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Marco es un chico como cualquier otro que podríamos encontrar hoy en día: inteligente, sensible, con muchas cualidades y también muchos miedos. Con doce años, se encuentra en esa edad en la que la vida cambia para siempre; en la que deja atrás al niño sin responsabilidades y comienza a dar pasos en el camino de los adultos. Su historia y sus preocupaciones podrían ser las de cualquier otro adolescente, y sus errores, muy parecidos. La única diferencia es que Marco vive en el siglo I d.C. en Emerita Augusta, la actual Mérida, una ciudad de la Hispania romana donde conviven ciudadanos libres con esclavos, donde las mujeres se encuentran tuteladas por sus familiares, y donde la sociedad, aunque sofisticada, disfruta de entretenimientos violentos. Marco, junto con su amigo Aselo, se equivocará, aprenderá a pedir ayuda y, en definitiva, hará lo que cualquier otro chico de su edad: crecer.
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Seitenzahl: 286
Veröffentlichungsjahr: 2016
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INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE
SEGUNDA PARTE
TERCERA PARTE
CRÉDITOS
Mapa de la Península Ibérica en el siglo I d.C.
Mi amor por el mundo de la antigua Roma surgió cuando tenía nueve años y estaba segura de que nada podría superar el que sentía por Grecia, su mitología y su cultura. Por casualidad, mi maestra de lo que entonces era 4.º de EGB, sor Mercedes, me puso en las manos varios libros sobre ese tema, y el flechazo fue instantáneo. Yo entonces leía con una pasión que preocupaba un poco a los mayores, menos, precisamente, a aquella maravillosa maestra de mirada dulce y cabellos canos, que me dijo: «Tú lee. No te preocupes por nada más. Todo lo que tengas que aprender está ahí, en los libros».
Después llegó Robert Graves y Yo, Claudio, y Henryk Sienkiewicz con Quo Vadis, y el resto de novelas, películas y enciclopedias que me permitieron sumergirme en un mundo que había desaparecido hacía muchos siglos, pero que en cierta medida continuaba vivo en las ruinas, los edificios, los monumentos, la lengua, el derecho, la ingeniería… Incluso en el pueblo en el que yo vivía, en Llodio, bastante impermeable a la romanización, se sostenía en pie un puente romano (luego lo dataron mejor y resultó ser románico… una gran decepción para mí).
Cuando pude estudiar latín me entusiasmé con esa lengua muerta: llegué a leerla bastante bien y a traducirla con facilidad. Pero no era solo eso: sus comidas, sus costumbres, sus conquistas, la estructura de las casas, todo me despertaba interés y de todo quería saber. Incluso la cara más siniestra (sus emperadores más sangrientos o las guerras) me parecía un aspecto interesante y del que podía aprender.
De manera que era cuestión de tiempo el que acabara escribiendo una historia de romanos, y mejor aún, en Hispania, y durante el siglo que mejor conozco, el I d. C. En cierta medida se lo debía a mis amigas de infancia, que ahora tienen niños ya crecidos, y recordaban aquellas historias que yo les contaba sin tregua y que ellas escuchaban con infinita paciencia, hasta que lograba engancharlas y terminaban diciendo: «¿Y qué pasó entonces? ¡Cuenta más!». Ellas me pedían que las escribiera para sus hijos, y estoy encantada de haberlo hecho.
Hispania fue provincia romana desde el 218 a.C. hasta el siglo V, en que otras invasiones de distintos pueblos ocasionaron la caída del Imperio. Durante esos siglos floreció una cultura y una civilización sin igual, de mentalidad práctica, organizada. Hispania fue primero dividida en dos grandes zonas, la Ulterior y la Citerior, y luego en cuatro: la Bética, la Lusitania, la Tarraconense y la Cartaginense. Las guerras por la conquista del país fueron muy crueles y se prolongaron durante dos siglos, aunque hubo zonas en las que nunca se llevó a cabo realmente la romanización.
El mundo romano presentaba grandes desigualdades, pese a su sofisticación. La primera de ellas era la diferencia entre personas libres y esclavos, que es una de las características que quizás nos resulte más difícil de entender: compraban y vendían a los esclavos, carecían de cualquier derecho que ahora entendemos por básico y hasta decidían sobre el destino de sus hijos; por eso quería hablar, precisamente, de qué significaba esa diferencia, y cómo la podían vivir unos niños que son, por encima de todo, amigos.
Era posible conseguir la libertad, si el esclavo ahorraba lo suficiente o si el amo decidía darla, pero eso no significaba una igualdad real: incluso dentro de los hombres libres, el padre de familia o pater familiae poseía un poder casi ilimitado sobre su clan.
Hasta el reinado de Vespasiano (69-79), los habitantes de Roma gozaban también de privilegios especiales. Este emperador fue quien eliminó una diferencia importante: concedió la ciudadanía romana a quienes vivían en provincias.
También existían enormes distancias entre ser hombre y mujer. Estas eran consideradas inferiores y siempre se encontraban tuteladas por sus familiares. Su destino se encontraba en el matrimonio o, para algunas, muy pocas, en ser sacerdotisas vestales.
Era una sociedad violenta, pese a todo su refinamiento, y a la que le gustaba la violencia. En realidad, les gustaban todo tipo de juegos y apuestas. Los caballos, las peleas, las luchas entre gladiadores, las fieras… formaban parte del día a día de los romanos en Hispania. También el teatro, la música, y las fiestas, tanto privadas como públicas, les gustaban, y siguen siendo referentes de lujo o de esplendor.
No dejan de ser, si analizamos con un poco de atención, antepasados muy cercanos: nos enseñaron tanto elementos buenos como nocivos, plantaron lo que luego sería nuestra identidad, y se fueron… para no irse del todo.
Marco es un niño como muchos, como podríamos encontrar hoy en día: inteligente, sensible, con muchas cualidades y muchos miedos, también. Se encuentra en la edad en la que la vida cambia para siempre, en la que deja atrás el niño sin responsabilidades y comienza a dar pasos en el camino de los adultos. Su historia y sus preocupaciones podrían ser las de cualquier otro chico contemporáneo, y sus errores, muy parecidos. Tendrá que tomar sus propias decisiones, se equivocará, aprenderá a pedir ayuda, y en definitiva, hará lo que he tenido que hacer yo desde aquel primer libro que leí sobre Roma: crecer.
Y él cumplirá uno de mis sueños: hacerse mayor en Hispania, en la Roma hispana. Os dejo con él.
Marco se inclinó hasta donde le era posible y colocó la flecha en el arco: respiró hondo y esperó. Entrecerró los ojos y avanzó por la rama del árbol un pie más, hasta el límite de lo sensato: más allá la rama se estrechaba y estaba cubierta de hojitas tiernas, y no soportaría su peso, y si se rompía, caería encima de Aselo, que se encontraba agazapado entre los arbustos, tan oculto que Marco apenas distinguía la túnica parda con la que se vestía.
Se concentró de nuevo en la presa: en el claro, en su campo de tiro, un jabalí hozaba entre las raíces. Desde su puesto, Marco escuchaba cómo buscaba setas o lo que fuera que un jabalí encontrara apetecible en primavera, y sus gruñidos de satisfacción. Era un ejemplar adulto, grande, con unos colmillos que le hicieron sentirse agradecido por encontrarse a considerable distancia sobre el suelo, y no en él, protegido apenas por unas ramas, como su esclavo.
La idea había sido de Aselo, claro, como casi todas.
—¿Cómo se te pueden ocurrir tantas maldades? —se lamentaba a menudo Teseo, el apacible preceptor de la familia, que observaba a Aselo como si fuera un milagro de la naturaleza.
Él se encogía de hombros.
—No lo sé. Es un don.
El don de Aselo le situaba a él y a su joven amo más de una vez en situaciones comprometidas, y les conseguía castigos a menudo, pero la vida sin él hubiera sido un completo aburrimiento. De manera que cuando aquel precioso día de Iunius1, dejaron su casa para salir a cazar, solo era el principio de una de las trepidantes jornadas en las que sabían cuándo salían y qué pensaban hacer, pero no cuándo regresarían, ni qué pasaría mientras tanto.
Después del largo y duro invierno de la Lusitania2, los dos jovencitos estaban impacientes por aprovechar el campo, el sol y el buen tiempo. El día anterior, mientras Marco y su hermana Junia tomaban la lección con Teseo, Aselo había comenzado a hablar por señas con él desde el otro lado del peristilo3. El anciano preceptor había fingido no reparar en los gestos, cada vez más exagerados, de los dos, ni en las risitas de Junia, que no podía contenerlas ni aunque se tapara la boca con la mano.
—Muy bien —dijo, cuando al final logró tomarle a Marco la lección de Historia—, doy por finalizada la clase. Y por el ajetreo que adivino detrás de los olivos del peristilo, deduzco que Aselo ha descubierto algo importantísimo, como unos nidos de cigüeña nuevos, que necesariamente tiene que enseñar al amo. De manera que doy por sentado que mañana me encontraré solo aquí, con la joven Junia, y no me quejaré de mi amarga suerte ni del desprecio que mi discípulo siente por el conocimiento, sino que esperaré con paciencia a que regrese para la hora nona4 antes de llorar su ausencia. Pero ¡ay de él si no está de regreso cuando pierda esa paciencia! Porque entonces le contaré a Cornelio que no he visto al amo durante toda la mañana, y quién sabe qué puede ocurrir.
Marco se rio y recogió sus útiles de escritura, el estilo5 y la tablilla cubierta de cera.
—Eres el mejor preceptor de toda Emerita Augusta6, Teseo, y posiblemente también del mundo entero.
—Posiblemente —admitió él.
—¿Quieres acompañarnos, maestro?
—No, ya estoy mayor, y hoy me duelen las rodillas. Quién sabe qué me dolerá mañana. Confío en tu buen criterio, amo, en que obedecerás este flojo límite que te impongo, y que sabrás mantenerte lejos de todo peligro.
—¿Y yo? —dijo Junia—. ¿No puedo ir?
—Tú no quieres venir con nosotros. Lo dices solo por llamar la atención y por conseguir algo a cambio.
Junia hizo uno de sus mohínes encantadores de enfado, que a Marco le sacaban de quicio. Su hermana tenía ya diez años, pero continuaba comportándose como un bebé, y, a lo que parecía, tenía a todos engañados menos a él, porque la consentían y mimaban como si apenas fuera capaz de dar un paso por sí misma.
—Claro que sí, mi emperatriz —dijo Teseo—. Haremos algo que te divierta, ya que nos dejan solos.
Marco puso los ojos en blanco ante la expresión de triunfo de su hermana, y aprovechó para tirarle del pelo cuando pasó junto a ella para reunirse con Aselo.
—¡Ayyyyyyyy, Teseo me ha hecho daño!
—¡Una matrona romana no se queja nunca! —gritó Marco y le hizo burla desde lejos. Uno de sus perros, Leo, se levantó del mosaico donde aguardaba, aburrido, y comenzó a saltar a su alrededor. Los otros dos se le unieron y comenzó la fiesta.
—¿Qué te ha dicho Teseo? —preguntó el esclavo.
—Nada. ¡Chist! —le indicó a los perros, que aullaban, felices, mientras competían por perseguirse—. ¡No oigo ni mis pensamientos! Tenemos que estar de regreso a la hora nona.
—Intentaremos darnos prisa —prometió Aselo—, porque mi plan nos lleva fuera de la ciudad. Han visto ciervos en el bosquecillo de la colina de camino a Metellinum7. ¿Sabes cuál te digo?
A Marco se le aceleró el corazón. Sabía qué significaba aquello. Desde hacía casi un mes ardían en deseos de probar las nuevas flechas que su padrino le había enviado desde Corduba8, unas auténticas saetas de adulto, con puntas metálicas, adecuadas para la caza de piezas mayores que los conejos o los pájaros que hasta entonces conseguían. Pero, o bien por la lluvia, o por el exceso de estudios o por falta de oportunidad, no lo habían logrado.
«La espera siempre obtiene su recompensa», pensó, cuando amaneció un día claro y luminoso. Con esos primeros rayos de sol, Aselo le había despertado. Cogieron los arcos y las flechas y se deslizaron sin ruido por la casa; escamotearon dos panes bastante hermosos de la cocina y un trozo de queso grande, que sin duda sería echado en falta; pero ya se preocuparían de eso más tarde. Aselo cogió a Burro, su pequeño burro gris, y Marco, a su mula Caballo. Las mulas de la casa eran cruces de yegua y de burro, y por lo general, adoptaban un aspecto intermedio, pero Caballo había decidido que se avergonzaba de sus familiares burros, y era lo más parecido a su madre que se podría encontrar, alta, estilizada, de patas finas y orejas cortas.
Lo de llamar Caballo a una mula era cosa de Junia, que cuando era pequeña señalaba todo con el dedo y soltaba con su media lengua la primera palabra que hubiera aprendido. A Marco lo habían llamado Aco hasta que cuando cumplió los diez años suplicó que, por favor, usaran su nombre completo, o sería Aco Claudio Albius por el resto de su vida.
Como todos, esclavos y libertos9, consideraban que cuando Junia hacía eso era adorable, la casa Albius se encontraba plagada de nombres mal asignados, de apodos raros y, en general, de rarezas en las que la familia solo reparaba cuando recibían a algún huésped, que se sorprendía de que un chico de doce años como Marco tuviera ya un caballo propio.
—No, es una mula —le explicaban.
—Ah. Creía haber oído caballo.
—Sí. Es que es Caballo.
—¿La mula?
—Sí, la mula Caballo.
Caballo, eso sí, era terca como una mula, pero aquellas horas intempestivas debieron tomarla por sorpresa, y se dejó conducir con docilidad por las calles secundarias de Emerita Augusta que Aselo había escogido para pasar desapercibidos. Luego, cuando percibió el olor del campo le temblaron por un momento las orejitas y pareció que sonreía. Caballo tenía sus manías y sus preferencias, y entre ellas se encontraba el que no le gustaba la ciudad, ni caminar sobre sus adoquines.
—Bien, ¿y ahora qué? —preguntó Marco a su compañero, que cabalgaba a su lado, tan feliz como él.
—Ahora, vas a cobrar tu primera pieza de caza importante, amo, y o mucho me equivoco, o cuando se la llevemos a Cornelio y se la dejemos a los pies, comenzará a tratarte con otra consideración, y a mí, con cierto respeto. Siguen pensando que somos unos niños, y mientras nos comportemos como tales, no conseguiremos nada de lo que queremos.
Los dos chicos habían dado un estirón importante durante el invierno anterior y eran adolescentes estirados, altos para su edad, sobre todo Aselo, que había ganado también peso. Siempre había sido más robusto que Marco, pero ahora la diferencia aumentaba, porque Aselo dedicaba gran parte del día a trabajos manuales que requerían fuerza, mientras que Marco pasaba sus horas en el estudio. Con un poco de envidia, Marco aceptaba que muy pronto el esclavo le ganaría en todos sus juegos y deportes. Pero al menos, se consolaba, eran casi igual de altos.
Sin embargo, el que hubieran crecido físicamente no había significado absolutamente nada para quienes le rodeaban. Marco continuaba llevando al cuello la bulla, una joya hueca de plomo bañada en oro con amuletos en su interior que sus padres le habían colgado al poco de nacer. Era una joya muy bonita, pero también el símbolo de que aún era un niño, algo que no cambiaría hasta que su padrino, que era también su tutor, decidiera que había llegado a la edad de vestir la toga viril y convertirse, oficialmente, en un adolescens. Pero eso, en el mejor de los casos, no llegaría hasta los quince o dieciséis años, y eso si los informes de Cornelio eran positivos. Y ese tiempo le parecía a Marco una eternidad.
Todo lo que pensaba Marco, Aselo lo adoptaba como propio en cuestión de segundos. Aselo no lucía una bulla al cuello, sino el collar de esclavo que le habían impuesto cuando fue recogido y, por lo tanto, no sería nunca considerado un adulto, pero había decidido hacer cuanto estuviera en su mano para que su amo y amigo lo fuera. El cómo estaba a punto de explicárselo a Marco.
1 Junio.
2 Provincia romana del oeste de la península ibérica. Su territorio ocupaba una gran parte del Portugal actual, al sur del río Duero, Extremadura y la provincia de Salamanca. Su capital era Emerita Augusta.
3 Un pequeño patio descubierto con columnas que unía la parte pública de la casa con la parte más privada.
4 Las tres de la tarde.
5 Punzón con el cual se escribía sobre las tablillas enceradas.
6 Antigua ciudad romana fundada en el año 25 a.C. por orden de Augusto para servir de retiro a los soldados veteranos (eméritos) de las legiones V Alaudea y X Gemina. Fue la capital de Lusitania y hoy la conocemos como Mérida.
7 Actual Medellín, en la provincia de Badajoz, fue fundada como campamento militar en el 79 o 78 a.C.
8 Capital de la provincia Bética de la Hispania romana, fue fundada por el general Claudio Marcelo entre los años 169 y 152 a.C. Augusto le concedió el estatus de «colonia patricia», el más alto rango para una ciudad del Imperio romano. Sobre ella se levanta la actual Córdoba.
9 Esclavo al que se le ha concedido la libertad o «manumisión».
—Esto no puede fallar —le contó Aselo a Marco—. Si tuviéramos a mano alguna guerra iniciada, o alguna escaramuza, por lo menos, todo sería más sencillo. Pero no, con Vespasiano tenemos esta maldita pax augusta10.
—Cierto. Ni una mala guerra exterior. Salvo que te vayas a las fronteras más lejanas, e incluso entonces…
—Maldito Vespasiano —repitió entre dientes Aselo.
—¡No insultes al emperador! Es nuestro señor y, por lo que dice Cornelio, ha sido el mejor César que ha existido para los hispanos. Gracias a él es posible que mi tío pueda llegar a senador de Roma. Además, el emperador es sagrado: pueden condenarte a muerte por esas palabras, de manera que controla la lengua.
Aselo se dio cuenta de que había sido irrespetuoso, e incluso irreverente, y se disculpó con un gesto. De todas maneras, era evidente que para él todas las ventajas que un emperador justo y progresista concedía a las provincias no compensaban la falta de una buena guerra en la que poder vivir aventuras, conseguir botín y regresar rico, y, quizás, libre.
—Bueno, tenemos que arreglarnos con lo que hay. Los lusitanos, todavía hoy, prueban que han llegado a la edad adulta con una muestra de valor, poniéndose frente a un toro o cazando una pieza mayor. Y eso es lo que vamos a hacer. Imagínate, amo, si regresamos con un ciervo abatido, con unas cuernas de nueve o diez puntas, con las flechas nuevas. Después de eso no podrían negarte la túnica viril; y serías el pater familiae11 más joven de toda la provincia.
Marco no sabía si eso era así, pero le sonaba bien. Además, resultaba muy difícil escaparse del encanto de Aselo una vez que había puesto en marcha un plan. Ya habían dejado atrás la ciudad, con su magnífico puente sobre el río Ana12 y el campo rebosaba vida a esa hora de la madrugada. Con Teseo, Marco había aprendido a reconocer gran parte de aquellos pájaros que sobrevolaban su cabeza: grullas, ruiseñores, chochines, zarceros, garzas, garcetas y garcillas. Muchas de ellas, como las majestuosas cigüeñas, migraban a las regiones del sur, para regresar después cada año a sus nidos. Otras habitaban en las lagunas cercanas y en los humedales, y allí criaban a sus polluelos.
En el río Ana no era extraño ver patos, e incluso cisnes de varias especies; los patos se consideraban un plato refinado, pero era el cisne, un auténtico manjar de patricios13, el que se reservaba para las mejores mesas, y muchas leyes restringían su captura. Por lo tanto, se sentían seguros y navegaban como barcas minúsculas sobre el agua, con sus largos cuellos erguidos y su postura aristocrática.
En realidad, a Marco no le gustaba la caza. Le daba muchísima pena. Ni siquiera era un gran entusiasta de la pesca, y siempre que podía, cuando había logrado algún pez, lo desenganchaba del anzuelo y lo devolvía de nuevo al agua. En su casa había suficientes alimentos como para no necesitar la caza o la pesca, y como deporte, le parecía una diversión cruel. Sin embargo, Aselo lo veía de una manera distinta y le había convencido.
Durante las últimas semanas, los dos chicos habían practicado cada día sobre dianas improvisadas, en la era, en un descampado de la ciudad, en cualquier sitio donde pudieran disparar las flechas de caña, primero, y luego, con mucha precaución, las astas de metal. Marco había conseguido una puntería muy aceptable, y aquel era el día de comprobar si era tan bueno como los dos creían.
—¿Quién te ha dicho que había venados?
—Tino, el porquero. Los vio ayer mismo. Durante la semana pasada había visto alguna cierva con su cría de lejos, pero dice que esta vez se acercaron tanto que casi podía tocarlos.
—¿Y cómo lo haremos? No están acostumbrados al hombre, y son muy veloces.
Aselo se golpeó la sien con el dedo índice.
—Inteligencia, amo, inteligencia. Buscaremos un árbol adecuado, y te apostarás allí. Yo seguiré el rastro en el suelo, y te los acercaré. Es cuestión de paciencia, y luego, de puntería. No podemos fallar.
Buscaron el tronco perfecto en el bosquecillo. Ni muy alto ni demasiado bajo, ni muy grueso ni tan débil que pudiera romperse, con una rama que sirviera como horquilla donde Marco pudiera aguardar con comodidad. Entonces, sin pensarlo más, comenzó a trepar y tomó posición.
La comodidad resultó ser muy relativa: la corteza del árbol y sus minúsculas ramitas rotas se clavaban en la piel pese al manto de lana que llevaba puesto. Tenía que moverse con mucho cuidado, y al cabo de unos minutos, ni siquiera sentía los pies, y las manos hormigueaban con los nervios y la tensión. A cada momento creía ver los cuernos en forma de rama de algún ciervo, hasta que se daba cuenta de que la vista le engañaba y que era, en efecto, una rama.
Entonces escuchó un ligero rumor entre los arbustos, un remolino de hojas que se movían, y casi al mismo tiempo, el susurro de Aselo desde el pie del árbol.
—¡Ahí vienen!
10 Expresión que se refiere al periodo de tiempo de paz impuesto por el Imperio romano a los pueblos que había sometido. Fue una época relativamente pacífica, sin grandes conflictos internos ni externos. Se suele fechar entre el 29 a.C., cuando Augusto declaró el fin de las guerras civiles, y el siglo III, cuando comenzaron las invasiones germanas por el norte y persas por el este.
11 Padre de familia, señor o jefe de una casa.
12 «Flumen Anae», el río de los patos, actual Guadiana.
13 Nobles.
Mientras se encontraba en la copa del árbol Marco había tenido tiempo de sopesar la situación con mayor frialdad. Lo que más le preocupaba era la reacción que podría tener Cornelio, el liberto encargado de llevar su casa, y se imaginaba que sería iracunda. El día anterior había guardado mucha distancia con él. Y hasta que se habían ido a la cama, le había evitado cuidadosamente.
Aunque era normal tener libertos a su servicio en casi todas las casas importantes de Emerita Augusta, la situación de Marco y de su hermana distaba mucho de ser la habitual. Eran ricos, procedían de una familia con gran influencia en la zona, y eran huérfanos. La madre de los Albius había muerto de fiebres unos pocos días después de dar a luz a Junia. También se llamaba Junia, y cuando nació la niña pasaron a llamarla Junia la Mayor. Ella sonreía con cierta tristeza, porque se encontraba ya muy débil. A veces, en sueños, Marco creía verla, y se acordaba de ciertas cosas de ella. De pronto, cuando jugaba en el peristilo se le cruzaba una imagen, un recuerdo muy breve que se superponía a la realidad y creía ver de nuevo a su madre allí, sentada junto al estanque. Su madre había sido un ser luminoso y cálido, y muchos recordaban aún su aguda inteligencia.
Junia no había sido tan afortunada: no podía recordar nada de su adorable madre, y muy poco de su padre. Claudio Marcelo Albius, el padre de los dos chicos, había sufrido mucho después de la muerte de su mujer. A diferencia de otros matrimonios concertados, ellos se conocían desde niños y se querían muchísimo. Al cabo de algunos años, sin embargo, había decidido emparentar con una de las familias vecinas que se relacionaban con ellos, los Superstes. Se había comprometido ya con su hija Julia cuando recibió un mensaje urgente de su hermano, el padrino de Marco, pidiéndole que se uniera a él en Corduba.
Claudio Marcelo nunca llegó a Corduba ni regresó a Emerita Augusta. Unos bandoleros le asaltaron en un cruce de caminos en su trayecto hacia el sur y lo dejaron malherido. Cuando lo encontraron otros viajeros y lo rescataron, de la compañía de diez personas que le acompañaban solo sobrevivía un esclavo joven, Portulio, que pudo contar, con voz débil, lo que había ocurrido, y que tardó varios meses en recuperarse.
Marco se recordaba en las honras fúnebres de su padre, con una ramita de olivo en la mano izquierda y con la derecha firmemente aferrada a la de su padrino, Julio Marcelo Albius. Unos pasos más atrás, Eutyces, la nodriza, sostenía en brazos a una Junia que aún se tropezaba cuando caminaba. El resto de los esclavos, entre los que se encontraban Aselo y Cornelio, sollozaban en silencio. Desde aquel momento, la suerte de toda la familia dependía de ese hombre y de su generosidad.
Y el tío Julio había demostrado ser un hombre generoso. Marco lo adoraba, aunque también sentía un poco de miedo en su presencia. A diferencia de su padre, que era un hombre parlanchín y afectuoso, el tío Julio hablaba poco, y siempre mantenía la calma, incluso una cierta frialdad. Era una persona muy inteligente, que había sabido combinar su carrera militar con el cursus honorum14, es decir, la carrera política que era la principal opción de las familias en la posición de los Albius y que se encontraba rígidamente estructurada. Para eso se requería una considerable sangre fría y mucha prudencia, y al decir de todos, a Julio le sobraba.
Lo más urgente era aclarar la posición de Marco y de su hermanita. El tío Julio podría haberlos adoptado como hijos, ya que él no los tenía, pero decidió no hacerlo, por razones que desconocía. A veces sentía un poco de resentimiento hacia él por ello.
—¿Es que no somos lo suficientemente buenos para él? —se quejaba a Junia y al preceptor Teseo.
—Eso —decía la niña—. ¿Qué tenemos de malo? Un sobrino es casi un hijo.
Teseo movía la cabeza, con su paciencia habitual.
—Es por vuestro bien, y algún día lo entenderéis.
Pero, para su sorpresa, cuando Junia cumplió los siete años, el tío Julio la adoptó a ella y solo a ella. Su hermana pasó desde entonces a llamarse Junia Julia. Marco lloró durante dos días en su habitación cuando se enteró de ello, y se sintió rechazado por su propia familia, hasta que el tío advirtió que se encontraba molesto y se sentó a hablar con él.
—Debes de pensar que te odio.
Marco negó con la cabeza.
—Sí, seguro que piensas que te odio. Pero mira, escúchame un momento. ¿Eres lo suficientemente mayor como para entender algunas decisiones difíciles?
—Casi tengo diez años —contestó Marco—. Ya no soy un crío.
—Muy bien. Entonces, piensa como una persona mayor, y dime: ¿por qué crees que he adoptado a Junia y a ti no?
A Marco se le llenaron de nuevo los ojos de lágrimas, pero intentó pensar con claridad.
—Entiendo que hayas adoptado a Junia, porque es una chica, y así podrás protegerla mejor hasta que se case, porque tendrás su tutela. Y podrás elegir a su marido. Pero creo que eso ya podías hacerlo antes, porque ya eras nuestro tutor. También puedes aumentar su dote con tu dinero, si quieres.
—¿Y qué más?
Marco dudó antes de continuar hablando.
—A ti te conviene porque para un hombre de tu posición es conveniente que tengas hijos ante la sociedad. Y quizás así también puedas conseguir algún trato ventajoso casándola con alguna familia poderosa.
Julio se echo a reír.
—Vaya, vaya, ¿me crees tan calculador? Veo que cuando quieres sí sabes pensar con cabeza. Pero ¿por qué a ti no?
—No lo sé, tío. De verdad.
El tío le cogió de la mano y fueron a dar un paseo por las calles cercanas. Como siempre, la ciudad no conocía un momento de descanso: carros y caballos, mulos con su carga, vendedores ambulantes de empanadillas, fruta o flores. Se dirigieron hacia el foro15, donde el maravilloso templo de Diana mostraba sus columnas a quien quisiera mirarlas.
—Has acertado en algunas cosas —le contó Julio, después de comprar una limonada para cada uno y sentarse a la sombra—, pero no en todas. Efectivamente, ahora que pronto se hará mayor, Junia está más protegida siendo mi hija. Recuerda que una mujer es una eterna menor de edad. Como un esclavo, solo que peor, porque un esclavo puede ser liberado, y las mujeres, según nuestras leyes, no. De niña pertenece al padre, o al hermano, si aquel falta. Luego al marido, de por vida. Y si se queda viuda, a los hijos. Pronto comenzarán las presiones por casarla, y he creído que yo tengo más edad y experiencia para tratar ese tema que tú.
—¡Pero si no es más que un bebé! —se burló Marco, despectivo.
—Sí, pero los bebés crecéis muy rápidamente. Y cuando llegue la edad de su boda, tú tendrás suficientes preocupaciones como para poder aconsejarla o decidir cuál sería el marido adecuado. ¿No crees?
Marco le dio un sorbo largo a su limonada y tuvo que reconocer que así era. Aunque para algunas cosas se viera muy mayor, comenzaba a darse cuenta de que el mundo de los adultos era demasiado complicado y difícil para él.
—Además, hay otro problema: si Junia se casaba en las circunstancias en las que estaba, muy posiblemente su patria potestad la requiriera la familia de su marido, y entonces, la perderíamos para siempre. Eso se llama el matrimonio cum manu, y sería casi una esclava. En cambio, si la adoptaba yo, podría elegir un matrimonio libre. Es decir, siempre pertenecerá a nuestra familia y yo seré su padre. Si su marido se enfada con ella y se divorcia, puede mandarle una nota que diga: Tuas res tibi habeto (Toma lo tuyo contigo). O incluso, puede decirle: I Foras (vete). Se quedaría en la calle. Y en este caso puede regresar a mi casa y vivir allí tranquilamente.
Marco pensó en su hermana con siete u ocho años más, sola, con una montaña de vestidos y de trastos en mitad de la calle, sin ningún sitio al que ir, y le dio una punzada de pena el corazón. La quería mucho, aunque también le sacaba de quicio casi constantemente, y poco a poco entendió que su tío había hecho lo correcto.
—Y tu caso, querido sobrino, es completamente distinto. Tú sí podrás ser un hombre libre de cualquier carga en unos pocos años, y podrás disponer a tu antojo de todo lo que te legaron tus padres. Pero, Marco, si te adopto, quedarás supeditado a mi patria potestad hasta que yo me muera. Para cualquier paso importante tendrías que consultarme, y yo tendría el poder de hacer contigo lo que quisiera, incluso de castigarte o de ordenar tu muerte. Según nuestras leyes, solo hay un pater familiae por familia, y yo no quiero que crezcas con mis limitaciones y que estés deseando librarte de mí para hacer tu vida. Te tutelaré como padrino hasta que consideremos que tienes la madurez suficiente para que tomes la toga viril, y entonces podrás iniciar tu propio camino.
Marco se quedó mirando a su tío con la boca abierta. Lo que había creído un acto de egoísmo había resultado ser una muestra de generosidad más por su parte. Aún le faltaban muchas cosas por comprender, pero sí entendía una cosa: si Julio había decidido otorgarle esa libertad, él tenía que corresponderle con una demostración de que se la merecía. Debía estudiar todo lo que pudiera, aprender de todo y de todos, y estar a la altura de esa responsabilidad, que era tan hermosa y, al mismo tiempo, tan grande.
—Gracias, padrino —dijo, con un hilillo de voz. Y sintió que había asistido a una lección, quizás la más importante en lo que llevaba de existencia.
El problema fue que con el tiempo esa sensación se fue mitigando hasta quedarse en un recuerdo. Julio regresó a Corduba, y aunque Marco se portaba bastante bien de manera habitual, pronto le pudo la tentación de seguir siendo un niño un poco travieso. Ya habría tiempo para la responsabilidad.
Mientras que Junia sí se comportaba como una hija perfecta, escribía cada poco tiempo a su nuevo padre y le mandaba nueces en tarros de miel y estolas que ella misma confeccionaba, Marco se escabullía de las obligaciones siempre que podía. A veces, los tarros de miel de Junia recorrían media Península detrás de Julio, porque había dejado la Bética16 para irse a la Tarraconense17, o viceversa. Cada cierto tiempo, el propio Julio regresaba a Emerita Augusta y pasaba una semana con sus sobrinos. Entonces, a Marco le entraba la culpa, y prometía que se enmendaría.
—No podemos seguir comportándonos así —le decía a Aselo o a Leo, su perro, el que pillara más cerca.
—No, no —asentía Aselo, cabizbajo, porque también sentía mucho respeto por el amo Julio, y sabía que Marco no haría ni la mitad de las trastadas que hacía de no animarle él.
Pero era más fuerte que ellos mismos, y aunque deseaban con todas sus fuerzas que les trataran como a chicos mayores, seguían con las mismas chiquilladas de siempre.
14 Carrera política o responsabilidades públicas.
15 Espacio público de las ciudades romanas donde se disponía el mercado, los principales templos, negocios… Era el lugar común para hacer vida social.
16 Provincia romana, con capital en Corduba, del sur de la península ibérica, que ocupaba las actuales provincias de Cádiz, Córdoba, Huelva, Málaga y Sevilla, la mitad occidental de Granada y Jaén, parte de Almería y el sur de Badajoz.
17 Fue una de las provincias más grandes del Imperio romano hasta finales del siglo III, cuando se reorganizó su territorio. Su territorio comprendía desde los Pirineos hasta Sagunto, parte del valle del Duero, los valles del Tajo y el Guadiana, y el extremo oriental de Andalucía. Es decir, el norte, centro y sureste de la península ibérica; casi 380000 km2 que tenían su capital en Tarraco, la actual ciudad de Tarragona.
