Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La vida seguirá rodando, rendirse o aprender a rodar con ella es decisión de cada uno. Las cosas como las conocemos no dejarán de pasar, transformar lo que resta y aprender a marcar de alguna manera una diferencia, depende de nosotros. Mientras algunos se quedan inmóviles esperando a que algo suceda, otros prefieren mover fichas para hacer suceder las cosas, los dos lados de una moneda. ¿Qué lado ocupás vos? La vida nunca dejará de rodar, ¿vas a rodar con ella o vas a verla pasar?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 92
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Cuarenta días
y
una noche
Soledad Benitez
Cuarenta días
y
una noche
Soledad Benitez
A la persona que siempre confió en mí.
A mi abuela Julia.
Prólogo
Transformar. Transformar el dolor en risas, el silencio en ruido, las tormentas en calmas. Transformar lo que la vida da, para que todo pueda sumar, para aprender de las cosas que restan, y así ser feliz. Con poco o con mucho, aprender a vivir, a sentir. Todo lo que sucede conviene. Transformar las cosas depende de nosotros, somos quienes tenemos que cambiar. Aprender que la vida es un compás complicado, pero que vale la pena bailar a su ritmo.
No te dejes enroscar. Aprendé a rodar.
Aprendé a desafiar antes de ser desafiado. Arriesgá. Nunca olvides de tomar el timón y de salir a navegar. Las historias no se van a contar solas, tendrás que ser vos quien se anime a hacerlo.
Soñá, jamás dejes de soñar.
Tus ojos
Yo estaré a un millón de años luz
Y cuando el mundo enmudece
Y las promesas engañan
Nos revolvamos en el jardín por donde nadie pasa.
Gustavo Cerati
Tus ojos serán mi refugio en las noches de tormenta, cuando la oscuridad invada mi habitación. Tus ojos me darán la paz en los días de guerra, cuando no encuentre respuestas a mis preguntas. Tus ojos serán mi guía, mis días, mis noches, mis elecciones, mis pasos… porque tus ojos son el reflejo del alma. Dan seguridad, dan fuerza y coraje.
Amo mirar a los ojos, es como mirar el alma y encontrarte. Mirar la realidad y olvidar el miedo, tener ganas de vivir.
Porque más allá de las simples palabras, tus ojos me hacen entender que hay un lugar para todo, que todo tiene su lugar, que no existe motivo para llorar, hay mucho que disfrutar aún.
Tus ojos lo son todo.
Y en ellos…
En ellos me pierdo cada vez que los miro, no sé cómo encontrar un significado único para definirlos, estoy segura de que no existe, de que se puede definir de muchas formas.
Tus ojos son la paz que necesito para caminar con la vida de la mano, a la par, y no quedarme atrás. Tus ojos serán los consejos que algún día voy a necesitar, pero también son los mejores momentos que he vivido y los que habré de vivir. Ellos me darán lo que necesito para sonreír, son más que una simple mirada.
Cuando sienta miedo o ganas de escapar lejos, hacia otro lugar, sé que si miro a tus ojos encontraré las respuestas, y todo volverá a ocupar su lugar. Sé que puedo confiar en ellos, que jamás me negarán una mirada de paz.
Y mientras ellos brillen, la vida brillará.
Y mientras los pueda mirar, aprenderé a volar.
Cada cual a su juego
No hay un modo, no hay un punto exacto
Te doy todo y siempre guardo algo.
Gustavo Cerati
Me quedo callada, observo.
Me quedo quieta y casi no respiro.
Miro la gente pasar, apurada, casi corriendo, sin mirar a su alrededor, algunas menos apuradas que otras, pero, sin embargo, solo miran su camino.
Veo…
Veo y me doy cuenta de que cada uno atiende su juego, ¿será que yo soy una más?
Celular en mano, auriculares puestos, cálculos en la mente, problemas que hay que solucionar, son síntomas de “¡qué me importa, si yo no estoy en su lugar!”. Caminan tan rápido que no se los puede observar bien, casi se chocan entre ellos, pero no hay tiempo de disculparse, están muy apurados.
Cada cual en su juego y nadie quiere jugar en el lugar del otro, pero yo, que estoy callada y observo, descubro muchas caras tristes, vidas vacías y ojos que ya no encuentran salidas. Yo, que estoy mirando atenta, puedo distinguir la vida que pasa frente a ellos.
Aquel niño en la esquina, que nadie ve, junto con sus hermanitos, trabaja por monedas para comprar el almuerzo. Quizás esa sea la única comida del día, y tal vez sea pan del día anterior. Alguien los ve y los ayuda, ¿solo uno del montón?, los demás están apurados.
Miro para otro lado y descubro a una mujer llorando. Llora en silencio, solo ella sabe de su sufrimiento.
Hay tantas cosas que ver, hay tanto que comprender, pero nadie lo hace. “¡No es mi problema!”, algunos piensan, pero el problema es de todos.
Y mientras miro, pienso.
Y me duele saber y entender que ninguno de nosotros mira a los costados para notar que muchos necesitamos de la mano del otro. Cada cual atiende su juego.
Un juego, que debería ser de todos, si camináramos menos apurados. Quizás algún día aprendamos a jugar de la manera correcta.
Historias de ayer
Busco alguien, algo, que sacuda mi cabeza.
No encuentro nada,
nada, nada personal, nada, nada especial.
Gustavo Cerati
Son historias de ayer.
Son recuerdos de ayer.
Son historias que se guardarán en cajas de recuerdos para invocar con el tiempo.
Son historias de a dos, de más que solo dos.
Son historias locas, rebuscadas, dolorosas, amistosas, y de amores que ya no volverán.
Si me das un minuto, yo te puedo contar algunos sueños que en aquel baúl han de bailar.
Si me das todo un día, te muestro algunos de ellos, que de seguro una sonrisa te robarán, ¡historias de ayer! ¡Qué bonitos recuerdos para ver volver!
En algunas de ellas estás vos, en otras está el, y en muchas solo yo, viviendo momentos únicos y memorables.
No me pidas que te dé detalles, solo sabés lo que se siente si las protagonizaste. Historias que nos hicieron crecer, algunas sufrir, otras caer, e incluso llorar. Historias buenas, historias malas, pero de cada una de ellas quedó lo más importante.
Son historias inolvidables, momentos que siempre voy a recordar. Historias de ayer y también de hoy.
Quizás de mañana.
¿Me acompañás?
Si lo hacés, te las voy a contar.
El extraño cacho
Si algo callé es porque entendí todo
menos la distancia.
Gustavo Cerati
Cuando tenía veintiún años, salí a bailar. Como a cualquier persona de esa edad, solo me interesaba divertirme, bailar, beber, y tal vez cometer excesos que al día siguiente me hicieran explotar la cabeza de dolor. Siempre fui rebelde y no entendía el sentido de que alguien quisiera cortarme las alas.
Cuando tenía veintiún años salí a bailar y me crucé con los ojos más extraños que había visto alguna vez. Les sonreí y ellos me sonrieron. Me perdí entre la gente. Siempre me gustó mezclarme entre la multitud y pasar inadvertida, aunque a veces no me saliera tan bien. Los ojos extraños esa noche me encontraron.
Bailé con esos ojos extraños.
Reí con esos ojos extraños.
Les dije a esos ojos extraños que no me parecían para nada interesantes.
Les dije que me aburrían.
Los ojos extraños se rieron de mi atrevimiento.
Los ojos extraños dijeron: “No actúes conmigo”.
Les desvié la mirada y los dejé bailando solos.
Pasaron un par de minutos y esos ojos volvieron, me dieron un nombre, pero a mí me gusta llamarlos Cacho.
Me fui con Cacho esa noche. No, no de la manera que ustedes creen.
Comimos snacks a la hora del desayuno y me contó que sus coordenadas estaban lejos de las mías.
Me dejo en casa, y me dijo: “Nos vemos, cuidate”.
¿Nos vemos?, pensé.
¿Cuándo?
Mi mapa marcaba que había muchos kilómetros en el medio.
Tal vez él tenía otro mapa.
¿Cuidate?, pensé.
¿De qué me tengo que cuidar? Esa manía que tiene la gente de decir cuidate sin decir de qué.
Lo pensé a Cacho varias horas de mi vida. Me acordaba de él y me reía de cómo hacía con los ojos cuando lo peleaba.
Me causaba rabia.
Me olvidé de él o lo guardé en una parte de la memoria donde no solía hurgar.
Me escribió.
Me dijo: “Viste que te encontré”.
Y yo sonreí. No le contesté.
No solo había kilómetros en el mapa, sino que había kilómetros en la edad.
Ignoré a Cacho.
Le escribí.
En el fondo, quería saber más de esos ojos extraños.
Nunca imaginé que en aquella curiosidad estaba dando uno de los pasos más peligrosos y de los que más me ayudarían a crecer.
Por eso lo recuerdo.
Hablamos mucho, de todo, de todos, de nada, de poco, y reíamos, reíamos hasta que dolía la panza.
Me retaba de vez en cuando.
“Nos seas pendeja, pendeja”, decía a veces.
¿PENDEJA?, pensaba.
Y se lo reclamaba.
Él se enojaba.
Hablábamos mucho. Parecía que estábamos cerca, cerquísima.
“Estoy acá, pendeja”, me dijo.
Yo sonreí.
Y sentí miedo.
Y contesté: “Buenísimo”.
¿BUENÍSIMO?, que respuesta más idiota.
Me invitó a salir.
Y allá fui, con todo el miedo del mundo.
Fuimos a un lugar donde no había que hablar mucho, solo escuchar y ver.
Yo hablé hasta por los codos.
Él se rio de mí y llamó “Cotorra”.
Ahora era la “pendeja cotorra”.
Volvió muchas veces. Nos vimos tantas más.
Tuvimos citas erradas. Salidas fallidas. Encuentros sinceros. Risas eternas.
Llamadas de madrugadas. Peleas por pavadas.
Siempre fue la distancia.
¡Ah, sí, yo ya estaba enamorada de Cacho!
Nunca supe cómo pasó. Tal vez sus ojos extraños no me parecían tan extraños.
Lo que sí me parecía extraño era la distancia.
La condenada distancia.
Pero ¡ya estaba enamorada!
No, nunca fuimos nada, o tal vez éramos todo y no lo sabíamos, no nos enteramos. Él era mi amigo, al que quería. Yo era ¿su capricho? ¿Su “me hace olvidar de todo”? Nunca entendí esa parte.
Comencé a salir con alguien más.
¡Sí! Estupideces que cometen los jóvenes.
Ese alguien más me quitaba tiempo y espacio. Tiempo y espacio que no usaba para pensar en Cacho. Pero lo hacía inconscientemente.
Comencé a salir con alguien más, alguien a quien no quería, pero con quien se me hacía fácil pasar el tiempo.
Cometí un error. Él se enamoró. Yo no.
Yo no podía sentir lo mismo.
De la misma manera que ocupaba mi tiempo con “ese alguien más”, contaba los días para saber de Cacho, para volverlo a cruzar, hasta que el día llegaba, y me bastaban un par de horas para sentirme un poco feliz. Me volvía extraña.
¡QUÉ MANERA DE COMPLICARSE LA VIDA, CARAJO!
Estuve muchos meses esperando. Conté días, horas, minutos y segundos. Lloré en silencio. Y entendí que al miedo lo tenía que guardar en el bolsillo, como una vez me aconsejó mi viejo.
Lo hice.
Me quedé sola, le comuniqué a ese otro que no quería seguir fingiendo.
Me odió. Poco me importó. Me quise un poco más.
Busqué a Cacho. Él me estaba esperando. Me confesó que tenía el corazón roto.
Me disculpé. No sé por qué.
Me confesó que él también tenía miedo.
Volví a verlo. Lo abracé fuerte. Lo besé. Ya lo había besado una vez, pero esta fue distinta.
Me quedé con Cacho.
Nunca fue fácil. Muchos kilómetros. Mucha diferencia de edad. Muchas lágrimas en el teléfono. Muchas noches en vela. Muchas esperas. Pocas visitas. Pocos encuentros. Poco tiempo juntos, sin estar separados. Poca rutina (a veces la rutina es necesaria). Mucho de todo, poco de todo. Nunca fue fácil.
Lloré mucho. Me alejé. Intenté olvidar. Intenté seguir. Intenté no pensar. Intenté no volver. Intenté… pero algo me hizo volver.
Volvimos a hablar. No fue buena idea.
