Cuentos mágicos del sur del mundo - Héctor Hidalgo - E-Book

Cuentos mágicos del sur del mundo E-Book

Héctor Hidalgo

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Beschreibung

Dentro del libro podemos encontrar historias como:  "El enanífero" con un significado acerca de la amistad. "El resplandor del horizonte" reflejando la historia de los pueblos originarios del extremo sur. "El hombre de los cuatro vientos" la relación entre los vientos sur, norte, este y oeste. 

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Seitenzahl: 42

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Cuentos mágicos del sur del mundo

Ilustraciones: Andrés Jullian F. Dirección literaria: Sergio Tanhnuz P.

Dirección de arte: Carmen Gloria Robles S. Diagramación: Equipo Diseño Ediciones SM Chile. Producción: Andrea Carrasco Z.

Primera edición: mayo de 2004 Quinta edición: agosto de 2011

© Héctor Hidalgo © Ediciones SM Chile S.A. Coyancura 2283, oficina 203, Providencia, Santiago de Chile.

www.ediciones-sm.cl [email protected]

ATENCIÓN AL CLIENTE Teléfono: 600 381 13 12

Registro de propiedad intelectual: 89.416 ISBN Papel: 978-956-264-235-4 ISBN Digital: 978-965-264-888-2 Edición Digital: marzo 2012

Impresión: Maval Ltda.

    San José 5862, San Miguel.

Impreso en Chile / Printed in Chile

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni su transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea digital, electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

N003CH

Índice

El Enanífero

El resplandor del horizonte

El Hombre de los Cuatro Vientos

Una página en blanco muy difícil de llenar

El regreso de Venezuela fue para Gustavo todo un cambio de página. Una página en blanco muy difícil de llenar. Estaba tan acostumbrado a los mosquitos, al clima húmedo y caluroso, a animales distintos a los ya conocidos, a tantas plantas y árboles frondosos que verdeaban por donde dirigía la mirada, que lo que ahora lo rodeaba en Chile le parecía muy diferente.

Había pasado muchos años alejado del país. Por ello, se sentía torpe y distanciado de la gente, a tal punto que le costaba conversar con sus antiguos amigos. El tono venezolano de su hablar actual producía sonrisas y miradas curiosas entre sus alumnos de la Universidad. Pero, como tenía muchos deseos de integrarse, su empeño fue notable.

La casa elegida tenía parrones, naranjos y un viejo rosal en el antejardín, todo muy a su gusto. Preparó la major habitación para el taller de pintura. En ella la luz se colaba por el ventanal y ofrecía con agrado las diversas tonalidades de los cambios del día.

Uno de los naranjos rozaba la ventana y regalaba permanentemente la fragancia de sus hojas perfumadas y lustrosas. El parrón bordeaba el patio de baldosas musgosas, alargándose hasta casi unirse al muro del fondo, enmelenado de hiedras colgantes. Era un bello lugar para reanudar la tarea que más amaba: pintar y pintar.

Quería pintar su tierra soñada por largo tiempo desde la distancia. Recrear figuras de personas que le parecieran interesantes, descubrir sus rasgos cotidianos; es decir, articular en sus cuadros la vida que había dejado suspendida mientras estuvo en el extranjero.

Así lo intentó el primer fin de semana libre.

Se lanzó con entusiasmo al trabajo de afinar el pulso para recuperar los colores olvidados, pero sucedió algo inesperado. Como todavía latía en su mente un sinfín de ecos del trópico, personas y lugares que había dejado aparecieron en su mente con porfía. Se sintió desolado. Nada surgió en los croquis, nada de interés en los bocetos que le permitieran cumplir sus propósitos.

Gustavo comenzó a pasearse por el taller. No podía creer que se hubiera olvidado de comunicarse con los suyos. Su pequeña figura resaltaba en el delantal blanquísimo, desprovisto de las típicas manchas, revueltas y coloreadas, propias de un pintor de oficio. Una boina negra le cubría la ceja izquierda, acercándose a sus ojos siempre risueños, pero más bien risueños por un tic nervioso que por alegría verdadera.

La vieja agenda

Cuando ya nada le resultaba, el pintor sintió que necesitaba comunicarse con alguien. Entonces tomó la vieja agenda que conservaba como si fuera un tesoro de valor incalculable. Una agenda que registraba los teléfonos de numerosas amistades. Y comenzó a llamar.

Recorrió con obsesión nombres y números, números y nombres… Puf, cambios de domicilios, personas muy ocupadas, amigos que no le recordaban o que no deseaban verlo todavía.

“Ya hablaremos”, le decían; le pedían el número telefónico y concluían con un “después te llamo”.

Para colmo, estaban todos casados, y en muchos casos, contestaron niños que al escuchar un acento extranjero cortaron con un “equivocado, señor”, sin llamar siquiera a sus padres.

Volvió a la tela con desesperación y, como siempre, apareció el trópico con su abultada carga de verdes, sepias, anaranjados, rojos encendidos, amarillos encarnados, ocres pastosos y verde limón.

Sin embargo, era notorio que a Gustavo le faltaba el blanco y gris pizarra de la cordillera de los Andes, el verde profundo del mar, el azul intenso del cielo del amanecer después de una lluvia en Santiago, el verde húmedo y carnoso del Sur, el dorado de los trigales de los valles de la zona central o el tono café pastel, desteñido y difuso, de la inmensa extensión de los desiertos. Nada de aquello aparecía, y lo echaba tanto de menos.

Y de nuevo regresó a la agenda para hacer otros intentos. Así fue como insistió con el número telefónico de su mejor amiga, Mariela. Ella había sido compañera de curso en la Facultad de Bellas Artes, amiga inseparable de ensueños cuando se juraron llegar a ser grandes artistas. El teléfono sonaba y sonaba, hasta que le contestó la empleada de la casa: