demonios. Teníamos por delante una semana de libertad en pareja. El nombre de Ceillac me vino de pronto a la memoria. Tampoco quedaba tan lejos. Dicho y hecho. Al día siguiente, cruzamos las montañas del departamento de Altos Alpes a bordo de un tren lento que traqueteaba por sus perezosas vías. En la pequeña localidad de Eygliers, tomamos un autobús que nos subió hasta imponentes relieves por una vertiginosa carretera de montaña que zigzagueaba por el escarpado cañón del Guil hasta llegar al pueblo. Volví a ver aquel conjunto de casas primero apretujadas y después distribuidas en forma de media estrella. Estaba tal cual. Más arriba, seguían los mismos senderos para recordarme que, un día de verano, Youyou y yo habíamos hecho la croqueta en aquella ladera del lago Saint-Anne.
Desde entonces, vuelvo a Ceillac todos los años.
2
Estamos a principios de octubre. En esta época del año la montaña se tiñe, juega con los contrastes. En cuestión de semanas, el follaje de los alerces pasa del amarillo dorado al naranja intenso. Después, las agujas se ponen marrones y caen.
Son las cinco y hace frío. Esta mañana, las altas laderas del valle del Cristillan siguen envueltas en las tinieblas. Dentro de un par de horas, el sol iluminará el monte Viso, del otro lado, en Italia, después la Tête des Toillies y el Bric de Rubren y seguirá avanzando por la línea de crestas hasta el Péouvou y el punto al que me dirijo. De momento, dejo el chalé de Martine y Roger Favier, con el frontal encendido y bien abrigado. Un pantalón con forro, unas zapatillas de monte con suela taqueada, un anorak térmico y un gorro me protegen de los mordiscos del alba. En la mochila llevo con qué improvisar un segundo desayuno (un plátano y galletas de avena), un tentempié para tomar a media mañana (un bento de arroz con verduras, dos huevos escalfados, una manzana), reservas calóricas (frutos oleaginosos y secos, chocolate) y agua en abundancia. El parte meteorológico es bueno. En caso de que un poco más arriba sople el aire, me bastará con un cortavientos y, si un manto de nubes refresca la ladera, me las arreglaré con los otros dos jerséis que he cogido por si acaso y la manta isotérmica. Caigo en la cuenta de que, entre mis bártulos, no llevo localizador y me prometo no olvidármelo la próxima vez. De todas maneras, tampoco es que vaya a subir un glaciar lleno de grietas ni a abrir una vía en solitario en una pared difícil.
Una figura discreta y ligera me acompaña. Los caballitos de mar son diminutos peces multicolores. Se atan a las algas enrollando la cola a su alrededor. Ponen en jaque a los géneros, pues son los machos quienes gestan a su prole tras recibir los ovocitos de las hembras. Su extremidad curva también les sirve para desplazarse lentamente en línea recta. Suspendidos en las corrientes, bailan como orugas. Kampos está en mi bolsillo. Me gusta la sonoridad griega de su nombre. Me lo encontré un día, solo y sucio, mineralizado en el suelo de mi bosque de Touraine, y desde entonces nunca me ha abandonado. Le faltaba el último segmento óseo de la cola, el pobre debió de ir mucho tiempo a la deriva sin poder agarrarse a nada. Ignoro su edad, tal vez tenga millones de años.
Durante los próximos diez días, este caballito de mar me acompañará por un sendero bien trazado que las familias recorren tranquilamente. No huyo de nada ni de nadie, ni yo soy Robinson Crusoe, ni Kampos es mi Viernes. Tampoco va esto de sueños heroicos, nada de poner a prueba el rendimiento físico ni de enfrentarse a unas cimas supuestamente intactas. No descollaremos entre un mar de nubes como el viajero del famoso cuadro de Caspar David Friedrich. Mi único deseo es convivir durante un tiempo con los pueblos de las medias alturas, recabar datos para mis trabajos y contemplar el renacer diario de la montaña. ¿Se levanta de golpe dejando la manta a un lado o se desliza despacio por las pendientes? ¿Cómo abandona la noche? ¿Qué animal se manifiesta primero? ¿A qué se dedica? ¿De qué manera se muestran los demás? ¿Y qué pasa, al fin, con esas rocas que quería observar más de cerca? ¿Qué pasa con sus texturas, sus alteraciones, su propio contacto con otros seres?
Como si asistiéramos al despertar de un ser vivo tras un largo sueño, Kampos y yo nos disponemos a acechar los sonidos, los movimientos, los grandes acontecimientos de la montaña. Y dado que la amistad con Martine y Roger nos brinda la oportunidad de disfrutar de este momento de vida exterior, la aprovecho con rigor metodológico: saldremos a la misma hora cada día para llegar al mismo lugar. Permaneceremos allí durante horas, sin apenas movernos, a riesgo de no ver ni oír nada. Y luego regresaremos al chalé por los collados circundantes para compartir nuestras impresiones y poner en común la información. Es lo que se llama un protocolo de trabajo de campo. Además, intentaré comprender por qué me siento como pez en el agua entre las rocas. No es una metáfora: en cuanto piso la montaña, a partir de cierta altura, un sentimiento marítimo me embarga y oigo como un oleaje que azota las paredes. He aquí un enigma que algún día me gustaría resolver con la ayuda de Kampos.
Desde el Bois Noir, donde estamos alojados, hay casi una hora de marcha a buen ritmo hasta alcanzar el lago de Clausis. Bajamos por el camino que bordea el barranco de Chalgrand. El cielo exhibe una pureza apabullante, miles de millones de lucecitas titilan, el contorno de las constelaciones se distingue con nitidez. La Tierra, la Luna y las estrellas están soldadas. Las siluetas mitológicas bailan como pasto crecido en un prado. Todo parece pivotar alrededor de un eje invisible. Los planetas nos observan mientras ejecutan su rotación. La larga cinta de la Vía Láctea se arrastra con languidez, última estela de una inmensa aurora boreal que atraviesa el universo entero. No puedo dejar de mirar hacia arriba, aunque pongo cuidado en no tropezar porque un esguince de lo más tonto daría con mi plan al traste. Enseguida llegamos al aparcamiento de Les Claux. Cruzamos el puente que pasa por encima del Cristillan y conecta con una pista forestal. Aprovecho para saludar a las píceas, los pinos cembros y los alerces. Enseguida despertarán las ardillas y empezarán a mordisquear los conos de las píceas para degustar los piñones encerrados bajo las brácteas. Antiquísimas formaciones geológicas decoran las pendientes minerales donde acaba el camino de mulos que sube al collado de los alrededores. Nos dirigimos hacia un mundo de grandes pliegues telúricos donde los humanos son menos frecuentes que los mantos calcáreos y las rocas ígneas de las profundidades.
Antes de alcanzar el aprisco de Génisses, distingo el débil tintineo de los cencerros de las ovejas y los carneros que aún duermen sobre el suelo húmedo. El rebaño ocupa un pequeño claro en medio de pastizales boscosos. Pasamos de largo, sin cruzarnos con la mirada de los patous, que nos han oído llegar hace largo rato. Mejor no arriesgarnos a un mordisco. Me viene a la cabeza péssuger, la palabra que antaño se empleaba en el ambiente pastoril occitano para decir morder. Dos perros se levantan, espabilados, y ladran con insistencia. Nos rodean y nos persiguen hasta una frontera invisible que los detiene en seco. Al traspasarla, estarían faltando a su deber de guardianes. Nosotros seguimos camino. En cuanto estamos a una distancia prudencial, vuelvo la vista para mirarlos, evitando gestos bruscos. Ahora nos miran pensando ya en volver a dormir, ajenos al hecho de que en mi bolsillo guardo un caballito de mar fosilizado al que me dirijo como a un viejo amigo.
La época estival toca a su fin y los pastos de puerto empiezan a vaciarse. Ha llegado el momento de dejar los agostaderos y bajar a los valles. Los rebaños subieron a finales de junio para disfrutar de praderas generosas y el aire puro. Ahora, en cuanto acecha el otoño, recorren el camino inverso. Los perros velan por que nadie invada los prados que aún reposan tras la siega. El alquitrán ya no desgasta los cascos, los pastores y las pastoras ya no son tan nómadas como antes, las reses se desplazan en camión cuando moverlas implica distancias demasiado grandes o carreteras demasiado transitadas. No obstante, este momento aún significa algo para aquellos y aquellas que siguen practicando la trashumancia y emprenden el regreso a la antigua usanza para reencontrarse año tras año en una feria.
La senda que conduce al lago de Clausis sube en zigzag. Tiene una pendiente pronunciada. Nada de acelerones indebidos, mejor avanzar a paso de elefante con pisadas casi planas: con un ritmo constante, la respiración se acomoda y las piernas siguen. A nuestra derecha, bordeamos el barranco de Pastural, un abrupto canchal que hace las veces de pasillo para los aludes. Conforme ascendemos, los flancos de las vertientes se petrifican. El tapiz de vegetación cede el paso a una gran variedad de rocas que afloran mientras en las laderas aún resisten pequeños grupos de alerces. Nos adentramos en plena «zona de combate», en este límite de altitud hoy comprendido entre los dos mil doscientos y los dos mil cuatrocientos metros, más allá del cual la landa o el pasto de altura prevalecen sobre el bosque. A mano izquierda, el cauce del Clausis borbotea en la oscuridad, atraviesa una gran grieta y crea un bonito efecto sonoro de cascada, que nos acompaña en diminuendo hasta una charca que queda debajo del lago. Vadeamos uno de sus brazos, dejamos atrás la charca criófila cuyas aguas se congelan en invierno y alcanzamos al fin el lago. Un tenue resplandor empieza a despuntar por encima de las crestas. Enseguida, la montaña va a iluminarse de nuevo.
Para no perdernos la subida de telón, seguimos remontando el sendero hasta nuestro destino, un pasto de altura que empieza poco después de la charca. Me enfrento a un primer tramo escarpado cuando, de pronto, la silueta de tres rebecos absortos en sus ocupaciones se recorta ante nosotros en la penumbra. Pese a que durante el ascenso se respiraba una tranquilidad absoluta, una atmósfera apacible, sabía que, en el bosque, el cascanueces ya estaría haciendo acopio de semillas de pino cembro para sus reservas de invierno y que el pito negro no tardaría en empezar su repiqueteo.
Estos rebecos son los primeros habitantes con los que nos topamos a este nivel. Con toda probabilidad, se trata de una madre y dos crías. Los cuernos de la adulta parecen finos y poco curvados. En cuanto a los juveniles, sabemos que las hembras dan a luz a un cabrito cada año en el mes de junio, estamos en octubre y los cuernos aún no sobresalen por encima de las orejas. No obstante, es imposible discernir si son machos o hembras, como también lo es contar los anillos de los cuernos de la madre para calcular su edad. Apenas hay luz todavía y es inútil sacar los prismáticos. Probablemente haya otra madre alimentándose por los parajes. Puede incluso que el grupo esté más atrás en alguna parte. Estos miembros de la manada están en plena forma. Conservan una esbelta figura a pesar de acercarse a su peso de invierno.
Las crías no reparan en nosotros. De buena mañana, pacen con fruición los pastos tiernos de las alturas para engordar antes de la estación que está a punto de llegar. Los rebecos resisten a los grandes fríos. Retienen el calor gracias a unas fosas nasales peludas y una membrana lanuda que recubre su pelaje exterior. Dentro de unas semanas, la nieve cubrirá la zona y tendrán que escarbarla para encontrar hierba, flores y liquen o, si no, bajar a los bosques para devorar las partes tiernas de la corteza de los árboles.
