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El libro horada las miradas androcéntricas y europeas basadas en perspectivas patriarcales y colonizadoras. Desmantela tradiciones que han cincelado un perfil de la terapia ocupacional como una disciplina fragmentada, normalizadora y asistencialista.
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Seitenzahl: 316
Veröffentlichungsjahr: 2022
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María Rosa Aussière - Andrea Monzón Sandra Spampinato - Daniela Testa(Editoras)
Ayelén Losada - María Isabel Vidal Sánchez(Colaboradoras)
De amuletos y artificios : reflexiones situadas en clave feminista desde Terapia
Ocupacional / María Rosa Aussière ... [et al.] ; editado por Andrea Monzón ...
[et al.] ; ilustrado por Marcela Laura Guzmán. - 1a ed. - Paraná : Editorial
Fundación La Hendija, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8472-63-8
1. Estudios de Género. 2. Terapia Ocupacional. 3. Intersectorialidad. I. Aussière, María Rosa. II. Monzón, Andrea, ed. III. Guzmán, Marcela Laura, ilus.
CDD 305.4201
Primera edición en formato digital:
Septiembre de 2022
© por Fundación La Hendija
Gualeguaychú 171 (C.P.3100)
Paraná. Provincia de Entre Ríos.
República Argentina.
Tel:(0054) 0343-4242558
e-mail: [email protected],
www.lahendija.org.ar
Diagramación: Martín Calvo
Digitalización: Proyecto451
ISBN 978-987-8472-63-8
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
Portada
Introducción: De amuletos y artificios
1. Ancestralidad y género: historias de mujeres con largas vidas
2. Desigualdad, interseccionalidad y cuidados: la opacidad de género en el sistema penitenciario
3. Acciones y respuestas políticas a la violencia en el ámbito laboral
4. Educación Sexual Integral y formación universitaria: una incorporación urgente
5. Masculinidades: la necesidad de trabajar por el encuentro
6. Aproximaciones feministas: aportes mestizos para transformar la realidad
7. Sentir-Pensar-Vivir el cuidado como acto revolucionario
8. La cotidianeidad de las prácticas alimentarias en clave de cuidados y derechos
9. Feminismo, ecologismo y economía solidaria: caminos colectivos para la transformación
10. Sastipen Thaj Mestipen. Sostenibilidad de la vida y poblaciones gitanas históricamente vulneradas
11. La decisión de Ofelia. Maternidades tensionadas y padecimientos mentales
12. De brujas y de nudos: la narración en nuestras prácticas
Post scriptum: De artilugios
CV compiladoras, autoras, ilustradora
María Rosa Ausssiere, Andrea Monzón, Sandra Spampinato y Daniela Testa
Este libro es un proyecto editorial que surge en medio de la experiencia planetaria que nos impuso la pandemia; allí donde reunirnos entre colegas para pensar en la escritura como encuentro, y narrar con otras para alojarnos, se volvió necesidad frente a la certeza tan próxima de la muerte. Recuperar algo del impulso vital como horizonte, reconocer que la motivación adquiere otros sentidos en términos colectivos y construir un lugar para las voces propias y las de los sujetos de nuestras prácticas. Escribir junto a compañeras de diferentes orillas, coagular caminos compartidos rescatando experiencias de los sures; andar que fue dándose en un espiral de invitaciones. Escuchar preguntas e intereses, acompañar la inspiración y el trabajo de escritura y el proceso de hechura de este libro, concebido como gesto colectivo, que se ha transformado en amuleto. Un tesoro, el encuentro y la potencia de mujeres; una trama capaz de cobijar los diferentes ritmos y tiempos de enlazar palabras y sentidos a partir de reconocernos diversas y atravesadas por las mismas dimensiones de análisis desde las cuales rescatamos nuestras prácticas. Un deseo, un anhelo, un proceso amuleto y este final de recorrido: un libro artificio.
De Amuletos y Artificios. Reflexiones situadas en clave feminista desde terapia ocupacionalpresenta una serie de reflexiones que retoman debates feministas y perspectivas de géneros en diálogo con terapias ocupacionales en clave plural, diversa y situada.
La emergencia de las teorías críticas feministas y de los estudios de géneros llevan varias décadas en desarrollo y expansión; sin embargo, su consolidación e institucionalización en las prácticas socio sanitarias aún representa desafíos donde queda mucho por hacer.
El concepto de género como categoría social, analítica y transdisciplinaria es una contribución teórica relevante porque permite articular relaciones jerárquicas y representaciones desiguales de poder que legitiman una determinada distribución de recursos materiales y simbólicos que funciona como un mecanismo ordenador de la práctica social que sustenta las desigualdades. Como categoría política afecta la distribución desigual del poder, como categoría descriptiva visibiliza las inequidades y como categoría analítica permite interpretar las diferencias.
Esto resulta esencial para comprender mucho de lo que este libro pretende analizar: el género normativiza y asigna menor status y poder a lo femenino, sostiene la distinción entre lo público y lo privado como organizador de las actividades y define espacios de actuación con base en la llamada división sexual del trabajo. Además, si bien las articulaciones del género afectan a todas y todos, sus condicionantes tienen efectos aún más drásticos en las mujeres y disidencias. Por lo tanto, la necesidad de incluir los aportes feministas y las perspectivas de Géneros resuena con intensidad peculiar en un colectivo profesional altamente feminizado.
En ese sentido, incorporar miradas de géneros y aportes feministas como marco de investigaciones, políticas o intervenciones implica reconocer las relaciones de poder que se dan entre los géneros; que éstas han sido constituidas social e históricamente y que, además, atraviesan el entramado social y se articulan con otras relaciones sociales, como las de clase, etnia, edad, preferencia sexual y religión. Si bien existen controversias acerca de su conceptualización -que no están ausentes en las siguientes páginas- hay consenso en cuanto a comprender el género como una categoría histórica y social acerca de los roles, valores e identidades que son atribuidos, internalizados, resistidos o deconstruidos a partir de procesos históricos de socialización. A medida que se institucionaliza el campo y los estudios feministas se complejizan, el concepto se ve transformado a partir del postestructuralismo y de la lingüística, que pusieron en tensión las fronteras entre naturaleza/cultura y destacaron la performatividad que materializa la diferencia sexual. Más allá del dinamismo de estos debates, es necesario reconocer las dimensiones cognitivas, afectivas y ético políticas que amplían horizontes y fronteras. Es decir, no sólo favorecieron la renovación de temáticas y la visibilización de sujetos históricos y sociales sino que aportaron nuevas miradas y posicionamientos epistemológicos. Eso no se reduce al interés en recuperar saberes acerca de las mujeres/varones sino que permite visualizar los procesos que construyen corporalidades y subjetividades y recuperar experiencias diferenciales y fundacionales. Ello nos permite preguntarnos, por ejemplo: ¿Qué es ser (mujer/hombre/trans/travesti/bisexual/vieja/loco y todas las diversidades) en determinados contexto y momentos y con atributos corporales que escapan a la norma? Esto significa prestar atención a la construcción de la diferencia sexual y no solamente a los roles asignados a los varones y a las mujeres y cuerpos feminizados. La importancia de estas miradas consiste no solo en visibilizar el papel de las mujeres en las narrativas sino en revelar aquellos procesos que llevaron a pensar que su actuación no fuera considerada importante en la historia, a tal punto que fueron negadas, subvaloradas u omitidas de la discursividad dominante.
Las contribuciones de las terapistas ocupacionales no han permanecido indiferentes a estas tendencias; la presencia de las teorías feministas, de la historia de las mujeres y de las perspectivas de géneros permean de manera cada vez más contundente nuestras prácticas y conceptualizaciones. De eso trata uno de los propósitos de este libro: entrelazar estas visiones con los múltiples aspectos y problemáticas que componen nuestras realidades profesionales para, desde allí, desarrollar prácticas que incorporen críticamente estas dimensiones. Sin dudas, el desarrollo de nuestra profesión va en una dirección cada vez más politizada y comprometida con la inclusión social, los derechos humanos, la construcción de ciudadanía, la ética del cuidado, los procesos de estigmatización, las nuevas formas de subjetividad y de padecimiento contemporáneos. Decimos, por eso, que es tan importante recuperar el aporte de aquellos invisibilizados como reflexionar sobre los procesos que zanjaron, cuáles contribuciones y de quiénes serían merecedores de ser escuchados, difundidos, profundizados, esto es, de constituir la historia. Se trata de los otros protagonistas y relatos posibles, además del emanado de los círculos autorizantes, y de cómo construimos otros modos posibles de legitimación entre pares.
Entonces, ¿por qué es importante hablar desde propuestas feministas y con perspectivas de géneros en Terapia Ocupacional? Creemos que uno de los desafíos es desplegar libertades para intentar generar nuevas preguntas y problemas sobre nuestros queridos y tradicionales temas y dar lugar a otros, de modo tal de ensanchar aquello que consideramos específico o pertinente para nuestra profesión, desde la profundidad y la superficie.
Por eso, el espíritu que guía De Amuletos y Artificios. Reflexiones situadas en clave feminista desde terapia ocupacional, tiene como objetivo contrapesar las narrativas dominantes en nuestro campo disciplinario. En primer lugar, procura horadar las miradas androcéntricas y europeas basadas en perspectivas patriarcales y colonizadoras. En segundo lugar, busca desmantelar aquellas tradiciones que han cincelado un perfil fuertemente cristalizado de la terapia ocupacional como una disciplina fragmentada, meramente normalizadora y asistencialista. La propuesta de este libro es de otro tenor: consiste en afirmar y demostrar que el diálogo con críticas emancipadoras y transformadoras es una semilla que sembraron nuestras ancestras y que, ahora que estamos juntas, es el tiempo de florecer.
Aunque los capítulos puedan resultar disímiles, sus páginas llevan el deseo de horizontes de transformación construidos colectivamente. Cada lector, cada lectora puede ponerlos a dialogar rompiendo el orden en que fueron agrupados; descubrir tensiones, paradojas y provocaciones que invitan a reflexionar y a actuar en nuestros espacios locales, en nuestro tiempo vital. Somos terapistas ocupacionales del sur geográfico, epistémico y simbólico, que desandamos certezas y narramos. Nos narramos desde las preguntas en las que nos miramos, situadas en nuestras historias y sus desvelos. Somos procesos vivos de hilar lo preexistente y lo por venir reconociéndonos en un mundo plural, diverso e injusto. Por eso, la decisión de utilizar el lenguaje inclusivo y/o no sexista, de acuerdo a las preferencias de cada autora, fue una decisión política y epistemológica situada. Como editoras, reconocer los atravesamientos generacionales, las propias historias y experiencias relativas al uso del lenguaje, al ejercicio de la escritura y a los modos de narrar, nos llevó a tomar la decisión de no homogeneizar temas, abordajes, ni estilo.
Sin embargo, los trabajos pueden enlazarse a través de algunos hilos. Las contribuciones de Magalí Risiga (capítulo 1), Desiré Traver Edo (capítulo 2) y Andrea Portela, Florencia Rosemblat, Julieta Briglia, Nora Vázquez, Sandra Olivieri, Daniela Cerri(capítulo 3) se comprometen con aristas que duelen y suelen ser poco observadas. Magalí, en Ancestralidad y género: historias de mujeres con largas vidas, desanuda, desnuda y descubre en sus tramas genealógicas el continuum de cuidados. Situada en el campo gerontológico da voz a mujeres, adultas mayores, que cuidan. Habita desde la escucha historias de vida, al relato como actividad porque en esos fragmentos más que historia disuelta ve un significado presente. Da espacio a lo invisible, a lo no dicho, a lo ancestral, impulsando círculos de mujeres. Nudos, hilos, nuevas tramas en que posiciona a las mujeres adultas mayores como sujetas de derecho y a la vejez como proyecto. En esa misma línea, Desiré,en Desigualdad, interseccionalidad y cuidados: la opacidad de género en el sistema penitenciario, da presencia a las discriminaciones sociales a través del abordaje de la situación poco conocida, minoritaria y vulnerable de mujeres presas, a través de una mirada feminista e interseccional. La autora, posiciona la libertad como cuestión social y esencial para nuestra práctica, analiza los determinantes sociales asociados al género y otros ejes de desigualdad para dar visibilidad a los cuidados. El entorno penitenciario, su opacidad, sus rutinas y prácticas cotidianas, la violencia, develan la falta de oportunidad ocupacional causada por políticas inequitativas, androcéntricas y estigmatizadoras. Andrea, Florencia, Julieta, Nora, Sandra y Daniela, en Acciones y respuestas políticas a la violencia en el ámbito laboral, analizan situaciones de violencias (física, psicológica, sexual, económica, patrimonial, simbólica) a partir de los datos obtenidos en la primera encuesta sobre violencia en el ámbito laboral hacia mujeres terapistas ocupacionales en la Argentina. Entrecruzan dimensiones como las formas de afrontamiento, el tipo de gerenciamiento institucional, la formación en perspectivas de géneros. Esbozan propuestas transformadoras de prácticas y realidades, desde una posición colectiva, con una mirada social, política y feminista.
Macarena Abregú, (capítulo 4) y Ayelén Losada (capítulo 5) sostienen en común la necesidad de los abordajes integrales para comprender las diferencias y desigualdades en base al género. En Educación Sexual Integral y formación universitaria: una incorporación urgente, Macarena aborda la importancia y la posibilidad de aplicación de la educación sexual integral en la formación de terapistas ocupacionales en el ámbito universitario argentino. Propone un análisis a la luz de la perspectiva integral de la sexualidad y sugiere estrategias pedagógicas para su abordaje. Comparte su propia transformación en las aulas, toma como “puertas de entrada” las dimensiones: personal, institucional y familiar comunitaria, aporta investigaciones nacionales y conceptualizaciones de colegas de la región. Invita a desnaturalizar las operaciones del patriarcado en la vida cotidiana, en las relaciones que conformamos y en la sexualidad. Por otra parte, Ayelén, retoma en Masculinidades: la necesidad de trabajar por el encuentro, otras puertas de entrada para pensar el género, desde posiciones empáticas que evitan la confrontación. Toma cinco ejes de análisis a través de su mirada: relacional, dialéctica, múltiple, cualitativa y creativa para pensar el género a partir de la Metodología Procesos Correctores Comunitarios; promueve generar espacios para reescribir formas de relación entre mujeres, entre hombres y, conjuntamente, con propuestas de trabajo que buscan el encuentro. Ambas autoras basan sus reflexiones acerca de las construcciones de género en articulación con los conceptos de patriarcado y capitalismo.
Natalia Rivas-Quarneti, Inés Viana-Moldes y Lilian Magalhães, (capítulo 6), en Aproximaciones feministas: aportes mestizos para transformar la realidad, entrelazan trayectorias e historias de vida donde la migración configura sus identidades. Ponen en relación la Terapia Ocupacional y la Ciencia de la Ocupación con los feminismos, historizan las olas del feminismo y acercan producciones de docencia, práctica e investigación en contextos lusófonos, hispanohablantes y anglófonos. Sostienen que las prácticas feministas nutrieron desde el inicio la profesión y que su visibilización es un esfuerzo colectivo aún pendiente, en el que los aportes mestizos tienen implicancias desde una mirada ocupacional con praxis transformadora.
Las contribuciones de Inda Zango Martín y Carla Regina Silva, (capítulo 7), Andrea Monzón (capítulo 8) y Valentina Vinzón (capítulo 9) ponen en el centro las lógicas del cuidado y tensionan los ideales de capacidad hegemónica y el individualismo para reflexionar acerca de la ética del cuidado y las relaciones de interdependencia y ecodependencia. Inda y Carla, en Sentir - Pensar - Vivir el cuidado como acto revolucionario, toman el encuentro de sus trayectorias personales y profesionales para colocar el cuidado en el centro de la vida. Las autoras, destacan la ecodependencia y la interdependencia de los seres humanos junto con la responsabilidad como agentes de cambio para una transformación del sistema hegemónico patriarcal, colonial y capitalista neoliberal. Pensar las prácticas del cuidado de sí, de otras personas y colectivos y de todas las formas de vida permite el desarrollo de una terapia ocupacional que incorpora otros modos de cuidar, de ser y de hacer con y desde la comunidad. Andrea, en La cotidianeidad de las prácticas alimentarias en clave de cuidados y derechos, invita a pensar la alimentación en la cotidianidad, como actividad de cuidados y como derecho humano fundamental, sin atarse a la funcionalidad del acto de comer. Desde una interesante perspectiva observa las prácticas alimentarias a través de una lente ético política y hace hincapié en incluir la noción de cuidados desde la formación, como herramienta para evitar reproducir los patrones que responsabilizan a las mujeres de las actividades cotidianas de sostenibilidad de la vida. Además, considera estas actividades como prácticas alimentarias y propone analizarlas en sus procesos de acceso, almacenamiento, selección, preparación y consumo como parte de complejos hechos socioculturales. Valentina, en el capítulo Feminismo, ecologismo y economía solidaria: caminos colectivos para la transformación, interrelaciona aportes del feminismo interseccional, el ecologismo y la economía solidaria con la terapia ocupacional. Reflexiona sobre las crisis climática, ecológica y civilizatoria, agudizados en tiempos pandémicos, y nos interpela a revisar las prácticas para generar dispositivos que permiten construir nuevas posibilidades en nuestros territorios del sur.
En los capítulos siguientes María Isabel Vidal Sánchez y María Félix Rodríguez Camacho (capítulo 10) y Sandra Spampinato y Daniela Testa (capítulo 11)articulan dimensiones en común desde escenarios diferentes, en tanto ponen en cuestión los sistemas políticos y económicos que promueven procesos de opresión y exclusión. En Sastipen Thaj Mestipen. Sostenibilidad de la vida y poblaciones gitanas históricamente vulneradas, María Isabel y Mária Félix, cuestionan que los prejuicios históricos acerca de donde nacimos o vivimos sean factores determinantes a la hora de definir quienes somos. Analizan situaciones de exclusión, vulnerabilidad y desigualdad y el impacto en la salud situados en contextos urbanos españoles habitados por la comunidad gitana. Proponen un enfoque basado en la justicia ocupacional para habilitar procesos de transformación de experiencias colectivas. Desde otra localización, Sandra y Daniela, en La decisión de Ofelia. Maternidades tensionadas y padecimientos mentales, comparten reflexiones acerca de la complejidad de las maternidades en mujeres con padecimientos mentales, atravesadas por mandatos patriarcales, ideologías normalizadoras y principios moralizantes que configuran categorías diferenciales y legitiman desigualdades. Analizan dimensiones puestas en juego en la decisión de ser madre en esos contextos y las tensiones que genera, entrelazando relatos en primera persona que develan vicisitudes de mujeres ubicadas en lugares de deshumanización, menosprecio social y falta de autonomía. Ambos capítulos proponen establecer itinerarios de acompañamiento desde trazos particulares, la disposición de recursos simbólicos y materiales resaltando el lugar central del Estado como garante de derechos.
El último (capítulo 12), de Anabel Arias, titulado De brujas y nudos: la narración en nuestras prácticas, aborda el significado de la escritura para nuestra profesión, palabras que marcan, evocan, nombran, silencian. La narración comprendida como acto de inscripción en la cultura, abre sentidos, legitima espacios, reivindica potencias, haceres colectivos, voces locales; que surge en una trama simbólica, imbricada en relaciones sociales de poder, que visibilizar condiciones materiales y contextos de producción que pueden colocar nuestras voces en la esfera pública o silenciarlas. Al repensar la configuración de la vida cotidiana y el tiempo se interroga sobre el lugar marginalizado de las mujeres en el campo del saber.
Para finalizar, un breve Post scriptum: De artilugios, de las editoras, interpela sentidos y convoca a continuar los procesos iniciados.
Este libro no sería lo que es sin el aporte entusiasta de Isabel Vidal y Ayelén Losada, quienes no dudaron ni un instante en embarcarse en el desafío de convocar colegas/autoras cuando el proyecto era apenas una ilusión. Sin dudas, las autoras, son nuestras tesoras más preciadas. Tuvieron infinita paciencia y amor del bueno durante todo el proceso, especialmente a la hora de las tediosas correcciones que implica toda escritura. Con sus voces, y desde distintas orillas, tramaron sus saberes, sus dudas y sus contradicciones; apostaron sus miradas para vislumbrar modos posibles de reconocer y reconocerse en los otros, de hacer y, en definitiva, de atisbar formas mejores de habitar nuestros mundos. A todas, muchas gracias.
A Laura Martincich y La Hendija por confiar en esta idea y aceptar el desafío editorial generando espacios de trabajo empáticos, va también nuestra gratitud.
A Marcela Guzmán, amiga y colega querida, quien contribuyó con su hermoso arte a partir de las ilustraciones que recorren este libro; por su generosidad, su tiempo y la potencia de sus gestos vaya nuestro reconocimiento.
A nuestros lazos cotidianos que cobijaron desvelos y habilitaron tiempos y espacios, también nuestras gracias.
A nosotras, que con discreta complicidad, llenamos de entusiasmo y creatividad un momento oscuro de incertidumbre; nos enredamos y fuimos medicina y magia en nuestro aquelarre, siempre agradecidas.
A cada lector y cada lectora que recorrerá los párrafos del libro, infinitas gracias por apropiarse e inspirarse para seguir narrando, para continuar los legados de caminos transformadores.
1
MAGALÍ RISIGA
Si tuviéramos la suficiente audacia y delicadeza para reconocer y liberar esa energía femenina, visionaria, creativa y regeneradora de Ariadna, en equilibrio con la energía masculina de Teseo que valeroso, mata al Minotauro pero carece de capacidad para orientarse dentro del laberinto, veríamos con absoluta claridad, los secretos pasajes, liberadores de este laberinto en el que hombres y mujeres vivimos desde hace tanto tiempo.
Descubrir que en los límites de nuestra telaraña prospera algo que habíamos comenzado a tejer juntos en tiempos inmemoriales y teníamos olvidado, es la gran revolución.
Esther Cabezas
Cuando niña, la vejez era mi abuelo caminando lento, con su bastón y su sombrero, y mi abuela con delantal de cocina de la mañana a la noche. La vida vivida, muchas veces relega la frescura, y hay conocimientos que nublan las miradas. Tal vez esa sensación de que en el fondo del escenario de sus vidas existía un pesado telón (al que no me era dado acceder) me acompañó mucho tiempo, y recorrí mi formación como terapista ocupacional, pensándome ligada a las infancias.
Pero algunos atravesamientos internos son muy profundos: la luz de un faro a la distancia, voces antiguas, rumores ancestrales, ¿tal vez? me fueron guiando hacia el universo de quienes vivieron muchos años. Ergo, elegí la gerontología como el terreno de mi praxis. Campo no sólo escasamente sembrado en Argentina a principios de los años 80, sino menoscabado por la propia ciencia y por los propios pares. Leopoldo Salvarezza (1988) nos invitaba a pensar en el viejismo, hacia afuera y hacia adentro de nuestros cuerpos teóricos. Los sistemas capitalistas afectan las representaciones de la vejez, situándola como aquel momento de la vida en la que las personas se vuelven improductivas. La construcción y transmisión del significado social de cada etapa vital transcurre en la socialización permanente (Navarro, 2019), por lo que aceptar aquella invitación a pensarnos de lo micro a lo macro, de lo macro a micro, no solo fue fundante de mi mirada como terapista ocupacional sino que me enraizó en la elección.
La gerontología transcurría en un terreno escarpado que me interpelaba y convocaba a generar espacios desde nuestra disciplina hacia los equipos interdisciplinarios, las instituciones y la propia comunidad.
Ningún cuerpo teórico de la época me representaba. Era hora de emprender un viaje de auto transformación que habilitara la construcción de nuevos conocimientos. Tal como refiere Canela Gavrila (2019, p. 88) “(...) enunciarse críticamente en la multiplicidad de superficies que se habitan pone en evidencia un sistema político de privilegios donde, todavía, la edad carece de mención y reflexión”.
El envejecimiento como fenómeno de impacto social tomó visibilidad internacional a partir de la I Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento, realizada en Viena en 1982; fue necesario esperar al cambio de siglo para que el entrecruzamiento entre vejez, género y salud comience a ser considerado y puesto en debate.
Edgar Morín (2004) plantea que los principios que gobiernan las ciencias no solo inciden en sus cuerpos teóricos sino también en la organización social, por lo cual, la relación entre los modos de organización del conocimiento y los de la sociedad se encuentran profundamente enlazados. La escasez de desarrollo teórico sobre la llamada feminización de la vejez responde a estas estructuras. Es así que, aunque son las mujeres mayores las que constituyen el mayor grupo demográfico, este aún no se ha erigido como categoría teórica relevante.
En América Latina, son pocos los países que han implementado en sus políticas públicas acciones favorables a las adultas mayores, tanto en su seguridad económica como social (Huenchuan, 2010). Tal vez estos dos sesgos: edad y género, ¿resultan perturbadores? Esta escisión entre variables obstaculiza las posibles interpretaciones acerca de cómo la edad impacta en las funciones y en la identidad. Tal como nos plantea la autora Mónica Navarro (2019) las mujeres, debido a las desigualdades sufridas en el transcurso de su vida, suelen sobrellevar mayores limitaciones funcionales en edades avanzadas. Además, generalmente aquellas con parejas heterosexuales, al momento de requerir cuidados han enviudado, lo cual en muchos casos determina transferir el cuidado a terceros o la institucionalización en residencias.
Cabe preguntarnos si para investigar, ahondar y crear conocimiento chocamos bruscamente con nuestras propias representaciones construidas a lo largo de la Historia y de la historia personal, ¿qué hilos y nudos forman la trama a desentrañar?
Si bien en los últimos años la mujer ha logrado incorporarse a los ámbitos laborales, sociales y políticos, el ámbito privado, con la atribución de roles por sexo, mantiene sus normas de tradición en relación a los cuidados. Así, las adultas mayores continúan invirtiendo tiempo considerable en estas tareas, lo cual echa por tierra la percepción de que estas cargas de cuidado recaen durante la juventud o la mediana edad, ya que muchas adultas mayores también pueden ser cuidadoras (cónyuge, hijos/as con discapacidad, nietos y nietas).
Ser mujer, entonces, parece implicar un continuum de cuidados a lo largo del ciclo vital, que muchas veces abarca no sólo a quienes requieren de cuidado sino también a hombres autoválidos, pero marcados también por mandatos genealógicos. Desde ellos, se espera que sea la mujer quien resuelva lo cotidiano: procesos de producción invisible que pasan por la limpieza de la casa, la cocina, la crianza, el planchado, el lavado, todo lo que implica la organización de la vida en el día a día, en jornadas que exceden en mucho las ocho horas.
Mis tramas genealógicas también están allí para ser comprendidas. Cada desanudamiento, también es desnudamiento. Quitar las ropas viejas para recuperar libertades y vuelos por paisajes elegidos desde el centro de mi misma.
Vuelven los sonidos, los aromas, las imágenes: el silencio de mi abuela, transitando la casa luego de la muerte de mi abuelo, su congoja. Entre el crujido de los muebles de madera y el sonido repetido del reloj de pared, calentaba un ladrillo, lo arropaba en una sábana vieja y lo colocaba bajo las frazadas, a los pies de mi cama. El invierno desaparecía entonces y los sueños se me entibiaban. En la oscuridad, que seguía sin palabras, encendía la radio y yo me adormilaba poco a poco en el silencio. Cuando la niña que iba a acompañar su soledad recién estrenada cerraba sus ojos, estoy segura que ella se amanecía a su lado, custodiando sus sueños.
En mi recuerdo, ella es la representante de ese continuum de cuidados que luego heredó mi propia madre. Karina Batthyany (2010) nos dice que, aunque no sea considerada como tal, la mujer como cuidadora representa una fuerza de trabajo (no remunerado) que sostiene la salud de millones de personas en el mundo, fuerza de trabajo que será cada vez más demandada en tanto que el envejecimiento poblacional requerirá de mayor apoyo y asistencia en salud.
Des-anudar, des-nudar, des-cubrir. Y desde lo que deja de estar oculto, transferir a mi praxis el encuentro por otros caminos. Voces. ¿Qué dicen esas voces de mujeres que cuidan? ¿Hay un auto/debate entre el deber ser frente al cuidado y la lealtad y cariño por la persona cuidada? ¿qué se espera de ellas? ¿acaso no se da por descontado que no habrá mejor cuidadora, simplemente por el peso del afecto implicado en el vínculo? Desde este precepto, todo cuidado que llegue por fuera de ese ámbito familiar será sometido a escrutinio permanente. Incluso la misma esposa, muchas veces agotada, estresada, no logra delegar funciones en el cuidado formal -”porque nadie puede cuidarlo como yo”-, quedando atrapada en huellas inalterables de la memoria generacional.
Sigue sin considerarse el cuidado de la vida humana como una responsabilidad social y política, de tal forma que, pese a la integración de las mujeres al mercado laboral, se ha ido consolidando un nuevo modelo que desdibuja la figura tradicional del ama de casa, sin esto significar que abandone sus tareas de cuidadora, sino que asume los roles familiares y laborales, debiendo resolver su subsistencia en el ámbito privado pero bajo condiciones laborales exigidas por la organización capitalista (Carrasco, 2001).
Esta transmisión del mandato de cuidar, este sistema naturalizado de cuidado informal, está siendo revisado en la actualidad por las generaciones más jóvenes. Discursos que, de la mano del movimiento de mujeres, comienzan a tensarse, a desestabilizarse. Sin embargo, en la agenda feminista, el tema de la mujer vieja, cabe aclarar que también ha estado relegado y recién comienza a perfilarse.
Las voces narran y cuando se habilita un espacio, se expanden. Salazar Villanea (2015) señala que la gerontología narrativa emplea la metáfora de la vida como un relato basado en la reconstrucción de reminiscencias. Las reflexiones sobre las experiencias pasadas se reflejan en los discursos y aprendizajes, resignificadas, y a partir de ellas se crean nuevas trayectorias vitales.
En algún punto del camino las voces fueron encontrando ese espacio, indudablemente disponible desde mí misma, y los relatos se corporizan. Como en los mitos, inicié otro viaje, con caminos igualmente escarpados: nuevamente los cuerpos teóricos no me nombraban, o en todo caso, se hacía necesario deslindar lenguajes, conocimientos, artificios hasta encontrar la trama propia desde la Terapia Ocupacional.
Investigada tradicionalmente por las ciencias sociales, la historia de vida se utiliza como un método de investigación para conocer y comprender fenómenos sociales. Luego, la psicología la incorporó como herramienta de diagnóstico y estrategia terapéutica. Debemos a Robert Butler la elaboración de las primeras técnicas de reminiscencia, a principios de 1960. Poco a poco, esas técnicas e investigaciones se extendieron a diversas disciplinas que confluyen en el campo gerontológico.
Más allá de la forma que adopte la historia de vida y los métodos utilizados, favorece la integración del pasado al presente, posibilita la reconciliación con la vida que tocó vivir, permite ver hechos dolorosos y/o traumáticos a la luz de nuevas experiencias. Descubrir y reconstruir el significado de los recuerdos no se focaliza tanto en el acceso preciso a los mismos, sino en el modo subjetivo en que los fragmentos de hechos edifican una memoria coherente y significativa. Así lo señala Eva Muchinik (2001): nuestro dato objetivo es la verdad de la persona que narra.
La búsqueda de un conocimiento que me representara desde nuestra disciplina, significó atravesar aquel tejido primigenio que mezclaba la escena y la escenografía, para dar relieve al relato (que siempre está presente en nuestra mirada abarcativa, en las intervenciones), pero ahora siguiendo las señales, los énfasis, percibiendo desde una perspectiva gestáltica ese movimiento de fondo/figura que configura el vivir.
El relato como actividad, un texto interpretativo que da lugar a un nuevo texto que no define la vida, porque ella es inaprehensible, incontable en su multidimensionalidad y diversidad, permite ver los fragmentos sobrevivientes de la memoria no como historia disuelta, sino enlazada y significada desde la ventana actual.
Así fue que las voces me llevaron a escuchar, y los relatos tomaron vida propia, se desprendieron del telón y ocuparon el escenario. Se enlazaron a fotos, a recortes, a cartas, a dibujos. Formatos diversos alojaron las vidas relatadas de hombres y mujeres con mandatos, marcas, cicatrices, y estereotipos ligados al viejismo. Las viejitas tejen en silencio. Los viejitos leen el diario. Y viejitos y viejitas miran televisión, duermen la siesta, escuchan radio, hacen palabras cruzadas, caminan despacio, se enferman y luego se mueren. Fin.
Solo quien narra se redefine. Las historias de vida nacen en la indagación del pasado, pero fluyen hacia adelante como proyectos, porque esta revisión provee también la oportunidad de reflexionar sobre el tiempo que queda por vivir, trabajando herencias emocionales y materiales. Y en estas personas “… que pueden ver hacia atrás para impulsarse hacia adelante, el camino se bifurca” (Risiga, 2019, p. 259). De esas bifurcaciones, nacen oportunidades, actividades relegadas, cambios cotidianos, nuevas redes.
Las historias de vida se cuentan, se escriben, se leen, se releen. Indicios que permiten la relación entre distintos tiempos: el del mundo de la vida, el de la narración y el de las lecturas/interpretaciones de la misma (Rizo García, 2004). Mucho de lo que pude ir descubriendo es a partir de volver a leer lo que ya estaba escrito y hoy tengo la oportunidad de hacerlo desde una perspectiva de género.
Como en los viejos cuentos infantiles, allí están las brujas. ¿Las recuerdan? Todas tenían la nariz grande, algunas verrugas desagradables, voces chillonas y viejas manos con uñas afiladas. Y eran mujeres, claro. Con su sombrero negro puntiagudo y volador y sus vestidos largos color carbón, andaban entre ollas llenas de sapos y serpientes y líquidos burbujeantes y pestilentes. ¿Una buena fórmula para que ni niñas ni niños intentaran acercarse a la memoria ancestral de las abuelas hechiceras? ¿para marcar preferencias hacia imágenes perfumadas y sumisas, sentaditas al sol de la tarde con el cabello cano recogido prolijamente?
Pero no hubo cuento que pudiera borrar sus verdaderos rostros, su esencia. Ellas aparecen en cada historia con forma de abrazo o de lucha, enteras o en jirones, detrás de los postres amorosos o del cansancio milenario.
Leo en esas escrituras plasmadas a veces a mano alzada, otras, verdaderos libros impresos, lo que a veces es un susurro tan sutil que ni el oído llegó a percibirlo: el ahogo, la violencia, el deseo dormido, los sueños no cumplidos. Lo invisible busca espacio. Aparecen puntos en común, elementos de análisis que nos llevan a contextos de poder/sometimiento, mandatos reiterados generación tras generación: roles esperados, responsabilidades asignadas.
» Mi mamá se llamaba Amalia y nació en 1902. Era muy dulce, y para ella lo que decía papá era sagrado; estaba siempre pendiente de él. Porque antes era así.
» Las tres teníamos asignado marido en Argentina. Yo tenía 17 años cuando me casé. Mi esposo 32. Tuve que aprender a quererlo.
Abusos y silencios, que cuando no pueden ser dichos, pueden leerse entre líneas:
» Pensaba que era una muestra de cariño…
Abusos y silencios que son dichos, pero no se trasladan al papel, se corporizan en el espacio terapéutico, alrededor del fuego femenino que surge del vínculo:
» No quiero escribir sobre él. Nada. No quiero su nombre en mi libro. ¡Pero cómo me alivia haberlo contado!
En muchas ocasiones vuelvo a mis notas, o escucho una y otra vez las grabaciones para decodificar respiraciones, ritmos, pausas. Porque para romper lo instaurado desde la rigidez y los discursos hegemónicos y patriarcales se hacen imprescindibles las relecturas y una permanente auto revisión. El relato tiene fuerza resiliente. Ser resiliente “es una militancia en el anti-destino” (Paris, 2014, p. 134).
En el año 2018 fui invitada a participar de la Jornada “Ancestras: saberes, género y edad en mujeres mayores” (1). Pensada como un ida y vuelta circular, con ponencias de las docentes de la universidad a modo de disparadores temáticos y el aporte de todas las mujeres que aceptaran la invitación a ese fueguito compartido, esa jornada superó todas las expectativas. El círculo de sillas se transformó en espiral, porque el espacio habitado superó al espacio físico. Allí también estaban las brujas: las que se refugiaron en las cocinas y las primeras que portaron las banderas feministas; las que escribían sus dolores en libretas escondidas bajo llave, y las que escribían las luchas en periódicos y libros. Allí estaba mi linaje femenino y estaba yo misma. Mirándonos, diciéndonos, reconociéndonos.
Ese primer encuentro dio origen a la experiencia del “Programa Ancestras: saberes, género y edad”, diseñado desde el área de investigación en envejecimiento, en conjunto con la Secretaría de Extensión de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, articulando academia y comunidad, dando impulso a un círculo de mujeres que a lo largo de pocos años crece y crece. A través de sus cinco componentes: jornadas locales y en territorio, investigación, repositorio y un curso taller de género, se expande no solo en número de participantes, sino también en terreno, replicándose en distintas localidades del país. De por sí, su propio nombre ha sido transformador, “la ausencia de la palabra ancestra, da cuenta de la ausencia de representación de las mujeres mayores en el lenguaje, lo que impide nombrarlas como símbolo de saberes y valores historizantes dentro de la trama social” (Navarro, 2019, p. 206).
Haber formado parte de sus encuentros inaugurales, me posibilitó agudizar la escucha y detectar esas señales sutiles de los relatos escritos. Los movimientos de mujeres, simbólicamente génesis de nuevos abrazos, impactan no solo en la vida de todas, sino también en el modo de llevar nuestros propios aprendizajes al campo. Porque si al decir de Ricoeur (1996) el relato hace de la propia vida un tejido de historias narradas, no somos solo escuchas, sino co-participantes, co-escribas, co-tejedoras, en la expansión hacia otros cuerpos, otras búsquedas, en las que estas narrativas se plasman.
Desde la recepción porosa y flexible del encuentro, los textos se redimensionan en el vínculo como espacio continente; se da lugar a la paradoja de que quien narra, para poder narrar, se aleja de sí para volver a sí, en un proceso dinámico de construcción en espiral.
Quienes recibimos ese relato lo procesamos también de diferentes maneras, de tal forma que, como parte de la implicación terapéutica, se tiñe de la propia narración. Hay piezas en ese nuevo texto que nos pertenecen, y que lejos de ser motivo de sobresalto, nos deberían permitir reconocer los puentes tendidos desde las intervenciones, hacia las auto transformaciones.
De una misma a la praxis, de la praxis a los contextos, para volver a la praxis y otra vez a una misma. Los nudos andan por todas partes. Y los hilos. Y con todos ellos la oportunidad de nuevas tramas.
El entretejido de las narrativas transmite lo vivido, -convertido en experiencia-, hacia un espacio colectivo, lo cual permite visualizar nuevos horizontes posibles, deseantes, para quienes lleguen a él en el mediano plazo (Gavrila, 2019).
Visibilizar a las mujeres mayores como sujetas de derecho, nos lleva a replantear las bases sobre las cuales se construye la noción de ciudadanía, y tal vez debamos reconocer y doler las propias sujeciones esculpidas por centurias en los contratos sociales para producir un verdadero cambio. El envejecimiento previsible para las próximas décadas es un gran desafío en todos los ámbitos. Son mayoritariamente mujeres las que componen este grupo etario, también son las más vulnerables y con mayores limitaciones funcionales. Paradójicamente, son también mujeres las principales cuidadoras de personas mayores. Se torna imprescindible, entonces, incorporar la perspectiva de género en los estudios sobre el envejecimiento, y recuperar sabidurías transmitidas y legadas para continuar el bucle de conocimiento que se inició milenios antes. Salazar Villanea (2015) refiere que la sabiduría incluye la habilidad de dar nuevos sentidos a las vivencias en el desarrollo de la identidad, y es por eso mucho más que una sumatoria de experiencias y aprendizajes. Los saberes individuales también contribuyen a la memoria colectiva:
