De la Patagonia a México - Hebe Uhart - E-Book

De la Patagonia a México E-Book

Hebe Uhart

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Relatos de viajes. Admirada por Fogwill y por los nuevos narradores argentinos, a los 73 años Hebe Uhart se ha convertido en una autora de culto. Estas nuevas crónicas recorren paisajes diversos que van desde Bariloche y Azul hasta Los Toldos o General Villegas en la provincia de Buenos Aires. A mitad de camino cruza Corrientes y Tucumán, para salir rumbo a Paraguay con destino final México.

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Seitenzahl: 289

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Uhart, Hebe

De la Patagonia a México / Hebe Uhart

1ª ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Adriana Hidalgo Editora, 2024

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8969-92-3

1. Crónicas. 2. Narrativa Argentina. 3. Crónica de Viajes. I. Título.

CDD A860

la lengua / crónica

© Herederos de Hebe Uhart

© Adriana Hidalgo editora S.A., 2016, 2017, 2019

www.adrianahidalgo.es

www.adrianahidalgo.com

ISBN: 978-987-8969-92-3

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.

Disponible en papel

Índice
Portadilla
Legales
De la Patagonia a México
Volviendo a Bariloche
Azul
Los Toldos
General Villegas
Año Nuevo en Almagro
La buena educación
San Juan de Vera de las Siete Corrientes
Corrientes tiene payé
Tucumán
De vuelta en Asunción
Vamos a México
Acerca de este libro
Acerca de la autora
Otros títulos

De la Patagonia a México

Volviendo a Bariloche

El hotel

Se llamaba Hostería Adquintué, que quiere decir “hasta donde alcanza la vista” en mapuche. Ahora se llama “Tierras gauchas” y ha cambiado de aspecto para peor y de precio, ya que es mucho más caro. La escalera tiene un cartel en la pared que dice “Escalera” por si alguien llega borracho a la noche y la confunde con un elefante. Ya en la habitación, a la que me condujo un muchacho bufando, le pedí que me explicara cómo funcionaba el control remoto de la tele: era un control pretencioso, con brillos dorados; no, aire acondicionado no había y me lo dijo con aire de “si no le gusta lo que hay vaya a otro lado”. El bidet era color verde nilo, el inodoro blanco y la repisa del baño estaba en plano inclinado, como las pistas de esquí. ¿Quién habrá concebido esa repisa? Ese hotel me empuja a la calle, además es oscuro como el alma de sus encargados, que parecen serenos mal dormidos.

El centro de Bariloche es internacional y rural al mismo tiempo. Se escucha hablar en todos los idiomas: hebreo, portugués, alemán, se escucha el acento chileno, y en la avenida Mitre, que es la Florida de ellos, hay lujosos negocios y galerías, pero si uno come en un local con mesas afuera, junto a cada mesa hay un perro esperando pacientemente su ración. Todo en piedra y madera. No sé de dónde vino la piedra, se ve de dónde vino la madera: de los bosques cercanos. Y ese cielo azul intenso y el clima intenso, y los cerros que se ven desde cualquier bocacalle me dan una energía que me hace caminar sin parar; iría en todas direcciones para ver qué hay allá y más lejos, pero en el centro hay mucho para mirar. En el centro cívico están los motoqueros, que vienen de Ushuaia y van a llegar a La Quiaca. En Comodoro Rivadavia el viento les torcía la moto; uno de ellos se saca una foto con una pierna en avanzada: se cree un adelantado. En un puesto de la feria un muchacho brasileño (de Bahía) charla con toda naturalidad con un feriante rubio como si lo conociera desde hace diez años, el brasileño también tiene su puesto. ¿Que cuándo llegó? Hace una semana. Descanso en un banco de la plaza del centro cívico, todo está como lo dejé hace siete u ocho años, los enormes perros, los fotógrafos. Pero la gente se renueva y vienen a sentarse a mi lado varias personas. Primero, Alejandra; intuyo que está esperando que le diga algo y lo hago. Es de Bariloche, vive “en los kilómetros”, así dicen. Viene a la plaza a buscar tranquilidad, porque en su barrio hay mucho ruido. Presiento que son ruidos humanos y traduzco mentalmente por quilombo. Ella me dice que no encuentra palabras para describir esos ruidos, aproximo “violencia” con cautela y está contenta de que yo lo diga sin que tenga que hacerse cargo. Sólo dice “gritos sin motivo”. No ha lugar para indagar. Se va y al rato se sientan dos chicas, Janina y Luciana. No es su propósito descansar, es una tregua en su vida aventurera. Janina es guardavidas, de Buenos Aires, pero por tres meses está contratada en Bariloche. En Buenos Aires trabaja de lo que venga: guardia de pileta, en una inmobiliaria, y estudia nutrición. “Me gusta aprender cosas nuevas”, dice. Y es como la gente del Renacimiento, que debía saber muchas cosas. Por ejemplo, no era raro que un comerciante supiera latín, montar elegantemente, bailar, y además se interesara por las plantas y por los minerales. Luciana es oriunda de Bariloche y es guardabosque, fue a Córdoba a estudiar Psicología y le iba muy bien, pero en la ciudad no se hallaba porque ella nació en un bosque. Ella es guía de bosque en Cueva de las Manos, donde no hay luz. En el bosque de chica con un amiguito exploraban las plantas y se deslizaban en la nieve. Pero son aves viajeras y levantan vuelo pronto y me quedo pensando en cómo me gustaría haberme criado en un bosque. Soy de consuelo fácil, así que me voy a visitar la catedral. Está junto al lago, hecha en piedra. El lago aminora la severidad de la piedra. Ya adentro, veo un enorme mapa de las corrientes colonizadoras de la Virgen María, que en 1672 fue llevada al lugar, y se la llama Nuestra Señora del Nahuel Huapi. En el mapa están situadas la de Itatí, la de Luján. En el mapa se ve a Bariloche tan cerca de Chile que me dan ganas de pasar al otro lado. Es un mapa con ubicación de vírgenes. En un altar lateral hay una monja diciendo una especie de sermón. Tiene una voz monocorde y un ligero acento extranjero de origen indescifrable. Dice que, cuando vienen momentos de tristeza, algo se arrumba (¿querrá decir se derrumba?). Y añade: “Hasta al papa le sucede lo mismo” (¿se arrumba?). “Somos hijos de Dios, no adoptados.” La catedral es de piedra, los bancos de madera clara y el pesebre tiene un aire barilochense, la cabaña de Jesús es color madera clara también. Jesús está en una cuna cubierta de paja, y cerca, una inscripción con dichos de este papa, habla de los pañales de Jesús. ¿Tendría pañales? Detrás del pesebre, un mural con la vida de la gente en la calle, los perros, los cerros nevados. El confesionario es como una casita con puerta que parece la casa de Heidi, toda hecha de madera clara, a grandes listones. Es como si alguien se confesara en la casita de Heidi, sí, pero en un vitral está empotrado Roca.

Damas barilochenses

Al día siguiente visito a dos escritoras locales que conozco, Luisa Peluffo y Graciela Cros en casa de esta última. Se añade al grupo Maureen, norteamericana, de apellido impronunciable para mí; se casó con un argentino y está perfectamente adaptada. Es traductora. Luisa es más bien prosista y Graciela, poeta. Luisa vino a vivir a Bariloche en los sesenta y Graciela en 1971. Luisa dice: “Cuando yo llegué desde Buenos Aires extrañaba toda la movida de esos años, la vida cultural, éramos pobres, no había calefacción, hacíamos leña, el teléfono funcionaba con operadora”. Graciela: “Mi novio era poeta y se anotó para guardabosque, tenía la fantasía del guardabosque escribiendo poemas, pero lo echaron del curso de guardaparque por subversivo, porque protestaba, ya que no les daban ropa de trabajo ni comida, y entonces cazábamos ciervo colorado porque eran plaga. (Al margen, en el Bolsón venden empanadas de carne de ciervo.) Yo vivía en el kilómetro dieciséis y medio y fuimos cuidadores del bosque, seiscientos metros hacia adentro”. Luisa dice que la violencia de los setenta la vivió más lejana que si hubiera estado en Buenos Aires. “Yo pensaba absurdamente, si nos vienen a buscar, me escapo por el bosque.”

Maureen vino de paseo a Bariloche y se enamoró de la Patagonia, “uno se siente el primero que está en este lugar”. Y Luisa: “Yo, cuando vine como turista, pensé: ‘a mí me gustaría envejecer en este lugar’.”

Cuando llegaron, extrañaban varias cosas: Maureen a sus amigas de Estados Unidos, Luisa y Graciela extrañaban el cine, los diarios a la mañana temprano, ya que en el interior llegan como al mediodía.

Les pregunté osadamente si las peleas entre parejas son similares a las de Buenos Aires y me dijeron que no. Graciela: “Uno de los dos protesta porque tiene que llevar al otro en auto. Y yo me levantaba para descongelar el auto, después tuvimos dos autos pedorros, pero dos”.

Maureen: “Yo me compré el auto y tengo independencia”.

Luisa: “Las peleas son distintas porque al venir solos, no hay familiares cerca y al principio no hay amigos muy íntimos a quien contarles, si hay una persona que trabaja en la casa, se convierte en amiga”.

Le pregunto a Luisa por palabras o giros locales. Me dice:

–“Maldadosa”, una mezcla de mala y mañosa. Otra palabra que se usa mucho es “intrusa” por metida o curiosa, “anda intruseando”. Un giro popular: “No, ella no se ríe con nadies”. Significa que es una mujer honesta, buena, seria.

Así escriben.

Graciela Cros:

Soy una dama de bajo perfil. Un patito maicero. Un gavilán ceniciento. Un cauquén real. Un ave patagónica que trina en dialecto. Vivo en mi rama. Salgo poco del nido. Rehúyo las entrevistas y no asisto a vernissages. Entre la loca y la muda estoy yo: la cantora. He dado una vuelta completa alrededor de esta idea a pesar de lo cual aún no encuentro ubicación.

Cantos de la gaviota cocinera. Antología personal, Amargord ediciones, Madrid, 2013.

Luisa Peluffo:

Su primera novela, Todo eso oyes, fue Premio Emecé 1989.

Creo que todos nosotros hemos experimentado siempre una curiosa atracción hacia los monumentos y si bien en este pueblo escasea el agua, en cambio proliferan las estatuas y las placas conmemorativas de sucesos importantes. Las hay en homenaje a la madre, al niño, a un fraile lanceado por los indios. (...) Y desde luego en la plaza principal puede verse a un adusto general de bronce, en uniforme de campaña, montado sobre un matungo agobiado después de la célebre gesta del desierto.

* * *

La casa de Graciela queda a cuatro kilómetros del centro de Bariloche, en el barrio Melipal. Desde su cocina se ve el lago. Es un lujo. El barrio es hermoso, todo de casas con jardín; estuvimos dentro y fuera de la casa pero desde adentro se ve el afuera como a mí me gusta. Como allí es de día como hasta las diez de la noche, le pedí a Luisa que me dejara en el centro, para tomar un café en la calle. Yo soy de pueblo, y a las siete dábamos la vuelta al perro por la calle principal, y ahí quiero quedarme y fumar en una mesa de la vereda.

Allí en la calle Mitre es donde desfilan todos. Me llamó la atención una parejita de veintipocos años; se pusieron a tocar música de Bach y Mozart detrás de mí. Hippies no eran, pero chicos comunes tampoco. Él de pantalón negro y camisa blanca, ella, con una sobrefalda violeta oscuro, como un delantal completo. Él peladito, ella con su pelo atado, parecían dos pulcros gorriones. Estaban parados muy derechos pero tocaban no mirando a la gente: tocaban como cumpliendo un deber, como para los maniquíes de la vidriera y pedían contribución con suprema dignidad. Se sentaron a mi mesa. Eran uruguayos, estudiantes de la Escuela de Música de Montevideo; ella, gran lectora, conocía a Macedonio Fernández, a Felisberto Hernández, a Levrero. Se pagaban el viaje con la música a cuestas y en Montevideo estudiaban una especialización que consiste en armonizar el cuerpo con la mente. Podríamos haber seguido hablando horas.

El mercado de la calle Onelli

Los de Bariloche no compran en la avenida Mitre, donde todo es más caro con precio para turistas, compran en la calle Onelli, que está cuesta arriba, subiendo una larga escalinata. (Antes que se asfaltara la calle paralela, cuando había nieve, se tiraban en trineo.) Desde esa cuesta se ve el mejor paisaje de cerros del lugar. Me cruzo con un viejo poblador y se lo comento, y cómo el lago cambia de color. Él también lo ha mirado y me responde, entusiasta:

–Y cuando tormentea, se pone casi negro el lago.

Acá todo comienza a las diez, el mercado no había abierto todavía. Quise tomar un cafecito, pero no ha-bía cafés. Todo es cuestión de buena voluntad: la dueña de un kiosco me puso una mesita afuera y pude fumar, escribir y mirar. La silla se pone cuando el cliente llega. No me quiso cobrar el café y yo le regalé una flor artesanal chiquita que me vendió una artesana del centro de Bariloche. Me dijo que vendía para darle de comer a su hija. Tenía pinta de proceder de un barrio medio alto de Buenos Aires.

La calle está llena de grafitis: “Contra la desinformación, tiza y carbón”, firma: Escuela Municipal de Artes, que es la misma que ha pintado murales varios. Hay unos cuantos negocios de ropa tradicional, de paisano, con sombreros, boinas, ponchos. Hay otro atavío como para gaucho rubio, con bombachas pinzadas, camisa a cuadros, faja y sombrerito redondo encasquetado. ¿Y quiénes estaban vendiendo en ese mercado? Cuatro morenos, todos de Senegal. Uno de ellos, Ibrahim, hace un año que está. Le gusta Bariloche, la tranquilidad; Buenos Aires le gusta poquito, porque dice que la gente grita mucho en público. Junto a él estaba Black Fal. Mi racismo inconsciente se puso de manifiesto cuando le pregunté si verdaderamente le habían puesto ese nombre, Black. Me dijo: “¿Acaso en castellano no existe el nombre Blanca?”. Y tenía razón. En Senegal estudió Informática, Historia y Geografía. Estuvo un año en Brasil, habla bastante bien castellano y es el maestro de idioma de Modoro Batal, de veintidós años, que llegó hace dos meses, y está esperando marzo para empezar la escuela. Dice que va a aprender rápidamente porque sabe muy bien francés. Como me preguntaron por qué indagaba tanto, yo les mostré uno de mis libros de viajes que llevo encima para responder a esa pregunta. Entonces el muchachito dijo: “¡Yo quiero ese libro!”. Y como Black dijo que era su maestro de castellano y las cosas son de los que las quieren, se lo di.

Le pregunté qué le gustaba de Bariloche y dijo: “La calle Mitre y los cerros”. Me quise quedar un rato más en ese barrio que tenía un tránsito de gente más comprensible que en las calles del centro: en Onelli no se ven turistas, se ve gente del lugar que va a trabajar al centro, caminan apurados pero van como a algún destino.

La gente de la tierra

Entrevisto a Adrián Moyano, periodista y estudioso de la cultura mapuche. Ha publicado Komütuam. Descolonizar la historia mapuche en la Patagonia, ediciones Alum Mapu. Su otro libro, Crónicas de la resistencia mapuche, lo editó Caleuche, que es también editorial local. Hay varias que se mueven por el circuito patagónico.

Le pregunto:

–¿Cómo se dio la mezcla de mapuches y tehuelches?

–Ambos tenían acuerdos políticos y familiares, en esa formación política convivían lonkos (caciques) de origen mapuche y tehuelche, se hacían acuerdos políticos a partir de matrimonios. Ya los primeros españoles observaron este hecho a partir del siglo XVI, y ahora también se producen.

–¿Se han mezclado los mapuches con otras etnias?

–Claro, en el idioma mapuche “cien” se dice “pataca” y “mil”, “huaranca” y eso es quechua. Para distintas ceremonias rituales se tira a la tierra yerba, tabaco y trigo, y no son productos locales, pero no sólo en los rituales, hay bandas de rock mapuche, y de cumbia y de heavy metal.

–¿Qué trabajos desempeñan ahora los descendientes de mapuches?

–Inmediatamente después de la Campaña del Desierto fueron destinados al servicio doméstico, separando dolorosamente a los miembros de su familia. Luego hubo un proceso de proletarización, se los empieza a emplear en las primeras estancias, alrededor de 1920. Más tarde, engrosaron y engrosan las villas aledañas a Buenos Aires, Bariloche y las grandes ciudades. Gran parte de los trabajadores gastronómicos y de la policía de Bariloche es mapuche. Pero también hay comunicadores sociales, antropólogos, historiadores, geólogos, docentes. Desde fines de los noventa hay sitios en Internet con gran cantidad de información, hechos por gente mapuche.

–¿Hay algún tipo de discriminación (blancos, no blancos) entre ellos mismos?

–Bariloche se piensa a sí misma como producto de la migración suizo-alemana, el relato oficial es claramente discriminador. Pero las organizaciones mapuches han logrado visibilidad. Un ejemplo de discriminación: una docente quiso hacer en la escuela la ceremonia del permiso a los seres de la naturaleza y le hicieron un sumario con el pretexto de que la educación rionegrina es laica.

–Yo vi en Santiago de Chile una película que muestra una enorme represión a los líderes mapuches.

–Sí, en Santiago hay muchos líderes encarcelados y hubo muertos también. Incluso durante gobiernos considerados progresistas.

La tesis que sostiene Moyano, bien fundamentada con documentos y transmisión oral, es que el pueblo mapuche era una unidad en Argentina y Chile. Cuando se quiso “argentinizar” la Patagonia, la división entre mapuches argentinos y chilenos sirvió para definir fronteras entre países, pero posteriormente y hasta hoy se esgrime la frase “los mapuches vinieron de Chile” para no considerar sus derechos de pueblos preexistentes en cuanto a la posesión de tierras. O sea, que esta tesis tiene consecuencias jurídicas. Basta recordar la descripción de Mansilla de la toldería de Mariano Rosas, para ver el flujo constante de chilenos y la convivencia de los mismos. Incluso antropólogos, basándose en variaciones dialectales que se dan a un lado y otro de la cordillera, los han considerado como idiomas distintos, pero hay unidad de lengua.

Así describe Moyano en Crónicas de la resistencia mapuche su participación en el ritual del solsticio de invierno, que es la ceremonia de la reinstauración del Año Nuevo:

Caminar de noche por el bosque nos envolvió en un profundo pero vivaz recogimiento. Apenas si alcanzábamos a percibir la silueta del compañero que iba adelante, a unos pocos pasos de distancia. Tropecé varias veces durante el breve trayecto, con raíces descubiertas y ramas caídas, hasta que llegué al lugar de la aglomeración. Los golpes del kultrum se aceleraron para acompañar los latidos de los pechos. Éramos decenas alrededor del pequeño arroyo. (...) Con ambas manos formé un cuenco ineficaz que derramó su escaso contenido sobre mi cabeza. La diferencia de temperatura me inyectó una especie de claridad. (...) El gran bosque era testigo de una comunión esperanzadora, estaban allí los abuelos que habían custodiado durante décadas los jirones de la cultura que habían quedado, los veteranos dirigentes habitualmente enemistados entre sí por diferencias políticas, las familias enfrentadas por tal o cual pedazo de tierra (...) todos juntos para recrear una práctica antiquísima que no pocos antropólogos e historiadores han querido ver extinta. Todos, para vivir su espiritualidad de una forma que no está registrada en la dirección general de cultos aunque quizás –vaya la paradoja– se trate de una de las “religiones” más viejas del actual territorio argentino.

El Bolsón

Siempre que llego a un lugar es a mediodía, hace calor o llueve, y me pesa la valija. Todo esto me pone de mal humor. Cerca del micro que llegó, innumerables mochileros estaban sentados en el suelo esperando quién sabe qué. Y peor, algunos estaban de pie, delgaditos con su pesada mochila a la espalda, como una gran joroba sobre un cuerpo diminuto. Parecían hormigas con gran carga de hojas. Mi mal humor aumenta, porque yo conocía El Bolsón pero no reconozco casi nada. Hay calles asfaltadas por donde pasa una infinidad de autos. ¿Quién me manda estar al rayo del sol con una valija de ruedas, quién los manda a los mochileros a que se encorven la espalda cargando esas cosas? En fin, atravesé una calle de piedra y estaba el hotel.

El hotel de El Bolsón es limpio, de una limpieza deslumbrante y se llama “Luz de luna”. Los pisos brillan, las mesitas de luz del dormitorio tienen manteles blancos, como almidonados; me da miedo ensuciar esa cama (la colcha es blanca), yo que llegué arrastrando la valija de ruedas por la calle de piedras, con los pulóveres atados con furia a la valija, yo que iba como una mercachifle de campo. Sentí ante tanta higiene y orden algo así como un espíritu religioso, algo que no se debe profanar. La dueña me dijo que si fumaba, me fuera a un balconcito que tiene la habitación desde donde se ve un jardín con flores y sillitas blancas. (Ella, previsora puso en el balcón un tacho con arena; yo, por lo general, fumo clandestinamente en los hoteles tirando el pucho a un vaso con agua.) Me dio la impresión de que era pecado hacer eso en ese lugar. A la dueña no le ha de gustar ese juego, ella que ha realizado la epopeya o el sueño de tener una hostería y la quiere a su manera y de ninguna otra forma. Cuando todavía no había subido a la habitación, llamó con dos palmazos a los hombres de la familia, un muchachito que la respetaba como a una diosa y un viejo muy domesticado, que me llevó la valija al primer piso.

Una parte del jardincito tiene una cadena que impi-de el paso y todo está lleno de carteles “Toque el timbre antes de estacionar”, “No toque bocina que hay gente durmiendo”. Cómo me gustaría sacar ese mantelito blanco de la mesa de luz para apoyar algo sin miedo; siento que no debo. Me voy a portar muy bien, no voy a defraudar a la hotelera para que persista en su sueño dorado de la hostería sin huéspedes o en última instancia, con ángeles.

La feria

En la feria de El Bolsón me llevé agradables sorpresas. Estaba sentada tomando café cerca de los puestos cuando veo a los dos chicos uruguayos derechitos como dos estacas, tocando entre las mesas a Bach y a Mozart. Sí, habían bajado al Bolsón siguiendo su destino lati-noamericano; no, no querían comer nada que les quisiera invitar porque no querían desperdiciar el arroz que había en la casa que les prestaron, arroz y dignidad. Caminé después un poco por la feria y escucho que alguien me dice “¡madre!”. ¿Sería a mí? Sí, era Modoro Batal, de Senegal, el de la feria de la calle Onelli, de Bariloche. Los artesanos de El Bolsón no lo dejaban vender anteojos de sol, porque no son artesanías. Y eso no corresponde. Pero él se encontró un rincón apartado donde hay dos ponis que se andan buscando o besando todo el tiempo y ahí se quedó. Y otra agradable sorpresa, que don Atilio Curiñarco, un cacique citado en su libro por Adrián Moyano, iba a dar una charla en la Librería de las Raíces y del Cielo.

Pero en ese momento no me alcanzaban los ojos para ver a los que pasaban hacia la feria. En la mesa contigua, una gitana de verdad tomaba jugo con su marido y sus dos nenes. Ella llevaba un rosquete con su pañuelo atado y su pollera gitana. Su marido, vaqueros, una remera y reloj pulsera. Se sacaron fotos del acontecimiento. De un auto bajaron dos gitanas vocacionales con pañuelito mínimo en la cabeza, atado atrás, a la vasca, y los nenes con sus mochilas de colores brillantes. (Los nenes de la gitana verdadera también tenían mochilas y zapatos de colores, pero estos eran más opacos.) La ropa de la gitana verdadera parecía percudida por siglos de tradición, la de la gitana vocacional, pese a sus polleras y sobrepolleras, parecía encarnar una moda bolsonera.

Después pasaron dos viejos paisanos amigos, los dos con las piernas combadas de jinete, uno vestido con ropa de criollo antiguo, botas y sombrero, el otro, con la camiseta de la selección argentina de fútbol. El de traje de paisano se metió en un auto donde lo esperaba un perrito blanco, lanudo.

* * *

Acá se puede ver de dónde viene la gente y adónde va, y hay tantas cosas para ver que uno no sabe qué mirar como en Buenos Aires, cuando hay tantas películas y obras de teatro para ver y uno no sabe qué elegir. En otra mesa están las chicas israelíes, llegan unos amigos y les dicen “shalom” con sonidos llenos de “sh”. Un rubio feriante tiene un extraño peinado: una coleta vertical. Como un cucurucho sobre su cabeza.

Y llegó la hora en que los puesteros toman mate y cerveza artesanal. Dos mujeres de unos cuarenta años se encuentran con gran entusiasmo. Una de ellas es canosa (las bolsoneras suelen no teñirse). Su pelo se ha puesto grueso como una cerda con estrías, pero su piel está horadada por el aire, por el sol, o por su deseo de ser parte de la naturaleza. Se viste de negro con una sobrepollera violeta y sus zapatos son opacos y grises como su piel. Sin embargo, hay como una arrogancia en ese disimularse con la madre tierra. La arrogancia que da el tener una fuerte convicción. La otra mujer es menos “terruñera”. Las dos son muy simpáticas y me cuentan su vida. La canosa es cordobesa y hace veinticinco años que vive en El Bolsón y es secretaria de una pileta. En Córdoba estudiaba Psicología pero dejó. La otra mujer es española y está casada con un argentino que conoció hace quince años en El Bolsón, vino como turista. Trabaja haciendo parto natural.

Y los anuncios:

Hamburguesa vegetariana (de garbanzo, de quinoa)

Danzas circulares

Canto y danzas sagradas

Con Laura de Rementería, de Santiago de Chile

Doma natural, conectándose con lo mejor del caballo

La charla de don Atilio Curiñarco

Don Atilio da su charla en la Librería del Cielo y de las Raíces. Sillitas blancas en la vereda, fuera de la librería. Música de Violeta Parra. Hablo con don Atilio antes de su exposición y me dice que ha viajado por todo el sur trabajando.

–Trabajando se conoce gente, se descubre y se sufre. Y ahora viajé para difundir el conflicto por Moreno y Avellaneda.

El conflicto es con los Benetton, que han comprado un millón de hectáreas de tierra, con ríos y glaciares incluidos. La comunidad ha recuperado quinientas hectáreas, pero no tienen ningún papel o escritura. “Esas son las leyes de los huincas”, me dice, y me pongo a pensar. Las escrituras hablan de tenencia, posesión, usufructo, y en la cosmovisión de los mapuches no entra nada de eso, la tierra no es mía, es de todos y por lo tanto no puedo venderla, enajenarla, porque si yo soy parte de la tierra, me enajenaría yo mismo al vender. Pero, pero, le digo... algún papel para asegurar la... y me sale posesión. Le digo “la permanencia”; rotundamente me dice que no.

Comienza la charla, lo introducen en mapuche y en castellano, y él dice:

–Soy autoridad de la comunidad de Santa Rosa de Leleque, pero básicamente soy un luchador que usa su autonomía. Soy indio, soy parte de la tierra, soy mapuche. Recuperamos quinientas hectáreas. Sabemos que el poder económico para muchos es todo. Eso hemos aprendido. En la primera fase del conflicto salimos sobreseídos como intrusos, pero dejaron a Benetton. Pasaron tres años de conversación con Benetton, ninguna respuesta, recuperamos las quinientas hectáreas con denuncia penal. Nací en Leleque, donde está el conflicto instalado. ¿Por qué sufríamos la palabra indio cuando nos despreciaban y ahora para ellos, para la ley huinca no existe la palabra indio? Conocí infinidad de patrones y ahí palpé la esclavitud. Trabajé dieciséis horas por un plato de sopa. Y también viví el desprecio total desde chico y de adulto. Íbamos a comprar algo con unas chirolas y nos decían: “¿Qué querés, indio de mierda?”; y de adulto, una vez que íbamos a comer, los compañeros de trabajo, los blancos, me dijeron: “Vos, indio, sentate en otra mesa”.

”Yo era muy ignorante por haberme criado en el campo pero decía ‘esa gente que discrimina así es ignorante’. Yo no tengo un referente, una escuela que me está enseñando. El referente para mí es la fuerza de la naturaleza, ella ha sido la universidad del indio, acá no se está jugando sólo por el dinero. Yo le he ido a pedir información a los abuelos, yo aprendí observando y participando en ceremonias ancestrales. Cuando decimos “somos parte de la tierra” es una frase que puede decir cualquiera, pero practicarla... Hay gente de la comunidad que dice (en relación con la recuperación de la tierra): “Para mí esto es un sueño, para mí esto es mentira”. No es eso, es una lucha. En el artículo setenta y cinco de la Constitución hay reconocimiento de los pueblos originarios, tuvimos como doscientos abogados pero todos se dieron vuelta. Yo no tengo un ejército para hacerle frente a Benetton, no tengo armas ni las usaría, mi cultura está basada en otras cosas. Nuestros abuelos nunca nos han hablado de la palabra ‘Dios’ porque eso lo trajeron los blancos, el blanco trajo la cruz. Cuando recuperamos el lugar hicimos la ceremonia de antes y muchos no sabían cómo se hacía. Yo hice la ceremonia porque la mapu me había permitido recuperar el lugar.

”Han llegado a la comunidad antropólogos y gente de mucho estudio, les hemos respondido con toda sinceridad porque obedecemos a la fuerza de la naturaleza. La naturaleza no sólo nos da cosas lindas, nos prueba con frío, con viento, todas esas cosas hacen a la resistencia. Se conseguiría mucho si la comunidad se pusiera las pilas. Yo les digo: ‘A ustedes se les mueren los animales por la sequía y cuando compra un extranjero compra tierra con ríos dentro’. Y fuimos a Italia a ver a Luciano Benetton, él no iba a venir a ver a un indito como yo, y quiso poner en el papel la palabra ‘donación’. Y ahí no estuvimos de acuerdo porque lo que corresponde es ‘restitución’.”

Y desde ya que don Atilio tiene toda la razón del mundo pero me parece que estarían más seguros ponien-do una cláusula de permanencia. El librero me invitó para una charla a la noche siguiente.

El cuidado de sí

Al día siguiente las mismas sillitas en la vereda, pero otro público: muchas mujeres jóvenes, algunas embarazadas. La charla sería dada por Adriana M., médica que propaga las virtudes del parto natural. Ella es como un hada distraída, que habla en tono demasiado bajo para no asustar a algún elfo del bosque o de alguna parte. Lleva su pelo blanco, ondulado, largo, con elegancia, un pelo que hará cincuenta años no pisa una peluquería porque todo debe ser natural. El marido sirve vino orgánico con unas tabletas que parecían muy naturales también, algo corrugadas. Como no correspondía a la naturaleza de mis hábitos galletiteros, me abstuve. El marido es sanguíneo, tira a chistoso y sospecho que debe ser censurado por sus licencias verbales en privado. Me gustaría ver cómo es una pelea “natural” entre esos dos, porque se habló tanto de parto natural... Ella dijo: “Yo di un curso sobre cómo se gesta la vida, el mundo prenatal y la crianza. Los que no fueron, se lo perdieron. (...) Sacamos la serie ‘Sabiduría’ y ahora viene la serie ecológica. (...) Estamos por editar un libro sobre plantas silvestres comestibles”.

Editaron muchos cuadernos o fanzines artesanales, qué duda cabe, y la expositora, con coquetería de dama adinerada dice: “Yo personalmente tengo un quilombo con la guita (guita en sus labios no suena fuerte, suena como a guinda). Yo no controlé y terminó siendo una tarea colectiva donde nadie ganó un mango”.

Cuando la presentó, Rubén habló de la formación de una editorial alternativa y dijo: “No queremos vivir de la editorial”. Y yo me pregunto, si los libros o folletos se hacen y difunden casi sin ganancia, ¿de qué viven?

Adriana distingue la “ciudadanía” de la “cuidadanía”; la primera sería incompleta, sólo la cuidadanía es válida porque cuida la vida en todas sus formas. Después contó que su karma era ir con cajas en los distintos micros difundiendo ese saber de la cuidadanía. Como era tarde y me perdí en la charla, me tomé un remise que me llevó a mi hotel “Luz de luna”. Me olvidé por completo de esa charla pero se ve que los saberes se trabajan en el inconsciente. Al día siguiente compré un libro en la feria con orientación ecológica, apocalíptica y moralizadora. Era un folleto, muy barato, que como los de parto natural, se debía difundir para esclarecer a la población. En la primera hoja el que compaginó los artículos del folleto dedica el mismo a “Edgardo Suárez y su milagrosa imprenta artesanal”. Nunca pensé una imprenta en términos de milagro pero bueno, leo en el folleto o como se llame cosas asombrosas y me interrogo, ¿debería preocuparme la desaparición del oso ibérico y del atún rojo? No tenía conocimiento de su existencia. ¿Y cómo puede ser que haya llegado a convivir con tanta ignorancia? Leo en otro artículo: “Algunas especies de hormigas cultivan los hongos que les sirven de alimento pero sin desequilibrar la biodiversidad”. El ser agricultor humano ha sido el primero en desequilibrar la biodiversidad. ¿Haré bien yo en sacar los yuyos de las macetas? Y en otro orden de cosas, todos los mochileros que iban a Esquel tuvieron que cambiar de rumbo –hay una caña de colihue que brota cada veinte años y atrae a las ratas, que se juntan en plaga y comen todo lo que está a su paso–. ¿No querrían los comerciantes de Esquel destruir algunas de esas cañas para recibir a algunos mochileros...? Pero estos son tan gasoleros que...

¿Usted sabe que hay una enfermedad que se llama “solastalgia”? Se define como “la sensación de dislocación y pérdida que percibe la persona cuando siente cambios dañinos en su ambiente local”. Y en otra parte del artículo se lee: “Luto global: la próxima víctima del cambio climático será nuestra mente”.

Yo estoy por salir al balconcito de mi habitación a fumar un cigarrillo y de paso otear el aire para ver si hay señales de alarma, de caos o desorganización: no, en el jardín, unos chicos toman prudentemente una cerveza y en una mesita lejana, una pareja mayor toma mate. Tan ajenos a la que se viene, qué barbaridad.

Gente de antes y de ahora

El pueblo, ¿ciudad?, de El Bolsón es radial. Se extiende hacia la plaza desde los cuatro puntos cardinales. En la plaza está la feria pero también en una gran fuente interna navegan barquitos. Junto a la fuente o lago un grupo reclama justicia por ser víctima de la violencia policial; en los bares la gente descansa. La dueña de un bar está en guerra con los feriantes, le tiran basura junto a la ventana y le van a fumar marihuana. Ella los corrió con un fierro y en venganza los feriantes le descolocan la base de los bancos. Cerca de la feria están los bancos, el supermercado “La Anónima”, locutorios, restaurantes y cafés de todo tipo de precio, y una enorme cantidad de autos que van por la ruta a Bariloche, a Esquel, a lago Puelo... Y pasan los mochileros.

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En su libro El Bolsón, testimonios, Juan Matamala registra historias de vida de los pioneros, cuando no había autos, ni hippies, ni turistas. Todos estos testimonios son de la década de 1920. Por ejemplo, Burgos, chileno, cuenta:

Había mucha libertad en esos tiempos y todos andaban armados con revólver y cuchillo en la cintura. Sólo había carros tirados por bueyes, y llevábamos harina de los molinos a Bariloche, Esquel y Jacobacci. A Bariloche tardábamos cinco días.

Un personaje mítico de El Bolsón es el doctor Venzano, que pasaba más tiempo en los cerros que en el valle. Estudió por su cuenta Botánica, Meteorología y Ciencias Naturales. Y no se sabe cómo apareció en la Patagonia un norteamericano, Martín Sheffield, gran tirador y buscador de oro. Según testimonio de su hija, vino como sheriff para perseguir a unos bandoleros.

Había albaneses, polacos, italianos y criollos. También libaneses y centroeuropeos.

Un rumano, doctor en Economía en su tierra, se quedó en El Bolsón porque se parecía a Transilvania. Fabricaba dulces, iba en camioneta a Esquel y cuando llegaba, anunciaba su mercadería en voz alta.

Eran cultivadores, domadores fabricantes, sieteoficios. Ahora también lo son, pero cursos mediante: hay cursos de fabricación de dulce de rosa mosqueta, de doma natural, conectándose con lo mejor del animal, y se hace licor de semillas de hinojo. Y tal vez sea ese el encanto de El Bolsón, el seguimiento de una tradición, la de los pioneros sieteoficios y a la vez experimentar, como si con uno todo empezara de nuevo.

Los feriantes de ahora