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UN VIAJE QUE HABLA DE LO QUE SE DESVANECE Viajar es moverse y transformarse. Supone algo más que una colección de destinos: implica comprender la fragilidad de cada lugar, que todo cambia y que la memoria se alza como el único territorio que permanece. En esta obra Espido Freire nos lleva de la mano por escenarios que se viven, pero que luego se desdibujan y se transforman: el Damasco anterior a la guerra, los páramos solitarios de Yorkshire, el Madrid galdosiano, Bath y sus ecos de Jane Austen. Cada lugar funciona como un espejo donde se entrecruzan la literatura y la vida, la historia y lo que queda de ella. Guía de lugares que ya no existen es más que un libro: es un mapa emocional, un cuaderno de viaje escrito con la tinta de la nostalgia y la lucidez. UN LIBRO SOBRE LO QUE SIGNIFICA VIAJAR QUE CAUTIVARÁ TANTO A AMANTES DE LOS VIAJES COMO A QUIENES BUSCAN HISTORIAS INSPIRADORAS
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Seitenzahl: 183
Veröffentlichungsjahr: 2026
Índice
PRÓLOGO. LOS LUGARES QUE YA NO EXISTEN
LAS ROSAS DE DAMASCO
LAS CIUDADES INVISIBLES
LOS TRENES FANTASMA
TAN CERCA, TAN LEJOS
ULTREYA
MINERVA SULIS
LOS PÁRAMOS OCULTOS
LAS CABRAS EN LOS ÁRBOLES
EL CAMINO AL NORTE
AMOR ANTES DE QUE LA ISLA SE HUNDA
EPÍLOGO
Obra ganadora del Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes 2025.
© Espido Freire, 2025.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en libro electrónico: enero de 2026
REF.: OBEO019
ISBN: 979-13-7031-101-8
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
El Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes, convocado por el Grupo Hotusa con la colaboración de la Universitat de Barcelona y RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., tiene por objetivo fomentar la creación y divulgación de obras literarias de viajes escritas en español. Espido Freire, autora de este libro, fue la ganadora del Premio Eurostars Hotels 2025. El jurado estuvo compuesto por los escritores Carme Riera, miembro de la Real Academia Española; Alfredo Conde, Premio Nadal y Premio Nacional de Narrativa; Ana Sanjurjo, directora de Hotusa Hotels; el Dr.Adolfo Sotelo, catedrático de Filología Hispánica por la Universitat de Barcelona; y José Manuel Esbrí, director general de RBA Libros.
Toda la información sobre el premio en www.premioeurostarsnarrativa.com.
PARA LA NIÑA
Y cuando, muerto de aburrimiento, te asalte la nostalgia de climas y costumbres exóticas, de periódicos impresos en misteriosos caracteres, de curiosos bebedizos, de ropa de extraño corte y colorido, acuérdate de que para alguien nosotros somos los antípodas: un remoto, increíble pueblo al otro lado del mundo, casi al otro lado de la vida; personas a las que quedarse mirando, mirando, asombrados... Nosotros, los antípodas, somos así.
MÀRIO QUINTANA (1906-1994),
«Do inédito», Sapato florido
En esta corriente siempre en movimiento y dentro de la cual no hay punto alguno de referencia, ¿qué le sucede a las cosas fugaces que en tan alto aprecio tiene el hombre?
Quien por eso se preocupe es como si decidiera enamorarse de un gorrión que pasa volando para perderse de vista en un segundo.
MARCO AURELIO (121-180),
Meditaciones
Cuando era una niña, descubrí que los lugares dejaban de existir, que desaparecían, engullidos como la ballena se había tragado a Jonás, o como las arenas movedizas atrapaban a los exploradores demasiado osados. Pero a diferencia de las historias que había leído a esa edad, los lugares no regresaban como por arte de magia. Al fin y al cabo, la ballena había escupido a Jonás en las costas de Nínive, y Tarzán siempre aparecía a tiempo para salvar a los incautos blancos que desoían los consejos de los sabios cameruneses.
Había que estar muy pendiente de los lugares, porque, al contrario de lo que todos parecían creer, no se encontraban firmemente anclados a la tierra ni definidos por marcas o fronteras. Por supuesto, entonces el mundo me pertenecía, de esa manera descomplicada y evidente en la que los niños ocupan todo el espacio disponible, y juegan sin reparar en el precio de los muebles o corren y lanzan alaridos de alegría por los sitios más sagrados. Mi casa era mía, mi pueblo era mío, pero mías eran también las casas de mis abuelos, el monte al que subíamos cada domingo para comer un bocadillo en su cima, y los castillos en los que habitaban las hadas de mis cuentos, el reino en el que Sherezade luchaba cada noche por su vida y los campos en los que los tres cerditos construían sus casitas contra el lobo.
Y lo que aún no era mío esperaba a que lo conociera para empezar a serlo: yo ansiaba una vida con muchos viajes, en la que pudiera recorrer infinitos paisajes, y conocer aquello que solo intuía. Debía darme prisa en crecer, porque sospechaba que algunas de aquellas tierras que deseaba conocer podían desvanecerse en cualquier momento: yo lo sabía porque lo había visto en mi propia casa, había sido testigo de cómo los campos cuidados, los caseríos blancos y rojos que salpicaban la ribera del río, los huertos que crecían en sus orillas desaparecían en el verano de 1983, cuando abandoné mi tierra para ir a la de mis abuelos, en el eterno mes de vacaciones de la niñez.
En algún momento de mi ausencia, el río Nervión, que atravesaba el valle de Ayala para desembocar en el mar Cantábrico, se había convertido en una fiera salvaje que había cubierto de barro y un amasijo de hierros y hojarasca podrida todo lo que yo conocía. El gran Bilbao, la zona industrial que había sido el orgullo de Euskadi y la razón por la que jóvenes como mis padres habían emigrado allí durante los años sesenta y setenta, boqueaba sin oxígeno en el lodo, como un pez al que hubieran arrancado del agua.
Vimos esas escenas terribles a través de la televisión. El 26 de agosto de 1983 cayeron más de 500 litros de agua por metro cuadrado sobre Bilbao y sus alrededores. Diez días más tarde, cuando regresé en tren en lo que fue uno de los viajes más tristes de mi vida, el corazón me palpitaba en la garganta con un latido seco y me dolían los ojos cuando miraba por la ventanilla como si el sol los hubiera deslumbrado: de pronto me encontraba cara a cara con la Nada que Michael Ende describía en La historia interminable. Un vacío inacabable formado por lodo, plásticos enmarañados, hierba corrompida. Las paredes en el Casco Viejo de Bilbao mostraban aún la marca de hasta dónde había llegado el río, y las puertas de muchas casitas bajas, de infinidad de negocios pequeños, no volvieron a abrirse. Todo lo había cubierto el silencio, como una manta mojada y demasiado pesada como para arrastrarla.
Desapareció el trazo de los arriates del bello parque de los Marqueses de Urquijo de Llodio, convertido en parque municipal, con las fuentes reventadas y los estanques que se alimentaban del cercano arroyo convertidos en silos de barro. Algunos de los árboles que crecían desde hacía décadas cerca del río se habían caído y esperaban, derrotados, que los convirtieran en leña. Varios de los puentes colapsaron, las vías de tren se retorcieron sobre sí mismas, y los coches flotaban como lanchas de colores improbables. El barco Consulado, anclado de manera permanente en la ría, se liberó y, tras tambalearse y chocarse varias veces contra los muelles y otros barcos, se perdió bajo las aguas.
Y yo pensaba que en las sagas nórdicas así comenzaba el fin de los tiempos, el Ragnarök. Las estrellas caerán del cielo, describía la Edda Mayor, la tierra se sacudirá de tal manera que las montañas se desmoronarán, los árboles se desarraigarán. La serpiente Jörmungandr se sumergirá en el agua, y eso hará que el océano inunde la tierra, con lo que el barco Naglfar, construido con las uñas de los muertos se liberará de sus amarras y navegará sobre las aguas enfurecidas de la inundación.
Pero ¿a quién podía contarle una niña de nueve años que estaba convencida de que todas las señales apuntaban hacia el fin del mundo? Porque, efectivamente, pese al titánico esfuerzo de todos, pese a la limpieza, las ayudas, la determinación férrea de los habitantes de la zona por continuar adelante, aquel mundo desapareció.
Muy lentamente la comarca volvió a recuperarse, pero nunca volvió a ser lo que fue. Lo viejo fructificó y dio paso a una nueva manera de entender el territorio, modificó las calles, se reforzaron los puentes, ampliaron el margen del río voraz. Con el tiempo aterrizaría junto al agua, en la Ribera de Deusto, una nave espacial de titanio que lo cambiaría todo, pero que no devolvió lo que la riada se había llevado.
Por entonces los metales pesados que anidaban en el cieno se entremezclaron con la sangre y el aliento de los niños, y nos afectaron mucho y a muchos. Yo fui una de las que caí enferma; desde entonces no he vuelto a saber qué significa respirar sin esfuerzo. Sin saberlo, me encontraba tan enlazada con la tierra que lo que se le hizo a ella lo encarné en mi cuerpo de nueve años, que tampoco fue nunca el mismo. El agua encolerizada me encontró, inundó mis pulmones, anegó mis bronquios pese a que me encontrara muy lejos. Aun así, como Bilbao, encontraría una manera de salir adelante aferrada al arte y a las nuevas historias.
Aquel fue el primero de los lugares que perdí.
Algún tiempo después, quizás al siguiente verano, aquellos agostos eternos de moscas en torno a los cercos que dejaban los vasos de vino de los mayores, de aburrimiento infinito y de descubrimientos deslumbrantes, el segundo de los lugares que consideraba mío se esfumó ante mis ojos. Era un prado vecino a uno que poseían mis abuelos, en una aldea de Galicia, y que yo veía si me subía a uno de los árboles cercanos. Con la espalda sólidamente apoyada contra el tronco del roble y las piernas en una flexión estudiada, lo que me rodeaba en aquel rincón secreto era cielo, hojas y liquen blanquecino, el canto de los pájaros y el chirrido ferruginoso de las cigarras, que se ocultaban en algún lugar del paño de hierba de aquel prado.
Aquel verano, cuando regresé y me subí con cautela al roble, los pies rozados por las tiras de las cangrejeras azules con las que corría, me habían arrebatado el prado. Una casa cuadrada, fea, con los bloques de hormigón aún a la vista y una escalera exterior que recorría como una oruga dos de las paredes, se alzaba en mitad de la finca, en la que ya no crecía hierba. Las cigarras se habían escabullido, y las hojas del roble se quebraban, secas, la primera señal de que el árbol moriría en pocos meses. Muy despacio, me acerqué a atisbar entre las zarzas de la linde.
Aquello era el horror, un universo de pesadilla que emergía para hacerse con la belleza, la armonía y la paz de aquel lugar, y, si no corría lejos de allí, me atraparía, nos atraparía a todos. No volví a aquel rincón ni a subirme al roble que también desapareció. Desde entonces me encerré en la casa con los libros, dentro de los que podía confiar que nada cambiaría por mucho que los leyera una y otra vez.
Aún sueño con aquella casa erigida en mitad del humilde paraíso que había escogido, y me despierto angustiada, y tardo un rato en recordar que ya no tengo diez años y que hace mucho tiempo que aquello que temía se convirtió en realidad. Las casas, para las que se había ahorrado durante tanto tiempo de emigración y de privaciones, crecieron en todos los terrenos de los alrededores, y la aldea ganó carreteras, instalaciones eléctricas, servicios y aceras, aquello que temía la niña que rechazaba denodadamente toda forma de modernidad. No entendía entonces lo que suponía que se llevara una farola al campo, que se asfaltara un camino. Aquel era mi feudo, mi dominio, y no deseaba que cambiara. Me tendía sobre la hierba como podía hacerlo sobre las sábanas de mi cama, y en ella hundía las manos y los dedos de los pies, que regresaban a casa manchados de la tierra que se colaba en las sandalias de plástico. Todo aquello era mío y me lo estaban arrebatando, pedazo a pedazo.
Desde entonces he visitado a menudo lugares que yo sabía condenados a desaparecer, que se esfumaban entre mis manos: muchos de ellos los congelé en palabras, como si las historias que contaba les insuflaran un poco más de aliento, y pudieran conservarlos en una ampolla de cristal, un eco, un reflejo de lo que se perdió. Siempre he querido hablar de mis viajes a los lugares que ya no podré visitar salvo en mi recuerdo, en mi memoria o en mi fantasía. Dicen que no debe regresarse a los lugares en los que uno fue feliz; en mi caso, esa frase se ha convertido en realidad muchas más veces de las que debería.
Aterricé en Damasco el 12 de febrero de 2011, cuando la noche ya se entremezclaba con el polvo: las ciudades desconocidas parecen idénticas en la oscuridad, sobre todo en la tierra de nadie que se extiende entre el aeropuerto y los primeros arrabales, durante esos momentos en los que el olor del país nuevo nos golpea sin que podamos aún decidir si nos gusta o no, y en el que el sueño o la desorientación han convertido el tiempo en una sustancia pastosa que desgranamos entre los dedos.
Me habían invitado a que celebrara con los estudiantes y los jóvenes aficionados a la lectura el día de San Valentín, que se dedicaba no solo al amor, sino también a la amistad. El amor y sus errores han ocupado buena parte de mi vida y varios de mis libros, y me aferré a esa excusa para visitar un país que todos me habían insistido en que debía conocer: nunca he necesitado un pretexto para viajar, pero sí para destinar mi tiempo al viaje, y más aún en un momento en el que la Gran Recesión hundía sus dientes en nuestra carne tierna. Bastaron unos pocos meses para que todo lo construido a lo largo de muchos años se derrumbara, pero por entonces aún no lo sabíamos; vivíamos en la negación y la culpa, y en un desesperado huir hacia delante. Los brotes verdes que habían anunciado en la economía en 2009 se agostarían antes incluso de haber asomado.
Damasco era una ciudad joven, muy joven, y rebosaba entusiasmo. De sus casi dos millones de habitantes, la gran mayoría no llegaba a los treinta años.
La juventud no solo se percibía en el número de adolescentes que poblaban las calles, en los niños que jugaban al fútbol en las plazas y en cada uno de los lugares en los que una portezuela sirviera para marcar un gol, sino en una energía chispeante y vigorosa, similar a la que se percibe cuando se cruza la puerta de un instituto o de un centro juvenil: había algo desordenado y caótico, pero también el dinamismo de quien encuentra aún todo por hacer. De honda raíz romana y con una larga tradición de convivencia entre judíos, musulmanes y católicos, se mostraba al mismo tiempo muy vieja, decrépita incluso en algunas zonas, y recién creada o, aún mejor, en el proceso de moldearse a gusto de quienes allí habitaban. A diferencia de otros países mediterráneos, en las calles no abundaban los desocupados ni los ociosos: salvo algunos ancianos parsimoniosos en los cafés, todos se dirigían a algún lugar, todos parecían con un encargo urgente que resolverían en cuanto pudieran.
Menudeaban los extranjeros y nos reconocíamos entre nosotros, para decepción de quienes jugaban a ser viajeros, y se avergonzaban de percibirse como turistas. En la calle se escuchaban varios idiomas, a menudo entremezclados en la misma conversación. Damasco se construía ante nuestros ojos, cerraba nuevos tratos, iniciaba proyectos nuevos, compraba, vendía. Se veían paredes a medias por todas partes, casas que se ampliaban o que sustituían a otras ya derruidas.
Los tenderetes con frutos secos y algodón de azúcar se encontraban en cada calle ante tiendas repletas de baratijas, pero tras algunos de ellos se entreveían comercios lujosos, joyerías con el precio escrito con esmero en cifras arábigas, con las que resultaba imprescindible familiarizarse. El impresionante caravasar de Asad Pasha, edificado para albergar a los comerciantes de paso y sus caravanas, no dejaba lugar a dudas: con sus ocho cúpulas elevadas hasta el infinito y el mareante efecto óptico de sus paredes listadas en blanco y negro, no se limitaba a un lugar de abrigo, sino a una manifestación de ostentosa prosperidad.
En las últimas décadas, las grandes marcas internacionales habían aterrizado para quedarse, y muchas mujeres, impecablemente vestidas, lucían bolsos con siglas muy reconocibles. Las maquilladas con mayor cuidado, las que lucían las cabelleras negras o rojizas como telarañas sobre los hombros, las que vestían de una manera más llamativa eran cristianas, me contaron.
Desde lo alto de la terraza del hotel, las calles se convertían en un laberinto cuajado de cúpulas. Junto a la ciudadela, en la zona antigua de Damasco, la mezquita de los Omeyas se desperezaba con el canto a la oración, como una gigantesca tortuga que elevara con cautela la cabeza antes de hundirla de nuevo en su caparazón. En su vientre se cobijaba el oro del tesoro sirio, y la tumba de San Juan Evangelista, al que el Islam considera uno de sus profetas. Para honrarlo, se edificó una capilla construida por el califa omeya Walid I en el año 705.
Hay varios lugares que pugnan por albergar los restos del santo decapitado, el hijo de Zacarías; el de Damasco era un fanal de vidrio verde, rodeado de alfombras coloridas, un templete dentro de otro. Un caparazón sobre otro caparazón: la mezquita se erigía sobre la catedral bizantina que ordenó alzar el emperador romano Constantino I, que sustituía al templo romano primitivo dedicado a Júpiter Damasceno, que a su vez sustituyó al dios sirio Hadad, y cuya intención se puede adivinar en el templo del Sol de Palmira. Habla de lo poderosa que fue Damasco durante la Ruta de la Seda.
Pero el Saladino que pobló durante siglos la literatura cristiana como símbolo del enemigo en buena lid, del rey árabe más sabio y más justo, también descansaba en un mausoleo al costado noroeste de la mezquita. Su ataúd de madera yacía bajo unas abigarradas colgaduras de seda verde y bordados dorados. Saladino aparece en El conde Lucanor y en las novelas decimonónicas de Walter Scott sin apenas variaciones en su figura.
Más allá, próxima al río Barada, se encontraba la mezquita Tekkiye, inconfundible, con sus minaretes gemelos que habían servido de inspiración a tantas ilustraciones de Las mil y una noches. Más acá, el palacio Azem, la más hermosa mansión que vi en la ciudad. Las flores de sus jardines aún no se encontraban en su esplendor, pero un poco más adelantada la primavera, el palacio se convertía en la metáfora del lujo oriental: el sonido de las cascadas de las fuentes y el aroma de las flores se entremezclaban desde el siglo XVIII con los mármoles de las paredes y el trabajo de policromía, delicadísimo, que las cubría. Entonces era un museo: en su momento, había sido la visión de un hombre de gusto, el gobernador Pasha al-Azem.
La calle Recta, la vía que une el este y oeste de Damasco en la Ciudad Vieja, y que, como indicó Mark Twain con cierta sorna, no era recta, rebosa de tiendas con telas, abalorios, especias y dulces, pero a mí me contaba otra historia: allí, según los Hechos de los Apóstoles, habitó el hombre que configuró el cristianismo, Saulo de Tarso, un radical, un hombre dispuesto a justificar sus actos en cada momento sin mirar atrás ni explicar demasiado sus contradicciones.
Nos lo han contado muchas veces: bajo el sol ardiente de la región, camino hacia Damasco, Saulo avanzaba con paso firme desde Jerusalén, impulsado por un propósito que hasta entonces le parecía incuestionable: aquellos que desafiaban las tradiciones con sus creencias en un nuevo Mesías no merecían otra cosa que la persecución. Era un judío de la diáspora de Turquía, perteneciente a la tribu de Benjamín, y había recibido una estricta educación religiosa de orientación farisea, bajo la tutela del respetado rabino Gamaliel.
Saulo había tomado parte en el juicio y la muerte de Esteban, el primer mártir cristiano, y consideraba, sin sombra de duda, que los cristianos eran una amenaza para la ley judía. Cuando se dirigía a Damasco con una comitiva de hombres, cumplía órdenes: la herejía debía erradicarse.
En un instante, la luz lo envolvió, el polvo formó un remolino a su paso y quedó ciego. Saulo cayó de rodillas, desorientado, y en ese silencio absoluto escuchó: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Ese momento, narrado en Hechos 9:3-7, ha impregnado el lenguaje popular: caerse del burro sigue significando el momento en el que alguien abandona una idea a la que se aferraba.
En las tinieblas, sin más guía que las palabras que había oído, Saulo se hospedó en la calle Recta a la espera de que algo ocurriera. Hacia allí se dirigió Ananías, un seguidor de Jesús al que una visión le ordenó que buscara la casa de Judas y preguntara por un viajero que había nacido en Tarso. Dura misión la de este hombre, la de acoger en su seno a quien había planeado matarlos. Ananías, pese a sus dudas, se encontró con Saulo y, cuando le impuso las manos, unas escamas cayeron de sus ojos, recobró la vista y recibió el bautismo.
Ya no era el mismo hombre ni había vuelta atrás. Allí, entre los muros de la ciudad, su voz comenzó a elevarse con un nuevo mensaje: el Cristo al que perseguía era, en realidad, su salvador. Sus amigos y colaboradores no comprendían nada. ¿Qué decía Saulo ahora? El precio de su transformación fue convertirse en un traidor.
Le avisaron de que corría peligro: ahora se encontraba en el otro lado, el de los marginados. Su huida fue silenciosa, urgente. En la oscuridad de la noche, sus seguidores lo ayudaron a escapar, descolgándolo por un muro. Y así comenzó su travesía, no ya como Saulo el perseguidor, sino como Pablo el apóstol. Desde Damasco, su viaje lo llevaría a los confines del mundo conocido.
—Es una lástima que no encuentres tiempo para acercarte a Alepo, qué tristeza que no hayas incluido Palmira en este viaje —me decían quienes encontraban que Damasco estaba cambiando con demasiada rapidez como para que mostrara la esencia de un país tan rico en patrimonio cultural que no podía atender a todo lo que se poseía ni documentar todo lo que se descubría.
—La próxima vez —decía yo.
