Dos tardes con Jane Austen - Espido Freire - E-Book

Dos tardes con Jane Austen E-Book

Espido Freire

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Beschreibung

«El entusiasmo y la capacidad de identificación que Jane despierta resultan tan profundos que la interpretación contemporánea ha colocado a la escritora en el centro de su familia, de su sociedad e incluso de su tiempo, y la contempla y debate sobre ella, sus gustos, sus amoríos, sus desgracias o sus características literarias conforme a la importancia de la que en la actualidad goza. Es agradable que el tiempo compense algunas de las crueldades con las que la Historia afligió a las autoras del siglo XIX, pero insistir en esa versión nos lleva a perdernos una de las miradas más interesantes, más inteligentes y peor comprendidas de la historia de la literatura».

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Seitenzahl: 150

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Dos tardespara leer juntos

por Sergio del Molino

Editor invitadode la colección Dos tardesen Alianza

Dos tardes no bastan para conocer a una persona. Dos tardes no bastan para leer a un escritor. Pero dos tardes sobran para enamorarse. Dos tardes sobran para que las amistades echen a andar. Esta nueva colección de Alianza reivindica la profundidad que se esconde en la ligereza de dos tardes. Ese es el tiempo medio que los lectores pasarán con estos libros. La esperanza de sus autores —y la mía, padrino del invento— es que estas dos tardes sean solo las primeras que los lectores pasen en compañía del escritor objeto de cada título. El propósito es que se contagien del entusiasmo de quienes los recomiendan y se sumerjan en su obra.

Hemos invitado a algunos de los mejores escritores contemporáneos en español a que compartan su pasión por un autor clásico incluido en la Biblioteca de autor de El libro de bolsillo de Alianza Editorial. No hay aquí lecciones magistrales ni monografías de especialista, sino entusiasmo genuino de escritor a escritor. Grandes maestros de ayer contemplados con los ojos de los maestros de hoy.

La literatura, placer solitario e íntimo tanto para quien escribe como para quien lee, no ofrece muchas ocasiones para socializar los entusiasmos. Con esta colección queremos llevar las grandes conversaciones literarias a las manos de todos los lectores. Y pasar juntos dos tardes que no olvidarán.

Espido Freire

Dos tardescon Jane Austen

A los que la aman.

Índice

Prólogo

1. La niña

2. La hermana

3. La debutante

4. La lectora

5. La errante

6. La escritora

7. La solterona

8. La tía

9. La promesa

10. El legado de Jane

Créditos

Prólogo

Las obras de Jane Austen han gozado de tanta aceptación desde que fueron publicadas y se han popularizado tanto en los últimos años que incluso gran parte de quienes nunca la han leído podrían citar algunos datos muy específicos sobre ella. Sabrían, por ejemplo, que vivió durante el periodo de la Regencia en Inglaterra, que nunca se casó, cómo vestía, y serían capaces de citar una o dos obras suyas.

Jane se ha convertido en uno de esos autores clásicos amados, reeditados e inconfundibles y, dada la escasez de mujeres en esa categoría, su caso resulta aún más excepcional: sin embargo, gran parte de la amable impresión que su figura causa se debe a una confusión heterogénea y caótica entre su vida y el carácter de sus personajes, en especial el de Elizabeth Bennet, la protagonista de Orgullo y prejuicio; y sus circunstancias y la de su época han sido interpretadas de manera tan errónea que casi podríamos hablar del periodo de la Regencia como una caricatura, o, al menos, como un marco en el que cabe cualquier tema atractivo (romance, sexo, feminismo, conspiraciones, posiciones políticas sobre la identidad sexual o racial, intrigas palaciegas), por anacrónico que sea.

Es más, el entusiasmo y la capacidad de identificación que Jane generan resultan tan profundas que la interpretación contemporánea ha colocado a la escritora en el centro de su familia, de su sociedad e incluso de su tiempo, y la contempla y debate sobre ella, sus gustos, sus amoríos, sus desgracias o sus características literarias conforme a la importancia de la que en la actualidad goza. Es agradable que el tiempo compense algunas de las crueldades con las que la historia afligió a las autoras del siglo xix, pero insistir en esa versión janecéntrica nos lleva a perdernos una de las miradas más interesantes, más inteligentes y peor comprendidas de la historia de la literatura.

La culpa de esto, por supuesto, no es de los lectores. Cuando Jane Austen llega a nosotros muchos otros ojos la han analizado y modificado, y nos han presentado una visión parcial de ella a menudo deudora de otros intereses. Ese proceso comenzó muy pronto, con la publicación de su primera biografía, trazada al poco de su muerte por su hermano Henry Austen, y continuó con las que escribieron su sobrino, su sobrino nieto y otros parientes. En efecto, la figura de Jane no solo fue modelada desde su inicio por una mirada masculina (y luego veremos las complicaciones que eso conlleva) sino por la de hombres de su propia familia, que perseguían, todos y cada uno de ellos, sus propios intereses y su propia afirmación.

Es más, la propia Jane mantuvo durante toda su vida una dualidad que, si bien resulta muy interesante como objeto de estudio de la época, complica el que pueda ser etiquetada con la facilidad con la que a menudo se ha hecho. Jane no se comportaba de igual manera en su círculo íntimo que en el entorno social, no era la misma cuando hablaba que cuando escribía cartas, ni estas contenían la misma información y tono si se dirigía a los hombres de su familia o a su hermana y amigas. Y, desde luego, hay enormes diferencias entre la Jane de veinte años que en 1795 baila y coquetea en Steventon, y escribe la primera versión de una novela titulada Elinor y Marianne, y la que en 1810 corrige en Chawton la historia definitiva, que llamará Juicio y sentimiento.

En la primera, en la joven Jane, se busca de manera frenética la existencia de un romance, o dos, o tres, que salpimenten su juventud y la alejen de la desesperante falta de acontecimientos épicos que fue su vida. En la segunda, en la Jane de madurez, se intenta hallar el poso de la genialidad, las claves por las que esta escritora inmersa en un contexto tan gris logró escribir como lo hizo: un secreto, un código. Algo.

Las autoras que vinieron inmediatamente después lo ponen más fácil: Mary Shelley, Virginia Woolf, Emilia Pardo Bazán, Edith Wharton o incluso las Brontë, vistas bajo cierta luz, poseen biografías apasionantes, obedecen con mayor exactitud a imágenes y prototipos de escritoras que supeditan su vida a su obra, o al menos completan una con otra. Pero Jane no. Jane nos sonríe y desaparece, se fusiona con el fondo de la imagen, nos obliga a conciliar la posibilidad de que una mujer absolutamente corriente en comportamiento y hechos sea al mismo tiempo una escritora extraordinaria. La disonancia que eso provoca ha generado multitud de interpretaciones erróneas e incluso falseadas, tal es la necesidad de que la realidad obedezca a nuestros deseos.

Con todo, siempre he creído que la Jane real resulta mucho más interesante, más coherente, que las diversas versiones ficticias. Una Jane capaz de lanzar dardos envenenados contra sus vecinos en las cartas a su hermana, a la que al mismo tiempo le consultaba el desarrollo de sus personajes y le describía los sombreros de moda. Una Jane parcial, con favoritos entre sus hermanos y sus sobrinas, que a su vez la adoraban o rehuían, la que se levantaba con resaca tras un baile o se alegraba, años después, de no tener que arreglarse para salir esa noche, a la que arruinó el mismo hermano que luego sería, qué cosas, el más ferviente colaborador para que su obra fuera editada. Una mujer que se comportó según todas las normas de una sociedad que la utilizaba y la despreciaba; que observaba desde una esquina del salón la soberbia, la ignorancia, la hipocresía y la mezquindad de aquellos que conformaban la buena sociedad, a los que despedazaría después en retratos que siguen hoy tan vivos, tan coloridos, como el día en el que fueron trazados.

La mirada de Jane contiene un universo mucho más complejo y contradictorio que la forma estereotipada a la que se ha pretendido reducirla. Quizás el error consista en observarla a ella, en lugar de contemplar su mundo a través de ella. Y eso pasa por comprender con cierta hondura no solo el momento en el que vivió, la familia en la que se crio, sino también la clase social a la que pertenecía, la nobleza rural inglesa o gentry y dónde la ubicaba esa sociedad, quisiera Jane o no. Ese círculo, en el que ella se movió durante toda su vida, poseía características muy definidas, muchas de ellas sutiles y complicadas de comprender.

Entendemos por nobleza rural al grupo minoritario (en torno a unas 27000 familias, un 1,5 % de la población en 1800) de propietarios terratenientes que vivían solo o mayoritariamente del arrendamiento de sus tierras; y a sus descendientes, aunque ya no poseyeran tierras. Los grandes terratenientes formaban la llamada landed gentry. Eran de confesión anglicana, y cercanos al partido conservador. El origen de estas familias no tenía por qué ser noble. Un comerciante podía asegurar que sus hijos ingresaran en esta clase social con la adquisición de terrenos, siempre que ellos no continuaran con el comercio. En la época de Jane, las tierras provenían casi siempre de herencias, como en el caso de su hermano Edward Austen Knight, o por asignación directa, como en el de su padre, que tras ser nombrado rector de Steventon gozaba también de las fincas asignadas al cargo.

A menudo las tierras, al igual que los títulos nobiliarios, se encontraban sujetos a un mayorazgo y a la transmisión hereditaria por vía masculina. Eso generaba que fueran los primos, tíos o parientes lejanos los que heredaran, en prejuicio de las hijas y nietas, o que un único hijo gozara de todas las posesiones. Las Dashwood, en Juicio y sentimiento, se encuentran en esa situación al inicio de la novela. Los herederos podían asignar determinadas rentas al resto de los miembros de la familia, que dependían de su favor, pero se reservaban el derecho a reducirlas o a retirarlas. Quienes no estaban destinados a heredar podían dedicarse a la iglesia, el ejército, el derecho y, por supuesto, a las inversiones. En el caso de la mujer no se planteaba ninguna de estas salidas, dado que su misión era el matrimonio, o el cuidado de los suyos, en caso de que no se casara.

La posesión de la tierra daba derecho a voto, a influencia y a una fuerte identidad social. Las grandes parcelas se dividían en granjas o explotaciones arrendadas a los campesinos que las cultivaban; los dueños, en muchas ocasiones ausentes, delegaban la supervisión de sus bienes en administradores y mayordomos, pero reforzaban su presencia y su control sobre ellas con la edificación de una casa solariega.

Esta casa o manor podía ser la residencia permanente o estacional; muchas familias adineradas vivían en la ciudad o se turnaban en las distintas posesiones. De hecho, el regreso a Londres de los aristócratas y la nobleza menor tras la temporada de verano y la caza otoñal en las casas de campo iniciaba la temporada o season, que era el periodo durante el cual tenían lugar los bailes, la escena teatral y la vida social más activa.

La manor ganaba prestigio si era antigua pero reformada con el mayor lujo posible. La casita que Edward Austen Knight cedió a su madre y a sus hermanas, Chawton Cottage, se encontraba entre las propiedades incluidas en una herencia que recibió en un momento dado, y cuya mansión principal era Chawton House. Aunque muy modificada, esta mansión databa del siglo xvi, y eso se percibe tanto en la distribución interior como en la apariencia externa. La época de la Regencia se caracterizó por un elegante estilo paladiano, muy reconocible, que unificó la apariencia de muchas casas solariegas, algo que no ocurre en este caso. Edward Austen mantuvo Chawton House como una residencia secundaria, mientras que la principal siguió siendo su mansión de Kent, Godmersham Park.

En cualquier caso, el estatus del señor se palpaba en las dimensiones de la casa, en el diseño y extensión de sus jardines y parques, en su biblioteca, o en señales menos evidentes como el número de ventanas, como muy bien nos demostrará Elizabeth Bennet; podía deducirse el refinamiento de los miembros de la familia en la variedad de las especies de rosas, la colección de arte y antigüedades cuidadosamente expoliadas del sur de Europa o en la posesión de un salón de baile destinado en exclusiva a ese propósito. De los señores no solo se esperaba que recibieran a menudo a sus vecinos, sino que agasajaran a invitados y huéspedes con bailes y cenas. Las estancias prolongadas de amigos o parientes, que podían durar meses e incluso años, formaban parte de ese estilo de vida.

Jane pertenecía a la minor gentry, la rama más empobrecida de la nobleza rural, compuesta por los descendientes que acabaron en el clero, la abogacía o el ejército pero que mantenían vínculos con la gentry y formaban parte de ella por derecho. La situación económica, por desesperada que fuera, no afectaba a la pertenencia de clase. Salvo enormes infortunios o malas decisiones reiteradas, se nacía y se moría dentro de la nobleza rural.

Era esta una sociedad que vivía por y de los contactos, vitales tanto para hombres como para mujeres. El trato social generaba una recomendación para un puesto vacante, una visita afortunada propiciaba un cortejo o una invitación a un baile; las familias se conocían por vecindad, por compartir parroquia, o porque asistían a las mismas fiestas, practicaban los mismos deportes o tenían amigos en común. Se generaban complicados lazos de influencia, poder y exclusión. Fuera de la maraña social asociada a su propia clase, el individuo poseía escasas posibilidades de sobrevivir, y el acceso a este mundo sin una conexión o un protector se producía en pocas ocasiones.

La riqueza, considerada un don de Dios a los más aptos, no debía disfrutarse de manera hedonista, sino que conllevaba una responsabilidad: mientras las mujeres dedicaban su tiempo y parte de su asignación a la caridad y el auxilio de los más necesitados, se esperaba de los hombres que se involucraran de alguna manera en el servicio público con un periodo de servicio en el ejército, la milicia o la iglesia. Henry Austen, el cuarto hermano de Jane, pasó por todos ellos. Ocupaciones como la de juez de paz no conllevaban remuneración, con lo que solo podían acceder a ellas quienes ya poseían otros ingresos. Eso aseguraba que el control y la transmisión del poder se perpetuara en los mismos entornos.

En realidad, existía un convencimiento general acerca de su derecho al liderazgo y al mando: la herencia, los recursos económicos y su mayor formación académica reforzaban la creencia de que eran los más aptos para desempeñar esas funciones. Con el tiempo la clase media, que obtenía sus ingresos de sus propios oficios o el comercio, comenzó a competir por el espacio que ocupaba la nobleza rural. Estos, arruinados o desposeídos, continuaron manteniendo una presunta superioridad de clase basada precisamente en los contactos, en su preeminencia social y en su paradójica inutilidad para el trabajo.

El eje temático de las novelas de Jane gira en torno a que los miembros de la nobleza rural debían casarse entre ellos, dentro del abanico que ofrecía y de una relativa flexibilidad permitida, y a las situaciones, en ocasiones aborrecibles, que eso producía; en casos en los que se poseía un título o una heredad, pero este no conllevaba grandes ingresos, o se encontraba endeudado, se abría la posibilidad de casarse con miembros de otros estratos sociales que se hubieran enriquecido con el comercio, el ejercicio de la abogacía u otros oficios. Por otro lado, familias con rentas inusualmente altas podían aspirar a un enlace con la aristocracia menor. Ambos casos se exponían a severas críticas, en especial si era la mujer la que descendía de grado.

Gran parte de las aficiones del entorno de Jane se explican por el hecho de que la literatura, el teatro, la música, el cultivo de las artes (muy en especial, el baile) y la práctica de algunos deportes pasaron a ser una imposición de clase a lo largo del siglo xviii. El mecenazgo individual o la pertenencia a ateneos, clubes o círculos culturales formaban parte de los requisitos sociales. Es más, esta exigencia aumentó a medida que los nuevos ricos entraban en estos círculos: dado que no habían podido disfrutar de los estudios universitarios, el Grand Tour o las tutorías privadas, su falta de apreciación del arte los delataba ante las antiguas familias.

En el caso de las jóvenes, la familiaridad con las artes formaba parte de las habilidades que las convertía en más apetecibles: la acuarela, los bordados en seda, cantar o tocar algún instrumento, el dominio del francés y del baile permitían que mostraran su destreza e inteligencia y que entretuvieran a familia e invitados. Pero sobre todo confirmaban que habían tenido acceso a esa formación, que poseían ese requisito de clase.

Jane tocaba y cantaba bastante bien. Su hermana Cassandra pintaba. Ambas contaron con un profesor de baile, pagado con gran esfuerzo por sus padres. Desde luego, solo se esperaba que fueran aficionadas. Sobra decir que la profesionalización de cualquier de estas disciplinas hubiera estado fuera de lugar.

La educación, por otra parte, no solo incluía las buenas maneras y la forma correcta de comportarse, sino un sentido moral de la existencia que incluía el deber, el honor y un concepto de familia al que se supeditaban otros intereses como el amor o la búsqueda de sentido individual. Hombres y mujeres aprendían a moderar sus reacciones y a mantener bajo control sus sentimientos, y, en el caso de ellas, se esperaba que se acostumbraran al sacrificio: el de su tiempo personal, el de plegar su voluntad a la de sus parientes varones, el de sus gustos e incluso el de su propia salud. Relegadas durante la mayor parte de su vida a la esfera privada, sus incursiones en la esfera pública debían regirse por la modestia, el decoro, la obediencia y la piedad.

Estas exigencias, que se encuentran en todos los personajes de Jane Austen, son complicadas de comprender, y muchas de ellas resultan de imposible adaptación a la actualidad. En especial en las versiones audiovisuales, los malabarismos para que sus jóvenes protagonistas encajen con una mentalidad posterior y el concepto de pareja o independencia contemporáneas son constantes, y a veces descarados. Jane nunca premia el impulso o el modelo amatorio que se impondría a partir del Romanticismo; y sin embargo, presenciamos con asiduidad lecturas e interpretaciones actuales que parten de esa premisa.

Con todo, era esta una época optimista, con una enorme fe en las posibilidades de la educación, siempre que esta fuera la adecuada y conveniente a cada clase, sexo y estado. La curiosidad por la ciencia, el abaratamiento progresivo de la impresión de libros y periódicos, y el interés por el mundo clásico, además de la pasión por la lectura, la filosofía y la escritura, abrían nuevos horizontes para las mentes curiosas.

Es más, permitían algo que muy poco tiempo atrás hubiera resultado inconcebible: que una mujer, una buena chica perteneciente a la baja nobleza rural, pudiera publicar textos de ficción y obtener un beneficio económico de ello. La Regencia alentó la abundancia de lectoras, y propició la aparición de escritoras profesionales para satisfacer la inagotable demanda de nuevas novelas.

Y gracias a esa necesidad del mercado literario, y fruto de esta época, de esa sociedad y de ese entorno, leemos hoy a Jane.