Mi tía Jane - Espido Freire - E-Book

Mi tía Jane E-Book

Espido Freire

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Beschreibung

Basada en hechos y documentos estrictamente históricos, Espido Freire nos presenta a la verdadera Jane Austen: ingeniosa, mordaz y mucho más humana de lo que la historia oficial nos ha contado. Edición especial con motivo del 250 aniversario del nacimiento de Austen. Julio de 1817: Edward Austen asiste al funeral de su tía Jane, sin imaginar que ese momento será el inicio de una búsqueda extraordinaria. Cuando su tío Henry revela públicamente que Jane Austen era la autora de Orgullo y prejuicio y Emma, la familia se ve obligada a proteger su legado de una manera inesperada. Movido por la curiosidad y el afecto, Edward se embarca en un viaje íntimo a través de recuerdos, testimonios y secretos familiares que trascienden la literatura. A través de conversaciones con su tía Cassandra -quien ha quemado las cartas más comprometedoras- y otros familiares, Edward reconstruye la vida de una mujer rebelde y profundamente humana. Descubre romances frustrados, la existencia de un hermano oculto con discapacidad y las decisiones dolorosas que marcaron a los Austen, revelando una Jane mucho más compleja de lo que el mundo imagina. Espido Freire nos transporta a la Inglaterra georgiana, donde las mujeres luchaban por encontrar su lugar y la familia era refugio y guardián de secretos. Desde los salones de Bath hasta Chawton Cottage, la autora entrelaza historia, drama familiar y humor para ofrecer un retrato íntimo de los Austen. La novela explora temas como la relación entre hermanos, los sacrificios personales, la educación femenina y la lucha por la libertad creativa en una sociedad llena de restricciones. Mi tía Jane es más que una biografía novelada: es una saga familiar de secretos, personajes fascinantes y emociones profundas. Descubre el amor fraternal, los secretos guardados y la determinación de preservar el legado de una escritora única.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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1. Adiós, tía Jane

Winchester, 8 College Street

Nunca, en mis dieciocho años de vida, me había sentido tan desolado como aquella mañana del 24 de julio de 1817. El sol había asomado un poco durante unas horas, pero pronto volvió a llover, como la semana anterior y como la anterior. Aunque el trayecto entre Steventon y Winchester no era largo, los caminos estaban cubiertos de un barro fino que me había salpicado hasta los ojos, y me sacudí como pude el manto y el sombrero en la entrada de la casita gris que se alzaba ante mí.

Tomé aire antes de llamar a la puerta: al otro lado se encontraban tres de las mujeres que más me querían en este mundo. Una de ellas era mi madre. La segunda era mi tía Cass y la tercera mi tía Jane. Dos de ellas estarían destrozadas por el dolor, y la tercera, mi tía favorita, la divertida, la que siempre estaba de buen humor, la que siempre tenía tiempo para mí, muerta. Aunque llevaba tiempo enferma, aún no podía creérmelo. Un mes y medio antes, mientras yo asistía a mis clases en Oxford, mi padre me había escrito una carta en la que no me permitía que me hiciera ilusiones.

Steventon, 4 de junio de 1817, jueves

Mi querido Edward:

Me duele mucho escribir esto, y a ti te dolerá leerlo, pero debo decirte que ya no podemos engañarnos, y que no hay ni la más mínima esperanza de que nuestra querida y valiosa tía Jane vuelva con nosotros. El doctor Lyford nos ha dicho con franqueza que su caso es desesperado. Tu abuela está sufriendo mucho, pero nada comparable a cómo lo vive Cassandra. Nos da muchísima pena. Tu madre está con ella en Winchester desde el viernes y no regresará hasta que todo haya terminado; cuánto tiempo será eso, no lo sabemos. Te informaremos si hay algún cambio; debes prepararte para lo que la siguiente carta pueda anunciar.

Tu padre, que te quiere,James Austen.

Al pie de la carta mi hermanita Caroline, de doce años, había garabateado.

Edward, estoy muy triste. Ahora me siento como si no la hubiera querido ni valorado todo lo que se merecía.

Yo también me sentía así. La carta, que tanto había temido, había llegado a Oxford el día 20 de julio, y yo, después de haber explicado la situación en la universidad, había regresado a casa cuanto antes, a la rectoría de Steventon donde vivía con mis padres.

—Vaya, qué buena excusa para perderse algunas clases —había dicho William Sloane, mi compañero de cuarto, que siempre se comportaba como un cretino pero se esmeraba especialmente en las ocasiones en las que se requería un mínimo de humanidad—. Voy a empezar a usarla, y así, cada vez que se muera alguna de mis viejas tías, me darán unas vacaciones.

—No sabes lo que dices, estúpido —le respondí—. Nunca habrá nadie como mi tía Jane.

En Steventon me encontré a mi padre en la cama, pálido y debilitado, y a mi hermanita, que no se separaba de él, hecha un mar de lágrimas.

—¿Tú también estás enfermo, papá?

—No me encuentro bien desde hace un tiempo, Edward. Me recuperaré de esto. Pero todos estamos de acuerdo en que la pena y la tensión de acudir al entierro no me convienen, y menos aún con el tiempo de perros que está haciendo. Caroline cuidará muy bien de mí. El resto de tus tíos están ya allí para el entierro y confío en ti para que representes a la familia en mi nombre.

—¿En mí? ¿Iré yo solo? —pregunté, atónito.

—Tu tía Jane fue la primera persona que te tomó en brazos cuando viniste a este mundo, y es justo que tú la acompañes en los últimos pasos que ella dé.

De manera que allí me encontraba esa mañana, casi sin haber dormido, ante la casa en la que mi tía Jane había pasado los últimos meses de su vida. Se había mudado con la esperanza de que el doctor Lyford, que vivía en Winchester y que era toda una eminencia, averiguara qué le ocurría. Sentía una debilidad extrema, se le había oscurecido la piel y le sentaba mal casi cualquier cosa que comía. La tía Jane no era mayor: tenía cuarenta y un años, y, salvo por unas fiebres tifoideas cuando era una niña, no había estado enferma jamás. Al contrario, cuando alguien de la familia enfermaba ella se encargaba de cuidarnos y de consolarnos, y conocía como nadie los interminables síntomas de la enfermedad imaginaria de la abuela, que, desde que yo recordara, siempre había estado, según ella, a un paso de la tumba.

Por fin reuní el valor y llamé a la puerta con suavidad. Me abrió una criada que no conocía, y que me guio, en silencio, al salón de la casita. Allí, vestidas de luto de pies a cabeza, se encontraban mi madre y mi tía, y en el centro de la habitación, rodeado de ramos de flores, vi el ataúd de madera de nogal. Casi no me atrevía a mirarlo y, al mismo tiempo, no podía apartar la vista de él. Las cortinas ocultaban la luz de las ventanas, y las velas que iluminaban la habitación se habían consumido casi por completo. Abracé a mi madre, y apenas había dado dos besos a la tía Cass, cuando noté cómo una mano se apoyaba en mi hombro.

—Muchacho, ¡cómo me alegro de que hayas llegado! Ahora sí, ahora ya estamos todos.

Era mi tío Henry, el único capaz de mantener la sonrisa incluso en momentos como ese. Hizo una señal a la criada y otra a mí, para que me sentara a su lado.

—Traedle un té, y algo de comer. En unos minutos debemos salir para la catedral. He tenido que mover muchos hilos y pedir unos cuantos favores, pero he conseguido un hueco para que Jane se entierre allí, en el pasillo de la pared norte; eso sí, el funeral debe haber finalizado antes del servicio de las diez, con lo que no podemos despistarnos con el tiempo. Come un bocado y arréglate un poco. ¡Te avisaré cuando llegue el momento!

Me llevaron a la salita contigua y trajeron una bandeja con una taza de té y una sopa humeante que rápidamente me revivió, e hizo que entrara en calor. Entonces tres mozos de la catedral, vestidos con la librea oficial, pidieron permiso para ocuparse de todo, retiraron las flores y colocaron el ataúd en el coche funerario que aguardaba fuera. Tía Cass cogió dos margaritas blancas y las puso con delicadeza sobre la madera. Mis tíos y yo nos alineamos detrás del coche: allí estaba el tío Henry, el banquero, y Frank, el marino. Mi otro tío, Edward Knight, el rico heredero, por quien yo recibí mi nombre. Y yo, en nombre de mi padre, James. De los hermanos Austen solo faltaba el menor, Charles, al que le había sido imposible venir desde Eastbourne. Él también era marino.

La breve comitiva se puso en marcha. Recorrimos College Street a paso lento. Después, a la derecha, cruzamos bajo la muralla y entramos en el recinto de la catedral. Yo volví la cabeza. No era costumbre que las mujeres asistieran a los funerales, y la tía Cass se había quedado en la casa, asomada a la galería acristalada del primer piso. Cuando dobláramos esa esquina desapareceríamos de su vista, y ella ya no volvería a ver a su hermana, a la que tanto había querido. Con un suspiro, continué, paso tras paso. Bordeamos la catedral, y después entramos por la puerta principal, que nos esperaba abierta de par en par.

Muy pronto todo había acabado. Volvimos a la casa y nos sentamos de nuevo en el salón, unos frente a los otros, en silencio. Trajeron más comida y bebidas calientes para todos. Henry me tendió un periódico, y golpeó sus páginas con el dedo índice:

—Mira, apareció antes de ayer en el Courier. Lee la página 4.

Era una necrológica muy breve:

El pasado 18 del corriente mes falleció en Winchester la señorita Jane Austen, la hija menor del reverendo George Austen, rector de Steventon, en Hampshire, y autora de Emma, Mansfield Park, Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad. Sus modales eran siempre amables; sus sentimientos apasionados; su franqueza insuperable.

Devolví a Henry el periódico, mientras él continuaba con su aire satisfecho, como un gato que hubiera cazado por fin el ratón que perseguía. Crucé una mirada con tía Cass. Las ojeras rodeaban sus bonitos ojos oscuros, pero no perdía detalle de mis movimientos. Hice una señal de sorpresa, y ella se encogió de hombros, resignada.

No me cabía duda de que Henry, que se había encargado de los trámites del entierro, y en su momento había negociado los contratos de los libros de Jane, había escrito aquella necrológica. ¿Quién si no? Y en ella revelaba uno de los secretos que la tía Jane nos había pedido repetidas veces que guardáramos: que ella era quien había escrito algunas de las novelas más originales y que habían dado más de qué hablar de los últimos años.

¿Qué iba a pasar ahora que toda Inglaterra lo sabía?

2. La miniaturista

Chawton Cottage

—No es que no lo supiera nadie —me contó unos días más tarde tía Cass—, pero Henry debería haber sido más prudente.

Poco a poco todo volvía a la normalidad. Mi madre y yo habíamos regresado a Steventon, y yo había avisado a la universidad que me incorporaría de nuevo en cuanto mi padre se recuperara. Tía Cass había abandonado Winchester y la encontré de nuevo en la casa donde vivía con la abuela Austen y con otra de mis tías, Martha. Mediaba el verano, pero los días amanecían tan grises como nuestro ánimo.

—¡Qué alegría, mi niño ha venido a verme! —exclamó la abuela, que siempre me recibía como si fuera su único nieto y no uno entre más de veinte—. Ven, déjame que te vea. ¡Qué alto y qué guapo te has vuelto! De todos mis nietos eres el que más te pareces a mi difunto esposo, y a él lo llamaban «El profesor bonito», de manera que imagínate qué futuro te espera.

—Abuela, si me sigue diciendo esas cosas, se me subirán los elogios a la cabeza y me volveré odioso.

—Tendrías que nacer otra vez para volverte odioso. Cuéntame. ¿Cómo están mis gallinas?

La abuela había habitado nuestra casa de Steventon durante muchos años, antes de vivir en Chawton Cottage, y allí había criado una raza de gallinas que aún alborotaban en el patio. La abuela conocía a cada una por su nombre, y me obligaba a llevar una libreta con el recuento de los polluelos nuevos y las gallinas más ponedoras. Se suponía que una señora de su categoría no debía ocuparse de esas cuestiones, pero la abuela había hecho siempre lo que le venía en gana. Cada vez que comenzaba con las historias de sus gallinas, la tía Jane me hacía muecas a sus espaldas y ponía los ojos en blanco, pero ahora no había nadie en su sitio junto a la ventana, solo un hueco que cada vez se haría más y más evidente.

—Mamá está soportando la pérdida de Jane mucho mejor de lo que esperábamos —me dijo tía Cass, una vez que la abuela se hubo retirado a descansar—. Su generación ha pasado por tantas cosas que parece de hierro.

—Pero si la abuela y la tía Jane reñían de la mañana a la noche —solté yo.

—Sí, porque las dos eran iguales, con poca paciencia y de lengua rápida —dijo ella—. Pero precisamente por eso sé que la echará mucho de menos. Ella la mantenía despierta y ágil de mente. Yo soy mucho más aburrida.

No se me ocurrió nada que decirle, porque la tía Cass, con todas sus virtudes, era, efectivamente, bastante aburrida, de manera que decidí cambiar de tema.

—Tía Cass, quería consultarte una cuestión algo delicada, y hablo también en nombre de mis hermanas. ¿Qué debemos contestar cuando nos pregunten por la tía Jane y sus novelas? Desde que aquella necrológica apareció en el periódico, no hay día en el que algún vecino o amigo no nos saque el tema. Nosotros no sabemos qué decir. Mamá es de la opinión de que había que hablar de ello con toda normalidad…

—Sí, claro, por supuesto que a tu madre le gustaría contarlo todo, debería haberlo supuesto —susurró ella.

—… y papá no cree que haya razón para tanto alboroto. Pero ha escrito esto. —Y le tendí una hoja a mi tía.

Unos días después de su muerte, mi padre, a quien no haber acudido al entierro de Jane había afectado casi tanto como si hubiera ido, le había escrito a su hermana un poema de despedida.

Caroline y yo lo habíamos visto muy agitado, tanto cuando cogía la pluma para escribir como cuando los versos no acudían a su mente. Mi padre escribía casi todos los días. La mayor parte de su tiempo lo ocupaban los sermones que dirigiría el domingo a sus fieles, pero también escribía poesía, y tras una pelea constante por cada palabra finalmente finalizó un poema titulado «Venta»:

—¿Qué significa «Venta»? —preguntó Caroline, cuando mi padre nos lo leyó.

—Venta es Winchester en latín, tonta —me burlé yo, y ella se enfurruñó.

—Las chicas no estudiamos latín. ¿Cómo iba a saberlo?

La tía Cassandra cogió la hoja que yo le tendía y leyó en silencio.

¡Venta!, dentro de tu sagrado recinto

reposan muchos guerreros caídos en batalla.

Arriba, a cada lado,

reposan ataúdes de antiguos monarcas sajones.

Abajo, bajo su piedra negra,

duermen obispos con mitra y cardenales.

Pero sin duda, jamás este venerable templo

contuvo más belleza, sensatez y valía

que cuando, ante el féretro de una hermana,

sus hermanos derramaron lágrimas amargas.

En ella —rara unión— se combinaban

una figura hermosa y una mente aún más bella.

Poseía imaginación vivaz, y un juicio claro y firme,

y un ingenio que jamás causó ofensa.

Un corazón tan cálido como jamás latió,

un carácter siempre sereno y dulce.

Jamás escribió una sola palabra

que hiriera los sentimientos de un amigo;

y no dejó línea escrita alguna

que, tras su muerte, deseara haber borrado.

Al llegar a este punto, la tía Cass levantó la cabeza y soltó una risita.

—¿Qué «Jamás escribió una sola palabra que hiriera los sentimientos de un amigo»? Ay, Dios mío, Edward, tu padre nunca conoció bien a Jane.

—¿Qué quieres decir, tía?

Cassandra se arrepintió al instante de haberse dejado llevar por la emoción.

—Nada, no hagas caso a tu vieja tía.

—Ya es tarde. Tía, ¿qué quieres decir? ¿La tía Jane escribía cosas que podrían ofender a otros?

Ella suspiró y se detuvo un momento a pensar cuál sería su frase siguiente.

—No. Porque tenía mucho cuidado en que nadie, salvo yo, leyera nunca lo que escribía de otros.

—Eso es un sí, o se le parece mucho.

—Edward, eres muy inteligente y estás estudiando en la universidad, pero tengo la impresión de que nunca entenderías qué significa que dos hermanas tengan la cercanía y la confianza que nosotras compartíamos. Jane escribía muchas cosas para mí y solo para mí, con la seguridad de que jamás se las dejaría leer a nadie… y a veces… a veces sí, podía ser muy crítica con otras personas, y decirlo de tal manera que hiciera reír a otros. Y tú sabes que muy a menudo yo he necesitado que me hicieran reír. Jane era capaz de, con una sola de sus cartas, levantarme el ánimo en algún día triste, cuando me encontraba fuera de casa…

Sí, mi tía Jane era así; cuando venía a visitarnos, y ella nos pastoreaba de camino a la iglesia como corderitos, nos decía, por ejemplo:

—Ahora, mientras vuestro padre lea su sermón, insertad después de cada sustantivo un «estiércol». El que se ría, pierde.

Y cuando mi padre comenzaba con el sermón semanal, revestido con toda su dignidad, nosotros escuchábamos:

—Amados feligreses estiércol, aunque la semana pasada estiércol hablábamos de la importante de acudir al servicio estiércol los sermones estiércol no son la única forma estiércol de salvas almas estiércol…

Solo con la primera frase nosotros ya habíamos reventado de risa, mientras mi madre nos daba pellizcos en el brazo, mi padre nos miraba indignado y mi tía continuaba leyendo su misal y cantaba sin saltarse una sola nota. La mitad de las veces acabábamos castigados al volver a casa.

—A mí no me miréis —nos decía, sin una pizca de compasión—. Habéis perdido, y eso es lo que les ocurre a los perdedores.

Sin embargo, me costaba imaginármela en esa faceta que mi tía explicaba. ¿Me hubiera dolido leer lo que había escrito de mí? Sé que estaba muy decepcionada con el comportamiento de algunos de mis primos Knight, según ella, unos cabezas huecas que solo pensaban en la caza y en el deporte, y que desde que mi hermana Anna se había casado, ellas dos, uña y carne hasta entonces, ya no lo eran tanto. Pero ¿yo? ¿Habría estado a la altura de lo que ella esperaba de mí?

—No te preocupes, Edward —dijo ella, como si me leyera la mente—. Nadie leerá nada inconveniente escrito por Jane. Ya me he encargado de eso.

—¿Cómo? —pregunté.

—Bueno, cuando regresé a casa después de su entierro, revisé todas las cartas que mi hermana me había enviado a través de los años, unas tras otra. Fue muy duro para mí. Volví a vivir nuestros años de juventud, los buenos y los malos momentos, los viajes y las estancias en las casas de nuestros amigos y hermanos. Separé algunas cartas que regalaré a tus primas y a nuestras amigas, me quedé con algunas y quemé todas aquellas que podrían contener algo desagradable o poco adecuado.

No supe qué decir. Me levanté de mi silla, muy nervioso, y me dirigí hacia la chimenea, que estaba encendida pese al mes del año que era, para que no pudiera verme el rostro. Mi tía notó mi decepción.

—Edward, yo ya sé que los chicos ahora hacéis las cosas de una manera diferente, pero en mi generación es muy habitual el que quememos todo aquello que no queremos que vea la luz. ¡Si hasta lord Byron ha dicho en varias ocasiones que ha quemado varios de sus poemas y que espera que a su muerte sus amigos quemen muchos más!

—Pero tía Jane no era lord Byron. ¿Qué podía haber en esas cartas que fuera tan grave como para quemarlas?

Mi tía se acercó a mí y me tomó las manos.

—Absolutamente nada, Edward. No hay complots políticos, ni especulaciones contra el rey, ni comentarios acerca del estado de la economía, ni nada por lo que puedan acusarla de algún delito. No son cartas interesantes, hijo. Tu tía y yo no hemos tenido vidas de las que poder contar nada más allá de un cotilleo de un vecino, o cómo se encontraba nuestra madre, o qué obra de teatro habíamos ido a ver. Pero a veces…, a veces Jane comentaba algo que… si la persona protagonista lo leyera, se sentiría mal, incluso muy mal. Y ahora que sus novelas se estaban vendiendo tan bien, y que Henry ha dejado caer que esas obras son suyas, tenemos que ser mucho más cautas. No es que no lo supiera nadie; algunos vecinos y algunos miembros de la familia sabían que Jane era la autora de Sentido y sensibilidad, de Emma o de Orgullo y prejuicio, pero Henry debería haber sido más prudente.

—Pero no entiendo por qué, tía; no entiendo por qué ella tenía esa preocupación y por qué a ti también te angustia tanto que se sepa la identidad de tía Jane.

—Porque la fama es peligrosa, Edward —dijo Cass—. Los jóvenes de ahora estáis obsesionados con ella, y los que escribís queréis ver vuestro nombre en la cubierta de un libro y que todos os conozcan. Y a lo mejor eso es ventajoso para los hombres, no lo sé: pero para una mujer soltera, de mediana edad, como era tu tía, no es lo más conveniente. La expone a los ojos de todos. Si fracasa, todos saben que lo ha hecho; si tiene éxito, sufrirá la envidia incluso de gente que no conoce. Indagarán en su vida, hurgarán en la de todos nosotros. No, es mejor que se sepa de ella lo menos posible, y que los libros se sigan publicando únicamente con el nombre de «Una dama».

—No creo que eso sea posible ya, desde que el tío Henry publicó la esquela —reconocí.

Mi tía recorrió el salón a pasitos cortos. Se sentó ante el piano de la tía Jane y lo acarició con la mano izquierda.

—No, tienes razón. Henry es un bocazas. Lo adoro, es el hermano preferido de todos, pero no sabe mantener la boca cerrada. Entonces… no sé qué hacer.

Los dos permanecimos en silencio un tiempo.

—Quizá ayudaría el que escribiéramos una biografía de la tía Jane con aquello que la familia queramos que se sepa y que no se centre en lo que pueda perjudicarla.

Mi tía abrió la boca, horrorizada.

—¿Cómo puede proteger la intimidad de mi hermana el escribir un libro sobre ella? ¡Eso es exactamente lo opuesto a lo que quiero!

—No, tía, piénsalo bien. Si nosotros nos adelantamos a contar cómo era ella, el público que está leyendo sus novelas lo sabrá por nosotros, y sabrá lo que queramos contarle. No habrá un intelectual fastidioso que meta las narices en sus asuntos y que le pregunte a unos y a otros por ella, porque nosotros habremos dejado claro que en una persona tan sencilla y tan poco interesante como ella no hay nada más que investigar.

—Mi hermana no era nada sencilla, y a mí sí me parecía interesante —comenzó a decir ella—. Es solo que hay cosas… Oh, Dios mío, me estoy acordando del bibliotecario del rey, ese hombre odioso…, a él le encantaría escribir sobre Jane, y estoy segura de que lo que diría de ella sería terrible y erróneo. Quizá tengas razón. Sí, Edward, sí, cuanto más lo pienso mejor idea me parece. Creo que en diciembre aparecen dos nuevas novelas de Jane. Henry se está encargando de ello. Esa sería una ocasión perfecta para que apareciera su biografía.

—Muy bien —dije yo—, hablaré con mi padre para que comience cuando antes. No se encuentra muy bien ahora, pero estoy seguro de que cuando se recupere…

Cassandra me puso la mano en el brazo.

—Ah, no, Edward, tu padre no puede encargarse de eso. Ya me ha demostrado que nunca entendió bien a Jane, se llevaban demasiados años, y tu madre… Tu madre es una buena mujer pero se mete en todo, en lo que entiende y en lo que no. No, quiero que te ocupes tú de ello.

—¿Yo? —dije, con la sorpresa más sincera. Nunca me hubiera imaginado que tía Cass pensara en mí, aún un estudiante, para algo así—. Pero si yo… ¿No prefieres escribirlo tú?

—Tú sientes afición por la literatura, y yo no sé escribir una palabra detrás de otra. Me cuesta años finalizar cada carta, y las mías no son más que listados de lo que he hecho y lo que tengo que hacer. No, yo sé que a Jane le gustaban tus historias, y tú y yo nos entenderemos bien…

—Pero yo no viví con ella, ni sé nada de cuando era joven…

—Yo sí.

Conocía a la tía Cass lo suficiente como para saber que no iba a convencerla para que abandonara esa idea. Y, por otro lado, no me disgustaba. Era verdad que me gustaba escribir, y que la propia Jane me había dado algún consejo sobre ello. Me acordaba, sobre todo, de una carta que me había mandado por su último cumpleaños, en la que intentaba consolarme porque había perdido un cuadernito de tapas de marfil en el que escribía una novela.

¡Qué bien que ya estés en Oxford, querido! ¡Ya usas el título de caballero! Una de las razones por las que te escribo ahora es para tener el placer de dirigirme a ti así. ¡Caballero James Edward Austen! A propósito, querido, estoy bastante apenada por la pérdida que menciona tu madre en su carta. ¡Que te falten dos capítulos y medio es un desastre! Menos mal que no he estado últimamente en Steventon, y por tanto no puedo ser sospechosa de habértelos quitado: sería como si te robase dos ramitas y media para mi propio nido.

No, no creo que ese robo me hubiera servido de mucho. ¿Qué podría hacer yo con tus descripciones tan enérgicas y viriles, tan llenas de… de vida? No encajarían en el trocito de dos pulgadas de ancho de marfil sobre el que trabajo con un pincel tan fino que casi ni se nota después de tanto esfuerzo. Yo, querido, soy una miniaturista.

Sí, mi tía se burlaba de mí, como siempre, y me había puesto en mi sitio. De hecho, abandoné aquella novela, que no tenía ni pies ni cabeza, y me puse de nuevo a estudiar.

—Además —añadió mi tía, señalando el poema de mi padre que había quedado abandonado sobre la mesa—, no pretenderás que le deje una cosa tan delicada a James y a su terrible estilo.

—No, tía. Así, además, tendré la ocasión de visitarte más a menudo. Nadie conoció mejor que tú a mi tía Jane y necesitaré tu testimonio.

—¿Por qué nos vas a visitar más a menudo, querido? —quiso saber mi abuela, que entraba en ese momento en el salón.

—Edward nos ayudará con la obra de Jane, mama.

—Creí que eso era misión de Henry… Muy bien. Ven cuando quieras, Edward, me encontrarás justo donde me dejas: en el sofá. A veces pienso que el buen Dios se ha olvidado de mí; pero supongo que vendrá a por mí cuando le parezca bien.

—Abuela, usted nos sobrevivirá a todos —dije, y me despedí de ellas con un beso y una carcajada.

La abuela no nos sobrevivió a todos, pero sí a muchos de sus familiares y amigos de su generación y de la siguiente. Murió en enero de 1827, a la edad de ochenta y ocho años. Y fue enterrada en Chawton, en el pequeño cementerio junto a la iglesia de San Miguel a la que durante muchos años acudió cada domingo.

Pero para eso todavía faltaban muchos años, y antes de ello yo llegaría a conocerla mucho mejor a ella, a Cass y a mi tía Jane.

3. El día más feliz de su vida

Chawton Cottage

Yo cumplí mi promesa y la tía Cass también. Comencé a visitarla con la intención de preguntarle aquello que no sabía y de recopilar toda la información que me hiciera falta para la biografía prometida. Cada noche escribía mis recuerdos, y lo que recogía aquí y allá de Jane: una anécdota, una frase, una conversación con alguien que la conoció o que se acordaba de ella.

—Mucho visitas últimamente a la abuela Austen —me dijo mi madre.

—¿Eso es malo? —pregunté.

—No, no es malo, solo sospechoso. ¿Qué andáis tramando?

—Nada, mamá, solo hablamos de sus gallinas.

—De sus gallinas y de sus enfermedades imaginarias, mi suegra solo sabe hablar de esas cosas.

—Mamá, no seas injusta —le pedí.

—Tienes razón, he sido cruel al decir eso de tu abuela, que tanto nos quiere a todo.—Mi madre recalcó con intención el «tanto» y el «a todos»—. Pero me siento celosa. Te tengo en casa estas semanas para mí, antes de que vuelvas a Oxford, y en realidad casi ni te veo.

—La abuela es muy mayor, y quiero aprovechar este tiempo con ella —le dije, y le di un beso mientras me escabullía—. A ti voy a tenerte toda la vida.

—Anda, lárgate. En Chawton cenan pronto y vas a sorprenderlas en la mesa si no te vas ya.

Recuerdo aquella tarde con una nitidez extraña, como si el aire en la habitación hubiera tenido otro espesor. El sol se filtraba a través de los visillos e iluminaba la mesa baja donde mi tía Cassandra bordaba con precisión. Todas mis tías bordaban y cosían muy bien. Yo estaba junto a la ventana, con un libro abierto sobre las rodillas, por si le apetecía que le leyera un rato. Había ido a visitarla con la excusa de llevarles una carta de mi padre, pero en realidad quería escucharla a ella. No era una contadora de historias tan eficaz como la tía Jane, pero cada día descubría algo nuevo e interesante.

—Tía Cass, ¿es verdad que fuiste la primera en ver a tía Jane después de que naciera? —le pregunté, casi sin pensarlo.

Cassandra no respondió de inmediato. Terminó una puntada, apartó el bastidor con cuidado, y solo entonces dijo:

—No la primera en verla…, pero sí la primera en mirarla con el corazón puesto en ello.

No lo dijo como quien recita una frase bonita. Lo dijo con la naturalidad de quien ha cargado toda su vida con una certeza. Ella siguió hablando como si en realidad no me hablara a mí, sino al recuerdo que se había despertado por sí mismo.

—En aquel momento yo no vivía con mis padres, sino en la casa de Elizabeth Littleworth, nuestra nodriza. Movie. Oh, todos adorábamos a Movie. Vosotros habéis recibido otra crianza, pero cuando nosotras éramos niñas las cosas se hacían de otra manera. Todos mis hermanos, la tía Jane y yo éramos enviados a la granja Cheesedown hasta que éramos capaces de andar y de comer por nuestra cuenta, y luego regresábamos con nuestros padres.

—¿Cómo? —pregunté.

—¿No sabías nada de esto? Sí, tus abuelos seguían esa costumbre. Así mamá podía encargarse de mi padre y de los hijos mayores, y los bebés estaban bien atendido en el campo, respiraban aire fresco, comían comida sencilla y natural…

—Pero ¿a qué edad os mandaban allí?

—A los pocos meses de haber nacido.

—¿Y qué come un bebé de esa edad?

—Ay, Edward, cómo se nota que no has tenido niños a tu alrededor… Pues papillas, caldo con pan muy remojado, o pan negro hervido con agua y azúcar… Todos los niños Austen sobrevivimos a la primera infancia, a diferencia de otras familias, y todos fuimos sanos y fuertes.

—Entonces…, ¿no vivías con tus padres?

—No. Pero durante aquellos primeros años fui muy feliz con Movie y con sus hijas, Nan y Bet, y mamá venía a verme todos los días y papá siempre que podía. A veces también venían los chicos. Entonces, cuando tenía tres años (bueno, aún me faltaba mes y medio para cumplirlos) me llevaron de nuevo a Steventon para conocer a mi nueva hermana. Me pusieron mi mejor vestido, me peinaron con agua de flores, me subieron a un carruaje, y durante el trayecto, que se me hizo interminable, nadie contestó a mis preguntas.

»Cuando llegué a casa, mi madre estaba aún convaleciente y en la cama. Me permitieron entrar al cuarto de mis padres y acercarme a la cuna. Aquel diciembre de 1775 hizo muchísimo frío; recuerdo que cuando le di un beso a mi madre la noté calentita y feliz.

»“Acércate y conoce a Jenny”, me dijeron.

»Allí, junto al fuego, envuelta en una toquilla de lana que había sido mía, estaba Jane. Muy pequeña, larga y delgada como una lombriz, pero con los ojos abiertos. O al menos así lo recuerdo. Me acerqué con curiosidad y mi padre me alzó para que pudiera verla mejor. No fue un momento especial para ellos, pero para mí sí. Yo aún no entendía lo que era una hermana. No lloraba. Me miró directamente. Edward, dicen que los niños a esa edad no ven nada, pero yo te juro que ella sí que me vio.

»Y en ese instante, supe que había algo entre nosotras que no se podía explicar, pero que existía. La quería ya, sin saber por qué. No por mandato de mis padres, sino por algo más hondo. Solo supe que aquella criatura me pertenecía de algún modo. No como se posee una muñeca o un juguete, como me decían todos. “Estarás contenta, ¿no, Cass? Tienes una muñequita solo para ti”. Sino como se reconoce una parte de uno mismo.

Lo siguiente que recuerdo fue que yo ya me quedé en la casa, con mis padres y mis hermanos mayores, y que a Jane la enviaron a casa de mi nodriza.

—¿Os cambiaron a una por la otra? —pregunté yo.

—Bueno, yo ya era lo bastante mayor como para volver a casa, y ahora era el turno de Jane para que Movie la criara. Pero yo no entendí qué pasaba. Pensé que me habían mandado a Steventon para vivir con mi hermanita y su ausencia me desorientó. ¿Para qué quería yo vivir en la casa grande si no tenía a mi Jenny? Además, mamá tenía entonces mucho trabajo con los chicos del internado que papá había abierto en casa, y no contaba casi con tiempo para mí. ¡Éramos muchos y todos queríamos un trocito de ella! Empecé a preguntar por mi hermanita cada día. Quería saber si lloraba por las noches, si comía bien, si alguien la tenía en brazos cuando se despertaba. De manera que mi madre me permitía visitarla cada vez que ella misma se escapaba a la granja, y yo iba con un entusiasmo que nadie parecía comprender del todo. Una vez le llevamos una manta que había ayudado a tejer yo misma, llena de nudos torpes, pero hecha con empeño. Mi madre se la dejó en la cuna y… ¿Tú sabes qué orgullo sentía yo cuando veía a la nena tirar de esa manta y chuparla?

—Entonces os queríais desde pequeñas.

—Sí, desde el principio hubo un hilo que nos unía. Cuando por fin volvimos a vivir juntas, ya en la edad de hablar y de jugar, ella me seguía a todas partes. Y yo, que ya era más alta y un poco mandona, le enseñaba a leer antes de que nadie lo hiciera, le corregía los cuentos, le ponía tareas. Pero ella me soportaba todo. Nunca se quejaba. Tenía una especie de alegría tranquila que hacía que una quisiera estar a su lado.

—¿Y nunca hubo rivalidad?

Cassandra negó con la cabeza sin dudar.

—No entre nosotras. Nos llevábamos demasiado bien para eso. Jane era… aguda. Muy observadora. De pequeña ya lo era. Yo tenía claro que ella era mucho más lista que yo, pero yo había llegado al mundo antes y sabía cómo se hacían las cosas.

—Es verdad. Si le preguntábamos algo, siempre contestaba «Pregúntale a la tía Cassandra. Ella lo sabe todo».

Mi tía se rio.