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XXII Premio Anaya de Literatura Infantil, 2025 Déjate conmover por la nueva aventura juvenil de Espido Freire, una oda al valor y al espíritu de superación. 6 de agosto de 1598. Aunque la peste asola Toledo, la joven Elena Hurtado López de Ayala tiene algo incluso más urgente de lo que preocuparse: sus criados planean matarlos a ella y a su hermano pequeño. Con sus padres lejos de casa desde hace tiempo, a Elena no le queda más remedio que huir de Toledo con su hermano. Para ello deberá atravesar un pasadizo secreto, regatear, mentir y aprender a sobrevivir con las escasas pertenencias que tuvo tiempo de reunir antes de escapar. Ni siquiera pudo llevarse un candil... pero sí su diario, en el que decidirá relatar ese viaje digno de leyenda.
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Seitenzahl: 131
Veröffentlichungsjahr: 2025
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I. La peste
1. Una noche cualquiera
2. Una pluma verde
3. Cuidad de vuestro hermano
4. La situación de nuestra familia
5. Cerremos la ciudad
6. El monje
7. El pasadizo
II. La cueva
8. Pan negro
9. Aldonza y sor Marta
10. El campo de melones
11. Mi hermano
12. La Tarasca
13. Tarambán
14. Anillo de piedra azul
III. El regreso
15. El perdón
16. El diario de la peste
Créditos
Para mis primos, y muy especialmente para mis primas, a los que conté esta historia cuando ni ellos ni yo sabíamos qué era la peste, ni cómo distinguir una seta de otra.
Líbrete Dios de la enfermedad que baja de castilla y del hambre que sube de Andalucía.
—Mateo Alemán (1547-1614)
¿Cómo se distingue una noche cualquiera de la que cambiará tu vida?
Aquella del 6 de agosto del año de gracia de 1598 debería haber sido una noche más; una noche sin luna, lenta y calurosa. Mi madre hubiera pasado por mi alcoba para darme su bendición y un beso y para preguntarme si había rezado mis oraciones. Quizás más tarde mi padre, don Juan, siempre tan atareado con sus funciones, se asomaría para verme y trazar el signo de la cruz sobre mi frente, cuando yo ya estuviera dormida, o quizás no. Crispín, nuestro papagayo verde, protestaría un poco y diría algunas de sus impertinencias, indignado, cuando cubrieran su jaula con un paño.
—Nunca he visto un papagayo peor hablado. ¿Dónde ha aprendido esas barbaridades? Las va a repetir el niño —diría mi madre, mientras movía la cabeza. Pero aun así le rascaría un mechón de plumas azules y negras que tenía justo sobre el pico y le daría unos pedacitos de manzana.
Crispín había sido su confidente desde la infancia y la había acompañado a esta casa cuando se casó. Aunque yo lo había heredado, el pájaro y yo no nos entendíamos. Él consideraba que mi madre era su única dueña y su amiga. De vez en cuando susurraba su nombre en un graznido bajito:
—Doña Magdalena, doña Magdalena…
En cambio, nunca conseguí que repitiera el mío.
Blanchete, mi perrito faldero, un bichón maltés blanco muy pequeño, fingiría que dormía en su cesta a los pies de la cama. En cuanto mi madre saliera de la habitación saltaría a mi lado, y se acurrucaría a mi costado hasta el amanecer. Yo tardaría en conciliar el sueño: me rondaban la cabeza demasiadas preocupaciones. En unos meses, cuando cumpliera los dieciséis años, se celebraría mi matrimonio con Jerónimo de la Torre de Esteban Hambrán, y pese a que la fecha estaba fijada, ni mi padre, ni mucho menos yo, considerábamos que estuviera preparada para ello.
—Aún es una niña —rezongaba mi padre—. Y sus modales dejan mucho que desear. Espero que sepa comportarse a la altura de esa responsabilidad.
—Es una soñadora —corregía mi madre—. A su edad yo era igual.
Me resultaba imposible imaginarme a mi madre, tan serena, tan dulce, tan dueña de sí, como el manojo de nervios y de torpeza que yo era; pero quería creerlo, porque si en algún momento ella se había parecido a mí, quizás aún me quedaban esperanzas.
En una noche cualquiera alguna de las criadas hubiera rellenado la jarra de metal de mi mesilla con agua fresca, y si el calor era excesivo, alguna de las esclavas niñas se hubiera sentado junto a mi cama y hubiera agitado el aire con un gran abanico de hojas trenzadas, muy lentamente, para que no me despertara. O quizás ni siquiera estuviéramos ya en la ciudad, sino que nos hubiéramos ido a una de nuestras fincas en el campo, puede que a la de Cabañeros, donde nació mi madre y donde las montañas y la vegetación templan el aire y los veranos resultan más llevaderos.
Pero no era una noche cualquiera. Mis padres faltaban de nuestra casa de Toledo desde junio; se encontraban confinados en La Puebla de Montalbán y hacía dos semanas que no sabíamos nada de ellos, o eso era lo que me habían dicho. Sin embargo, sabía que me mentían. Todo el personal de la casa, Fadrique, el mayordomo, Ana, mi doncella, e incluso Mariquilla, mi nodriza, todos callaban, desviaban la mirada y cambiaban de tema cuando les preguntaba si había alguna noticia, si había llegado algún mensaje.
Ahora sabía que no podía fiarme de ellos. Sabía que estaban planeando mi muerte y la de mi hermanito.
La noche anterior les había espiado. Eso era algo que se me daba bien, el moverme a oscuras y con sigilo por la casa, sin que nadie advirtiera mi presencia. Había dejado mi cuarto y me había deslizado en la oscuridad hasta el punto de la casa en la que los suelos de piedra pasaban a ser de madera, y había bajado las escaleras hasta la cocina donde los criados cenaban a la luz tenue de alguna brasa ya casi apagada, sofocados por el calor. Por el hueco que dejaba la puerta entornada veía el perfil serio del mayordomo, y algunas sombras que se agitaban junto a él.
—No sabemos a ciencia cierta si nuestros señores han muerto —dijo una voz masculina.
—Las noticias que llegan de La Puebla de Montalbán son terribles: han cerrado el lugar a cal y canto, nadie puede entrar ni salir de él —dijo otra voz—. Si no han muerto ya, estarán contagiados por la peste y pronto morirán.
—¿Quién les mandaría ir allí, si ya era público que había enfermos? ¿Por qué ponerse en peligro? —dijo la primera voz, que reconocí como la de Blas, el cocinero—. Si hubieras cumplido con tu obligación, lo hubieras impedido y nosotros no nos encontraríamos ahora en esta situación.
Fadrique le dirigió una mirada torva, y se tomó su tiempo para contestar. Era un hombre grande y corpulento, que nunca parecía tener prisa.
—Aunque se lo hubiera impedido, hubiera dado igual: la orden procedía del corregidor de Toledo, y por lo tanto, de manera indirecta, del rey. Otros señores ya estaban informando de lo que ocurría desde Ocaña, desde Yepes, desde Alcoba. A nuestro señor don Juan se le ordenó ir a La Puebla de Montalbán porque tiene allí negocios, familia y conocidos, y hubiera sido traición al rey desobedecer. Y nuestra señora doña Magdalena quiso acompañarle porque quizás así averiguaría algo de su hermana y de su familia, de la que no había cartas desde hacía semanas. Yo ya sabía que cuando dejaron esta casa no iban a regresar, pero ¿me hubieran escuchado? ¿Quién escucha a los criados? Y hoy la orden de que también cierran Toledo me ha confirmado lo que ya me imaginaba. Ahora, ni ellos volverán ni nosotros podemos salir.
Sentí un ruido extraño en los oídos, como me suele ocurrir cuando me siento mareada antes de desmayarme; pero esta vez no podía permitírmelo, pese a que el corazón me latía en la garganta y con cada respiración me dolía el pecho.
—Entonces tenemos que cuidar de nosotros mismos, porque nadie más lo hará —dijo Ginés, un esclavo que se encargaba de las mulas, y que mi madre había liberado el año anterior—. Sin señores y con la peste a las puertas, ¿qué será de nosotros?
—Tenemos que huir —dijo Mariquilla, mi nodriza—. La peste no ha llegado a mi aldea, y en el campo, cada uno por nuestra cuenta, podremos sobrevivir. Si nos quedamos en esta casa moriremos antes o después o nos asaltarán algunos que estén más desesperados para llevarse todo lo que puedan.
—Hay comida para varias semanas y cobijo asegurado —dijo otro.
—Comida sí, pero no bebida —sentenció, con voz grave, Fadrique—. La casa tiene un aljibe pequeño que está casi vacío. Dependemos del agua del pozo de la plaza, y esta se contaminará pronto, porque muchos, demasiados, van a beber a él. Hay vino y sidra en la bodega, pero no podemos subsistir con eso.
—¿Y los niños de nuestros señores? —preguntó Ginés—. Si huimos, ¿qué va a pasar con ellos? No saben hacer nada, no pueden valerse por sí solos, no tienen parientes en la ciudad.
Se alzó un alboroto de voces.
—¡Que los ricos cuiden de los ricos!
—¿Se han preocupado ellos alguna vez por nosotros? ¿Por qué tengo que preocuparme yo ahora?
—¿Qué más me dan ellos? ¡Yo también tengo hijos! ¡Y quiero sobrevivir!
—¡Que sepan ahora lo duro que es nuestro trabajo y que aprecien lo que hemos hecho por ellos!
Fadrique alzó una mano y su voz se impuso a las demás.
—Si huimos de esta casa y con suerte logramos burlar la vigilancia de los guardas y refugiarnos en nuestras aldeas...
—Eso no será un problema —dijo Blas—. Esta mañana aún dejaban que saliera quien quisiera; la puerta de Bisagra estaba abierta para los que se iban a Madrid, y la del Cambrón para quien tomara el camino a Valladolid. Se alegran de verlos marchar, uno menos. Lo complicado es entrar: ahí sí son inflexibles. No quieren arriesgarse a que nadie traiga la peste con él.
—Hoy era así, mañana no lo sabemos. Aun así, muchos saben que estamos al servicio de los Hurtado, y al ver que nos vamos sin ellos atraeríamos todas las sospechas. Podrían acusarnos de abandonar a los hijos de nuestros señores, y llevarnos presos, o algo peor.
—Por eso no podemos dejarlos aquí —dijo una voz de mujer—. Los guardas nos registrarían por si hemos robado algo, nos obligarían a regresar a esta casa y a que retomáramos nuestros puestos. No, tenemos que marcar esta casa con la cruz roja que indica que está infectada. Si nos paran, debemos decir que han muerto de peste solos, en sus habitaciones, sin contacto con nosotros, y que por eso nosotros nos marchamos y nos llevamos nuestras posesiones con nosotros. Tenemos que matarlos. Así no podrán delatarnos, ni serán una carga para nosotros.
Se hizo un silencio tan profundo que creí que escucharían el sonido de mi respiración.
—¿Cómo lo haremos? —preguntó Fadrique.
—Sobran los venenos con los que hacerlo. Lo importante es que si los encuentran piensen que ha sido por la enfermedad.
Sentí cómo dos lágrimas me empañaban los ojos. Quien había hablado con tanta dureza era Mariquilla, mi nodriza, la mujer que me había criado.
De manera que a la noche siguiente, aquel 6 de agosto sin luna ni una brizna de viento, fingí que estaba más cansada que de costumbre y quise acostarme pronto.
—No tenéis nada —dijo Mariquilla, midiendo el calor de mi frente con el dorso de su mano—. No seáis caprichosa. A nadie le gustan las doncellas que se quejan por todo.
—Será el calor —contesté—. Me voy a retirar: quizás así mañana me encuentre mejor. Ama —añadí—, mi padre me dejó encargado que si no regresaba antes del 5 de agosto se abriera la orza grande de chorizos, la que está marcada con el número 7, porque creía que se estaban picando, para darle un gusto a los criados. Encárgate de que sea así.
—Pero eso se lo habría dicho al mayordomo.
—Eso pensé yo —dije, y me sentí muy astuta, porque había previsto la pregunta—, pero me dijo que no se fiaba de que esperara hasta el día 5 si se lo decía, porque todos sabemos que Fadrique es un glotón y que su estómago no tiene fondo.
Mariquilla se rio entre dientes.
—Eso es verdad. Sobre todo con los chorizos. Gracias, niña, hoy alguno dormirá feliz.
Ana me ayudó a sacarme el vestido y me cepilló el pelo, como todas las noches, me lo trenzó, y luego nos dejó. Mientras tanto, Mariquilla doblaba las prendas de ropa. Luego me arropó en la cama, pero por primera vez me di cuenta de que hacía todo aquello con cierta brusquedad, con la mente en otra parte.
¿Cuánto hacía que ya no me quería, que me había convertido en un estorbo para ella? A diferencia de otras nodrizas, Mariquilla nunca se había mostrado demasiado cariñosa y mantenía las distancias conmigo, pero ella me había alimentado, me había enseñado a caminar, siempre había estado a mi lado. Me contaba historias de su aldea, leyendas en las que siempre había lobos y ovejas desobedientes y un monstruo de río llamado la Tarasca. A veces me hablaba de su hijo, el que había dejado atrás para amamantarme y cuidar de mí. ¿Cuándo había considerado que yo era un estorbo del que deshacerse?
Cuando cerró la puerta a sus espaldas me levanté con todo sigilo. Abrí la puerta de mi alcoba y Blanchete alzó las orejas, extrañado. Aguardé hasta que escuché, muy lejanos, risas y gritos en la dirección de la cocina. El banquete inesperado los mantendría entretenidos algún tiempo, pero debía moverme con rapidez. No sabía cuánto tiempo tenía. ¿Habrían decidido ya la fecha de nuestra muerte? ¿Con qué excusa nos suministrarían el veneno? ¿Un vaso de leche, una tisana para que durmiéramos mejor?
Abrí el arcón de mi ropa de invierno, donde esa tarde había metido una camisa, una falda, un corpiño y otras prendas que había robado de las habitaciones de las criadas. ¿En eso me había convertido yo, la hija de la casa de los Hurtado, en una ladrona? Menos mal que mi madre no podía verme. Se hubiera muerto de la vergüenza.
La falda me quedaba demasiado grande y la camisa muy larga, pero estaban confeccionadas con tejidos fuertes y resistentes y, sobre todo, eran prendas comunes que no delataban quién era yo ni mi rango. En un momento de tanto peligro debía disfrazarme de manera convincente. Me hice un moño apretado con las trenzas, y las fijé en la nuca. Muchas mujeres llevaban un mantón colocado sobre sus cabezas de tal manera que solo mostraban un ojo y parte de la mejilla; pero yo tengo los ojos azules, y es fácil reconocerme por ese rasgo porque casi todas las jóvenes de Toledo presumen de bonitos ojos negros.
Además, esas prendas más bastas se ataban por delante, y me permitían vestirme sola. Desde que nací mis vestidos y mis corpiños han necesitado al menos una persona más para ajustarlos. Ana, la doncella, los cosía o ataba con cordones sobre mi cuerpo, encajaba mangas u ocultaba pliegues. Las nuevas prendas me rasparon la piel y me parecieron pesadas. Estaba acostumbrada a la seda crujiente, al hilo fino de mi ropa interior y a las bonitas zapatillas de tafilete: mis pies parecían mucho más grandes de lo que eran dentro de los botos que había conseguido. Allí, en mis arcones, quedaban las ropas de boda y el ajuar que con tanta paciencia habíamos planeado y bordado mi madre y yo. Ya no me servía de nada.
Revisé mi alcoba por última vez. ¿Qué más podría necesitar? Me llevaba mi espejo de cobre bruñido, un pequeño libro en blanco en el que a veces anotaba algunos hechos de mi vida, algunas joyas mías y otras que había escamoteado de la habitación de mi madre y que no tenían demasiado valor; las caras, las alhajas de familia, se encontraban en un bargueño con infinidad de compartimentos secretos, pero mi madre se había llevado la llave con ella, y puede que también las joyas. No tenía tiempo ni modo de saberlo.
Entonces me dirigí hacia la jaula de Crispín, abrí la portezuela y le tendí la mano. El papagayo se asomó con curiosidad y subió a mi brazo, luego dio unos paseos tímidos sobre la mesa y ladeó la cabeza de colores brillantes.
—¿Manzana? ¿Manzana?
—No, Crispín, hoy no puedo darte manzana.
—¡Fea! —gritó—. ¡Bruja! ¡Fea!
Abrí la ventana de la alcoba y le hice una señal. Él volvió a mí unos ojillos desconfiados.
—Doña Magdalena —dijo.
—No está aquí —contesté, y estuve a punto de echarme a llorar—. Vete. ¡Si te pillan te comerán! Aquí no le caes bien a nadie —le dije, y luego pensé: «Como yo»—. ¡Vamos, vete! No dejes que te atrapen.
