Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Cuentos clásicos con introducción y comentarios de Espido Freire. Todos hemos leído o nos han leído cuentos clásicos de pequeños, pero ¿sabemos cómo surgen, dónde o por qué perduran en el tiempo? Espido Freire analiza en esta antología quince de sus cuentos clásicos favoritos y nos abre una puerta mágica para que nos adentremos en ellos como nunca antes lo habíamos hecho. Cuentos incluidos en este libro Caperucita Roja La cenicienta La sirenita Rapónchigo La bella y la bestia La historia de Los tres cerditos Pulgarcito La bella durmiente del bosque El gato con botas Barba azul Blancanieves Hänsel y Gretel El valiente soldadito de plomo El traje nuevo del emperador La pequeña cerillera
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 224
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Prólogo
Caperucita Roja
La Cenicienta
La Sirenita
Rapónchigo
La Bella y la Bestia
La historia de los tres cerditos
Pulgarcito
La Bella Durmiente del bosque
El gato con botas
Barba azul
Blancanieves
Hänsel y Gretel
El valiente soldadito de plomo
El traje nuevo del emperador
La pequeña cerillera
Créditos
Ven: te voy a contar un cuento.
Es posible que creas que ya eres mayor para eso, que los cuentos solo los escuchan niños muy pequeños, tanto que a veces ni siquiera saben leer por sí mismos. Déjame que te diga que estás en un error: los cuentos clásicos, que a menudo se llaman cuentos maravillosos, o cuentos de hadas aunque no aparezcan hadas en ellos, fueron pensados para transmitir sus conocimientos a todas las edades, a pequeños y a mayores. En realidad, funcionan como pequeñas fórmulas mágicas que se repiten siempre de la misma manera, palabra tras palabra, una y otra vez.
Los cuentos nos hablan del miedo, de la soledad, del valor, de la perseverancia, de que la bondad obtiene siempre su recompensa y la maldad, su castigo. Te consuelan cuando te sientes solo frente a un mundo que te asusta, y te animan a que sigas en busca de aventuras, porque siempre habrá alguien que te ayude a conseguir tu misión.
Como se memorizaban, estas historias han perdurado durante siglos. Como tratan los temas más importantes que pueden afectar al ser humano, siguen manteniéndose jóvenes y frescos. Como emplean preciosas imágenes y símbolos eternos (princesas, héroes, animales, oro, plata y varitas mágicas), nos siguen atrapando como el primer día.
Cada uno de esos cuentos comienza con una fórmula mágica, como si susurraras un hechizo a una puerta cerrada: Érase una vez..., y para que la puerta quede bien sellada de nuevo, cuando finalices debes añadir: Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Mientras te encuentres allí no existe ni el tiempo ni el espacio: los cuentos ocurren hace mucho tiempo, en un reino muy muy lejano. Así ha sido desde el inicio de los siglos, y así continuará cuando tú seas mayor y se los repitas a tus hijos o a tus nietos.
Algunos de estos cuentos proceden de Egipto, de Rusia, o de los Países Nórdicos. Otros vienen de Arabia, otros surgen de historias populares que ocurrieron en un pueblo cerca de donde naciste. La mayoría lleva el nombre de quien los reunió y escribió para que no se olvidaran, aunque otros nacieron de la imaginación de un autor. Así, te familiarizarás con nombres como Charles Perrault, un abogado francés del siglo XVII que recopiló numerosos cuentos populares. O los alemanes Jacob y Wilhelm Grimm, dos hermanos del siglo XIX que emplearon gran parte de su vida en ordenarlos y adaptarlos. O Hans Christian Andersen, de Dinamarca, que escribió muchos otros. Sea como sea, todos los cuentos han crecido por encima de quienes los inventaron, como un gran árbol protector.
Aquí están algunos de mis preferidos: los he leído centenares de veces y cada vez descubro un detalle nuevo. Es posible que conozcas las versiones más recientes de algunos de ellos, un poco distintas: ahora leerás las historias antiguas y originales, que poseen más fuerza y más poder, y estoy segura de que te van a gustar muchísimo.
Ahora ven: voy a contarte el primero de ellos...
Espido Freire
ESPIDO FREIRE NOS CUENTA QUE...
La historia de Caperucita Roja y su peculiar relación con su abuelita, el lobo y el cazador ha sido contada en toda Europa, sobre todo en Francia, desde la Edad Media. De hecho, aunque yo te presento la versión que los hermanos Grimm escribieron en 1857, porque es la más conocida y la más leída en todo el mundo, Charles Perrault había escrito la suya ciento sesenta años antes.
El inicio del cuento, en el que el único ser fantástico que encontramos es un lobo que habla, no varía: una niña sin nombre, a la que llaman Caperucita porque le han regalado una capa roja, se interna en el bosque para llevarle comida y bebida a su abuela. El problema surge cuando se deja distraer por un desconocido, un lobo astuto que solo busca engañarla.
En las historias más antiguas Caperucita se nos muestra como una joven a la que mueve, sobre todo, la curiosidad. El final en esos cuentos es muy cruel, porque el lobo se sale con la suya, y por eso prefiero la versión de los Grimm, que lo cambiaron y suavizaron un poco. En esta variante vemos a Caperucita como una niña pequeña e ingenua, pero ella y el cazador lograrán que el lobo reciba su merecido por haber atacado a esa familia.
Este cuento nos habla de que debemos tener mucho cuidado con cómo nos manipulan las personas desconocidas. Fíjate en que el problema de Caperucita no surge tanto porque haya hablado con el lobo o haya sido amable con él, sino porque se olvida de lo que su madre le ha recomendado y se deja influir por las palabras de alguien a quien no conoce. Nos da también una lección acerca de cómo a menudo no somos capaces de ver lo que tenemos delante de nuestros ojos: aunque un lobo disfrazado difícilmente se parecerá a nuestra abuela en camisón, Caperucita no es capaz de adivinar lo que ha pasado mientras ella perdía el tiempo yendo por el camino más largo.
Hay padres que prefieren no contar este cuento a sus hijos, porque consideran que pueden transmitirles miedo y desconfianza hacia otras personas. En mi opinión, «Caperucira Roja» nos habla de que existen peligros reales en el mundo y de cómo hay que prevenirse frente a ellos, porque de lo contrario las consecuencias pueden ser muy serias para nosotros y para quienes nos quieren. Y tú, ¿qué opinas?
Érase una vez una pequeña y dulce muchachita, que en cuanto se la veía se la amaba, pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo y, como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja. Un día la madre le dijo:
—Ven, Caperucita, aquí tienes un pedazo de pastel y una botella de vino; llévaselo a la abuela, que está enferma y débil, y se sentirá aliviada con esto. Prepárate antes de que haga mucho calor y, cuando salgas, ve con cuidado y no te apartes del sendero, si no, te caerás y romperás la botella, y la abuela se quedará sin nada. Y cuando llegues no te olvides de darle los buenos días, y no te pongas a curiosear antes por todas las esquinas.
—Lo haré todo bien —dijo Caperucita a su madre, y le dio la mano a continuación.
La abuela vivía muy dentro del bosque, a una media hora de distancia del pueblo. Cuando Caperucita llegó al bosque, se tropezó con el lobo. Pero Caperucita, que aún no sabía lo mal bicho que es el lobo, no tuvo miedo de él.
—Buenos días, Caperucita Roja —dijo él.
—Muchas gracias, lobo.
—¿Adónde tan temprano, Caperucita?
—A ver a la abuela.
—¿Qué llevas debajo del delantal?
—Pastel y vino. Ayer lo hicimos. Con esto la abuela, que está algo débil, se alimentará y se fortalecerá.
—Caperucita, ¿dónde vive tu abuela?
—Todavía a un buen cuarto de hora andando por el bosque. Debajo de tres grandes encinas está su casa.
El lobo pensaba para sí: «Esta joven y tierna presa es un dulce bocado y sabrá mucho mejor que la vieja; tengo que hacerlo bien desde el principio para cazar a las dos». Siguió andando un rato junto a Caperucita Roja y luego dijo:
—Caperucita, mira las hermosas flores que están alrededor de ti, ¿por qué no echas una ojeada a tu alrededor? Creo que no te fijas en lo bien que cantan los pajarillos. Vas como si fueras a la escuela, y aquí en el bosque es todo tan divertido...
Caperucita Roja abrió los ojos y, cuando vio cómo los rayos del sol bailaban de un lado a otro a través de los árboles y cómo todo estaba tan lleno de flores, pensó: «Si le llevo a la abuela un ramo de flores, se alegrará; aún es pronto y podré llegar a tiempo».
Y se desvió del sendero, adentrándose en el bosque para recoger flores. Cogió una y, pensando que más adentro las habría más hermosas, cada vez se internaba más en el bosque. El lobo, en cambio, se fue directamente a casa de la abuela y llamó a la puerta:
—¿Quién es?
—Caperucita Roja, traigo pastel y vino. Ábreme.
—¡Mueve el picaporte! —gritó la abuela—. Estoy muy débil y no puedo levantarme.
El lobo movió el picaporte, la puerta se abrió y él, sin decir una palabra, fue directamente a la cama de la abuela y se la tragó. Luego, se puso sus vestidos y su cofia, se metió en la cama y corrió las cortinas.
Entre tanto, Caperucita Roja había seguido buscando flores. Y, cuando ya había recogido tantas que no las podía llevar, se acordó de nuevo de la abuela y se puso de nuevo en camino de su casa. Se asombró de que la puerta estuviera abierta, y, cuando entró en la habitación, se encontró incómoda y pensó: «Dios mío, qué miedo tengo hoy, cuando, por lo general, me gusta estar tanto con la abuela». Exclamó:
—Buenos días. —Pero no recibió contestación.
Luego fue a la cama y descorrió las cortinas; allí estaba la abuela con la cofia tapándole la cara, pero tenía una pinta extraña.
—¡Ay, abuela, qué orejas tan grandes tienes!
—Para oírte mejor.
—¡Ay, abuela, qué ojos tan grandes tienes!
—Para verte mejor.
—¡Ay, abuela, qué manos tan grandes tienes!
—Para cogerte mejor.
—¡Ay, abuela, qué boca tan enormemente grande tienes!
—Para devorarte mejor.
Apenas había dicho esto, el lobo saltó de la cama y se zampó a la pobre Caperucita Roja.
Después de que el lobo hubo saciado su apetito, se metió de nuevo en la cama, se durmió y comenzó a roncar con todas sus fuerzas. El cazador, que pasaba en ese preciso momento por la casa, pensó: «Cómo ronca la anciana; tendrías que ir a ver si necesita algo». Y cuando entró en la habitación y se acercó hasta la cama, vio que el lobo estaba dentro:
—¡Ah, estás aquí, viejo pecador! —dijo él—. ¡Tanto tiempo como llevo buscándote!
Entonces, quiso cargar su escopeta, pero pensó que el lobo podía haber devorado a la abuela, y a lo mejor aún se la podía salvar, así que no disparó, sino que cogió las tijeras y comenzó a rajar al lobo la barriga.
Cuando había dado unos cuantos cortes, salió la muchacha y dijo:
—¡Huy, qué susto tenía! En la barriga del lobo estaba todo muy oscuro.
Y luego salió la abuela también viva, aunque casi no podía respirar. Caperucita Roja cogió rápidamente unas piedras, con las que llenaron la barriga al lobo. Cuando este despertó, quiso irse saltando, pero las piedras eran tan pesadas que se cayó y murió.
A consecuencia de esto, estaban los tres muy felices. El cazador le quitó al lobo la piel y se la llevó a casa; la abuela se comió el pastel y bebió el vino que había traído Caperucita Roja y se recuperó de nuevo. Caperucita Roja pensó: «Ya no te volverás a desviar en toda tu vida del camino si tu madre te lo ha prohibido».
Se cuenta también que, una vez, Caperucita Roja le llevó de nuevo a la abuela pastas, y otro lobo le habló y la quiso desviar del camino. Caperucita Roja se guardó de hacerlo y siguió directamente su camino, y le dijo a la abuela que se había encontrado con el lobo, que le había dado los buenos días, pero que la había mirado con tan malos ojos que si no hubiera estado en un lugar público, la hubiera devorado.
—Ven —dijo la abuela—, vamos a cerrar la puerta para que no pueda entrar.
Poco después, llamó el lobo y gritó:
—¡Abre, abuela, soy Caperucita Roja y te traigo pastas!
Ellas permanecieron en silencio y no abrieron la puerta. El cabeza gris dio varias vueltas alrededor de la casa. Finalmente, saltó al tejado y quiso esperar hasta que Caperucita Roja se fuera por la noche a casa; entonces, él la seguiría y se la zamparía en la oscuridad. Pero la abuela se dio cuenta de lo que le rondaba por la cabeza. Ante la casa había una gran artesa de piedra, y le dijo a la niña:
—Coge el cubo, Caperucita; ayer cocí salchichas, trae el agua en la que las he cocido y échala en la artesa.
Caperucita Roja trajo agua hasta que la gran artesa estuvo llena. Luego, empezó el olor de las salchichas a llegarle a la nariz al lobo, que olisqueó, miró hacia abajo, y finalmente estiró tanto el cuello que no pudo sujetarse más y comenzó a resbalar, de modo que se cayó del tejado precisamente dentro de la artesa y se ahogó. Caperucita Roja se fue feliz a casa y nadie le hizo daño.
ESPIDO FREIRE NOS CUENTA QUE...
Quizás te sorprenda saber que los griegos ya contaban una versión de «La Cenicienta» en el siglo III antes de Cristo..., y que hay otras aún más antiguas en Egipto que hablan de cómo una jovencita maltratada por su madrastra y sus hermanastras logra escapar de su destino con un poco de ayuda mágica. En algunos casos es un hada quien viene a recompensar su bondad, pero en otros un árbol le entrega el vestido y los zapatitos que necesita, y en algunos quien la auxilia es... ¡una cabra!
¿No conoces esa historia? Quizás se deba a que no se titula «La Cenicienta», sino «Un Ojito, Dos Ojitos, Tres Ojitos», pero también la recogen los hermanos Grimm. Dos Ojitos es la segunda de tres hermanas; la mayor solo tiene un ojo, la menor tiene tres, y ellas y su madre se burlan y esclavizan a Dos Ojitos porque la consideran un ser vulgar con dos ojos, como todo el mundo. La destinan a cuidar de la cabra que tienen, con frío o con calor, y la pobrecilla pasa tanta hambre que un día un hada se compadece de ella y le indica unas palabras mágicas con las que dirigirse a la cabrita; cuando las pronuncie aparecerá una mesa llena de los platos más sabrosos que se pueda imaginar.
Como supondrás, las malvadas hermanas Un Ojito y Tres Ojitos lo descubren y pasan muchas más cosas, de manera que te recomiendo que leas el cuento..., pero te adelantaré que finaliza de una manera muy similar al de Cenicienta.
No olvides que los cuentos, por muy alejados de la realidad que parezcan, siempre reflejan parte del mundo en el que se contaban: durante muchos siglos el hambre era una compañera constante de muchos niños, y la gran preocupación de las familias consistía en que las chicas encontraran el mejor marido posible.
Durante largos periodos de tiempo, debido sobre todo a las guerras, los pueblos contaban con un número más elevado de mujeres que de hombres jóvenes, y eso originaba una enorme competencia por casarse. La chica que se quedaba soltera era considerada una carga para su familia. Los bailes y las fiestas suponían una ocasión inmejorable para lucir sus mejores galas y llamar la atención de un futuro esposo..., aunque en la vida real pocas veces fuera un príncipe.
Ahora disfruta de esta versión: ¿se parece a la que tú conocías?
A un hombre rico se le puso enferma su mujer y, cuando esta sintió que se acercaba su fin, llamó a su única hija y le dijo:
—Querida hijita, sé buena y piadosa; así te ayudará siempre Dios y yo desde el cielo te cuidaré y estaré contigo.
Después de decir esto, cerró los ojos y falleció. La muchacha iba todos los días a visitar la tumba de su madre y lloraba, permaneciendo buena y piadosa. Cuando llegó el siguiente invierno, la nieve cubrió con su blanco manto la tumba, y, cuando el sol en la primavera la había derretido, el hombre tomó otra esposa.
La mujer trajo a la casa dos hijas, que eran hermosas y blancas de cutis, pero repugnantes y negras de corazón. Entonces, comenzaron malos tiempos para la pobre hijastra.
—¿Tiene que estar esta necia con nosotras en la habitación? —decían—. Quien quiera comer pan que lo gane. ¡Fuera con la moza de cocina!
Le quitaron sus hermosos vestidos, le pusieron un delantal gris y le dieron unos zuecos:
—Mirad a la hermosa princesa, ¡qué bien arreglada está! —gritaban ellas, riéndose y llevándola a la cocina.
Entonces, tuvo que trabajar duramente de la mañana a la noche, levantarse temprano, acarrear agua, encender el fuego, guisar y lavar. Además de esto, las hermanas le hacían todo el mal posible, se burlaban de ella y le tiraban los guisantes y las lentejas a la ceniza, de tal manera que ella tenía que sentarse y limpiarlas en medio de los fogones. Por la noche, cuando ya estaba cansada de tanto trabajar, no se acostaba en cama alguna, sino que tenía que tumbarse al lado de la cocina sobre la ceniza. Y como siempre estaba llena de polvo y sucia, la llamaban Cenicienta.
Sucedió que el padre quiso un día ir a la feria y preguntó entonces a las hijastras qué querían que les trajera.
—Vestidos hermosos —dijo una.
—Perlas y piedras preciosas —dijo la segunda.
—Y tú, Cenicienta —dijo él—, ¿qué quieres?
—Padre, el primer tallito que choque con vuestro sombrero, cortadlo para mí.
Él compró, pues, para las dos hermanas, hermosos vestidos, perlas y piedras preciosas, y en el camino de regreso, cuando iba cabalgando por un matorral verde, le rozó un tallo de avellano y le hizo caer el sombrero. Cortó el tallo y se lo llevó consigo. Cuando llegó a casa entregó a las hijastras lo que le habían pedido, y a Cenicienta, el tallo del arbusto de avellano. Cenicienta le dio las gracias, se fue a la tumba de su madre, y plantó en ella el tallo y derramó tantas lágrimas que el llanto cayó encima y lo regó. Creció y entonces se convirtió en un hermoso árbol. Cenicienta iba allí tres veces al día, lloraba y rezaba, y cada vez venía un pajarillo blanco al árbol y, cuando ella formulaba un deseo, el pajarillo le daba lo que había deseado.
Aconteció que el rey organizó una fiesta, que debía durar tres días y a la que estaban invitadas todas las doncellas del país para que su hijo pudiera buscar novia entre ellas. Las dos hijastras, cuando supieron que también tenían que estar presentes, se pusieron muy contentas, llamaron a Cenicienta y exclamaron:
—¡Péinanos el cabello, cepíllanos los zapatos y abróchanoslos! ¡Vamos a la fiesta al palacio del rey!
La Cenicienta obedeció, pero lloraba, ya que le hubiera gustado acompañarlas, y pidió a la madrastra que le permitiese ir.
—¿Tú, Cenicienta? —dijo ella—. Estás llena de polvo y ceniza, ¿y quieres ir a la fiesta? No tienes ni ropa ni zapatos, ¿y quieres bailar?
Pero como ella insistió en su petición, dijo finalmente:
—Te he echado una fuente de lentejas en la ceniza. Si en dos horas has seleccionado las lentejas, podrás ir.
La muchacha fue por la puerta de atrás al jardín y gritó:
—¡Vosotras, mansas palomitas, vosotras, las tortolitas, todos los pajarillos del cielo, venid y ayudadme!:
Las buenas en el pucherito, las malas en el buchito.
A esto entraron por la ventana de la cocina dos palomitas blancas, y, después de ellas, las tortolitas, y finalmente aleteaban y revoloteaban todos los pajarillos del cielo por la cocina y se posaron alrededor de la ceniza. Las palomas movían la cabeza y comenzaron a picotear, pic, pic, pic, y también comenzaron los restantes a picotear, pic, pic, pic, y dejaron todos los granos buenos en la fuente. A continuación, la muchacha le llevó la fuente a la madrastra, toda contenta, creyendo que podría ir a la boda. Pero ella dijo así:
—No, Cenicienta, no tienes ropa y no sabes bailar, solamente se reirán de ti.
Al comenzar a llorar ella, dijo:
—Si me recoges dos fuentes llenas de lentejas de la ceniza en una hora y las seleccionas, puedes acompañarnos. —Y pensaba: «Eso no podrás hacerlo nunca».
Después de echar las dos fuentes de lentejas en la ceniza, salió la muchacha al jardín por la puerta de atrás y gritó:
—¡Vosotras, mansas palomitas, vosotras, las tortolitas, todos los pajarillos del cielo, venid y ayudadme!:
Las buenas en el pucherito, las malas en el buchito.
A esto entraron por la ventana de la cocina dos palomitas blancas, y, después de ellas, las tortolitas, y finalmente aleteaban y revoloteaban todos los pajarillos del cielo por la cocina y se posaron alrededor de la ceniza. Las palomas movían la cabeza y comenzaron a picotear, pic, pic, pic, y también comenzaron los restantes a picotear, pic, pic, pic, y dejaron los granos buenos en las fuentes. Y antes de que hubiera pasado media hora habían terminado y habían salido volando.
A continuación, la muchacha llevó las dos fuentes a la madrastra, toda contenta, creyendo que podría ir a la boda, pero ella dijo:
—No te servirá de nada; tú no vas, pues no tienes vestidos, no sabes bailar, y nos avergonzaríamos de ti.
Después le dio la espalda y se marchó con sus dos orgullosas hijas.
Cuando ya no había nadie en la casa, Cenicienta fue a la tumba de su madre bajo el avellano y dijo:
—¡Arbolito, muévete y sacúdete, y lanza plata y oro sobre mí!
A esto el pájaro le lanzó un traje de oro y plata, y unos zapatos bordados en seda y plata. A toda prisa se vistió y se fue a la boda. Sus hermanas y su madrastra no la conocieron y pensaron que sería una princesa extranjera de lo hermosa que estaba con su traje dorado. En Cenicienta no pensaron para nada, creyendo que estaría sentada en casa entre la suciedad, buscando las lentejas en la ceniza. El hijo del rey se aproximó a ella, la cogió de la mano y bailó con ella.
No quiso bailar con nadie más y, cuando alguien venía a sacarla para bailar, decía él:
—Esta es mi pareja.
Bailaron hasta entrada la noche, y entonces ella quiso irse a casa. El hijo del rey dijo:
—Yo voy contigo y te acompaño. —Pues quería ver de quién era hija la hermosa muchacha.
Pero ella se le escapó y se metió en el palomar de su casa. El hijo del rey esperó hasta que llegó el padre y le dijo dónde se había metido la muchacha forastera.
El viejo pensó: «¿Será acaso Cenicienta?», y le tuvieron que traer un hacha y un pico con los que pudo partir en dos el palomar, pero allí no había nadie. Y cuando llegaron a la casa, Cenicienta yacía con sus sucios vestidos en la ceniza, y una lamparilla de aceite turbio ardía en la chimenea, pues Cenicienta había saltado velozmente por detrás del palomar y había corrido al avellano, se había quitado allí los hermosos trajes y los había colocado en la tumba. El pájaro se los había llevado de nuevo, y Cenicienta se había echado con su delantal gris en la cocina al lado de la ceniza.
Al día siguiente, cuando la fiesta se reanudó y los padres y las hermanastras se habían ido ya, fue Cenicienta al avellano y dijo:
—¡Arbolito, muévete y sacúdete, y lanza plata y oro sobre mí!
A esto le lanzó el pájaro un traje todavía más llamativo que el del día anterior. Y cuando ella apareció en la fiesta con el traje, todos se admiraron de su hermosura. El hijo del rey había esperado hasta que ella llegara, la tomó rápidamente por la mano y bailó solamente con ella. Cuando llegaban los otros y la invitaban a bailar, decía:
—Esta es mi pareja.
Cuando se hizo de noche, ella quiso partir y el hijo del rey la siguió para ver en qué casa vivía. Ella se escapó corriendo por el jardín detrás de su casa. Allí había un gran árbol hermoso del que colgaban las mejores peras. Trepó tan ágilmente como una ardilla por las ramas, y el hijo del rey no supo dónde se había metido. Esperó hasta que llegara el padre y le dijo:
—La muchacha forastera se me ha escapado y yo creo que ha saltado por el peral.
El padre pensó: «¿Será acaso Cenicienta?». Hizo que le trajeran el hacha y tumbó el árbol, pero no había nadie subido a él. Y cuando llegaron a la cocina, allí estaba Cenicienta en la ceniza como siempre, pues había saltado por la otra parte del árbol, le había llevado al pájaro del avellano los hermosos vestidos y se había puesto su delantalillo gris.
Al tercer día, cuando los padres se habían ido ya, se dirigió Cenicienta de nuevo a la tumba de su madre y le dijo al arbolillo:
—¡Arbolito, muévete y sacúdete, y lanza plata y oro sobre mí!
A esto el pájaro le echó un traje que era tan lujoso y brillante como no había tenido otro, y las sandalias eran totalmente de oro. Cuando llegó a la fiesta con el traje, nadie supo qué decir de la admiración que sintieron.
El hijo del rey bailó solo con ella y, cuando algún otro venía a invitarla, decía él:
—Esta es mi pareja.
Al hacerse de noche, ella se quiso ir y el hijo del rey quiso acompañarla, pero se escapó tan rápidamente que no pudo seguirla. El hijo del rey, sin embargo, había usado una treta: había hecho untar la escalera con pez, y sucedió que, al saltar por ella, se quedó pegada la sandalia izquierda de la muchacha. El hijo del rey la cogió: era muy pequeña, delicada y totalmente de oro. Al día siguiente fue con ella a casa del hombre y le dijo:
—Ninguna otra será mi mujer sino aquella cuyo pie quepa en este zapato.
Las hermanas se llenaron de contento, pues tenían unos hermosos pies. La mayor se llevó el zapato a la habitación y quiso probárselo, y la madre estaba con ella. Pero no consiguió meter el dedo gordo, y el zapato le estaba demasiado pequeño. Entonces, la madre le acercó un cuchillo y dijo:
—Córtate el dedo. Cuando seas reina, no necesitarás ir más a pie.
La muchacha se cortó el dedo, metió a la fuerza el pie en el zapato, apretó los dientes dominando el dolor y salió a ver al hijo del rey. Entonces, este cogió a su prometida a caballo y partió cabalgando con ella. Sin embargo, tuvieron que pasar por la tumba, y allí estaban las dos palomitas en el avellano:
—Curru, curru, curru, curru, sangre del zapato mana:
el zapato es muy pequeño, y la novia sigue en casa.
Entonces miró él el pie y vio como manaba la sangre. Dio la vuelta al caballo y llevó a la falsa novia a la casa y dijo que no era la verdadera; la otra hermana debería probarse el zapato. Esta se fue, pues, a la habitación, y afortunadamente el dedo gordo le cabía, pero el talón era demasiado grande. La madre le alcanzó un cuchillo y dijo:
—Córtate un trozo de talón. Cuando seas reina no necesitarás ir más a pie.
La muchacha se rebanó un trozo de talón, metió el pie a duras penas en el zapato, apretó los dientes dominando el dolor y salió junto al hijo del rey. Él montó, entonces, a su prometida a caballo y partió cabalgando con ella. Cuando pasaron por el avellano, allí estaban las palomitas gritando:
—Curru, curru, curru, curru, sangre del zapato mana:
el zapato es muy pequeño, y la novia sigue en casa.
